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sábado, 13 de marzo de 2010

Sinfonía con alas

Si yo hubiera clasificado a Luis Faura, técnico de luces del canal local Tunas Visión, entre las personas aficionadas a las tomaduras de pelo, doy mi palabra que no le habría hecho el menor caso aquel mediodía cuando me propuso: «Oye, Juan, si vienes conmigo hasta una casa del reparto Buena Vista, verás algo que tal vez te interese: ¡un sinsonte que tararea el Himno Nacional!» 
Por un momento puse en cuarentena su proverbial seriedad: «Faura,  yo a ti te respeto. Afloja, compadre. Lo que dices no se lo traga ni el Bobo de la Yuca», protesté. Abrió los brazos y se encogió de hombros. «Bueno,  yo cumplo con decírtelo, así que lo tomas o lo dejas», arguyó. Iba a marcharse, pero lo atajé  El asunto era demasiado tentador. Así que le concedí el beneficio de la duda. Acepté ir y al rato estábamos en camino.
En cuestión de cinco minutos-motor echamos pie a tierra frente a la vivienda de su historia. Faura caminó como Pedro por su casa hasta el fondo por un pasillo lateral «¡Anaaaa!», llamó en alta voz. Y entonces vino hacia nosotros Ana Cruz Tejeda, maestra primaria con 31 años en las aulas, a cuya vocación por la enseñanza atribuyo el que haya consumado una de las proezas más insólitas que espero ver en el resto de mi vida. 

BIOGRAFÍA DE UN SINSONTE

Todo comenzó la tarde de domingo en que unos mataperros tumbaron de una pedrada de lo alto de un árbol un nido de sinsontes con dos pichones dentro. Rolandito –nieto adolescente de Ana- acertó a pasar por el lugar de la fechoría y los bribones se los regalaron. Una de las infortunadas avecillas murió al poco rato. La otra, con una pata fracturada, sobrevivió. El niño, compadecido, se la llevó a su abuela. Y ella la curó.
-Le pusimos por nombre Tatico –comenta Ana mientras le ofrece al inquieto pajarillo  unas migajas de pan-. Hace ya más de un año que está con nosotros. Después que sanó de su pata quebrada padeció de falta de aire. Se lo llevamos a una veterinaria. Ella le recetó unas dosis de Tetraciclina y asunto concluido. Es macho, porque dicen que las hembras no trinan. Y este lo que más hace es trinar. Bueno, usted lo está oyendo… 
Tritri, trititi, trititi… En efecto, entre bocado y bocado, el sinsonte deja oír su polifónico gorjeo. Trititi, tirtiti… Pongo atención, pero no logro identificar ni la «letra« ni la «música». Ana sale en su defensa: «Es que está «ensayando», dice. Defraudado, iba a proponerle a Faura regresar a casa, cuando lo escuché. «No es posible», musité. Pero sí: era el pájaro que tarareaba, en vivo y en directo, la primera estrofa del Himno Nacional. 

AVE CANTADORA VALE POR DOS  

-Fui yo quien lo enseñó a «cantar» -asegura la maestra con el orgullo solfeándole en el rostro-. Mi método es sencillísimo: me coloco delante de su jaula y le silbo cien, mil veces la música hasta que se la aprende. de tanto repetírsela Pero no crea que eso ocurre enseguida. Se requiere paciencia, y, así y todo, puede demorar semanas. Al final es capaz de silbar conmigo a dúo la canción aprendida. No, no se ría. Tatico es muy aplicado. 
Mientras conversamos, el sinsonte se desgañita dentro de la jaula. Perdido el miedo escénico de los minutos iniciales, ahora no tiene para cuándo acabar y nos suelta un popurrí de autoría desconocida. Trina y trina sin indicios de fatiga, hasta que su dueña, compadecida, le abre la puerta de la «celda» para que salga y estire un rato las piernas –las patas- por los alrededores. 
-Un día trajeron un sinsonte de otro barrio para que compitiera con él –recuerda Ana-. Aseguraban que se sabía más canciones y trinaba mejor que el mío. Su propietario propuso celebrar con los dos un Todo el Mundo Canta. Acepté y… ¡Tatico ganó! El retador era «buche y pluma na´má», como dice la canción. ¡Si hubiéramos podido grabar aquello! 
Pero Tatico no solo tararea el Himno Nacional. En su amplio repertorio figuran, además, estrofas del Himno del 24 de Febrero, que, según testifica Ana, es una de sus piezas favoritas. Por si no fuera suficiente, «interpreta» el danzón El golpe de bibijagua y el pregón El Manisero. Ahora Ana intenta que incorpore a su prontuario la célebre Felicidades…, para que se la entone a los parientes y amigos cuando cumplan años. 
-Es un gran imitador de sonidos –acota la mujer-. Puede chiflar tan bien como el mejor. Una mañana casi vuelve loco a un panadero que pasó frente a la casa. Silbó y el hombre creyó que lo llamaban. Pero no sabía de dónde. Hasta que localizó al sinsonte. ¡Por poco se muere de la risa! Ahhh, y otra cosa, ¡no hay muchacha bonita a la que no le silbe un piropo! 
La dueña añade que el ave no es melindrosa con la comida, y se zampa de un tirón su papa a base de harina y pienso. También, ocasionalmente, le sirven masa de pan untada con miel de Castilla. Pero su «plato» preferido es una fruta de monte llamada pimpinillo que tiene unas semillitas rojas dentro. Los vecinos se la traen. Y Tatico se da unos atracones…

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jueves, 29 de octubre de 2009

El último interlocutor de Camilo

Este 28 de octubre se cumplieron 50 años de la desaparición física del comandante Camilo Cienfuegos. Aquel hecho con visos de tragedia sumió en el dolor al pueblo cubano. Y se vincula de alguna manera con Las Tunas, pues la última persona que habló desde tierra con el Héroe de Yaguajay fue un tunero: Eusebio González Rodríguez, quien desde los meses iniciales de 1959 trabajaba a sus órdenes como miembro de un grupo especial coordinado por el también desaparecido y gratamente recordado comandante Cristino Naranjo.
Todo comenzó días antes del drama, en la madrugada del 21 de octubre, cuando poco más de una veintena de personas, junto a Camilo y a Cristino, despegaron del aeropuerto de Ciudad Libertad rumbo a la ciudad de Camagüey. El grupo y su carismático líder volaban a la tierra de los tinajones para enfrentar y poner coto a los intentos de sedición del comandante Huber Matos, jefe militar de la provincia, cuya conducta divisionista había provocado profundo rechazo entre la población agramontina. Camilo tenía órdenes expresas de arrestarlo.
La situación se solventó sin disparar un tiro aquella misma mañana en el Regimiento Ignacio Agramonte. Camilo regresó por aire a La Habana el 25 de octubre. Al día siguiente pronunció desde la terraza norte del Palacio Presidencial su discurso donde los conocidos versos del poeta Bonifacio Byrne alcanzaron inusitadas dimensiones: «Si deshecha en menudos pedazos / se llega a ver mi bandera algún día / nuestros muertos alzando los brazos / la sabrán defender todavía». No sospechaba el guerrillero de la sonrisa y el sombrero alón que la encendida arenga iba a ser su testamento político.
La noche siguiente cenó en el restaurante Rancho Luna con Jorge Enrique Mendoza, entonces delegado provincial del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) en Camagüey. Le dijo: «Mañana vuelvo a tu zona para resolver de una vez y por todas la confusión que dejó allá la maniobra de Huber Matos. Me voy temprano y pienso estar de regreso al atardecer.» Así lo hizo, y a las cinco de la tarde en punto estaba listo para subir al Cessna para el retorno habanero.
Según dijeron a la prensa de la época varios testigos, durante su fugaz estancia en la terminal aérea camagüeyana Camilo se bebió una malta y compró varios tabacos. Un trabajador del aeropuerto declaró años después: «En la pista estaba estacionado un avión del tipo DC-3 y Camilo fue hasta allí a saludar a su tripulación. El capitán de la aeronave lo invitó para que hiciera el viaje con él, pero Camilo se negó. Fariñas, el piloto del Cessna, aseguró que el combustible que tenía en el tanque alcanzaba para llegar sin problemas a La Habana.»
El pequeño avión bimotor despegó a las seis y un minuto de la tarde. Sus únicos pasajeros eran el comandante Camilo Cienfuegos, el piloto Luciano Fariñas y el soldado rebelde Félix Rodríguez. Algunos detalles de aquella infausta jornada se los explicó años más tarde al periódico Juventud Rebelde el tunero Eusebio González, quien había llegado ese mismo día a Camagüey después de trasladar por tierra a Isla de Pinos a un grupo de oficiales comprometidos en el caso de Hubert Matos.
«Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando Camilo me mandó a buscar a una oficina y me encargó llevar para La Habana a un sujeto que había estado alzado y cometido varios crímenes –declaró-. Me ordenó que lo dejara en la prisión de Torrens. Luego me entregó las llaves de dos carros. "Te espero mañana temprano en el Estado Mayor", me dijo en la despedida. Mi gente y yo arrancamos hora y media después.
«Al anochecer, una de los autos hizo un cortocircuito y tuvimos que detenernos Llamé por microonda a la torre de control de Camagüey, porque pensé que debía informar a Camilo que no llegaríamos a la capital a la hora prevista. Unos 40 minutos después, el avión suyo hizo contacto con nosotros, que íbamos ya por territorio villareño. Félix preguntó si habíamos resuelto el problema y le dije que sí. Entonces oigo a Fariñas, el piloto, que dice: "nos tenemos que desviar".
«Al oír eso exigí que me pusieran al habla con Camilo, quien parecía que estaba leyendo o algo así. Me dijo: "No, no hay problemas, Eusebio, no te preocupes. Dice el piloto que nos desviamos porque hay una tormenta..., que nos tenemos que desviar o no sé qué... Nos desviamos...» Y ahí se cortó la comunicación. Insistí una y otra vez, pero la torre de control de Camagüey no pudo restablecerla».
Durante el resto del viaje hasta La Habana, Eusebio intentó conocer si Camilo había llegado sin contratiempos. Pero sus interlocutores le decían que todavía no. Cuando cumplió la misión de llevar y entregar al detenido en la cárcel de Torrens, se fue hasta el Estado Mayor. Allí lo aguardaba una sorpresa: ¡todos los oficiales confiaban en que Camilo viajaba con él en los automóviles! Al comprobar que eso no era cierto, Eusebio fue testigo de sentidas expresiones de dolor.
Lo que vino después, por lo trágico, resulta conocido. Como diría la edición de Juventud Rebelde, «cada pedazo de agua y tierra entre La Habana y Camagüey fue minuciosamente inspeccionado. En el rastreo participaron aviones y avionetas, helicópteros, lanchas y miles de personas que exploraron en el mar, los cayos, los pantanos y las zonas cenagosas de la costa. Pero en vano: la certidumbre de la pérdida crecía inexorablemente». Y así fue reconocida luego.
A pesar del tiempo transcurrido, Eusebio González Rodríguez –ahora con 77 años de edad- recuerda a su malogrado jefe con el mismo aprecio y respeto de los años en que fue su subordinado. Piensa que la fortuna estuvo de parte suya aquel 28 de octubre de 1959, cuando quiso que fuera él la última persona en tierra en hablar con Camilo.
«Yo cierro los ojos y me parece verlo con su uniforme verdeolivo, jaraneando con la gente o dando órdenes precisas –asegura-. Sabía comunicarse lo mismo con un campesino analfabeto que con un graduado universitario. Tenía ese don. Nunca olvidaré la vez en que me echó en el bolsillo unas novelitas vaqueras de aquellas que se publicaban antes. “Eso es para que leas”, me dijo. Y se batió de la risa».
Eusebio evoca que hace algunos años atrás, durante una entrevista periodística, el reportero le preguntó: «¿A quién le gustaría que se parecieran sus hijos?» Y le respondió, resuelto: «Quisiera que fueran como Camilo». Porque para este hombre lleno de condecoraciones y de reminiscencias, el Señor de la Vanguardia será siempre paradigma y referente para quienes aspiren a ser revolucionarios cabales.
«Camilo fue un cubano de pura cepa –acota-. De esos que inventan una broma en el aire, juegan pelota en cualquier solar o ayudan a los necesitados con sus propios recursos. Pero también de los que saben vestirse de héroes y apretar filas cuando la Patria los convoca».
La desaparición del Señor de la Vanguardia devino extraordinaria pérdida. ¡Ni siquiera sus restos mortales se encontraron! Pero, como acotó en sentidas imágenes el citado diario, «el pueblo encontró la manera de darle un homenaje en esas mismas aguas donde duerme, y millares de flores van a parar al mar cada año en busca de Camilo. Y le llegan, no importa donde esté».

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jueves, 23 de octubre de 2008

Presidentes y presidenciales en USA

Desde el 30 de abril de 1789 en que ganó las elecciones George Washington hasta hoy en que gobierna por segunda vez George W. Bush, en Estados Unidos han sido investidos 43 presidentes. Su edad promedio al asumir el cargo es de 55,2 años. El más joven fue John F. Kennedy, quien, al ocuparlo en 1961, tenía 43 con siete meses y 22 días. En 1901 Theodore Rooservelt lo ejerció a los 42 con 10 meses y 19 días. Solo que no fue electo en las urnas, pues sustituyó en su calidad de vice al asesinado William Mckinley. Lo reeligieron en 1904 con casi 46 años. Los otros más jóvenes fueron William Clinton ( 46) y el general Ulysses Grant (47).
Si de veteranía se trata, Ronald Reagan clasifica como el de mayor edad de todos los presidentes, pues tomó las riendas de su país con 69 años,11 meses y 14 días en enero de 1981. William Harrison lo hizo en 1841 con 68, mientras que James Buchanan (1857) y Andrew Jonhson (1865) tenían cumplidos 66 cuando asumieron el poder.
A juzgar por lo que reflejan las estadísticas oficiales, el promedio de vida de los presidentes norteamericanos -sin incluir a Bill Clinton, Jimmy Carter y George Bush padre, que continúan vivos y coleando- es de 70,02 años. Los que fallecieron con más edad fueron Gerald Ford (94 con cinco meses); Ronald Reagan (93 con cuatro meses); John Adams (90 con ocho meses); Herbert Hoover (90 con dos meses); y Harry Truman (88 con siete meses).
El presidente que murió más joven fue John F. Kennedy, asesinado en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963. Tenía 46 años y seis meses de nacido. Otros siete fallecieron durante el desempeño del cargo: tres también asesinados (Lincoln en 1865, Garfield en 1881 y Mckinley en 1901) y cuatro de muerte natural (Harrison en 1841, Taylor en 1850, Harding en 1923 y Roosevelt en 1945). Este último figura como el que ocupó el cargo durante más tiempo -1933 hasta 1945- y fue elegido consecutivamente en 1932, 1936, 1940 y 1944. Desde 1951 una enmienda constitucional establece que solo se puede ser reelecto una vez. El más breve -apenas un mes- correspondió a William Harrison, muerto de pulmonía en 1841.
Un total de 17 presidentes norteamericanos resultaron reelegidos al culminar su primer período, pero solo 11 completaron dos o más mandatos sucesivos. Los últimos fueron Eisenhower (presidente entre 1953-1961), Reagan (1981-1989) y Clinton (1993-2001). Antes de llegar a la Oficina Oval, 11 desempeñaron la vicepresidencia, pero solamente cuatro conquistaron la máxima magistratura mientras ocupaban el segundo puesto con el presidente vivo.
Los estados que más presidentes han aportado son Virginia (7), Ohio (6), Massachussets (4) y Nueva York (4). De estos cuatro estados proviene la mitad de los presidentes estadounidenses. Los del oeste casi no los producen, pues solo Richard Nixon (California) es natural de esa región. Diez presidentes fallecieron en el estado de Nueva York y siete en Washington. Les siguen Virginia (4) y Massachusetts y Tennessee (3 cada uno). El partido que más presidentes ha tenido es el Republicano (18), seguido por el Demócrata (15).
LA MALDICIÓN DE TIPPECANOE
Persiguió a los presidentes de los Estados Unidos desde 1840 hasta 1960 y «aseguraba» que todos los elegidos en un año terminado en cero morirían durante su mandato. Su autoría se le atribuye a un shaman indio cuya tribu fue derrotada por tropas norteamericanas en la batalla de Tippecanoe, en 1811. Comenzó el 4 de marzo de 1841 con William H. Harrison, elegido en 1940, quien, casualmente, había encabezado las tropas en aquel combate. Era un día frío y lluvioso. Harrison pronunció durante dos horas al aire libre y sin abrigo su discurso de toma de posesión, considerado el más extenso en la historia de los Estados Unidos. La exposición al frío y a la lluvia le provocó una neumonía y falleció un mes después.
Además del presidente Harrison, la «maldición», se llevó a la tumba mientras estaban en la Casa Blanca a Abraham Lincoln (elegido en 1860), James Garfield (elegido en 1880), William McKinley (elegido en 1900), Warren Harding (elegido en 1920), Franklin D. Roosevelt (elegido en 1940) y John F. Kennedy (elegido en 1960).
Los presidentes afectados fueron electos en las urnas cada dos décadas, por lo que el desconcertante rosario de muertes también se conoce como «la maldición de los 20 años». Dejó de cumplirse con Ronald Reagan, quien llegó al poder en 1980 y permaneció en el cargo dos mandatos. En 1981 sobrevivió a un atentado con arma de fuego, del que salió gravemente herido.

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martes, 5 de agosto de 2008

Curiosidades olímpicas

Apenas faltan solo unos días para que Beijing, la capital de China, ponga en marcha una nueva edición de los Juegos Olímpicos, máxima cita mundial del deporte aficionado. Estas competencias generan gran cantidad de hechos curiosos, interesantes e insólitos, algunos de los cuales expongo en esta recopilación, desde la Grecia de1896 hasta la Atenas de 2004.
Atenas, Grecia, 1896
El 6 de abril, jueces y atletas de los primeros Juegos Olímpicos Modernos se congregaron en el estadio ateniense para orar y meditar Curiosamente, aquí no se otorgaron medallas de oro, plata y bronce. Los ganadores fueron premiados con preseas de plata y coronas de olivo, mientras que los segundos recibieron medallas de bronce y coronas de laurel. Los anfitriones organizaron una singular prueba de natación: 100 metros libres para marineros, en la que se pedía como requisito ser hombre de mar y... ¡griego! Por cierto, esta disciplina compitió a océano abierto, con temperaturas de 13 grados centígrados. Las premiaciones se realizaron el día del cierre, bajo un torrencial aguacero. Al local Spiridon Louis, ganador del maratón, le permitieron vivir gratis en un hotel de Atenas durante 10 años.
París, Francia, 1900
Los juegos duraron más de cinco meses y casi la mitad de los participantes eran franceses. Por primera vez compitieron mujeres: seis tenistas y una golfista. La natación y el polo tampoco tuvieron piscinas, por lo que se braceó en las aguas del río Sena. Una prueba de esgrima terminó con el espíritu amateur de las olimpíadas, ya que el ganador recibió un premio en metálico. El holandés Marcel Depaillé tenía siete años cuando su tripulación triunfó en remo con timonel, convirtiéndose en el medallista dorado más joven de la historia olímpica. En París se consagró el primer titular latinoamericano: el cubano Ramón Font, campeón en espada. Esta vez, en lugar de medallas, a los vencedores se les entregaron pintorescos objetos que muchos no recogieron: un bastón con puño niquelado, una reproducción de la torre Eiffel, una boquilla de plata con estuche de peluche, unos pares de guantes y un bastón de bambú.
San Luis, EE.UU., 1904
Los juegos fueron un caos organizativo y Estados Unidos ganó el 84 por ciento de las medallas, lo cual constituye todavía un récord. Hubo escándalos como el del local Fred Lordz, quien, luego de concluir en primer lugar en la carrera de maratón, fue descalificado al descubrirse que había recorrido la mitad del trayecto en automóvil. El gimnasta George Eyser se agenció un oro, dos platas y un bronce a pesar de tener su pierna izquierda de madera. En la apertura tuvo lugar uno de los mayores bochornos de la historia olímpica: el espectáculo llamado Días Antropológicos, con personas que representaban, según los organizadores, a razas inferiores: negros, mestizos, judíos y enanos. Decían que las mejores razas siempre tendrían resultados superiores que las peores. Basados en estos conceptos absurdos, organizaron una competición paralela, que hizo ruborizar de vergüenza al mundo civilizado de la época.
Londres, Inglaterra, 1908
Finlandia, bajo el dominio ruso, fue casi obligada a desfilar con el estandarte del zar. Finalmente desfiló sin bandera. Los anfitriones no aceptaron jueces y árbitros extranjeros: ¡todos fueron ingleses! Por primera vez los ganadores recibieron medallas de oro, los segundos de plata y los terceros de bronce. El estadounidense John Taylor fue el primer negro en ganar un metal dorado en una de las cuartetas de relevos. Se estableció la medida actual del maratón en 42 kilómetros y 195 metros. No es, como se cree, la distancia entre la llanura de Maratón y la ciudad de Atenas recorrida por el soldado griego Filípides, sino la que separa al castillo de Windsor del estadio de Shepherds Bus, en Londres. ¿La explicación? El príncipe de Gales quiso que la prueba arrancara en la puerta de su casa. La suerte privó al francés Geo André del oro en salto alto. En su último intento, pasó sobre los 1,90 metros pero sus amplios pantalones de competencia derribaron el listón.
Estocolmo, Suecia, 1912
La gran tragedia de los juegos fue la muerte del atleta portugués Francisco Lazzaro, quien sufrió un colapso y falleció en plena carrera de maratón. Los suecos prohibieron en el programa el boxeo como deporte. Se usó por primera vez el cronometraje y el fotofinish para confirmar a los vencedores en algunas pruebas atléticas de final muy cerrado. El indio norteamericano Jim Thorpe fue despojado de sus títulos en el decatlón y el pentatlón al ser injustamente acusado de recibir dinero por jugar béisbol en su país. Duke Kahanamoku, de Estados Unidos, introdujo un nuevo estilo en la natación: el crawl con pateo en seis tiempos. La distancia más larga del ciclismo -320 kilómetros- se corrió aquí, y el sudafricano Rudolph Lewis ganó la competencia con un tiempo de 10 horas y 42 minutos.
1916: NO SE CELEBRARON (PRIMERA GUERRA MUNDIAL)
Amberes, Bélgica, 1920
En las ruinas próximas al estadio y en los cuerpos de muchos atletas participantes estaban las cicatrices dejadas por la Primera Guerra Mundial. El día inaugural se ofició una misa en homenaje a los muertos. Alemania, Bulgaria, Austria, Hungría y Turquía, enemigas de Bélgica durante el conflicto, no fueron invitadas. Se estrenó la bandera olímpica con sus cinco anillos entrelazados, representando los cinco continentes: verde para Oceanía, amarillo para Asia, negro para África, rojo para América y azul para Europa. También debutó el juramento olímpico de los deportistas. Los hermanos italianos Nedo y Aldo Nadi disputaron entre sí la medalla de oro en la prueba de esgrima. Estos juegos vieron el buen hacer deportivo del inglés Philip J. Noel Baker, plata en los 1500 metros planos en el atletismo. Cuarenta años más tarde, Baker fue galardonado con el Premio Nobel de la Paz.
París, Francia, 1924
El nadador Johnny Weismuller devino gran figura al ganar tres metales dorados. Años más tarde, brillaría nuevamente, pero desde la pantalla grande, interpretando a Tarzán. En fútbol, el equipo uruguayo asombró al vencer en sus cinco partidos y consagrarse campeón. Uno de sus jugadores marcó un gol directo de un saque de esquina. A partir de entonces, esa manera de anotar fue bautizada como el Gol Olímpico. En esta cita debutó la primera villa olímpica, un conjunto de cabañas carente de confort. A pesar de ser el favorito en los 400 metros planos, el inglés Eric Liddell decidió no participar en la final de esta prueba por celebrarse un domingo, día sagrado para la religión protestante. Por primera vez los asistentes a los estadios tuvieron noticias de las pruebas celebradas fuera de esos recintos. Llegaban a través de la telegrafía sin hilos, y por medio de altavoces se daban a conocer al público.
Ámsterdam, Holanda, 1928
Por primera vez fueron utilizadas palomas blancas en la inauguración para simbolizar la paz. El triplista japonés Mikio Oda, el primer asiático en ganar una medalla de oro. Las mujeres pudieron participar de las pruebas de atletismo. Las participantes en los 800 metros terminaron tan agotadas que precisaron atención médica. Esto provocó la eliminación de carreras femeninas superiores a 200 metros hasta los juegos de Roma en 1960.El australiano Henry Pearce ganó la prueba de remos conocida por La Prueba de los Patos, así llamada porque el campeón mermó el ritmo para cederle el paso a una bandada de aves aprovechando su gran ventaja sobre los rivales. Varios países convirtieron los barcos en su lugar de residencia e incluso de entrenamiento. Fue el caso de EE.UU., que desplazó el «S.S. Presidente Rooselvet», en el que también se alojó el único cubano a los juegos, el velocista José Barrientos.
Los Ángeles, EE.UU., 1932
A pesar de que imperaba en EE.UU. la Ley Seca, que prohibía el consumo de bebidas alcohólicas dentro de su territorio, los organizadores consiguieron una autorización para que los franceses, italianos y húngaros pudieran beber vino, bebida predilecta en sus respectivas naciones. El lucro obtenido con los Juegos Olímpicos fue equivalente a un millón de dólares, cifra irrisoria con las ganancias actuales. Los organizadores prohibieron la participación en los juegos al legendario atleta finlandés Paavo Nurmi bajo el pretexto de ser un asalariado del deporte. Los competidores que disputaron los 3000 metros en el atletismo fueron equivocadamente obligados a correr más allá de esa distancia por causa de un error de los jueces en el conteo de las vueltas. Se introdujo el podio para entregar de medallas. La gran figura de la olimpiada fue la norteamericana Mildred Babe Drikson, con tres récords mundiales en el atletismo.
Berlín, Alemania,1936
A pesar del compromiso de los anfitriones de no promover manifestaciones raciales, ideológicas o religiosas, la antorcha olímpica llegó al estadio portada por un miembro de la juventud nazi. El atleta negro norteamericano Jesse Owens ganó varias pruebas y fue la gran estrella de unos juegos concebidos por Hitler para demostrar la supremacía aria. En la inauguración, luego del himno alemán, 100 mil personas gritaron ¡Heil Hitler! en apoyo al dictador. El führer abandonó el estadio antes de tiempo para no verse obligado a estrecharle la mano a Owens en la premiación. En el hipismo, tres caballos se lastimaron seriamente y debieron ser sacrificados. La música de las olimpíadas fue compuesta por el célebre Ricardo Strauss. El baloncesto debutó como deporte olímpico. La final deparó un marcador un tanto curioso y muy alejado de los resultados actuales: Estados Unidos derrotó a Canadá por 19 puntos por 8.
1940 y 1944: NO SE CELEBRARON (SEGUNDA GUERRA MUNDIAL)
Londres, Inglaterra,1948
En levantamiento de pesas, el título femenino del arranque lo ganó la pianista francesa Micheline Ostermeyer. Tres años después de la guerra, la comida escaseaba en Londres. Muchos paises llevaron víveres para sus atletas, o hacían vuelos diarios para traérselos. Los antiguos cuarteles del ejército hicieron las veces de villas olímpicas. Las medallas entregadas fueron de hojalata. El norteamericano Harrison Dillar ganó el oro en los 100 metros lisos. Cuando tenía 13 años, su ídolo Jesse Owens le había regalado los pinchos de sus zapatillas. En 1938, una granada destrozó la mano derecha del oficial del ejército húngaro Karoly Takacs, especialista en tiro deportivo. Comenzó a entrenarse con la mano izquierda y en estos juegos alcanzó con ella el oro y el récord mundial en pistola. Una sensación de los juegos fue el empleo por los nadadores de una pinza en la nariz para forzarles a respirar solo por la boca.
Helsinki, Finlandia, 1952
Helsinki es hasta hoy la ciudad más pequeña en albergar una olimpíada. De los 69 países que compitieron, 43 ganaron por lo menos una presea. Japón y Alemania Federal, readmitidos en la lid. Con solo 15 años de edad, la norteamericana Bárbara Jones devino la titular olímpica más joven, como miembro del relevo 4 x 100 metros. La mayor falta al protocolo se produjo en la premiación de los 1500 metros planos: la banda de música no pudo interpretar el Himno Nacional de Luxemburgo, país del ganador, Josy Barthel. El director reconoció que la pieza no figuraba en su repertorio. Jean Boiteux ganó los 400 metros libres en natación. Al terminar, su padre se lanzó a la piscina vestido y con boina para felicitarlo. La danesa Liz Hartel conquistó la plata en equitación ocho años después de enfermar de polio y perder la movilidad en sus piernas. Necesitaba ayuda para subir y bajar del caballo.
Melbourne, Australia, 1956
La equitación compitió en Suecia, pues los organizadores temían que los caballos les llevasen enfermedades contagiosas. No hubo protocolo en la ceremonia de clausura y los participantes entraron al estadio en medio de un terrible desorden. Ron Clark, figura prominente del atletismo anfitrión, se quemó parcialmente un brazo al encender la pira olímpica, por lo cual no pudo tomar parte en la competencia. El boxeador húngaro Laszlo Papp ganó su tercera medalla dorada consecutiva Por primera vez se ofrecieron supercamas de tallas extras a los espigados jugadores de baloncesto presentes en la cita. El conflicto político entre la URSS y Hungría tuvo su reflejo en el encuentro de polo acuático que disputaron ambos países. El triunfo fue para los húngaros, que se burlaron de sus rivales. Ambos equipos acabaron a puñetazos en la piscina, por lo que tuvieron que intervenir enérgicamente las fuerzas de seguridad.
Roma, Italia, 1960
Primeros juegos transmitidos en vivo y en directo por televisión para 19 países de Europa. Una multitud llenó la Plaza de San Pedro, en el Vaticano, para ver al Papa Juan XXIII, que inauguró la competencia. Con 18 años de edad, el pugilista negro Cassius Clay –luego Muhamad Alí- ganó el oro de los semipesados. Al volver a su país le negaron el paso a un restaurante para blancos. Clay renunció al triunfo y arrojó la medalla dorada a un río. El etíope Abebe Bikila ganó el maratón tras correr descalzo los 42 kilómetros y 195 metros. El inglés Donald Thompson, por su parte, triunfó en los 50 kilómetros de marcha con zapatos de calle. La atleta norteamericana Wilma Rudolph, exparalítica, hizo época en diferentes eventos del deporte rey. Surinam envió su primera representación, formada por un solo atleta, Wim Essajas, quien tenía que correr los 800 metros planos, pero no participó por quedarse dormido.
Tokio, Japón, 1964
El pebetero olímpico lo encendió el japonés Ioshinori Sakai, nacido en Hiroshima en el momento exacto en que una bomba nuclear desoló su ciudad. Debuta una máquina computadora para procesar las estadísticas oficiales de la competencia. La garrocha de fibra de vidrio mejoró la marca mundial en 40 centímetros. El nadador norteamericano Dick Roth fue internado por apendicitis la víspera de disputar los 400 metros libres en la piscina. A pesar de la insistencia de sus médicos, rehusó ser intervenido, nadó la distancia y... ¡obtuvo el oro! Salió de la pileta directo para la mesa de operaciones. El holandés Anton Geesink derrotó en la final de judo al japonés Akio Kaminaga. La presión por la derrota hizo mella en Kaminaga, quien, tras pedir perdón a sus compatriotas, se suicidó. Lo mismo hizo Suburaya, tercero en la maratón: dos años después se hizo el harakiri por la decepción causada al Emperador y a su pueblo.
Ciudad México, México, 1968
Richard Fosbury, de Estados Unidos, impuso la manera de saltar de espaldas en el salto alto y ganó con 2,24 metros. Fueron los juegos de los mayores y mejores registros, pues se batieron 257 marcas olímpicas y 27 mundiales. Tommie Smith y John Carlos, oro y bronce en 200 metros planos y militantes del Black Power -movimiento de protesta por la desigualdad racial en su país-, subieron al podio con guantes y calcetines negros y oyeron el himno norteamericano con la cabeza baja y el puño en alto. Los expulsaron de la Villa Olímpica. Sin poder aguantar la presión, el yugoslavo Vera Nikolic, recordista mundial de 800 metros, se retiró de su serie a los 300 metros, abandonó el estadio y trató de suicidarse en un puente cercano. Su entrenador lo evitó. El discóbolo norteamericano Al Oerter obtuvo su cuarto título olímpico consecutivo en disco. El norteamericano Bob Beamon «voló» hasta los 8,90 metros en salto largo.
Munich, RFA, 1972
Estados Unidos pierde por primera vez en baloncesto varonil, al caer ante la URSS en el último segundo de juego gracias a un canastazo del ruso Alexander Belov. Debuta la mascota como símbolo olímpico: un perrito llamado Wald. Once integrantes de la delegación israelí fueron secuestrados y ejecutados por un grupo árabe llamado Septiembre Negro. El crimen paralizó las competiciones durante 24 horas. Teófilo Stevenson derrotó en los pesos completos del boxeo a Duanne Bobbick, la llamada Esperanza Banca norteamericana. Por primera vez en la historia olímpica una mujer, la alemana Heidi Schueller, hizo el juramento de los atletas, árbitros y jueces. En la ceremonia se homenajearon a las víctimas del tristemente célebre campo de concentración de Dachau en la Segunda Guerra Mundial. El norteamericano Mark Spitz obtuvo siete títulos en natación y estableció otros tantos récords mundiales.
Montreal, Canadá, 1976
Dos pesistas búlgaros y uno polaco, acusados de doping. El estudiante Michel LeDuc invadió el Estadio Olímpico y desfiló desnudo, hasta que fue detenido. La rumana Nadia Comanecci se convirtió en la gran estrella de los juegos, pues, con 14 años de edad, obtuvo siete calificaciones de 10 puntos en gimnástica. El cubano Alberto Juantorena logró un doblete inédito: oro en 400 y 800 metros planos. Boris Onischenko, mayor del ejército soviético, fue eliminado de la esgrima del pentalón moderno por trucar su arma con un sistema que encendía el bombillo de los toques a favor incluso cuando fallaban sus estocadas. Lo degradaron y expulsaron del ejército de su país. El gimnasta japonés Fujimoto se rompió una pierna en el suelo. Lo ocultó y participó en el caballo con arzones y anillas. Gracias a él Japón consiguió la medalla de oro. El jinete italiano Raimondo d'Inzco participó en su octava olimpíada consecutiva.
Moscú, URSS, 1980
El representante de la RDA, Waldemar Cierpinsky, ganó el maratón por segunda vez e igualó la hazaña del etíope Abebe Bikila. El gimnasta soviético Alexander Didiatin se erigió en el más ganador de una olimpíada al adjudicarse ocho medallas, tres de oro, cuatro de plata y una de bronce. Además, fue el primer hombre que recibió por el jurado una calificación de 10 puntos. El nadador soviético Vladimir Salnikov rompió la barrera de los 15 minutos en los 1500 metros libres. Un hecho curioso fue el oro y la plata de la RDA y la URSS en la prueba del doble par del remo con dos parejas de gemelos: los germanos Bernd y Jorg Landvoigt y los soviéticos Yuri y Nicolai Pimenov. La jabalinista cubana María Caridad Colón, primera latinoamericana en obtener una medalla de oro olímpica.
Los Ángeles, EE.UU., 1984
La antorcha entró al estadio en manos de Gina Memphill, nieta de Jesse Owens, mítico campeón de 1936. La suiza Gabriela Andersen terminó la prueba de maratón deshidratada y con la mitad de su cuerpo paralizado por calambres. Llegó a la meta en zig-zag en medio de una ovación. Los nietos de Jim Thorpe recibieron de manos de Juan Antonio Samaranch, presidente del COI, las dos medallas de oro del decatlón y el pentatlón que le habían sido escamoteadas injustamente al formidable indio en los Juegos de Estocolmo, en 1912. Por primera vez una olimpíada no fue financiada por el Estado, sino por empresarios. Se autorizó la participación de profesionales del fútbol. Joan Benoit, primera mujer en ganar el maratón. Cuatro medallas de oro para el local Carl Lewis, «El Hijo del Viento» en 100 y 200 metros, relevo 4 por 100 y salto largo. Igualó la cosecha de su compatriota Jesse Owens, en Berlín 1936.
Seúl, Corea del Sur, 1988
Los últimos Juegos Olímpicos en los que la ceremonia de apertura se realizó en horario diurno. En uno de sus saltos, el clavadista estadounidense Greg Lougains se golpeó la cabeza contra el trampolín y tuvo que recibir cuatro puntos de sutura. A pesar del incidente, regresó al tanque y logró el título. Por la gran cantidad de participantes y para evitar una ceremonia de clausura interminable, los organizadores sugirieron a las delegaciones dejar dos tercios de sus atletas fuera del desfile de clausura. Los jueces de boxeo escandalizaron con decisiones que originaron más de una trifulca tumultuaria. El 26 de septiembre, Micjella Verdier, portavoz del COI, confirmó que el vencedor de los 100 metros planos, el canadiense Ben Johnson, había dado positivo en el control antidopaje. Apareció Kenia como primera potencia mundial en el medio fondo. Venció en 3000 metros con obstáculos, 800, 1500 y 5000 metros.
Barcelona, España, 1992
La pira olímpica fue encendida por el arquero Antonio Rebollo, quien lanzó una flecha en llamas desde el centro del estadio. No acertó en su lanzamiento y el pebetero se inflamó mediante un mecanismo electrónico que pasó inadvertido para el público. Sudáfrica volvió después de 36 años de ausencia. Participaron, por primera vez, todos los comités olímpicos nacionales adscriptos al COI. Dos anécdotas paternas: el padre del nadador norteamericano Ron Karnaugh murió de un infarto durante la ceremonia de apertura, después de fotografiar a su hijo. Derek Redmond se lesionó en la final de 400 metros planos y su progenitor bajó desde las gradas para ayudarlo a atravesar la meta. Por su parte, la judoca española Miriam Blasco fue oro un mes después de la muerte de su entrenador, Sergio Cardell.
Atlanta, EE.UU., 1996
La fiesta por los 100 años de los Juegos Olímpicos Modernos fue resumida en una bomba que estalló en el parque Centenario con saldo de dos muertos y 111 heridos. Los organizadores de Atlanta, ciudad natal de la Coca Cola, amenazaron con quitarle la medalla de oro en los 200 metros libres a la nadadora costarricense Claudia Poll, por competir con una gorra con el logotipo de la Pepsi Cola. Pese a sufrir del Mal de Parkison, Cassius Clay encendió el pebetero. El inglés Linford Christie, titular en Barcelona 1992, fue descalificado por dos arrancadas en falso en los 100 metros planos. La bella jugadora alemana de hockey sobre césped Eva Hakembaeur perdió su falda en el partido contra España en un lance frente a la portería rival y miles de cámaras fotográficas activaran sus obturadores desde las gradas.
Sydney, Australia, 2000
Apareció el traje de baño de cuerpo entero entre los nadadores, diseñado de un material llamado fastskin que imita la piel lisa del tiburón. Durante la celebración de los juegos murió la esposa del presidente del COI, Juan Antonio Samaranch. La bandera olímpica original volvió a estar en posesión del COI, 80 años después de haber sido robada por el atleta estadounidense Harry Prieste en los juegos de Amberes en 1920. El ladrón viajó a Sydney para devolverla y fue perdonado. El COI permitió la participación de cierto número de atletas carentes de currículos competitivos. Uno de ellos fue el nadador guineano Eric Moussambani, quien aprendió a nadar dos meses antes de los juegos y nunca se había lanzado a una piscina oficial. El africano estuvo a punto de ahogarse en la alberca en las eliminatorias de los 100 metros libres, donde cronometró casi dos minutos, la peor marca de la historia.
Atenas, Grecia, 2004
Para hacer las medallas de los ganadores se necesitaron trece kilos de oro, una tonelada de plata y otra de bronce. Se fabricaron a un ritmo de 150 por día en Aspropyrgos, al oeste de la capital griega. Fueron tres mil en total: 986 de oro, 986 de plata y 1150 de bronce. Las de los vencedores recibieron una capa de oro suplementario en Suiza. Cada una pesa 150 gramos y tiene un diámetro de seis centímetros. Los atenienses organizaron por segunda vez las olimpiadas. Para la ocasión restauraron el longevo estadio Panatenaico, sede de las pruebas de campo y pista en 1896. El 18 de agosto, los organizadores desarrollaron allí una jornada especial que incluyó la impulsión de la bala, donde la cubana Yumileidi Cumbá conquistó el oro con registro de 19,59 metros.

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martes, 1 de abril de 2008

Ayer y hoy de nuestras calles

Los seres humanos hacemos entrada en el mundo con nombres elegidos por nuestros parientes más próximos. Luego los llevamos durante toda una vida y solo en ocasiones algún inconforme decide cambiar el suyo para siempre.
No ocurre igual con las calles y sus denominaciones. Una avenida pudo haber tenido ayer una identificación, ostentar hoy otra y exhibir mañana una tercera. Es que ellas, como las personas, tampoco eligieron sus nombres.
Hace casi 160 años, Las Tunas fue declarada Ciudad por las autoridades coloniales españolas. En 1868, cuando estalló la Guerra Grande, contaba con 15 vías urbanizadas, cuyas identificaciones tenían que ver con la nobleza ibérica de la época o con algunos de sus protagonistas. Ninguna conserva hoy su identificación original, pues a partir de 1902 fueron rebautizadas con nombres de patriotas cubanos o con fechas memorables de la historia nacional.
Por entonces, la céntrica Avenida Vicente García se llamaba Isabel II, y Cristina la también populosa Francisco Vega. Otra conocida, la Lico Cruz, se denominaba María Luisa, mientras que la Martí estaba inscripta en el Ayuntamiento con el nombre de Carlos Conus. El tránsito vehicular y peatonal no era ni la sombra del actual.
La lista se extiende a las actuales calles Colón, Joaquín de Agüero, Heredia, Maceo, Villamar y 24 de Febrero, que en 1868 tenían en sus esquinas los rótulos de Avenida de los Peces, Peguero, Cruz Verde, Canoa, Obrapía y Campana, respectivamente.
La Francisco Varona se llamaba Bayamo; la Julián Santana, O´Donell; la Lorenzo Ortiz, Infanta; y la Ramón Ortuño, Pinillos. Algunas tuvieron más de un nombre. Como la Lucas Ortiz, que, antes de recibir ese bautizo en 1931, se llamó Príncipe en 1868, Bomberos en 1869, Moratín en 1884 y Becerra en 1905.
En la ciudad tenemos otro caso: la calle Colón, llamada así desde su origen en la zona de La Martilla hasta su homóloga Francisco Varona. De ahí a Gonzalo de Quesada se nombra Ángel Guardia, y de allí hasta la línea de ferrocarril, Avenida Frank País. En lo adelante, y hasta la salida hacia la norteña ciudad de Puerto Padre, se le conoce por Avenida Camilo Cienfuegos.
También contamos con una cuadra con nombres diferentes en cada acera. Está ubicada en la llamada Placita de los Recuerdos, en el reparto México. Aquí convergen en forma de cuchilla las calles Joaquín de Agüero y Nicolás Heredia. Ambas siguen la misma vía con igual identidad hasta la Feria Agropecuaria, por lo que muchos vecinos viven en la misma cuadra, pero no en la misma calle.
En materia de longitud, la calla más corta de la ciudad es la Custodio Orive, que pasa por un costado del parque Maceo, frente a la sede tunera de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y tiene apenas cien metros. La de mayor extensión, la Avenida Vicente García, que recorre de un extremo a otro el perímetro citadino y comparte pavimento durante un tramo con la Carretera Central
En fin, unas por cambiar de nombres más de una vez, otras por llevar varios al mismo tiempo y hasta alguna con más de una denominación histórica, nuestras calles son símbolos legítimos que debemos cuidar para las generaciones que nos sucedan.

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viernes, 7 de marzo de 2008

Nombres y enigmas

La ciudad de Las Tunas cuenta con algunos establecimientos comerciales cuyos nombres tal vez resulten enigmáticos para buena parte de sus hijos, a pesar de los años que llevan compartiendo la cotidianidad con ellos. Se trata de denominaciones extravagantes, pero que lograron imponerse gracias a su prolongada utilización entre la ciudadanía.
Tal vez muchos tuneros piensen que el nombre de nuestro céntrico restaurante-cafetería Reymar tiene algo que ver con la especialidad de pescados y mariscos que hoy exhibe su carta. No es así, realmente. Fueron sus antiguos dueños –Reynaldo Torrent y Mario Patiño- quienes decidieron conformarlo hace más de 50 años a partir de la fusión de las tres primeras letras de sus respectivos nombres. De ahí que Rey se uniera a Mar para que naciera el Reymar.
Otros establecimientos de la ciudad ostentaron también nombres derivados de curiosas combinaciones. Un ejemplo que no quiero dejar de relacionar en esta crónica: donde estuvo hasta hace un tiempo la emisora Radio Victoria –en los altos del remozado Teatro Tunas- funcionó durante algunos años un colegio llamado Regil, conjunción de las dos primeras letras de Renán y de las tres primeras de Gilberto, que así se llamaban por entonces sus propietarios.
Voy con otro caso: donde hoy funciona la unidad Dos Gardenias, casi frente a la Dirección Provincial de Patrimonio Cultural, radicó en la etapa prerrevolucionaria el departamento Mercantil Riper, que comercializaba papelería y artículos de oficina diversos. En ese ejemplo se trataba de la sílaba inicial de Rigoberto y de las tres primeras letras de Pérez, su dueño. Interesante, ¿verdad?
A veces reparamos en nombres de instituciones que consiguen desconcertarnos. Sin embargo, la mayoría tiene una justificación en la realidad, en tanto constituye el reflejo de una época ya vencida. Hoy algunos, como el propio Reymar, todavía exhiben aquellas generales. El pueblo agradece de corazón tamaña sobrevivencia.

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lunes, 3 de marzo de 2008

Así nos llegó el teléfono

En Las Tunas tenemos teléfonos desde la segunda década del siglo pasado. Pero, antes de entrar en detalles sobre este utilísimo aparato, ¿sabe usted por fin quién lo inventó? En el año 2002, un fallo del Congreso de los Estados Unidos le atribuyó el mérito al italiano Antonio Meucci, quien lo demostró en público en 1860 en la ciudad de Nueva York, 16 años antes de que el norteamericano Graham Bell lo patentara.
Meucci y el teléfono tienen mucho que ver con nuestro país. Este ingeniero florentino arribó a La Habana en 1835 y poco después fue contratado como mecánico en el Teatro Tacón. En 1849, mientras empleaba un método de electroterapia para curar enfermedades, descubrió por casualidad que la voz podía viajar mediante impulsos eléctricos a través de un cable de cobre. A partir de ese momento Meucci se dedicó a desarrollar un aparato al cual denominó telégrafo parlante, antecedente de nuestro imprescindible teléfono.
En Cuba se utilizó por primera vez el teléfono como servicio a escala pública en el año 1881. Poco tiempo después, una central automática habanera llegó a incluirse con justicia entre las más modernas de su tipo en el planeta. Sus líneas de comunicación estaban conectadas con el territorio de los Estados Unidos a través de un cable submarino que descansaba sobre el fondo del Estrecho de la Florida.
Los preparativos para la bienvenida tunera al teléfono comenzaron en 1912, cuando el Ayuntamiento autorizó colocar postes en diferentes sitios de la ciudad. Un año después, quedó constituida aquí la Compañía de Teléfonos. La primera estación local para realizar llamadas se construyó en la esquina donde hoy se encuentra el Teatro Tunas. Solo tenía capacidad para 18 canales. El primero le fue asignado al comandante Eduardo Vidal Fontaine, a la sazón alcalde de la ciudad.
El servicio telefónico de entonces en nada se parecía al de hoy, pues los equipos de magneto eran toscos, enormes y pesados. Solo después de varios minutos de manigueta respondía la operadora. Además, se trataba de un lujo caro y exclusivo, al alcance solamente de las fuerzas vivas de la ciudad.
En la actualidad, la provincia de Las Tunas dispone de una moderna infraestructura telefónica en todos sus municipios y más del 90 por ciento de ella se encuentra digitalizada. Tiene en su haber otros, como las tarjetas prepagadas, el candado electrónico, la conferencia múltiple y el identificador de llamadas, entre otros.

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sábado, 26 de enero de 2008

Una comarca singular

La naturaleza parece que eligió a la geografía de Las Tunas para alimentar su vocación de jaranera empedernida. ¡Vaya manera de divertirse la muy pilla a costa de sus criaturas! En tanto nuestra madre común, sus excentricidades no establecen distinciones. Porque lo mismo le toma el pelo al reino animal que al vegetal y al mineral. Basta revisar los archivos locales para confirmarlo.
Comenzaré con ejemplos relacionados con animales. En la zona de Santa María 16, municipio de Jesús Menéndez, obligó a un infeliz gallo a pasar por la vergüenza de poner huevos. ¡Vaya humillación delante de las gallinas! Con otro quiquiriquí del reparto Sosa se explayó de una manera diferente: lo condenó a transitar por la vida con cuatro patas en lugar de dos. No satisfecha con eso, a un tercer individuo de cresta y espuelas del poblado de San Manuel le hizo la jugarreta de dotarlo de un par de patas tan largas y ridículas que más se parecía el desafortunado a un flamenco que a un ave de corral. Francamente, los gallos tuneros tienen razones para quejarse.
Algunos perros han sido también blancos de bromas genéticas de dudoso gusto. De un lote de perritos recién nacidos por la zona de Majibacoa, la madre suprema se burló así: incluyó en la camada a un cachorro tan parecido a un gato que hasta maullaba y todo. Papá perro –suspicaz- debe de haber mirado con ojos torcidos a mamá perra. Imagínese, el pequeño solo tenía de can el rabo y las orejas. En todo lo demás era un auténtico minino. Los veterinarios hablaron luego de malformaciones congénitas y de esas cosas.
Y a propósito de malformaciones, alguien me comunicó que en Manatí un cerdito nació con dos cabezas y un cuerpo. Y de otro que vio la luz con dos cuerpos y una cabeza. Pero, al parecer, la Doña se percató de que estaba yendo demasiado lejos con sus ocurrencias grotescas, y entonces decidió que tanto uno como otro tuvieran solamente unos minutos de vida.
Y eso de que perro y gato han sido enemigos irreconciliables desde que el mundo es mundo, ella lo puso en entredicho. Porque, si así fuera, ¿cómo una perra del suereño municipio de Jobabo permitió –sin mostrar sus amenazadores y afilados dientes- que un gatito huérfano y hambriento se prendiera de sus tetas a darse un atracón de leche fresca? Inexplicable.
Como para demostrar su omnipotencia, se gastó, además, la travesura de inducir a un diminuto, multicolor e intranquilo colibrí a comer y a beber de la mano de una muchacha en el barrio de Becerra.
Al reino vegetal no le va mejor en esta retahíla de tomaduras de pelo. En el poblado de Almendrón, la monarca se encaprichó en que un cocotero tuviera dos troncos, y así, en original y copia, sobrevive el larguirucho. A otro de la misma especie lo convirtió en contorsionista. ¿Cómo? Hizo que su tronco elástico y fibroso se torciera hacia un lado hasta quedar paralelo con la tierra.
Los plátanos tampoco quedaron fuera del retozo contranatura: una mata cultivada en territorio de El Cerro de Caisimú tuvo una parición mitad burros y mitad machos. Y los frutos de una segunda sumaron 179, con un peso total de 80 libras. No satisfecha con estas marcas, una tercera se dio el lujo de alumbrar no uno, sino... ¡tres racimos!
El caso de las guayabas del poblado de Delicias, en Puerto Padre, es antológico. No pecarían de impostoras si se les confundiera con aguacates. ¿Y qué decir del ñame extraído en la zona de Maniabón? Es como para persignarse: ¡215 libras de peso!
Concluyo: una variedad tan humilde como el limón segregó seguramente abundante ácido cítrico con las bufonadas de su creadora natural. Esta decidió que en uno de dichos frutos coexistieran dos al unísono, lo cual elevó su cotización a la hora de la limonada. No se quedó ahí, empero. Y, como en un alarde de mágicos poderes, convirtió en trillizo a un cilíndrico y verde pepino en su misma parcela de germinación, quizás también con las intenciones de potenciarle el rendimiento sobre la fuente de las ensaladas. Hay más: a una mata de fruta bomba, también en Puerto Padre, la empinó hasta los nueve metros de altura. Con semejante tamañón, ¿quién sería capaz de escamotearle una papaya para hacer un batido?
Con las personas no ha sido menos guasona la reina de la vida. Ahí va un ejemplo con reminiscencias de quirófano y de bisturí: en el tunero hospital «Guevara», un cirujano le extrajo del vientre a una mujer un enorme fibroma que pesó... ¡25 libras! Tan inusual suceso no tiene precedentes en los anales de las Ciencias Médicas del territorio.
Y otro caso singularísimo: en el municipio de Manatí, un niño vino al mundo con sus encías pobladas de dientes, listo tal vez para hincarlos en el primer chicharrón que le pusieran delante. En tanto, por la zona de San Antonio de El Cornito, hubo hasta hace poco tiempo un anciano ciego –Rafael- que excavaba pozos derechitos y simétricos sin recibir ayuda ni de arriba ni de abajo de los orificios. ¡Solito se las arreglaba con sus herramientas! Parecía tener ojos en las manos. Y ya que hablamos de huecos para el vital líquido, es muy conocido entre los tuneros el insólito hecho de que en las proximidades del litoral de Puerto Padre existe un pozo cuyas aguas son potables y dulces.
Sí, Las Tunas es tierra de curiosidades. Se trata de un divertimento de la madre naturaleza en este territorio exuberante y pintoresco. Provincia con nombre de planta desértica, región marcada por una toponimia que hace sonreír por su originalidad, comarca de recurrencias escultóricas, permanece ahí, asomada al balcón del oriente cubano, como un libro singular abierto al visitante.

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miércoles, 16 de enero de 2008

Historia sobre ruedas

Aunque la mayoría de los médicos y de los profesores de Educación Física dan por hecho que caminar es un excelente ejercicio para fortalecer la salud física y mental, no es menos cierto que recorrer por necesidad a pie grandes distancias ha representado siempre un fastidio para la gente de cualquier época.
Hace unos cinco mil años nació en la ciudad sumeria de Uruk, en la antigua Mesopotamia y actual Iraq, el invento más trascendental de la historia de la humanidad: la rueda. Su aplicación práctica vino en ayuda de la gente de a pie, porque propició al unísono el surgimiento de los primeros medios de transporte de los que se tengan referencias.
En al año 1903 comenzó a circular en Las Tunas lo que se considera como nuestro primer «vehículo» de pasaje. Se trataba de un carretón tirado por dos mulas, con asientos laterales para diez personas y propiedad de un holguinero llamado Quintilio Cruz Escobar. Cubría el trayecto entre el puente Wood de la calle Vicente García y el paradero del ferrocarril, a un precio de cinco centavos.
El negocio de Quintilio tuvo al instante múltiples seguidores que se dieron a la tarea de habilitar a toda prisa sus propios carromatos. La ciudad era todavía pequeña y solo contaba con unos pocos miles de habitantes. Pero los tuneros de entonces acogieron complacidos esta alternativa de mejoría para sus piernas.
La tracción animal se extendió ipso facto al sector del comercio y los abastecimientos. Los anales citadinos confirman que por entonces convoyes de carretas tiradas por bueyes hacían el viaje de ida y regreso por caminos casi intransitables entre Victoria de las Tunas y el distante puerto de Nuevitas, en la provincia de Camaguey, en marchas que duraban varias jornadas. Por fortuna, tamaño esfuerzo tuvo vida limitada, pues la situación cambió en el propio 1903, con la inauguración del paso por la ciudad del ferrocarril central.
El automóvil hizo acto de presencia entre los tuneros algunos años después, aunque el primero de todos ya circulaba en La Habana desde diciembre del año 1898. El suceso original ha sido reseñado así por sitio especializado que navega en Internet: «Aquel vehículo con motor de bencina, capaz de recorrer apenas unos 10 kilómetros por hora, de apariencia endeble y bastante inseguro, llegaba para hacerle la competencia al coche de caballos, poner a las autoridades a pensar acerca de nuevas regulaciones del tránsito y forzar al mejoramiento de los caminos todavía polvorientos de la capital cubana».
En definitiva, no fue hasta el año 1916 cuando exhibió su rocambolesca y estrepitosa figura por las calles de Victoria de Las Tunas el primer automóvil del que tengamos referencias. Era del tipo conocido por tres patás y -entre bocinazos y traqueteos- al timón iba muy orondo su propietario, un señor de nombre Juan Rosabal, de quien no se conocen detalles complementarios.
Meses más tarde, el coronel del Ejército Libertador Narciso Fonseca rodó en la ciudad el primer camión, que -según documetnos de la época- pesaba alrededor de seis toneladas. Días después de su estreno en la vía pública, y según reseñó jocosamente la prensa local de la época, el vehículo se accidentó mientras cruzaba cargado de ladrillos por el único puente que la ciudad tenía a la sazón.
Casi al unísono con la introducción del automóvil en Cuba, surgieron los servicentros, a los que también se les denominaba por entonces garajes. El pionero de ellos en la isla estuvo ubicado en el número 28 de la habanera calle Zulueta. En Las Tunas ocurrió algo parecido, de ahí que desde 1916 los novísimos vehículos dispusieran de un sitio para habilitarse de combustible: una primitiva bomba de gasolina cerca del paradero y registrada a nombre de un tal Juan Ramírez, quien personalmente le daba manigueta para hacer fluir el líquido desde el aljibe en que se encontraba depositado. Antes de la introducción de semejante novedad tecnológica, el hidrocarburo se distribuía en latas metálicas con capacidad para dos galones.
Lo de las guaguas locales vino luego. Ya la ciudad se había expandido, por lo que sus rutas comenzaron a recorrerla en diferentes direcciones. Aquellos vehículos tenían una singularidad común: todas sus conductoras-cobradoras eran mujeres.
Cuando le correspondió su turno, el ferrocarril tunero pasó veloz a desempeñar un importante papel en materia de transportación pública. El municipio de Manatí resultó el que más hizo por convertirlo en tradición, al implementar todos los días varios viajes regulares entre sus predios y la ciudad de Victoria de Las Tunas, distante 46 kilómetros. Y cosa curiosa: durante decenas de años, los manatienses llevaron sus muertos hasta el cementerio local por el también llamado camino de hierro. Se trata de una costumbre que no tiene precedentes conocidos en todo el territorio nacional.
Manatí atesora en sus anales otra exclusiva en materia transportista: ¡un avión de pasajeros! En efecto, allá por los años 70 y tantos del siglo pasado, una avioneta agrícola realizó vuelos comerciales entre la cabecera municipal y la ciudad de Las Tunas. Bastaba media hora para cubrir el trecho con una tarifa de cinco pesos por viajero. La gente descendía orgullosa del aparato en la estropeada pista del central Argelia Libre, como si hubiera hecho el viaje en una modernísima aeronave de última generación.
Y a propósito, el tema de la aviación tunera no puede tratarse sin mencionar a una mujer de armas tomar: Nelia Rodríguez, la primera fémina de la zona oriental de Cuba en pilotear a solas una nave aérea. Ocurrió en 1952, cuando ella –estudiante de una escuela de aviación existente en la ciudad- trepó sin compañía hasta la cabina de un pequeño Pipper J-3, tomó asiento ante los mandos, arrancó el motor, correteó por la pista del aeródromo, despegó como una consagrada, tomó altura sobre la ciudad, dio varias vueltas sobre ella y luego, sin contratiempos, aterrizó como una paloma.
También el transporte marítimo tiene su historia en Las Tunas. Hace unos cuantos años, antes de sobrevenir el Período Especial en Cuba, hubo una línea de pasajeros que unía a la ciudad granmense de Manzanillo con el puerto tunero de Guayabal, en el municipio de Amancio. El crucero lo realizaba un barco de mediano porte y capacidad sobre las aguas del Golfo de Guacanayabo. Es esa la razón por la que muchos manzanilleros viven hoy en Guayabal y no pocos guayabalenses hayan tomado residencia en Manzanillo.
Hoy el transporte público tunero prosigue coloreando nuestras calles y carreteras, urgido por circunstancias que piden a gritos imaginación y pragmatismo. Ahí están para probarlo los camellos, esos colosos rodantes mitad ómnibus y mitad rastras. Y los inefables bicitaxis, prestos siempre a llevar a sus clientes hasta cualquier punto.

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domingo, 13 de enero de 2008

El otro chivo Pancho

Aunque ya no recorre con pasos fatigados el bar ni les golosea las cervezas a los visitantes, el bien recordado chivo Pancho se estableció nuevamente en su entrañable Cerro de Caisimú, aquel antiguo motel tunero convertido hoy en una base de campismo. Solo que ahora llegó para toda la vida y sin arriesgar el pellejo, porque, ¿a quién se le ocurriría hacer un chilindrón de un chivo de ferrocemento?
En los años 80 del siglo pasado, el chivo Pancho era de carne y huesos como cualquier otro chivo, una especie de mascota muy querida por los parroquianos asiduos a la instalación. Hasta que una noche unos jodedores pasados de copas lo raptaron en un vehículo y «se lo fueron a comer allá por Sibanicú», como dice una canción que le compusieron después. Semejante chivicidio privó desde entonces al pintoresco motel de una de sus principales atracciones.
Pero hete aquí que al escultor tunero Manuel Montero se le ocurrió restituir a Pancho a su otrora lugar de residencia... convertido en una réplica de ferrocemento que simula el color del bronce. Y, por aquello de que la soledad es mala consejera, le hizo acompañar de una chiva y un chivito del mismo material, con lo cual el sobredimensionado conjunto adquirió visos de auténtica familia.
Montero no se permitió improvisaciones en esta nueva obra llena de sensibilidad y buen gusto. ¡Todo lo previó hasta el último detalle! Para ello escogió un ángulo con una visibilidad excelente y rodeado de grandes piedras, que es el entorno natural de los chivos. Pero mire bien la foto, lector, y dígame después: ¿no parece que el Cerro de Caisimú ha vuelto a contar con su querido chivo Pancho?

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sábado, 15 de diciembre de 2007

Caprichos de gallinas

Las gallinas de Las Tunas andan últimamente con la autoestima por las nubes. En lugar de preocuparse por cacarear y por constituir familia, les ha dado ahora por aspirar a vedettes. Sus congéneres de corral están escandalizadas con las fatuas excentricidades de estas paranoicas con ínfulas de recordistas planetarias. ¡Vaya manera de violentar la lógica y los convencionalismos las muy pícaras!
Pues sí, hace unas semanas atrás, una polluela negra, con gallinero sito en las afueras de esta ciudad del oriente de Cuba, coqueteó con la gloria y fue durante varias jornadas titular en buena parte de los medios de información del planeta. Les ofrezco las razones para tamaño desafuero: en su primera vez al bate -digo, en su primera vez al nido- la novata puso un huevo de 90 milímetros de largo y 60 de ancho que pesó... ¡148 gramos! El archifamoso libro Guinness de los Récords jamás había registrado algo parecido.
La flamante plusmarquista, sin embargo, no se contentó con echar fuera tan desproporcionada postura, sino que la concibió al estilo de las cajas chinas, es decir, con otra en su interior, lo cual acrecentó su notoriedad. Y no es para menos, porque los expertos –valga decirlo- le confieren a los huevos de 45 gramos de peso la condición de chiquitos, a los de 65 la de normales y a los que llegan a 75 el rango de grandes. En consecuencia, el huevo tunero se incluye por derecho propio en la división superpesada. Solo falta calcular cuántas personas podrían haber comido revoltillo en caso de que el dueño del ave hubiera pasado yema y clara por una sartén caliente.
Enterado del acontecimiento por la magia de Internet, Nelson Carneiro, especialista brasileño en la materia, escribió en su página personal de la web el siguiente comentario: «Este huevo gigante significa una aberración de la naturaleza, pues eso solamente sería posible en aves seleccionadas, con pesos corporales próximos a los 3,5 kilogramos». Los parámetros del experto carioca, desde luego, no armonizan con nuestra criollísima y plebeya polluelita, carente de pedigrí, lo cual multiplica su récord fuera de linaje.
Pero la proeza de la joven ponedora duró lo que el clásico merengue en la puerta de un colegio. En efecto, poco tiempo después la Agencia de Información Nacional de Cuba circuló la noticia de lo ocurrido en una granja avícola de la provincia de Pinar del Río, en el extremo occidental de la isla, la cual transcribo parcialmente:
LOS PALACIOS, Pinar del Río (AIN).- Un huevo de 168 gramos de peso, reportado en esta localidad, reúne las condiciones para romper el récord Guinness en poder de una gallina de la provincia de Las Tunas. La postura de ave, con 120 milímetros de largo y 80 de circunferencia, si bien no es de oro, produce asombro en quienes la han visto. El hecho ocurrió en el área de autoabastecimiento para obreros y familiares de la unidad empresarial de base cosechadora de arroz en Los Palacios, a partir de la repentina muerte de una de sus aves de corral. Ante el suceso, el veterinario patólogo del centro decidió intervenirla quirúrgicamente para determinar las causas y en esos menesteres le fue detectado y extraído el descomunal huevo, a la postre fatal para su progenitora, una gallina de la especie llamada montañés, híbrido de criolla y canadiense.
A juzgar por la información de los colegas, esta unidad ovoide podría aspirar con toda potestad al certificado de nueva recordista universal. Lástima que, si se lo reconocen finalmente los editores ingleses, el lauro deba ser adjudicado con carácter póstumo, pues la protagonista falleció en el intento de soltarlo fuera. La polluelita negra de Las Tunas, sin embargo, continúa viva y en juego, picando de lo que pican los pollos en el patio de su dueño, el ornitólogo Humberto Cao. Y por cierto, sería legítimo de su parte interponer recurso legal para que se le respete la primacía obtenida en buena lid, pues su huevo «nació» por las rutas convencionales y no por la vía de la cesárea, como le sucedió al de la plumada pinareña.
Y ahora esta otra, también envuelta en plumas: Desde que el mundo es mundo, las gallinas han puesto siempre sus huevos a ras de suelo, ¿no es cierto? Lo mismo dentro de un cajón que debajo de un matorral. Pero resulta que una joven polluela -¡ahhh, los jóvenes siempre rompiendo patrones!- del tunero poblado de Calixto, cerca de la capital provincial, se ha encaprichado en hacerlo encima de un tamarindo. ¡Despega y aterriza a la manera de una paloma! Allá arriba, entre los troncos del árbol, construyó la muy extravagante su nido, y, según todo parece indicar, le va de lo mejor.
Se trata, como en el caso de los huevos gigantes, de algo inusual, porque las gallinas, hablando en términos de béisbol, se trasladan de un sitio a otro de roling, no de flai. Un sitio digital lo deja claro al decir que «ciertas aves, como las gallinas, los pavos y los avestruces, no pueden volar o realizan un vuelo bajo y corto, más bien parecido a un salto prolongado». Y agrega: «Eso se debe a que sus alas son débiles y poco desarrolladas y a que carecen de poderosos músculos pectorales capaces de permitirles emprender vuelo estable y sostenido, como en el caso de las golondrinas, los vencejos, las águilas, las palomas y otras especies.» Añade que el vuelo estable depende también del tamaño de los huesos, la alta temperatura, la fuerza del corazón e, incluso, de las plumas. «El esqueleto de un ave voladora es siempre muy ligero y de huesos delgados, en cuyo interior hay aire en lugar de médula», refiere el cibersitio.
Ahora, independientemente del tamaño de sus alas, de las proporciones de su pechuga, del temple de su miocardio y de su estado febril, lo que trae en ascuas a la gente en Las Tunas es saber cómo se las arreglará para bajar a sus polluelos del tamarindo cuando salgan del cascarón. Sí, ella, por libérrima elección, construyó su nido en las alturas y puso los huevos allá arriba. Pero, ¿y ahora qué? La pregunta se las trae. ¿Alguien tiene una respuesta?

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jueves, 22 de noviembre de 2007

Pedradas desde el cielo

Al filo de las dos y media de la tarde del viernes 29 de marzo de 1963, Enma Gutiérrez sacó media humanidad por el hueco de la ventana del comedor y fijó sus ojos castaños en las nubes. «¡Ñoo, va a caer tremendo aguacero!”» dijo para sí. Mujer precavida, corrió ligera a recoger lo que tenía oreándose en los cordeles del patio. «Bien que nos vendría aunque fuera una chubasco», pensó, mientras se echaba al hombro sábanas, camisas, blusas, toallas... Tuvo que apresurarse. «¡Uff, gracias a Dios me dio tiempo!», se felicitó. Ya dentro de la casa y con la ropa seca, se sirvió una tacita de café. «¡Qué rico!», reconoció. Estaba aún relamiéndose de gusto cuando se desató aquella tormenta horrible. Luego vinieron 40 minutos laaaaaaaaargos que los tuneros de la época no olvidarán en lo que les resta de vida.
«Recuerdo que había una seca tremenda y todos estábamos locos porque lloviera –apunta el hoy septuagenario Alcides Viamontes. Ese día el cielo se puso negro como chapapote. ¡Parecía que lo habían pintado!. Los primeros goterones nos llenaron de contentura. Imagínese, el agua es el todo. Y uno pensando en las cosechas, en los animales... Pero cuando llegaron los granizos la cosa se puso fea. Oiga, periodista, ¡fea! Yo nunca he visto nada parecido. Rebotaban como pelotas ahí mismitico, en el patio. Eran así de grandes. Estuvieron cayendo 10 ó 15 minutos, más o menos. Lo suficiente como para que acabaran con la quinta y con los mangos.»
Un corresponsal del diario habanero Revolución destacado en la otrora Victoria de Las Tunas simplificó el insólito suceso con una breve frase: «El entusiasmo inicial de los tuneros se tornó pronto en preocupación.» Y no era para menos. De súbito comenzaron a vivirse dramáticos momentos de angustia. La tormenta no solo se volvió implacable, sino también agresiva. Y se buscó un aliado poderoso: el viento, que, en ráfagas huracanadas, llegó a alcanzar hasta 75 kilómetros por hora. Llovió a cántaros, al punto que los pluviómetros registraron casi 45 milímetros. ¡Y aquellos granizos! Parecía como si un ejército armado de tirapiedras la hubiera emprendido contra la ciudad desde algún recóndito escondrijo del cielo.
Fue un desastre memorable. Quizás uno de los más espectaculares en los anales citadinos. La siniestra cofradía agua-viento-granizo derrumbó viviendas, pulverizó anuncios lumínicos, echó abajo vallas publicitarias, quebró vitrinas comerciales, arrancó árboles y postes... En los populares repartos Buena Vista, Santo Domingo y Sosa dejó un saldo de más de 25 personas lesionadas que requirieron de urgente asistencia médica. Fueron interrumpidos temporalmente, además, el fluido eléctrico y las comunicaciones telefónicas y telegráficas...
«Y eso que solo duró unos minutos. –acota Luis Almaguer, un exbodeguero de 80 años a cuestas con más de una anécdota de la infausta jornada-. Que si no... Los granizos por poco echan abajo el techo de cinc de mi casa. También me desbarataron en el patio una caravana donde tenía encerradas ocho polluelas ya de comer. Por supuesto, no recuperé ni las plumas. ¡Vaya usted a saber quién se dio banquete con el fricasé! Pero nada. Me dije: “bueno, más se perdió en la guerra. Y al que a granizo mata, a granizo muere”. Entonces recogí en un cubo unos puñados en el patio y enfrié con ellos unas cervecitas que tenía guardadas. De alguna manera me desquité la que me hicieron los muy granujas.»
Ese día por la tarde el hielo y los escombros acumulados interrumpieron el tránsito en algunas calles. Como no había corriente, por la noche la gente se alumbró con velas y faroles. Por unas cuantas horas la incomunicación en la ciudad fue absoluta. Se reportaron con daños de consideración el edificio de la planta eléctrica, la fábrica de piensos, el almacén del MINCIN, la torre repetidora de Radio Reloj y más de un centenar de viviendas.
«La granizada fue tan descomunal que hasta tupió las canales de recoger agua de lluvia –rememora Nelia Rodríguez-. Las tejas de las casas quedaron relucientes y limpieciiiiitas... Y Reynaldo Contreras: “A mí me sorprendió en un descampado. ¡Y me dio una tunda! Tuve que botar los paquetes que traía en las manos y echarme a correr en busca de un techo. Si no me tapo la cabeza el granizo me descalabra. Aún así, me llenó la espalda de chichones”.»
Pero... ¡genio y figura! Pasado la tormenta, muchos se lanzaron a la vía pública... ¡a festejar! No fueron pocos los que imitaron a Luis Almaguer en aquello de enfriar cervezas con las bolitas heladas! Realmente, había granizos en cantidades industriales: en los contenes, en los techos, en las oquedades... Llegaron a formaron bloques macizos de hasta 16 pulgadas de altura. Omar León era un chiquillo, pero recuerda que por entonces se estaba construyendo el alcantarillado de la ciudad. «Las zanjas eran hondísimas y se llenaron hasta el tope», asegura. Hay quien cuenta que algunos niños intentaron construir muñecos de «nieve», a imagen y semejanza de los infantes europeos. Choferes de vehículos que consiguieron franquear las barreras interpuestas se llevaron hacia sus destinos los maleteros repletos de granizos, como prueba irrefutable de lo sucedido aquella tarde en los tranquilos predios tuneros.
No faltaron los supersticiosos y los apocalípticos: «Caballeros, ¡recuerden que anoche salió el caballo blanco!», dijeron el día del célebre, helado y celestial apedreamiento. Se referían a un antigua leyenda local que hablaba de un indio sin cabeza a lomo de un corcel de ese color cuyo galope nocturno por las calles de la ciudad solía presagiar «infaliblemente» una cercana desgracia individual o colectiva.
Casi 45 años después de la célebre lluvia de balines helados, Enma Gutiérrez se frota las manos y retorna a la actualidad. Por un instante echa un vistazo a la incipiente mañana tunera y dice, premonitoria. «Hoy va a hacer un sol que rajará las piedras». Me trae un buchito de café tibio. «Hasta otro día», le digo en son de despedida. «Ha sido un placer tenerlo por acá», me responde, amable. Salgo a la calle radiante de luz. Media cuadra después, vuelvo la cabeza y sorprendo a la mujer con la mirada castaña perdida en el cielo huérfano de nubes. Y me parece como si se reeditara por un momento la historia de aquella aciaga tarde tunera, cuando Enma pronosticó el aguacero que fue el mascarón de proa de una de las granizadas más fabulosas ocurridas en todos los tiempos en el territorio nacional.

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lunes, 12 de noviembre de 2007

¿Y qué me dicen de estos papás?

Los padres buenos no son exclusivos del sapiente género humano. ¿Buscar al niño a la guardería? ¿Bañarlo alguna que otra vez? ¿Cambiarle los pañales en ausencia de mamá? ¿Sacarlo de paseo los domingos? Bah, amigo cibernauta, cualquiera de esos deberes es una bicoca comparado con lo que la paternidad les exige a ciertos progenitores del reino animal. ¡Lea y dígame si tengo razón o no!
Una especie de tilapia macho no prueba bocado mientras nacen sus crías, pues carga los huevos en la boca durante las dos semanas que dura la incubación. Cuando las posturas sacan, los pececillos nadan libremente por las cercanías. Pero si surge algún peligro, papá-tilapia abre su enorme boca y las crías entran a ocultarse a toda velocidad dentro de ella. Pasado el apuro, salen de nuevo a retozar como si tal cosa.
El kiwi de Nueva Zelanda lo hace casi todo: su hembra pone el huevo y él se le sienta encima por espacio de 80 jornadas ininterrumpidas. En ese ínterin el abnegado papá pierde la mitad de su peso corporal . Algo similar realiza el pingüino emperador. Cuando su pareja echa fuera la postura, él la toma con cuidado y se la pone entre los pies para evitarle el contacto con el hielo durante... ¡115 días! Así enfrenta el cruel invierno antártico sin apenas comer, hasta que mamá pingüina vuelve de su estancia en el océano.
Cierto sapo europeo se envuelve los huevos en las piernas, donde los lleva durante los 21 días de la incubación. En todo ese tiempo su cónyuge duerme plácidamente y a pierna suelta. Otro batracio llamado partero lleva los huevos y las pequeñas crías sobre unos orificios que le salen en su espalda. La madre «apenas dispara un chícharo», como decimos los cubanos cuando alguien se desentiende con demasiada frecuencia de sus deberes.
El macho de la chinche de agua es otro mártir de la paternidad, pues entrega su espalda para que la hembra desove sobre ella. Mientras incuba la nidada, el infeliz queda incapacitado para volar, ya que los huevos les sellan las alas. Papá caballito de mar no le va a la zaga: a él no solo le toca llevar los huevos durante 40 ó 50 días en una bolsa prendida a su abdomen hasta que rompen el cascarón. También les proporciona oxígeno a través de su propio sistema sanguíneo. ¡Hasta los dolores del «parto» van a la cuenta de este estilizado animalito en su versión masculina.
El ñandú es un ave de gran tamaño cuyo macho convive con varias hembras a la vez. Es él quien construye los nidos para que ellas pongan. Luego asume la incubación y el cuidado de las polladas. Antes de ese momento, y en aras de simplificarse tan agobiante menester, transporta los huevos de cada una de sus concubinas a un nido colectivo. Los pichones permanecen al cuidado del buen padre hasta que tienen de cuatro a seis meses, mientras las madres pasean orondas y sin compromisos por las praderas.
Muchas aves machos son muy buenos padres. El albatros viajero, por ejemplo, vuela millares de kilómetros en busca de alimentos, mientras su compañera le espera impaciente en el nido. En las zonas desérticas, otros plumados varones emplean un método sumamente eficaz para aplacar la sed de sus crías: localizan un charco, se empapan las plumas del pecho y regresan a toda velicidad al nido para que los pichones beban el agua que estas portan.
La protección de los polluelos exige una gran consagración. Cuando llueve, papá-ave cubre a sus crías con sus alas extendidas para mantenerlos calentitos y bien secos. Los estorninos son modelos: para proteger el nido de piojos y pulgas, estos pájaros recogen trocitos de plantas tóxicas y los depositan estratégicamente alrededor y dentro de la casita de paja para que actúen como fortísimos insecticidas capaces de neutralizar o de repeler a los parásitos agresores.
¿Qué le parecen estos ejemplos, amigo cibernauta? Comparados con estos mártires de la paternidad, ¿no pueden considerarse los padres de la especie humana algo más que afortunados?

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sábado, 27 de octubre de 2007

Aquella visita de Jorge Negrete

Tal vez muchos de los cubanos contemporáneos de Jorge Negrete desconozcan que este gran cantante y actor mexicano nacido en Guanajuato el 30 de noviembre de 1911, abrazó la carrera militar antes de consagrarse a sus corridos, boleros y rancheras que le franquearon luego el camino de la fama.
En efecto, Jorge Alberto Negrete Moreno -su nombre completo- vistió de uniforme en su juventud, quizás por herencia familiar, en tanto fue el segundo hijo del coronel David Negrete Fernández, y descendiente, además, de ilustres hombres de armas que ocupan un importante lugar en la historia contemnporánea de México: por la vía paterna, del General Miguel Negrete, quien enfrentó a los franceses en la batalla del 5 de Mayo de l862; y por vía materna, del General Pedro María Anaya, defensor del convento de Churubusco durante la invasión norteamericana al país azteca, el 20 de Agosto de l847.
Por si fuera poco, y tomando como referencia su frondoso árbol genealógico, casi todos sus biógrafos aseguran que los orígenes del apellido Negrete se remontan a una tribu de tez morena clara cuyos miembros pelearon a favor de la Corona española con tal lealtad y valentía que el mismísimo Rey Carlos V decidió armarlos caballeros y los apodó, afectuosamente, «Los Negretes».
Pues bien, en tiempos en que el carismático artista vestía uniforme, gorra y polainas con grados de subteniente, hubo de recorrer parte del territorio cubano. En uno de sus movimientos por el interior de la isla, el tren en el cual viajaba hizo escala por un par de horas en la otrora ciudad de Victoria de Las Tunas, poco más de 700 kilómetros al este de La Habana. Elia Marchán, una tunera con una memoria a prueba de almanaques, recuerda como si fuera hoy lo ocurrido aquel día, y, gentilmente, lo reseña de esta manera:
«Para matar el aburrimiento que le produciría sin dudas la espera, Negrete decidió estirar las piernas por los alrededores –precisa-. Y, casi sin saberlo, se dirigió hacia el cuartel de la Guardia Rural, situado por entonces en la calle Lucas Ortiz, entre Villalón y Avenida Dos de Diciembre, no lejos de la terminal ferroviaria de la ciudad.
“Antes de llegar al recinto militar, divisó en las proximidades un pequeño establecimiento donde expendían, entre otras cosas, bebidas alcohólicas. Era el negocio que la familia Perea Torres tenía donde hoy se encuentra la funeraria provincial. Negrete se detuvo allí a tomarse una copa. Estaba a punto de apurar el trago, pagar y seguir rumbo a su destino cuando escuchó a alguien tocar el piano desde el interior de la casa-vivienda».
-¿Quién toca tan bien ahí dentro? –preguntó, admirado.
Y la joven del mostrador le respondió enseguida:
-Se trata de mi hermana Teté, señor.
Negrete solicitó permiso para pasar a verla y, ya ante la muchacha, se presentó formalmente. La noticia de que Jorge Negrete en persona estaba en la casa de los Perea Torres corrió como reguero de pólvora por todo el vecindario. Y, como ya era muy popular en Cuba por su talento artístico y su calidad interpretativa, en cuestión de minutos el inmueble se abarrotó de admiradores. A solicitud de ellos, cantó una de sus más conocidas rancheras acompañado al piano por la sorprendida y halagada Teté. Luego apuró otra copa de ron, se despidió, saludó a los presentes y se marchó.
En ese preciso momento, otra de las hermanas Perea Torres llamada Margot, se acordó del vaso todavía sin fregar donde había bebido su trago de ron Bacardí el popularísimo intérprete de Allá en el rancho grande y de ¡Ay, Jalisco, no te rajes! A falta de fotografías que perpetuaran el momento, quiso tener un recuerdo de tan memorable visita, por lo cual tomó el recipiente de cristal, lo introdujo en un nylon de calcetines Casino, le ató la boca con una cinta de falla y lo guardó en una gaveta para la posteridad. Elia Marchán da fe de que la última vez que vio a Margot viva, hace alrededor de una década, todavía conservaba en su poder el envoltorio.
Jorge Negrete falleció de cirrosis hepática el 5 de diciembre del año 1953 en Los Ángeles, Estados Unidos. El día en que se produjo su muerte hubo duelo nacional en México y se guardaron cinco minutos de silencio en todos los cines del país. Sus restos mortales fueron esperados en el populoso aeropuerto de la capital azteca por más de 10 mil personas. Los tuneros lo recordaremos siempre no solo por lo que el Charro de Oro fue artísticamente, sino también por aquella breve estancia suya en casa de las Perea Torres.

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martes, 12 de junio de 2007

La boina tunera del Che

Del legendario guerrillero argentino-cubano Ernesto Guevara de la Serna existen cientos de fotografías que han recorrido de un confín a otro nuestro sufrido planeta. No es de extrañar tamaña universalidad, tratándose de una de las figuras más recias de la segunda mitad del siglo pasado.
La más famosa de esas instantáneas la hizo el desaparecido foto-reportero Alberto Korda, un maestro cubano del lente. En ella se observa al comandante Guevara con la indignación retratada en el semblante. Fue tomada durante el masivo acto de repudio al sabotaje contra el vapor La Coubre en un muelle habanero, que causó decenas de víctimas inocentes.
Pero no voy a hablar de la iconografía del desaparecido Che, harto conocida tanto dentro como fuera de Cuba y sobre la que se han escrito quién sabe cuántas cuartillas. Solo pretendo referirme a una pieza clave de su indumentaria devenida símbolo de su personalidad: su boina. Sí, la boina con la que aparece en la mayoría de las imágenes, incluida la muy conocida del artista plástico de referencias; la boina con la que hizo casi toda la campaña invasora hacia el occidente del país al mando de un grupo de valientes forjados a imagen y semejanza de su líder.
Pues bien, resulta que cuando llevaba a cabo su cruzada libertadora rumbo el oeste de la isla, el Che llegó a territorio tunero tocado con una gorra de orejeras y visera que alguien le había regalado en la Sierra Maestra. Se trataba, a todas luces, de una gorra militar, cuya procedencia no se ha conseguido establecer todavía. Con ella figura en numerosas instantáneas de la época, como, por ejemplo, la que un fotógrafo anónimo le tomó mientras operaba los equipos transmisores de Radio Rebelde, la voz de los barbudos liderados por Fidel, en plena espesura de la cordillera oriental.
No tuvo aquella gorra profusa existencia, empero. Andaba el Che de recorrido por los asentamientos de Sumacará y San Miguel del Junco, en el actual municipio tunero de Amancio, cuando hubo de perderla durante una maniobra en el terreno. Habituado a ella por la fuerza de la costumbre, le encomendó expresamente su búsqueda a varios de sus subalternos, quienes peinaron la zona una y ora vez, pero sin resultado alguno. Rabel Arias, un lugareño que le sirvió de práctico por aquellos días, dio fe en una entrevista con la prensa provincial de la veracidad del hecho.
En tales circunstancias, y según han logrado establecer mediante entrevistas con testigos de los hechos varios especialistas del Museo Municipal de Amancio, alguien de la tropa le ofreció al argentino una boina procedente de un lote de 10 piezas idénticas enviado por un simpatizante del Ejército Rebelde desde la lejana España. El jefe de la columna la tomó en sus manos, se la probó y, al comprobar que le venía bien, se quedó con ella y no se la quitó más. A partir de ese momento, siempre apareció con boina, incluso después del triunfo rebelde, cuando fue nombrado Ministro de Industrias y recorría toda Cuba vestido de campaña.
Algo quieren dejar suficientemente claro los museólogos tuneros: no les consta que sea la boina amanciera la que inmortalizó Korda sobre la testa legendaria en su mil veces famosa fotografía. Tampoco si fue la misma que llevó en la selva congolesa o en las quebradas bolivianas. Ellos saben que el Che tuvo, desde que lo adoptó, predilección por ese tipo de atuendo de cabeza. Tanto, que llegó a tener varias boinas de diferentes modelos y colores. Pero, ¿acaso no es posible también que fuera ella la agraciada? Una rigurosa investigación que se lleva actualmente a cabo arrojará la necesaria luz sobre el asunto una vez concluidas sus pesquisas.
En un reciente intercambio de experiencias entre Plazas de la Revolución de todo el país, efectuado en esta provincia cubana, el asunto de la boina guevariana fue objeto de debate. Los visitantes de Santa Clara informaron tener entre sus piezas museables más de una de ellas. Se sabe también que Aleida, su hija, tiene en su poder otra del mismo modelo. Pero los investigadores del Balcón del Oriente Cubano no encontraron objeción en algo al parecer irrebatible: donde primero el Guerrillero Heroico usó boina fue en Las Tunas. Y eso es un motivo de orgullo para todos los hijos de esta comarca.

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