domingo, 31 de enero de 2021

La carretera vieja

A pesar de las dificultades y los infortunios que se padecen hoy con el transporte terrestre para viajar entre Manatí y Tunas, nada se compara (¡ni remotamente!) con lo que se sufría en el mismo trayecto hasta hace poco más de 40 años. ¿Motivos? Por entonces aún no existía la carretera directa que enlaza a esos territorios (entró en servicios a inicios de los años 80 del siglo pasado), y que cruza por las cercanías de comunidades rurales otrora ignoradas por el pavimento, como Dumañuecos, La Guinea y el Cerro de Caisimú. Cierto es que por aquella época no escaseaba tanto el combustible como ahora, y que los precios del pasaje eran mucho más económicos. Pero solo una necesidad o un trámite impostergables eran capaces de decidir a alguien a desplazarse hasta la capital provincial por la tristemente célebre carretera vieja. Desconozco la fecha exacta en que fue construida, aunque imagino que haya sido en los tiempos en que comenzó a producir azúcar el desaparecido ingenio. Tiene una extensión de 42 insoportables y extenuantes kilómetros hasta su entronque con la Carretera Central (por la zona de Lebanón), a los cuales se les suman los únicos 16 kilómetros de sosiego con los que cuenta el itinerario hasta Tunas. Dudo que algún manatiense menor de 60 años haya utilizado ni siquiera una vez esa decrépita vía. Pero quienes superamos esa friolera (¡sin que nadie nos quite lo bailado!) bastante que lo hicimos cuando los horarios del ferrocarril no se ajustaban a nuestras urgencias. Los viajes los realizaban los transportes serranos, popularmente conocidos por el simpático sobrenombre de «guarandingas». Se trataba de camiones soviéticos como el de la foto, habilitados para acomodar -es un decir- a unas 25 personas sentadas y a cualquier cantidad apretujada en el pasillo y en la escalera. Los equipajes de los viajeros se amontonaban encima del techo. En ocasiones algunos se venían abajo por el traqueteo y sus propietarios solo se percataban de su falta al terminar el viaje. ¡Demasiado tarde! Por cierto, en el citado Entronque de Lebanon uno de estos vehículos fue colisionado por un tren procedente de La Habana el 20 de septiembre de 1965, con saldo de 22 muertos y numerosos heridos. Por entonces no existía el elevado ferroviario que luego de construyó allí. Pero sigo con la carretera vieja, la guarandinga y el recorrido Manatí-Tunas y Tunas-Manatí. La tormentosa permanencia a bordo duraba aproximadamente dos horas y media, tanto en una como en otra dirección. Y todo en medio de múltiples paradas, sorteo de cunetas, evasión de baches, roturas imprevistas e interminables baños de polvo. Y si San Pedro le daba por llegar, bueno… ¡llovía más en el interior que afuera! Así pasaba La Victoria, La Aita, Gratitud, Laura, La Vega, El Rincón, El 24, Villanueva y otras comunidades cuyos nombres ya no recuerdo. Solo la llegada a Tunas ofrecía el ansiado respiro. Pero solo por un rato, porque al atardecer, después de cumplida la diligencia, el viajero debía enfrentar y padecer los mismos tormentos en el viaje de retorno. La nueva carretera transformó el estado de cosas en beneficio público. La carretera vieja quedó ahí, ahora con categoría de intransitable terraplén o de casi guardarraya invadida por la vegetación, como testimonio de una época dejada atrás por los almanaques.


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domingo, 24 de enero de 2021

¡Llegó el circo!

Allá por los años 60 del siglo pasado, los manatienses disfrutábamos cada año de un acontecimiento lleno de colorido, expectación y carisma: el circo. ¡Ah, cuánto nos divertían sus presentaciones! Los niños, en especial, celebrábamos su llegada con desmesuradas muestras de alegría. ¿Cómo no hacerlo en un batey azucarero donde nunca ocurría nada extraordinario? Por cierto, su arribo jamás nos tomaba por sorpresa. En efecto, unos días antes, sus representantes recorrían el pueblo para promocionar sus presentaciones. ¿Cómo? Pues por medio de unos pasquines de papel que traían impreso el nombre del circo y sus números más populares. Los pegaban con engrudo en los postes del alumbrado para que la gente los viera. ¡Conservo uno entre mis papeles de la época! Un par de días después, el circo hacía efectiva su presencia con un desfile por las calles del pueblo, en el que participaban tanto los artistas con sus vestimentas como los animales (debidamente enjaulados, desde luego). Recuerdo los nombres de algunos de aquellos circos que nos visitaban: Santos y Artigas, Llerandi, Pubillones, Montalvo... ¿Cuál era el mejor? No sabría decirlo. Pero todos traían algo especial. Los circos escogían diferentes lugares para levantar sus carpas de lona, armadas en récord de tiempo por los popularísimos tarugos. Los más frecuentes eran el patio del Centro Escolar Orlando Canals y la cancha del estadio de fútbol. Tan pronto se instalaban, los muchachos íbamos a merodear por sus inmediaciones con la esperanza de ver de cerca de los elefantes y a los monos. O, mejor aún, de admirar en ropa ligera a algunas de las bellísimas modelos que solían acompañarlos. La noche de la función casi estallábamos de tanto gozo. Nuestros padres sacaban desde bien temprano las papeletas y allá íbamos temprano a tomar asiento, lo mismo en las lunetas junto a la pista que en el llamado gallinero, rebosante de pueblo. Luego todo era comernos con los ojos los números que incendiaban nuestra fantasía. Los payasos figuraban entre los artistas más carismáticos, sin menospreciar a los trapecistas, con aquellos saltos espectaculares que nos hacían temblar de miedo ante una posible caída. También el traga fuegos, los contorsionistas, los malabaristas, los magos, los animales amaestrados, en fin... Había circos que incluían en sus elencos a cantantes de moda, que se ganaban unos pesos adicionales interpretando canciones, ahora no recuerdo si a capela o con grabaciones. Recuerdo, en especial, a un cantante casi olvidado, llamado Kino Morán. ¡Ni siquiera las discotecas del ayer lo tienen en cuenta! Los circos no solían pasarse mucho tiempo en las localidades que visitaban. A lo sumo, un par de días. Durante esas dos jornadas –sus funciones eran de alrededor de una hora y media- no se revelaba en la localidad suceso de mayor connotación. La última noche nos llenaba de tristeza, pues, al salir el último espectador de la carpa, los tarugos desmontaban la enorme lona, la cargaban en sus camiones, tranquilizaban a los animales, tomaban carretera y... ¡hasta el próximo año! El sitio quedaba con la huella de su presentación en forma de cucuruchos de maní vacíos, palitos de algodón de azúcar y papelitos de caramelos. Y nosotros retornábamos a casa cargados de tristeza, porque sabíamos que no tendríamos más circo hasta el año venidero.

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lunes, 18 de enero de 2021

Las becas en el recuerdo

Las becas fueron para los estudiantes de mi generación una de esas experiencias que jamás se olvidan. Quienes nos acogimos a su severo régimen en aquellos tiempos—finales de los años 60 y toda la década de los 70— no teníamos otra opción al terminar la enseñanza secundaria, pues en Manatí no existían posibilidades de llegar más lejos: carecía de politécnicos y de preuniversitarios y ni hablar de facultades universitarias. En toda la provincia no había EIDE, vocacionales, centros de arte, tecnológicos… ¡ni escuelas-talleres! Entonces, los que estábamos dispuestos a continuar estudios «a como fuera», debíamos emigrar, y unos lo hacían para La Habana (preuniversitarios Carlos Marx, Manuel Bisbé y Arbelio Ramírez), otros para Santiago y los más para Holguín, en especial para el instituto Juan José Fornet. Además de lo que significaron en el orden académico, las becas fueron para nosotros una gran escuela existencial. En sus albergues aprendimos muchas cosas que en predios familiares jamás nos enseñaron, como lavar la ropa. Me enfrenté con esta tarea tan pronto me bequé en septiembre de 1971 nada menos que en Topes de Collantes, en lo alto de la Cordillera del Escambray. Mi amigo y hermano Humberto Vázquez y yo (ambos con solo 15 años de edad) habíamos solicitado plazas para estudiar Educación Física en La Habana. Y, sin previo aviso, nos cambiaron la seña (como se dice en pelota) y, en lugar de la capital, nos enviaron para aquellas montañas donde el frío casi nos calaba los huesos. Allá arriba me enfrenté por primera vez con la ropa sucia. Por entonces, los becados usábamos uniformes de caqui carmelitas (¿los recuerdan?), con una banda color chocolate en los bordes de las mangas. Había que lavarlos cada cierto tiempo, porque allí no teníamos a mamá para que lo hiciera por nosotros. Y los pases eran cada dos meses. De manera que, o lavábamos nosotros mismos, o elegíamos andar churrosos. Y —¡qué remedio!—, optamos por lo primero. Honestamente, el lavado de mis uniformes (entregaban dos) no me quitó jamás el sueño. Yo los empapaba bajo la llave, los enjabonaba un poco, los estregaba no mucho, los enjuagaba y finalmente, mojados y sin exprimir (para que no se estrujaran demasiado), los ponía a secar en perchas en el balcón de mi edificio. Como por entonces nadie llevaba a las becas una plancha eléctrica, la solución para que los pantalones quedaran más o menos estirados y con filo era acomodarlos entre el bastidor de cartón de la litera y la colchoneta. No quedaban perfectos, pero resolvíamos. En materia de porte y aspecto, nos pelábamos entre nosotros mismos, en ocasiones con un singular peine felizmente desaparecido al que llamaban barberito, que utilizaba dos cuchillas de afeitar y que, en manos de un improvisado, era capaz de llenarle la cabeza de cucarachas a cualquiera. Algo a lo que me tuve que adaptar a toda prisa fue a levantarme temprano. Dormilón incorregible en casa, en mi nuevo destino me vi obligado a dejar la cama a las seis de la mañana, tenderla bien para que no me reportaran en la inspección matutina, correr a la formación en la plaza y desayunar a toda velocidad, pues para eso el reglamento había establecido un tiempo brevísimo. Por cierto, la litera que me tocó era de tres pisos (¡jamás había visto una igual!), y la parte que me asignaron fue la más alta, a la que accedía por una escalerita situada en uno de sus laterales. ¡Todo era novedad! En materia gastronómica, los becados melindrosos tuvimos que aprender a comer de todo, so pena de morir de inanición. Recuerdo aquellos famosos Tres Mosqueteros –arroz, chícharo y pan- que signaban el menú cotidiano de las becas durante muchos años. Eso sí, cuando íbamos a la casa, nuestros padres nos pertrechaban de suministros de campaña, como azúcar, limones, turrones de coco, leche condensada hervida, paniqueques y cuanta cosa pudiera aplacarnos el hambre, todo bien guardado dentro de aquellas maletas de madera que se usaban (¡no había otras!) en la época. Las comunicaciones con nuestras familias eran solamente por cartas (demoraban casi un mes en llegarnos) o telegramas (casi siempre se perdían), pues no había teléfonos. Con el paso de los años, las becas se fueron haciendo menos rígidas y más permisivas. Los pases ya no eran tan espaciados ni el rigor tan severo. Francamente, conservo buenos recuerdos de mis años como becado, que no fueron pocos, pues luego de aquel debut lejos de casa en el Escambray, transité por otros escenarios, y de todos extraje enseñanzas. En las becas hice muchos amigos, cometí travesuras, me quitaron pases y adquirí independencia. A estas alturas de mi vida, siento por aquellas etapas un sentimiento de gratitud.

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sábado, 26 de diciembre de 2020

El parque de Manatí

 
La imagen del parque municipal de Manatí merodea con nostálgica frecuencia por mi pensamiento.  ¡Cuántos recuerdos se asocian a ese lugar entrañable, donde muchos aprendimos a querer a nuestro terruño! Según testimonios de la época, su inauguración oficial fue el 20 de mayo de 1927. Por entonces disponía de bancos prefabricados, con alguno que otro de madera, comunicados entre sí por pasillos de gravilla fina. En el centro, sobre un pedestal de dos metros de altura, emplazaron un busto de José Martí, que luego, por razones que desconozco, fue retirado junto con su pedestal. En la década de los años 50, el parque fue sometido a una remodelación capital, tarea que estuvo cargo de Rafael López, un arquitecto nativo de la localidad. Las obras previeron la colocación de un asta para izar nuestra bandera y un muro de casi tres metros de alto seis de ancho en uno de sus ángulos, al cual se le empotró un busto del Apóstol y un pensamiento suyo en letras de bronce que aún permanece allí: «Los hombres van en dos bandos, los que aman y fundan, los que odian y deshacen». (Ese muro conserva huellas de impactos de balas calibre 50 de cuando la localidad fue bombardeada por la aviación batistiana el 2 de diciembre de 1959). Los bancos antiguos se sustituyeron por bancos de granito, y se distribuyeron por toda el área, a la cual se le agregaron pasillos interiores y exteriores de hormigón. Una de las remembranzas más antiguas que tengo de nuestro parque se relaciona con la manera en que los adolescentes de mi época paseábamos en torno suyo en las noches de fines de semana: las hembras lo hacían en un sentido y los varones a la inversa. Así unos y otras nos encontrábamos de frente cada vez que completábamos un giro. La instalación fue siempre una concurrida área de juego. De pequeño solía ir por las tardes a patinar en unión de varios de mis compañeros de escuela. Lo hacíamos a riesgo de partirnos la crisma entre los bancos largos del centro, con aquellos declives suaves y aquel granito impecable moteado de negro, en los que tantas veces descabecé un sueñecito, me tumbé a leer un libro o discutí sobre fútbol con los fanáticos del pueblo. Recuerdo cómo admirábamos las habilidades de patinadora de Marilín Betancourt, quien era capaz de saltar sobre los bancos a toda velocidad sin causarse ni un rasguño. Por entonces el parque exhibía un rostro mucho más atildado que hoy, con su glorieta central cubierta de floridas enredaderas y sus áreas delimitadas por una cerca de buganvilias impecablemente atendidas por el viejo Eulogio, quien la podaba y cuidada con una devoción que no ha vuelto a repetirse. Las áreas verdes eran también una maravilla de perfección. Eulogio las regaba con aquellas tuberías de mariposa que pulverizaban el agua y la convertían en lluvia fina. Quien se atreviera a pasar sobre ellas se arriesgaba a ganarse una reprimenda. Algo curioso en nuestro parque fue la lealtad de algunos manatienses con sus bancos predilectos. Si ocasionalmente lo encontraban ocupado, preferían dar una vuelta por los alrededores, o, incluso, retornar a casa antes que recurrir a una segunda opción en uno que no fuera el suyo. También recuerdo la polémica local desatada en 1996 tras la colocación del monumento a Barbarito Diez en uno de sus ángulos. A pesar del cariño que el pueblo siente por el Príncipe del Danzón, muchos manatienses se opusieron a que se eliminara un banco y se alterara la configuración original del parque, aun con ese noble propósito de homenaje. En el año 2008 el huracán Ike le cercenó buena parte de su vegetación, incluidas las añejas palmas reales (en cuyos troncos muchos grabámos nuestros nombres cuando éramos muchachos) y los árboles de higuillo que le daba sombra a los bancos largos. Por fortuna, ya vuelve a tener presencia vegetal. Nuestro parque municipal es un sitio que nos toca la fibra de la sensibilidad. Allí crecimos, soñamos, discutimos y amamos. Ha visto transitar por la vida a varias generaciones de manatienses. Es una reliquia que merece conservarse para que quienes nos sucedan la aprecien y la admiren. (Agradezco al perfil de FB de la emisora municipal estas magníficas imágenes. En la más antigua (en blanco y negro) se aprecia al fondo el antiguo hotel, demolido en el bombardeo al que ya hice referencias).

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jueves, 24 de diciembre de 2020

El médico de El Puerto

Cuando se habla del ejercicio de la Medicina en Manatí, el nombre de José A. Benítez Gutiérrez sale a relucir por derecho propio. Los más jóvenes seguramente no lo recuerdan, pero me estoy refiriendo al popularísimo Médico del Puerto, un seguidor de Galeno que hizo época en la localidad y mucho más allá en las décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado por sus aciertos a la hora de diagnosticar y tratar los más diversos requiebros de salud. Tenía su consultorio a la orilla del mar, muy próximo a la entrañable y recordada Playita, en un local aledaño a su vivienda, donde vivía con su familia, de la que formaban parte sus hijos Aki y Antolín. Ante la aparición de cualquier malestar en alguno de sus hijos, las madres manatienses tomaban el trencito y viajaban hasta el Puerto (18 kilómetros bien contados) para que Benítez lo examinara. Por cierto, al llegar había que echar rápido pie a tierra y correr a toda velocidad, porque solamente se repartían 20 turnos. Y, en muchas ocasiones, la demanda solía estar muy por encima de la oferta. La consulta tenía el valor de cinco pesos, pero la gente los desembolsillaba con gusto. Porque, en honor a la verdad, no había afección que Benítez no neutralizara con su sapiencia profesional: parasitismo, fiebre alta, dolores de cabeza, inapetencia, molestias óseas, afecciones estomacales... La confianza en él era absoluta, por lo que no era raro que vinieran a verlo personas desde localidades distantes Un viaje hasta la consulta de Benítez exigía dedicarle casi el día completo, pues el trencito (siempre un coche-motor) no hacía el siguiente viaje de retorno a Manatí hasta el atardecer. En consecuencia, los menesterosos tenían por costumbre llevar su almuerzo en vasijas para consumirlo sentados a la orilla de la playa, mientras les llegaba el turno para ser atendidos. Más de una vez mi buena madre me llevó hasta él. Le rogaba a todos los santos que no me prescribiera inyecciones, especialmente las de Extracto Hepático, o unas gotas con sabor horrible, llamadas Venatón. Pero casi nunca lograba salirme con la mía. Benítez me hacía acostar sobre una pequeña camita y allí me auscultaba, me reconocía y me hacía sacar la lengua. Luego se sentaba ante su vieja Remington y escribía las consabida recetas, que traían su nombre impreso en la parte superior. Conservo algunas como reliquias. Varios años después, el Médico del Puerto abandonó la medicina privada y comenzó a trabajar en nuestro hospital. La gente lo siguió prefiriendo como en otros tiempos. Tuve la suerte de hacerme su amigo. Con él solía conversar largo y tendido sobre cualquier tema, pues tenía una cultura enciclopédica. Murió hace poco más de una década. Los manatienses jamás lo olvidaremos.

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martes, 22 de diciembre de 2020

El hueco (o el hoyo) de Facundo

Allá por los años 50 del siglo pasado, un conocido ex boxeador y camionero manatiense ya fallecido, de nombre Facundo Acuña, comenzó a extraer tierra con fines comerciales en una zona próxima al actual centro telefónico del municipio. Refieren testigos de la época (entre ellos su hijo Cundi) que, primeramente, dicha labor se realizaba mediante el pico y pala, hasta que luego se apeló a los buldózeres, más rápidos y menos agotadores. Por aquellos tiempos apenas existían viviendas en sus inmediaciones. La tierra extraída -blanca, de excelente calidad y magnífica para rellenar casas, calles y caminos- fue originando poco a poco una enorme oquedad, a la cual los lugareños se dieron enseguida en llamar El hueco (o el hoyo) de Facundo. La pequeña cantera se estuvo explotando intensamente durante décadas, hasta que un día Facundo y sus operarios decidieron ponerle punto final la empresa y dedicarse a otras cosas. El hueco (o el hoyo) de Facundo quedó allí como una confirmación de los esfuerzos del hombre por aprovechar en su beneficio los recursos brindados por la naturaleza. Recuerdo que cuando llovía torrencialmente, se anegaba de agua, ocasión que aprovechaban muchos fiñes de las proximidades para utilizarlo como piscina. Tampoco faltaban por el estratégico sitio la presencia de parejitas de enamorados, que se daban cita por allí para consumar sus encuentros furtivos, fuera del alcance de chismes barrioteros y pupilas indiscretas. Más tarde, El hueco (o el hoyo) de Facundo asumió funciones menos dignas, al ser tomado como vertedero donde arrojaban desperdicios y escombros tanto el vecindario como las instituciones locales, un verdadero paraíso para los “buzos” que escarbaban entre las montañas de basura en busca de trastos y objetos inservibles para entregarlos a materia prima o para aprovecharlos vayan usted a saber en qué menester. También fue el lugar de destino para cuanto hierro viejo molestara en algunas de las áreas del ingenio. Con tal método, poco a poco el hueco se fue rellenando otra vez hasta quedar en las condiciones en que se encuentra actualmente. De la oquedad original apenas quedan vestigios, porque el tiempo se encargó de sellarla. Muchas de las casas y locales que hoy se levantan en su perímetro fueron edificadas sobre ese heterogéneo material, llegado allí de manos de los recogedores de basura y de chatarra de más de una generación. El hueco (o el hoyo) de Facundo no es un nombre abstracto para los manatienses, sino una referencia concreta y precisa para llegar a sitios muy bien determinados de la localidad. "Eso queda por allá por el Hueco de Facundo", le dicen a quien no da con una dirección. Su historia tiene que ver con movimiento de tierra y con ruido de camiones en una época donde toda esa zona estaba despoblada y virgen. Pero, historia al fin, nos trae desde la distancia una página que rellena a su manera un espacio entrañable de nuestros afectos.

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lunes, 21 de diciembre de 2020

El chalet del marqués de San Miguel de Aguayo

En 1911, un joven abogado nombrado Eduardo Diez de Ulzurrún y Alonso, Marqués de San Miguel de Aguayo y natural de la Corella, en la comunicad española de Navarra, desembarcó por la zona de Sabanalamar, en el litoral manatiense, con el propósito de comprar en la región buenas tierras donde contruir un ingenio azucarero. El lugar escogido por el recién llegado fue la finca Minas Blancas. Con mano de obra procedente de varias islas del Caribe, e, incluso, con no pocos compatriotas suyos (en especial los de origen canario), el ingenio Manatí estuvo listo en 1913, y, un año después, hizo su primera zafra. Diez de Ulzurrún fue su administrador desde el primer día hasta 1925. En esta imagen aparece un ángulo de la suntuosa residencia de estilo victoriano que se hizo construir en la parte trasera de la factoría. Era de tabloncillo machihembrado, con cubierta de tejas alicantinas de varias aguas, coronada por almenas. Disponía de dos alas, comunicadas entre sí por un pasillo central. Tenía un patio interior, y, en su parte frontal, una fuente en medio de una glorieta rodeada de columnas y plantas ornamentales. En torno suyo, una verja estéticamente concebida le otorgaba a la mansión glamur y personalidad. La residencia tuvo luego diferentes usos. En los primeros años de la década de los 60 fungió como creche, una institución parecida a los actuales círculos infantiles. Luego sirvió de sede a la Escuela Básica de Instrucción Revolucionaria (EBIR), y, años después, devino albergue para estudiantes de otros territrorios que cursaron estudios en la Secundaria Básica Dos de Diciembre. También le proporcionó espacios a las oficinas de la Empresa Agropecuria (la llamaban Agrupación) y al Museo Municipal. En la década de los años 80 un incencio casi redujo al inmueble a cenizas. Solo quedó en pie una parte, que fue utilizada por la Asociación Hermanos Saiz y sus jóvenes artistas. En la actualidad su terreno lo ocupa un organopónico.

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jueves, 6 de febrero de 2020

Una foto en Feisbuk

«Papi, ¿con qué permiso subiste a Feisbuk esa fotografía mía?», me preguntó hace poco, muy enojada, mi hija Beatriz, de 13 años de edad, al encontrar en esa red social una imagen suya tomando leche en biberón. «No lo vuelvas a hacer sin contar conmigo. Soy yo quien debe decidir». Y, acto seguido, me soltó tun denso sermón acerca de la privacidad en Internet y cuánto debemos protegerla para evitarnos amargos contratiempos. 
El incidente no quedó ahí. Terminada su diatriba, me conminó a eliminar de mi muro la «dichosa» instantánea. Opuse resistencia con el argumento de que con eso privaría a nuestros conocidos de apreciar una etapa bonita de su vida. Pero ella no transigió. «¿Y mis compañeros de aula? No te imaginas el ´chucho´ que me darían si la llegan a ver», refutó. Y como su vehemente exigencia me pareció derecho legítimo, accedí a su solicitud. 
Para muchos usuarios, la tentación de colgar fotos en esta red social parece constituir una suerte de irresistible acto reflejo. Yo lo hago con frecuencia, y, aunque no me obsesionan los «Me Gusta» ni me frustran los silencios, admito que una buena acogida siempre reconforta. Una imagen familiar u otra con una reunión de amigos suele ser bien recibida por quienes no tienen la posibilidad de darles un abrazo a los que allí aparecen. No deberíamos privarlos de esa alegría desde la distancia física. 
Pero, aun cuando una foto en Feisbuk cumple también el objetivo de que sus destinatarios confirmen qué buena presencia tiene su protagonista, abruman las que confunden la red con una pasarela, y, en consecuencia, pierden el sentido de la perspectiva. Forzar a un amigo a celebrar «algo» de lo que la imagen carece no dejará de ser un acto de presión. 
He visto comentarios a fotos que -por lo hipócritas o quizás por lo burlescos- me han causado pena. «¡Ave María, cuánta hermosura! ¡Estás como para portada de revista!», dicen de alguien con quien la naturaleza fue cicatera en el reparto de atractivos. Lo triste es que la persona que figura en la imagen se lo llega a creer y termina agradeciendo el halago. Bueno, se dice que la belleza está en los ojos de quienes miran. 
Pululan en la red las fotos que, por su contenido, resultan chocantes. Como aquellas en las que ciertos compatriotas residentes allende el océano posan sosteniendo en sus manos enormes piezas de carne o en medio de bacanales llenas de exquisiteces. Tengo la certeza de que tal ostentación de bonanza alimentaria solo pretende provocar desazón y que las papilas gustativas de quienes vivimos del lado de acá entren en shock salival. Un propósito que, además de pueril, divierte. 
Los teléfonos celulares de muchos visitantes solo parecen tener lentes para fotografiar o grabar nuestras penurias. Jamás enfocan una graduación universitaria ni una operación de neurocirugía. Empero, no hay deambulante andrajoso, bache callejero, local desaliñado, cartel fuera de tiempo, cola de agromercado o trifulca de barrio que se les escape. Cuando retornan a la «tierra prometida», cuelgan las instantáneas en Feisbuk y se burlan a mandíbula batiente del país que un día los vio nacer. 
Está la otra cara de la moneda, desde luego. Y, por aquello de que generalizar es siempre equivocarse, gracias a Feisbuk se colocaron de nuevo ante mí –al menos por fotografías- muchos compañeros de estudio y amigos de la infancia que, por diversos motivos, se perdieron de mi brújula existencial en determinadas etapas de nuestras vidas. La red me los ha presentado en sus lugares de residencia, nostálgicos unos y satisfechos otros. Dicen que una fotografía vale por mil palabras, y es cierto. 
A Feisbuk le debo, además, conocer por imágenes las ciudades más populosas del planeta, algunas de sus personalidades más relevantes y regiones remotas de extraordinaria belleza. No me sonroja reconocerme adicto a mi plataforma. Todos los días la visito varias veces y la reviso, aunque me ocurra casi siempre como al que abre su nevera una y otra vez a sabiendas de que no encontrará nada dentro. 
Soy su deudor, además, por permitirme que mis amigos asistan mediante las imágenes al desarrollo de mis hijas y a sus resultados académicos; a la historia pasada y presente de su terruño; a la actualidad gráfica de cualquier detalle que me parezca interesante… Todo sin imponerles criterios estéticos ni políticos. La fotografía, además de congelar para la posteridad un instante de la vida, tiene también carácter aglutinador. 
En fin, el fenómeno Feisbuk gana cada día nuevos adeptos. Esta grafía, por cierto, no constituye un disparate. A fuer de usarse como se pronuncia, el nombre de la red potenció su alcance lingüístico hasta perfiles insospechados. Hoy es factible acceder a sus dominios a través de un enlace que la incluye: www.feisbuk.es. No dudaría que la severa Real Academia de la Lengua le extienda alfombra de bienvenida. 
Mientras tanto, me preparo para subir a la red social una nueva fotografía de mis hijas, ahora disfrutando a su manera de sus vacaciones escolares. Antes les pediré permiso para hacerlo. El incidente con Beatriz me enseñó a respetarles ese derecho.

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domingo, 13 de octubre de 2019

Una anécdota beisbolera

Aquella soporífica tarde pueblerina disputaban la corona territorial de pelota el equipo local y el de una comarca vecina. Los fanáticos bullían de interés por ver a un pitcher muy famoso en las peñas beisboleras por la velocidad de espanto que solía imprimirles a sus lanzamientos.
Desde que se dio la voz de play, su «piedra» -como bala de cañón- comenzó a causar estragos entre sus rivales. «Ssssss… ¡strike tres! Ssssss… ¡cantado el tercero!», vociferaba el ampaya. Cuando habían transcurrido sin carreras los cinco primeros capítulos, el rapidísimo lanzador ya acumulaba una considerable cantidad de ponches.
Ante tamaño caos, los bateadores intercambiaban recomendaciones entre sí: «No lo pierdas de vista..., sigue su mano de lanzar..., concéntrate en la pelota..., mira su mano de lanzar...», se decían. Pero, por mucho que lo intentaban, no conseguían hacer contacto con la redonda, que, en oportunidades, parecía alcanzar velocidades supersónicas.
En el octavo capítulo, cuatro bolas malas le regalaron al bateador en turno la primera almohadilla. El juego estaba obstinadamente cerrado, pues a los visitantes tampoco les iba de maravillas a la ofensiva. Por tanto, y ante la posibilidad de un viraje de su pitcher, el inicialista extremó las precauciones en aras de impedir a toda costa que el corredor adelantara demasiado y le llegara impunemente al cojín intermedio.
A esas alturas del desafío, el lanzador permanecía imbateable y más fresco que una lechuga. Sus pelotas surcaban los 60 pies que separan el montículo del home con una lesiva carga de efectividad. Y los bateadores antagonistas –impotentes y vejados- tomaban rumbo al dogaut con la majagua deprimida y la moral en el suelo.
Así se mostraba el panorama cuando vino a consumir su turno ofensivo uno de los hombres de la llamada tanda débil, quien, para su desazón, ya había ingerido un par de amarguísimos ponches. Tomó posición, se frotó las manos, clavo sus spikes en la tierra, apretó la empuñadura del bate y centró toda su atención en la figura del pitcher. En primera base, el corredor comenzó a adelantar unos pasos.
El primer envío impactó en la mascota del receptor con la velocidad de un misil y el sonido de una bofetada. Pasó por la zona buena, pero el bateador apenas lo distinguió. «¡Strike uno!», cantó el árbitro con la voz siniestra y el brazo diestro. El corredor de primera se aventuró a avanzar otro trecho, pero, con un amago de tiro, el serpentinero lo hizo regresar de bruces a la almohadilla.
En el cajón, el hombre se ajustó la gorra, dio unos saltitos, estiró los brazos, hizo un par de swines al aire, se cuadró y aguardó con firmeza por el próximo lanzamiento. De nuevo el bólido blanco y con costuras se le encimó con la rapidez de un cañonazo. No lo vio pasar. «¡Strike dos!», le cantó el segundo el hombre de negro.
Perturbado ante la inminencia de su tercer ponchete, el hombre se llamó a contar en una suerte de monólogo interior. «Tengo que adelantar el swing –pensó-. La bola le está llegando muy rápido. Tengo que tirarle adelantado. Si no lo hago así no lograré sacar a tiempo el bate. Tengo que tirarle adelantado. No hay otra solución. Tirarle adelantado...»
Mientras, plantado sobre el montículo, el lanzador tomó el saquito de pez rubia, se situó de lado y observó las señas de su compañero de batería, todo sin dejar de vigilar de soslayo al corredor que intentaba adelantar un par de metros en primera. Un nuevo vistazo al home. Y el de la inicial ganando más terreno... «Con mi próximo lanzamiento se irá para segunda», pensó el serpentinero.
Al unísono, el bateador se debatía en su obsesión por conectarle. «Tirarle adelantado, tirarle adelantado, tirarle adelantador..», se repetía con el bate enhiesto, al tiempo que ponía todos sus sentidos, anhelos, energías, capacidades, propósitos, sentimientos, voluntades, qué sé yo, en su porfiado empeño de batear.
Fue entonces cuando el lanzador decidió no concederle más ventajas al presunto estafador, quien –confiado en sus piernas- cada vez adelantaba más. Así, miró hacia el home, hizo los movimientos de rigor y, sorpresivamente, sacó el pie y se viró para primera. El corredor retornó a la base y el árbitro lo decretó safe.
Pero, ¿y nuestro hombre en el cajón de bateo? ¿A que no aciertan qué hizo en su empecinamiento por chocar la bola tirándole adelantado? Pues lo que nadie esperaba. Tan pronto el pitcher hizo como si fuera a lanzar, y confiado en que la pelota vendría en busca del tercer strike, realizó el swing más grande de su vida, mientas la Batos descansaba dentro del mascotín del inicialista.
La carcajada fue tan grande que aquel humilde pelotero les suplicó a las mil vírgenes que se lo tragara la tierra. Jamás se le volvió a ver por un terreno de béisbol. La historia quedó ahí, confirmada por unos, negada por otros y disfrutada por todos, pero integrada por propio derecho al anecdotario de nuestro deporte nacional.

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