jueves, 6 de febrero de 2020

Una foto en Feisbuk

«Papi, ¿con qué permiso subiste a Feisbuk esa fotografía mía?», me preguntó hace poco, muy enojada, mi hija Beatriz, de 13 años de edad, al encontrar en esa red social una imagen suya tomando leche en biberón. «No lo vuelvas a hacer sin contar conmigo. Soy yo quien debe decidir». Y, acto seguido, me soltó tun denso sermón acerca de la privacidad en Internet y cuánto debemos protegerla para evitarnos amargos contratiempos. 
El incidente no quedó ahí. Terminada su diatriba, me conminó a eliminar de mi muro la «dichosa» instantánea. Opuse resistencia con el argumento de que con eso privaría a nuestros conocidos de apreciar una etapa bonita de su vida. Pero ella no transigió. «¿Y mis compañeros de aula? No te imaginas el ´chucho´ que me darían si la llegan a ver», refutó. Y como su vehemente exigencia me pareció derecho legítimo, accedí a su solicitud. 
Para muchos usuarios, la tentación de colgar fotos en esta red social parece constituir una suerte de irresistible acto reflejo. Yo lo hago con frecuencia, y, aunque no me obsesionan los «Me Gusta» ni me frustran los silencios, admito que una buena acogida siempre reconforta. Una imagen familiar u otra con una reunión de amigos suele ser bien recibida por quienes no tienen la posibilidad de darles un abrazo a los que allí aparecen. No deberíamos privarlos de esa alegría desde la distancia física. 
Pero, aun cuando una foto en Feisbuk cumple también el objetivo de que sus destinatarios confirmen qué buena presencia tiene su protagonista, abruman las que confunden la red con una pasarela, y, en consecuencia, pierden el sentido de la perspectiva. Forzar a un amigo a celebrar «algo» de lo que la imagen carece no dejará de ser un acto de presión. 
He visto comentarios a fotos que -por lo hipócritas o quizás por lo burlescos- me han causado pena. «¡Ave María, cuánta hermosura! ¡Estás como para portada de revista!», dicen de alguien con quien la naturaleza fue cicatera en el reparto de atractivos. Lo triste es que la persona que figura en la imagen se lo llega a creer y termina agradeciendo el halago. Bueno, se dice que la belleza está en los ojos de quienes miran. 
Pululan en la red las fotos que, por su contenido, resultan chocantes. Como aquellas en las que ciertos compatriotas residentes allende el océano posan sosteniendo en sus manos enormes piezas de carne o en medio de bacanales llenas de exquisiteces. Tengo la certeza de que tal ostentación de bonanza alimentaria solo pretende provocar desazón y que las papilas gustativas de quienes vivimos del lado de acá entren en shock salival. Un propósito que, además de pueril, divierte. 
Los teléfonos celulares de muchos visitantes solo parecen tener lentes para fotografiar o grabar nuestras penurias. Jamás enfocan una graduación universitaria ni una operación de neurocirugía. Empero, no hay deambulante andrajoso, bache callejero, local desaliñado, cartel fuera de tiempo, cola de agromercado o trifulca de barrio que se les escape. Cuando retornan a la «tierra prometida», cuelgan las instantáneas en Feisbuk y se burlan a mandíbula batiente del país que un día los vio nacer. 
Está la otra cara de la moneda, desde luego. Y, por aquello de que generalizar es siempre equivocarse, gracias a Feisbuk se colocaron de nuevo ante mí –al menos por fotografías- muchos compañeros de estudio y amigos de la infancia que, por diversos motivos, se perdieron de mi brújula existencial en determinadas etapas de nuestras vidas. La red me los ha presentado en sus lugares de residencia, nostálgicos unos y satisfechos otros. Dicen que una fotografía vale por mil palabras, y es cierto. 
A Feisbuk le debo, además, conocer por imágenes las ciudades más populosas del planeta, algunas de sus personalidades más relevantes y regiones remotas de extraordinaria belleza. No me sonroja reconocerme adicto a mi plataforma. Todos los días la visito varias veces y la reviso, aunque me ocurra casi siempre como al que abre su nevera una y otra vez a sabiendas de que no encontrará nada dentro. 
Soy su deudor, además, por permitirme que mis amigos asistan mediante las imágenes al desarrollo de mis hijas y a sus resultados académicos; a la historia pasada y presente de su terruño; a la actualidad gráfica de cualquier detalle que me parezca interesante… Todo sin imponerles criterios estéticos ni políticos. La fotografía, además de congelar para la posteridad un instante de la vida, tiene también carácter aglutinador. 
En fin, el fenómeno Feisbuk gana cada día nuevos adeptos. Esta grafía, por cierto, no constituye un disparate. A fuer de usarse como se pronuncia, el nombre de la red potenció su alcance lingüístico hasta perfiles insospechados. Hoy es factible acceder a sus dominios a través de un enlace que la incluye: www.feisbuk.es. No dudaría que la severa Real Academia de la Lengua le extienda alfombra de bienvenida. 
Mientras tanto, me preparo para subir a la red social una nueva fotografía de mis hijas, ahora disfrutando a su manera de sus vacaciones escolares. Antes les pediré permiso para hacerlo. El incidente con Beatriz me enseñó a respetarles ese derecho.

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domingo, 13 de octubre de 2019

Una anécdota beisbolera

Aquella soporífica tarde pueblerina disputaban la corona territorial de pelota el equipo local y el de una comarca vecina. Los fanáticos bullían de interés por ver a un pitcher muy famoso en las peñas beisboleras por la velocidad de espanto que solía imprimirles a sus lanzamientos.
Desde que se dio la voz de play, su «piedra» -como bala de cañón- comenzó a causar estragos entre sus rivales. «Ssssss… ¡strike tres! Ssssss… ¡cantado el tercero!», vociferaba el ampaya. Cuando habían transcurrido sin carreras los cinco primeros capítulos, el rapidísimo lanzador ya acumulaba una considerable cantidad de ponches.
Ante tamaño caos, los bateadores intercambiaban recomendaciones entre sí: «No lo pierdas de vista..., sigue su mano de lanzar..., concéntrate en la pelota..., mira su mano de lanzar...», se decían. Pero, por mucho que lo intentaban, no conseguían hacer contacto con la redonda, que, en oportunidades, parecía alcanzar velocidades supersónicas.
En el octavo capítulo, cuatro bolas malas le regalaron al bateador en turno la primera almohadilla. El juego estaba obstinadamente cerrado, pues a los visitantes tampoco les iba de maravillas a la ofensiva. Por tanto, y ante la posibilidad de un viraje de su pitcher, el inicialista extremó las precauciones en aras de impedir a toda costa que el corredor adelantara demasiado y le llegara impunemente al cojín intermedio.
A esas alturas del desafío, el lanzador permanecía imbateable y más fresco que una lechuga. Sus pelotas surcaban los 60 pies que separan el montículo del home con una lesiva carga de efectividad. Y los bateadores antagonistas –impotentes y vejados- tomaban rumbo al dogaut con la majagua deprimida y la moral en el suelo.
Así se mostraba el panorama cuando vino a consumir su turno ofensivo uno de los hombres de la llamada tanda débil, quien, para su desazón, ya había ingerido un par de amarguísimos ponches. Tomó posición, se frotó las manos, clavo sus spikes en la tierra, apretó la empuñadura del bate y centró toda su atención en la figura del pitcher. En primera base, el corredor comenzó a adelantar unos pasos.
El primer envío impactó en la mascota del receptor con la velocidad de un misil y el sonido de una bofetada. Pasó por la zona buena, pero el bateador apenas lo distinguió. «¡Strike uno!», cantó el árbitro con la voz siniestra y el brazo diestro. El corredor de primera se aventuró a avanzar otro trecho, pero, con un amago de tiro, el serpentinero lo hizo regresar de bruces a la almohadilla.
En el cajón, el hombre se ajustó la gorra, dio unos saltitos, estiró los brazos, hizo un par de swines al aire, se cuadró y aguardó con firmeza por el próximo lanzamiento. De nuevo el bólido blanco y con costuras se le encimó con la rapidez de un cañonazo. No lo vio pasar. «¡Strike dos!», le cantó el segundo el hombre de negro.
Perturbado ante la inminencia de su tercer ponchete, el hombre se llamó a contar en una suerte de monólogo interior. «Tengo que adelantar el swing –pensó-. La bola le está llegando muy rápido. Tengo que tirarle adelantado. Si no lo hago así no lograré sacar a tiempo el bate. Tengo que tirarle adelantado. No hay otra solución. Tirarle adelantado...»
Mientras, plantado sobre el montículo, el lanzador tomó el saquito de pez rubia, se situó de lado y observó las señas de su compañero de batería, todo sin dejar de vigilar de soslayo al corredor que intentaba adelantar un par de metros en primera. Un nuevo vistazo al home. Y el de la inicial ganando más terreno... «Con mi próximo lanzamiento se irá para segunda», pensó el serpentinero.
Al unísono, el bateador se debatía en su obsesión por conectarle. «Tirarle adelantado, tirarle adelantado, tirarle adelantador..», se repetía con el bate enhiesto, al tiempo que ponía todos sus sentidos, anhelos, energías, capacidades, propósitos, sentimientos, voluntades, qué sé yo, en su porfiado empeño de batear.
Fue entonces cuando el lanzador decidió no concederle más ventajas al presunto estafador, quien –confiado en sus piernas- cada vez adelantaba más. Así, miró hacia el home, hizo los movimientos de rigor y, sorpresivamente, sacó el pie y se viró para primera. El corredor retornó a la base y el árbitro lo decretó safe.
Pero, ¿y nuestro hombre en el cajón de bateo? ¿A que no aciertan qué hizo en su empecinamiento por chocar la bola tirándole adelantado? Pues lo que nadie esperaba. Tan pronto el pitcher hizo como si fuera a lanzar, y confiado en que la pelota vendría en busca del tercer strike, realizó el swing más grande de su vida, mientas la Batos descansaba dentro del mascotín del inicialista.
La carcajada fue tan grande que aquel humilde pelotero les suplicó a las mil vírgenes que se lo tragara la tierra. Jamás se le volvió a ver por un terreno de béisbol. La historia quedó ahí, confirmada por unos, negada por otros y disfrutada por todos, pero integrada por propio derecho al anecdotario de nuestro deporte nacional.

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lunes, 19 de agosto de 2019

Travesuras de escuela

El estudiante modelo no abunda. Hablo de aquel cuyo perfil colegial  roza con la perfección: libros y cuadernos forrados, disciplina a prueba de regaños, correcta ortografía, madurez  precoz,  puntualidad inglesa, rendimiento excelente… Sería lo ideal. Pero, así y todo, siempre alguna travesura, alguna chiquillada deben aparecer en su currículo. 
A mi mente suelen acudir de vez en vez las muchachadas de mi etapa escolar. Hace poco tiempo las comenté con un profesor de la época, y, luego de reírnos a mandíbula batiente, me afirmó muy serio: «Nunca olvido a mis mejores alumnos, pero recuerdo también a los traviesos. Contribuían a que la docencia no fuera demasiado aburrida». 
Tuve un compañero de aula capaz de rivalizar con el archifamoso Pepito en el arte de contar chistes simpáticos. Nuestra maestra de quinto grado conseguía -a duras penas- reprimir una carcajada al escucharle narrar alguno. Ella nunca le demostró en persona cuánto le gustaban, quizás para no alimentarle demasiado su ego de humorista. «Mira, muchacho, ¡ve a sentarte y pórtate bien!», le ordenaba con una gravedad a todas luces fingida. Luego nos enterábamos de que, terminada la clase, compartía los cuentos con sus colegas y juntas se desternillaban de la risa. 
Mirtha, mi querida maestra de segundo grado, todavía vive. Disponía de un método infalible para apaciguar a los revoltosos: torcerles las orejas. Siempre que nos topamos rememora, divertida, la travesura que alguien del aula le hizo, quizás para vengarse de sus agresiones contra sus pabellones auditivos: le introdujo un guayabito en su closet. Tan pronto ella lo abrió en busca de algún documento, el animalito le saltó encima. El susto fue tal que, de un brinco, se encaramó sobre uno de los pupitres. Al autor de la cuestionable diablura todavía deben de dolerle los pellizcos. 
En el primer año de la secundaria básica, tuvimos un profesor de Geografía muy circunspecto. Llegaba al aula antes de comenzar su turno y colgaba de un clavo sus planisferios. Al concluir, los enrollaba con cuidado, extraía el clavo y –obsesionado como era en materia organizativa-, lo guardaba en una grieta de la pared, seguramente para prever un posible extravío. ¡Craso error! Tan pronto daba la espalda, alguien del grupo se lo escondía en otro sitio. En la próxima clase, el profesor debía hacer pininos para desplegar sus mapas sin que se cayeran. Ignoro a qué método recurrió para lograrlo. Tampoco si llegó a descubrir al secuestrador de la tachuela. 
A un popular y eminente profesor de Física ya fallecido, célebre entre los estudiantes por sus simpáticas y ocurrentes salidas, le gastaron también una bufonada. En una de sus clases armó sobre su mesa un equipo de laboratorio para demostrar en la práctica cierta teoría de su especialidad. Así, tomó una vasija de cristal, la llenó hasta la mitad de un líquido, la fijó a un soporte universal y, por último, le colocó debajo un mechero. 
Mientras explicaba en la pizarra qué ocurriría en el ensayo, el guasón del primer pupitre, fuera de su campo visual, sopló la llama y la apagó. El profesor le atribuyó al viento el imprevisto y volvió a encenderla. Empero, minutos después se repitió la situación. A la tercera vez (¡ah, la sabiduría de los refranes!) fue la vencida. Comenzó a escribir algo con la tiza, y de pronto, tal y como se viran los pitcher a una base para sorprender a un corredor adelantado, pilló al bromista con los cachetes henchidos, presto a expeler todo el aire de sus pulmones sobre la candela. «Ahora mismo te vas, y hasta que no traigas a tus padres no entras más al aula», le dijo. Y, acto seguido, murmuró para sí: «Graciecitas conmigo…». 
Hay una anécdota muy divertida que, a pesar de los años trascurridos, los alumnos de la época recordamos en nuestros encuentros de ocasión. Ocurrió una tarde en un campamento del plan Mi Escuela al Campo. Aburridos como ostras, decidimos entrar al albergue a jugar un poco de dominó o a cualquier otra cosa que nos entretuviera. Pero los cuarteleros estaban limpiando el local. Y el profesor de guardia, un septuagenario bueno y humilde, oriundo de la isla de Barbados, nos detuvo en seco. 
«No pueden entrar hasta que terminen», nos advirtió, al notar nuestra intención de instalarnos dentro. Aun así, varios lo desobedecieron y se colaron por una puerta lateral. El teacher -así lo llamábamos- se les acercó y, cuaderno y lápiz en mano, los conminó enérgicamente a darles sus nombres para aplicarles el correspondiente reporte disciplinario.
A la sazón, la serie nacional de béisbol estaba en su apogeo. Así que el primer jodedor, al tanto de que el caribeño no seguía sus incidencias, le espetó muy serio: «me llamo Miguel Cuevas». El ingenuo profesor lo anotó sin saber que así se identificaba a uno de los principales toleteros de la época. Acto seguido, y en la propia cuerda, fue asentando en su cuaderno, dictados por los propios infractores, nombres como Manuel Alarcón, Agustín Arias, Ramon Hechavarría, Manuel Hurtado, Silvio Montejo, Antonio Jiménez, Wilfredo Sánchez, Urbano González, Orlando Figueredo y varios otros, todos estrellas beisboleras de por entonces. Al otro día, en el matutino, los dio a conocer públicamente, y comunicó que los indisciplinados recibirían su correspondiente correctivo de forma ejemplarizante. Nuestro teacher jamás logró explicarse la causa de la risa. 
Bueno, sospecho que algún que otro puritano romperá lanzas contra esta crónica, tildándola de apología al irrespeto. Tengo una opinión distinta. Para mí, las mejores relaciones alumno-profesor van más allá del almidonamiento y de la severidad. Se establecen, además, cuando entre uno y otro priman la confianza, la empatía y la aceptación de lo diverso. No existe proceso docente-educativo ajeno a estos sentimientos. Porque no solamente de teoremas y de prontuarios se vive en el aula.

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viernes, 16 de agosto de 2019

Sofía y la mala palabra

Mi hija Beatriz tenía siete años de edad aquella tarde en que vino hacia mí con cara de pocos amigos. «¿Qué te ocurre, mi amor? ¿Por qué estás brava?», le pregunté, cariñoso. «Papito, es que mi hermana Sofía no quiere jugar conmigo», se quejó, llorosa. «Mira, mi chiquitica –intenté consolarla, aunque convencido (por conocerla bien) de que resultaría inútil–, a veces las personas queremos estar solas. Nos ocurre con mucha frecuencia. Tal vez ahora ella no tenga deseos de jugar. Pero dentro de un rato quizás cambie de opinión y te llame. Ten paciencia y verás».
Lejos de convencerla, mis palabras surtieron el efecto contrario: «¡Papito, siempre defiendes a Sofía! Ella prefiere estar leyendo ahí acostada en su cama mientras yo estoy aquí aburrida. Y tú, en vez de regañarla, mira lo que me dices», replicó, indignada. Y por ahí bla bla bla…
Aguanté a pie firme su descarga, suspiré profundo y opté por quedarme callado. La miré tiernamente a los ojos, pero me apartó la vista. Quise animarla con una caricia, pero la esquivó con un manotazo. Luego abandonó la habitación con la cabeza erguida. «Es una tormenta pasajera, ya se le pasará», me dije. Y me acomodé ante mi computadora.
Acababa -¡por fin!- de escribir la primera línea de un trabajo pendiente cuando sentí que «alguien» se situaba con mucho sigilo a mis espaldas. Era Beatriz. «Papito, tengo que decirte algo importante», me susurró bajito y con un halo de misterio en la voz. Por su expresión supuse que había dejado atrás la perreta, vaya usted a saber por qué motivo. Pero pronto lo conocería. «Dime, mi niña», le dije, atrayéndola hacia mí. Entonces, casi al oído, me musitó: «Sofía dijo anoche una mala palabra de las grandes». Volví a suspirar hondo y a mirarla a los ojos. Evidentemente, quería cobrarle a su hermana su negativa a jugar. Ahhh, ¿cómo proceder cuando se es juez entre las dos criaturas que más uno ama? ¿Cómo? Traté de ensayar un sermón: «Betty, eso está mal hecho de parte de Sofía. Las niñas no deben decir malas palabras. Pero, si vuelve a ocurrir, no me lo digas. Porque si tu hermana se entera, en lo adelante no confiará más en ti, ¿entiendes? Para la próxima, la regañas. Aunque espero que eso no se repita. No obstante, hoy vamos a resolver esto. Sofía tendrá que explicarme. Dile que, por favor, venga acá».
Un destello de triunfal regocijo iluminó su rostro adorable. La escuché llamar en alta voz y tono autoritario: «¡¡Sofíaa, dice Papito que vengas acá inmediatamente!!». Lo de «inmediatamente» –ustedes lo notaron– lo puso ella con toda intención. Pero no le di importancia a ese detalle.
Sofía vino al momento, saltando como una ardillita.
Quise salir lo más rápido posible del trance recriminatorio, y le dije muy serio: «Sofía, me acabo de enterar que anoche dijiste una mala palabra grande. Eso no es lo que yo te he enseñado. Quiero que me expliques ahora mismo y bien clarito qué… ». Sus carcajadas dejaron inconclusa mi frase. Y yo, indignado y severo: « ¡Oye, Sofía, eso no me da ninguna gracia!». Y ella, como si tal cosa: «jajajajajajaja…». Y yo: « ¡Pero Sofía...!» Y ella: «jajajajajaja». Al fin se tranquilizó un poco.
«Mira, Papito, eso fue anoche y tú habías salido no sé a dónde –comenzó a contarme-. De pronto hubo un apagón tremendo y todo quedó oscuro. No teníamos velas, ni faroles ni ninguna luz en la casa. Tuvimos que acostarnos. ¿Te imaginas estar en la cama sin sueño? No podíamos ver televisor, ni jugar en la computadora, ni leer… ¡Solo estar en la cama y conversar! Y rato y rato y rato y nada de la corriente… Como a las once de la noche la lámpara del cuarto se encendió. Entonces yo…».
Volvió a partirse de la risa. «¿Entonces qué, Sofía? ¡Acaba de hablar!», le exigí. De nuevo esperé a que terminaran sus carcajadas. «Entonces, Papito, me puse tan contenta, ¡tan contenta!, que se me fue. ¡Te juro que se me fue! Exclamé muy alegre… "¡al fin llegó la luz, cojones!"».
Cuando escuché a Sofía emplear en tono de alegría la denominación vulgar de los órganos reproductores masculinos, quien por poco se parte de la risa soy yo. Ella jamás ha sido malhablada, pero, ¿a quién no se le ha escapado un exabrupto así en situaciones parecidas? ¿Por qué entonces criticárselo a ella con hipócrita puritanismo?
A nuestro lado, indignada, Beatriz me torció los ojos. Y me soltó: «Papito, así que vengo a contarte que Sofía dijo una mala palabra de las grandes y lo que te da es risa. ¡Ni siquiera un regaño! Jamás volveré a decirte nada».
Y, ni corta ni perezosa, me dio la espalda, tiró ruidosamente la puerta y se marchó a jugar con la amiguita del apartamento vecino.

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miércoles, 14 de agosto de 2019

La olimpiada de mi barrio

En mi ya distante etapa de estudiante de la enseñanza secundaria, mis amigos manatienses y yo nos dábamos gusto en cada ocasión en que la televisión transmitía en directo Olimpiadas, Juegos Panamericanos o Centroamericanos. Por entonces no teníamos celulares ni tabletas, pero sí ímpetus y fantasía. Así que, tan pronto concluían los eventos en la tele, organizábamos en el barrio nuestra propia competencia. 
La «sede» principal de aquellos juegos era, comúnmente, el patio de mi casa, muy irregular y sembrado en buena parte de árboles frutales. Como implementos deportivos, apenas contábamos con un baloncito de goma, amén de algún que otro objeto estrafalario útil para nuestros propósitos. Solamente competían tres «países», es decir, dos de mis compinches y yo. Y nos sorteábamos quién sería el representante de CUBA.
Una de las disciplinas en la que más rivalizábamos era el baloncesto. A falta de un aro digno de llamarse así, fijamos un cubo desfondado en lo alto de una mata de anón. Se jugaba al uno contra uno, y, como nuestro humilde baloncito apenas rebotaba entre tantos tubos y raíces reptando por doquier, no se penalizaban faltas como el «doble dribling» o el «caminando». Ganaba quien primero lo encestara (o encubara) 10 veces.
Para el voleibol disponíamos de una «cancha» mejor: el piso de cemento de una casa demolida. Sus límites tenían como referentes algunas de sus muchas rajaduras. A guisa de net utilizábamos la tendedera de alambre donde mi madre ponía a secar la ropa recién lavada. En más de una oportunidad la reventamos con nuestros remates y bloqueos. «¡Váyanse a jugar a otro lado!», nos amonestaba aquella buena mujer. 
Las «pruebas» de atletismo requerían soluciones atípicas. Como en el salto alto carecíamos de soportes verticales que sostuvieran el «listón» (casi siempre el palo de una escoba), dos de nosotros lo tomábamos por sus extremos para que el competidor correspondiente intentara superarlo con el empleo del estilo tijera. Se caía sobre la tierra dura, igual que en el salto largo. Y para medir recurríamos a la cinta métrica que guardada mi vieja en su ajuar de costurera, dentro de una gaveta de su máquina de coser. . 
No estoy muy seguro de que nuestra competencia múltiple incluyera jabalina, bala, disco y martillo (hubiera sido una locura). Sí recuerdo la vez en que Felo Corpas casi se rompe la crisma cuando intentó saltar con garrocha («fuera de programa», dijo) sobre una pared en ruinas, utilizando para ello la vara de la tendedera de la ropa. Se concentró, se impulsó, apoyó la «pértiga», tomó altura y… ¡la vara se partió en dos! Dio con sus huesos en tierra, amén de medio ladrillo encajado en el costillar. 
La carrera de velocidad tenía como pista un tramo de la cuadra. En ocasiones marcábamos con ceniza un metro de cada senda (¡eran solo tres!), y para hacer las veces de estambre en la meta le pedíamos «prestado» a mi madre un carretel de hilo de coser. La resistencia era más sencilla: una vuelta a la manzana. A falta de cronómetro, el tiempo en segundos se llevaba a intervalos de voz: uno, dos, tres, cuatro… 
La gran estrella del evento era el fútbol, el deporte «barrial» por excelencia. Como no tenía sentido alguno patearnos uno contra uno en una explanada grande –nadie resistiría tamaño desgaste-, lo hacíamos en plena calle, en un tramo de unos 20 metros. Bastaba un par de piedras separadas entre sí para establecer la anchura de las porterías. La legitimidad del gol requería que el balón las cruzara por el suelo, jamás por el aire. 
Empero, si nuestros golpeos no tomaban la dirección correcta, nos exponíamos a que el balón aterrizara en el jardín de la viejita María. En esos casos, la anciana solía reaccionar con una rapidez insólita para su edad: se incorporaba como un rayo de su sillón del portal, llegaba antes que nosotros al vergel, le echaba mano al redondo implemento y nos lo secuestraba durante varios días sin derecho a réplica, siempre con el argumento de que «estábamos acabando con sus flores». De nada nos servían las promesas y súplicas para que nos lo devolviera.
El «calendario» del evento incluía también ping pong. A guisa de mesa utilizábamos una vieja puerta que mi padre tenía almacenada en un cuartico. Nos volvimos expertos colocándola en perfecto equilibrio sobre el «burro» (así le decían) que sostenía la tabla de planchar de mi mamá. La net era un trozo de tela metálica, cortada a la medida y estirada con alambres. Nuestras raquetas eran diseñadas por nosotros mismos con pedazos de playwood (pleibo, le decíamos). Las peloticas sí eran auténticas. Aunque, en ocasiones, producto de tantos golpes, se abollaban. En esos casos,  las hacíamos flotar unos segundos dentro de un recipiente con agua hirviendo hasta que recuperaban su forma original.
Los deportes de combate nunca se planificaron. ¿Golpearnos a mano limpia por carecer de guantes de boxeo? Negativo. ¿Abracarnos sobre el duro piso de cemento para aplicar alguna llave de lucha libre? Ni hablar. De haberlo hecho, uno de nosotros hubiera terminado en el hospital. La esgrima sí tuvo alguna aparición, cuando un niño del barrio nos prestó sus espadas y caretas plásticas que recibió por el Día de los Reyes. 
¡Y claro que jugábamos béisbol! Lo hacíamos «al duro» en el mismo patio, con una estropeada pelota «Wilson» forrada de esparadrapo, y siempre uno contra uno a cinco inning. Detrás del cajón de bateo situábamos verticalmente el fondo de un barril. La bola que lo impactara era «estrai». En caso de hit, los corredores ocupaban imaginariamente las bases: la primera en la mata de mango y la segunda en la de coco. 
Para las premiaciones ideamos un podio: tres cajas de madera. Nosotros mismos nos colgábamos las preseas de cartón pintadas de amarillo, gris y carmelita para simular oro, plata y bronce, con una hebra de hilo tomada de donde ya se sabe. Manuel Fernández –a quien hallé en Facebook luego de años sin comunicarnos- era al artífice de aquel acto «protocolar». 
Recién concluidos los Juegos Deportivos Panamericanos y del Caribe en Lima, la capital peruana, se agolpan en mi recuerdo aquellos «juegos» de barrio donde tanto nos divertíamos los adolescentes de mi generación. «¡Papi, mi´jo, eran otros tiempos!», me replica mi hija Sofía cuando, nostálgico, le comento detalles de otrora. Y entonces me conmina a admitir que las personas siempre se parecen más a su época que a sus padres.

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