lunes, 19 de agosto de 2019

Travesuras de escuela

El estudiante modelo no abunda. Hablo de aquel cuyo perfil colegial  roza con la perfección: libros y cuadernos forrados, disciplina a prueba de regaños, correcta ortografía, madurez  precoz,  puntualidad inglesa, rendimiento excelente… Sería lo ideal. Pero, así y todo, siempre alguna travesura, alguna chiquillada deben aparecer en su currículo. 
A mi mente suelen acudir de vez en vez las muchachadas de mi etapa escolar. Hace poco tiempo las comenté con un profesor de la época, y, luego de reírnos a mandíbula batiente, me afirmó muy serio: «Nunca olvido a mis mejores alumnos, pero recuerdo también a los traviesos. Contribuían a que la docencia no fuera demasiado aburrida». 
Tuve un compañero de aula capaz de rivalizar con el archifamoso Pepito en el arte de contar chistes simpáticos. Nuestra maestra de quinto grado conseguía -a duras penas- reprimir una carcajada al escucharle narrar alguno. Ella nunca le demostró en persona cuánto le gustaban, quizás para no alimentarle demasiado su ego de humorista. «Mira, muchacho, ¡ve a sentarte y pórtate bien!», le ordenaba con una gravedad a todas luces fingida. Luego nos enterábamos de que, terminada la clase, compartía los cuentos con sus colegas y juntas se desternillaban de la risa. 
Mirtha, mi querida maestra de segundo grado, todavía vive. Disponía de un método infalible para apaciguar a los revoltosos: torcerles las orejas. Siempre que nos topamos rememora, divertida, la travesura que alguien del aula le hizo, quizás para vengarse de sus agresiones contra sus pabellones auditivos: le introdujo un guayabito en su closet. Tan pronto ella lo abrió en busca de algún documento, el animalito le saltó encima. El susto fue tal que, de un brinco, se encaramó sobre uno de los pupitres. Al autor de la cuestionable diablura todavía deben de dolerle los pellizcos. 
En el primer año de la secundaria básica, tuvimos un profesor de Geografía muy circunspecto. Llegaba al aula antes de comenzar su turno y colgaba de un clavo sus planisferios. Al concluir, los enrollaba con cuidado, extraía el clavo y –obsesionado como era en materia organizativa-, lo guardaba en una grieta de la pared, seguramente para prever un posible extravío. ¡Craso error! Tan pronto daba la espalda, alguien del grupo se lo escondía en otro sitio. En la próxima clase, el profesor debía hacer pininos para desplegar sus mapas sin que se cayeran. Ignoro a qué método recurrió para lograrlo. Tampoco si llegó a descubrir al secuestrador de la tachuela. 
A un popular y eminente profesor de Física ya fallecido, célebre entre los estudiantes por sus simpáticas y ocurrentes salidas, le gastaron también una bufonada. En una de sus clases armó sobre su mesa un equipo de laboratorio para demostrar en la práctica cierta teoría de su especialidad. Así, tomó una vasija de cristal, la llenó hasta la mitad de un líquido, la fijó a un soporte universal y, por último, le colocó debajo un mechero. 
Mientras explicaba en la pizarra qué ocurriría en el ensayo, el guasón del primer pupitre, fuera de su campo visual, sopló la llama y la apagó. El profesor le atribuyó al viento el imprevisto y volvió a encenderla. Empero, minutos después se repitió la situación. A la tercera vez (¡ah, la sabiduría de los refranes!) fue la vencida. Comenzó a escribir algo con la tiza, y de pronto, tal y como se viran los pitcher a una base para sorprender a un corredor adelantado, pilló al bromista con los cachetes henchidos, presto a expeler todo el aire de sus pulmones sobre la candela. «Ahora mismo te vas, y hasta que no traigas a tus padres no entras más al aula», le dijo. Y, acto seguido, murmuró para sí: «Graciecitas conmigo…». 
Hay una anécdota muy divertida que, a pesar de los años trascurridos, los alumnos de la época recordamos en nuestros encuentros de ocasión. Ocurrió una tarde en un campamento del plan Mi Escuela al Campo. Aburridos como ostras, decidimos entrar al albergue a jugar un poco de dominó o a cualquier otra cosa que nos entretuviera. Pero los cuarteleros estaban limpiando el local. Y el profesor de guardia, un septuagenario bueno y humilde, oriundo de la isla de Barbados, nos detuvo en seco. 
«No pueden entrar hasta que terminen», nos advirtió, al notar nuestra intención de instalarnos dentro. Aun así, varios lo desobedecieron y se colaron por una puerta lateral. El teacher -así lo llamábamos- se les acercó y, cuaderno y lápiz en mano, los conminó enérgicamente a darles sus nombres para aplicarles el correspondiente reporte disciplinario.
A la sazón, la serie nacional de béisbol estaba en su apogeo. Así que el primer jodedor, al tanto de que el caribeño no seguía sus incidencias, le espetó muy serio: «me llamo Miguel Cuevas». El ingenuo profesor lo anotó sin saber que así se identificaba a uno de los principales toleteros de la época. Acto seguido, y en la propia cuerda, fue asentando en su cuaderno, dictados por los propios infractores, nombres como Manuel Alarcón, Agustín Arias, Ramon Hechavarría, Manuel Hurtado, Silvio Montejo, Antonio Jiménez, Wilfredo Sánchez, Urbano González, Orlando Figueredo y varios otros, todos estrellas beisboleras de por entonces. Al otro día, en el matutino, los dio a conocer públicamente, y comunicó que los indisciplinados recibirían su correspondiente correctivo de forma ejemplarizante. Nuestro teacher jamás logró explicarse la causa de la risa. 
Bueno, sospecho que algún que otro puritano romperá lanzas contra esta crónica, tildándola de apología al irrespeto. Tengo una opinión distinta. Para mí, las mejores relaciones alumno-profesor van más allá del almidonamiento y de la severidad. Se establecen, además, cuando entre uno y otro priman la confianza, la empatía y la aceptación de lo diverso. No existe proceso docente-educativo ajeno a estos sentimientos. Porque no solamente de teoremas y de prontuarios se vive en el aula.

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viernes, 16 de agosto de 2019

Sofía y la mala palabra

Aquella tarde, mi hija Beatriz (por entonces de solo siete años de edad) vino a mi encuentro con cara de pocos amigos. «¿Qué te ocurre, mi amor?», le pregunté mientras la atraía hacia mí, sin darle demasiada importancia a su hosco semblante. «Papito, es que mi hermana Sofía no quiere jugar conmigo», se quejó. 
«Mira, mi chiquitica –intenté consolarla, aunque convencido por su expresión de que todo resultaría inútil–, a veces las personas queremos estar tranquilas. Eso ocurre con frecuencia.Tal vez ella no tenga ahora mismo deseos de jugar.  Dentro de un rato quizás sí. Espera un poco y te convencerás». 
Lejos de apaciguarla, mis palabras surtieron el efecto contrario: «¡Papito, tú siempre defiendes a Sofía! Ella prefiere estar leyendo ahí acostada mientras yo estoy aquí aburrida. Y tú, en vez de regañarla, mira lo que me dices», replicó, furiosa. Y por ahí bla bla bla… 
Aguanté a pie firme su perorata. La miré tiernamente a los ojos, pero me apartó la vista. Quise alegrarla con una caricia, pero la rechazó con un manotazo. Suspiré profundo y opté por quedarme callado. En vistas de que no encontró en mí el apoyo que buscaba, mi niña abandonó la habitación con la cabeza erguida. «Es solo una tormenta fugaz, ya se le pasará», dije para mis adentros. Y volví a ponerme cómodo ante mi computadora. 
Acababa -¡por fin!- de escribir la primera línea de un reportaje pendiente cuando sentí que «alguien» se situaba con mucho sigilo a mis espaldas. Era Beatriz. «Papito, tengo que decirte algo importante», me dijo bajito y con un halo de misterio en sus palabras. Por la expresión de su rostro comprobé que la perreta se le había pasado, vaya usted a saber por qué motivo. 
«Dime, mi amor», le dije con tono cariñoso y comprensivo. Entonces, casi al oído, me musitó: «Sofía dijo anoche una mala palabra de las grandes». Volví a suspirar profundo y a mirarla a los ojos. Evidentemente, quería cobrarle a su hermana su negativa a jugar con ella. Ah, ¿cómo proceder cuando se es juez entre las dos criaturas que más uno ama? ¿Cómo? 
Traté de ensayar un sermón: «Betty, eso está mal hecho de parte de Sofía. Las niñas no deben decir jamás malas palabras. Pero cuando eso vuelva a ocurrir, no me lo digas. Porque si tu hermana se entera, en lo adelante no tendrá confianza en ti, ¿comprendes? Si la vuelve a decir, la regañas. Aunque espero que eso no se repita. Hoy vamos a resolver esto. Sofía tendrá que explicarnos. Dile que, por favor, venga acá». 
Un destello de alegría iluminó su rostro adorable. La escuché llamar en alta voz y tono autoritario: «¡¡Sofíaa, dice Papito que vengas acá inmediatamente!!». Lo de «inmediatamente» –ustedes lo notaron– lo puso ella con toda intención. Pero no le di importancia a ese detalle. 
Sofía vino al momento, saltando como una ardillita. Quise salir rápido del difícil  trance, y le espeté con rostro severo: «Sofía, me acabo de enterar que anoche dijiste una mala palabra grande. Eso no es lo que te he enseñado. Quiero que me expliques ahora mismo  qué… ». 
Sus carcajadas dejaron trunca mi frase. Y yo, indignado: « ¡Oye, Sofía, eso no me da ninguna gracia!». Y ella, como si tal cosa: «jajajajajajaja…». Y yo: « ¡Pero Sofía!» Y ella: «jajajajajaja». Al fin se tranquilizó un poco. 
«Mira, Papito, eso fue anoche y tú habías salido –comenzó a contarme-. Hubo un apagón tremendo y todo quedó oscuro dentro de la casa. No teníamos velas, ni faroles ni ninguna luz para alumbrarnos. Así que tuvimos que acostarnos. ¿Te imaginas estar en la cama sin sueño? No podíamos ver televisor, ni jugar en la computadora, ni leer… ¡Solo estar en la cama y conversar! Y rato y rato y nada de corriente… Como a las once de la noche la lámpara del cuarto se encendió. Entonces…» 
Volvió a partirse de la risa. «¿Entonces qué, Sofía?», le exigí. De nuevo esperé a que acabara de reír. «Entonces, Papito, me puse tan contenta que se me fue. ¡Te juro que se me fue! Exclamé muy alegre… “¡al fin llegó la luz,  cojones!”»  Y de nuevo su carcajada «jajajajajajajajajaja...».
Cuando escuché a Sofía emplear en tono de alegría la acepción plebeya de los órganos reproductores masculinos, quien por poco se parte de la risa soy yo. Ella jamás ha sido lenguaraz, pero, ¿a quién no se le ha escapado alguna vez un exabrupto similar en situaciones parecidas? ¿Por qué entonces reprobárselo a ella con frágil e innecesario puritanismo? 
A nuestro lado, indignada, Beatriz me torció los ojos. Y me soltó: «Papito, así que vengo a contarte que Sofía dijo una mala palabra de las grandes y lo que te da es risa. ¡Ni siquiera un regaño! Jamás volveré a decirte nada». 
Y, ni corta ni perezosa, mi princesa menor me dio la espalda, tiró la puerta y se marchó a jugar con la amiguita del apartamento vecino.

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miércoles, 14 de agosto de 2019

La olimpiada de mi barrio

En mi ya distante etapa de estudiante de la enseñanza secundaria, mis amigos manatienses y yo nos dábamos gusto en cada ocasión en que la televisión transmitía en directo Olimpiadas, Juegos Panamericanos o Centroamericanos. Por entonces no teníamos celulares ni tabletas, pero sí ímpetus y fantasía. Así que, tan pronto concluían los eventos en la tele, organizábamos en el barrio nuestra propia competencia. 
La «sede» principal de aquellos juegos era, comúnmente, el patio de mi casa, muy irregular y sembrado en buena parte de árboles frutales. Como implementos deportivos, apenas contábamos con un baloncito de goma, amén de algún que otro objeto estrafalario útil para nuestros propósitos. Solamente competían tres «países», es decir, dos de mis compinches y yo. Y nos sorteábamos quién sería el representante de CUBA.
Una de las disciplinas en la que más rivalizábamos era el baloncesto. A falta de un aro digno de llamarse así, fijamos un cubo desfondado en lo alto de una mata de anón. Se jugaba al uno contra uno, y, como nuestro humilde baloncito apenas rebotaba entre tantos tubos y raíces reptando por doquier, no se penalizaban faltas como el «doble dribling» o el «caminando». Ganaba quien primero lo encestara (o encubara) 10 veces.
Para el voleibol disponíamos de una «cancha» mejor: el piso de cemento de una casa demolida. Sus límites tenían como referentes algunas de sus muchas rajaduras. A guisa de net utilizábamos la tendedera de alambre donde mi madre ponía a secar la ropa recién lavada. En más de una oportunidad la reventamos con nuestros remates y bloqueos. «¡Váyanse a jugar a otro lado!», nos amonestaba aquella buena mujer. 
Las «pruebas» de atletismo requerían soluciones atípicas. Como en el salto alto carecíamos de soportes verticales que sostuvieran el «listón» (casi siempre el palo de una escoba), dos de nosotros lo tomábamos por sus extremos para que el competidor correspondiente intentara superarlo con el empleo del estilo tijera. Se caía sobre la tierra dura, igual que en el salto largo. Y para medir recurríamos a la cinta métrica que guardada mi vieja en su ajuar de costurera, dentro de una gaveta de su máquina de coser. . 
No estoy muy seguro de que nuestra competencia múltiple incluyera jabalina, bala, disco y martillo (hubiera sido una locura). Sí recuerdo la vez en que Felo Corpas casi se rompe la crisma cuando intentó saltar con garrocha («fuera de programa», dijo) sobre una pared en ruinas, utilizando para ello la vara de la tendedera de la ropa. Se concentró, se impulsó, apoyó la «pértiga», tomó altura y… ¡la vara se partió en dos! Dio con sus huesos en tierra, amén de medio ladrillo encajado en el costillar. 
La carrera de velocidad tenía como pista un tramo de la cuadra. En ocasiones marcábamos con ceniza un metro de cada senda (¡eran solo tres!), y para hacer las veces de estambre en la meta le pedíamos «prestado» a mi madre un carretel de hilo de coser. La resistencia era más sencilla: una vuelta a la manzana. A falta de cronómetro, el tiempo en segundos se llevaba a intervalos de voz: uno, dos, tres, cuatro… 
La gran estrella del evento era el fútbol, el deporte «barrial» por excelencia. Como no tenía sentido alguno patearnos uno contra uno en una explanada grande –nadie resistiría tamaño desgaste-, lo hacíamos en plena calle, en un tramo de unos 20 metros. Bastaba un par de piedras separadas entre sí para establecer la anchura de las porterías. La legitimidad del gol requería que el balón las cruzara por el suelo, jamás por el aire. 
Empero, si nuestros golpeos no tomaban la dirección correcta, nos exponíamos a que el balón aterrizara en el jardín de la viejita María. En esos casos, la anciana solía reaccionar con una rapidez insólita para su edad: se incorporaba como un rayo de su sillón del portal, llegaba antes que nosotros al vergel, le echaba mano al redondo implemento y nos lo secuestraba durante varios días sin derecho a réplica, siempre con el argumento de que «estábamos acabando con sus flores». De nada nos servían las promesas y súplicas para que nos lo devolviera.
El «calendario» del evento incluía también ping pong. A guisa de mesa utilizábamos una vieja puerta que mi padre tenía almacenada en un cuartico. Nos volvimos expertos colocándola en perfecto equilibrio sobre el «burro» (así le decían) que sostenía la tabla de planchar de mi mamá. La net era un trozo de tela metálica, cortada a la medida y estirada con alambres. Nuestras raquetas eran diseñadas por nosotros mismos con pedazos de playwood (pleibo, le decíamos). Las peloticas sí eran auténticas. Aunque, en ocasiones, producto de tantos golpes, se abollaban. En esos casos,  las hacíamos flotar unos segundos dentro de un recipiente con agua hirviendo hasta que recuperaban su forma original.
Los deportes de combate nunca se planificaron. ¿Golpearnos a mano limpia por carecer de guantes de boxeo? Negativo. ¿Abracarnos sobre el duro piso de cemento para aplicar alguna llave de lucha libre? Ni hablar. De haberlo hecho, uno de nosotros hubiera terminado en el hospital. La esgrima sí tuvo alguna aparición, cuando un niño del barrio nos prestó sus espadas y caretas plásticas que recibió por el Día de los Reyes. 
¡Y claro que jugábamos béisbol! Lo hacíamos «al duro» en el mismo patio, con una estropeada pelota «Wilson» forrada de esparadrapo, y siempre uno contra uno a cinco inning. Detrás del cajón de bateo situábamos verticalmente el fondo de un barril. La bola que lo impactara era «estrai». En caso de hit, los corredores ocupaban imaginariamente las bases: la primera en la mata de mango y la segunda en la de coco. 
Para las premiaciones ideamos un podio: tres cajas de madera. Nosotros mismos nos colgábamos las preseas de cartón pintadas de amarillo, gris y carmelita para simular oro, plata y bronce, con una hebra de hilo tomada de donde ya se sabe. Manuel Fernández –a quien hallé en Facebook luego de años sin comunicarnos- era al artífice de aquel acto «protocolar». 
Recién concluidos los Juegos Deportivos Panamericanos y del Caribe en Lima, la capital peruana, se agolpan en mi recuerdo aquellos «juegos» de barrio donde tanto nos divertíamos los adolescentes de mi generación. «¡Papi, mi´jo, eran otros tiempos!», me replica mi hija Sofía cuando, nostálgico, le comento detalles de otrora. Y entonces me conmina a admitir que las personas siempre se parecen más a su época que a sus padres.

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domingo, 11 de agosto de 2019

El último traguito

Por estos días festejo mis primeros 26 años como licenciado en Periodismo. Fue en junio de 1993 cuando defendí mi tesis en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba. Es curioso, pero escribirla no me resultó tan complicado como conformarla. El Período Especial apretaba el cinto, y conseguir hasta un alfiler devenía una odisea. 
Por entonces, el acceso a una computadora o a una impresora era tan difícil como viajar a la Luna. Así, tuve que resignarme a teclear mi texto en una vieja máquina de escribir. Adquirir las hojas fue un ejercicio de persistencia. Y hallar quién me hiciera la carátula, una pesquisa digna de Sherlock Holmes. 
Varios días antes de la presentación, mi tutor revisó por última vez mis folios y dio su conformidad. «¡Listo!», dijo. Empero, yo no lo estaba por completo, pues aún tenía pendiente un detalle extra-académico también importante: garantizar «algo» espirituoso y fuerte para brindar después de la discusión. Porque, ¿alguien concibe finalizar una carrera universitaria sin celebrarlo con un cañangazo? Pero -¡ay!-, en aquel contexto, dar con un litro de ron al alcance de mi billetera era una misión muy peliaguda. 
En busca de un modesto litro de cualquier mejunje que contuviera alcohol, me aparecí en la casa de un amigo la tarde antes de la discusión. Luego del saludo, lo puse al tanto de mi trance y le rogué que, por favor, hiciera algo por mi causa y me gestionara por ahí aunque fuera un «sábado corto» de aguardiente barato. «Quiero tener algo para brindarle a la gente, tú sabes cómo es eso…», argumenté. Y él, sarcástico y pícaro, añadió: «Y para brindarte a ti mismo, que te conozco muy bien». En fin... 
Me invitó a sentarme y le pidió a su mujer que me hiciera café. «Vengo rápido, así que no te impacientes», aseguró. Y con la misma ganó la calle. Al rato regresó con una mochila de cuyo interior sacó... ¡dos botellas de ron Santiago! Madre mía, ¡el más popular de la época y el favorito de los dipsómanos! Nunca supe dónde las obtuvo (no lo pregunté) y –¡vaya alegría!- se negó a cobrármelas. «Especial para los amigos», dijo cuando me las dio. Y la frase me hizo recordar cierta película cubana. 
Después de mi efusiva gratitud, y como él no iba a estar presente en mi discusión, le propuse (quizás por pena) descorchar una botella y celebrar con un traguito –¡uno solo!- el providencial hallazgo etílico. Pensé que mi amigo rehusaría de plano. Pero, para mi sorpresa (y para mi inquietud), aceptó. «Solo uno, ¿eh?, que son para la tesis», remaché. Asintió con la cabeza. Y, acto seguido, buscó dos copas y las llenó hasta los bordes. 
«¡Por los cinco puntos que te darán mañana en la discusión!», brindó, copa en alto. Yo lo secundé. Estaba colocándole el tapón a la botella y me preparaba para marcharme cuando mi amigo, abruptamente, se interesó por conocer el tema de mi tesis. Con mi explicación a medias, advertí que las copas estaban vacías. Me pareció una mezquindad no rellenarlas. «Hermano, un trago más y ya», avisé. Repetimos el ritual del brindis. Y entonces él, conocedor de mi fanatismo por el fútbol, decidió provocarme. 
«¡Qué Messi ni Messi! Maradona es el mejor jugador de la historia», afirmó, tajante, al tiempo que le echaba mano a la indefensa Santiago y vertía de su contenido en las dos copas. No hice nada por evitarlo, pero me alarmé. «Hermano, afloja», reiteré sin mucha convicción y ya con algún mareo. Bebimos. Como discrepaba de su criterio, le refuté: «¡No, el mejor es Messi! Y con mucha ventaja!». Polemizamos un rato y nos servimos dos veces más, ya sin que yo opusiera demasiada resistencia. 
Entre copa y copa, mi amigo me repetía gangosamente: «hermano… hip… ¡mañana vas a sacar 5…! hip… ¿Tú me estás oyendo? hip… No te preocupes… hip… ¡Vas a sacar 5, que yo lo sé, compadre! hip… ¡Te lo digo yo que vas a sacar 5…! hip… Oye, atiende para acá, ¡vas a sacar 5…! hip…». Finalmente, y a pesar de la cantinela de que «ni una copa más», terminamos por bebernos todo el contenido de la botella completa. 
Animado por los tragos, propuse descorchar la segunda botella. Pero, para mi fortuna, la mujer de mi amigo salió de la cocina y me espetó, enérgica: «Usted no va a abrir nada. Arranque ahora mismo para la Universidad, que mañana tiene la discusión de su tesis». Y casi me puso de patitas en la calle. Para entonces a mi amigo se le había enredado tanto la lengua que no entendí ni media palabra de lo que me dijo a guisa de despedida. 
Recuerdo que agarré por el cuello la botella de Santiago sobreviviente, lo introduje en mi mochila y tomé rumbo a la Universidad, no muy distante de allí. Una ducha fría y unas horas de sueño bastaron para que me recuperara y amaneciera «entero». Entré a discutir la tesis sobre las 10 de la mañana. Minutos antes, y no sin recelo, le pedí a un periodista amigo que me cuidara la botella hasta que yo terminara mi exposición. 
«Compadre, cuídala como si fuera de oro. Es la única que tengo y quiero compartirla con ustedes cuando termine», casi le imploré. ¡Craso error el mío! ¿Se le puede encargar a un lobo cuidar gallinas? Tan pronto entré a discutir mi ejercicio académico, la abrió, derramó en el suelo un poco de ron «para los santos» y el resto se lo bebió con mis compañeros de carrera que aguardaban por la calificación final en las inmediaciones. 
Culminada la discusión, me acerqué al grupo. Todos, eufóricos, vinieron hacia mí. «¡Felicidades!», exclamaron a coro. «Bueno, ahora a descorchar la Santiago», propuse, feliz. «Es que ya lo hicimos –admitió con fingida pena mi colega-.Celebramos por anticipado. Pero, para que veas que te tuvimos en cuenta, mira la botella: ¡dejamos para ti el último traguito!».
Y me la mostró con una migaja, una miseria, una vergüenza, un humilde, un miserable traguito de ron en el fondo.

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sábado, 10 de agosto de 2019

Historia de una estatua

La estatua en 1930
La escultura monumental cubana tiene en la conocida Estatua de la República a una de sus piezas emblemáticas. Emplazada en el interior del Capitolio Nacional –futura sede permanente de nuestro Parlamento-, encarna, según palabras de Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, «un símbolo de la Patria invicta y luchadora», y «de la voluntad continuada del pueblo cubano, que inició sus luchas en el año 1868».
La historia de esta obra comenzó a escribirse en 1927, cuando (des) gobernaba Cuba el tristemente célebre Gerardo Machado. El Capitolio estaba por entonces en fase de construcción, y, en aras de engalanarlo con lo mejor del arte de la época una vez concluido, el Secretario de Obras Públicas del tirano, el Dr. Carlos Miguel de Céspedes, invitó a La Habana al gran escultor italiano Ángelo Zanelli (1879-1942), célebre por haber cincelado en Roma el friso del Altar de la Patria.
Tan pronto se instaló en un hotel capitalino, el artista supo los motivos de la invitación: encargarle siete frisos en bajorrelieve para el pórtico central del nuevo edificio, así como tres estatuas de bronce. Dos de ellas –una masculina y otra femenina- tendrían 6,50 metros de alto y se ubicarían en los flancos de la escalinata central de granito que daría acceso al inmueble. La primera representaría el progreso de la actividad humana, y la segunda la virtud tutelar del pueblo. La restante sería la mayor, y se ubicaría en uno de los salones principales. Se llamaría Estatua de la República.

BIOGRAFÍA DE UNA ESCULTURA

Pero, ¿qué figura y fisonomía humanas debía escoger como paradigma? Zanelli pensó replicar la de Palas Atenea, la diosa griega de la sabiduría y la guerra. Desistió, porque no se parecería a la mujer cubana, de la que él admiraba su belleza. Finalmente, se inspiró en una mulata de voluptuoso cuerpo llamada Lily Valty, y en el semblante de la esposa de su amigo y compatriota Stefano Calcavecchia, de nombre Elena de Cárdenas. Con ambas sintetizó su boceto definitivo.
A los pocos días, Zanelli regresó a su país con los proyectos en mente. Sabía ya lo que iba a hacer y no tardó en poner manos a la obra. Para repujar los frisos en bajorrelieves eligió el mármol boticcino, un material de tono beige y con vetas de color oro, muy abundante en Italia. Las estatuas más pequeñas las fundió en bronce en la Fonderia Laganá, en Nápoles. Y la mayor en la Fonderia G. Chiurazzi, en Roma. Luego las bruñó y doró mediante técnicas electrolíticas.
Dos años después, las esculturas estaban terminadas. Por su considerable tamaño, Zanelli y sus ayudantes dividieron la mayor de todas en tres partes y las embalaron en cajas. Con sumo cuidado las montaron en un vagón especial y las mandaron por ferrocarril al puerto de Nápoles. Llegaron a La Habana el 17 de abril de 1929, en medio de una gran expectación.
En su novela El recurso del método, el escritor cubano Alejo Carpentier reseña con humor criollo cómo fueron saliendo del barco los tres segmentos de la Estatua de la República:
«Una expectante multitud se aglomeró en los muelles para asistir a su aparición. Pero hubo algún desencanto cuando se supo que la escultura no iba a salir así, completa, de pie, ya erguida, como habría de vérsela en el Capitolio,sino que era traída en trozos,para ser armada en el lugar de su erección.(…). En eso sonaron las sirenas de las doce, pararon su trabajo las grúas, y los de la estiba fueron a comer sin que el pueblo se dispersara. Y era que, sin duda, algo grande quedaba todavía en las profundidades del barco. A las 2:00 pm volvieron los hombres al trabajo, y, entre aplausos y exclamaciones, la Teta Desnuda de la Magna Figura salió de las calas, descendiendo a tierra con solemne lentitud».
Las cajas donde se embalaron las piezas la Estatua de la República –conocida también en sus albores como Estatua de La Libertad y Estatua de La Patria- fueron subidas en hombros por la escalinata de granito de 55 peldaños y 36 metros de ancho del Capitolio. La escultura se ensambló sin dificultad y colocada bajo su cúpula, en el Salón de los Pasos Perdidos -llamado así por su excelente acústica- días antes de la inauguración del edificio, el 20 de mayo de 1929, cuando tomó por segunda vez posesión presidencial Gerardo Machado.

UNA OBRA PARA LA POSTERIDAD

Así subieron al Capitolio  las cajas con la Estatua de la República
La Estatua de la República irradia altivez y grandeza. Es hueca y se yergue sobre una plataforma de 2,50 metros de altura, hecha con mármol egipcio antiguo, el mismo con el que se talló el pedestal del monumento al Papa Eduardo VII, en la Iglesia de San Pedro, en Roma. Desde la base hasta lo alto de la lanza mide 18,16 metros, con un peso de 49 toneladas.
Su cabeza está tocada con un gorro frigio, emblema libertario global. Su mano derecha oprime la parte alta de una lanza, mientras la izquierda reposa sobre el escudo de Cuba apoyado en el suelo. La escultura, laminada originalmente con oro de 22 quilates, exhibe gran definición de los planos musculares de un cuerpo apenas cubierto por una túnica. En su interior tiene unos tensores que la mantienen erguida. Y en su parte delantera aparece un barco de remos con los signos zodiacales Escorpión, Capricornio y Géminis grabados en la quilla.
Según asegura el historiador Mario Cremata Ferrán en OPUS Habana, portal adscripto a la Oficina del Historiador de la Ciudad, esta famosa estatua habanera «se consideró la segunda más alta del mundo bajo techo, superada por el Gran Buda de Nara, Japón. En la actualidad es la tercera, después de concluido el mausoleo a Abraham Lincoln, en Washington».

ESTATUA Y RESTAURACIONES

Ni los materiales más tenaces son inmunes al paso del tiempo. Así, la Estatua de la República comenzó a mostrar indicios de deterioro. A juzgar por la enciclopedia Ecured, en 1983 fue reparada «para detener la inclinación que sufría hacia un lado, debido al fallo de unos tensores». En los años 90, el mantenimiento «solo incluyó limpieza mecánica y química». En el 2006, gracias a la Oficina del Historiador de la Ciudad y al Centro Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos recobró esplendor con la aplicación de una pátina de terminación. Para entonces había perdido casi todo el oro de 22 quilates de las tres láminas que la recubrían.
La restauración capital que se ejecuta en el Capitolio Nacional tuvo en cuenta -¡cómo no!- a la Estatua de la República. En la compleja tarea, iniciada el 17 de octubre de 2018, laboró un equipo de restauradores rusos, integrado por ocho mujeres y 14 hombres. El trabajo, que incluyó limpieza química y mecánica, reparación de fisuras y laminado con oro de 24 quilates, concluyó el 21 de junio, y la escultura fue reinaugurada el pasado 24 de julio en un acto solemne, en presencia de las principales autoridades cubanas y del Ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguei Lavrov.
Eusebio Leal, artífice de la rehabilitación patrimonial capitalina, agradeció al presidente ruso, Vladimir Putin, el donativo que permitió «la restauración de esta obra magnífica». La empresa restauradora de la Federación de Rusia, CMC-Development Empresa Internacional de Construcción, también mereció su gratitud «por su serio trabajo».
El Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional de Cuba volverá a trepidar de orgullo por el remozamiento estético de su inquilina más ilustre. Y la piedra preciosa que sustituye al diamante original de 25 quiilates como referente del kilómetro cero de la carretera central, engarzada en sus proximidades, refulgirá con más brillantez e intensidad.
Por lo que significan como símbolos de la solidaridad y la fraternidad, y por la belleza intrínseca de su hechura, las palabras de Eusebio Leal en la referida jornada solemne extractan el sentimiento de gratitud del pueblo cubano por la restauración de la Estatua de la República. Dijo allí:
«De los montes rusos salió el oro para cubrir esta escultura. (…). Oro de 24 quilates, del más alto estado de pureza. Tan pura y tan importante como la eterna amistad entre la Federación Rusa y la nación cubana».

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