sábado, 13 de abril de 2013

La palabra exacta

Hace unas semanas atrás, mi niña Beatriz –de siete años de edad– vino a mi encuentro con cara de pocos amigos. «¿Qué te ocurre, Betica? ¿Por qué traes la boca apretada como si hubieras comido marañón?», le pregunté, copiando una de sus frases favoritas. «Papito, es que Sofía no quiere jugar conmigo», se quejó. 
«Mira, mi chiquitica –traté de explicarle, aunque convencido de que perdía el tiempo–, a veces las personas queremos tener unos minutos de tranquilidad. Tal vez tu hermana ahora mismo no tenga deseos de jugar. Dentro de un rato quizás sí. Ella misma te llamará. Espera un poco y ya verás». 
Lejos de apaciguarla, mis palabras surtieron el efecto contrario. Su réplica fue airada: «¡Papito, siempre estás defendiendo a Sofía y no a mí! Ella prefiere estar leyendo y mongueando en el cuarto mientra yo estoy aquí aburrida y sin hacer nada. Y tú, en lugar de regañarla, mira con lo que me vienes». 
Traté de defenderme como pude, pero en vano. Y ella bla, bla, bla… me soltó otras linduras combinadas con lagrimeos y acusaciones. ¿Qué hacer? Pues aguantar a pie firme su diatriba, suspirar profundo y optar por quedarme callado. La miré cariñosamente a los ojos con la ilusión de que me correspondiera, pero me apartó la vista. Quise alegrarla con una caricia en la mejilla, pero la evadió con un manotazo. Luego, enojadísima, abandonó la habitación con la cabeza erguida y la amenaza de que no sería más mi amiguita. «Es una tormenta pasajera, ya se le pasará, como ocurre siempre», me consolé. Y, a seguidas, tomé asiento ante mi computadora.
Acababa de escribir la primera línea de un reportaje pendiente cuando sentí que «alguien» se situaba con sumo sigilo a mis espaldas. Era Beatriz. «Papito, tengo que decirte algo muy importante», me musitó bien bajito, y ya sin el menor indicio del reciente berrinche. «¿Y a esta qué mosca la habrá picado?», pensé. «Dime, mi amor», le pedí, atrayéndola. Entonces, con voz apenas audible, me susurró: «Papito, Sofía dijo anoche una mala palabra de las grandes». 
Volví a suspirar hondo. Evidentemente, con su información, Betica quería hacerle pagar caro a su hermana el agravio de haberse negado a jugar con ella. ¿Cómo proceder cuando se es juez entre las dos criaturas que más uno ama? ¿Alguien tiene la fórmula?¿Cómo proceder en tales circunstancias?
Traté de ensayar un sermón que no sonara a correctivo: «Beti, eso está mal hecho de parte de Sofía. Las niñas no deben decir malas palabras. Pero yo quisiera que cuando vuelva a ocurrir, que no me lo digas. Porque si tu hermana se entera que tú me dices lo que ella hace, en lo adelante no tendrá confianza en ti, ¿comprendes? Y yo no deseo que eso ocurra entre ustedes. Si vuelve a decir una mala palabra, tú la regañas. ¡Y bien regañada! Aunque yo espero que no se repita. De todas formas vamos a resolver esto ahora mismo. Sofía tendrá que explicarme. Dile que, por favor, venga acá un momento». 
Un destello de alegría iluminó su pícara carita. ¡Era su desquite! La escuché llamarla a grito pelado y con tono autoritario: «¡¡Sofíaaaaa, dice Papito que vengas acá inmediatamente!!». Lo de «inmediatamente» –ustedes lo notaron– lo puso ella con toda intención. Pero no le concedí importancia al detalle. 
Mi niña mayor acudió minutos después, saltando como una ardillita. Betica no se movió de su sitio, ansiosa por «disfrutar» desde la primera fila el «juicio» al que, según sus expectativas, yo sometería a su hermana. Preferí salir rápido del asunto y dije muy serio: «Sofía, me acabo de enterar que anoche dijiste una mala palabra de las grandes. Eso no es lo que te he enseñado. Quiero que me expliques ahora mismo y bien clarito por qué la… ». 
Sus carcajadas no me dejaron terminar la frase. Y yo: «¡Sofía, eso no me da ninguna gracia!». Y ella: «jajajajajajaja…». Y Yo: «¡Sofía!» Y ella: «jajajajajaja». Al fin se calmó un poco, pero aún medio ahogada por la risa. 
«Mira, Papito, eso fue anoche y tú habías salido –comenzó-. Como a las siete, quitaron la corriente y todo quedó oscuro. No teníamos velas, ni faroles ni ninguna luz en la casa. Tuvimos que acostarnos. ¿Te imaginas lo que es estar en la cama tan temprano y sin sueño? No podíamos ver televisor, ni jugar en la computadora, ni leer, ni dibujar, ni escuchar música… ¡Solo estar en la cama y conversar! Y rato y rato y nada de corriente… Eran como las once de la noche cuando la lámpara de nuestro cuarto se encendió. Entonces…» 
Sofía interrumpió su relato y volvió a partirse de la risa. «¿Entonces qué, Sofía?», le exigí proseguir. Pero me vi precisado a esperar otra vez a que acabara de desternillarse. Retomó la historia con el rostro más divertido aque espero ver hasta mi último día: «Entonces me puse tan contenta que no pude aguantar y dije en voz alta… «¡al fin llegó la luz, cojones!» 
No me simpatizan las malas palabras en los niños y mucho menos en las niñas, pero cuando escuché a Sofi contarme aquello, quien por poco se parte de la risa soy yo. ¡Sofía había empleado la palabra exacta en el momento justo! 
A nuestro lado, sorprendida e indignada, Beatriz me dirigió una mirada fulminante, toda decepción. A duras penas contuve la hilaridad para escuchar sus descargos :«Papito, así que yo vengo a decirte que Sofía dijo una mala palabra de las grandes, para que la regañes, y a ti lo que te da es gracia. ¡Óigame! Nunca más vuelvo a contarte nada». Y, ni corta ni perezosa, salió del cuarto, dio un portazo y se fue a jugar con la amiguita del apartamento vecino. 
Mientras, Sofía y yo volvimos a doblarnos de la risa.

2 comentarios:

frFrancisco Ferrada Estrada dijo...

Juan, soy un tunero que cumplo contrato de trabajo en Guinea Ecuatorial, Africa. En Las Tunas siempre he leido tus escritos y desde que estoy aqui hace mas de un año leo tu bloq, todos interesantes como tu acostumbras, pero este de hoy es algo digno de admirar, por varias razones con las que logras unir todos los problemas ante tus hermosas hijas y salir de ellos con elegancia narrativa. Gracias hermano tunero.

Juan Cuba dijo...

Gracias a ti, Francisco, por entrar en mi blog y leer mis textos. Sí, mis hijas me dan muchas alegrías. Son la razón de mi existencia. Tal vez por eso me inspiran tanto al escribir. Un abrazo, hermano.

 
CUBA JUAN © 2010 Realizado por Diseño de Blogs