Todos los fines de semana, desde bien temprano en la mañana, mi antiguo barrio manatiense se llenaba de alboroto y de niños prestos a enrolarse en los más disímiles juegos. ¡Cuántos recuerdos me traen aquellos años! Sin ánimo de comparar, creo que los muchachos de entonces nos sabíamos divertir mejor que los de ahora. Claro, nada hubiera sido igual si hubiéramos tenido teléfonos móviles y redes sociales. Pero no, por esa fecha eso no era ni siquiera ciencia ficción. Fíjense que en mi cuadra había solamente un teléfono (de aquellos de manigueta), y estaba subutilizado, pues, sencillamente, nadie tenía a quién llamar. En fin, fue lo que nos tocó, y advierto que no me quejo. Les hablaba de los juegos infantiles de mi época, la mayoría de los cuales parece haberse esfumado del repertorio recreativo de los chicos de hoy. Uno de los más populares eran las bolas (¿alguien sabe si todavía se comercializan?). Se jugaban en dos o tres sitios al mismo tiempo, y tenían variantes, como la de los huequitos, en los que algunos eran consumados especialistas. Varios de los «bolistas» de mi barrio estaban «fuera de liga», tanto por su asombrosa puntería como por su fuerza en las uñas. Con sus «mechos» (así se les decía a las bolas ofensivas) podían impactar a los rivales a cuatro o cinco metros de distancia, y en ocasiones hasta hacerlos pedacitos. ¿Ustedes recuerdan eso, Juan Peña (Guámpara), Luis Whitehorne (Güicho Pensá) y Manuel Fernández (Manolo)? Lo criticable de las bolas era cuando alguno de los participantes gritaba a todo pulmón «¡virolla!». Era la puñalada trapera a la que recurrían para recuperar las bolas perdidas en el juego. Tan pronto se dejaba escuchar la palabreja, había que lanzarse de bruces sobre la «olla» (un círculo trazado sobre la tierra, dentro del cual se colocaban las bolas en disputa) a intentar agarrar como fuera todas las que se pusieran al alcance de las manos ¡No pocas veces aquello terminaba en riña tumultuaria! Los trompos tenían también muchos simpatizantes. A la mayoría de nosotros nos los mandaban a hacer nuestros padres en la carpintería del ingenio. Eran de madera dura y los había chiquitos y grandes (trompetas). Todos usaban una punta metálica, con la cual se intentaba, lance tras lance, partir por el medio a los trompos contrarios, puestos a la defensiva en el suelo. Se hacían bailar con ayuda de una pita (un tipo de cordel), y más de una vez fui testigo de cómo algunos se zafaban e iban a estrellarse en la cabeza de un espectador desprevenido. Los buenos bailadores de trompos devenían también artistas, pues eran capaces de elevarlos para luego hacerlos aterrizar sobre la palma de una mano sin que dejaran de girar. Y las cometas..., ¿qué decir de las cometas? En la temporada correspondiente, el cielo de Manatí se engalanaba con su presencia grácil y multicolor. En mi cuadra vivía el negro Rolando (luego célebre limpiabotas), todo un artífice a la hora de fabricarlas. Hacía chivos, coroneles, cajones, secantes... Las empinaba allí mismo, frente a su casa, para beneplácito de los niños. También en el estadio o en el área deportiva del Centro Escolar Orlando Canals. Nunca logré saber de dónde sacaba Rolando tanto papel bonito ni tanta imaginación para armar aquellas maravillas aladas. Algunos «cometeros» traviesos solían colocar cuchillas de afeitar en el extremo de los rabos de sus cometas, a los que hacían evolucionar en las alturas con el propósito de picar el hilo de sus adversarias y se fueran a bolina. ¡Cosas de muchachos! Las cometas (en Manatí nunca las llamamos papalotes), por cierto, tenían un pariente pobre llamado «chiringa», que se fabricaba con un trozo de papel y se empinaba con hilo de coser. Mucha gente todavía la recuerda. Como no necesitaban áreas abiertas, se empinaban en plena calle, y no era raro que se enredaran en los cables eléctricos. ¡Una irresponsabilidad que solo el paso de los años nos hace reconocer! Si algo marca la infancia con caracteres imborrables son los juegos. Algunos podrían recuperarse para el disfrute de los niños de hoy. Me atrevo a asegurar que ellos lo agradecerían. Aunque, pensándolo bien, no estoy tan seguro.
martes, 11 de enero de 2022
Juegos infantiles
viernes, 20 de agosto de 2021
Nelva Rosario, medio siglo después
El primero de septiembre de 1971 abrió sus puertas en la otrora Victoria de Las Tunas el llamado bachillerato. Previo a ese suceso, los alumnos que vencían la secundaria básica debían matricular en centros de otras provincias para poder continuar estudios. Una precisión: antes de 1959 existían en la ciudad dos colegios privados con franquicias para formar bachilleres. Las clases corrían a cargo de profesores locales. Al finalizar cada ciclo, los muchachos —pocos, y todos provenientes de familias acomodadas— debían viajar a Holguín, en cuya sede académica se les sometía a exámenes. Fue el comandante Faure Chomón Mediavilla, primer secretario del Partido en el por entonces territorio Tunas-Puerto Padre, quien le dio calor a la idea de poner a funcionar un instituto preuniversitario. «Aquí no hay personal docente preparado para eso», objetaron los detractores de la idea. Y él, decidido, les replicó: «Lo hay. Y si no aparece, tomamos la tiza nosotros».
Gilberto Ávila, a la sazón educador del Comité Territorial del Partido, tuvo que discutir con las autoridades de Educación de la provincia de Oriente, negadas a la apertura del centro. Alegaban que, según las normas, un pre debía abrir con 240 alumnos, y el previsto para Las Tunas apenas llegaba a 90. Tampoco había presupuesto asignado. Finalmente, autorizaron.
Nelva Rosario Peña, educadora que dedicó 37 años a la enseñanza, conoce a fondo el proyecto, porque estuvo entre las primeras personas que lo acogieron y valoraron. A ella le correspondió no solamente fundar, sino también dirigir a lo largo de toda una década la encomienda, que abriría para el territorio de Las Tunas prometedoras perspectivas de desarrollo.
«La idea comenzó en agosto de 1971 —recuerda—. Estábamos aún de vacaciones cuando un grupo de profesores de diferentes escuelas y asignaturas fuimos citados a la Dirección Territorial de Educación. ¿Razones? Conocer nuestra disposición para integrar el claustro de un instituto preuniversitario que se pensaba abrir. A pesar de que ninguno había impartido clases en esa enseñanza, todos dijimos que sí. El primero de de septiembre comenzamos el curso. Solo con onceno grado, pues cuando aquello la secundaria era hasta el décimo y el preuniversitario hasta el decimotercero. Trabajábamos en lo que es hoy el Museo Provincial. Además de los de la ciudad, teníamos alumnos de Puerto Padre, Jesús Menéndez, Amancio, Jobabo, Manatí… Estaban en calidad de becados en la secundaria Jesús Suárez Gayol. Una guagua los llevaba y los traía a cada sesión de clases.
«El día inaugural, el subdirector de Educación me llamó y me dijo: “Nelva, prepárate, que vas a ser la subdirectora docente”. Imagínese, ¡y yo sin experiencia en la enseñanza! Como el director nombrado nunca asumió el cargo, alterné la subdirección con la dirección, hasta que me nombraron directora dos o tres meses después».
Nelva habla de que por esa época apenas tenía 30 años de edad. Su claustro era también joven. Como su pre carecía de nombre, hicieron una consulta entre los estudiantes y les presentaron varias opciones de figuras relevantes de la historia nacional y local. Ellos optaron por el nombre de Luis Urquiza Jorge, joven revolucionario muerto en un accidente. «Estrechamos la relación de la escuela con la familia del mártir —asegura—. Sus miembros participaban con nosotros en actividades. Incluso Carlos Tamayo, destacado alumno de aquel grupo, montaba cada año exposiciones con prendas de vestir y objetos personales de Luis Urquiza Jorge que la misma familia del muchacho nos facilitó. El alumnado conocía en detalle su biografía. La organización estudiantil desempeñó un importante rol. Se insertó en nuestros proyectos y ayudó a concretarlos. Recuerdo que el primer presidente de la FEEM del pre fue Rafael Hernández Hidalgo, hoy directivo de ETECSA. Estuvo con nosotros durante tres cursos y siempre fue reelegido. Se agenció el primer expediente de su grupo».
La primera graduación se efectuó en el Teatro Tunas, en 1974. Para entonces ya el centro contaba con estudiantes de otros grados. «La explosión de matrícula fue tal que el antiguo Ayuntamiento nos quedó pequeño. Así que nos autorizaron a utilizar la parte posterior del edificio, donde hoy radica la Dirección Provincial de Cultura. Pero ni así resolvimos el problema. Decidimos que los estudiantes del decimotercer grado recibieran sus clases de noche. Para entonces había disminuido la cantidad de becados, pues se había fundado el preuniversitario Alejo Tomás, en Puerto Padre.
«Por entonces la dirección del Partido se planteó constituir una filial universitaria capaz de formar profesionales. Se decidió entregar para ese propósito nuestro local del antiguo Ayuntamiento. Así, nos trasladamos para la secundaria básica Jesús Suárez Gayol. Allí estuvimos dos cursos. Las condiciones no eran las mejores. ¡Y de nuevo la mudanza!». Esta vez el preuniversitario fue a parar, con su claustro, archivos, equipamiento y alumnos, a las instalaciones donde funciona actualmente el Politécnico de Economía, próximas al estadio Ángel López. Tenía mejores condiciones. Pero la filial universitaria no paraba de crecer… ¡y necesitaba también aquel local!
«Un día Faure me dijo que en la ciudad se estaban construyendo dos secundarias —recuerda Nelva—. Me animó a que visitara los locales y me decidiera por uno para que fuera nuestro pre en el próximo curso. Junto a otros compañeros, visité primero la de Buena Vista, que es ahora la ESBU Carlos Baliño. Pero no me entusiasmó. Fui a la otra, donde está hoy el IPVCE Luis Urquiza Jorge, y quedé fascinada. “¡Es esta!”, exclamé. El lugar me encantó desde la primera ojeada, como ocurre con los amores a primera vista. Estaba en lo alto y, como suelo ser muy soñadora, me imaginé la escuela con una escalinata y los estudiantes subiendo como en la Universidad de La Habana. Hice algunas sugerencias constructivas y me las aceptaron. Además, su ubicación a la entrada de la ciudad favorecía mucho el urbanismo de la zona. Así fue como nació el actual IPVCE Luis Urquiza Jorge.
«Vivo orgullosa de aquella etapa, a la que dediqué diez años —dice—. Fue la mejor de mi vida profesional. Con un claustro competente en lo académico. Pero también exigente en la creación de valores en los educandos, como puntualidad, patriotismo, honestidad, disciplina, colectivismo… En aquel primer curso nadie cobró un centavo. Lo trabajamos de forma voluntaria. El germen de la enseñanza preuniversitaria tunera fue aquel inolvidable grupo de profesores y alumnos».
Añade que el colectivo estudiantil del Luis Urquiza Jorge resultó siempre un paradigma de participación en actividades diversas. Tenían grupos musicales, elencos de teatro, equipos deportivos… Tomaban parte en festivales, movilizaciones y actos con un frenesí desbordante. Y en cuanto al rendimiento, sus resultados eran de primer nivel. Tenían fama de estar bien preparados.
«Cada año los directores de pre teníamos una reunión con los rectores de las universidades. Ellos siempre nos decían que los egresados del Urquiza nunca tenían problemas. Incluso algunos muchachos llegaron a impartir clases a sus compañeros —acota—. Como Carlos Tamayo, monitor de Español y Literatura. Cuando enfermó el profesor Barciela, antiguo docente de una de las academias privadas, quien trabajó con nosotros, Carlos iba en sesión contraria a ver al convaleciente para recibir sus orientaciones y que nadie quedara sin recibir la docencia. «En el cuidado de la propiedad social no tenían rivales —atestigua—. Al preuniversitario llegaban los inspectores nacionales y me preguntaban que si el mobiliario escolar era nuevo. Les decía que no. Se admiraban de no encontrar un rayón ni un escrito en los pupitres. Teníamos un trabajo muy serio en eso. El cumplimiento del reglamento era estricto. ¡Yo hasta bajé falsos de faldas muy cortas y mandé a rectificar pelados mal hechos! Ellos ahora lo agradecen.
«Recuerdo la actividad que hicieron los alumnos de aquel primer curso cuando el preuniversitario cumplió 30 años de fundado —prosigue—. Vinieron de todas partes de Cuba. Incluso, hasta algunos radicados en el exterior. Pernoctaron en las casas de sus compañeros y financiaron de sus bolsillos los encuentros. Fue en la sede de la Asociación de Economistas. Se abrazaban, se contaban historias, brindaban… Y en eso comenzó a caer un aguacero. ¿Y qué crees que hicieron? ¡Pues bailar bajo la lluvia, contentos y felices! Hembras y varones, hermanados como en los mejores tiempos del pre. Me regalaron un libro firmado por todos con esta dedicatoria: "Para nuestra directora de siempre"».
Nelva revisa un folio de mensajes electrónicos recibidos de diversas partes. Son de ex alumnos del pre que ella acunó e hizo crecer. De pronto me pregunta. «¿Me publicarías un breve texto dirigido a ellos y a quienes me acompañaron?». Le digo que sí. Y entonces me dicta: «Mis afectos a los ex alumnos del Instituto Preuniversitario Luis Urquiza Jorge. Siempre he sentido el orgullo de haber participado en la formación de sus vidas. De igual forma, mi agradecimiento a los docentes y trabajadores que me acompañaron durante aquellos diez años en que laboramos juntos. Les aseguro que nunca los olvidaré».
Los tuneros tampoco te olvidan, Nelva.
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domingo, 31 de enero de 2021
La carretera vieja

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domingo, 24 de enero de 2021
¡Llegó el circo!
Allá
por los años 60 del siglo pasado, los manatienses disfrutábamos cada
año de un acontecimiento lleno de colorido, expectación y carisma: el
circo. ¡Ah, cuánto nos divertían sus presentaciones! Los niños, en
especial, celebrábamos su llegada con desmesuradas muestras de alegría.
¿Cómo no hacerlo en un batey azucarero donde nunca ocurría nada
extraordinario? Por cierto, su arribo jamás nos tomaba por sorpresa. En
efecto, unos días antes, sus representantes recorrían el pueblo para
promocionar sus presentaciones. ¿Cómo? Pues por medio de unos pasquines
de papel que traían impreso el nombre del circo y sus números más
populares. Los pegaban con engrudo en los postes del alumbrado para que
la gente los viera. ¡Conservo uno entre mis papeles de la época! Un par
de días después, el circo hacía efectiva su presencia con un desfile
por las calles del pueblo, en el que participaban tanto los artistas con
sus vestimentas como los animales (debidamente enjaulados, desde
luego). Recuerdo los nombres de algunos de aquellos circos que nos
visitaban: Santos y Artigas, Llerandi, Pubillones, Montalvo... ¿Cuál era
el mejor? No sabría decirlo. Pero todos traían algo especial. Los
circos escogían diferentes lugares para levantar sus carpas de lona,
armadas en récord de tiempo por los popularísimos tarugos. Los más
frecuentes eran el patio del Centro Escolar Orlando Canals y la cancha
del estadio de fútbol. Tan pronto se instalaban, los muchachos íbamos a
merodear por sus inmediaciones con la esperanza de ver de cerca de los
elefantes y a los monos. O, mejor aún, de admirar en ropa ligera a
algunas de las bellísimas modelos que solían acompañarlos. La noche de
la función casi estallábamos de tanto gozo. Nuestros padres sacaban
desde bien temprano las papeletas y allá íbamos temprano a tomar
asiento, lo mismo en las lunetas junto a la pista que en el llamado
gallinero, rebosante de pueblo. Luego todo era comernos con los ojos los
números que incendiaban nuestra fantasía. Los payasos figuraban entre
los artistas más carismáticos, sin menospreciar a los trapecistas, con
aquellos saltos espectaculares que nos hacían temblar de miedo ante una
posible caída. También el traga fuegos, los contorsionistas, los
malabaristas, los magos, los animales amaestrados, en fin... Había
circos que incluían en sus elencos a cantantes de moda, que se ganaban
unos pesos adicionales interpretando canciones, ahora no recuerdo si a
capela o con grabaciones. Recuerdo, en especial, a un cantante casi
olvidado, llamado Kino Morán. ¡Ni siquiera las discotecas del ayer lo
tienen en cuenta! Los circos no solían pasarse mucho tiempo en las
localidades que visitaban. A lo sumo, un par de días. Durante esas dos
jornadas –sus funciones eran de alrededor de una hora y media- no se
revelaba en la localidad suceso de mayor connotación. La última noche
nos llenaba de tristeza, pues, al salir el último espectador de la
carpa, los tarugos desmontaban la enorme lona, la cargaban en sus
camiones, tranquilizaban a los animales, tomaban carretera y... ¡hasta
el próximo año! El sitio quedaba con la huella de su presentación en
forma de cucuruchos de maní vacíos, palitos de algodón de azúcar y
papelitos de caramelos. Y nosotros retornábamos a casa cargados de
tristeza, porque sabíamos que no tendríamos más circo hasta el año
venidero.Leer más...
lunes, 18 de enero de 2021
Las becas en el recuerdo
Las becas fueron para los estudiantes de mi generación una de esas experiencias que jamás se olvidan. Quienes nos acogimos a su severo régimen en aquellos tiempos—finales de los años 60 y toda la década de los 70— no teníamos otra opción al terminar la enseñanza secundaria, pues en Manatí no existían posibilidades de llegar más lejos: carecía de politécnicos y de preuniversitarios y ni hablar de facultades universitarias. En toda la provincia no había EIDE, vocacionales, centros de arte, tecnológicos… ¡ni escuelas-talleres! Entonces, los que estábamos dispuestos a continuar estudios «a como fuera», debíamos emigrar, y unos lo hacían para La Habana (preuniversitarios Carlos Marx, Manuel Bisbé y Arbelio Ramírez), otros para Santiago y los más para Holguín, en especial para el instituto Juan José Fornet. Además de lo que significaron en el orden académico, las becas fueron para nosotros una gran escuela existencial. En sus albergues aprendimos muchas cosas que en predios familiares jamás nos enseñaron, como lavar la ropa. Me enfrenté con esta tarea tan pronto me bequé en septiembre de 1971 nada menos que en Topes de Collantes, en lo alto de la Cordillera del Escambray. Mi amigo y hermano Humberto Vázquez y yo (ambos con solo 15 años de edad) habíamos solicitado plazas para estudiar Educación Física en La Habana. Y, sin previo aviso, nos cambiaron la seña (como se dice en pelota) y, en lugar de la capital, nos enviaron para aquellas montañas donde el frío casi nos calaba los huesos. Allá arriba me enfrenté por primera vez con la ropa sucia. Por entonces, los becados usábamos uniformes de caqui carmelitas (¿los recuerdan?), con una banda color chocolate en los bordes de las mangas. Había que lavarlos cada cierto tiempo, porque allí no teníamos a mamá para que lo hiciera por nosotros. Y los pases eran cada dos meses. De manera que, o lavábamos nosotros mismos, o elegíamos andar churrosos. Y —¡qué remedio!—, optamos por lo primero. Honestamente, el lavado de mis uniformes (entregaban dos) no me quitó jamás el sueño. Yo los empapaba bajo la llave, los enjabonaba un poco, los estregaba no mucho, los enjuagaba y finalmente, mojados y sin exprimir (para que no se estrujaran demasiado), los ponía a secar en perchas en el balcón de mi edificio. Como por entonces nadie llevaba a las becas una plancha eléctrica, la solución para que los pantalones quedaran más o menos estirados y con filo era acomodarlos entre el bastidor de cartón de la litera y la colchoneta. No quedaban perfectos, pero resolvíamos. En materia de porte y aspecto, nos pelábamos entre nosotros mismos, en ocasiones con un singular peine felizmente desaparecido al que llamaban barberito, que utilizaba dos cuchillas de afeitar y que, en manos de un improvisado, era capaz de llenarle la cabeza de cucarachas a cualquiera. Algo a lo que me tuve que adaptar a toda prisa fue a levantarme temprano. Dormilón incorregible en casa, en mi nuevo destino me vi obligado a dejar la cama a las seis de la mañana, tenderla bien para que no me reportaran en la inspección matutina, correr a la formación en la plaza y desayunar a toda velocidad, pues para eso el reglamento había establecido un tiempo brevísimo. Por cierto, la litera que me tocó era de tres pisos (¡jamás había visto una igual!), y la parte que me asignaron fue la más alta, a la que accedía por una escalerita situada en uno de sus laterales. ¡Todo era novedad! En materia gastronómica, los becados melindrosos tuvimos que aprender a comer de todo, so pena de morir de inanición. Recuerdo aquellos famosos Tres Mosqueteros –arroz, chícharo y pan- que signaban el menú cotidiano de las becas durante muchos años. Eso sí, cuando íbamos a la casa, nuestros padres nos pertrechaban de suministros de campaña, como azúcar, limones, turrones de coco, leche condensada hervida, paniqueques y cuanta cosa pudiera aplacarnos el hambre, todo bien guardado dentro de aquellas maletas de madera que se usaban (¡no había otras!) en la época. Las comunicaciones con nuestras familias eran solamente por cartas (demoraban casi un mes en llegarnos) o telegramas (casi siempre se perdían), pues no había teléfonos. Con el paso de los años, las becas se fueron haciendo menos rígidas y más permisivas. Los pases ya no eran tan espaciados ni el rigor tan severo. Francamente, conservo buenos recuerdos de mis años como becado, que no fueron pocos, pues luego de aquel debut lejos de casa en el Escambray, transité por otros escenarios, y de todos extraje enseñanzas. En las becas hice muchos amigos, cometí travesuras, me quitaron pases y adquirí independencia. A estas alturas de mi vida, siento por aquellas etapas un sentimiento de gratitud.sábado, 26 de diciembre de 2020
El parque de Manatí
La imagen del parque municipal de Manatí merodea con nostálgica frecuencia por mi pensamiento. ¡Cuántos recuerdos se asocian a ese lugar entrañable, donde muchos aprendimos a querer a nuestro terruño! Según testimonios de la época, su inauguración oficial fue el 20 de mayo de 1927. Por entonces disponía de bancos prefabricados, con alguno que otro de madera, comunicados entre sí por pasillos de gravilla fina. En el centro, sobre un pedestal de dos metros de altura, emplazaron un busto de José Martí, que luego, por razones que desconozco, fue retirado junto con su pedestal. En la década de los años 50, el parque fue sometido a una remodelación capital, tarea que estuvo cargo de Rafael López, un arquitecto nativo de la localidad. Las obras previeron la colocación de un asta para izar nuestra bandera y un muro de casi tres metros de alto seis de ancho en uno de sus ángulos, al cual se le empotró un busto del Apóstol y un pensamiento suyo en letras de bronce que aún permanece allí: «Los hombres van en dos bandos, los que aman y fundan, los que odian y deshacen». (Ese muro conserva huellas de impactos de balas calibre 50 de cuando la localidad fue bombardeada por la aviación batistiana el 2 de diciembre de 1959). Los bancos antiguos se sustituyeron por bancos de granito, y se distribuyeron por toda el área, a la cual se le agregaron pasillos interiores y exteriores de hormigón. Una de las remembranzas más antiguas que tengo de nuestro parque se relaciona con la manera en que los adolescentes de mi época paseábamos en torno suyo en las noches de fines de semana: las hembras lo hacían en un sentido y los varones a la inversa. Así unos y otras nos encontrábamos de frente cada vez que completábamos un giro. La instalación fue siempre una concurrida área de juego. De pequeño solía ir por las tardes a patinar en unión de varios de mis compañeros de escuela. Lo hacíamos a riesgo de partirnos la crisma entre los bancos largos del centro, con aquellos declives suaves y aquel granito impecable moteado de negro, en los que tantas veces descabecé un sueñecito, me tumbé a leer un libro o discutí sobre fútbol con los fanáticos del pueblo. Recuerdo cómo admirábamos las habilidades de patinadora de Marilín Betancourt, quien era capaz de saltar sobre los bancos a toda velocidad sin causarse ni un rasguño. Por entonces el parque exhibía un rostro mucho más atildado que hoy, con su glorieta central cubierta de floridas enredaderas y sus áreas delimitadas por una cerca de buganvilias impecablemente atendidas por el viejo Eulogio, quien la podaba y cuidada con una devoción que no ha vuelto a repetirse. Las áreas verdes eran también una maravilla de perfección. Eulogio las regaba con aquellas tuberías de mariposa que pulverizaban el agua y la convertían en lluvia fina. Quien se atreviera a pasar sobre ellas se arriesgaba a ganarse una reprimenda. Algo curioso en nuestro parque fue la lealtad de algunos manatienses con sus bancos predilectos. Si ocasionalmente lo encontraban ocupado, preferían dar una vuelta por los alrededores, o, incluso, retornar a casa antes que recurrir a una segunda opción en uno que no fuera el suyo. También recuerdo la polémica local desatada en 1996 tras la colocación del monumento a Barbarito Diez en uno de sus ángulos. A pesar del cariño que el pueblo siente por el Príncipe del Danzón, muchos manatienses se opusieron a que se eliminara un banco y se alterara la configuración original del parque, aun con ese noble propósito de homenaje. En el año 2008 el huracán Ike le cercenó buena parte de su vegetación, incluidas las añejas palmas reales (en cuyos troncos muchos grabámos nuestros nombres cuando éramos muchachos) y los árboles de higuillo que le daba sombra a los bancos largos. Por fortuna, ya vuelve a tener presencia vegetal. Nuestro parque municipal es un sitio que nos toca la fibra de la sensibilidad. Allí crecimos, soñamos, discutimos y amamos. Ha visto transitar por la vida a varias generaciones de manatienses. Es una reliquia que merece conservarse para que quienes nos sucedan la aprecien y la admiren. (Agradezco al perfil de FB de la emisora municipal estas magníficas imágenes. En la más antigua (en blanco y negro) se aprecia al fondo el antiguo hotel, demolido en el bombardeo al que ya hice referencias).
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jueves, 24 de diciembre de 2020
El médico de El Puerto
Cuando se habla del ejercicio de la Medicina en Manatí, el nombre de José A. Benítez Gutiérrez sale a relucir por derecho propio. Los más jóvenes seguramente no lo recuerdan, pero me estoy refiriendo al popularísimo Médico del Puerto, un seguidor de Galeno que hizo época en la localidad y mucho más allá en las décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado por sus aciertos a la hora de diagnosticar y tratar los más diversos requiebros de salud. Tenía su consultorio a la orilla del mar, muy próximo a la entrañable y recordada Playita, en un local aledaño a su vivienda, donde vivía con su familia, de la que formaban parte sus hijos Aki y Antolín. Ante la aparición de cualquier malestar en alguno de sus hijos, las madres manatienses tomaban el trencito y viajaban hasta el Puerto (18 kilómetros bien contados) para que Benítez lo examinara. Por cierto, al llegar había que echar rápido pie a tierra y correr a toda velocidad, porque solamente se repartían 20 turnos. Y, en muchas ocasiones, la demanda solía estar muy por encima de la oferta. La consulta tenía el valor de cinco pesos, pero la gente los desembolsillaba con gusto. Porque, en honor a la verdad, no había afección que Benítez no neutralizara con su sapiencia profesional: parasitismo, fiebre alta, dolores de cabeza, inapetencia, molestias óseas, afecciones estomacales... La confianza en él era absoluta, por lo que no era raro que vinieran a verlo personas desde localidades distantes Un viaje hasta la consulta de Benítez exigía dedicarle casi el día completo, pues el trencito (siempre un coche-motor) no hacía el siguiente viaje de retorno a Manatí hasta el atardecer. En consecuencia, los menesterosos tenían por costumbre llevar su almuerzo en vasijas para consumirlo sentados a la orilla de la playa, mientras les llegaba el turno para ser atendidos. Más de una vez mi buena madre me llevó hasta él. Le rogaba a todos los santos que no me prescribiera inyecciones, especialmente las de Extracto Hepático, o unas gotas con sabor horrible, llamadas Venatón. Pero casi nunca lograba salirme con la mía. Benítez me hacía acostar sobre una pequeña camita y allí me auscultaba, me reconocía y me hacía sacar la lengua. Luego se sentaba ante su vieja Remington y escribía las consabida recetas, que traían su nombre impreso en la parte superior. Conservo algunas como reliquias. Varios años después, el Médico del Puerto abandonó la medicina privada y comenzó a trabajar en nuestro hospital. La gente lo siguió prefiriendo como en otros tiempos. Tuve la suerte de hacerme su amigo. Con él solía conversar largo y tendido sobre cualquier tema, pues tenía una cultura enciclopédica. Murió hace poco más de una década. Los manatienses jamás lo olvidaremos.martes, 22 de diciembre de 2020
El hueco (o el hoyo) de Facundo
Allá por los años 50 del siglo pasado, un conocido ex boxeador y camionero manatiense ya fallecido, de nombre Facundo Acuña, comenzó a extraer tierra con fines comerciales en una zona próxima al actual centro telefónico del municipio. Refieren testigos de la época (entre ellos su hijo Cundi) que, primeramente, dicha labor se realizaba mediante el pico y pala, hasta que luego se apeló a los buldózeres, más rápidos y menos agotadores. Por aquellos tiempos apenas existían viviendas en sus inmediaciones. La tierra extraída -blanca, de excelente calidad y magnífica para rellenar casas, calles y caminos- fue originando poco a poco una enorme oquedad, a la cual los lugareños se dieron enseguida en llamar El hueco (o el hoyo) de Facundo. La pequeña cantera se estuvo explotando intensamente durante décadas, hasta que un día Facundo y sus operarios decidieron ponerle punto final la empresa y dedicarse a otras cosas. El hueco (o el hoyo) de Facundo quedó allí como una confirmación de los esfuerzos del hombre por aprovechar en su beneficio los recursos brindados por la naturaleza. Recuerdo que cuando llovía torrencialmente, se anegaba de agua, ocasión que aprovechaban muchos fiñes de las proximidades para utilizarlo como piscina. Tampoco faltaban por el estratégico sitio la presencia de parejitas de enamorados, que se daban cita por allí para consumar sus encuentros furtivos, fuera del alcance de chismes barrioteros y pupilas indiscretas. Más tarde, El hueco (o el hoyo) de Facundo asumió funciones menos dignas, al ser tomado como vertedero donde arrojaban desperdicios y escombros tanto el vecindario como las instituciones locales, un verdadero paraíso para los “buzos” que escarbaban entre las montañas de basura en busca de trastos y objetos inservibles para entregarlos a materia prima o para aprovecharlos vayan usted a saber en qué menester. También fue el lugar de destino para cuanto hierro viejo molestara en algunas de las áreas del ingenio. Con tal método, poco a poco el hueco se fue rellenando otra vez hasta quedar en las condiciones en que se encuentra actualmente. De la oquedad original apenas quedan vestigios, porque el tiempo se encargó de sellarla. Muchas de las casas y locales que hoy se levantan en su perímetro fueron edificadas sobre ese heterogéneo material, llegado allí de manos de los recogedores de basura y de chatarra de más de una generación. El hueco (o el hoyo) de Facundo no es un nombre abstracto para los manatienses, sino una referencia concreta y precisa para llegar a sitios muy bien determinados de la localidad. "Eso queda por allá por el Hueco de Facundo", le dicen a quien no da con una dirección. Su historia tiene que ver con movimiento de tierra y con ruido de camiones en una época donde toda esa zona estaba despoblada y virgen. Pero, historia al fin, nos trae desde la distancia una página que rellena a su manera un espacio entrañable de nuestros afectos.
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lunes, 21 de diciembre de 2020
El chalet del marqués de San Miguel de Aguayo
En 1911, un joven abogado nombrado Eduardo Diez de Ulzurrún y Alonso, Marqués de San Miguel de Aguayo y natural de la Corella, en la comunicad española de Navarra, desembarcó por la zona de Sabanalamar, en el litoral manatiense, con el propósito de comprar en la región buenas tierras donde contruir un ingenio azucarero. El lugar escogido por el recién llegado fue la finca Minas Blancas. Con mano de obra procedente de varias islas del Caribe, e, incluso, con no pocos compatriotas suyos (en especial los de origen canario), el ingenio Manatí estuvo listo en 1913, y, un año después, hizo su primera zafra. Diez de Ulzurrún fue su administrador desde el primer día hasta 1925. En esta imagen aparece un ángulo de la suntuosa residencia de estilo victoriano que se hizo construir en la parte trasera de la factoría. Era de tabloncillo machihembrado, con cubierta de tejas alicantinas de varias aguas, coronada por almenas. Disponía de dos alas, comunicadas entre sí por un pasillo central. Tenía un patio interior, y, en su parte frontal, una fuente en medio de una glorieta rodeada de columnas y plantas ornamentales. En torno suyo, una verja estéticamente concebida le otorgaba a la mansión glamur y personalidad. La residencia tuvo luego diferentes usos. En los primeros años de la década de los 60 fungió como creche, una institución parecida a los actuales círculos infantiles. Luego sirvió de sede a la Escuela Básica de Instrucción Revolucionaria (EBIR), y, años después, devino albergue para estudiantes de otros territrorios que cursaron estudios en la Secundaria Básica Dos de Diciembre. También le proporcionó espacios a las oficinas de la Empresa Agropecuria (la llamaban Agrupación) y al Museo Municipal. En la década de los años 80 un incencio casi redujo al inmueble a cenizas. Solo quedó en pie una parte, que fue utilizada por la Asociación Hermanos Saiz y sus jóvenes artistas. En la actualidad su terreno lo ocupa un organopónico.
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