Hay que abrazar la vida y vivirla con pasión.
lunes, 26 de septiembre de 2011
Chaplin en un poema
VIDA
Ya perdoné errores casi imperdonables,
ya sustituí personas casi insustituibles,
ya olvidé personas casi inolvidables,
ya hice cosas por impulso,
ya me decepcioné de alguien
de quien no pensé decepcionarme.
Ya abracé para proteger,
ya me reí cuando no podía,
ya hice amigos de verdad,
ya amé y me amaron,
ya me amaron y no amé,
ya grite y salté de felicidad,
ya hice juramentos eternos,
ya lloré oyendo música y viendo fotos,
ya llamé solo por escuchar una voz,
ya me enamoré por una sonrisa,
ya pensé que iba a morir de nostalgia,
ya temí perder a alguien especial...
¡Pero a todo sobreviví! ¡Y estoy vivo!
Ahora no solo paso por la vida, ¡vivo!
Y tú tampoco deberías no solo pasar.
Hay que abrazar la vida y vivirla con pasión.
Hay que abrazar la vida y vivirla con pasión.
Bueno es acudir decidido a la lucha.
Pero a vencer con clase y a perder con osadía.
Porque el mundo pertenece a quien se atreve.
Y la vida es mucha cosa para ser insignificante.
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lunes, 19 de septiembre de 2011
Cosas del pasado
El tema relacionado con la segregación racial siempre me ha resultado antipático. Opino que en el planeta solo existe una raza: la humana. Lamentablemente, no se puede borrar de un simple plumazo el pasado. De ahí que, por entonces, en Manatí mucha gente se organizaba en sociedades según fuera el color de su piel.
Esta foto pertenece a la familia manatiense Eversley Goulbourne. Me la facilitó mi amigo Jorgito -ya la había publicado Geovanis, El Guajiro, en su perfil de Facebook-, uno de sus miembros, quien reside actualmente en Inglaterra, donde se dedica a la música. Es del llamado Manatí Social and Cricket Club (MSCC), más conocido en la localidad por Club de los Jamaiquinos. Estaba ubicado detrás del otrora taller del INRA, justamente en el inmueble donde años después vivió con su familia un popularísimo profesor de inglés -nacido en Barbados- llamado Vivian Yearwood. .
La imagen fue tomada entre los años 1955 y 1958, y refleja una actividad festiva del club, en ocasión de la coronación como Reina de la sociedad de la señorita Eva Martínez, que aparece al centro. Entre otros semblantes identificables, figuran en la instantánea -atildados, juveniles y elegantes- Donald Muir (Pancho), a la izquierda, con traje blanco y lacito. Y, a su lado, con chaqueta blanca, Ruperto Guibbons Dixon (Son).
También quedó atrapada para la posteridad en la cartulina la señorita Eva Nicholas. Y en la extrema derecha, Jorge Eversley Betts (Cherly Eversley), último presidente del Club de los Jamaiquinos (etapa 1957-1961), pastor de la Iglesia Metodista de Manatí y experto en reparar televisores.
Según me contaba mi padre, esta sociedad contó con gran arraigo popular en Manatí, mayor, en ocasiones, que las mal llamadas «solo para blancos». Tanto que el el Club... contrataba todos los años para sus festividades a las mejores orquestas de Cuba, incluyendo a la de Benny Moré y la Aragón. Y a sus instalaciones había que entrar de «cuello y corbata"».
Además del Club de los Jamaiquinos, existió en Manatí la denominada Sociedad de Color, situada a la sazón en la zona donde funciona hoy el complejo de servicios de barbería, peluquería y estudio fotográfico. Era un caserón de madera, con entrada frente al local del Sindicato Azucarero.
Mi amigo manatiense Alexis López, radicado desde hace años en Estados Unidos, comenta aquella realidad de las siguiente manera:
«Pero Manati nunca fue un pueblo dividido racialmente. Su gente se llevaba como familia, a pesar del color de la piel. Mi papá me conto un pasaje cómico. Resulta que en una fiesta popular impusieron la separacion racial y colocaron una soga para que de un lado bailaran los blancos y del otro los negros. Según asegura mi viejo, un manatiense blanco se puso a bailar con una manatiense negra, separados solo por... ¡la soga!
El racismo es un fenómeno complejo. ¡Hasta en la racista Sudáfrica pasó a la historia! La sociedad que se respete no puede tolerarlo.
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El racismo es un fenómeno complejo. ¡Hasta en la racista Sudáfrica pasó a la historia! La sociedad que se respete no puede tolerarlo.
martes, 13 de septiembre de 2011
Incentivo de carnaval
Los carismáticos artistas se presentaron con extraordinaria aceptación y asistencia de público en varios escenarios de la ciudad. En la foto figuran, de izquierda a derecha, Aurora Basnuevo (Estelvina), Martha Jiménez Oropesa (Rita) y los ya fallecidos Wilfredo Fernández (Alejito) e Idalberto Delgado (Paco).
Alegrías de Sobremesa es uno de los espacios emblemáticos de la radio nacional y forma parte de la identidad de millones de cubanos, quienes suelen ser puntuales en su sintonía. Comenzó a transmitirse el 15 de abril de 1965, bajo la dirección de su fundador, Antonio (Ñico) Hernández. Su libreto lo escribió por más de 40 años Alberto Luberta, Premio Nacional de Radio, Premio Nacional de Humorismo y Premio Por la Obra de la Vida.
Además de ocupar un importante sitio en el rating radial cubano, el programa le dio cabida en sus libretos a buena parte de los actores y actrices más destacados del país enm diferentes épocas. Entre ellos se citan Agustín Campos (Perfecto Carrasquillo), Pipo de Armas (Ceferino), José Antonio Rivero (El Encargado) y Juan Carlos Romero (Juanca).
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miércoles, 7 de septiembre de 2011
El preuniver de Manatí, 25 años después
A esta fotografía le tengo gran cariño. Se trata del primer grupo de graduados del preuniversitario «René Martínez Tamayo», primero de su tipo en la historia de Manatí, del cual fui secretario docente cuando abrió sus puertas hace ahora un cuarto de siglo.
Antes de entonces, nuestro terruño carecía de esa enseñanza. Por tal razón, casi todos los egresados de la Secundaria Básica «Dos de Diciembre» se veían en la necesidad de continuar sus estudios de bachillerato en centros internos pertenecientes al municipio de Jobabo, distantes de Manatí.
Las muchachas y los muchachos capturados en esta fotografía -¡ya todos son cuarentones!- fueron de aquellos que transitaron por los Melanios -nombre genérico por el que se conocían las citadas escuelas internas jobabenses-, en cuyas aulas vencieron los grados décimo y onceno. Al inaugurarse el preuniversitario manatiense en el curso1986-1987, regresaron a la patria chica y ocuparon pupitres para cursar el duodécimo grado.
Nadie vaya a pensar que el Instituto Preuniversitario en el Campo «René Martínez Tamayo» -su nombre oficial- debutó sin contratiempos. Ni siquiera disponía de las condiciones mínimas para la docencia. Mucho menos les garantizaba a sus alumnos alojamiento medianamente confortable. En realidad, comenzó a funcionar en lo que había sido un centro penitenciario, en una comunidad llamada El Guanito, próxima al poblado de Duñanuecos. Eso sí, sus instalaciones fueron adaptadas con amor por parte de los constructores.
Mencionaré solo los nombres (y apodos) de algunos de los estudiantes que aparecen en la imagen, por cierto, bastante deteriorada por el tiempo. Por favor, me excusan los que mi memoria no ha podido retener ni menos identificar. Han pasado muchos años y no es lo mismo. Voy: Niurka, María Andrea, Boris, Leonides, Ania, Cristell, Vilma, Tamara, Damaris, Barea, Daniel, Dagoberto, Annamaris, Odalys, Álvaro, Elber, Felipito, Denia, Yanet, Aveleira, Maidel, «Ubita», Osmani, Pino, Kenia, Jorge, Leticia, Diana, Sandra, Eduardo, «Tatica», Ivia, Yelina, Nancy, Nuria, Salinas ...
Mencionaré solo los nombres (y apodos) de algunos de los estudiantes que aparecen en la imagen, por cierto, bastante deteriorada por el tiempo. Por favor, me excusan los que mi memoria no ha podido retener ni menos identificar. Han pasado muchos años y no es lo mismo. Voy: Niurka, María Andrea, Boris, Leonides, Ania, Cristell, Vilma, Tamara, Damaris, Barea, Daniel, Dagoberto, Annamaris, Odalys, Álvaro, Elber, Felipito, Denia, Yanet, Aveleira, Maidel, «Ubita», Osmani, Pino, Kenia, Jorge, Leticia, Diana, Sandra, Eduardo, «Tatica», Ivia, Yelina, Nancy, Nuria, Salinas ...
Aparecen también los profesores Eradis González (Química) y Ceferino Márquez (Español y Literatura). También Luis Labrada (director) y este servidor (en la fila trasera, en el mismo centro, con bigotes). La fotografía fue tomada el 17 de julio de 1986 en el parque de Manatí, junto al busto de José Martí, al culminar el acto de graduación en el cine municipal.
No me perdonaría dejar de mencionar a otros profesores que, aunque no figuran en la foto, integraron aquel colectivo fundacional cuyo recuerdo mantengo vivo: Orestes Sosa (fallecido), Elías Ankle, Gladys y Alina de la Rosa, Mirtha James, Simónides Guzmán, Bernardo Hernández (primer subdirector docente), Alberto Pérez (Betico), Jorge Rodríguez, Mayry Vaillant, Arnaldo Cañete (fallecido), Edilberto Rodríguez, Eliades, Usatorre, Rubiseida, Santa, Marbelis, Alfredo Obregón (primer director), Frank, Miriam Fundora, Andrés García, Enel y Wálmer (matrimonio mayaricero), Marthica y Xiomara (bibliotecarias), Sarazola, Lourdes, Jorge Lescay... A algunos los volví a ver en diferentes momentos y lugares. Otros viven en el exterior y, eventualmente, intercambiamos correos electrónicos. A un tercer grupo le perdí por completo la pista. En cualquier lugar de este mundo -o del otro- donde estén, reciban mi abrazo afectuoso.
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No me perdonaría dejar de mencionar a otros profesores que, aunque no figuran en la foto, integraron aquel colectivo fundacional cuyo recuerdo mantengo vivo: Orestes Sosa (fallecido), Elías Ankle, Gladys y Alina de la Rosa, Mirtha James, Simónides Guzmán, Bernardo Hernández (primer subdirector docente), Alberto Pérez (Betico), Jorge Rodríguez, Mayry Vaillant, Arnaldo Cañete (fallecido), Edilberto Rodríguez, Eliades, Usatorre, Rubiseida, Santa, Marbelis, Alfredo Obregón (primer director), Frank, Miriam Fundora, Andrés García, Enel y Wálmer (matrimonio mayaricero), Marthica y Xiomara (bibliotecarias), Sarazola, Lourdes, Jorge Lescay... A algunos los volví a ver en diferentes momentos y lugares. Otros viven en el exterior y, eventualmente, intercambiamos correos electrónicos. A un tercer grupo le perdí por completo la pista. En cualquier lugar de este mundo -o del otro- donde estén, reciban mi abrazo afectuoso.
domingo, 4 de septiembre de 2011
El viejo hotel
Este es al antiguo hotel de Manatí, destruido por las bombas de la aviación del dictador Fulgencio Batista el 2 de diciembre de 1958. Lo edificó la compañía Manatí Sugar Company poco después del debut fabril del ingenio, allá por 1914. Según antiguos pobladores del municipio, contaba con más de 40 habitaciones de uno y dos cuartos donde residían, en calidad de alquiladas, numerosas familias del batey. El área habitacional radicaba en el segundo nivel. Disponía de baños privados y colectivos. De estos últimos, ocho eran para hombres y... ¡solo uno para mujeres! Uno de sus locales hacía las veces de peluquería, y era propiedad de Aida Ochoa. También laboraba allí la minicuri Ela León. Varias habitaciones se les reservaban a trabajadores de otros lugares de Cuba -puntistas, químicos...- que venían cada año a Manatí a hacer la zafra.
Arriba también estaba instalada la única cabina para llamadas telefónicas de larga distancia existente en la localidad. Los interesados en utilizarla debían primero solicitarle el servicio al viejo Folgoso, quien la tenía a su cargo. Entonces él abría el candado y permitía que el solicitante se comunicara por la vía de la manigueta, pues los teléfonos de la época eran de magneto.
En la planta baja funcionaba un centro comercial con servicios de ferretería, víveres, ropa, peletería y carnicería, entre otros. Dos oficinas llevaban la contabilidad general y lo relacionado con los llamados vales, un documento que autorizaba a los trabajadores del ingenio a adquirir mercancías fiadas cuyos precios les descontaban luego de sus salarios. El edificio, con entrada principal frente al parque, tenía patio interior, vista para las cuatro calles adyacentes y balcones corridos en sus partes delantera y trasera
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miércoles, 31 de agosto de 2011
¿Qué rayos le pasa a este hombre?
La mala fortuna que hostigó toda la vida al comandante inglés James Summerford es como para persignarse. Comenzó en 1918, en plena Primera Guerra Mundial. Peleaba él junto a sus hombres en Flandes cuando, de súbito, un rayo lo derribó de su caballo. Se salvó en tablitas. Pero sus piernas no volvieron a ser las mismas. Retirado de los cuarteles, Summerford resolvió establecerse en la ciudad canadiense de Vancouver. Una plácida tarde de 1924, mientras pescaba con su caña desde la orilla de un río, un rayo despedazó el árbol bajo cuya sombra había buscado cobija. La descarga eléctrica no tuvo piedad: le paralizó el lado derecho del cuerpo.
Seis años después, el otrora oficial se había recuperado bastante. Una mañana paseaba con ayuda de un bastón por un parque contiguo a su casa cuando la luz de un relámpago le puso la carne de gallina. Un rayo bramó a su costado. Summerford lo sintió zarandearle el cuerpo y el alma. Quedó con vida, pero solo para eternizarse sobre una silla de ruedas.
La muerte –ineludible y categórica- resolvió llamarlo definitivamente a filas en 1932. Si el antiguo comandante creía que con el descanso eterno los meteoros lo dejarían en paz, se equivocaba. Cuatro almanaques después, una centella hizo explosión sobre el camposanto local. ¿A que no adivinan qué hizo trizas allí? ¡Pues el panteón del comandante Summerford!
RELÁMPAGO INTRUDUCTORIO
Historias como la anterior parecen absurdas, pero son reales. Varios sitios en Internet registran otras parecidas. Como la del rayo que mató a un hombre en el jardín de su casa italiana, en 1899. Su hijo murió de la misma forma y lugar 30 años después. En 1949, el nieto de la primera víctima e hijo de la segunda, expiró en exactas circunstancias. Desconcertante.
En todos los casos, los afectados se hallaban en espacios abiertos, donde son más frecuentes estos belicosos pistoleros del cielo. Precisamente, el mayor desastre causado por un rayo ocurrió al aire, durante una tormenta en Egipto. El meteoro cayó sobre un depósito de petróleo, situado en la parte más alta de una colina, y lo incendió. La explosión generó un torrente de fuego que alcanzó el pueblo de Asiut. Murieron 265 de sus habitantes.
Un sondeo de Protección Civil Internacional definió la distribución de víctimas por rayos en el mundo así: al aire libre, 40 por ciento; dentro de las casas, 30; bajo los árboles, 11; chozas y cabañas, 9; y ciudades, 10. Las cifras indican que las posibilidades de morir por un rayo bajo techos e inmuebles bien construidos son sumamente remotas. El lugar más seguro sería la fría Antártica, único territorio donde no caen rayos.
Los expertos aseguran que la cifra global de víctimas ocasionadas por tales elementos es de unos mil al año. Eso a pesar de que, según el sitio web Afinidad Eléctrica, «cada día se generan más de ocho millones de rayos». La probabilidad de que uno impacte a alguien es de una por 600 000. Y eso puede suceder mientras barre, habla, viaja en tren, toma una ducha o practica deportes. Por cierto, desde 1959, los rayos han matado en Estados Unidos a 2550 jugadores de golf, quienes, con sus palos «pararrayos», son propensos a ser alcanzados por sus descargas.
Como norma, el 10 por ciento de los impactos por rayo resulta fatal. Y a 90 de cada 100 sobrevivientes les transfiere secuelas como parálisis variada, pérdida de la memoria, trastornos psicológicos, rotura del tímpano, cambios de personalidad, lesiones en la retina, estrés post traumático, paros cardiorrespiratorios, aumento de la temperatura corporal...
Salir con vida luego de recibir la acometida de un rayo es algo como para contar a los nietos. Máxime cuando se sabe que, además de desplazarse a unos 140 mil kilómetros por segundo, puede alcanzar temperatura de 28 mil grados centígrados y descargar una potencia eléctrica suficiente como para iluminar una ciudad de mediano tamaño.
Un campesino tunero es uno de esos afortunados mortales. Sobrevivió al impacto de seis rayos y su casa ha sido blanco de 15 de ellos en los últimos dos años. Los invito a conocer su pasmosa biografía.
RELATORÍA DEL ESPANTO
Fui a buscar a Jorge Márquez a su lugar de residencia, en el poblado de La Julia, al lado del puertopadrense San Manuel. «Anda para el trabajo –me respondió su mujer cuando le pregunté por él-. No tengo idea de cuándo vendrá. A veces llega tarde. Si quiere esperarlo…». Y me ofreció un sillón.
Como no andaba abundante de tiempo, opté por volver sobre mis pasos. «Será en otra ocasión», me dije, resignado. Pero era mi día de suerte. En una curva, nuestro vehículo se cruzó con un tractor. «¡Ehh, Márquez, pare un momento!», grité al divisar al timón a un hombre mediano y canoso, tal y como me lo habían descrito. Se detuvo y echó pie a tierra.
Nos saludamos como viejos conocidos. «Bueno, usted dirá», expresó. Le comuniqué, en pocas palabras, mi pretensión. «Me lo imaginada –dijo-. Viene a que le hable de los rayos. ¡Pues para luego es tarde!». Y ambos nos sentamos sobre la hierba fresca, a la vera del camino.
-Me llamo Jorge Márquez y eché los dientes en esta zona de San Manuel–precisa-. Nací el 10 de julio de 1947. Ahora tengo 64 años de edad. Soy pequeño agricultor, socio de una Cooperativa de Créditos y Servicios. Aquí fui una vez Vanguardia Nacional. Estoy casado y tengo tres hijos. «El primer rayo lo sufrí como a las dos de la tarde del 5 de junio de 1982, en el poblado de Santa Bárbara, aquí cerca –recuerda-. Parecía un hilo colora´o del gordo de un cable. Se metió por el tubo de escape del tractor. Sentí enseguida en el cuerpo una frialdad como cuando entras a un lugar con aire acondicionado. Íbamos tres, pero nada más me afectó a mí.
«Caí redondito al suelo. Los otros gritaban: ´¡Corran, que el trueno jodió a Márquez!´ Al ver que me estaba poniendo morado, uno de ellos, hijo del doctor Guillén, picó un trozo de caña, mandó a que me abrieran a la fuerza la boca y me atravesó el canuto entre los dientes. Así logró sacarme la lengua para que respirara. Estuve un día sin conocimiento en el hospital.
«Ese rayo me perforó los tímpanos y durante un tiempo no pude mover la mano derecha. Además, me quemó la espalda desde el huesito de la alegría hasta el cuello. El pelo me cogió candela como si lo hubieran prendido con alcohol y fósforos. Ahhh, ¡y no me dejó un empaste sano! Al tractor le fastidió la tapa del block, los espárragos...»
Lo que quizás Jorge Márquez tuvo por una jugarreta de la fatalidad, se repitió el 2 de junio de 1987, de nuevo en Santa Bárbara.
-Estaba de visita en casa de un amigo cuando de pronto, sin ninguna amenaza de lluvia, se desató tremendo aguacero –evoca-. Me asomé a la puerta para ver si escampaba. Y en eso, el fogonazo. Sentí que me recorría un cosquilleo raro. Y un sonido como el del hierro caliente al mojarse en el agua. Me tumbó y de nuevo tuvieron que acomodarme la lengua. Recuperé el sentido en el hospital de Puerto Padre.
Márquez, comenzó a preocuparse. «¿Tendrá algo mi cuerpo que atrae los rayos», se preguntó. Andaba todavía a la caza de la respuesta cuando una llamarada celeste lo llevó a la «lona» por tercera vez, ahora en el círculo social de San Manuel. Era el 23 de junio de 1987.
-Solo me cogió de refilón, porque, aunque me tiró, no perdí el sentido como las otras veces –dice-. Luego tuve dolor de articulaciones y dificultades para respirar. Lo raro es que no había ni una nube por allí. El rayo cayó sin avisar. Y no se fue en blanco… Quemó uno de los transformadores.
«El cuarto rayo me tomó de sorpresa sembrando maíz en mi finquita, el 8 de julio de 1998 –recuerda-. Y el quinto, en 1991, mientras caminaba por el patio. Fueron los más débiles, pues casi no me afectaron. Parece que ya mi cuerpo se iba adaptando, si es que eso puede ser posible».
Márquez se acuerda como si fuera hoy de las consecuencias del sexto y ¿último? rayo inscripto en su insólito currículo. Se le abalanzó el 13 de junio de 2005, dentro de su propia vivienda en La Julia.
-Fue el acabóse –afirma-. Fíjese que achicharró el televisor, el mando y la cablería de la casa. Fundió los bombillos y el mató una palma real y una guásima. Me dejó abierta una mano y me resintió el tímpano derecho.
REVELACIONES DE UN AFORTUNADO
-Fue el acabóse –afirma-. Fíjese que achicharró el televisor, el mando y la cablería de la casa. Fundió los bombillos y el mató una palma real y una guásima. Me dejó abierta una mano y me resintió el tímpano derecho.
REVELACIONES DE UN AFORTUNADO
Luego de que Márquez me hiciera la relatoría de los seis rayos y sus correspondientes consecuencias en su cuerpo y en su mente, el diálogo tomó por otros derroteros, aunque sin abandonar nunca el tema. Para mi sorpresa, mi entrevistado resultó un excelente conversador, capaz de combinar muy bien en sus parlamentos la seriedad con el humor.
-¿Médicos? He visto a unos cuantos –atestigua-. Unos dicen que los rayos me caen por culpa de mi pelo. Otros le echan la culpa a mi sangre… Pero, en definitiva, nada concreto que me dé tranquilidad, o, por lo menos, me permita saber qué tengo para que esos diablos coloraos me persigan. Quisiera que alguien hiciera una investigación rigurosa. Y que antes de morirme yo supiera por qué mi cuerpo ha soportado seis rayos.
«¿Miedo? ¡Pues claro que tengo miedo! Siempre que comienza a llover me encomiendo a Dios. Oiga, yo siento los truenos antes de que caigan.¡La carne me vibra! Se lo digo a otros y casi nunca me creen. Piensan que estoy loco. Entonces, cuando caen, dicen: ´Márquez tenía razón´.
«Si estoy dentro de la casa y comienza a tronar, no hay quien me haga salir de allí –comenta-. Algunas veces me han cogido en descampado. Pero no es por mi voluntad. Enseguida trato de protegerme bajo techo. Ya sabe, por si acaso. Porque tengo dulce para esos malandrines.
«Lo que uno siente cuando le cae rayo es distinto a cuando lo coge la corriente. Una vez estaba arando con el tractor. Bajé un minuto a levantar el arado. Y en eso sentí un ruido. Era que el arado había caído sobre un cable de la 440 que estaba en el suelo. EL fututazo reventó el radiador por la junta del agua. A mí no me hizo nada. No puedo explicármelo.
«¿Mi salud? Duermo poco. Tal vez tenga que ver con esto de los rayos. Y padezco de un calor horrible. A veces, acabado de bañar, me empapo en sudor. De momento me sale un vapor del cuerpo como si tuviera una temperatura de 39 ó 40 grados. Sin embargo, me ponen el termómetro y la tengo normal. Ya le digo, mi caso hay que investigarlo profundamente.
«La gente me conoce por Pararrayos. Me llaman así, qué cará. ¿Entrevistas? Me han hecho varias. Los periodistas se sorprenden de mi buena suerte de sobrevivir a seis rayos. También es mala, ¿sabe? Porque no es agradable estar siempre expuesto a que uno te parta la crisma.
«Cuando salgo, me identifican enseguida. Incluso personas que no tienen nada que ver conmigo. Sí, esos seis rayos me han hecho famoso. Yo no hubiera querido serlo por esa causa. Me hubiera gustado más por ser un gran jonronero, o por tener mucho dinero, o por gozar de buena salud…
«¿Anécdotas? Tengo muchas. Mire, varias mujeres con las que tengo confianza para jaranear me preguntan, pícaramente, vaya, que si los rayos no me han afectado aquello, ¿usted entiende…? Es decir, quieren saber… ¡si el caballo relincha! Yo les respondo que sí, que el caballo relincha y que está entero, listo para cabalgar. La gente es muy maliciosa y chivadora. No lo hacen por nada malo, sino por divertirse un rato.
EPILOGO ENTRE CENTELLAS
A Cleveland Sullivan, guarda forestal norteamericano, lo conocieron en su país con el mote de «El Pararrayos Humano», por haber sido alcanzado siete veces en 36 años por esos meteoros.
El primer rayo lo impactó en 1942. Por su causa perdió el dedo gordo de un pie. Pasados 27 años, un segundo rayo le chamuscó las cejas. El año siguiente, 1970, un tercer rayo le abrasó el hombro izquierdo.
En 1972, el cuarto rayo le incendió a Sullivan el cabello y le dejó la cabeza como una bola de billar. Desde entonces el hombre comenzó a llevar una gran vasija con agua en el interior de su automóvil.
El 7 de agosto de 1973, el pelo ya crecido del guarda forestal volvió a ser pasto de las llamas: un rayo le atravesó el sombrero, lo lanzó tres metros fuera del coche y le arrancó de cuajo los zapatos.
Sullivan fue alcanzado por sexta vez el 5 de junio de 1976. Salió con un tobillo lastimado. El séptimo rayo data del 25 de junio de 1977, mientras pescaba. Tuvo quemaduras en el estómago y el pecho.
El infortunado hombre nunca pudo explicar la obsesión de los rayos con su persona. Murió el 28 de septiembre de 1983, a los 71 años de edad. Dos de sus sombreros, carbonizados en la copa por los rayos, se exhiben en un museo de los récords Guinness, en Nueva York.
Antes de retornar a su tractor, Jorge Márquez espeta, a guisa de despedida: «Le puedo asegura, periodista, que conmigo no funciona eso que dice: ´¡ojalá que te parta un rayo!´ Seis lo intentaron. Y nada».
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jueves, 25 de agosto de 2011
Calles de mi ciudad
La mayoría de los seres humanos venimos al mundo con nombres preelegidos por nuestros parientes cercanos. Luego, con mejor o peor fortuna, los llevamos a cuestas durante toda la vida. Algunos tal vez resulten fonéticamente horribles o caligráficamente complejos. Sin embargo, solo en raras ocasiones los inconformes deciden cambiárselos por otros más a tono con sus preferencias.
No ocurre igual con las denominaciones de las calles. Una avenida pudo tener ayer una identidad, ostentar hoy otra diferente y mostrar mañana una tercera. Estos cambalaches nominales dependen de disímiles factores, entre ellos la voluntad expresa de quienes ostentan la prerrogativa de la decisión.
Hace poco más de 150 años, la otrora Victoria de las Tunas fue declarada Ciudad por las autoridades coloniales españolas. En 1868, cuando estalló en la antigua provincia de Oriente la Guerra Grande, la villa contaba con 15 vías urbanizadas. Ninguna conserva en la actualidad su nombre original.
La arteria tunera más populosa es la avenida Mayor General Vicente García. Su nombre original (1868) fue Isabel Segunda, reina de España entre los años 1833 y 1886. Casi 20 almanaques después, su rótulo se cambió por calle Campoamor, apellido de un célebre poeta peninsular.
Hasta inicios del siglo XX, resultó común que la gente de campo recorriera a caballo esta popular calle. Se conservan aún varias argollas empotradas en los contenes, donde sus dueños amarraban las bridas de los nobles brutos.
La calle Lucas Ortiz corre también por las proximidades del corazón de la capital tunera. Sin embargo, no fue ese su primer apelativo, sino Príncipe, vaya usted a saber en honor a qué Alteza Real de la metrópoli.
En 1869 se le comenzó a llamar Bombero, para dignificar a ese gremio. En 1884 sufrió otro cambio: Moratín, notable escritor madrileño. En 1905 los adulones le endosaron Becerra, apellido de un conquistador. Desde 1931 se le llama Lucas Ortiz, ilustre capitán del Ejército Libertador.
Un caso singular es el de la calle Colón, que también serpentea por el ecuador histórico tunero. En 1868 la bautizaron como avenida de Los Pinos, quizás por la profusión de esos árboles a lo largo de su recorrido. Lo curioso es que esta calle ostenta hoy varios nombres en su trayecto.
Se llama así, Colón, desde su origen en la zona de La Martilla hasta la calle Francisco Varona. De ahí a la calle Gonzalo de Quesada se llama Ángel Guardia, mambí caído en la toma de Las Tunas de 1897. Desde Ángel Guardia hasta el ferrocarril, es avenida Frank País. Y hasta la salida hacia Puerto Padre, todos la conocen por avenida Camilo Cienfuegos.
Hasta inicios del siglo XX, resultó común que la gente de campo recorriera a caballo esta popular calle. Se conservan aún varias argollas empotradas en los contenes, donde sus dueños amarraban las bridas de los nobles brutos.
La calle Lucas Ortiz corre también por las proximidades del corazón de la capital tunera. Sin embargo, no fue ese su primer apelativo, sino Príncipe, vaya usted a saber en honor a qué Alteza Real de la metrópoli.
En 1869 se le comenzó a llamar Bombero, para dignificar a ese gremio. En 1884 sufrió otro cambio: Moratín, notable escritor madrileño. En 1905 los adulones le endosaron Becerra, apellido de un conquistador. Desde 1931 se le llama Lucas Ortiz, ilustre capitán del Ejército Libertador.
Un caso singular es el de la calle Colón, que también serpentea por el ecuador histórico tunero. En 1868 la bautizaron como avenida de Los Pinos, quizás por la profusión de esos árboles a lo largo de su recorrido. Lo curioso es que esta calle ostenta hoy varios nombres en su trayecto.
Se llama así, Colón, desde su origen en la zona de La Martilla hasta la calle Francisco Varona. De ahí a la calle Gonzalo de Quesada se llama Ángel Guardia, mambí caído en la toma de Las Tunas de 1897. Desde Ángel Guardia hasta el ferrocarril, es avenida Frank País. Y hasta la salida hacia Puerto Padre, todos la conocen por avenida Camilo Cienfuegos.
La ciudad de Las Tunas tiene otro caso singular: una cuadra con nombres diferentes en cada acera. Está en la Placita de los Recuerdos, en el reparto México. Allí convergen en cuchilla las calles Joaquín de Agüero y Nicolás Heredia. Ambas siguen la misma ruta con igual identidad hasta la Feria, donde terminan. Lo curioso de esto es que los vecinos que la habitan viven en la misma cuadra, pero no en la misma calle. La calle Martí cuenta también con su historia. Al inaugurarse en 1868, las autoridades le pusieron por rótulo calle Carlos Conus, nombre de un capitán español que apresó al patriota camagüeyano Joaquín de Agüero, quien en 1851 intentó sin éxito tomar Las Tunas. En 1905, pasó a denominarse calle República, que era la condición de Cuba desde 1902.
Otra calle tunera, la Lico Cruz, se llamó en 1868 Maria Luisa, en honor a la Infanta María Luisa Fernanda de Borbón, hija de los reyes Fernando VII y María Cristina, soberanos españoles del siglo XIX. En 1884, los colonialistas decidieron que esta calle Maria Luisa se llamara calle Pelayo, alegoría a un antiguo obispo de la asturiana ciudad de Oviedo.
En 1905, ya en tiempos republicanos, se le bautizó como calle Manuel Cruz, comandante mambí caído en combate el 6 de mayo de 1871. Desde 1931 esta vía se llama calle Lico Cruz, otro ilustre insurrecto local.
A ciertas calles tuneras las autoridades coloniales de la época les impusieron títulos de ingrata recordación, como Leopoldo O´Donell, nombre con el que fue agraviada en 1868 y hasta años después la actual calle Julián Santana (nombre de un glorioso general mambí de origen canario).
Este Leopoldo O´Donell fue un alto oficial del Ejército Español, además de Gobernador General de la isla entre 1843 y 1848. En su tristemente célebre mandato fusilaron al poeta Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido). Hizo famosa una frase, adoptada luego por los mayorales en las plantaciones cañeras esclavas: «con sangre se hace azúcar».
La calle Joaquín de Agüero responde por ese nombre desde 1905. Antes, en 1868, se le conocía por Piquero, reminiscencia del antiguo soldado cuyo única arma en las batallas era una lanza o pica. En 1884 recibió el patronímico de calle León XIII, Papa desde 1878 hasta 1903.
Otra conocida calle exhibió proclividad por nombres de notables de las letras. Como la Nicolás Heredia, que perpetúa a un novelista cubano del siglo XIX. En 1884 esta vía se llamó Cervantes, apellido del más grande escritor en lengua hispana: don Miguel de Cervantes.
Además de las ya mencionadas Julián Santana, Vicente García, Lico Cruz, Lucas Ortiz y Francisco Varona, otras vías tuneras llevan nombres de grandes patriotas locales de nuestras luchas independentistas decimonónicas. Son las calles Ramón Ortuño y Francisco Vega, ambos generales del Ejército Libertador. La calle Lorenzo Ortiz inmortaliza a otro mambí de menor rango militar, pero igualmente glorioso.
Con nombres de la última etapa de la lucha revolucionaria existen en Las Tunas las calles Carlos Sosa Ballester, Pelayo Paneque, Aquiles Espinosa, Waldemar Membrado y Calixto Sarduy, entre muchos otros. Hay algunas que inmortalizan a héroes nacionales, como las calles Máximo Gómez, José Martí y Antonio Maceo, algo frecuente en casi toda la isla.
A lo largo de la historia, ciertas calles tuneras ostentaron por un tiempo denominaciones a las cuales no se les ha encontrado completo sentido: Rastro, Límites y Suburbios. Raros, ¿verdad? Otro nombre nada convencional lo lució la actual calle 24 de Febrero, que en 1868 se llamó Campana. La que hoy conocemos por calle Maceo, fue la calle Canoa desde 1868 hasta 1884. Y la conocida calle Nicolás Heredia era en 1869 la calle Cruz Verde.
Las calles son más que corredores para transitar a pie, sobre ruedas o por cualquier otro medio los asentamientos poblacionales. Ellas integran la vida orgánica de las ciudades. Son sus arterias, sus neuronas y sus tejidos. Conocerlas es acceder a una zona importante de nuestra historia.
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lunes, 8 de agosto de 2011
De Islas Canarias a Las Tunas
Uno de los generales de las guerras cubanas del siglo XIX más queridos por los tuneros fue Julián Santana. Este peninsular aplatanado por acá nació en Tenerife, Islas Canarias, el 9 de enero de 1830. Hijo de padre y madre desconocidos, su primera niñez transcurrió al amparo de la institución benéfica Santa Ana, en Las Palmas, en el propio archipiélago canario.
En 1851, con apenas 21 años de edad, el joven «isleño»cruzó el Atllántico y llegó a Cuba. En la isla habían comenzado as manifestaciones contra el coloniaje español. Arribó en los precisos momentos en que el patriota camagüeyano Joaquín de Agüero intentó tomar Las Tunas. Se unió a su ejército y, con un grupo de guerreros, atacó una columna enemiga. Fue capturado y luego liberado. Desde ese momento jamás dejó de combatir.
Cuando un grupo de cubanos capituló frente a España y firmó el humillante Pacto de El Zanjón, Julián Santana se unió al Mayor General Antonio Maceo en la Protesta de Baraguá. Y en 1879, cuando el fin de la guerra hizo que la mayoría de los mambises marchara al exilio, unió filas junto a Francisco Varona para continuar luchando por la independencia de Cuba.
Este recio y valeroso mambí tomó parte en los cinco asaltos que el Ejército Libertador le hizo a nuestra ciudad. En 1902, al terminar la contienda e instaurarse la República, regresó a su finca Santa Inés, en el barrio Oriente. En 1908 compareció ante el juzgado de Victoria de Las Tunas para renunciar a su ciudadanía española y adoptar la cubana. Julián Santana contrajo matrimonio tres veces y tuvo 13 hijos. Uno de ellos, Jacinto Santana, se convirtió en oficial mambí en la guerra de 1895.
El General de Brigada Julián Santana murió el 31 de julio de 1931. Está sepultado en el cementerio El Saíto, en la zona donde siempre residió. En la foto aparece sentado, a la derecha, junto a algunos amigos que viajaron a caballo desde Victoria de Las Tunas hasta su finca para congratularlo el día en que cumplió 100 años. Por cierto, entre los mambises que ostentaron el grado de general, fue el segundo en alcanzar mayor edad, pues falleció a los 101 años, solo superado por el general Higinio Vázquez Martínez, que vivió 103. Su hija Rosa, última en sobrevivirlo, llegó hasta los 99.
miércoles, 20 de julio de 2011
Vacaciones de verano
Sin embargo, para la gente de mi generación, las vacaciones de verano tenían un signo particular: eran, sobre todo, ocasión para reencontrarnos con nuestras familias y amigos después de vencer nuestros cursos escolares en calidad de becarios en ciudades tan distantes de Manatí como La Habana, Camaguey, Santiago y Holguín.
Recuerdo que todavía no habíamos desempacado las maletas y ya estábamos organizando la primera descarguita entre las amistades más afines. Eran tiempos difíciles aquellos años 70. Pero nuestros padres se las arreglaban para conseguirnos unos panes de telera, pasta de bocadito, una cacharra con ensalada fría, dos o tres botellitas de menta y... ¡a divertirnos con la música de moda en cualquiera de nuestras casas!
Por entonces no existían los sofisticados equipos de discos compactos actuales ni las discotecas con sus juegos de luces. Pero nosotros la pasábamos de maravillas con aquella vieja grabadora de cinta y cl vetusto tocadiscos para placas negras con no más de 12 canciones, entre las cuales Los Beatles y los grupos de la Década Prodigiosa eran los preferidos.
No solo eran fiestas nuestras vacaciones de verano. También nos reuníamos para ir a la playita del Puerto o a la de Sabana, contarnos historias de nuestras respectivas becas, jugar baloncesto en la antigua cancha del sindicato o echar algún que otro partido de dominó. Además. aprovechábamos la etapa para leer cuanto libro cayera en nuestras manos, lo mismo aventuras de Emilio Salgari que simplonas novelitas vaqueras.
Finalmente, llegaba la hora del regreso a nuestros centros de estudio. Uffff, ¡qué bien la habíamjos pasado! Todos nos despedíamos con el rostro radiante por las emociones... hasta el próximo verano.
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