Mañana harán 28 días que no veo a mis hijas Sofía y Beatriz. Andan de vacaciones por allá por Pilón, provincia de Granma, donde viven sus abuelos maternos. Por suerte, mañana también regresan. A pesar de que hablo por teléfono con ellas todos los días -en esos diálogos me hacen una relatoría pormenorizada de su cotidianidad-, me parece que no las veo desde hace uhhhhhh..., ¡ni se sabe cuánto tiempo! «Papito, cuando llegue te voy a dar un abrazo tan fuerte que vas a quedar apachurrado como un tubo de pasta», me aseguró Sofía. «Y yo quiero que me recibas haciéndome cosquillas por la barriga», me pidió Beatriz. ¡Pues sí que añoro reencontrarme con mis princesas! Demasiada paz, demasiado silencio últimamente en mi entorno. En su ausencia, me han ocurrido cosas desconcertantes. ¿Serán «casualidades»? Todo está muy raro. Presten atención: En las últimas cuatro semanas no se me extravió ningún lapicero; mi reserva de hojas de papel, siempre a punto de agotarse, no disminuyó; para mi sorpresa, me alcanzó y hasta me sobró el tiempo para trabajar en la computadora; la tijera, casi siempre con paradero desconocido, permaneció localizable en su sitio; encontré el cortauñas grande cada vez que lo busqué; dejé de tirarme de bruces sobre el piso para poder alcanzar debajo de la cama varios pares de chancletas y de zapatos de tallas pequeñas; durante 28 jornadas no «sufrí» reiterados pedidos de dinero para comprar paleticas, pastelitos o empanadillas; no volví a reclamar mi almohada a la hora de dormir; vi lo que quise en el televisor sin que me lo cambiaran de canal para ver muñequitos en otro; y ni una sola personita se me acercó a darme quejas de su tremebundo aburrimiento con el deliberado propósito de que la llevara a pasear en medio de mi atareo. Demasiadas «coincidencias», ¿no les parece? En fin, mañana ya tengo aquí de nuevo a Sofía y a Beatriz. Y el lunes -¡bummm!-, para la escuela, a iniciar un nuevo curso escolar. Mi statu quo de estos días se pondrá patas arriba. Y algo que seguramente ocurrirá: todas esas «coincidencias» desaparecerán como por encanto. ¡Bien que lo sé!viernes, 29 de agosto de 2014
La vuelta de mis hijas
Mañana harán 28 días que no veo a mis hijas Sofía y Beatriz. Andan de vacaciones por allá por Pilón, provincia de Granma, donde viven sus abuelos maternos. Por suerte, mañana también regresan. A pesar de que hablo por teléfono con ellas todos los días -en esos diálogos me hacen una relatoría pormenorizada de su cotidianidad-, me parece que no las veo desde hace uhhhhhh..., ¡ni se sabe cuánto tiempo! «Papito, cuando llegue te voy a dar un abrazo tan fuerte que vas a quedar apachurrado como un tubo de pasta», me aseguró Sofía. «Y yo quiero que me recibas haciéndome cosquillas por la barriga», me pidió Beatriz. ¡Pues sí que añoro reencontrarme con mis princesas! Demasiada paz, demasiado silencio últimamente en mi entorno. En su ausencia, me han ocurrido cosas desconcertantes. ¿Serán «casualidades»? Todo está muy raro. Presten atención: En las últimas cuatro semanas no se me extravió ningún lapicero; mi reserva de hojas de papel, siempre a punto de agotarse, no disminuyó; para mi sorpresa, me alcanzó y hasta me sobró el tiempo para trabajar en la computadora; la tijera, casi siempre con paradero desconocido, permaneció localizable en su sitio; encontré el cortauñas grande cada vez que lo busqué; dejé de tirarme de bruces sobre el piso para poder alcanzar debajo de la cama varios pares de chancletas y de zapatos de tallas pequeñas; durante 28 jornadas no «sufrí» reiterados pedidos de dinero para comprar paleticas, pastelitos o empanadillas; no volví a reclamar mi almohada a la hora de dormir; vi lo que quise en el televisor sin que me lo cambiaran de canal para ver muñequitos en otro; y ni una sola personita se me acercó a darme quejas de su tremebundo aburrimiento con el deliberado propósito de que la llevara a pasear en medio de mi atareo. Demasiadas «coincidencias», ¿no les parece? En fin, mañana ya tengo aquí de nuevo a Sofía y a Beatriz. Y el lunes -¡bummm!-, para la escuela, a iniciar un nuevo curso escolar. Mi statu quo de estos días se pondrá patas arriba. Y algo que seguramente ocurrirá: todas esas «coincidencias» desaparecerán como por encanto. ¡Bien que lo sé!sábado, 10 de mayo de 2014
Madre Paquita...
Dice uno madre y lo entrañable del término cala profundo en el cariño. Repite uno madre, o lo musita, o lo vocifera, y la poesía de la evocación adquiere forma de universo. Sucede como si el simple hecho de nombrarla trocase en mejor lo bueno y en perfecto lo mejor.Para apreciar tu grandeza, mami, no basta el devenir del segundo domingo de mayo. Si de homenaje se trata, habría que ofrecértelo cada amanecer; si de auténtico regalo, habría que ofrendarte el monopolio del calendario.
La huella de tu presencia se esculpe en el recuerdo. Desde aquella etapa del andar vacilante y el incipiente balbuceo; de la travesura precoz y el consecuente correctivo; del debut escolar y la paráfrasis salgariana…
Cierro los ojos: «Levántate, que se te hace tarde para la escuela… Cepíllate bien los dientes… Ven para que desayunes… Arréglate la camisa… ¿Ya cogiste las libretas?... No te ensucies la ropa… Ahí está la merienda… No te entretengas por el camino… ¿Hoy tienes clases por la tarde?... ¡Pero dale, muchacho, que te van a regañar!...»
Ningún consejo como el tuyo, con categoría de premonición. En los instantes más difíciles, supiste extraer, desde el fondo de la tristeza, el resplandor de una sonrisa. Y, durante el tiempo en que te tuve, no hubo regalo de más valor que el destello feliz de tu mirada.
Mi recuerdo remonta vuelo de nuevo hacia al pasado: «No te conviene esa amistad… Ya te lavé la ropa que querías… ¡Se te enfría el almuerzoooo!... ¿Vas por fin a la fiesta esta noche?... No tomes mucho y ven temprano… Tu pase se termina mañana… ¡No dejes la ropa regada, chico!... Hoy voy a cocinar de lo que a ti te gusta… Escríbeme o mándame un telegrama tan pronto llegues…»
Te sorprendió la senectud, y el entusiasmo, lejos de mermar, se multiplicó. ¡Qué resistencia la tuya, mami! Seguiste madrugando la mañana, presta siempre a servir. Así fue cada día, cada hora, cada instante, atenta a esto, a aquello… ¡Qué entereza! ¡Cuántos detalles enormes sublimizaron tu existencia! Y tú ahí, inmutable…
«Recuerda la guardia esta noche… Por la ropa en perchas en el escaparate… ¡No tienes que regalarme nada, mi´jo!... No me gusta ni la pechuga del pollo, así que cómetelos… ¿Cuándo me vas a limpiar el patio?... Aquí están los periódicos de hoy… ¿Por qué te pusiste las mismas medias de ayer?... Tómate ahora esta aspirina…»
Este domingo es Día de las Madres. Y, aunque no estés físicamente a mi lado, mami, para mí continúas al alcance de un beso. Te lo haré llegar hasta ese lugar especial en que seguramente estás. Ese sitio que el ocaso de la vida le reserva a las personas buenas y entrañables. Dios te guarde siempre, madre querida…
domingo, 2 de febrero de 2014
Crónica por un colega muerto...
![]() |
| Carlos (derecha) y yo, en la UO, en 1990 |
Lo conocí
en septiembre de 1988 en la Universidad de Oriente, en Santiago de
Cuba. «Bueno, compadre, me llamo Carlos Remedios. Si vamos a estar
juntos cinco años, lo mejor es irnos conociendo» -me dijo con
familiaridad en la antesala de la Secretaría Docente de la antigua
Facultad de Artes y Letras. Los dos acabábamos de matricularnos en el
curso regular diurno para estudiar Periodismo.
Me
presenté también lo mejor que pude, aunque con el recelo propio de la
primera vez. Luego del apretón de manos, conversamos un rato y hasta nos
tomamos un café por allí cerca. Finalmente, emprendimos juntos el
ascenso de la escalinata que conduce hasta la residencia estudiantil, en
los altos de Quintero. «Soy de Banes –me contó entre peldaño y
peldaño-. Pero no del mismo Banes, sino de Cañadón, un pueblo de por
allí, cerca de la playa Guardalavaca». Yo le referí también mis
coordenadas existenciales, y así continuamos la cháchara como amigos de
toda la vida.
A primera vista me
pareció un tipo chévere. El tiempo me confirmó que, en
efecto, lo era. Tendría a la sazón unos 23 años de edad y, según me hizo saber,
acababa de cumplir su período de Servicio Militar General, donde se ganó una plaza
para estudiar la carrera por la Orden 18 de las FAR.
Era un joven bien parecido, sin dudas. Vestía a la moda, con un jean azul, pulóver de rayas y zapatillas deportivas, algo que la mayoría de los estudiantes cubanos de la época ni soñábamos tener. Pero lo hacía con naturalidad y sin ninguna ostentación. Se peinaba hacia atrás el pelo negrísimo, color también del grueso bigote que se rasuró cursos después, cuando se enamoró. Se reía estrepitosamente, y con una franqueza tal que uno tenía que hacer lo mismo, aunque no existieran motivos para el desternille. Hicimos buenas migas. Tantas, que aquella noche universitaria inaugural, ya instalados en nuestros respectivos cubículos del Edificio F, y a manera de «coctel de bienvenida» organizado por nosotros mismos, compartimos tragos, confesiones y chistes verdes.
Era un joven bien parecido, sin dudas. Vestía a la moda, con un jean azul, pulóver de rayas y zapatillas deportivas, algo que la mayoría de los estudiantes cubanos de la época ni soñábamos tener. Pero lo hacía con naturalidad y sin ninguna ostentación. Se peinaba hacia atrás el pelo negrísimo, color también del grueso bigote que se rasuró cursos después, cuando se enamoró. Se reía estrepitosamente, y con una franqueza tal que uno tenía que hacer lo mismo, aunque no existieran motivos para el desternille. Hicimos buenas migas. Tantas, que aquella noche universitaria inaugural, ya instalados en nuestros respectivos cubículos del Edificio F, y a manera de «coctel de bienvenida» organizado por nosotros mismos, compartimos tragos, confesiones y chistes verdes.
En torno a la botella de ron barato
tomaron asiento también otros «novicios» del grupo: Ricardo Ronquillo Bello, Osvaldo Sánchez, Yanuris Gutiérrez Luis, Armando Tejeda (fallecido), Isaías Campos Díaz... Y, aunque no puedo asegurarlo, hicieron lo propio Liuba Martínez Corona, Migdalis Pérez, Barbara Brby Llamos,
Aymeé Amargós y otras chicas del piquete, también aspirantes al
pergamino académico de periodistas. En tanto el alcohol realziaba su
catársico efecto, íbamos contando nuestras historias personales.
Frisaba la madrugada cuando nos retiramos a dormir.
Conquistador incorregible, Carlos permaneció en el balcón un rato más,
conversando con una muchacha recién conocida. Al día siguiente, ya en
una de las aulas a las que llamaban «polleras», la amistad exhibió visos
afectivos. Así, mi nombre «Juan» lo convirtió en «Guancho». Y con tal
apelativo me llamó durante los cinco períodos que compartimos. Pronto
hizo visible su faceta de jodedor incansable y de bromista congénito. Su
«víctima» principal era Armando Céspedes, el benjamín del grupo. Más de
una vez lo hizo rabiar con hilarantes tomaduras de pelo, pero siempre
terminaban amigos.
A los profesores también los «trajinaba» cada vez que podía. Como a aquel vejete que impartía Fotografía, Cela de apellido, a quien rozó intencionalmente el trasero cuando el docente había apagado la luz del laboratorio para que nosotros apreciáramos en qué condiciones se efectuaba el revelado de los rollos fotográficos. Jamás apareció el culpable. Pero todos en el grupo sabíamos que había sido Carlos.
A los profesores también los «trajinaba» cada vez que podía. Como a aquel vejete que impartía Fotografía, Cela de apellido, a quien rozó intencionalmente el trasero cuando el docente había apagado la luz del laboratorio para que nosotros apreciáramos en qué condiciones se efectuaba el revelado de los rollos fotográficos. Jamás apareció el culpable. Pero todos en el grupo sabíamos que había sido Carlos.
En
los estudios no era ni el más aplicado ni el último. Eso sí, solía
llegar tarde a clases con las más extravagantes justificaciones, siempre
con los cuadernos enrollados y embutidos en un bolsillo trasero del
pantalón. También lo recuerdo a toda carrera rumbo al comedor, para
llegar justo antes de que expirara el horario de desayuno. O repasando a
última hora el contenido del seminario que una exigente profesora desarrollaría al día siguiente, y de cuyas preguntas Carlos
jamás conseguía salir ileso.
En cuanto a los deportes, en honor a la verdad debo decir que nunca fue un gran practicante. Ni siquiera un conocedor de sus estadísticas. Y miren ustedes lo que es la vida: de tanto escucharnos a Isaías y a mí hablar del tema, y de tanto asistir con nosotros al estadio Guillermón Moncada a disfrutar de los juegos de béisbol, se aficionó y terminó ejerciendo el periodismo deportivo en la holguinera Tele Cristal.
Era generoso a la hora de compartir. Las escasas fotografías que conservo de la época (como esta de 1990, donde aparecemos juntos -él a la derecha- en el balcón del Edifico F, en la Universidad de Oriente) fueron realizadas en blanco y negro con su vieja cámara Zenith de rollitos. Carlos financiaba y regalaba copias a quienes aparecíamos retratados.
En cuanto a los deportes, en honor a la verdad debo decir que nunca fue un gran practicante. Ni siquiera un conocedor de sus estadísticas. Y miren ustedes lo que es la vida: de tanto escucharnos a Isaías y a mí hablar del tema, y de tanto asistir con nosotros al estadio Guillermón Moncada a disfrutar de los juegos de béisbol, se aficionó y terminó ejerciendo el periodismo deportivo en la holguinera Tele Cristal.
Era generoso a la hora de compartir. Las escasas fotografías que conservo de la época (como esta de 1990, donde aparecemos juntos -él a la derecha- en el balcón del Edifico F, en la Universidad de Oriente) fueron realizadas en blanco y negro con su vieja cámara Zenith de rollitos. Carlos financiaba y regalaba copias a quienes aparecíamos retratados.
En
el tercer año de la carrera se enamoró de Marel González, otra de
nuestro grupo. La bella muchacha, también enamorada, consumó la proeza
de enmendarlo y Carlos se hizo más responsable y menos bullanguero. Tomó
más en serio los estudios y consagró a ella sus piropos. Se casaron y
formaron una bonita pareja. Juntos redactaron el Trabajo de Diploma para
finalizar la especialidad, juntos cumplieron su servicio social en
Radio Banes y juntos partieron a conquistar las televisión de Holguín.
A pesar de nuestra
cercanía geográfica –unos 76 kilómetros-, en los últimos 20 años nos
vimos solo una vez, cuando él vino a Las Tunas a jugar softbol en unión
de otros colegas de su provincia. Todavía me pregunto si fue el director
de su equipo quien lo dejó fuera de la alineación por su bajo
rendimiento deportivo, o si fue el propio Carlos el que solicitó no
saltar al terreno para poder tomarse en las gradas media botella de ron
conmigo y conocer a mis pequeñas hijas Sofía y Beatriz. Conversamos de
lo humano y lo divino. Y trajimos desde el pasado un montón de anécdotas
que nos hicieron reír a mandíbula batiente. Fue la última vez que lo
vi. Después supe de él por sus reportes al Noticiero Nacional Deportivo o
por amistades comunes que se lo topaban en algún evento.
La
noticia de su divorcio de Marel no me sorprendió tanto como la de su repentina enfermedad. «¿Carlos enfermo? –me extrañé cuando me lo dijeron-. ¡Pero
si es el tipo más saludable que he conocido!» Me equivocaba de plano. Hay
males que no reparan en apariencias, y seleccionan a sus víctimas a su
libérrimo capricho. Luego de hacerlo padecer horriblemente durante
varios meses, el cáncer, con metástasis incluida, lo derrotó este 30 de
enero. Eso a pesar de los esfuerzos especializados de los médicos y de
las encomiendas desesperadas de sus familiares. Tenía apenas 48 años de
edad y unos extraordinarios deseos de vivir.
Más
de una vez pensé visitarlo en su lecho de moribundo. Pero siempre
deseché la idea. Hice bien, creo. A él no le hubiera agradado que lo
viera así. Yo -y esto no es retórica- prefiero recordarlo tal y como lo
conocí en la Universidad de Oriente: vivaracho, alegre, entusiasta,
optimista, jodedor, cumbanchero... Carlos, amigo, colega, hermano,
descansa en paz y que Dios te acoja. Un abrazo entrañable y... ¡hasta
más ver!
miércoles, 1 de enero de 2014
A mis hijas
FELIZ FIN DE AÑO Y PRÓSPERO 2014 para mis princesas SOFÍA (izquierda) y BEATRIZ. Sofía es apasionada de la lectura, romántica de nacimiento, admiradora de la belleza, original hasta el asombro, fértil de imaginación, defensora de la justicia, cultora de la gratitud, amante de los detalles, conversadora infatigable, devota del buen humor, generosa con los humildes, caprichosa para comer, elegante de palabra, renuente a las chancletas, aplicada en el estudio, curiosa incorregible, ávida del saber, adoradora de la sonrisa y guardiana de la naturaleza. BEATRIZ es aficionada a las canciones, ágil en las respuestas, cumplidora de promesas, fiel con sus amigas, inventora de gangarrias, persistente en sus deseos, amorosa con sus muñecas, sensible ante los regaños, efusiva con sus maestras, carismática de cuna, presumida permanente, voraz de apetito, introvertida de circunstancias, cultivadora de amistades, mimosa como una gatita, callejera a cualquier hora, protestona cuando la mandan, rapidísima de sueño y cariñosa hasta lo inimaginable. SOFI nació el 10 de diciembre de 2004; BETI, el 3
de abril de 2006. Ambas son traviesas como ardillitas, desordenadas con sus pertenencias, preguntonas de lo humano y lo divino, fantasiosas por excelencia, refunfuñonas si se sienten aludidas, destructoras de lapiceros, líderes naturales, adulonas cuando les conviene, derrochadoras de hojas de papel, pícaras de personalidad, divertidas de anecdotario, fans de las tijeras, adictas a mi computadora, insaciables con el helado, inseparables en la vida, solidarias con cualquiera, conquistadoras de corazones, consumidoras de telenovelas, populares desde que vinieron al mundo, adorables de carácter, celosas con sus juguetes, idénticas y diferentes… Y-¡oh, qué maravilla!- las dos son buenísimas personas. Todo lo que hago es por su felicidad, porque prefieran lo espiritual sobre lo material y por evitar que se contaminen con malos ejemplos. ¡Dios bendiga y proteja a mis hijas!
miércoles, 4 de diciembre de 2013
Barbarito...
Violines, arránquenles a las cuerdas los matices más hermosos. Él es como una lejanía volando hacia adentro. Flauta, haga que el viento transpire melodía. O, quizás, solo un sinsonte dormido en una playa de la costa. Piano, por favor, obsequie, desgrane sus acordes. Él es como un levísimo rumor de nuestras raíces musicales. Barbarito...
Contrabajo, ¡destáquese! Es el momento. No hay un cubano que no haya bailado con sus danzones. Pailas, repiquen el homenaje. No hay un cubano que no haya cantado con él a dos voces. Claves, golpeen el tiempo, dirijan con sus toques la cadencia. Barbarito Diez es una tarde desesperada y voluptuosa. Ya soplan vientos y compases en tu nombre. Barbarito...
Pentagrama, descúbrase, admire, exhiba, invoque... Vocalistas, canten, inspiren, congratulen, recuerden al Príncipe Negro de nuestro baile nacional. Reproduzca sus inspiraciones. Porque, si alguien impuso la brújula de su voz a los cuatro vientos, fue él, Barbarito...
Amor, convierta en inmortales sus irrepetibles danzones, interiorice sus románticas letras, sueñe y sonría con sus mensajes susurrados entre líneas... Porque, si alguien tocó a la puerta de los enamorados con una concha nacarada y una guirnalda, fue él, Barbarito...
Edades, asuman su rol en el homenaje por sus 104 años. Echen a un lado prejuicios niños y jóvenes. Recuerden y añoren sus buenos tiempos los ancianos. Sientan nostalgia, evoquen el pasado... Porque, si alguien cantó para todas las generaciones fue él, Barbarito...
Barbarito Diez, nombre y hombre del danzón. Su timbre agudo, como una flauta de madera. Barbarito Diez, ¡diez veces bárbaro! Mientras recordemos su figura enhiesta, su voz de tomeguín, su ebánica compostura, habrá baile nacional. Su voz de palo de monte, como una raíz de cuya savia se nutren los aires de la Patria. Barbarito...
Nota: El texto en negritas fue escrito en su honor por Miguel Barnet.
jueves, 26 de septiembre de 2013
Un siglo de electricidad tunera
Hoy, 26 de septiembre de 2013, se conmemoran 100 años de la irrupción de la electricidad en la ciudad de Las Tunas. Se trata de un acontecimiento importante en la historia de esta comarca, bien llamada Balcón del Oriente Cubano.
El descubrimiento de la electricidad data del año 600 AdC, cuando Tales de Mileto comprobó que el ámbar atraía pequeños objetos al frotarse con un trozo de lana. De entonces acá mucha agua ha corrido. En nuestros tiempos es la energía por excelencia y sus aplicaciones están presentes en muchos sectores, entre ellos la iluminación.
El primer sistema de alumbrado eléctrico de Cuba tiene casi 120 años. Fue inaugurado en La Habana el 3 de marzo de 1889, y solo iluminaba algunas calles, el Parque de Isabel II y el Paseo de Isabel la Católica desde una planta emplazada en Tallapiedra.
Las Tunas andaba por entonces en tinieblas. Pero en 1910 se hizo la luz, cuando Rafael Arenas, alcalde del Segundo Barrio, ordenó poner cinco farolas de petróleo en al parque Vicente García a instancias de El Eco de Tunas.
El primer territorio tunero en disponer de alumbrado eléctrico fue el poblado de Delicias, en 1911. A Victoria de las Tunas llegó el 26 de septiembre de 1913, cuando Francisco Gutiérrez Calderón –emigrante malagueño que había llegado a la ciudad en 1908- instaló la primera planta, que era muy primitiva. Contaba con dos motores movidos a vapor, insuficientes para iluminar una población de 2 ó 3 mil habitantes. La ciudad pasó de la semipenumbra de los faroles de gas a la iluminación incandescente,
El debut de aquella planta primigenia constituyó todo un suceso, que incluyó voladores, orquestas y la bendición a cargo del padre Piteira, párroco de la iglesia. Debido a su escasa potencia la unidad solo ofertaba fluido hasta la media noche.
Hacia el año 1938 la ciudad contaba ya con 10 mil habitantes pero no es hasta marzo de 1962 con la nacionalización de dicha planta y contando con 8 mil consumidores que se mejora la mencionada industria por medio de cuatro motores diesel tres de una potencia de 960 kilowatts hora y otro de 600 kilowatts hora para 10 mil 500 consumidores hacia 1963.
El incremento de la carga obligó la sustituirla por dos nuevas unidades montadas sobre vagones de ferrocarril, que fueron trasladados hasta su emplazamiento final por medio de líneas férreas portátiles desplegadas a todo lo largo de la propia calle Frank País. Estas plantas prestaron servicio en la ciudad hasta su conexión definitiva con el Sistema Electroenergético Nacional en marzo de 1970.
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lunes, 19 de agosto de 2013
Cuando la suerte ayuda al fotógrafo
En mi quehacer periodístico siempre me ha gustado tener como compañeros de batería a fotógrafos
despabilados. Esos que se pasan minutos y más minutos con la pupila
incrustada al visor, a la espera del momento preciso de apretar el
obturador. Al buen fotógrafo de prensa no lo sorprende la foto, ¡él la
sorprende! Solo que, en ocasiones, un poco de suerte no viene del todo
mal.
En eso meditaba cuando encontré por un golpe de fortuna en Internet una
imagen reciente que me impactó. La tomó el fotógrafo Olivier Morin, de
la agencia de noticias AFP, en el curso de la final de la carrera
masculina de los 100 metros planos del Campeonato Mundial de Atletismo,
que se celebró por estos días en la ciudad rusa de Moscú.
Es tan insólita que ha levantado suspicacias acerca de su legitimidad
entre algunos de los compañeros de profesión del autor. Eso, a pesar de
la certidumbre generalizada de que la cámara no puede mentir. El propio
Morín lo admite sin sonrojarse: «Se la he mostrado, pero algunos de
ellos no le dan total crédito. Sin embargo, les juro que la foto es
real».
En la instantánea se aprecia al multilaureado sprinter jamaicano Usain
Bolt, a la postre ganador de la prueba, en plena carrera y bajo un
torrencial aguacero, mientras en el fondo, sobre el estadio, se
distingue la luz de un rayo cruzando el cielo, suerte de metáfora, de
alegoría a la extraordinaria velocidad desplegada sobre la pista por el
extraordinario bólido caribeño.
«Tengo que ser honesto con la opinión pública: en la imagen solo soy
responsable del encuadre y del disparador. Evidentemente, el rayo era
imprevisible, aunque es cierto que el cielo estaba cargado desde hacía
20 minutos, aproximadamente… y que todos los fotógrafos llevaban 20
minutos intentando captar el rayo. Por eso creo que mi intervención es
del 1%. El resto es suerte», comentó Morín luego de hacer pública su
foto.
Agregó que consiguió la imagen con cuatro «disparos» de sus cuatro
cámaras, cuando Usaint Bolt estaba a punto de romper el estambre en la
meta. Al revisar en los pequeños display, no divisó la presencia del
rayo. Solo al ampliar la serie fue consciente de lo que había captado.
Twitter –la red social donde encontré la imagen-, le dio amplio destaque
en sus tweest. También divulgó una y otra vez una declaración de Morín,
mezcla de certeza y profecía: «En 25 años nunca me había pasado que un
elemento exterior incontrolable defina una fotografía. Ahora sé que si
lo intento en los próximos 50 años no lo volveré a conseguir».
Ya numerosos medios digitales especializados del mundo aseguran que la
fotografía de Olivier Morín, por lo que significa, pasará a la
inmortalidad. «¿En qué lugar habrá que situarla entre las grandes
fotografías de deportes de todos los tiempos?, se pregunta un redactor
del diario inglés Daily Mail. Otros le pronostican, al seguro, un Premio
Pulitzer.
Yo me adscribo al portal AltFoto: «La fotografía puede ser muchas cosas,
pero sin esa pizca de suerte necesaria nada sería lo mismo. Puedes
dominar la técnica y los conceptos fotográficos a la perfección; puedes
tener un equipo excelente, e, incluso puedes ser previsor y tratar de
conseguir la foto de un rayo junto a Usain Bolt. Pero de las decenas de
fotógrafos que cubrían el evento, tan solo Olivier la consiguió. Y de
eso se trata a veces, de estar en el lugar y en el momento justo».
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domingo, 7 de julio de 2013
La tarde en que corrió Cristóbal
Hay
hechos que no se olvidan aunque los años insitan en sepultarlos. Yo
tengo grabados en la memoria con la nitidez del primer día aquello que
ocurrió en Manatí una tarde de mayo de 1968. Ninguno de los testigos ha
borrado un detalle, porque fue una reacción desproporcionada y absurda.
¡Ah, las pasiones...! Cuando se zafan de la razón y embisten en tromba
no hay muro que las controle. Abstráigase, lector, e imagine…
Es media
tarde y dentro de minutos se jugará otra jornada del Campeonato Nacional
de fútbol de primera categoría entre el equipo anfitrión y el de La
Habana. No cabe un alma en las achacosas gradas del estadio «Ovidio
Torres». Los aficionados claman a gritos ─entre ronazos y blasfemias─
una victoria del once anfitrión sobre su enconado y tradicional adversario.
La
rivalidad entre el conjunto oriental y el capitalino hace del encuentro
no solo un plato que todos quieren saborear, sino también una bomba de
tiempo, capaz de estallar ante el más intrascendente motivo en
cualquiera de los 90 minutos del partido. En efecto, la atmósfera en las
graderías parece cargada de alta tensión. Pero, ¿lo habrá percibido así
el árbitro principal Cristóbal Martínez, quien estará a cargo del
silbato?
Comienza
el juego y la calidad de ambos conjuntos se pone enseguida de
manifiesto. De ello dan fe las maniobras llenas de talento e imaginación
de los jugadores cuando atacan o defienden. Pero apenas se han jugado
15 minutos de partido y ya el público comienza a dar indicios de enojo.
¿Razones? El colegiado se «equivoca» con demasiada frecuencia en favor
del cuadro de la capital. Peligroso, ¡muy peligroso!
Transcurre
e primer tiempo y las pifias legales en perjuicio de los de casa se
suceden. «Fuiiiiiii», suena el silbato, casi siempre para penar una
“falta” manatiense. «Fuiiiiiii», silban las decisiones los inconformes,
es decir, la mayoría. El bullicio es ensordecedor, homogéneo,
amenazante... «Aquí va a pasar algo muy grave hoy», asegura alguien a mi
lado. Y así fue.
Segundo tiempo de 45 minutos. Cierta jugada de dudosa legitimidad afecta particularmente al once
local. ¡Rechifla, insultos, maldiciones, improperios, agravios contra
el colegiado! Otro fallo discutible y la multitud condena al hombre
vestido de negro. Desde las gradas, un imprudente lanza la primera voz. Y
entonces cientos de fanáticos se lanzan, se atropellan a toda carrera
tras el pobre Cristóbal, quien, luego de un instante de vacilación, toma
las de Villadiego, convencido de que su vida depende de la velocidad
que sea capaz de imprimirle a sus piernas.
Sin
volver la cabeza echa a correr como un bólido hacia un potrero
colindante. En la estampida bota silbato, tacos, tarjetas y hasta la
sortija del anular de su mano derecha. Pasa ni se sabe cómo por debajo
de una cerca y deja un jirón del traje en los alambres de púas. Se
refugia en la casa del difunto Yeyo Barroso, desde cuyo patio
la turba clama venganza. Tiene que intervenir la fuerza del orden para
que no lo linchen. En la noche Cristóbal abandona el pueblo bajo fuerte
custodia.
Pasaron
muuuchos años, y en Manatí ─¡ahh, qué tiempos aquellos...!─ se siguió
jugando fútbol de nivel. Cristóbal prosiguió también su carrera de
árbitro por buena parte de Cuba. Solo que –¿previsión o rencor?─ no
volvió a pitar jamás un partido que tuviera por sede la popular
cancha del «Ovidio Torres». Cada vez que se lo proponían, declinaba el
«honor».
Después
de varios lustros, alguien del pueblo reconoció que aquella vez se había
ido demasiado lejos con Cristóbal. «¡Se nos fue la mano!”, admitió. Y
hete aquí que la Dirección Municipal de Deportes le cursó una invitación
especial para que visitara Manatí. Pero no en calidad de colegiado
principal para dirigir un encuentro amistoso, sino como huésped
distinguido del pueblo. Además, se le ofrecieron garantías absolutas de
que el incidente ya estaba olvidado.
Cristóbal
aceptó de buen grado el acto de desagravio y durante un par de días
confraternizó con sus antiguos inquisidores. Quienes lo acosaron
entonces, ahora lo abrazaron. Hubo un minuto de gran emotividad: En
ceremonia pública, y para su sorpresa, le fue devuelta la sortija
perdida aquella tarde de frenesí. La había conservado a guisa de trofeo
un protagonista de los hechos. Cristóbal se emocionó como no se imaginan
y hasta ensayó ante la concurrencia un discurso de gratitud.
Y
entonces alguien habló por los anfitriones. Y reflexionó sobre el pasado
y el presente. Y yo, que aquella tarde de pasiones desbordadas también
corrí… delante de mi papá, quien trataba de darle alcance a mis 13 años
para salvarme de aquella locura con las amarras sueltas, me pregunté
cuánto vale un pueblo cuando sabe reconocer sus errores.
domingo, 12 de mayo de 2013
La verdad sobre el Día de las Madres en Cuba
Cualquier
fecha del almanaque se pinta de maravillas para ofrendarles cariño a
las madres. Halagos en enero, flores en noviembre, besos en abril,
ternura en agosto, sonrisas en julio…, ¿qué más da minuto, día, semana,
mes o año? Sin embargo, en muchos países se ha escogido el segundo
domingo de mayo para potenciar en los corazones ese amor sublime por
quienes, al decir de un poeta, «son las únicas personas en el mundo que
siempre están disponibles».Las referencias más distantes de esa festividad datan del año 250 AdC, cuando en la antigua Grecia consagraban una jornada de la primavera a honrar a la diosa Gea,
esposa de Cronos y madre de Júpiter, Neptuno y Plutón. Después los romanos escogieron tres días del mes de marzo para celebrar un homenaje similar lleno de ofrecimientos a Cybele, diosa de la naturaleza y la fecundación.Mucho tiempo antes de la llegada de los conquistadores al Nuevo Mundo, las civilizaciones autóctonas rendían su propio tributo a la maternidad por intermedio de la diosa Coyolxauhqui, madre de Huitzilopochtli, el guerrero emblemático de los aztecas. Como prueba de su adoración, le improvisaban fastuosas liturgias donde abundaban las ofrendas de oro y plata con marcadas alegorías a la luna.
Los celtas cuentan con una bonita historia de agasajos a las progenitoras. Ellos dedicaban un día a la diosa Brígida para gratificarle la primera leche ordeñada en la temporada. Los ingleses del siglo XVII, por su parte, asistían a las parroquias para venerar a la virgen María, madre de Jesús. La tradición se combinó luego con la de obsequiarles algo a las madres. Los criados que vivían lejos de sus casas, eran autorizados con la paga para ir a visitarlas en el cuarto domingo de cuaresma, y todos juntos compartían un pastel.
IRRUMPE EL DÍA DE LAS MADRESLa primera persona en proponer «en serio» la instauración de un día para las madres fue la poetisa norteamericana Julia Ward Howe, autora del llamado Himno de Batalla de la República. «Son ellas las que más sufren la pérdida de sus hijos en las guerras. Debemos apoyarlas y convertirlas en abanderadas por la paz», dijo en el documento de solicitud, fechado en el año 1872 en su natal Massachussets.
Su idea no llegó a cristalizar, pero devino antesala para que una paisana suya, Anna Jarvis, afligida por la muerte de la autora de sus días, diera inicio en 1907 a una campaña nacional por correspondencia para que se declarase una fecha en homenaje a las madres. Persistió tanto en su proyecto que obtuvo el apoyo de muchas personas, entre ellas influyentes ministros, congresistas y empresarios.
El primer Día de las Madres reconocido oficialmente se celebró en la iglesia episcopal de Grafton, Virginia Occidental, el 10 de mayo de 1908, segundo domingo del mes y aniversario de la muerte de la mamá de Anna Jarvis. Como las flores preferidas de la difunta habían sido siempre los claveles, desde entonces se utilizan los rojos para honrar a las madres vivas y los blancos para las fallecidas.
La iniciativa tuvo una acogida tal que en 1910 había prendido en todos los territorios de la Unión. ¡Hasta el Congreso debió debatir un proyecto de Ley para otorgarle carácter oficial! Por fin, en 1914, el Presidente Woodrow Wilson firmó el decreto y proclamó el segundo domingo de Mayo como Día de las Madres en los Estados Unidos. Se había creado ya la Asociación del Día Internacional de las Madres, con el propósito de extender la festividad a otras naciones.
SU CELEBRACIÓN EN CUBACasi todas las referencias bibliográficas que existen sobre la introducción del Día de las Madres en Cuba, coinciden en señalar a Santiago de las Vegas como la primera localidad donde se festejó la fecha. También identifican a Víctor Muñoz, un conocido periodista de la época, como a su gran promotor, a partir de una crónica suya titulada Mi clavel blanco, que vio la luz en el periódico El Mundo el domingo 9 de mayo de 1920, donde decía: «El día de hoy es el segundo domingo de mayo, que los americanos consagran como el Día de las Madres, y que muchos cubanos quieren destinar al mismo objeto».
Los investigadores aseguran que el mismo día el teatro del Centro de Instrucción y Recreo de Santiago de las Vegas se colmó de público. La convocatoria pretendía homenajear a las madres, y partió de un grupo de intelectuales, cuyos miembros, alentados por Francisco Montoto, patrocinaron un programa donde se recitaron los versos de José Martí a su progenitora y el poema A mi madre, de Diego Vicente Tejera.
Se dice que fue esa la primera celebración pública del Día de las Madres en Cuba. El 22 de abril de 1921, siendo Muñoz concejal del Ayuntamiento capitalino, propuso y logró instituir en toda La Habana ese agasajo. En el año 1928, a propuesta del senador Pastor del Río, la Cámara de Representantes le dio carácter de Ley Nacional, y así el segundo domingo de mayo se oficializó como Día de las Madres.
PRIMERO FUE EN LA VILLA AZULHay pruebas muy sólidas de que Puerto Padre, en la provincia de Las Tunas, fue la primera localidad cubana en instaurar el Día de las Madres, hecho ocurrido el martes 6 de abril de 1920, es decir, poco más de un mes antes de que Santiago de las Vegas organizara en el teatro de su Centro de Instrucción y Recreo el homenaje citado. Para confirmarlo documentalmente, Sábado, un periódico editado a la sazón en la también llamada Villa Azul, publicó el 19 de abril del año 1952 la siguiente nota:
«El Día de las Madres, tan emocionalmente celebrado siempre en Cuba por iniciativa del laureado periodista Víctor Muñoz, se celebró por primera vez en Cuba en la ciudad de Puerto Padre, por feliz idea del maestro masón Dr. Eduardo Queral Mayo. Con eso no queremos quitarle gloria a quien tiene todo nuestro respeto, pero sería bueno que todo se aclarara (…) Según consta en las actas de la Logia Los Perseverantes, hay un acuerdo que vamos a copiar con certificación del Secretario de aquella venerable Logia y que dice así:
«Atendiendo que es un deber de todo Masón reverenciar a los padres y ayudar al mejoramiento moral e intelectual de la Humanidad, los abajo firmantes proponen:
«QUE sea celebrado el primer domingo de Mayo (el Día de las Madres NdA) en cualquier manera que tienda a demostrar el cariño y el agradecimiento a que es deudor todo hijo.
«Asimismo, proponen que sea designado el primer domingo de Junio a igual fin con relación a los padres.
«(Fdo) Dr. Eduardo Queral Mayo, Enrique Pérez e Ismael Piedra (Aprobado en el Taller, 6 de abril de 1920)»Como se aprecia, no solo se trata de que Puerto Padre fue el pionero en instituir en Cuba el homenaje a las madres, el 6 de abril de 1920. ¡También fue el primero en celebrarlo en toda la isla! Eso ocurrió el 2 de mayo de 1920, primer domingo de ese mes, es decir, una semana antes del festejo en Santiago de las Vegas. Lo corrobora un editorial publicado en el propio semanario Sábado, con fecha 10 de mayo de 1958, y dirigido al periodista Guillermo Gener, quien escribía por entonces en el rotativo habanero Prensa Libre. Dice:
«Nos hacemos eco en la primera plana de una verdad que no admite en manera alguna polémica de ningún tipo. Guillermo Gener, un periodista que tanto nos agrada leer por su forma llana y sencilla de expresarse, en el colega Prensa Libre, quiere hacer justicia a un grupo de poetas, literatos y periodistas de Santiago de las Vegas y nos habla por tanto de la gloria de haberse instituido en aquella ciudad por primera vez en Cuba en 1920, El Día de las Madres.
«Nos da datos, nos refiere asuntos, nos busca documentos. Es decir, que prácticamente nos lleva al convencimiento de que en Santiago de las Vegas se celebró por primera vez ese gran día en nuestra nación. Pero hay un error, sencillamente porque Guillermo Gener no leyó nuestra edición del 19 de abril de 1952, donde publicamos documentos auténticos acreditativos de que en Puerto Padre se celebró el Día de las Madres el Primer Domingo de Mayo de 1920. En Santiago de las Vegas tuvo efecto el Segundo Domingo de Mayo de 1920, es decir, una semana después que en Puerto Padre.
«A nosotros nos luce, por referencias que tenemos de nuestro buen amigo, el profesor Demetrio Rivero Simón, natural de Santiago de las Vegas, que Guillermo Gener es de aquella simpática ciudad. Bien hace entonces Gener en defender su suelo natal, si es que esto es verdad; pero mucho mejor haría Gener, si salvando localismos, se hiciera eco de esta verdad que seguramente él desconocía, y le diera a Puerto Padre la gloria que bien merece».
Un año después de celebrado en Puerto Padre el Día de las Madres, La Habana celebró el suyo con gran esplendor. Por entonces ya residía en la capital el Dr. Eduardo Queral Mayo, quien cursó un telegrama a sus hermanos de la logia Los Perseverantes en los siguientes términos:
Plaza Habana, Mayo 8 de 1921, las 1.20 pm.
Rafael Nadal
Puerto Padre
Celébrase éxito fiestas de las Madres al igual que establecidas por mí hace un año primero en Cuba.
(fdo.) Dr. Queral¿Se necesitan más pruebas de que, efectivamente, primero fue en Puerto Padre?
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