Mostrando entradas con la etiqueta Cronicas de Manati. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cronicas de Manati. Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de mayo de 2019

Los 100 años de mi papá

Hoy, 27 de mayo de 2019, mi padre hubiera cumplido 100 años de existencia. Pero la vida, o el destino, o la Providencia, o Dios, o quien haya sido, no se lo permitió, y solo pudo celebrar 62. Fueron suficientes para dejar en mi corazón y en mi memoria una huella que jamás se borrará. Papi nació en un asentamiento rural llamado San Isidro, próximo al poblado de Gaspar, en la provincia de Ciego de Ávila. Sus padres lo bautizaron con el nada convencional nombre de Juan Evangelio, que luego él y mi madre me endilgaron también cuando vine al mundo en 1955. A Manatí arribó en 1945, de la mano de un amigo instalado previamente en la localidad. Tan pronto desempacó, formó parte de la Guardia Jurada, un cuerpo encargado de la tranquilidad ciudadana y de la protección del antiguo ingenio azucarero. Después de 1959, la Empresa Eléctrica le encargó la tarea de leer todos los metros contadores del municipio y después cobrarles a sus propietarios las correspondientes facturas. Para esa fatigosa dualidad recorría cada mes varios kilómetros, enhorquetado en su bicicleta rusa, a la que le sonaban todos los tornillos, pero que nunca lo dejó botado en el camino. Cierro los ojos y me parece verlo tocado con su sombrero de yarey (tejido expresamente para él por un haitiano amigo) y con sus espejuelos en trances de equilibristas sobre la punta de la nariz, mientras escribía números en un libraco repleto de tarjetas con los nombres de los clientes. En casi todas las casas a donde llegaba le brindaban café, chucherías o echaba un parrafito sobre cualquier asunto. Madrugador incorregible, sobre las seis de la mañana ya estaba en pie, listo para hacer la primera colada del día al socaire de los poetas repentistas -una de sus grandes aficiones-, a quienes escuchaba en un radio VEF que le regalamos un día de su cumpleaños en reemplazo de aquel vetusto RCA Víctor de madera y válvulas. Tampoco se perdía Alegrías de Sobremesa, y se divertía de lo lindo con las ocurrencias de la mulata Estelvina y de Paco Carrasquillo. Mucho menos dejaba de ver San Nicolás del Peladero, con su admirado alcalde Plutarco Tuero, en aquel estresante televisor blanco y negro, marca Westinghouse, siempre lleno de lloviznas y de interrupciones. Lo evoco también haciendo puré de tomate en un equipo que él mismo se inventó, capaz de simplificar enormemente la tarea. O sembrando hortalizas en una pequeña parcela que teniamos al fondo de la casa. Mi padre fue un hombre de un carácter sumamente alegre, siempre con una jarana a flor de labios y gran amigo de los niños. «Morales, los niños no te respetan porque juegas demasiado con ellos», lo recriminaba mi madre cuando lo veía darle un pellizco a uno o esconderle la pelota a otro. Con mi mamá formó una pareja memorable. Por lo menos en mi presencia, nunca los escuché discutir por ningún motivo. Tenía con ella detalles bonitos, aunque también la hacía rabiar cuando le preguntaba la edad delante de terceros, a sabiendas de que -como muchas mujeres- le tenía aversión a ese tema. Mis relaciones con él siempre fueron de excelencia. Muchos consejos me dio y pocos escuché. Cuando uno es joven, siempre que sucede igual pasa lo mismo. Hoy diera la vida por una sola de sus recomendaciones. A pesar de los años transcurridos, aún me remuerde la conciencia por las veces en que le «robé» menuditos de sus bolsillos mientras él echaba un pestañazo al mediodía. Por entonces, con una peseta se le podían comprar dos barquillas de helado casero al que los vendía por las calles con su nevera montada sobre un carretón. No obstante, me consuela pensar que papi se percataba de mis escamoteos y que se hacía el dormido para no interrumpirlos. En mis tiempos de estudiante becado, no solo estaba al tanto de mi situación disciplinaria y académica, sino que, incluso, aceptó ser el presidente del Consejo de Padres cuando cursé estudios de Educación Física y Deportes en el Fajardo. Eran tiempos de limitaciones –cualquier parecido con la realidad actual no es pura coincidencia-, por lo cual llegué a usar, ocasionalmente, parte de su humilde ropero, en especial unos horribles pantalones de gabardina que alguna vez formaron parte de trajes de etiqueta. Hasta el momento en que enfermó, nunca le habían dolido ni los cayos. Incluso, el día anterior a su súbito malestar nos habíamos tomado unos tragos (aunque nunca fue un bebedor) en compañía de unos amigos. Tuvimos que correr con él para Tunas. «Síndrome de Guillain-Barre», diagnosticaron los médicos que lo evaluaron en el recién inaugurado hospital Ernesto Guevara. Tengo entendido que tan rara enfermedad tiene ahora un tratamiento eficaz, pero, en la época, quien la padeciera tenía escasas posibilidades de salvación. Mi padre no pudo salir con vida de su emboscada y, a los tres días de su internamiento, el 10 de septiembre de 1981, falleció.

Leer más...

miércoles, 1 de agosto de 2018

Alejandro Padilla, el proyeccionista

 A Alejandro Padilla lo conocí desde que yo era un muchacho allá por los años 60 del siglo pasado. Por entonces, en el patio de la actual Casa de la Cultura de Manatí –otrora círculo social- había trazada una cancha de tenis de campo, y él era uno de los pocos en la localidad que practicaba ese deporte. Este hombre bueno, fallecido hace algún tiempo en el terruño, trabajó durante varias décadas como proyeccionista del cine municipal. Recuerdo que las cintas de 35 milímetros venían remitidas por ferrocarril desde Tunas en unos depósitos metálicos en forma de circunferencias. Como la tecnología distaba mucho de ser perfecta, solían partirse en medio de una función y Padilla debia entonces arreglárselas para empatarlas. Cada vez que eso ocurría, se encendían las luces del lunetario, y solamente cuando el contratiempo quedaba resuelto continuaba la proyección. En ocasiones, las imágenes llegaban a la pantalla algo algo desfocadas. Ahí era común que los espectadores gritaran: «¡cuadra Padilla!». Persona sumamente activa, cuando se acogió a la jubilación se dedicó a arreglar todo tipo de enseres domésticos y a resolverles ese tipo de problemas a la gente. También aplicó su inventiva en más de un artefacto, como este de la foto (año 1996), una bicicleta con un asiento lateral en tiempos en que todavía no habían hecho su debut en nuestras calles los populares bicitaxis.

Leer más...

domingo, 7 de julio de 2013

La tarde en que corrió Cristóbal

Hay hechos que no se olvidan aunque los años insitan en sepultarlos. Yo tengo grabados en la memoria con la nitidez del primer día aquello que ocurrió en Manatí una tarde de mayo de 1968. Ninguno de los testigos ha borrado un detalle, porque fue una reacción desproporcionada y absurda. ¡Ah, las pasiones...! Cuando se zafan de la razón y embisten en tromba no hay muro que las controle. Abstráigase, lector, e imagine…
Es media tarde y dentro de minutos se jugará otra jornada del Campeonato Nacional de fútbol de primera categoría entre el equipo anfitrión y el de La Habana.  No cabe un alma en las achacosas gradas del estadio «Ovidio Torres». Los aficionados claman a gritos ─entre ronazos y blasfemias─ una victoria  del once anfitrión sobre su enconado y  tradicional adversario.
La rivalidad entre el conjunto oriental y el capitalino hace del encuentro no solo un plato que todos quieren saborear, sino también una bomba de tiempo, capaz de estallar ante el más intrascendente motivo en cualquiera de los 90 minutos del partido. En efecto, la atmósfera en las graderías parece cargada de alta tensión. Pero, ¿lo habrá percibido así el árbitro principal Cristóbal Martínez, quien estará a cargo del silbato?
Comienza el juego y la calidad de ambos conjuntos se pone enseguida de manifiesto. De ello dan fe las maniobras llenas de talento e imaginación de los jugadores cuando atacan o defienden. Pero apenas se han jugado 15 minutos de partido  y ya el público comienza a dar indicios de enojo. ¿Razones? El colegiado se «equivoca» con demasiada frecuencia en favor del cuadro de la capital. Peligroso, ¡muy peligroso!
Transcurre e primer tiempo y las pifias legales en perjuicio de los de casa se suceden. «Fuiiiiiii», suena el silbato, casi siempre para penar una “falta” manatiense. «Fuiiiiiii», silban las decisiones los inconformes, es decir, la mayoría. El bullicio es ensordecedor, homogéneo, amenazante... «Aquí va a pasar algo muy grave hoy», asegura alguien a mi lado. Y así fue.
Segundo tiempo de 45 minutos. Cierta jugada de dudosa legitimidad afecta particularmente al once local. ¡Rechifla, insultos, maldiciones, improperios, agravios contra el colegiado! Otro fallo discutible y la multitud condena al hombre vestido de negro. Desde las gradas, un imprudente lanza la primera voz. Y entonces cientos de fanáticos se lanzan, se atropellan a toda carrera tras el pobre Cristóbal, quien, luego de un instante de vacilación, toma las de Villadiego, convencido de que su vida depende de la velocidad que sea capaz de imprimirle a sus piernas.
Sin volver la cabeza echa a correr como un bólido hacia un potrero colindante. En la estampida bota silbato, tacos, tarjetas y hasta la sortija del anular de su mano derecha. Pasa ni se sabe cómo por debajo de una cerca y deja un jirón del traje en los alambres de púas. Se refugia en la casa del difunto Yeyo Barroso, desde cuyo patio la turba clama venganza. Tiene que intervenir la fuerza del orden para que no lo linchen. En la noche Cristóbal abandona el pueblo bajo fuerte custodia.
Pasaron muuuchos años, y en Manatí ─¡ahh, qué tiempos aquellos...!─ se siguió jugando fútbol de nivel. Cristóbal prosiguió también su carrera de árbitro por buena parte de Cuba. Solo que –¿previsión o rencor?─ no volvió a pitar jamás un partido que tuviera por sede la popular cancha del «Ovidio Torres». Cada vez que se lo proponían, declinaba el «honor».
Después de varios lustros, alguien del pueblo reconoció que aquella vez se había ido demasiado lejos con Cristóbal. «¡Se nos fue la mano!”, admitió. Y hete aquí que la Dirección Municipal de Deportes le cursó una invitación especial para que visitara Manatí. Pero no en calidad de colegiado principal para dirigir un encuentro amistoso, sino como huésped distinguido del pueblo. Además, se le ofrecieron garantías absolutas de que el incidente ya estaba olvidado.
Cristóbal aceptó de buen grado el acto de desagravio y durante un par de días confraternizó con sus antiguos inquisidores. Quienes lo acosaron entonces, ahora lo abrazaron. Hubo un minuto de gran emotividad: En ceremonia pública, y para su sorpresa, le fue devuelta la sortija perdida aquella tarde de frenesí. La había conservado a guisa de trofeo un protagonista de los hechos. Cristóbal se emocionó como no se imaginan y hasta ensayó ante la concurrencia un discurso de gratitud.
Y entonces alguien habló por los anfitriones. Y reflexionó sobre el pasado y el presente. Y yo, que aquella tarde de pasiones desbordadas  también corrí… delante de mi papá, quien trataba de darle alcance a mis 13 años para salvarme de aquella locura con las amarras sueltas, me pregunté cuánto vale un pueblo cuando sabe reconocer sus errores.

Leer más...

domingo, 17 de febrero de 2013

Aquel tiburón-ballena


El 19 de abril de 1982 un suceso poco común hizo impacto en los apacibles predios del Puerto de Manatí: la captura en la zona de Palancón de un enorme tiburón ballena cuyo peso ascendió a... ¡nueve mil 590 libras!, el mayor de su tipo de los atrapados en Cuba en cualquier época. El ejemplar resultó de tales dimensiones que se hizo necesario recurrir a una grúa para izarlo, de lo cual dejó constancia el Periódico 26 en una gran fotografía de página interior. 
Tenían razones para el asombro los portuarios, acostumbrados a pescar con sus avíos bichos de menor rango. El tiburón ballena, realmente, es el mayor pez de los mares, una colosal criatura que llega a alcanzar 20 toneladas de peso y 18 metros de longitud. Su cola puede medir de lado a lado más de dos metros y su descomunal boca tiene capacidad para tragarse de una vez a una persona nadando de costado. Los pescadores lo conocen también por los nombres de damero y pez dama, y aseguran que su carne es exquisita. Afortunadamente, a este gigante no le interesan los seres humanos, porque se alimenta solamente de plancton y pequeños peces. 
Por cierto, no fue extravagante ni mucho menos la presencia en nuestras latitudes de tan enorme ejemplar, pues abunda en el Océano Atlántico y se le puede encontrar en aguas costeras, tanto tropicales como templadas. Este del que les hablo fue capturado a 20 pies de profundidad a unos 400 metros de la orilla, luego de enredarse en una de las redes pesqueras. La captura de aquel gigante trascendió la geografía portuaria para extenderse por toda la nación. ¡Todos los medios informativos cubanos reportaron aquel inusual suceso! 
El colosal pez fue remolcado desde 24 kilómetros de distancia desde una embarcación tipo Osla por los pescadores Franklin Roque, Celso Rodríguez y Germán Justo luego de permanecer 48 horas en las redes. Se aferraba tanto a la vida que hubo que realizarle ocho disparos de bala para remitirlo al otro mundo. Las mediciones realizadas entonces certificaron que el bicho medía 11 metros de largo, 15,3 pies de diámetro, 5,5 pies de ancho de cabeza y 51 pulgadas de ancho de boca. Además, se le extrajeron cuatro mil 795 libras de excelente carne y su piel fue aprovechada con fines industriales. 
Pero el acontecimiento no quedó solamente en la captura del pez y en la difusión de la noticia. ¡Ni se lo imagine! A los pocos días un compositor fue visitado por las musas y compuso una guaracha relacionada con el tema que las emisoras de radio se encargaron de popularizar, interpretada por el grupo musical Los Caribeños. En fin, que aquel tiburón ballena se hizo celebre en todo el territorio nacional y todavía, más de un cuarto de siglo después, se le recuerda.

Leer más...

domingo, 27 de enero de 2013

Cafetería Milagritos

Esta foto tiene más de medio siglo de existencia. Se trata de la inauguración de la cafetería Milagritos, propiedad de una de las personas más decentes y queridas que recuerden los anales de Manatí: Joaquín Faura, un malagueño aplatanado en la zona, quien figura a la derecha, acodado sobre el mostrador. El nombre de Milagritos lo tomó Faura de la menor de sus hijas, llamada así, Milagros Faura. La niña también aparece retratada, en brazos de su madre. La cafetería Milagritos estaba situada en el centro del batey azucarero, donde funciona hoy una academia de ajedrez, entre la antigua fonda de los Folgueira (hoy restaurante Argelia) y la casa de René Pereda. Al lado tenía Faura una tienda, que daba acceso a la casa familiar, situada al fondo del establecimiento. En la dependencia no solo se vendía café -hecho en una enorme y eficiente cafetera de vapor-, sino también cigarros, tabacos y confituras. La imagen fue tomada por Mario Gallo, quien, por entonces, era dueño de un estudio fotográfico en Manatí. Joaquín Faura falleció hace ya algunos años en la ciudad de Las Tunas. Su hija Milagritos vive en La Habana. Me la encontré hace poco tiempo, en unión de su hermana Carmita, en la terminal de ómnibus de Las Tunas, después de más de 30 años sin vernos. Gracias a ellas consegui esta foto que hoy comparto con ustedes.

Leer más...

miércoles, 23 de mayo de 2012

La guarandinga

La palabra accidente impacta los órganos auditivos con una carga de angustia, porque se asocia con tragedias y calamidades. Manatí registra en sus anales uno que, por el alto número de fallecidos asociado a su ocurrencia, marcó la sensibilidad de su gente. Tuvo su desenlace el 20 de septiembre de 1965, y dejó el dramático saldo de 22 muertos y numerosos heridos. 
Los hechos se sucedieron más o menos así. A media tarde de aquella infausta jornada partió de la otrora Victoria de Las Tunas con destino a Manatí un transporte serrano idéntico al de la fotografía adjunta –popularmente conocido por el simpático sobrenombre de guarandingas- repleto de pasajeros. Se trataba de un camión soviético marca GAZ-63,  habilitado para (mal) acomodar a bordo a unas 25 personas, con una escalerilla lateral de ascenso y maletero de parrilla encima del techo.
Cuando el vehículo hizo su entrada en el asentamiento poblacional conocido por Entronque de Lebanón, distante unos 16 kilómetros de Victoria de Las Tunas y carente por entonces de un elevado para el servicio ferroviario, el chofer intentó cruzar la vía férrea sin percatarse de la cercanía del tren Fiat 433 que, procedente de La Habana y con destino a Santiago de Cuba, se aproximaba a considerable velocidad. 
El hombre, aterrorizado, trató de maniobrar desesperadamente, pero no consiguió eludir el violentísimo impacto de aquella mole de hierro que se le vino encima en cuestión de segundos. La colisión resultó de tal magnitud que el transporte serrano, según la prensa de la época, “fue arrastrado por el convoy por más de 25 metros hasta quedar totalmente destrozado”. 
La solidaridad pública y la asistencia especializada no se hicieron esperar. Los muertos y heridos fueron conducidos de urgencia al hospital “Mártires de Las Tunas”, donde se reunieron a toda prisa médicos y enfermeras de los distintos centros asistenciales de la ciudad, así como equipos de auxilio convocados desde las vecinas ciudades de Puerto Padre y Holguín. 
Mientras estuvieron insepultos los cadáveres, las autoridades del territorio declararon Duelo Municipal. Según fotografías de la jornada, los funerales constituyeron una luctuosa muestra de dolor, pues algunos de los occisos eran personas muy queridas en la localidad. Manatí no olvidará jamás aquel accidente, tal vez el más dramático de toda su historia. 

Leer más...

miércoles, 25 de enero de 2012

El pozo de Valenciano

Caseta y glorieta, 1950.
Desde hace muchos años, Manatí afronta dificultades con el suministro de agua. Aclaro que no me refiero a la que se precipita desde las nubes cuando San Pedro lo cree pertinente -bastante poca, por cierto-, sino a la que viaja a través de las tuberías hidráulicas, la cual tampoco llega a los hogares con la asiduidad deseada.
Para atenuar tal contingencia –y ante la falta de un acueducto con todas las de la ley- el agua fluvial fue la solución adoptada por las autoridades desde hace quién sabe cuánto tiempo. El río Guanábano resultó la corriente elegida para bombear desde allí el preciado líquido hacia el batey. Eso se realizaba en dos horarios: 11 de la mañana y cuatro y media de la tarde. Todavía se mantiene tal práctica en la rutina del pueblo.
Sin embargo, el agua del Guanábano no resolvió totalmente el asunto. ¿Razones? Por su estado de impureza, no clasificaba como apta para el consumo humano. Para colmo, irrumpía en compañía de «gente» indeseable: caracolillos, piedrecitas y cuanta materia extraña se encontraba en el camino. De ahí que fueran tan comunes las obstrucciones en las viejas tuberías del poblado y en las válvulas domesticas. 
Pero antes de que todo este vía crucis ocurriera, el llamado Pozo de Valenciano aportaba en Manatí lo suyo en lo referente a la calidad de agua. Les contaré grosso modo su interesante y añeja historia. 
Juan Valenciano, 1950
Allá por los años 20 ó 30 del siglo pasado, Juan Valenciano, un emigrante español nacido en Albacete y aplatanado en Manatí,  horadó en el patio de su casa un pozo de 36 pies de profundidad que devino hecho extraordinario en la comarca. Fue tanta la fama alcanzada por su fertilidad y la calidad de su agua que la Manatí Sugar Company -emporio norteamericano dueño del ingenio por entonces- decidió hacer uno similar en sus cercanías para intentar darle solución al suministro del líquido al poblado. 
Antes de poner manos a la obra, sus directivos contrataron y  trajeron al lugar a varios geólogos para que analizaran el suelo con sus equipos e instrumentos especializados. Los expertos -casi todos sacerdotes estudiosos del tema, procedentes de Camaguey- concluyeron en que el mejor sitio para perforarlo era, justamente, al lado del que había construido el viejo Valenciano. 
Así, en 1942 la citada compañía abrió allí un pozo de más de 40 pies de profundidad. Inicialmente sus constructores pensaron que el nuevo hueco achicaría el viejo. ¡Pero ocurrió al revés! Entonces los operarios barrenaron por abajo, comunicaron entre sí las dos oquedades, el agua tomó en ambas el mismo nivel y... ¡asunto resuelto! 
La compañía asumió la habilitación material del lugar: llevó la electricidad, entregó una turbina, levantó el brocal, construyó una caseta, sembró parras, diseñó una glorieta con enredaderas y bancos, colocó una señalización donde se podía leer POZO DE VALENCIANO 1942... Con la tierra extraída arregló el terraplén que venía del barrio rural de San Pablo y entroncaba con la carretera rumbo a Tunas.
Entrada del Pozo, 1950
Desde entonces, cada día, a las siete de la mañana, el agua del Pozo de Valenciano se persona en los hogares de Manatí a través de la red hidráulica. Lo hace sin apenas presión, pero es la oportunidad que aprovechan las amas de casas para recoger  «agua blanca», como le dicen en tono apologético. Media hora después, el breve chorrito comienza a languidecer hasta esfumarse por completo. Quien falte a la cita matutina con el divino líquido, deberá aguardar hasta el día siguiente para obtenerlo.
El popularísimo Pozo de Valenciano es uno de los sitios más interesantes de nuestro entrañable pueblo. No se puede calcular por cuánto tiempo más estará prestándonos servicios, pues son tan fértiles sus manantiales que ni siquiera las grandes sequías de los últimos años han sido capaces de agotarlos. Pienso que las autoridades  de Manatí deberían ocuparse un poco más de sus instalaciones en cuanto a mantenimiento, cuidado y restauración. Yo creo que hasta se merece que lo declaren Monumento Municipal, sí señor.

Leer más...

viernes, 28 de octubre de 2011

El teacher Vivian

Algunos teóricos aseguran que una imagen vale por mil palabras. Yo no sería tan absoluto. Pero una imagen -¡sí!- puede provocar que la memoria más anquilosada resucite. Estas añejas fotos harán que muchos manatienses cincuentones recuerden con cariño a una personalidad del municipio seguramente ya sepultada en el olvido. La persona que aparece retratada llevó en vida el nombre de Vivian Yearwood Smith. Solo que en Manatí se le conocía, sencillamente, como El Teacher. Nació  en la parroquia de St. Lucy, en la caribeña isla de Barbados, el 11 de junio de 1903. A los 19 años de edad emigró a Cuba. en busca de nuevos horizontes económicos. Por acá incursionó en varios oficios, incluyendo algunos dentrro del proceso fabril de nuestro desaparecido ingenio azucarero. Pero la ocupación que le concedió mayor notoriedad fue la de profesor de Inglés, labor que, primeramente, ejerció entre los años 40 y 50 del siglo pasado, incluso en la ciudad de Victoria de las Tunas. Luego, en Manatí, fue fundador de la Secundaria Básica Dos de Diciembre, de cuyo claustro formó parte hasta 1971, cuando se acogió a la jubilación. En ese centro de la enseñanza media, Vivian desempeñó también el cargo de Secretario Docente. Era una persona afable, a quien los estudiantes de la época solían gastar las mil y una bromas, principalmente en períodos de Escuela al Campo. A pesar de haber emigrado muy joven a nuestro país, jamás perdió el particular acento de su lengua materna. De ahí que saludara siempre con un «hello, friend!!!», lo mismo en el aula que en la calle. El Teacher Vivian Yearwood Smith fallecio el 5 de enero de 1981 en la habanera localidad de Santa Cruz del Norte, donde se había establecido con su familia. Esta información, que mucho agradezco, me la hizo llegar desde Barbados, donde reside en la actualidad, su hija Jenny, vía Facebook.

Leer más...

jueves, 13 de octubre de 2011

Recuerdos musicales

Las fiestas populares manatienses de fines de los 70 y años posteriores casi siempre eran amenizadas por una agrupación musical gratamente recordada en nuestra localidad: Verano´78. El colectivo adoptó su nombre por la etapa estival de su fundación, cuando un piquete de aficionados al divino arte del dios Orfeo se reunió para descargar en algún  motivito del batey azucarero. A partir de aquel momento, sus presentaciones se hicieron habituales los fines de semana en lugares como La Piragua, la Casa de la Cultura, El Ranchón y otros escenarios. Su repertorio se alimentaba de los temas de moda que más se escuchaban por la radio, aunque también contaba con números compuestos por miembros del conjunto. Les identificaré a los integrantes que aparecen en esta imagen de 1986, con sus respectivos instrumentos. Detrás, de izquierda a derecha, Eddy Rodríguez Briñoñes (trompeta), Jorge Bejerano (trompeta), Enrique "Kiki" Pagés (trompeta), Ruperto "Son" Guibbons (saxofón) y Geonel Novella (bajo). Delante, también de izquierda a derecha, Ángel Bejerano (cantante), Fidel Acevedo (bongoes), Albi García Cartaya (timbales), Esteban Eversley (cantante), Reynaldo "Papito" Balbuena (congas) y Reynaldo "Chocho Gwe" Fernández (maracas). Verano´78 desapareció de la escena cultural de Manatí en los años 90 del siglo pasado.

Leer más...

lunes, 19 de septiembre de 2011

Cosas del pasado

El tema relacionado con la segregación racial siempre me ha resultado antipático. Opino que en el planeta solo existe una raza: la humana. Lamentablemente, no se puede borrar de un simple plumazo el pasado. De ahí que, por entonces, en Manatí mucha gente se organizaba en sociedades según fuera el color de su piel. 
Esta foto pertenece a la familia manatiense Eversley Goulbourne. Me la facilitó mi amigo Jorgito -ya la había publicado Geovanis, El Guajiro, en su perfil de Facebook-, uno de sus miembros, quien reside actualmente en Inglaterra, donde se dedica a la música. Es del llamado Manatí Social and Cricket Club (MSCC), más conocido en la localidad por Club de los Jamaiquinos. Estaba ubicado detrás del otrora taller del INRA, justamente en el inmueble donde años después vivió con su familia un popularísimo profesor de inglés -nacido en Barbados- llamado Vivian Yearwood. . 
La imagen fue tomada entre los años 1955 y 1958, y refleja una actividad festiva del club, en ocasión de la coronación como Reina de la sociedad de la señorita Eva Martínez, que aparece al centro. Entre otros semblantes identificables, figuran en la instantánea -atildados, juveniles y elegantes- Donald Muir  (Pancho), a la izquierda, con traje blanco y lacito. Y, a su lado, con chaqueta blanca, Ruperto Guibbons Dixon (Son). 
También quedó atrapada para la posteridad en la cartulina la señorita Eva Nicholas. Y en la extrema derecha, Jorge Eversley Betts (Cherly Eversley), último presidente del Club de los Jamaiquinos (etapa 1957-1961), pastor de la Iglesia Metodista de Manatí y experto en reparar televisores.  
Según me contaba mi padre, esta sociedad contó con gran arraigo popular en Manatí, mayor, en ocasiones, que las mal llamadas «solo para blancos». Tanto que el el Club... contrataba todos los años para sus festividades a las mejores orquestas de Cuba, incluyendo a la de Benny Moré y la Aragón. Y a sus instalaciones había que entrar de «cuello y corbata"». 
Además del Club de los Jamaiquinos, existió en Manatí la denominada Sociedad de Color, situada a la sazón en la zona donde funciona hoy el complejo de servicios de barbería, peluquería y estudio fotográfico. Era un caserón de madera, con entrada frente al local del Sindicato Azucarero. 
Mi amigo manatiense Alexis López, radicado desde hace años en Estados Unidos, comenta aquella realidad de las siguiente manera: 
«Pero Manati nunca fue un pueblo dividido racialmente. Su gente se llevaba como familia, a pesar del color de la piel. Mi papá me conto un pasaje cómico. Resulta que en una fiesta popular impusieron la separacion racial y colocaron una soga  para que de un lado bailaran los blancos y del otro los negros. Según asegura mi viejo, un manatiense blanco se puso a bailar con una manatiense negra, separados solo por... ¡la soga!
El racismo es un fenómeno complejo. ¡Hasta en la racista Sudáfrica pasó a la historia! La sociedad que se respete no puede tolerarlo.

Leer más...

miércoles, 7 de septiembre de 2011

El preuniver de Manatí, 25 años después

A esta fotografía le tengo gran cariño. Se trata del primer grupo de graduados del  preuniversitario «René Martínez Tamayo», primero de su tipo en la historia de Manatí, del cual fui secretario docente cuando abrió sus puertas hace ahora un cuarto de siglo. 
Antes de entonces, nuestro terruño carecía de esa enseñanza. Por tal razón, casi todos los egresados de la Secundaria Básica «Dos de Diciembre» se veían en la necesidad de continuar sus estudios de bachillerato en centros internos pertenecientes al municipio de Jobabo, distantes de Manatí.
Las muchachas y los muchachos capturados en esta fotografía -¡ya todos son cuarentones!- fueron de aquellos que transitaron por los Melanios -nombre genérico por el que se conocían las citadas escuelas  internas jobabenses-, en cuyas aulas vencieron los grados décimo y onceno. Al inaugurarse el preuniversitario manatiense en el curso1986-1987, regresaron a la patria chica y ocuparon pupitres para cursar el duodécimo grado.
Nadie vaya a pensar que el  Instituto Preuniversitario en el Campo «René Martínez Tamayo» -su nombre oficial- debutó sin contratiempos. Ni siquiera disponía de las condiciones mínimas para la docencia. Mucho menos les garantizaba a sus alumnos alojamiento medianamente confortable. En realidad, comenzó a funcionar en lo que había sido un centro penitenciario, en una comunidad  llamada El Guanito, próxima al poblado de Duñanuecos. Eso sí, sus instalaciones fueron adaptadas con amor por parte de los constructores.  
Mencionaré solo los nombres (y apodos) de algunos de los estudiantes que aparecen en la imagen, por cierto, bastante deteriorada por el tiempo. Por favor, me excusan los que mi memoria no ha podido retener ni menos identificar. Han pasado muchos años y no es lo mismo. Voy: Niurka, María Andrea, Boris, Leonides, Ania, Cristell, Vilma, Tamara, Damaris, Barea, Daniel, Dagoberto, Annamaris, Odalys, Álvaro, Elber, Felipito, Denia, Yanet, Aveleira, Maidel, «Ubita», Osmani, Pino, Kenia, Jorge,  Leticia, Diana, Sandra, Eduardo, «Tatica», Ivia, Yelina, Nancy, Nuria, Salinas ... 
Aparecen también los profesores Eradis González (Química) y Ceferino Márquez (Español y Literatura). También Luis Labrada (director) y este servidor (en la fila trasera, en el mismo centro, con bigotes). La fotografía fue tomada el 17 de julio de 1986 en el parque de Manatí, junto al busto de José Martí, al culminar el acto de graduación en el cine municipal.
No me perdonaría dejar de mencionar a otros profesores que, aunque no figuran en la foto, integraron aquel colectivo fundacional cuyo recuerdo mantengo vivo: Orestes Sosa (fallecido), Elías Ankle, Gladys y Alina de la Rosa, Mirtha James, Simónides Guzmán, Bernardo Hernández (primer subdirector docente), Alberto Pérez (Betico), Jorge Rodríguez, Mayry Vaillant, Arnaldo Cañete (fallecido), Edilberto Rodríguez, Eliades, Usatorre, Rubiseida, Santa, Marbelis, Alfredo Obregón (primer director),  Frank, Miriam Fundora,  Andrés García, Enel y Wálmer (matrimonio mayaricero), Marthica y Xiomara (bibliotecarias), Sarazola, Lourdes, Jorge Lescay... A algunos los volví a ver en diferentes momentos y lugares. Otros viven en el exterior y, eventualmente, intercambiamos correos electrónicos. A un tercer grupo le perdí por completo la pista. En cualquier lugar de este mundo  -o del otro- donde estén, reciban mi abrazo afectuoso. 

Leer más...

domingo, 4 de septiembre de 2011

El viejo hotel

Este es al antiguo hotel de Manatí, destruido por las bombas de la aviación del dictador Fulgencio Batista el 2 de diciembre de 1958. Lo edificó la compañía Manatí Sugar Company poco después del debut fabril del ingenio, allá por 1914. Según antiguos pobladores del municipio, contaba con más de 40 habitaciones  de uno y dos cuartos donde residían,  en calidad de alquiladas, numerosas familias del batey. 
El área habitacional radicaba en el segundo nivel. Disponía  de baños privados y colectivos. De estos últimos, ocho eran para hombres y... ¡solo uno para mujeres! Uno de sus locales hacía las veces de peluquería, y era propiedad de Aida Ochoa. También laboraba allí la minicuri Ela León. Varias habitaciones se les reservaban a trabajadores de otros lugares de Cuba -puntistas, químicos...- que venían cada año a Manatí a hacer la zafra. 
Arriba también estaba instalada la única cabina para llamadas telefónicas de larga distancia existente en la localidad. Los interesados en utilizarla debían primero solicitarle el servicio al viejo Folgoso, quien la tenía a su cargo. Entonces él abría el candado y permitía que el solicitante se comunicara por la vía de la manigueta, pues los teléfonos de la época eran de magneto.
En la planta baja funcionaba un centro comercial con servicios de ferretería, víveres, ropa, peletería y carnicería, entre otros. Dos oficinas llevaban la contabilidad general y lo relacionado con los llamados vales, un documento que autorizaba a los trabajadores del ingenio a adquirir mercancías fiadas cuyos precios les descontaban luego de sus salarios. El edificio, con entrada principal frente al parque, tenía patio interior, vista para las cuatro calles adyacentes y balcones corridos en sus partes delantera y trasera

Leer más...

sábado, 28 de mayo de 2011

Querido Manatí...

Sobre el origen del nombre de nuestro pueblo, Manatí, existen diversas opiniones. Como suele ocurrir en estos casos, los investigadores se basan en realidades probadas e irrefutables, y otras veces echan mano a sus sentimientos más íntimos para darle curso a lo que ellos quisieran que fuera, aunque la praxis no lo haya confirmado.
Desde que tengo uso de razón escucho decir que el toponímico Manatí tiene que ver con un mamífero de agua dulce prácticamente extinguido en el territorio nacional, cuya presencia, según se cuenta, era muy abundante en tiempos pasados en la desembocadura de los ríos de nuestra comarca. A mí, en lo personal, me agrada esta explicación, tal vez porque aprecio en ella una lógica de la cual carecen otras teorías tal vez no tan convincentes.
Otra explicación sobre la procedencia del nombre la dan los etnógrafos. Ellos dicen que la voz Manatí está formada por los términos mana –que quiere decir Luna- y ti –cuyo significado es tierra de aguas y ríos-, y descartan que esté inspirada en la teoría del mamífero fluvial porque, dicen, “los indios de Las Antillas no solían proceder así, sino que tomaban de los accidentes del terreno, de los astros celestes o de las plantas circundantes los nombres y las denominaciones de sus asentamientos poblacionales”.
Pero lo del nombre desbordó la época aborigen para tirar anclas en la contemporaneidad. Se lo digo porque, si bien nuestro ingenio se llamó Manatí desde su inauguración en 1913 hasta el año 1960, luego tendría otras dos denominaciones diferentes, una temporal y otra definitiva. En efecto, el 8 de agosto de 1960, al efectuarse su nacionalización, se le propuso provisionalmente llamarse América Libre, tal y como se llama hoy un ingenio de la provincia de Santiago de Cuba. No fue hasta el 17 de febrero de 1961 en que a otrora fábrica manatiense de azúcar pasó a llamarse Argelia Libre, en solidaridad con el país africano, cuyo pueblo luchaba por entonces contra el colonialismo francés.
De manera que lo del nombre de nuestra patria chica tiene de todo: polémica sobre su surgimiento y prolijidad de bautizos.

Leer más...

martes, 26 de abril de 2011

El río Venero

La madre naturaleza fue avara con Manatí cuando  repartió corrientes fluviales. Las pocas que tuvo a bien concederle son tan humildes que apenas rebasan la categoría de riachuelos. Ahí está el arroyito de Corpas, seco durante casi todo el año. O el  río Guanábano, también exprimido, en cuyas sucias riberas se le ocurrió a alguien una vez instalar una base de campismo. 
Es cierto que contamos con un par de corrientes de agua dulce de mayores dimensiones, como son el río La Gallina y el río Gramal. Pero ambas están bastante alejadas del perímetro del municipio. Es decir, lo suficientemente distantes como para que nadie en la localidad se interese demasiado por ellas. No ocurre, igual, sin embargo, con nuestro entrañable río Venero. 
Nadie sabe por qué y desde cuándo se le llama así a esta suerte de estero que va a verter sus turbias aguas  en la bahía de Manatí, aunque, según el Diccionario de la Real Academia Española, venero significa «manantial». El caso es que uno relaciona la palabra manantial con líquido puro y cristalino. Y las aguas del Venero no clasifican en esa prístina categoría. 
Durante muchos años, este río recibió con paciente y pasiva resignación cuanta materia contaminante generó el ya desaparecido central azucarero «Argerlia Libre». Tanta que en cuestión de unos pocos años desapareció de sus predios la fauna característica. Jamás se ha vuelto a pescar allí una trucha o una biajaca. ¿Cómo vivir en semejante contaminación? 
Recuerdo cuánto interés me causaba este río cada vez que pasaba por su decrépito puente de madera rumbo a la playa de Sabana. Lo miraba siempre con cierta tristeza, como si  me inspirara compasión por su estado y soledad. Es que siempre he asociado a los ríos con los bañistas. Y en el caso del Venero, ¿a quién se le hubiera ocurrido darse una zambullida allí? 
El río Venero continúa en el mismo lugar de siempre, tucio, triste y melancólico, con su puente metálico igualmente desvencijado sobre su cauce. Su soledad se acrecentó, porque ya son contados los que transitan por allí rumbo a la playa o al colindante poblado de Sabana. 
Sí, nuestro río por antonomasia mereció mejor suerte, ¿verdad?

Leer más...

sábado, 16 de abril de 2011

Novelitas vaqueras

Uno de los motivos por los que me siento orgulloso de pertenecer a mi generación manatiense es por el hábito de lectura que adquirimos desde pequeños buena parte de sus miembros. ¡Qué manera de leer! Lo hacíamos con una voracidad desenfrenada, como si en ello nos fuera la vida. Y a toda hora y en cualquier sitio. Que me desmientan Corpas, César y Bernal, si es que consiguen hacerlo. 
Por entonces, las bibliotecas escolares contaban con títulos acordes a nuestra edad de estudiantes de la enseñanza primaria: Simbad el Marino, Leyendas Mexicanas, Corazón, Tom Sawyer, Moby Dick, Colmillo Blanco, El llamado de la selva... Ya en la secundaria básica descubrimos a Julio Verne, Oliverio Twist, Alejandro Dumas, Agatha Crhistie, Edarg Allan Poe y Emilio Salgari, por solo citar algunos. 
No pretendo consignar la relación completa de nuestros favoritismos literarios de la época, en la que debo incluir a Emile Zola, Honoré de Balzac, Víctor Hugo, Frank Kafka, Albert Camus y Fiodor Dostoiewsky. También a García Márquez, Vargas Llosa, Pérez Galdós, Horacio Quiroga, Guy de Maupassant, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Isabel Allende y Mario Benedetti.
Esta vez solo quiero referirme a un tipo singular de lectura, muy popular en aquellos tiempos de pantalones cortos y pelado «a la malanguita»: las novelitas vaqueras. Eran, sí, seudo literatura. Pero nadie me negará que entretenían bastante y que pocos chicos de nuestras edades con inquietudes lectivas se sustraían a la tentación de zambullirse entre sus hojas con olor a pólvora. 
Se trataba de unos volúmenes tan pequeños que cabían en un bolsillo del pantalón.  Tenían portadas a todo color y sus tramas se desarrollaban en el lejano oeste norteamericano. Sus protagonistas solían ser tipos duros, que, por defender a los pobres y a los indios, desafiaban con balaceras de colt y de winchester al sheriff de pueblo y a los dueños de los ranchos. 
En Manatí las novelitas vaqueras usadas circulaban por centenares. Las traía en un gran baúl desde Victoria de Las Tunas un trabajador que llegaba cada año al batey para hacer la zafra azucarera.  Este hombre tenía un cuarto en un barracón, y hasta allá íbamos por las tardes los muchachos para alquilarles un par al precio de 20 centavos per cápita. Luego las intercambiábamos. Así  leíamos más con menos. Antes, las firmábamos en una de sus páginas, para evitar que tiempo después nos las propusiera como «nuevas».
Las novelitas vaqueras las escribían autores de diferentes nacionalidades. entre ellos mexicanos, colombianos, venezolanos y españoles. Los más productivos y carismáticos  de todos eran Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y Keith Luger. Algunos tenían más vuelo literario que otros. Pero todos, sin excepción, hilvanaban sus argumentos de manera muy similar.
Mi buen padre era enemigo jurado de aquellas «obritas» simplonas, que siempre tenían el mismo final, donde el bueno, inexorablemente, le ganaba la partida al malo, lo mismo en la calle que en el saloom. «Eso no enseña nada, lee otra cosa mejor», me decía. Pero, como los hijos se parecen más a su época que a sus padres, yo no le hacía el menor caso. Entonces él, comprensivo, me alquilaba varias y le decía a mi madre que me las entregara.
Coincido en que las novelitas vaqueras aportaban poco desde el punto de vista cultural. ¡Pero cuánto incendiaron nuestra fantasía de adolescentes!

Leer más...

martes, 29 de marzo de 2011

Las fiestas de Quince

Cuando le paso revista a mi adolescencia me vienen  a la memoria las Fiestas de Quince. Tuvieron su esplendor en la década de los 70 del siglo pasado (ufff, ¡qué lejana parece dicho así!) y fueron durante años el primer acontecimiento en la vida de las muchachas del pueblo. 
Era tan importante celebrar aquel festejo que las familias manatienses  implicadas solían prepararse con mucho tiempo de antelación, tanto en el orden gastronómico como en el etílico: un lechoncito cebándose en el corral, 10 de cajas de cerveza, un par de garrafones de vino de arroz, harina para el mandar a hacer el kake, rollitos fotográfucos mandados «de afuera», en fin...
Los días previos a Los Quince eran de corre-corre. Entre las urgencias figuraban conseguir zapatos nuevos para la quinceañera y un vaporoso vestido de vuelos. También contratar los servicios de un fotógrafo. Y, por supuesto, mandar a imprimir las invitaciones y definir las parejas que bailar´kian el vals..., ¡una odisea! Pero nada, todo se hacía con buen semblante y mejor disposición. Porque, como decían madres y padres,  estaban dispuestos a cualquier cosa antes que dejar de celebrarle a la niña sus Quince.
Recuerdo que las familias se enrolaban en una fraternal competencia para ver cuál era capaz de imprimirle mayor fastuosidad al convite. Se llovían las iniciativas: automóviles para trasladar a las parejas del vals, desde sus casas hasta al la sede del festejo,  adornos florales de inédita factura, grupos musicales para tocar en vivo para los bailadores, fotos en colores... 
Tenían algo en común: ¡la colaboración de la gente del barrio! Daba gusto apreciar aquel sentido de la amistad y del compañerismo en vísperas del cumpleaños. Los vecinos asumían las más disímiles tareas, desde armar con pencas de coco el cabaret hasta buscar los panes para los bocaditos.
El momento cumbre de Los Quince era el vals. Las parejas se formaban con amigos de la homenajeada,  casi siempre bajo la dirección del popularísimo Raulito Gordillo, quien montaba su coreografía a partir de los bailes de moda, con ensayos previos en los que no faltaba el traguito ni el entremés. El día de la fiesta las parejas tenían reservado un sitio para el disfrute. Y, 24 horas después, una invitación familiar exclusiva, conocida por El Pique, el último gasto de la parentela, que incluía lechón asado y abundante cerveza y ron.
En las fiestas de Quince estaban previstos hasta los aguaceros. Los de la casa -por si acaso- tenían a mano piezas de lona para cubrir la calle en caso de que San Pedro intentara sabotearlas con un chubasquito. Vi bailar más de un vals pasada la medianoche, cuando la última nube exprimía su última gota. Ningún invitado se marchaba por no hacerle un desaire a la cumpleañera.
Como muchos caraduras sin invitación solían merodear por las proximidades del agasajo para intentar «colarse» en la fiesta y consumir a sus anchas, algunos Quince eran solo para invitados. La familia debía buscar  para esa función un portero a prueba de sobornos y lo suficientemente enérgico como para  impedirle el paso a quien careciera de credencial para acceder al área.
Además de una bien surtida cajita con kake, bocadito, ensalada fría y croqueticas, la casa ofrecía también una cerveza. Luego comenzaba en grande la «tomadera», y se brindaba  abundantemente con bebidas de la época: saoco, menta, anís, crema de vié. Todo hecho con un ron casero con el cual muchos manatienses hicimos buenas migas: la célebre «gualfarina».
La celebración de una fiesta de Quince dejaban en ruinas y exhaustas a las familias. Pero ninguna -¡ninguna!- se permitía dejar de celebrarla, aunque en ello le fuera el último centavo. ¡Cómo le iban hacer eso a la niña!

Leer más...

sábado, 19 de marzo de 2011

Entre verticales y horizontales

Los crucigramas son, quizás, los entretenimientos editoriales más carismáticos y difundidos de la contemporaneidad. Su presencia no solo es recurrente en revistas y periódicos, sino que hasta existen libros dedicados por entero al tema.
Tal y como los conocemos hoy, los primeros vieron la luz en diciembre de 1913, en el suplemento dominical del diario New York World. Tuvieron tanto éxito que la dirección del rotativo optó por convertirlos en sección fija.
En Manatí radicó durante más de 70 años un hombre  que devino referente en el tema: Enrique Cantera Alberdi. Allá por la década de los 80 del siglo pasado, este hispano nacido en Santander rubricaba la autoría de muchos de los crucigramas aparecidos en la prensa nacional.
Tuve la satisfacción de ser su amigo y de conversar muchísimo con él. sobre lo humano y lo divino Un día le propuse hacerle una entrevista acerca de su hobby para que «develara» algunos de sus secretos. Cantera accedió a desgranar su historia crucigramera entre verticales y horizontales.
-Cuénteme, ¿cómo llegó al mundo de los crucigramas?
-Siempre me gustaron los crucigramas. Antes de 1959, perseguía los de la revista Carteles, que eran dificilísimos, y no descansaba hasta resolverlos. Sobre lo que me preguntas, sucedió a mediados de 1980, cuando me atreví a enviar algunos a la revista Bohemia, que cuando aquello era semanal, con más páginas y de mayor tamaño. Un par de meses después, tuve la sorpresa de ver uno publicado, gracias a la confianza depositada en mí por el humorista y amigo Ramón Guerra –conocido popularmente por Mongo P.- quien por entonces atendía en la revista la sección En Pocas Palabras.
«Me motivó la intención de no estar ocioso y de darle actividad a mis neuronas. Te advierto que soy una persona de formación autodidacta y presumo de haber leído mucho durante toda mi vida. Eso me facilitó  la tarea. Y como los desafíos intelectuales me gustan, cierta mañana me senté a la mesa, tomé lápiz, papel y regla, hice una cuadrícula de 15 por 15 sobre una cuartilla, llamé a filas a mi viejo diccionario Larousse Ilustrado, comencé a llenar casillas con palabras diversas y, luego de un montón de horas de tropiezos y aciertos... ¡nació mi primer crucigrama! Así fue el debut.
«A partir de ahí sistematicé mi colaboración con Bohemia, que se extendió por casi 10 años. Todos los meses me publicaban dos y hasta tres crucigramas. Pero mi producción desbordaba la demanda, y entonces les propuse algunos a Verde Olivo, a Opina y a Logros, tres publicaciones de la época, ¡Y me los publicaron! En total soy autor de casi 800 crucigramas. Muchos todavía se encuentran inéditos en sus álbumes originales».
-¿Se proponía algún objetivo específico al concebirlos?
-Jajajajajaja... En algunos de ellos mi propósito era crear dificultades, hacer rabiar al solucionista, enredarlo en mis laberintos de casillas bloqueadas, confundirlo con paronimias diversas, en fin... Deliberadamente le complicaba la perspectiva semántica en la cuadrícula para obligarlo después a consultar un diccionario especializado en busca de un sinónimo, un antónimo o una definición cualquiera que, de no ser así, se hubiera negado de plano a revelarle su significado. Siempre me gustó fastidiar en eso, jajajajaja...
«Pero en otros crucigramas salía en busca del divertimento intelectual, del regodeo idiomático... Algunos de ellos, incluso, podían hasta reflejar mi estado de ánimo en el momento de elaborarlos. De eso pueden dar fe quienes me conocieron y compartieron conmigo aquellos excelentes ejercicios de creación y de esfuerzo mental donde tanto me divertí y aprendí.
«Desde luego, no existen dos crucigramas idénticos. ¡Ni siquiera parecidos! Eso sí, cada uno lleva implícito el sello de su autor, razón por la cual los solucionistas habituales suelen identificarlos al primer golpe de vista. Eso ocurría siempre con los míos, aunque no llevaran mi crédito a pie de página».
-¿Existe alguna técnica especial para estructurar un buen crucigrama?
-La técnica siempre es personal y se aprende sobre la marcha, con muchas horas de paciencia y de persistencia sobre los diccionarios. Se comienza por el modelo de papel cuadriculado con un número determinado de casillas intencionalmente sombreadas, no solo para hacer compleja la posible solución del crucigrama, sino también para dotarlo de un diseño atractivo y ligero, con simetría incluida.
«Acto seguido, se procede a distribuir poco a poco las palabras dentro del cuadro, de manera que las posiciones que ocupen en el papel –horizontales o verticales- no alteren en nada sus respectivos significados como consecuencia del necesario entrecruzamiento. En tales circunstancias, cada casilla vencida le trae nuevos obstáculos al creador, porque se trata de una verdadera tormenta de vocablos aceptados o rechazados, ya por su extensión, ya por su definición. Así es como se llega a la última letra y se le pone punto final a la aventura. Créeme, uno termina con la mente ardiendo.
«En mi caso, siempre procuré evitar, por ejemplo, la ubicación de palabras invertidas, aunque en ocasiones no me quedaba otro remedio que ponerlas. Tampoco solía apelar a siglas inventadas ni a neologismos forzados, aunque sí incluía nombres de países, personalidades, montañas, ciudades, ríos... Algunos eran extrañísimos y apenas conocidos, y eso hacía rabiar a la gente. Es que a mí siempre me ha parecido que lo fácil no enseña tanto como lo difícil. Si usted consigna para una horizontal: 1- Blanco y ovalado, que lo ponen las gallinas, enseguida le escribirán: huevo. Sin embargo, establezca para una vertical: 24- Nombre del padre de Cristóbal Colón, y verá cómo se suda la gota gorda para saber que se llamaba Doménico. Un crucigrama es también una enciclopedia breve, una antología de cultura general en pequeño formato».
-¿Sabía que muchos lectores nunca los completaban con éxito?
-Sí, cómo no, estaba enterado de eso. ¡Y lo disfrutaba de lo lindo! Realmente, cuando terminaba de crear un crucigrama casi siempre tenía la certeza de que alguien no lo podría luego resolver hasta el final, ya fuera por ignorancia o por inexperiencia. Eso provocó más de una catarsis en mi contra a través del correo postal, con gruesos calificativos dirigidos a mi árbol genealógico. Pero nunca me reconocí culpable. Más bien me divertía con esas reacciones.
«Claro, otro grupo más hábil y preparado intelectualmente sí conseguía terminarlos, y también me lo hacía saber epistolarmente, entre triunfante y burlón. Se trataba de personas que preferían «vivir» mis crucigramas con sus incógnitas llenas de situaciones para pensar, discurrir y apelar al Larousse en busca de ayuda. Esos nunca aguardaban por la Bohemia siguiente para comprobar sus aciertos. Se exprimían las neuronas hasta sacarles el jugo en una suerte de masoquismo intelectual. Pero finalmente vencían».
-¿Llegó a tener preferencias por alguno de sus crucigramas?
-Te confieso que sí. Eso siempre ocurre en el campo de la creación. En cierta oportunidad concebir uno de ellos me resultó tan extremadamente difícil y complicado que la obsesión por terminarlo casi me quitó el sueño durante una semana. Tal vez por eso se convirtió luego en mi favorito. Todavía hoy, después de tanto tiempo transcurrido, lo desempolvo alguna que otra vez de su álbum y le paso revista a sus casillas bloqueadas y rellenadas con nombres inauditos y acepciones fuera de uso extraídos de mi vetusto, gastado, exhausto y siempre fiel diccionario Larousse.
«Otra de mis producciones que recuerdo siempre con infinito agrado es la que contiene en su estructura cuadriculada los nombres de las 14 provincias cubanas y del municipio especial de la Isla de la Juventud, combinados con términos de uso popular. Lo significativo de ese crucigrama es que lo diseñé con solo 37 casillas bloqueadas. Mi experiencia me dice que es imposible hacerlo con menos. Si alguien opina lo contrario y quiere probar, pues, arriba..., ¡manos a la obra!»
-¿Alguna anécdota personal relacionada con los crucigramas?
-Una no..., ¡varias! Mira, una vez recibí una carta simpatiquísima procedente del municipio de Ranchuelo, en la zona central de Cuba. Pues bien, en ella el remitente me adjuntaba unas cuartetas muy divertidas acerca de mi costumbre de incluir sinónimos rebuscados en los crucigramas. Los versos me hicieron reír, porque eran ingeniosos y estaban hechos por un cubano auténtico. Decían así: «Cantera, vete a la porra / te digo en esta cuarteta / ¿quién rayos en el planeta / sabe que api es mazamorra? / Hasta el diccionario fui, / de otra forma no podía / saber que la Ley Judía / era tora, y lo aprendí. / Ninguno de por acá / sabe que allá en Filipinas / además de criar gallinas / se produce el abacá. / Expresión de cortesía / quiere decir rendibú. / Me parece que ni tú / ni nadie allá lo sabía. / No sigo porque es humano / no hacer tan larga la lista. / Pero hay que ser un artista / para batearte, mi hermano. / Yo trabajo sin apuro / y así siempre te bateo. / Pero en mi opinión yo creo / que estás pitcheando muy duro».
-¿Qué le proporcionó a su vida el mundo de los crucigramas?
-Mucho. Muchísimo, diría yo. Me posibilitó probarme intelectualmente ante el desafío de las casillas en blanco, incrementó mi cultura general y me granjeó tremenda popularidad tanto positiva como negativa. Sí, porque tuve apologistas, pero también detractores. Además, una vida vertical para exhibirla cuando la horizontalidad me reclame. ¿No le parece que es bastante?

NOTA: Enrique Cantera falleció el 22 de agosto de 2006, a los 98 años de edad.

Leer más...

sábado, 5 de marzo de 2011

Simplemente Tico...

Cuando en alguna vivienda manatiense se obstruye por cualquier motivo una tubería sanitaria, es usual que, ante la urgencia de buscarle una solución al contratiempo, alguien de la familia apele a una suerte de ábrete sésamo y exprese: «¡vayan y díganle a Tico que venga!»
Un rato después, la magra figura del muchachón -¿acaso no es Tico un muchachón de 65 años de edad?- se recortará sobre el final de la calle con sus herramientas; evaluará la situación; si fuera necesario, introducirá su cinta metálica por algún conducto; baqueteará una, dos, tres..., ¡cien veces!; hará algún comentario obre la causa de la tupición; y, finalmente, con un modestísimo «¡ya!», notificará a la expectante parentela que el problema quedó resuelto.
Entonces alguien le preguntará «¿cuánto te debo?». Y Tico responderá, invariablemente: «dame cualquier cosa».Y aceptará de buen grado lo mismo un peso, un agradecimiento o un «te pago cuando cobre». De cualquier forma quedará conforme. Apuesto a que, en iguales circunstancias, le repetiría al favor, aunque usted no tuviera ni un quilo prieto para remunerarle.
Nadie como Tico conoce mejor los deteriorados laberintos de redes sanitarias que corren sin orden  ni coordenadas bajo la epidermis de Manatí. Figúrense, ¡casi 50 años trabajando en lo mismo, mientras otros de sus escurridizos «colegas» llegaban y se marchaban sin apenas ser advertidos!
Con su padre, Fermín Reyes, se inició en el trajín de destupir hoy aquí y mañana allá. Y a pesar de que la epilepsia le impuso la jubilación, continúa siendo el ayudante callado y humilde, dispuesto a embarrarse hasta el codo de materia fecal si de ello depende la solución. 
A los bromistas que se le acercan, Tico los neutraliza son su sonrisa irregular y su semblante imperturbable. Si está de vena, puede que hasta eche un parrafito, pero sin interrumpir la faena. Razón tuvo quien dijo que el trabajo es el mejor compañero de los hombres humildes.
Jamás le he visto tratar mal a nadie, expresar una grosería o incurrir en indisciplina social. A las bromas pesadas («Tico, ¿es verdad que cuando tú eras chiquito te cayó un coco en la cabeza?») no les hace mucho caso. Aun con sus facultades turbadas, sabe comportarse con cordura en  sitios donde los cuerdos yerran. Tico es así, coherente en su incoherencia. 
Por la noche, no faltará a su cita con el parque municipal, próximo a su casa, detrás de la farmacia. Y hasta a lo mejor se embulla y ve la película que «echan» en el cine. El amanecer se lo encontrará en pie, colando el cafecito familiar y presto a «entrarle» al día con los  bríos de la víspera.
Algo le advierto: Si no lo conoce y lo necesita alguna vez para un «trabajito», no vaya a cometer el error de preguntar por José Reyes Cardoso, su verdadero nombre. Nadie podría identificarlo ni él tampoco se sentiría aludido. Son muchos, demasiados años, llamándose así: simplemente Tico.

Leer más...

jueves, 3 de marzo de 2011

La loma de Dumañuecos

A juzgar por lo que aseguran los expertos en la materia, para que una simple colina alcance los 50 metros de elevación, es necesario que centenares de almanaques agoten sus hojas. Entonces, ¿qué edad aproximada tendrá nuestra humilde y entrañable loma de Dumañuecos, con sus modestos 129 metros de altura?
Nadie se aventura a calcularla. Ni siquiera los habitantes más antiguos de la zona, quienes aseguran haberla visto tal cual está hoy -pelada, incólume y decrépita-, desde los tiempos en que vestían pantalones bombachos, a principios de la centuria pasada. 
De la loma de Dumañuecos se cuentan mil historias. Algunas se relacionan con la superstición, y hablan de un hombre lobo que tenía su guarida en su cima y que solía bajar al poblado para asustar a la gente con sus aullidos y sus depredaciones. Otras se refieren a un tesoro enterrado en sus faldas por un acaudalado comerciante, el cual jamás ha podido ser encontrado.
Sobre esta irregular porción de la geografía de Manatí apenas existen referencias bibliográficas. En mis  múltiples pesquisas encontré solo dos.
La enciclopedia «Cuba en la Mano» (1940) dice en una entrada sobre esta elevación: «Dumañuecos, cerro aislado del grupo Maniabón, a unos 8 Km. casi en línea recta del fondo del Puerto de Manatí y rodeado de llanos. Abundaba en minerales de cobre y en cavernas con particularidad. El cuadro estadístico de 1846 afirma que se explotaban, haciéndose la exportación por el Puerto de Manatí. En su falda oriental hay un manantial que tenía fama de eficaz contra la hidrofobia. El cerro de Dumañuecos es visible desde el mar, a una distancia de 60 Km. de Victoria de Las Tunas, Oriente». 
Y el libro «Crónicas de Las Antillas», editado en 1871 en Madrid por Jacobo de la Pezuela, agrega: «Al pie del Cerro de Dumañuecos y a dos leguas al SE de la bahía de Manatí, en la jurisdicción de Bayamo, hay un manantial de aguas hidrosulfurosas, pero se halla en un lugar deshabitado». 
El nombre de la loma tiene reminiscencias aborígenes, lo que hace presumir que date de cuando la zona la habitaban los primeros pobladores del archipiélago. También se conocen sus ya explotadas reservas de caolín. 
Quien la corone apreciará arriba, empotrada en una roca, una tarja del Instituto de Geodesia y Cartografía que certifica su inclusión en los mapas de la Mayor de Las Antillas. También decenas de inscripciones con nombres de organismos y de personas que han celebrado actividades en su cumbre, como una manera de poner humildemente a prueba la voluntad de doblegarla.
Pequeña en estatura y enorme en significado, la loma de Dumañuecos es nuestro monte Everest y nuestra cordillera de Los Andes. Seguirá desafiando almanaques, como símbolo de una geografía que le agradece su altura.

Leer más...

miércoles, 23 de febrero de 2011

Funerales por ferrocarril

En casi todos los pueblos pequeños de Cuba hay costumbres que,  después de sedimentarse por la práctica, pasan a  formar parte de la tradición local. Algunas, por su extravagancia, resultan difíciles de creer. Uno las cuenta por ahí y la gente se niega a darlas por verídicas. Solo quien convivió con ellas durante toda una vida puede dar fe de su autenticidad. 
A mí me ocurría eso cada vez que le comentaba a alguien que en Manatí, mi municipio natal, los cortejos fúnebres se transportaban hasta el cementerio por la vía del ferrocarril. Se me reían en la cara, como diciéndome: «Vamos, compadre, es un tema muy serio, ¿por qué lo coges para jarana?» Y yo: «Oigan, miren que estoy hablando verdad». Y nada, me tomaban por bromista. Solo mi insistencia conseguía al fin vencer su incredulidad. 
Los ferrofunerales de Manatí dejaron de realizarse hace cuestión de 20 años. Jamás se han vuelto a reeditar aquellas procesiones solemnes que recorrían las calles del pueblo en el más absoluto silencio, algunas veces con los sarcófagos al hombro de los dolientes, rumbo a la estación de ferrocarril.
Según el testimonio de las personas de mayor edad del pueblo, la tradición comenzó en la época fundacional del ingenio, allá por los primeros años del siglo pasado. La compañía norteamericana propietaria de la fábrica de azúcar ofrecía el servicio gratis por intermedio de su parque ferroviario. 
La ceremonia era muy sencilla y rápida. A la hora exacta acordada por los parientes del muerto, el cortejo fúnebre ganaba la calle y, lentamente, dirigía sus pasos hasta la terminal ferroviaria Allí aguardaba , puntual y dispuesta, una locomotora con una casilla y un par de vagones para pasajeros.
Primero subían el ataúd y sus coronas de flores. Luego los dolientes iban tomando asiento. El tren emprendía la marcha y en cuestión de cinco minutos llegaba al cementerio. La gente echaba pie a tierra, trasladaba al occiso hasta su última morada y alguien de palabra fácil despedía el duelo al mismo pie del panteón. Minutos después, el mismo viaje, pero de regreso. Y ya. 
Que yo sepa, en ningún otro municipio de Cuba se han efectuado jamás funerales con esta s características. He preguntado por varias provincias, pero en sin resultados. Parece exclusivo de Manatí el haber trasladado durante muchos años a sus muertos hasta el cementerio sobre vagones ferroviarios. Fue una tradición que todavía no deja de sorprender a quienes la conocen. 
Hoy, como en todas partes, los cortejos utilizan un carro fúnebre para trasladar el ataúd y su inquilino.  Los dolientes parten detrás, a bordo de otros vehículos. Lo de los trenes quedó como una pincelada curiosa que no lastima en nada la solemnidad de un acto por el que sentimos profundo respeto.

Leer más...
 
CUBA JUAN © 2010 Realizado por Diseño de Blogs