Estas son mis princesas SOFÍA (derecha) y BEATRIZ. Sofía es apasionada de la lectura, romántica de nacimiento, osada hasta la temeridad, admiradora de la belleza, original hasta el asombro, fértil de imaginación, defensora de la justicia, cultora de la gratitud, obsesiva de las redes sociales, amante de los detalles, conversadora infatigable, devota del buen humor, generosa con los humildes, caprichosa para comer, elegante de palabra, renuente a las chancletas, aplicada en el estudio, curiosa incorregible, ávida del saber, adoradora de la sonrisa y guardiana de la naturaleza. BEATRIZ es aficionada a las canciones, ágil en las respuestas, precavida ante lo desconocido, cumplidora de promesas, fiel con sus amigas, fanática de los teléfonos celulares, inventora de gangarrias, persistente en sus deseos, amorosa con sus muñecas, sensible ante los regaños, efusiva con sus maestras, carismática de cuna, presumida permanente, voraz de apetito, introvertida de circunstancias, cultivadora de amistades, mimosa como una gatita, callejera a cualquier hora, protestona cuando la mandan, rapidísima de sueño y cariñosa hasta lo inimaginable. SOFI nació el 10 de diciembre de 2004; BETI, el 3 de abril de 2006. Ambas son traviesas como ardillitas, desordenadas con sus pertenencias, preguntonas de lo humano y lo divino, fantasiosas por excelencia, refunfuñonas si se sienten aludidas, destructoras de lapiceros, líderes naturales, adulonas cuando les conviene, derrochadoras de hojas de papel, pícaras de personalidad, divertidas de anecdotario, fans de las tijeras, adictas a mi computadora, insaciables con el helado, inseparables en la vida, solidarias con cualquiera, conquistadoras de corazones, consumidoras de telenovelas, populares desde que vinieron al mundo, adorables de carácter, celosas con sus juguetes, idénticas y diferentes… Y-¡oh, qué maravilla!- las dos son buenísimas personas. Todo lo que hago es por su felicidad, porque prefieran lo espiritual sobre lo material y por evitar que se contaminen con malos ejemplos. ¡Dios bendiga y proteja a mis hijas!
Por estos días que corren, la humanidad amante de la paz conmemora el aniversario 65 de los bombardeos atómicos norteamericanos sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Fue aquel un crimen horrible e innecesario, pues, tal y como han establecido los estudiosos del tema, el imperio nipón estaba en ese momento virtualmente derrotado.
En el ataque a Hiroshima, el 6 agosto 1945, la bomba nuclear cayó en el mismo centro de la densamente poblada ciudad. Más de 140 mil personas murieron en el acto. La tragedia de Nagasaki sobrevino tres jornadas después, con saldo de 74 mil víctimas. Otros millares murieron luego en ambas urbes como consecuencia de las heridas y de la radiación.
Se suele atribuir al gran científico Albert Einstein, Premio Nobel de Física, la paternidad de la bomba atómica. La impugnación tiene que ver con las cartas que, a instancia de varios colegas, le remitió al entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, con la intención de convencerlo de fabricar cuanto antes la poderosa arma de guerra.
En una de esas misivas escritas en 1939, Einstein alertó a Roosevelt acerca del peligro de que los alemanes, con Adolfo Hitler a la cabeza, desarrollaran primero una bomba basada en la fisión atómica. Eso influyó en que EU decidiera realizar las pruebas con el Proyecto Manhattan. Su culminación fueron los terribles golpes nucleares anteriormente referidos.
Cuando, algunos años después, Albert Einstein se enteró de la atrocidad que supuso el bombardeo atómico sobre objetivos civiles japoneses, se arrepintió públicamente por las cartas enviadas al presidente norteamericano. Su primer rechazo sobrevino el 10 de diciembre de 1945, durante una charla conocida por «Se ha ganado la guerra, pero no la paz».
En esa fecha escribió en el New York Times: «De haber imaginado que emplearían la bomba atómica no como advertencia disuasiva, sino como arma agresora, no hubiera movido un dedo para recomendar su fabricación». Agregó que la firma de esa carta fue el mayor error (moral) de su vida.Y en un texto titulado «Hay que ganar la paz», expresó:
«En la actualidad, los físicos que participaron en la construcción del arma más tremenda y peligrosa de todos los tiempos, se ven abrumados por un similar sentimiento de responsabilidad, por no hablar de culpa. (...). Nosotros ayudamos a construir la nueva arma para impedir que los enemigos de la humanidad lo hicieran antes, puesto que dada la mentalidad de los nazis habrían consumado la destrucción y la esclavitud del resto del mundo. (...). Hay que desear que el espíritu que impulsó a Alfred Nobel cuando creó su gran institución, el espíritu de solidaridad y confianza, de generosidad y fraternidad entre los hombres, prevalezca en la mente de quienes dependen las decisiones que determinarán nuestro destino. De otra manera la civilización quedaría condenada».
Sus principios con respecto a la paz se sintetizan en estas palabras:
«Mi pacifismo es un sentimiento instintivo, un sentimiento que me domina porque el asesinato del hombre me inspira profundo disgusto. Mi inclinación no deriva de una teoría intelectual; se funda en mi profunda aversión por toda especie de crueldad y de odio».
No puedo dar fe de la veracidad de estas coincidencias insólitas y casi fantasiosas. Pero como me parecen interesantes, se las ofrezco a mis lectores para que las disfruten.
SOBRE ABRAHAM LINCOLN Y JOHN F. KENNEDY...
Abraham Lincoln fue elegido para el Congreso en 1846... John Kennedy fue elegido para el Congreso en 1946...Lincoln fue electo Presidente de E.U. en 1860... Kennedy fue electo Presidente de E.U. en 1960... Ambos estuvieron comprometidos con los derechos civiles... Sus correspondientes esposas perdieron un hijo mientras vivían en la Casa Blanca...Lincoln y Kennedy fueron asesinados un viernes y ambos murieron por disparos en la cabeza... El secretario de Lincoln se apellidaba Kennedy... El secretario de Kennedy se apellidaba Lincoln... Los dos Presidentes fueron asesinados por hombres nacidos en el Sur... Uno y otro fueron sucedidos por hombres apellidados Johnson... Andrew Johnson, quien sucedió a Lincoln, nació en 1808...Lyndon B. Johnson, quien sucedió a Kennedy, nació en 1908... John Wilkes Booth, quien asesinó a Lincoln, nació en 1839...Lee Harvey Oswald, quien asesinó a Kennedy, nació en 1939... Ambos asesinos tenían nombres y apellidos compuestos por 15 letras...Lincoln fue asesinado en un teatro llamado Keneddy... Kennedy fue asesinado en un coche modelo Lincoln... Booth huyó del teatro y fue capturado en un almacén. Oswal huyó de un almacén y fue capturado en un teatro...Booth y Oswald fueron asesinados antes de ser juzgados... Una semana antes de morir, Lincolnestuvo en la ciudad de Monroe, en el estado de Maryland... Una semana antes de morir, Kennedy estuvo con la actriz Marilyn Monroe...
Ayer, 21 de abril de 2010, se cumplieron cien años de la muerte de Mark Twain, seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, el gran escritor norteamericano e incansable aventurero que encontró en su existencia la inspiración para animar con todo tipo de personajes sus obras literarias.
Fue durante mi adolescencia mi autor preferido. Durante aquella etapa devoré con voraz apetito cuanto libro publicaron de él en Cuba, a saber: Las aventuras de Tom Sawyer, Ensayos humorísticos, Huckleberry Finn, Narraciones, Un Yanki de Connecticut en la corte del Rey Arturo, Tom y Huc en dos novelas, El Príncipe y el Mendigo... Todavía los conservo en mis estantes.Sí,Mark Twainmarcó una época lectiva en mi generación.
Su finísimo humor y su sarcasmo inigualable quedaron reflejados en frases simpáticas e ingeniosas que han pasado a la historia. Veamos...
ALGUNAS DE SUS FRASES CÉLEBRES
-Al Paraiso lo prefiero por su temperatura y al Infierno por su compañía.
-Dejar de fumar es fácil, yo lo he hecho más de cien veces.
-No existen mujeres feas, sino bellezas raras.
-Prefiero un joven escarabajo a una vieja ave del paraíso.
-Al cumplir los 70 años me he impuesto la siguiente regla de vida: no fumar mientras duermo, no dejar de fumar mientras estoy despierto y no fumar más de un solo tabaco a la vez.
-El alcohol es malo, pero el agua es aún peor: ¡te mata si no bebes!
-Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar.
-El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir.
-Un hombre con una idea nueva es un loco hasta que la idea triunfa.
-Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda.
-Cuando era más joven podía recordar todo, hubiera sucedido o no.
-Si dices la verdad, no tendrás que acordarte de nada.
-Todo hombre es como la Luna: con una cara oscura que a nadie enseña.
-Un banquero es un señor que nos presta un paraguas cuando hace sol y nos lo exige cuando empieza a llover.
-El cielo se gana por favores. Si fuera por méritos usted se quedaría afuera y su perro entraría.
-Si la verdad es nuestro más preciado tesoro, bien haremos en economizarla.
-Nunca he permitido que la escuela entorpezca mi educación.
-Fue maravilloso descubrir América, pero hubiera sido más maravilloso no encontrarla.
-El público es el único crítico cuya opinión es digna de tenerse en cuenta.
UNA ANÉCDOTA
Mark Twain visitó a su vecino para pedirle prestado un libro.
-Lo lamento -dijo el hombre-, pero no puedo prestarle ninguno. He perdido tantos libros que decidí que no salga uno más de mi casa. Sin embargo, lo invito a que venga a leerlos en mi biblioteca.
Mark Twain no dijo nada y se sentó a leer un libro.
Días después, el vecino llegó a visitar a Mark Twain para pedirle prestada su cortadora de hierba:
El escritor sonrió amablemente y le dijo:
-Perdóneme, pero he tomado la firme resolución de que ninguno de mis utensilios salga de mi propiedad. Usted puede, si lo desea, venir a servirse de cualquiera de ellos aquí en mi jardín.
OTRA ANÉCDOTA
Mark Twain era un hombre extraordinariamente despistado. En una ocasión en que viajaba en tren, el inspector se le acercó y le pidió el billete. El escritor buscó en los bolsillos, en la cartera, dentro del libro que leía, por todas partes, y nada, ¡el billete no aparecía! Entretanto el inspector lo había reconocido. Y le dijo: -Sé quién es usted, el autor de Las aventuras de Tom Sawyer. No se moleste en buscar el billete, estoy convencido de que lo extravió.
Y Mark Twainle respondió: - No es por usted por quien lo busco. Necesito encontrarlo para saber dónde me debo bajar, porque no recuerdo dónde voy.
El otorgamiento del Premio Nobel de la Paz 2009 a Barak Obama ha sido -y valga la comparación- como adjudicarle un sitio en el codiciado Hall de la Fama de Cooperstown a un novato por su primera temporada como jugador de las Ligas Mayores del béisbol. ¡Un desaguisado!
Para conjurar cualquier suspicacia de prejuicios ideológicos, aclaro que pensaría igual si Obama fuera ruso, nepalés, mongol, libio, boliviano o de la mismísima Conchinchina. Mi criterio no tiene nada que ver con nacionalidades. Tampoco con que él sea el presidente de los Estados Unidos.
Se trata de un dignatario joven en quien se cifran enormes esperanzas Pero tan inexperto en la alta política que todavía anda a tientas en el complejo panorama de las relaciones internacionales. En materia de paz -y de guerra- no tiene aún nada que exhibir.
Algo que causa extrañeza en los más heterogéneos círculos globales y centros de poder es que Obama llevaba solamente 9 días ocupando el sillón presidencial de la Casa Blanca cuando el Comité Nobel dio por cerrado el plazo establecido para recibir candidaturas.
Es obvio que en tan breve tiempo no pudo haber hecho lo que le reconoce el dictamen: “sus esfuerzos extraordinarios para reforzar la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos”. Y una mención a su labor por “un mundo sin armas nucleares”.Según el testamento de Alfredo Nobel, su creador, este premio se otorga a la persona o institución que hayan trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz. En el caso de Obama, son proyectos y no hechos consumados.
Pienso que los académicos noruegos le hicieron un flaco favor al carismático líder al conferirle -de manera unánime- la distinción. Obama se verá ahora en situación incómoda y presionado a tomar iniciativas que tal vez no figuraban en su agenda inmediata.
Otros candidatos nominados -instituciones y personalidades- reunían aval para aspirar con mayor justicia al premio. Como la Coalición contra las Armas con Munición de Fragmentación, que lucha desde hace años por la destrucción de las minas antipersonales.
A la insistencia de esta organización -junto a la ONG Handicap International- se debe el tratado que prohíbe el uso de este tipo de minas en casi 100 países. Es una pena que los principales productores -Estados Unidos, Rusia y China- no lo hayan rubricado.
Otra buena opción era la de la colombo-francesa Ingrid Betancourt, ex candidata presidencial y ex rehén de las FARC, la guerrilla izquierdista de Colombia. Estuvo secuestrada durante seis años en la selva sudamericana, y, desde su liberación por un operativo militar, se dedica a promover por todas partes el entendimiento en su país.
En la lista habían más nombres ilustres: el príncipe jordano Ghazi Bin Muhammad, paladín del diálogo inter-religiones; el médico congolés Denis Mukwege, fundador del hospital para mujeres víctimas de la violencia sexual; y la doctora Sima Simar, abogada de los derechos humanos en Afganistán. Cualquiera de ellos pudo ser premiado.
Pero no todos están en contra del premio. La revista colombiana Semana asegura que mucha gente lo respalda. Y basa sus argumentos en que "desde la toma de posesión de Obama el 20 de enero, el tono de la política internacional ha cambiado radicalmente”.
La publicación sudamericana agrega que ”atrás quedaron los días en los que el mundo musulmán miraba de reojo al presidente George W. Bush y en los que Estados Unidos era una nación que despertaba una desconfianza monumental en el continente europeo".
Recuerda luego que una encuesta del Pew Research Center, aplicada en 25 países entre mayo y junio pasados, reveló que el 93 por ciento de los alemanes, el 91 por ciento de los franceses y el 86 por ciento de los ingleses creen que Obama va a tomar las decisiones correctas. En tiempos en que ocupaba el Salón Oval el presidente George W. Bush, esos porcentajes eran del 14, el 12 y el 16, respectivamente.
En fin, no es que Obama no se merezca el Nobel de la Paz -en lo personal estoy entre sus simpatizantes-, sino que es una guirnalda precipitada para su palmarés en construcción. Tal vez en lo estratégico surta efecto y devenga acicate para lograr la concordia mundial. Pero en lo táctico, todavía me mantiene boquiabierto.
Pocos actos terroristas en la historia de la humanidad han indignado y conmovido tanto a la opinión pública del planeta como el perpetrado contra una aeronave de Cubana de Aviación en pleno vuelo el día 6 de octubre del año 1976, minutos después de despegar del aeropuerto de Seawell, en la caribeña isla de Barbados.
Aquel crimen horrendo, en el que murieron 73 personas, será por los siglos de los siglos una herida a prueba de cicatrices en el corazón mismo de la Patria. Su mentor confeso, el asesino y torturador Luis Posada Carriles, regodea hoy su impunidad en algún lugar de Miami. ¡Qué afrenta! «Tal vez es ley –dijo Martí, aludiendo a los Estados Unidos- que en la raíz de los árboles grandes aniden los gusanos».
Entre las víctimas del monstruoso sabotaje figuraron los miembros del equipo juvenil de esgrima de Cuba, que retornaban a casa desde Venezuela luego de conquistar en su capital los máximos honores en el Campeonato Centroamericano y del Caribe de la especialidad. Eran 24 deportistas, 16 de los cuales apenas promediaban 20 años de edad.
Rotman, el oficial a cargo de la torre de control del aeropuerto de Seawell, declararía a la prensa dos días después de la tragedia: «Pero, ¿quién odiaba a esos muchachos? Casi todos en ese avión eran jóvenes. No, no señor, no solamente los deportistas, digo que casi todos. Los deportistas, los tripulantes, los guyaneses. Ocho guyaneses eran estudiantes y otros tres eran abuela, hija y nieta. La niña, de solo nueve años. Todos inocentes y sanos. Y si una cosa así ha podido suceder, ¿quién púede estar tranquilo en este mundo?»
LEONARDO Y CARLITOS Dos de aquellos jóvenes esgrimistas eran tuneros. Leonardo Mackenzie Grant tenía apenas 22 años de edad y un creciente prestigio internacional; Carlos Leyva González acababa de cumplir 19 primaveras y en él estaban cifradas grandes esperanzas para el ciclo olímpico. Sus familias quedaron destrozadas por la tragedia.
«Mi mamá no pudo superar jamás aquel golpe –declaró tiempo después Maricela, hermana de Carlitos-. ¡Hasta tuvo que dejar el trabajo! Aseguraba que lo veía en la puerta de la oficina, como cuando él iba a verla allí. Ella murió de una trombosis cerebral, con su enorme dolor por dentro. Mi padre sufrió un infarto y falleció en 1979, a los tres años del sabotaje. Tampoco logró reponerse del trauma.»
Para honrar eternamente la memoria de Leonardo y Carlitos, existe en Las Tunas el Museo Memorial Mártires de Barbados. Es la única institución de su tipo en el país, y encarna per se la voluntad de propiciarle al visitante un acercamiento a sus biografías a partir de documentos, fotos, trofeos, medallas y objetos personales suyos. El recinto constituye también una importante fuente referencial en torno a las atroces circunstancias en que se consumó el crimen.
ASÍ NACIÓ EL MEMORIAL Fue el comandante Faure Chomón, por aquel entonces primer secretario del Partido en Las Tunas, quien tuvo la idea de concebir un museo que perpetuara en la comarca el recuerdo de ambos mártires. La casa donde residía la familia de Carlitos se pintaba de maravillas para tal propósito, tanto por su simbolismo como por su construcción: un inmueble de dos niveles, forrado de madera y con techo de cinc, que el padre del esgrimista –carpintero de oficio- había levantado en las proximidades del río Hórmigo, a pocas cuadras del centro histórico de la ciudad. Se habló sobre el tema con sus inquilinos y ellos, de buen grado y voluntariamente, aceptaron mudarse para otra vivienda.
«A los pocos días de concertado el acuerdo, Faure me llamó para que me hiciera cargo de la restauración del local –rememora el laureado escultor Rafael Ferrero-. Las obras allí tomaron algún tiempo, porque, como la estructura estaba medio hundida, primero hubo que enderezarla y hasta sustituir las tablas de las paredes y las losas del piso. Pero valió la pena, pues el resultado no pudo ser mejor.»
A Ferrero le aguardaba todavía una nueva tarea: ¡construir en el patio del memorial una academia de esgrima para niños! «Se hizo con el objetivo de vincular sobre sus plataformas el conocimiento de la historia con la práctica del deporte –precisa-. Y, por cierto, entre los primeros matriculados en el área figuraban parientes de Carlitos y de Mackenzie, dispuestos a ocupar su lugar con los floretes!
RADIOGRAFÍA DEL MEMORIAL El museo abrió sus puertas el 2 de julio de 1977, luego de un intenso período de búsqueda de información y de acopio de muestras para nutrir anaqueles y vitrinas. Tan pronto franquea el visitante la puerta de acceso, recibe un impacto visual: las fotos de las 73 víctimas del sabotaje, incluyendo las de cinco coreanos y 11 guyaneses, técnicos y deportistas. Eriza la piel, emociona hasta los tuétanos contemplar tantos rostros llenos de vida. Solo alguien con alma de monstruo, orfandad de sentimientos y entrañas de hiena pudo matar a personas así y arrebatarles de un zarpazo la sonrisa.
Junto a las imágenes ordenadas en filas, una pintura remeda al DC-843 de Cubana y, al lado, la cronología desde que despegó en Guyana, sus escalas en Trinidad-Tobago y Barbados, y, finalmente, su caída al mar frente a una playa repleta de bañistas atónitos ante la tragedia. Un croquis reproduce la ruta del avión, según la captó el radar del aeropuerto de Seawell. Desde un sencillo pedestal, un trozo de fuselaje rescatado en el océano acusa a los asesinos.
Hay pertenencias de los mártires por doquier. Aquí, una instantánea de Carlitos a los 35 días de nacido. Allá, su carné de la UJC y el de usuario de la biblioteca. También una libreta con notas de clases y su diario de entrenamiento. Una postal dedicada de su puño y letra a su mamá por el Día de las Madres hace humedecer las pupilas.
Desde un mural aledaño, un certificado emitido por el Comité Olímpico Mexicano reconoce las dotes de floretista de Leonardo. También son suyos trofeos, placas, ropa, un radiograma dirigido a su hermano médico, armas, un comprobante del Servicio Militar, llaveros, cartas de referencias, su carné de identidad...
MEDALLAS, ESCULTURA Y ACADEMIA Algo que el museo-memorial exhibe con particular orgullo son las medallas Soles sin Manchas, entregadas por el Comandante en Jefe Fidel Castro a los familiares de las víctimas al cumplirse 25 años del crimen. Ya lo había adelantado en la despedida de duelo: «...sus medallas de oro no yacerán en el fondo del océano, se levantan ya como soles sin manchas y como símbolos en el firmamento de Cuba».
En el patio del museo, una escultura se levanta, desafiante, como una advertencia al enemigo. Inspirada en las víctimas del acto terrorista, se nombra Nuestros muertos alzando los brazos, y es obra del matancero Juan Esnard Heydrich, quien la donó a la institución en 1978. Para crearla apeló al famoso verso de Bonifacio Byrne que la identifica, emblema de la hidalguía y el valor del pueblo cubano.
La pieza está facturada en metal soldado, cuyas asperezas le conceden un singular dramatismo. Recrea desgarradoramente un cuerpo humano hecho pedazos y consumido por el fuego, pero erguido a pesar de todo, con un brazo en alto y el puño cerrado, dispuesto a defender a ultranza el suelo, la dignidad y la soberanía de la Patria. La estructura le otorga extraordinario simbolismo al entorno.
En la parte trasera del inmueble principal, donde una vez estuvo el taller de carpintería del padre de Carlos Leyva, el área de esgrima es toda una alegoría a los caídos en aquella salvaje masacre aérea del 6 de octubre de 1976. Allí se han formado varias generaciones de esgrimistas, casi todas bajo la mirada experta de Delio Pavón, quien fuera también entrenador de Leonardo y de Carlitos.
EL MUSEO PUERTAS AFUERA
Pero el memorial Mártires de Barbados es más que fotografías, vitrinas, esculturas y anaqueles. Entre sus propósitos fundamentales figura insertarse en la comunidad para hacerla partícipe activa de la historia de un crimen que, 31 años después, continúa lacerando con la intensidad del primer día la sensibilidad de los cubanos.
«Tenemos varias actividades que nos caracterizan –asegura Francilia Frías Olazábal, la única fundadora que queda en la institución-. La Estocada Cultural, por ejemplo, está dirigida a los jóvenes. Acordes, tiene de protagonistas a los discapacitados del Hogar de Día. Con los niños desarrollamos un encuentro llamado Uno, dos, tres, alé, con variados juegos de participación y comentarios sobre efemérides relacionadas con las víctimas. También hacemos extensión hasta hogares maternos y casas de los abuelos de la ciudad. En fin...»
La especialista Nidia Moreno, por su parte, opina que el museo podría hacer mucho más y convertirse en referencia nacional. «Pero para eso necesitamos la colaboración de familiares de las víctimas de otras provincias –agrega-. Aquí tenemos las exposiciones fijas de Carlos y Leonardo, pero si quisiéramos montar una muestra transitoria el día del nacimiento de Nancy Uranga, por ejemplo, no tenemos nada de ella, excepto su foto y su biografía. La única que ha cooperado es la madre de José Ángel Fernández, que trajo algunas donaciones.»
A MANERA DE EPÍLOGO Cuando estoy a punto de marcharme, varios niños irrumpen desde la calle. Son alumnos de la escuela especial Camilo Cienfuegos, que, como cada semana, vienen al museo a codearse con la historia.
«Lo que aprenden aquí lo llevan después al aula –asegura Belkis Sedeño, su maestra-. ¡Tendría usted que verlos con sus propios ojos! Todos saben cuánto daño le ha hecho el terrorismo a Cuba. Y si por casualidad alguien menciona en su presencia a Posada Carriles, ¡se ponen frenéticos! Ellos saben por sus visitas al museo que sobre su conciencia –aunque dudo que la tenga- pesa el crimen de Barbados.
Las casualidades suelen ser muy caprichosas y ubicuas. Una de ellas quiso que un compatriota nuestro fuera yerno del mismísimo Carlos Marx, el fundador del llamado socialismo científico.
Su nombraba Pablo Lafargue y vino al mundo en Santiago de Cuba el 15 de enero de 1842. «Hijo único de una antigua familia de plantadores», como le escribió Marx a su amigo Federico Engels, descendía de un judío francés y de una mulata haitiana instalados en la ciudad oriental luego de escapar de la violencia reinante en Haití en tiempos de la rebelión anticolonialista.
Pablo cursó sus primeros estudios en Cuba. Luego su padre abandonó su próspero negocio de café en la isla y se mudó con la familia a Francia. Años después el joven ingresó en la Facultad de Medicina de la Universidad de París. Pero su participación en un congreso estudiantil en la ciudad belga de Lieja provocó que todas las universidades francesas le prohibieran acceder a sus aulas. Tuvo que marchar a Londres para reiniciar allí sus estudios superiores.
En la capital inglesa se convirtió en un asiduo visitante de la casa de Marx. En una oportunidad en que le realizó una visita de cortesía, «el muchacho empezó a encariñarse conmigo, pero pronto traspasó el cariño del padre a la hija», escribió de nuevo Marx a su amigo Engels. Se trataba de Laura, la segunda descendiente del famoso pensador alemán, con la cual Pablo formalizó relaciones amorosas en 1866.
Los jóvenes acordaron que el matrimonio no se celebraría hasta tanto él no culminara su carrera de médico en la universidad londinense. En 1868 la terminó y se efectuó la boda. Carlos Marx no solo encontró en Pablo a un yerno que haría feliz a su hija, sino también a un auxiliar capaz e inteligente y a un intérprete fiel de su obra.
Lafargue escribios varios libros. El más conocido y polémico de todos fue El derecho a la pereza (1880), uno de los más difundidos de la literatura socialista mundial, probablemente solo superado en ese aspecto por el Manifiesto Comunista, de Marx y Engels.
El 25 de noviembre de 1911, convencidos ambos de que habían vivido ya el tiempo suficiente, Pablo y Laura Lafargue se suicidaron de común acuerdo, luego de haber pasado una espléndida tarde en un cine de París y de haberse regalado unos pasteles de hojaldre.
Ante sus tumbas hablaron personalidades tan relevantes como Jean Jaurés, la máxima figura del socialismo francés, y un revolucionario ruso exiliado que respondía al nombre de Vladimir Ilich Ulianov, más conocido en aquellos predios por el seudónimo de Lenin.
En su carta testamento, hecha pública después, Pablo Lafargue explicó las razones de su sorprendente e inesperada decisión:
«Sano de cuerpo y espíritu, me doy muerte antes de que la implacable vejez, que me ha quitado uno tras de otro los placeres y goces de la existencia, y me ha despojado de mis fuerzas físicas e intelectuales, paralice mi energía y acabe con mi voluntad, convirtiéndome en una carga para mí mismo y para los demás. Desde hace años me he prometido no sobrepasar los setenta años; he fijado la época del año para mi marcha de esta vida, preparado el modo de ejecutar mi decisión: una inyección hipodérmica de ácido cianhídrico».
A José Martí, el Héroe Nacional de los cubanos, lo tenemos sus compatriotas como a alguien muy cercano y entrañable. Ante las más disímiles circunstancias, una cita suya nos sirve de asidero y de argumento. Su ideario abarca variados temas, y no solamente está recogido en sus copiosas Obras Completas, sino que, además, los medios de difusión lo divulgan periódicamente. El hombre de Dos Ríos se erige, sin dudas, como el más universal de todos los nacidos en esta isla.
Martí sufrió presidio político en las canteras de San Lázaro siendo casi un niño. Tamaña experiencia flageló su organismo y lo hizo padecer. Además, el hierro del grillete le provocó una llaga en un pie cuya cicatriz llevó durante toda su existencia a guisa de estandarte. Los médicos de la época lo intervinieron en más de una ocasión, sin conseguir rehabilitarlo por completo. «Partiendo piedras bajo un sol inclemente- dijo de aquella terrible y cruel etapa el Doctor Ramón Infiesta-, su frágil salud se resintió para siempre». En realidad, muy poco se ha escrito en Cuba y en el exterior acerca de cómo era José Martí físicamente. La grandeza de su pensamiento aún no le ha dado oportunidad a los estudiosos de incursionar a fondo en ese asunto. Y no se trata, por cierto, de un tema secundario ni baladí. A los hombres hay que bajarlos cada cierto tiempo de sus pedestales y recorrerles simbólicamente la epidermis. Eso los humaniza en tanto los acerca más a sus seguidores. A juzgar por los testimonios de personas que lo conocieron y trataron, la estatura del Apóstol de la independencia cubana era de unos cinco pies y medio, y su peso corporal de alrededor de 140 libras. Casi siempre llevaba un bigote grueso y una fina mosca en el mentón. Su cabeza no era tan grande y desproporcionada como denota el mundialmente conocido busto del escultor J. A. Sicre. Su apéndice nasal era recto, como sus ideas. Y sus ojos no eran negros, sino pardos, de los que dijo el pintor Federico Edelman al esbozarlos: «Color que tiene los tonos cambiantes de las olas, desde el oscuro hasta el claro, en una sensación variable de carmelita a verdemar.» Se dice que eran melancólicos y dulces. ¡Pero centelleantes y enérgicos al atacar desde la tribuna! Enrique Collazo, que lo conoció bien, ha dicho de él: «Era excesivamente irascible, muy nervioso, ¡un hombre ardilla! Quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible. Subía y bajaba las escaleras como quien no tiene pulmones. Y vivía errante, sin casa, sin baúl, sin ropas, dormía en el hotel más cercano, donde lo sorprendía la noche o el sueño.» Y también: «Era un hombre de gran corazón, que necesitaba querer y ser querido.» Aunque se ha dicho que ocasionalmente fumaba, personas próximas a él lo niegan. «Y es cosa rara –admite un colega-, ya que la mayoría de sus colaboradores y hermanos de lucha eran consagrados y formidables tabaqueros, como los de Cayo Hueso.» Eso sí, aseguran que era un excelente catador de licores. Su bebida preferida fue siempre el vino de Mariani, muy de moda en aquella época, con el cual cierta vez sus enemigos políticos trataron de envenenarlo.
Era Martí un orador brillante e incansable, capaz de improvisar varios discursos en una jornada. Y, como empleaba la voz sin apenas cuidarse, las afeccciones lo perseguían, principalmente inflamaciones de la garganta y de sus cuerdas vocales. El Doctor Eligio Palma, que solía atenderlo cuando eso ocurría, le recomendaba reposo absoluto y no hablar una palabra. Pero Martí hacía caso omiso a sus indicaciones y siempre respondía: «Cuba no puede esperar.» Según escribió en un libro Gonzalo de Quesada y Miranda, Martí dormía poco y mal. Su sueño era casi siempre inquieto, y, cuando lo conciliaba, solía hablar incoherencias y agitarse de uno a otro lado del lecho. Una vez le preguntaron: «¿Y usted cuántas horas duerme?» Y contestó con rapidez: «Cinco, mientras mi Patria no sea libre.» Es muy hermoso y exacto este retrato que hizo de él un periodista cubano a partir de su biografía: «Frágil de cuerpo, precario de salud, con una dolorosa herida inguinal de presidiario que no se le curó nunca, con su endeble estructura física, anduvo a caballo muchas leguas por Santo Domingo, se cayó y se magulló una pierna, aprendió con Gómez a disparar con arma de guerra, a usar el machete, a cortar leña, a cocinar frijoles, y, durante la tormentosa travesía marítima hasta Playitas, se le vio, remo en mano, en aquellas angustiosas horas en que puso su corazón de patriota, de hombre y de poeta a navegar rumbo a la libertad.»
En la historia de las guerras de todas las épocas no abundan los nombres de soldados que hayan recibido en sus anatomías 26 heridas durante los combates. Los cubanos, para gloria nacional, disponemos de un ejemplo: el Mayor General Antonio Maceo Grajales. O, si lo prefiere, el Titán de Bronce, como lo bautizó en la manigua su fiel compañero de armas y de ideales, Manuel Sanguily. Fue el también Lugarteniente General del Ejército Libertador un hombre de méritos excepcionales. Su valor -lo reconocieron en la época hasta sus más enconados enemigos- lindaba con la temeridad, y ni en los más difíciles trances pidió tregua. Durante las gestas independentistas cubanas iniciadas en 1868, participó en más de 800 batallas y su cuerpo salió de algunos muy mal parado. En ninguno de esos casos se permitió permanecer mucho tiempo en cama. En la batalla de Mangos de Mejías, lo impactaron ocho balas. Cinco le perforaron el pecho y tres le alcanzaron la mano derecha, la encargada de empuñar el revólver y el machete. Convaleciente todavía de tan serias lesiones, supo que su tropa era acosada por una partida española. Se irguió con dificultad de su camilla, montó en su caballo y se puso a salvo de sus perseguidores. La historia de San Pedro de Punta Brava fue el colofón a tanta gloria. Al escuchar disparos en las proximidades de su campamento mambí, se puso de inmediato al frente de sus hombres y ordenó zafarrancho para enfrentar al enemigo. Una alambrada obstaculizó la acometida insurrecta. Envió a varios jinetes a picarla con sus machetes para intentar luego salir a campo abierto e iniciar la carga. Estaba a la espera de que fuera neutralizado el obstáculo en medio de la balacera cuando le dijo al brigadier José Miró Argenter: «Esto va bien». El doctor Zertucha, que acompañaba a Maceo en la aciaga jornada, narró así tan dramáticos instantes en carta dirigida al Mayor General Máximo Gómez, fechada el 12 de septiembre de 1899:
«Apenas hubo acabado de decir el General Maceo las anteriores palabras, cayó por el lado izquierdo de su caballo como herido de un rayo, lanzando su machete hacia adelante a considerable distancia. Tras él caí yo: lo encontré sin conocimiento; un arroyo de sangre negra salía por una herida que tenía al lado derecho de la mandíbula inferior, a dos centímetros de la sínfisis mentoniana. Introduje un dedo en su boca y encontré que estaba fracturada la mandíbula. «Su estado general indicaba a primera vista la gravedad. La algidez, el síncope, el pulso nulo y la palidez que aumentaba hasta el extremo de estar su rostro desconocido, me indicaban había sido herido y que la muerte era cercana. A los dos minutos de ser herido, murió en mis brazos y con él cayó para siempre la bandera.»
Una reseña de la época agrega que el proyectil le entró por la derecha de la cara, desgarró la carótida y salió por la izquierda del cuello. Tras desplomarse, lo incorporaron de nuevo sobre la montura. Ahí otro impacto le hizo diana en el tórax y, de paso, mató a su caballo. Jinete y cabalgadura cayeron al suelo. Quienes pretendieron rescatar su cadáver resultaron heridos Así, el cuerpo de Antonio Maceo quedó solo en medio de la maleza, batido por la fusilería española. La revista Bohemia reseñó así otro pasaje de aquel infausto 7 de diciembre de 1896: «Panchito, su ayudante, hijo del Generalísimo Máximo Gómez, que no participó en la acción de San Pedro por encontrarse herido, al conocer la suerte de su jefe, partió solo, con un brazo en cabestrillo y prácticamente desarmado, hacia el lugar del hecho. En un gesto supremo de devoción y lealtad fue a morir junto al General. Resultó blanco fácil de las balas adversarias. Lo hirieron dos veces y trató de suicidarse, pero antes quiso dejar una nota a sus padres y hermanos. No terminó de escribirla. Indefenso, lo remataron con ensañamiento los guerrilleros a machetazos».
HERIDAS RECIBIDAS POR MACEO 1- Combate de Michocán (enero 16-1896) 2- Ingenio Armonía (mayo 20-1896) 3- Majaguabo Arriba (julio 2-1870) 4- San Rafael (julio 25-1870) 5- Majaguabo Arriba (octubre 2-1870) 6- Nuevo Mundo (diciembre 28-1870) 7 y 8- La Matilde (enero 16-1872) 9- Tiguajabos (enero 24-1872) 10- Ingenio Santa Fe (noviembre 2-1872) 11- Las Guásimas (marzo 15-1874) 12 a 19- Combate de Mejías (agosto 7-1877) 20- Vereda La Juba (febrero 8-1878) 21- Combate de Juan Criollo (febrero 12-1878) 22- San José, Costa Rica (noviembre 10-1894) 23- Combate de Río Hondo (febrero 7-1896) 24- Combate de Las Lomas de Tapia (junio 23-1896) 25 y 26- Combate de Punta Brava (diciembre 7-1896)
Se llamaba Francisca Agüero Mayo. Pero eso casi nadie lo sabía. Para sus vecinos, familiares y amigos ella fue siempre, sencillamente, Paquita. Nació el 28 de agosto de 1926 en el tunero barrio de El Oriente. Sin embargo, casi toda su existencia transcurrió en Manatí, a donde fue a residir cuando se casó con mi padre el 4 de diciembre de 1954. Nieta del coronel mambí Calixto Agüero y Agüero, en su personalidad convivieron el carácter y la ternura. Se pasó toda la vida haciendo el bien a los demás y sacrificándose por su familia. Hipertensa crónica con récord personal de presión máxima de 280 mmHg, murió de un colosal infarto cardíaco el 14 de julio de 1996. Cuando desapareció ya nada volvió a ser igual. Incluso las orquídeas del patio que ella cultivaba con devoción de jardinera marchitaron sus pétalos. Aunque nunca se lo dije -me remuerde a veces no haberlo hecho alguna vez- a mi madre le debo todo lo bueno que me ha ocurrido, que no ha sido poco. Jamás querré con similar intensidad. Nunca se borrarán de mi memoria su alma generosa y su rostro venerable. El almanaque no tiene un día -¡un solo día!- en que yo no la recuerde.
MI PADRE INOLVIDABLE
Hoy, 27 de mayo de 2019, mi padre cumpliría 100 años de noble y limpia existencia. Pero la vida, o el destino, o la Providencia, o Dios, o quien haya sido, no se lo permitió, y solo pudo celebrar 62. Fueron suficientes para dejar en mi corazón y en mi memoria una huella entrañable, profunda y eterna. Los buenos padres suelen ser así, inmortales. No, definitivamente, padre no es cualquiera. Papi nació en un asentamiento rural llamado San Isidro, próximo al poblado de Gaspar, en la provincia de Ciego de Ávila. Sus padres lo bautizaron con el nada convencional nombre de Juan Evangelio, que luego él y mi madre me endilgaron cuando me trajeron al mundo. A Manatí arribó en 1945, de la mano de un amigo instalado previamente en la localidad. Tan pronto desempacó, formó parte de la Guardia Jurada, un cuerpo encargado de la tranquilidad ciudadana y de la protección del antiguo ingenio azucarero. Después de 1959, la Empresa Eléctrica le encargó la tarea de leer todos los metros contadores del municipio y después cobrarles a sus propietarios las correspondientes facturas. Para esa fatigosa dualidad recorría cada mes varios kilómetros, enhorquetado en su bicicleta rusa, a la que le sonaban todos los tornillos, pero que nunca lo dejó botado en el camino. Cierro los ojos y me parece verlo tocado con su sombrero de yarey (tejido expresamente para él por un haitiano amigo) y con sus espejuelos en trances de equilibristas sobre la punta de la nariz, mientras escribía números en un libraco repleto de tarjetas con los nombres de los clientes. En casi todas las casas a donde llegaba le brindaban café, chucherías o echaba un parrafito sobre cualquier asunto. Madrugador incorregible, sobre las seis de la mañana ya estaba en pie, listo para hacer la primera colada del día al socaire de los poetas repentistas -una de sus grandes aficiones-, a quienes escuchaba en un radio VEF que le regalamos un día de su cumpleaños en reemplazo de aquel vetusto RCA Víctor de madera y válvulas. Tampoco se perdía Alegrías de Sobremesa, y se divertía de lo lindo con las ocurrencias de la mulata Estelvina y de Paco Carrasquillo. Mucho menos dejaba de ver San Nicolás del Peladero, con su admirado alcalde Plutarco Tuero, en aquel estresante televisor blanco y negro, marca Westinghouse, siempre lleno de lloviznas y de interrupciones. Lo evoco también haciendo puré de tomate en un equipo que él mismo se inventó, capaz de simplificar enormemente la tarea. O sembrando hortalizas en una pequeña parcela que teniamos al fondo de la casa. Mi padre fue un hombre de un carácter sumamente alegre, siempre con una jarana a flor de labios y gran amigo de los niños. «Morales, los niños no te respetan porque juegas demasiado con ellos», lo recriminaba mi madre cuando lo veía darle un pellizco a uno o esconderle la pelota a otro. Con mi mamá formó una pareja memorable. Por lo menos en mi presencia, nunca los escuché discutir por ningún motivo. Tenía con ella detalles bonitos, aunque también la hacía rabiar cuando le preguntaba la edad delante de terceros, a sabiendas de que -como muchas mujeres- le tenía aversión a ese tema. Mis relaciones con él siempre fueron de excelencia. Muchos consejos me dio y pocos escuché. Cuando uno es joven, siempre que sucede igual pasa lo mismo. Hoy diera la vida por una sola de sus recomendaciones. A pesar de los años transcurridos, aún me remuerde la conciencia por las veces en que le «robé» menuditos de sus bolsillos mientras él echaba un pestañazo al mediodía. Por entonces, con una peseta se le podían comprar dos barquillas de helado casero al que los vendía por las calles con su nevera montada sobre un carretón. No obstante, me consuela pensar que papi se percataba de mis escamoteos y que se hacía el dormido para no interrumpirlos. En mis tiempos de estudiante becado, no solo estaba al tanto de mi situación disciplinaria y académica, sino que, incluso, aceptó ser el presidente del Consejo de Padres cuando cursé estudios de Educación Física y Deportes en el Fajardo. Eran tiempos de limitaciones –cualquier parecido con la realidad actual no es pura coincidencia-, por lo cual llegué a usar, ocasionalmente, parte de su humilde ropero, en especial unos horribles pantalones de gabardina que alguna vez formaron parte de trajes de etiqueta. Hasta el momento en que enfermó, nunca le habían dolido ni los cayos. Incluso, el día anterior a su súbito malestar nos habíamos tomado unos tragos (aunque nunca fue un bebedor) en compañía de unos amigos. Tuvimos que correr con él para Tunas. «Síndrome de Guillain-Barré», diagnosticaron los médicos que lo evaluaron en el recién inaugurado hospital Ernesto Guevara. Tan rara enfermedad tiene ahora un tratamiento eficaz, pero, en aquella época, quien la padeciera tenía escasas posibilidades de salvación. Mi padre no pudo eludir la acechanza y, a los tres días de su ingreso, el 10 de septiembre de 1981, falleció.
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