jueves, 27 de diciembre de 2007

El hijo alegre de la caña de azúcar

El título de esta crónica se lo pedí en préstamo a Fernando G. Campoamor, el desaparecido hombre de letras cubano, autor de un popular libro con ese nombre. El escritor y periodista artemiseño diseñó en su obra todo lo que de auténtico y de maravilloso hay en esa «mezcla culta de factores incultos», como alguien bautizó con acierto al coctel. Quiero compartir con los lectores de mi blog algunos matices del asunto en este festivo diciembre.
Los orígenes del coctel cubano -conocido y reconocido en buena parte del planeta- se remontan al siglo XIX, cuando los habaneros de la época solían tomar el fresco del atardecer en los portales de los bodegones de la ciudad. Aseguran los invetigadores del tema que por entonces se acostumbraba beber una mezcla de ron con miel a la que los parroquianos llamaban compuesto. No tenía nada de especial, pero era el trago de moda y como tal se le invitaba a la mesa.
Casi al terminar aquella centuria los alambiques comenzaron a fabricar un licor blanco y seco. A cierto cantinero capitalino se le ocurrió un día ligarlo indistintamente con jugos, refrescos, hielo, azúcar... La mezcla resultante la sirvió en copas de cristal y las adornó con tajadas de frutas y ramitas de yerba buena. El nuevo brebaje atrajo simpatías y devino éxito rotundo. Nadie volvió a acordarse del humilde compuesto. Así nació el coctel cubano.
Desde entonces, varias combinaciones etílicas de factura criolla pasearon su bouquet por las más alegantes barras del planeta. La coctelería internacional les reservó un palco de preferencia. Personalidades de la talla de Ernest Hemingway, por ejemplo, contribuyeron a difundir sus cualidades gustativas. Coctelómano empedernido, el Premio Nobel norteamericano se hizo cliente habitual de dos de los más famosos bares de La Habana: El Floridita y La Bodeguita del Medio. Ambos prestan todavía servicios.
En fin, lector amigo, si algún producto no necesita demasiados protocolos es el coctel cubano. Resulta mucho mejor degustarlo en colectivo que distraerse con disquisiciones teóricas acerca de su origen. Para que ponga enseguida manos y batidora a la obra y le regale a su paladar un trago inolvidable, le propongo algunas recetas clásicas que le han dado a nuestra coctelería prestigio, aceptación y universalidad. Tome nota de ellas, por favor:
DAIQUIRÍ: (Debe su nombre la playa de Santiago de Cuba donde nació)
En la batidora:
Media cucharadita de azúcar, ¼ de onza de jugo de limón, gotas de marrasquino, onza y media de ron blanco y una buena cantidad de hielo frapé. Batir bien y servir en una copa de champán.
CUBA LIBRE:
(Inspirado en el grito de guerra de nuestros mambises)
En un vaso de jaibol:
Onza y media de ron blanco, cubos de hielo, refresco de cola y gotas de limón. Revolver.

MOJITO: (Nacido en la playa habanera de La Concha)
En un vaso de jaibol:
Media cucharadita de azúcar, ¼ de onza de jugo de limón. Diluir bien con un poquito de soda. Añadir hojas de yerba buena y machacar el tallo para que suelte el jugo (sin dañar las hojas). Cubos de hielo. Agregar una onza y media de ron blanco.
De la coctelería clásica cubana dijo, admirado, cierto autor: «Ha estado en los labios de gente importante: reyes y príncipes, duques y archiduques, condes y vizcondes, barones y lores, bajás y mandarines, excelentísimos y eminencias, magníficos e ilustrísimos, rajás y maharajás, obispos y cardenales...»
Con un currículo así, ¿vacilaría alguien en levantar enseguida la copa?

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jueves, 20 de diciembre de 2007

Parejas para la eternidad

El amor es tan antiguo como la presencia misma de hombres y féminas sobre la epidermis del planeta. «Amar es romper convenciones», dijo el poeta. De ahí que cada persona lo asuma según sus propios códigos y lo haga trascender en tiempo y espacio en dependencia de la pasión que le insufle a su práctica.
En Las Tunas han existido parejas que convirtieron este sublime sentimiento en la razón de sus vidas. Les propongo esta suerte de muestra en la que se aprecia, además, cómo el amor es capaz de echar raíces y florecer aun en las más heterogéneas circunstancias.
BRÍGIDA Y VICENTE
Una pareja devenida emblema en nuestros predios fue la que integraron la camagüeyana Brígida Zaldívar Cisneros y el Mayor General Vicente García González. Ellos contrajeron nupcias en el año 1855, poco más de un decenio antes de que los clamores de La Demajagua requirieran a los cubanos para luchar por la independencia de la isla.
Era tanto el amor que Brígida sentía por su esposo y por su noble causa que no vaciló en acompañarlo en la manigua durante los momentos más difíciles de aquella contienda iniciada en 1868. El León de Santa Rita, por su parte, siempre vio en su bella e incondicional cónyuge a la compañera presta a sacrificar linaje y fortuna para ponerse a las órdenes de su otro gran amor: la Patria.
La historia recoge como una extraordinaria prueba de fidelidad y de valor la realizada por Brígida en el mes de octubre del año de 1869, cuando las autoridades peninsulares la encerraron en su residencia citadina junto a sus hijos y su suegra septuagenaria, después de la retirada insurrecta que continuó a la toma de la ciudad. Las puertas y ventanas del inmueble fueron clausuradas con gruesos maderos y clavos, se montó guardia permanente junto a ellas y se prohibió la entrada de todo tipo de alimentos. Con tan inhumana reclusión pretendían, en vano, doblegar su temple y el de Vicente García.
Brígida no cedió a las presiones. El coronel Loño, jefe militar de Oriente, la conminó a escribir una carta al mambí para que depusiera las armas, pero ella se negó. A los tres días de confinamiento murió de hambre María de la Trinidad, la hija más pequeña, de solo cuatro meses de nacida. Brígida no bajó la cabeza y mantuvo por dos días el breve cuerpecito entre sus brazos. Saúl, otro de sus vástagos, correría igual suerte antes de que se levantara el brutal encierro. El amor le dio fuerzas para resistir. La vida, sin embargo, le deparaba todavía otro dolor: su amado Vicente moriría envenenado el 4 de marzo de 1886 en Río Chico, Venezuela, a donde viajó tras fracasar los intentos por mantener la lucha luego de la Protesta de Baraguá. Brígida falleció en La Habana el 25 de mayo de 1918.
RUFINA Y EL CUCALAMBÉ
Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé) y su esposa Rufina ocupan un pedestal en la galería tunera del amor. El poeta bucólico cubano por antonomasia, autor del decimario Rumores del Hórmigo, tuvo en la bellísima mujer a una de sus principales fuentes de inspiración, lo cual quedó registrado en numerosos poemas de elevadísima factura y vuelo lírico, como el que sigue: Yo recorreré cantando / los terrenos que poseo / y de mi tiple el punteo / será delicioso y blando / Subiré de vez en cuando / a la elevada colina, / y la flor más peregrina / sabré coger, diligente / para engalanar la frente / de mi adorada Rufina /.
Se conocieron en Camagüey, por entonces llamado Puerto Príncipe, a donde el bardo solía viajar por diferentes motivos, entre ellos sus regulares colaboraciones literarias con el periódico El Fanal, editado en la ciudad de los tinajones, y las fiestas de San Juan, muy populares a la sazón en la villa. Transcurrido poco tiempo enlazaron matrimonialmente sus vidas en la iglesia de Las Tunas.
Tres hijos le dieron satisfacción complementaria a la pareja. Lamentablemente, dos de ellos murieron en Santiago de Cuba, lugar en el que los felices cónyuges pasaron a residir por una temporada. Carlos Tamayo, biógrafo del poeta, apunta que fue el primogénito, Miguel Orfillo, el único que sobrevivió. Tuvo, por cierto, una intensa vida amorosa, pues se casó tres veces y fundó otras tantas familias. El Cucalambé, como se sabe, desapareció misteriosamente en 1861 a los 32 años de edad sin dejar rastros. Se especula que fue secuestrado y asesinado por los españoles, contra quienes había conspirado en 1851. Rufina pasó sus últimos días en Puerto Padre, donde aún radican algunos de sus descendientes.
TOMASA Y RUBALCAVA
Otro caso paradigmático de cariño conyugal lo constituyó la relación entre Tomasa Varona y el general Francisco Muñoz Rubalcava. Ella, persona de fina sensibilidad y elevada cultura, escribía poemas y los publicaba en revistas de la época; él, un hombre comprometido hasta el alma con la libertad de su pueblo, que es también una manera legítima de hacer poesía. Los versos los aproximaron y compenetraron de tal manera que el inefable Cupido no se hizo de rogar para asestarles un golpe de saeta directo al corazón: contrajeron nupcias el 23 de julio del año 1866.
Cuando rompieron las hostilidades de la guerra de 1868, Muñoz Rubalcava fue de los primeros en incorporarse a la lucha armada. Tomasa lo siguió a la manigua meses más tarde, para sufrir junto al hombre amado las mismas penurias y los mismos rigores de la vida en campaña. En su período insurrecto perdió a su hijo, pero no se amilanó. La brava mujer, patriota de cuerpo entero a imagen y semejanza de su marido, sangraba como él por la herida de ver a su país sojuzgado por el colonialismo español.
Un asalto al campamento mambí de San Miguel por las tropas ibéricas puso a Tomasa entre rejas en calidad de prisionera. Enfrentó a sus captores con dignidad y altivez. Poco después la desterraron, y marchó a sufrir su amarga pena a la isla de Jamaica. Allá recibió la noticia de la muerte de su esposo, a quien los españoles pasaron por las armas en Camagüey el 6 de marzo de 1873.
IRIA Y PEISO
La pareja integrada por Iria Mayo y Charles Peiso no es, quizás, tan conocida como las anteriores, pero forma parte de lo mejor de la antología amorosa tunera. Procedía ella de una de las primeras familias francesas establecidas en la zona, la cual envió a la Guerra Grande a 25 de sus miembros. Peiso, por su parte, era un francés que llegó a Cuba en 1873 luego del fracaso de la Comuna de París. Rápidamente simpatizó con la causa cubana y, desde su puesto en la Plaza de Armas, se convirtió en el agente Aristipo de la contrainteligencia mambisa, a la que informaba de todos y cada uno de los movimientos del enemigo. A Iria y a Peiso los unió en la vida sus ideas de libertad y una fina sensibilidad para el amor.
La historia de ella es como una oda al patriotismo. El 20 de septiembre de 1876 se le confió la delicada misión de burlar las líneas de defensa enemigas para entregarle al mayor general Vicente García el plano de las fortificaciones de la ciudad cuidadosamente trazado por su esposo Charles Peiso, quien al poco tiempo se incorporaría al Ejército Libertador. Gracias al referido croquis, el León de Santa Rita tomó la villa tres días más tarde, expulsó de ella a los españoles y la redujo luego a cenizas comenzando por su propia casa. La revista Bohemia reseñó así lo que ocurrió después:
«Iria fue delatada y llevada a prisión, acusada de ser la esposa y cómplice, a la vez, de un insurrecto. En la cárcel trajo al mundo a su primer y único hijo. El enemigo se ensañó con la joven madre. Luego del parto, fue dictada la orden de su traslado hacia la cárcel de Bayamo, de ahí que la obligaran a integrar la cordillera de presas que recorrería a pie una gran distancia hasta la prisión. Presintiendo el fatal desenlace de su traslado, la muchacha encomendó su recién nacido a otra encarcelada, una ex-esclava, a quien le pidió que, al término de la guerra, contactara con el padre de la criatura y se la entregara. Durante la penosa travesía las fuerzas de Iria se agotaron debido al hambre, las hemorragias y el dolor por la separación del hijo. Como no pudo continuar la caminata, los soldados colonialistas la asesinaron a machetazos.»
A Peiso no le fue mejor. Un descendiente suyo, Oliverio Peiso Brea, residente en la provincia de Sancti Spíritus, lo relató así al semanario Escambray: «Incomprendido por los sectores más recalcitrantes del campo insurrecto y perseguido con saña por las autoridades españolas que nunca le perdonaron su papel en la toma de la ciudad ni los laureles en la sien de Vicente García, Charles Peiso cayó en combate el 7 de julio de 1877. Luego de reconocido su cuerpo, fue trucidado en 54 pedazos y expuesto en la plaza del pueblo». Iria y Peiso fueron paradigma de amor más allá de la muerte.
MARINA Y KIKE
El humilde matrimonio constituido por Luz Marina Zaldívar Calzadilla y José Enrique Pérez Rodríguez saltó del anonimato a la fama por un golpe de suerte allá por los finales de la década de los 70 del siglo pasado: una canción de Rogelio Díaz Castillo, interpretada por el Jilguero de Cienfuegos, hablaba de ellos y de sus habilidades para elaborar cierta receta llamada caldosa, a base de carne y viandas, capaz de restituirle las energías y de poner a bailar y a cantar a cualquiera.
Así surgió la historia de Kike y Marina, una pareja que comenzó a andar anónimamente por la vida en 1960 para convertirse luego en nuestros embajadores culinarios por todo el territorio nacional. Sí, porque a ellos hay que agradecerles que la caldosa se haya patentado como el plato tunero por excelencia. Fueron un ejemplo de matrimonio bien llevado hasta que Kike le dijo adiós a la existencia el 15 de enero del año 2004. Marina sigue ahí, con sus 75 almanaques, lúcida y cariñosa. El recuerdo de su esposo la acompaña y la hace fuerte en cada jornada. Ella, como el trovador, sabe muy bien que solo el amor engendra la maravilla.

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sábado, 15 de diciembre de 2007

Caprichos de gallinas

Las gallinas de Las Tunas andan últimamente con la autoestima por las nubes. En lugar de preocuparse por cacarear y por constituir familia, les ha dado ahora por aspirar a vedettes. Sus congéneres de corral están escandalizadas con las fatuas excentricidades de estas paranoicas con ínfulas de recordistas planetarias. ¡Vaya manera de violentar la lógica y los convencionalismos las muy pícaras!
Pues sí, hace unas semanas atrás, una polluela negra, con gallinero sito en las afueras de esta ciudad del oriente de Cuba, coqueteó con la gloria y fue durante varias jornadas titular en buena parte de los medios de información del planeta. Les ofrezco las razones para tamaño desafuero: en su primera vez al bate -digo, en su primera vez al nido- la novata puso un huevo de 90 milímetros de largo y 60 de ancho que pesó... ¡148 gramos! El archifamoso libro Guinness de los Récords jamás había registrado algo parecido.
La flamante plusmarquista, sin embargo, no se contentó con echar fuera tan desproporcionada postura, sino que la concibió al estilo de las cajas chinas, es decir, con otra en su interior, lo cual acrecentó su notoriedad. Y no es para menos, porque los expertos –valga decirlo- le confieren a los huevos de 45 gramos de peso la condición de chiquitos, a los de 65 la de normales y a los que llegan a 75 el rango de grandes. En consecuencia, el huevo tunero se incluye por derecho propio en la división superpesada. Solo falta calcular cuántas personas podrían haber comido revoltillo en caso de que el dueño del ave hubiera pasado yema y clara por una sartén caliente.
Enterado del acontecimiento por la magia de Internet, Nelson Carneiro, especialista brasileño en la materia, escribió en su página personal de la web el siguiente comentario: «Este huevo gigante significa una aberración de la naturaleza, pues eso solamente sería posible en aves seleccionadas, con pesos corporales próximos a los 3,5 kilogramos». Los parámetros del experto carioca, desde luego, no armonizan con nuestra criollísima y plebeya polluelita, carente de pedigrí, lo cual multiplica su récord fuera de linaje.
Pero la proeza de la joven ponedora duró lo que el clásico merengue en la puerta de un colegio. En efecto, poco tiempo después la Agencia de Información Nacional de Cuba circuló la noticia de lo ocurrido en una granja avícola de la provincia de Pinar del Río, en el extremo occidental de la isla, la cual transcribo parcialmente:
LOS PALACIOS, Pinar del Río (AIN).- Un huevo de 168 gramos de peso, reportado en esta localidad, reúne las condiciones para romper el récord Guinness en poder de una gallina de la provincia de Las Tunas. La postura de ave, con 120 milímetros de largo y 80 de circunferencia, si bien no es de oro, produce asombro en quienes la han visto. El hecho ocurrió en el área de autoabastecimiento para obreros y familiares de la unidad empresarial de base cosechadora de arroz en Los Palacios, a partir de la repentina muerte de una de sus aves de corral. Ante el suceso, el veterinario patólogo del centro decidió intervenirla quirúrgicamente para determinar las causas y en esos menesteres le fue detectado y extraído el descomunal huevo, a la postre fatal para su progenitora, una gallina de la especie llamada montañés, híbrido de criolla y canadiense.
A juzgar por la información de los colegas, esta unidad ovoide podría aspirar con toda potestad al certificado de nueva recordista universal. Lástima que, si se lo reconocen finalmente los editores ingleses, el lauro deba ser adjudicado con carácter póstumo, pues la protagonista falleció en el intento de soltarlo fuera. La polluelita negra de Las Tunas, sin embargo, continúa viva y en juego, picando de lo que pican los pollos en el patio de su dueño, el ornitólogo Humberto Cao. Y por cierto, sería legítimo de su parte interponer recurso legal para que se le respete la primacía obtenida en buena lid, pues su huevo «nació» por las rutas convencionales y no por la vía de la cesárea, como le sucedió al de la plumada pinareña.
Y ahora esta otra, también envuelta en plumas: Desde que el mundo es mundo, las gallinas han puesto siempre sus huevos a ras de suelo, ¿no es cierto? Lo mismo dentro de un cajón que debajo de un matorral. Pero resulta que una joven polluela -¡ahhh, los jóvenes siempre rompiendo patrones!- del tunero poblado de Calixto, cerca de la capital provincial, se ha encaprichado en hacerlo encima de un tamarindo. ¡Despega y aterriza a la manera de una paloma! Allá arriba, entre los troncos del árbol, construyó la muy extravagante su nido, y, según todo parece indicar, le va de lo mejor.
Se trata, como en el caso de los huevos gigantes, de algo inusual, porque las gallinas, hablando en términos de béisbol, se trasladan de un sitio a otro de roling, no de flai. Un sitio digital lo deja claro al decir que «ciertas aves, como las gallinas, los pavos y los avestruces, no pueden volar o realizan un vuelo bajo y corto, más bien parecido a un salto prolongado». Y agrega: «Eso se debe a que sus alas son débiles y poco desarrolladas y a que carecen de poderosos músculos pectorales capaces de permitirles emprender vuelo estable y sostenido, como en el caso de las golondrinas, los vencejos, las águilas, las palomas y otras especies.» Añade que el vuelo estable depende también del tamaño de los huesos, la alta temperatura, la fuerza del corazón e, incluso, de las plumas. «El esqueleto de un ave voladora es siempre muy ligero y de huesos delgados, en cuyo interior hay aire en lugar de médula», refiere el cibersitio.
Ahora, independientemente del tamaño de sus alas, de las proporciones de su pechuga, del temple de su miocardio y de su estado febril, lo que trae en ascuas a la gente en Las Tunas es saber cómo se las arreglará para bajar a sus polluelos del tamarindo cuando salgan del cascarón. Sí, ella, por libérrima elección, construyó su nido en las alturas y puso los huevos allá arriba. Pero, ¿y ahora qué? La pregunta se las trae. ¿Alguien tiene una respuesta?

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martes, 11 de diciembre de 2007

Curiosidades a pie de mapas

Muchos aficionados a la geografía suelen en ocasiones conocer más sobre este redondo y maltratado planeta nuestro que algunos grandes hombres de vocación cosmopolita. Se cuenta, por ejemplo, que Julio Verne, el genial novelista francés, escribió la mayoría de sus obras de temas geográficos sin salir jamás de su natal Nantes. ¡Y hay que leer al autor de Cinco semanas en globo para apreciar cuántas vueltas dio por el mundo! Una caminata por la Patagonia, un crucero por Oceanía, una expedición por África..., siempre andando, volando y navegando imaginariamente sobre sus mapas.
En fin, hay diferentes tipos de aficionados. Unos son auténticos maestros y otros humildes aprendices. Me inscribo en el segundo grupo. Fue así como al revisar un moderno atlas electrónico de última generación, conocí, entre perplejo y curioso, que el nombre de Cuba, mi país, no es exclusivo de este caimán antillano. Tampoco es único el de Las Tunas, mi provincia. Como si fuera poco, no lo es el de Manatí, mi municipio de nacimiento. ¡Desconcertante!
En los Estados Unidos de América, por ejemplo, se llaman Cuba 17 lugares ubicados en 15 estados federales, a saber: Alabama, Georgia, Illinois (2), Indiana, Kansas, Louisiana, Missouri (2), Nuevo México, Nueva York, Carolina del Norte, Ohio, Dakota del Norte, Tennesse, Texas y Wisconsin. Por mucho que trato, no consigo explicarme las razones de semejantes coincidencias toponímicas en dos naciones de tan diferentes orígenes e idiosincrasia.
Pero el asunto no termina ahí. En México aparecen en los mapas cuatro localidades llamadas Cuba. Se localizan en los estados de Campeche, Durango (2) y Sonora. Más al sur, en la República de Colombia, se registran tres pueblos denominados así. Y otras dos en territorio de Bolivia. Y una, respectivamente, en Argentina, Filipinas, Portugal y Puerto Rico. Desconozco si a los habitantes de todas esas comarcas les gusta bailar el son, comer lechón asado, ayudar al menesteroso y jugar a la pelota. ¡Solo eso faltaba!
Con el nombre de Las Tunas ocurre algo parecido. En México hay sitios llamados así en Chihuahua, Sinaloa y Tamaulipas. También cuentan con uno per cápita Argentina, Chile, Honduras, República Dominicana y Venezuela. Y para confirmar aquello de que «nadie es profeta en su tierra», la provincia tiene un doble toponímico en... ¡su propio territorio! En efecto, un poco al sur de la capital de la comarca se encuentra un asentamiento nombrado así: Las Tunas. Y por añadidura, otro bautizado Las Tunas de Guaimarillo.
El municipio de Manatí es el único de los ocho de la provincia tunera que tiene eco onomástico en otras latitudes del planeta. Aclaro que el denominado Colombia se llama así por razones de solidaridad con ese país, de manera que no cuenta en esta reseña. Así, Manatí se repite dos veces en la República de Colombia y una vez en la europea Albania, las africanas Angola y Sudán, la caribeña Puerto Rico y la bolivariana Venezuela. Para no ser menos que Las Tunas, Manatí tiene su par en la geografía cubana por la zona sur de la provincia de Ciego de Ávila. ¿Verdad que son muy curiosas estas coincidencias?

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lunes, 10 de diciembre de 2007

Paseo de domingo

Ayer domingo resultó un día muy especial para mi pequeña familia. Desde hacía varios meses no salíamos a pasear todos así, juntos. Entonces, aprovechando la celebración de un evento sobre Periodismo en la ciudad de Puerto Padre, distante unos 40 y tantos kilómetros de la capital provincial, nos dimos todos un saltito hasta allá y cambiamos de aires por unas siete horas.
Nuestras niñas se divirtieron de lo lindo en la bien llamada Villa Azul de Cuba. Sofía cantó varias canciones de su «repertorio» y, por si eso no bastara, «participó» en la sesión teórica del evento con papá. Beatriz, por su parte, correteó todo lo que quiso por los pasillos y jardines y hasta se fue de compras con mamá. Se portaron excelentemente las dos princesas y no se ganaron ni siquiera un regaño, lo cual les agradecimos sobremanera.
En el viaje de retorno en ómnibus, el sueño las rindió en nuestros brazos. Por fortuna, Morfeo no las retuvo durante mucho rato en su reino y al cabo de una hora, aproximadamente, ya estaban las dos despabiladas y listas para reiniciar sus travesuras. Y cuando digo «por fortuna» es porque la brevedad de la siesta nos garantizó que por la noche se fueran a la cama relativamente temprano y nos dejaran a nosotros -mamá y papá- descansar también un poco luego de una intensa y feliz jornada de trasiego puertopadrense.
Hoy, 10 de diciembre de 2007, Sofía cumple tres años de edad. Pero de eso hablarán mañana las imágenes de su fiestecita. Las publicaré aquí mismo, en mi página. ¡Felicidades, mi Sofi!

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viernes, 7 de diciembre de 2007

Maceo en el recuerdo

En la historia de las guerras de todas las épocas no abundan los nombres de soldados que hayan recibido en sus anatomías 26 heridas durante los combates. Los cubanos, para gloria nacional, disponemos de un ejemplo: el Mayor General Antonio Maceo Grajales. O, si lo prefiere, el Titán de Bronce, como lo bautizó en la manigua su fiel compañero de armas y de ideales, Manuel Sanguily.
Fue el también Lugarteniente General del Ejército Libertador un hombre de méritos excepcionales. Su valor -lo reconocieron en la época hasta sus más enconados enemigos- lindaba con la temeridad, y ni en los más difíciles trances pidió tregua. Durante las gestas independentistas cubanas iniciadas en 1868, participó en más de 800 batallas y su cuerpo salió de algunos muy mal parado. En ninguno de esos casos se permitió permanecer mucho tiempo en cama.
En la batalla de Mangos de Mejías, lo impactaron ocho balas. Cinco le perforaron el pecho y tres le alcanzaron la mano derecha, la encargada de empuñar el revólver y el machete. Convaleciente todavía de tan serias lesiones, supo que su tropa era acosada por una partida española. Se irguió con dificultad de su camilla, montó en su caballo y se puso a salvo de sus perseguidores.
La historia de San Pedro de Punta Brava fue el colofón a tanta gloria. Al escuchar disparos en las proximidades de su campamento mambí, se puso de inmediato al frente de sus hombres y ordenó zafarrancho para enfrentar al enemigo. Una alambrada obstaculizó la acometida insurrecta. Envió a varios jinetes a picarla con sus machetes para intentar luego salir a campo abierto e iniciar la carga.
Estaba a la espera de que fuera neutralizado el obstáculo en medio de la balacera cuando le dijo al brigadier José Miró Argenter: «Esto va bien». El doctor Zertucha, que acompañaba a Maceo en la aciaga jornada, narró así tan dramáticos instantes en carta dirigida al Mayor General Máximo Gómez, fechada el 12 de septiembre de 1899:
«Apenas hubo acabado de decir el General Maceo las anteriores palabras, cayó por el lado izquierdo de su caballo como herido de un rayo, lanzando su machete hacia adelante a considerable distancia. Tras él caí yo: lo encontré sin conocimiento; un arroyo de sangre negra salía por una herida que tenía al lado derecho de la mandíbula inferior, a dos centímetros de la sínfisis mentoniana. Introduje un dedo en su boca y encontré que estaba fracturada la mandíbula.
«Su estado general indicaba a primera vista la gravedad. La algidez, el síncope, el pulso nulo y la palidez que aumentaba hasta el extremo de estar su rostro desconocido, me indicaban había sido herido y que la muerte era cercana. A los dos minutos de ser herido, murió en mis brazos y con él cayó para siempre la bandera.»
Una reseña de la época agrega que el proyectil le entró por la derecha de la cara, desgarró la carótida y salió por la izquierda del cuello. Tras desplomarse, lo incorporaron de nuevo sobre la montura. Ahí otro impacto le hizo diana en el tórax y, de paso, mató a su caballo. Jinete y cabalgadura cayeron al suelo. Quienes pretendieron rescatar su cadáver resultaron heridos Así, el cuerpo de Antonio Maceo quedó solo en medio de la maleza, batido por la fusilería española.
La revista Bohemia reseñó así otro pasaje de aquel infausto 7 de diciembre de 1896: «Panchito, su ayudante, hijo del Generalísimo Máximo Gómez, que no participó en la acción de San Pedro por encontrarse herido, al conocer la suerte de su jefe, partió solo, con un brazo en cabestrillo y prácticamente desarmado, hacia el lugar del hecho. En un gesto supremo de devoción y lealtad fue a morir junto al General. Resultó blanco fácil de las balas adversarias. Lo hirieron dos veces y trató de suicidarse, pero antes quiso dejar una nota a sus padres y hermanos. No terminó de escribirla. Indefenso, lo remataron con ensañamiento los guerrilleros a machetazos».
HERIDAS RECIBIDAS POR MACEO
1-
Combate de Michocán (enero 16-1896)
2- Ingenio Armonía (mayo 20-1896)
3- Majaguabo Arriba (julio 2-1870)
4- San Rafael (julio 25-1870)
5- Majaguabo Arriba (octubre 2-1870)
6- Nuevo Mundo (diciembre 28-1870)
7 y 8- La Matilde (enero 16-1872)
9- Tiguajabos (enero 24-1872)
10- Ingenio Santa Fe (noviembre 2-1872)
11- Las Guásimas (marzo 15-1874)
12 a 19- Combate de Mejías (agosto 7-1877)
20- Vereda La Juba (febrero 8-1878)
21- Combate de Juan Criollo (febrero 12-1878)
22- San José, Costa Rica (noviembre 10-1894)
23- Combate de Río Hondo (febrero 7-1896)
24- Combate de Las Lomas de Tapia (junio 23-1896)
25 y 26- Combate de Punta Brava (diciembre 7-1896)

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martes, 4 de diciembre de 2007

Un popurrí para Barbarito Diez

La sobria tesitura de su voz no funda su abolengo entre los pétalos perfumados de una rosa de Francia. Irrumpe, afinada y limpia, de el arroyo que murmura allá en la distancia, junto al palmar del bajío, mientras desgrana al viento cadencias y compases de alta factura musical como el arrullo de palmas.
En tanto rompen los acordes, un dulce embeleso alucina la mirada. Es que cuando Barbarito canta, su voz emerge como de entre espumas para luego alcanzar la pureza de una perla marina. Así de mesurado es el estilo de este gigante del pentagrama, timbre y cariz de nuestro baile nacional.
Con su sello personalísimo e irrepetible, el danzón deviene capullo de alelí para los enamorados. Habría que tener alma de roca para no rendirse a tan sublime ensoñación. Es que mientras existan Barbaritos rompiendo la rutina habrá gente por ahí negada de plano a aceptar que ausencia quiere decir olvido.
Para que la oigas, Barbarito, la vida te anuncia hoy, 4 de diciembre de 2007, tu 98 cumpleaños. Será una fecha para festejar eternamente en Manatí, querido Manatí. De allí partiste un día del brazo de las musas a conquistar musicalmente el alma cubana con una rosa roja prendida en el ojal y un par de lágrimas negras nublándote el brillo de los ojos.
El pueblo que te reverencia no te olvida, Príncipe del Danzón. Aunque quiera olvidarte, ha de ser imposible. Los artistas de tu estirpe no mueren nunca, porque viven eternamente en su voz. Tu nombre no solo está grabado con letras indelebles en el tronco de un árbol. También en la parte más sensible de nuestros corazones.

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