Estas son mis princesas SOFÍA (derecha) y BEATRIZ. Sofía es apasionada de la lectura, romántica de nacimiento, osada hasta la temeridad, admiradora de la belleza, original hasta el asombro, fértil de imaginación, defensora de la justicia, cultora de la gratitud, obsesiva de las redes sociales, amante de los detalles, conversadora infatigable, devota del buen humor, generosa con los humildes, caprichosa para comer, elegante de palabra, renuente a las chancletas, aplicada en el estudio, curiosa incorregible, ávida del saber, adoradora de la sonrisa y guardiana de la naturaleza. BEATRIZ es aficionada a las canciones, ágil en las respuestas, precavida ante lo desconocido, cumplidora de promesas, fiel con sus amigas, fanática de los teléfonos celulares, inventora de gangarrias, persistente en sus deseos, amorosa con sus muñecas, sensible ante los regaños, efusiva con sus maestras, carismática de cuna, presumida permanente, voraz de apetito, introvertida de circunstancias, cultivadora de amistades, mimosa como una gatita, callejera a cualquier hora, protestona cuando la mandan, rapidísima de sueño y cariñosa hasta lo inimaginable. SOFI nació el 10 de diciembre de 2004; BETI, el 3 de abril de 2006. Ambas son traviesas como ardillitas, desordenadas con sus pertenencias, preguntonas de lo humano y lo divino, fantasiosas por excelencia, refunfuñonas si se sienten aludidas, destructoras de lapiceros, líderes naturales, adulonas cuando les conviene, derrochadoras de hojas de papel, pícaras de personalidad, divertidas de anecdotario, fans de las tijeras, adictas a mi computadora, insaciables con el helado, inseparables en la vida, solidarias con cualquiera, conquistadoras de corazones, consumidoras de telenovelas, populares desde que vinieron al mundo, adorables de carácter, celosas con sus juguetes, idénticas y diferentes… Y-¡oh, qué maravilla!- las dos son buenísimas personas. Todo lo que hago es por su felicidad, porque prefieran lo espiritual sobre lo material y por evitar que se contaminen con malos ejemplos. ¡Dios bendiga y proteja a mis hijas!
En 1911, un joven arquitecto español nombrado Eduardo Diez de Ulzurrún, Marqués de San Miguel de Aguayo, desembarcó por la zona de Sabanalamar, un playazo de la bahía de Manatí, en la actual provincia cubana de Las Tunas. Venía con el propósito de comprar a bajo precio las mejores tierras de la región para construir en el menor tiempo posible un ingenio azucarero con sus correspondientes plantaciones de caña de azúcar.
Una vez inspeccionada a fondo la comarca, con el consabido asesoramiento especializado, el lugar escogido por el recién llegado fue la finca Minas Blancas. Pronto aquel paraje casi virgen comenzó a estremecerse con el ruido de las máquinas que demostaban maleza y levantaban vigas con mano de obra no solo criolla, sino también caribeña y española.
El emprendor hombre de negocios -quien fue, por cierto, el primer administrador de la factoría- tuvo en cuenta para su elección las excelentes características del territorio y la proximidad de una bahía de 32 pies de calado. Esto último propiciaría no solo la entrada de buques de gran porte con materiales para la construcción sino que, una vez finalizadas las obras, devendría la vía principal para comercializar el azúcar producida.
El ingenio -al que bautizaron con el nombre de Manatí, por la abundancia de ese mamífero acuático en la zona- comenzó a construirse en 1912, y tuvo su primera zafra dos años después. En esa contienda inaugural molió 15 millones 84 mil 788 arrobas de caña y produjo 134 mil 757 sacos de azúcar de 320 libras cada uno. El rendimiento industrial fue de 11,55 toneladas del producto por cada centenar de toneladas de materia prima procesada. Por entonces, Manatí disponía de un solo tándem tipo Fulton.
El récord productivo del central azucarero -que comenzó a llamarse Argelia Libre desde el 17 de febrero de 1961 hasta su desaparición a inicios de la pasada década- se remonta al año 1952, cuando pasaron por sus basculadores 120 millones de arrobas de la dulce gramínea -por coincidencia en 120 días de zafra-, suficientes para producir un millón 43 mil 785 sacos de azúcar de 325 libras per cápita, marca jamás igualada ni mucho menos superada en ninguna otra campaña azucarera.
En la foto que ilustra esta reseña aparece un grupo de trabajadores del ingenio Manatí junto al saco número UN MILLÓN de aquella zafra. Fue paseado por todo el batey a bordo de un transporte tipo comando.
La mayoría de los tuneros de pura cepa presume de conocer como la palma de su mano la geografía de la ciudad que cumplirá pronto 214 años de fundada. Para muchos no existe aquí vericueto ni callejuela que no sean capaces de localizar -es un decir- incluso con los ojos cerrados. Pero, ¿dirían lo mismo acerca del origen de los nombres de algunos de sus repartos y barrios?
Comenzaré con un caso simpático. Allá por los años 60 del siglo pasado comenzó a poblarse a velocidad de vértigo una barriada conocida aquí por Propulsión. Era tal la rapidez de los vecinos para construir allí sus viviendas que uno de ellos -maravillado- exclamó una mañana a viva voz: “Ñoooo, caballeros, esto va más rápido que un propulsión a chorro”. La referencia se basaba en que por entonces la Revolución defendía su cielo con ese tipo de aeronaves supersónicas. A partir de ese momento la gente comenzó a llamar al barrio así: Propulsión. Y con Propulsión se quedó.
Otro nombrecito de anjá es Cantarrana. Dicen sus pobladores más antiguos que el apelativo data de cuando se estaban edificando por la zona las casas fundacionales. Las lluvias solían anegar los huecos de las cimentaciones, con el consabido beneplácito de las ranas, que encontraron en la contingencia un verdadero paraíso. El croar de los batracios llegó a ser tan recurrente que el sector terminó llamándose Cantarrana.
Un bloque urbano cuyo mote suele desconcertar a los visitantes es el conocido por Las 40. ¿Por qué lo identifican así? Realmente, el nombre oficial del reparto es Fernando Betancourt, en honor a un mártir local que murió en Guantánamo mientras cumplía con su deber. Surgió luego del paso por aquí del ciclón Flora, en 1963, cuando construyeron en la zona 40 viviendas para los damnificados. La población se dio entonces en nombrarlo Las 40. Con el tiempo el reparto desbordó sus límites para formar en su parte norte la llamada Comunidad Militar “2 de Noviembre”, a la que casi nadie conoce por esas generales, sino por Reparto Militar.
¿Y qué me dicen del conocido barrio Marabú? Otrora su gente gozó de la poca edificante fama de camorrista y conflictiva Esa imagen cambió después de 1959. Pero su nombre oficial -reparto Santo Domingo- no ha conseguido todavía imponerse. Según los investigadores del tema, el reparto está asentado en lo que fue en otra época una finca propiedad de Rafael Suárez Cruz. A solicitud de este señor, en 1915 la demarcación resultó aprobada por el Ayuntamiento Municipal con el nombre de Santo Domingo. Como por entonces casi toda su parte norte estaba plagada de marabú, muchas personas se acostumbraron a llamarlo así, Marabú.
En la ciudad abundan también los asentamientos con denominaciones concebidas a partir de los nombres o los apellidos de sus propietarios originales. El reparto Santos, por ejemplo, se localiza en una zona que perteneció al señor José Santos Vargas, quien parceló y vendió el terreno donde más tarde se construyeron casas de viviendas. A partir de 1959, se le cambió el nombre por el de Israel Santos, un hijo del antiguo dueño caído en combate a las órdenes del Che durante la toma de Santa Claraen diciembre de 1958. Cuando se accede a este asentamiento desde la zona del ferrocarril por la avenida Camilo Cienfuegos, las primeras manzanas son conocidas con el apelativo de Bonachea, apellido de la familia que fundó allí un conocido servicentro que todavía presta servicios.
Existe otro reparto que sigue esa línea onomástica. Se trata del Aurora, cuyas áreas pertenecieron en los años 50 del siglo pasado a la señora Aurora Pérez. Se localiza con rumbo noreste, a partir del ángulo formado por las calles General Menocaly Francisco Varona. Curiosamente, el Aurora incluye a otro reparto con linaje propio. Me refiero a dos manzanas a las que la gente identifica como Reparto Médico, una pequeña comunidad residencial construida por trabajadores de la salud en los tiempos de la inauguración del hospital Guevara, en el año 1980.
Por el apellido de su antiguo dueño se conoce también el reparto Sosa, próximo a la terminal ferroviaria, que se levantó inicialmente en predios de una finca propiedad de Bautista Sosa. Y a propósito, durante la última etapa de la lucha revolucionaria cayó en combate Carlos Sosa Ballester, nieto de Bautista. En su memoria una calle del reparto fue bautizada con su nombre. Al Sosa pertenece además el barrio llamado La Canoa. Sus vecinos originales dicen a quien quiera oírlos que recibió tal bautismo porque cuando llovía la zona parecía una canoa rodeada de agua por todas partes.
El reparto Pena tiene su historia. Pertenecía en un inicio a la señora Esperanza León, casada a la sazón con Generoso Pena, conocido fotógrafo de la ciudad. El reparto Velázquez, por su parte, surgió de una propiedad cuyo dueño era José Velázquez. Al aprobarse su existencia por el ayuntamiento en 1950, cedió una manzana para construir un estadio que se llamó Estadio Municipal Velázquez. Luego del triunfo de la Revolución, en enero de 1959, adoptó el nombre de estadioJulio Antonio Mella.
Algunas personas suelen referirse a dos sectores del centro histórico de la ciudad con los nombres de reparto Primero y reparto Segundo. Pero, ¿son realmente correctas estas denominaciones? Según los investigadores, en 1951 el término municipal de Victoria de Las Tunas constaba de 16 barrios. Dos de ellos estaban asentados en su zona urbana, y eran los llamados Primero y Segundo. Solo que esta clasificación se concibió exclusivamente con fines electorales. A pesar de eso, no son pocos los que persisten en denominarlos todavía así: Primero y Segundo.
Podría hablar de otros barrios y repartos que le ponen calor y color a la onomástica de nuestra ciudad, como son Casa Piedra, Aguilera, Buena Vista, La Loma, La Victoria, Aeropuerto, Polvacera..., pero la muestra es suficiente. Todos conforman el terruño donde vivimos, y reflejan también, como legítima patria chica, la identidad de sus hijos.
La mayoría de los seres humanos venimos al mundo con nombres preelegidos por nuestros parientes cercanos. Luego, con mejor o peor fortuna, los llevamos a cuestas durante toda la vida. Algunos tal vez resulten fonéticamente horribles o caligráficamente complejos. Sin embargo, solo en raras ocasiones los inconformes deciden cambiárselos por otros más a tono con sus preferencias.
No ocurre igual con las denominaciones de las calles. Una avenida pudo tener ayer una identidad, ostentar hoy otra diferente y mostrar mañana una tercera. Estos cambalaches nominales dependen de disímiles factores, entre ellos la voluntad expresa de quienes ostentan la prerrogativa de la decisión.
Hace poco más de 150 años, la otrora Victoria de las Tunas fue declarada Ciudad por las autoridades coloniales españolas. En 1868, cuando estalló en la antigua provincia de Oriente la Guerra Grande, la villa contaba con 15 vías urbanizadas. Ninguna conserva en la actualidad su nombre original.
La arteria tunera más populosa es la avenida Mayor General Vicente García. Su nombre original (1868) fue Isabel Segunda, reina de España entre los años 1833 y 1886. Casi 20 almanaques después, su rótulo se cambió por calle Campoamor, apellido de un célebre poeta peninsular.
Hasta inicios del siglo XX, resultó común que la gente de campo recorriera a caballo esta popular calle. Se conservan aún varias argollas empotradas en los contenes, donde sus dueños amarraban las bridas de los nobles brutos.
La calle Lucas Ortizcorre también por las proximidades del corazón de la capital tunera. Sin embargo, no fue ese su primer apelativo, sino Príncipe, vaya usted a saber en honor a qué Alteza Real de la metrópoli.
En 1869 se le comenzó a llamar Bombero, para dignificar a ese gremio. En 1884 sufrió otro cambio: Moratín, notable escritor madrileño. En 1905 los adulones le endosaron Becerra, apellido de un conquistador. Desde 1931 se le llama Lucas Ortiz, ilustre capitán del Ejército Libertador.
Un caso singular es el de la calle Colón, que también serpentea por el ecuador histórico tunero. En 1868 la bautizaron como avenida de Los Pinos, quizás por la profusión de esos árboles a lo largo de su recorrido. Lo curioso es que esta calle ostenta hoy varios nombres en su trayecto.
Se llama así, Colón, desde su origen en la zona de La Martilla hasta la calle Francisco Varona. De ahí a la calle Gonzalo de Quesada se llama Ángel Guardia, mambí caído en la toma de Las Tunas de 1897. Desde Ángel Guardia hasta el ferrocarril, es avenidaFrank País. Y hasta la salida hacia Puerto Padre, todos la conocen por avenida Camilo Cienfuegos.
La ciudad de Las Tunas tiene otro caso singular: una cuadra con nombres diferentes en cada acera. Está en la Placita de los Recuerdos, en el reparto México. Allí convergen en cuchilla las callesJoaquín de Agüero y Nicolás Heredia. Ambas siguen la misma ruta con igual identidad hasta la Feria, donde terminan. Lo curioso de esto es que los vecinos que la habitan viven en la misma cuadra, pero no en la misma calle.
La calle Martí cuenta también con su historia. Al inaugurarse en 1868, las autoridades le pusieron por rótulo calle Carlos Conus, nombre de un capitán español que apresó al patriota camagüeyano Joaquín de Agüero, quien en 1851 intentó sin éxito tomar Las Tunas. En 1905, pasó a denominarse calle República, que era la condición de Cuba desde 1902.
Otra calle tunera, la Lico Cruz, se llamó en 1868 Maria Luisa, en honor a la Infanta María Luisa Fernanda de Borbón, hija de los reyes Fernando VII y María Cristina, soberanos españoles del siglo XIX. En 1884, los colonialistas decidieron que esta calle Maria Luisase llamara calle Pelayo, alegoría a un antiguo obispo de la asturiana ciudad de Oviedo.
En 1905, ya en tiempos republicanos, se le bautizó como calle Manuel Cruz, comandante mambí caído en combate el 6 de mayo de 1871. Desde 1931 esta vía se llama calle Lico Cruz, otro ilustre insurrecto local.
A ciertas calles tuneras las autoridades coloniales de la época les impusieron títulos de ingrata recordación, como Leopoldo O´Donell, nombre con el que fue agraviada en 1868 y hasta años después la actual calle Julián Santana (nombre de un glorioso general mambí de origen canario).
Este Leopoldo O´Donell fue un alto oficial del Ejército Español, además de Gobernador General de la isla entre 1843 y 1848. En su tristemente célebre mandato fusilaron al poeta Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido). Hizo famosa una frase, adoptada luego por los mayorales en las plantaciones cañeras esclavas: «con sangre se hace azúcar».
La calle Joaquín de Agüero responde por ese nombre desde 1905. Antes, en 1868, se le conocía por Piquero, reminiscencia del antiguo soldado cuyo única arma en las batallas era una lanza o pica. En 1884 recibió el patronímico de calle León XIII, Papa desde 1878 hasta 1903.
Otra conocida calle exhibió proclividad por nombres de notables de las letras. Como la Nicolás Heredia, que perpetúa a un novelista cubano del siglo XIX. En 1884 esta vía se llamó Cervantes, apellido del más grande escritor en lengua hispana: don Miguel de Cervantes.
Además de las ya mencionadas Julián Santana, Vicente García, Lico Cruz, Lucas Ortiz y Francisco Varona, otras vías tuneras llevan nombres de grandes patriotas locales de nuestras luchas independentistas decimonónicas. Son las calles Ramón Ortuño y Francisco Vega, ambos generales del Ejército Libertador. La calle Lorenzo Ortiz inmortaliza a otro mambí de menor rango militar, pero igualmente glorioso.
Con nombres de la última etapa de la lucha revolucionaria existen en Las Tunas las calles Carlos Sosa Ballester, Pelayo Paneque, Aquiles Espinosa, Waldemar Membrado y Calixto Sarduy, entre muchos otros. Hay algunas que inmortalizan a héroes nacionales, como las calles Máximo Gómez, José Martí y Antonio Maceo, algo frecuente en casi toda la isla.
A lo largo de la historia, ciertas calles tuneras ostentaron por un tiempo denominaciones a las cuales no se les ha encontrado completo sentido: Rastro, Límites y Suburbios. Raros, ¿verdad?
Otro nombre nada convencional lo lució la actual calle 24 de Febrero, que en 1868 se llamó Campana. La que hoy conocemos por calle Maceo, fue la calleCanoa desde 1868 hasta 1884. Y la conocida calle Nicolás Heredia era en 1869 la calle Cruz Verde.
Las calles son más que corredores para transitar a pie, sobre ruedas o por cualquier otro medio los asentamientos poblacionales. Ellas integran la vida orgánica de las ciudades. Son sus arterias, sus neuronas y sus tejidos. Conocerlas es acceder a una zona importante de nuestra historia.
Mi colega Alexis Pérez Sánchez recién acaba de hacerle mutis a la vida. Su resentido y frágil músculo cardíaco no soportó tantos agobios y le consumó la fatal jugarreta el pasado viernes, bien temprano, cuando el lucero del alba todavía irradiaba luz en lo más alto del firmamento.
Siempre me pareció emisario de trágicos augurios cualquier sombrío timbrazo telefónico en la madrugada. ¡Casi todo lo infausto ocurre en ese horario! Esta vez el ring ring confirmó mis suspicacias. Y la mala nueva despabiló mi somnolencia con la energía de un corrientazo.
La muerte es -amén de rotunda e inevitable- nuestra única certeza absoluta. Se trata de un estado físico con blindaje a prueba de voluntades. En oportunidades apenas propicia espacio para filosofar. Como en este de ahora, donde sobrevino súbita, fulminante, inclemente y prematura.
Todavía hoy, tres jornadas después de su partida, cuesta aceptar que Alexis ya no está, corpóreamente, entre nosotros. Difícil creer que no volveremos a estrechar su afectuosa diestra, a soportar sus ex abruptos de ocasión o a escucharle leer «a punta de pistola» su reportaje en ciernes.
La Casa de la Prensa tunera echará de menos su corpulenta figura; muchos temas de actualidad clamarán por la osadía de su pluma; los estudiantes de práctica laboral extrañarán, desconcertados, al tutor puntilloso y exigente que les brindó en cada etapa sabiduría, experiencia y brújula...
En lo adelante, de Alexis Pérez Sánchez, colega y amigo, no se hablará sino en pasado. Su recuerdo, empero, nos acompañará. Porque la vida de los que mueren no se convierte en polvo en una gaveta de mausoleo. Queda -¡vaya fortuna!- en la memoria de quienes los sobrevivimos.
Por estos días que corren, la humanidad amante de la paz conmemora el aniversario 65 de los bombardeos atómicos norteamericanos sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Fue aquel un crimen horrible e innecesario, pues, tal y como han establecido los estudiosos del tema, el imperio nipón estaba en ese momento virtualmente derrotado.
En el ataque a Hiroshima, el 6 agosto 1945, la bomba nuclear cayó en el mismo centro de la densamente poblada ciudad. Más de 140 mil personas murieron en el acto. La tragedia de Nagasaki sobrevino tres jornadas después, con saldo de 74 mil víctimas. Otros millares murieron luego en ambas urbes como consecuencia de las heridas y de la radiación.
Se suele atribuir al gran científico Albert Einstein, Premio Nobel de Física, la paternidad de la bomba atómica. La impugnación tiene que ver con las cartas que, a instancia de varios colegas, le remitió al entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, con la intención de convencerlo de fabricar cuanto antes la poderosa arma de guerra.
En una de esas misivas escritas en 1939, Einstein alertó a Roosevelt acerca del peligro de que los alemanes, con Adolfo Hitler a la cabeza, desarrollaran primero una bomba basada en la fisión atómica. Eso influyó en que EU decidiera realizar las pruebas con el Proyecto Manhattan. Su culminación fueron los terribles golpes nucleares anteriormente referidos.
Cuando, algunos años después, Albert Einstein se enteró de la atrocidad que supuso el bombardeo atómico sobre objetivos civiles japoneses, se arrepintió públicamente por las cartas enviadas al presidente norteamericano. Su primer rechazo sobrevino el 10 de diciembre de 1945, durante una charla conocida por «Se ha ganado la guerra, pero no la paz».
En esa fecha escribió en el New York Times: «De haber imaginado que emplearían la bomba atómica no como advertencia disuasiva, sino como arma agresora, no hubiera movido un dedo para recomendar su fabricación». Agregó que la firma de esa carta fue el mayor error (moral) de su vida.Y en un texto titulado «Hay que ganar la paz», expresó:
«En la actualidad, los físicos que participaron en la construcción del arma más tremenda y peligrosa de todos los tiempos, se ven abrumados por un similar sentimiento de responsabilidad, por no hablar de culpa. (...). Nosotros ayudamos a construir la nueva arma para impedir que los enemigos de la humanidad lo hicieran antes, puesto que dada la mentalidad de los nazis habrían consumado la destrucción y la esclavitud del resto del mundo. (...). Hay que desear que el espíritu que impulsó a Alfred Nobel cuando creó su gran institución, el espíritu de solidaridad y confianza, de generosidad y fraternidad entre los hombres, prevalezca en la mente de quienes dependen las decisiones que determinarán nuestro destino. De otra manera la civilización quedaría condenada».
Sus principios con respecto a la paz se sintetizan en estas palabras:
«Mi pacifismo es un sentimiento instintivo, un sentimiento que me domina porque el asesinato del hombre me inspira profundo disgusto. Mi inclinación no deriva de una teoría intelectual; se funda en mi profunda aversión por toda especie de crueldad y de odio».
No puedo dar fe de la veracidad de estas coincidencias insólitas y casi fantasiosas. Pero como me parecen interesantes, se las ofrezco a mis lectores para que las disfruten.
SOBRE ABRAHAM LINCOLN Y JOHN F. KENNEDY...
Abraham Lincoln fue elegido para el Congreso en 1846... John Kennedy fue elegido para el Congreso en 1946...Lincoln fue electo Presidente de E.U. en 1860... Kennedy fue electo Presidente de E.U. en 1960... Ambos estuvieron comprometidos con los derechos civiles... Sus correspondientes esposas perdieron un hijo mientras vivían en la Casa Blanca...Lincoln y Kennedy fueron asesinados un viernes y ambos murieron por disparos en la cabeza... El secretario de Lincoln se apellidaba Kennedy... El secretario de Kennedy se apellidaba Lincoln... Los dos Presidentes fueron asesinados por hombres nacidos en el Sur... Uno y otro fueron sucedidos por hombres apellidados Johnson... Andrew Johnson, quien sucedió a Lincoln, nació en 1808...Lyndon B. Johnson, quien sucedió a Kennedy, nació en 1908... John Wilkes Booth, quien asesinó a Lincoln, nació en 1839...Lee Harvey Oswald, quien asesinó a Kennedy, nació en 1939... Ambos asesinos tenían nombres y apellidos compuestos por 15 letras...Lincoln fue asesinado en un teatro llamado Keneddy... Kennedy fue asesinado en un coche modelo Lincoln... Booth huyó del teatro y fue capturado en un almacén. Oswal huyó de un almacén y fue capturado en un teatro...Booth y Oswald fueron asesinados antes de ser juzgados... Una semana antes de morir, Lincolnestuvo en la ciudad de Monroe, en el estado de Maryland... Una semana antes de morir, Kennedy estuvo con la actriz Marilyn Monroe...
Un saludo cordial para mis amigos en cualquier parte del mundo. Me parece hora ya de que este blog retorne a la normalidad, ¿no creen? Durante más de un mes, pareció más una cancha de fútbol que una bitácora costumbrista. Antes, durante y después del Campeonato Mundial celebrado en Sudáfrica, apenas habló de otra cosa. ¡Se volvió monotemático! Su propietario no puede negar su estirpe manatiense. En realidad, quien se reconozca vástago de ese pequeño pueblo del oriente cubano y no experimente simpatías por el más universal de los deportes, debe revisar su partida de nacimiento. Porque un hijo legítimo de Manatí suele perder la serenidad cuando se comienza a hablar de goles, fintas, córners, centros, pases y taquitos. La exageración no está muy distanciada de la verdad, se los aseguro. Que lo digan Alexis, Maikel y Piky, quienes, a pesar de no residir desde hace años en territorio cubano, conservan desde la distancia el mismo amor por ese deporte y la misma avidez por mantenerse informados acerca de sus resultados. Durante las jornadas de la Copa, el chat de CUBA JUAN devino suerte de foro especialziado con las opiniones más diversas (por cierto, ha sido tomado últimamente por intrusos nada bienvenidos). Ningún asunto mundialista quedó ignorado en el tintero. Desde la pobre actuación de las estrellas mediáticas hasta las sorpresivas derrotas de las selecciones favoritas. Resultó una experiencia interesante y provechosa, pues no nos limitamos a sustentar juicios personales, sino que los argumentamos con criterios aparecidos en prestigiosos sitios web en idioma español. Como ninguna de mis abuelas pertenece ya al mundo de los vivos, debo hablar yo mismo de mis «aciertos», y decir en mi favor que, finalmente, se tituló Campeón Mundial de Fútbol el equipo al que siempre endilgué el rótulo de favorito: ESPAÑA. Se trata de una generación de jóvenes deportistas que trascenderá lo conseguido en tierras africanas y hará época por la belleza de su juego y la cohesión de su colectivo, incluyendo el cuerpo técnico. También por el gol de antología de Andrés Iniesta en la final y por el inigualable glamour de mi colega Sara Carbonero en sus flirteos con el guardameta Iker Casillas. En fin, se terminó el Mundial y habrá que esperar cuatro años hasta la próxima convocatoria. En el ínterin, nosotros volveremos a conversar y a tratar nuestros temas acostumbrados. Solo les pido un poco de paciencia.
Los medios de prensa del planeta se hacen eco por estos días de los «pronósticos» de varias criaturas del reino animal acerca del resultado del partido de mañana entre España y Holanda, que definirá el próximo campeón mundial de fútbol.
El más famoso de todos, sin dudas, es el pulpo alemán Paul, el cefalópodo que en el 2008 consiguió el 80 por ciento de aciertos en sus vaticinios en la Eurocopa, y que ahora exhibe absoluta efectividad en Sudáfrica.
Las predicciones de Paul acertaron en todos los partido que disputó Alemania, incluyendo sus derrotas ante Serbia y España. Ahora augura que los ibéricos le ganarán mañana a Holanda. Por esa razón, muchos se las juegan por los españoles en las casas de apuestas.
Una de las competidoras de
Paul en el arte de predecir el futuro es la foca española Paulina, célebre por su «instinto adivinatorio». Para demostrar su asombrosa capacidad, sus entrenadores colocaron a dos muchachas en los peldaños de la alberca donde habita el simpático animal. A una la
ataviaron con la camiseta de España y la otra con la de
Holanda.
«Cuando Paulina se puso al lado de la camiseta naranja emitió un gruñido, pero a la que llevaba la de la Furia Roja le dio un beso. «El público, suspicaz, atribuyó su comportamiento a un entrenamiento», comentó el canal Telecinco.
En la bulliciosa y cosmopolita Singapur, el loro Mani salió por un momento de su jaula para elegir entre dos rectángulos de cartulina blancasque tenían diseñadas las banderas de Holanda y España. Inequívocamente indicó al país de los tulipanes como campeón, en contra del hasta ahora certero Paul.
Por su parte, Li Ping, un oso panda de un zoo de Tailandia, apuesta por la victoria ibérica en la final . Según la edición digital de The Nation, al plantígrado le dieron de beber leche en dos recipientes decorados con las banderas de los países contendientes, y prefirió el de la enseña española.
Otro pulpo «pitoniso» –este llamado Maradona y de nacionalidad austriaca- se solidariza con el augurio de su compañero de especie y de los que piensan como él. Apuesta también por España a la hora de levantar la Copa.
Y, hablando de pulpos y de Maradona, en el popular programa de TV argentino «Un mundo perfecto» trituraron un pulpo, en venganza por la predicción de Paul, quien vaticinó que Alemania derrotaría a Argentina en cuartos de finales. «Ha llegado tu momento, pequeño pulpo nazi», dijo con rabia Roberto Pettinato, presentador del programa. Y, delante de las cámaras, molió al molusco dentro de una licuadora.
Moviéndose en coreografía rutilante, Desplegados en escena gladiatoria, Esforzados sobre esférica incitante. Veintidós que luchan por la gloria En la antesala esperan otros veinte Cien mil más y yo tras la victoria.
Se llamaba Francisca Agüero Mayo. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de jardinera marchitaron sus pétalos. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrarán de mi memoria su alma generosa y su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.
MI PADRE INOLVIDABLE
Hoy, 27 de mayo de 2019, mi padre cumpliría 100 años de noble y limpia existencia. Pero la vida, o el destino, o la Providencia, o Dios, o quien haya sido, no se lo permitió, y solo pudo celebrar 62. Fueron suficientes para dejar en mi corazón y en mi memoria una huella entrañable, profunda y eterna. Los buenos padres suelen ser así, inmortales. No, definitivamente, padre no es cualquiera. Papi nació en un asentamiento rural llamado San Isidro, próximo al poblado de Gaspar, en la provincia de Ciego de Ávila. Sus padres lo bautizaron con el nada convencional nombre de Juan Evangelio, que luego él y mi madre me endilgaron cuando me trajeron al mundo. A Manatí arribó en 1945, de la mano de un amigo instalado previamente en la localidad. Tan pronto desempacó, formó parte de la Guardia Jurada, un cuerpo encargado de la tranquilidad ciudadana y de la protección del antiguo ingenio azucarero. Después de 1959, la Empresa Eléctrica le encargó la tarea de leer todos los metros contadores del municipio y después cobrarles a sus propietarios las correspondientes facturas. Para esa fatigosa dualidad recorría cada mes varios kilómetros, enhorquetado en su bicicleta rusa, a la que le sonaban todos los tornillos, pero que nunca lo dejó botado en el camino. Cierro los ojos y me parece verlo tocado con su sombrero de yarey (tejido expresamente para él por un haitiano amigo) y con sus espejuelos en trances de equilibristas sobre la punta de la nariz, mientras escribía números en un libraco repleto de tarjetas con los nombres de los clientes. En casi todas las casas a donde llegaba le brindaban café, chucherías o echaba un parrafito sobre cualquier asunto. Madrugador incorregible, sobre las seis de la mañana ya estaba en pie, listo para hacer la primera colada del día al socaire de los poetas repentistas -una de sus grandes aficiones-, a quienes escuchaba en un radio VEF que le regalamos un día de su cumpleaños en reemplazo de aquel vetusto RCA Víctor de madera y válvulas. Tampoco se perdía Alegrías de Sobremesa, y se divertía de lo lindo con las ocurrencias de la mulata Estelvina y de Paco Carrasquillo. Mucho menos dejaba de ver San Nicolás del Peladero, con su admirado alcalde Plutarco Tuero, en aquel estresante televisor blanco y negro, marca Westinghouse, siempre lleno de lloviznas y de interrupciones. Lo evoco también haciendo puré de tomate en un equipo que él mismo se inventó, capaz de simplificar enormemente la tarea. O sembrando hortalizas en una pequeña parcela que teniamos al fondo de la casa. Mi padre fue un hombre de un carácter sumamente alegre, siempre con una jarana a flor de labios y gran amigo de los niños. «Morales, los niños no te respetan porque juegas demasiado con ellos», lo recriminaba mi madre cuando lo veía darle un pellizco a uno o esconderle la pelota a otro. Con mi mamá formó una pareja memorable. Por lo menos en mi presencia, nunca los escuché discutir por ningún motivo. Tenía con ella detalles bonitos, aunque también la hacía rabiar cuando le preguntaba la edad delante de terceros, a sabiendas de que -como muchas mujeres- le tenía aversión a ese tema. Mis relaciones con él siempre fueron de excelencia. Muchos consejos me dio y pocos escuché. Cuando uno es joven, siempre que sucede igual pasa lo mismo. Hoy diera la vida por una sola de sus recomendaciones. A pesar de los años transcurridos, aún me remuerde la conciencia por las veces en que le «robé» menuditos de sus bolsillos mientras él echaba un pestañazo al mediodía. Por entonces, con una peseta se le podían comprar dos barquillas de helado casero al que los vendía por las calles con su nevera montada sobre un carretón. No obstante, me consuela pensar que papi se percataba de mis escamoteos y que se hacía el dormido para no interrumpirlos. En mis tiempos de estudiante becado, no solo estaba al tanto de mi situación disciplinaria y académica, sino que, incluso, aceptó ser el presidente del Consejo de Padres cuando cursé estudios de Educación Física y Deportes en el Fajardo. Eran tiempos de limitaciones –cualquier parecido con la realidad actual no es pura coincidencia-, por lo cual llegué a usar, ocasionalmente, parte de su humilde ropero, en especial unos horribles pantalones de gabardina que alguna vez formaron parte de trajes de etiqueta. Hasta el momento en que enfermó, nunca le habían dolido ni los cayos. Incluso, el día anterior a su súbito malestar nos habíamos tomado unos tragos (aunque nunca fue un bebedor) en compañía de unos amigos. Tuvimos que correr con él para Tunas. «Síndrome de Guillain-Barré», diagnosticaron los médicos que lo evaluaron en el recién inaugurado hospital Ernesto Guevara. Tan rara enfermedad tiene ahora un tratamiento eficaz, pero, en aquella época, quien la padeciera tenía escasas posibilidades de salvación. Mi padre no pudo eludir la acechanza y, a los tres días de su ingreso, el 10 de septiembre de 1981, falleció.
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