sábado, 12 de febrero de 2011

Antología tunera del amor

El amor es tan antiguo como la presencia del hombre y la mujer sobre la Tierra. «Amar es romper convenciones», dijo el poeta. De ahí que cada persona lo asuma según sus códigos y lo haga trascender en tiempo y espacio en dependencia de la pasión y la intensidad que le insuflen a su práctica.
En Las Tunas existieron parejas que convirtieron este sublime sentimiento en la razón de sus vidas. En esta muestra se aprecia cómo el amor es capaz de echar raíces y florecer aun en las más heterogéneas circunstancias.
Brígida y Vicente
BRÍGIDA Y VICENTE
Una pareja devenida emblema en nuestros predios fue la que integraron la camagüeyana Brígida Zaldívar Cisneros y el Mayor General Vicente García González. Ellos contrajeron nupcias en 1855, 13 almanaques antes de que los clamores de La Demajagua requirieran a los cubanos para luchar por la independencia de la isla.
Era tanto el amor que Brígida sentía por su esposo y por su causa que no vaciló en acompañarlo en la manigua durante los momentos más difíciles de aquella guerra iniciada en 1868. El  llamado «León de Santa Rita» siempre vio en su bella e incondicional cónyuge a la compañera presta a sacrificar linaje y fortuna para ponerse a las órdenes de su otro gran amor: la Patria.
La historia recoge como una prueba de fidelidad y de valor la realizada por Brígida en octubre de 1869, cuando las autoridades peninsulares la encerraron en su residencia junto a sus hijos y su  anciana suegra, luego de la retirada insurrecta que continuó a la toma de la ciudad. Las puertas y ventanas fueron clausuradas con maderos y clavos, se montó guardia permanente junto a ellas y se prohibió la entrada de todo tipo de alimentos. Con tan inhumana reclusión pretendían, en vano, doblegar su temple y el de Vicente García.
Brígida no cedió a las presiones. El coronel Loño, jefe militar de Oriente, la conminó a escribir una carta a Vicente para que depusiera las armas, pero ella se negó. A los tres días de confinamiento murió de hambre María de la Trinidad, la hija más pequeña, de solo cuatro meses de nacida. Brígida no bajó la cabeza y mantuvo por dos días el breve cuerpecito entre sus brazos.
Saúl, otro de sus vástagos, correría igual suerte antes de que se levantara el encierro. El amor le dio fuerzas para resistir. La vida, sin embargo, le deparaba otro dolor: su amado Vicente moriría envenenado el 4 de marzo de 1886 en Río Chico, Venezuela, a donde viajó tras fracasar los intentos por mantener la lucha. Brígida falleció en La Habana el 25 de mayo de 1918.
Rufina y El Cucalambé
RUFINA Y EL CUCALAMBÉ
Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé) y su esposa Isabel Rufina Rodríguez Acosta ocupan un pedestal en la galería tunera del amor. El poeta bucólico cubano, autor del decimario Rumores del Hórmigo, tuvo en la hermosa mujer a una de sus principales fuentes de inspiración, lo cual quedó registrado en poemas de alto vuelo como el que sigue: Yo recorreré cantando / los terrenos que poseo / y de mi tiple el punteo / será delicioso y blando / Subiré de vez en cuando / a la elevada colina, / y la flor más peregrina / sabré coger, diligente / para engalanar la frente / de mi adorada Rufina /.
Se conocieron en Camagüey, por entonces llamado Puerto Príncipe, a donde el bardo solía viajar por diferentes motivos, entre ellos sus frecuentes colaboraciones literarias con el periódico El Fanal, editado en la ciudad de los tinajones, y las fiestas de San Juan, muy populares a la sazón en la villa. Al poco tiempo enlazaron sus vidas en la iglesia de Las Tunas.
Tres hijos le dieron satisfacción complementaria a la pareja. Dos de ellos murieron en Santiago de Cuba, lugar en el que los cónyuges pasaron a vivir por una temporada. Carlos Tamayo, biógrafo del  poeta, apunta que fue el primogénito, Miguel Orfillo, el único que sobrevivió. Tuvo, por cierto, una intensa vida amorosa, pues se casó tres veces y fundó otras tantas familias. El Cucalambé desapareció misteriosamente en 1861 a los 32 años de edad sin dejar rastros. Se especula que fue secuestrado y asesinado por los españoles, contra quienes había conspirado en 1851. Rufina pasó sus últimos días en Puerto Padre, donde aún radican algunos de sus descendientes.
TOMASA Y RUBALCAVA
Otro caso paradigmático de añor conyugal lo constituyó la relación entre Tomasa Varona y el general Francisco Muñoz Rubalcava. Ella, dama de fina sensibilidad, escribía poemas y los publicaba en revistas de la época; él, hombre comprometido con la libertad de su pueblo, que es también una manera de hacer poesía. Los versos los aproximaron y compenetraron de tal manera que el inefable Cupido no se hizo de rogar para asestarles un golpe de saeta directo al corazón: contrajeron nupcias el 23 de julio del año 1866.
Cuando se desató la guerra de 1868, Muñoz Rubalcava fue de los primeros en incorporarse a la lucha. Tomasa lo siguió a la manigua meses más tarde, para sufrir junto al hombre amado las mismas penurias y rigores de la vida en campaña. En ese período perdió a su hijo, pero no se amilanó. La brava mujer, patriota a imagen y semejanza de su marido, sangraba como él por la herida de ver a su país sojuzgado por el colonialismo español.
Un asalto al campamento mambí de San Miguel por las tropas ibéricas puso a Tomasa Varona entre rejas. Ella enfrentó a sus captores con dignidad y altivez. Poco después la desterraron, y marchó a sufrir su amarga pena a la isla de Jamaica. Allá recibió la noticia de la muerte de su esposo, a quien los españoles pasaron por las armas en Camagüey el 6 de marzo de 1873.
IRIA Y PEISO
La pareja integrada por Iria Mayo y Charles Peiso no es, quizás, tan conocida como las anteriores, pero forma parte de lo mejor de la antología amorosa tunera. Procedía ella de una de las primeras familias francesas establecidas en la zona, la cual envió a la Guerra Grande a 25 de sus miembros. Peiso, por su parte, era un francés que llegó a Cuba en 1873 luego del fracaso de la Comuna de París. Rápidamente simpatizó con la causa cubana y, desde su puesto en la Plaza de Armas, se convirtió en el agente Aristipo de la contrainteligencia mambisa, a la que informaba de todos y cada uno de los movimientos del enemigo. A Iria y a Peiso los unió en la vida sus ideas de libertad y una fina sensibilidad para el amor.
La historia de ella es como una oda al patriotismo. El 20 de septiembre de 1876 se le confió la delicada misión de burlar las líneas de defensa enemigas para entregarle al mayor general Vicente García el plano de las fortificaciones de la ciudad cuidadosamente trazado por su esposo Charles Peiso, quien al poco tiempo se incorporaría al Ejército Libertador. Gracias al referido croquis, el León de Santa Rita tomó la villa tres días más tarde, expulsó de ella a los españoles y la redujo luego a cenizas comenzando por su propia casa. La revista Bohemia reseñó así lo que ocurrió después:
«Iria fue delatada y llevada a prisión, acusada de ser la esposa y cómplice, a la vez, de un insurrecto. En la cárcel trajo al mundo a su primer y único hijo. El enemigo se ensañó con la joven madre. Luego del parto, fue dictada la orden de su traslado hacia la cárcel de Bayamo, de ahí que la obligaran a integrar la cordillera de presas que recorrería a pie una gran distancia hasta la prisión. Presintiendo el fatal desenlace de su traslado, la muchacha encomendó su recién nacido a otra encarcelada, una ex-esclava, a quien le pidió que, al término de la guerra, contactara con el padre de la criatura y se la entregara. Durante la penosa travesía las fuerzas de Iria se agotaron debido al hambre, las hemorragias y el dolor por la separación del hijo. Como no pudo continuar la caminata, los soldados colonialistas la asesinaron a machetazos.»
A Peiso no le fue mejor. Un descendiente suyo, Oliverio Peiso Brea, residente en la provincia de Sancti Spíritus, lo relató así al semanario Escambray: «Incomprendido por los sectores más recalcitrantes del campo insurrecto y perseguido con saña por las autoridades españolas que nunca le perdonaron su papel en la toma de la ciudad ni los laureles en la sien de Vicente García, Charles Peiso cayó en combate el 7 de julio de 1877. Luego de reconocido su cuerpo, fue trucidado en 54 pedazos y expuesto en la plaza del pueblo». Iria y Peiso fueron paradigma de amor más allá de la muerte.
Kike y Marina 
MARINA Y KIKE
El humilde matrimonio constituido por Luz Marina Zaldívar Calzadilla y José Enrique Pérez Rodríguez saltó del anonimato a la fama allá por los finales de la década de los 70 del siglo pasado: una canción de Rogelio Díaz Castillo, interpretada por el Jilguero de Cienfuegos, hablaba de ellos y de sus habilidades para elaborar cierta receta llamada caldosa, a base de carne y viandas, capaz de restituirle las energías y de poner a bailar y a cantar a cualquiera.
Así surgió la historia de Kike y Marina, pareja que comenzó a andar anónimamente por la vida en 1960 para convertirse luego en nuestros embajadores culinarios por todo el territorio nacional.
Sí, porque a ellos hay que agradecerles que la caldosa se haya patentado como el plato tunero por excelencia. Fueron un ejemplo de matrimonio hasta que Kike falleció el 15 de enero de 2004. Marina sigue ahí, casi octogenaria, lúcida y cariñosa. El recuerdo de su esposo la hace fuerte. Ella, como el trovador, sabe muy bien que solo el amor engendra la maravilla.

2 comentarios:

Juan dijo...

Muy interesante este blog , la verdad que me ha sido de gran utilidad !

Saludos a todos !!

Juan - Paquetes en México

Renato Merino dijo...

Felicidades por la agradable calidez que transmite leer su blog, yo estoy a punto de iniciar mi propio blog acerca de información de atractivos turísticos, hoteles y paquetes vacacionales a Los Cabos, espero que mi blog luzca tan bien como el suyo. Saludos desde México.

 
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