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jueves, 10 de marzo de 2011

Curiosidades periodísticas

El periódico de mayor tirada del mundo es el japonés «Yomiuri Shimbun», que edita 14 millones de ejemplares cada día... El diario en idioma español más antiguo es «El Mercurio», de Valparaíso, Chile, fundado en 1827... La revista más añeja es la popular «National Geographic Magazín», creada hace 116 años y presente en 26 países con 10 millones de ejemplares mensuales... En América, el primer periódico fue «La Hoja de México», aparecido en 1541 para reseñar el terremoto de Guatemala... Las primeras emisiones públicas de televisión las efectuaron la BBC, en Inglaterra, en 1927 y la CBS y la NBC, en Estados Unidos, en 1930... El primer periódico de Australia lo editó en 1803 un recluso que había trabajado en el Times de Londres... El diarismo periodístico hizo su debut en Inglaterra, en el «Daily Courrant», en 1702... En  1796 debutó el primer periódico dominical: el «Weekly Meseger», fundado en 1796 en Londres por Jhon Bell... El primer corresponsal de guerra de la historia fue el ateniense Tucídides, quien cubrió la Guerra del Peloponeso... Un semanario español llamado «La Luminaria» mezclaba tinta con fósforo para que las letras pudieran ser vistas en la oscuridad... El primer periódico conocido se editó en la ciudad belga de Amberes en 1605 y llevaba por nombre «Nieuwe Tudingen» (Últimas Noticias)... Con solo 3,2 centímetros de alto por 2,2 de ancho, el diario ingles First News aparece en el libro Guinness de los Récords como el más pequeño del mundo... El mayor, la edición especial del «Illuminated Quadruple Constellation» del 4 de julio de 1856: medía 2,44 metros de alto por 1,83 de ancho, el tamaño aproximado de una mesa de billar... Con más de 2138 años, el Acta Diurna es considerada como el primer periódico de la historia...

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Rafael Urbino, un locutor de referencia

En la historia de la locución tunera, ningún nombre compite en popularidad y carisma con el de Rafael Urbino Santoya, aquel fenomenal hombre de radio que  convirtió la voz y el micrófono en las razones de su existencia. Desde que  murió hace unos 20 calendarios, nada ha vuelto a ser igual en el éter de la provincia, afligido quizás por la desaparición de quien fue una de las figuras cubanas más relevantes de la profesión en cualquier época.
Hoy he recordado especialmente a Urbino, por ser el primero de diciembre el Día del Locutor. Como ocurre cada año, todas las peñas del gremio lo citan como paradigma para los que se estrenan. El consenso es general: cuando se habla de su estirpe profesional, dicho en buen cubano, hay que quitarse el sombrero. Hoy en Radio Victoria, la emisora de Las Tunas, su nombre es de nuevo recurrencia en cada programa y espacio informativo. 
A Urbino me parece verlo caminar por el parque Mayor General Vicente García con el paso lento de quien nunca tiene prisa, mientras saludaba a cuanta persona se le cruzaba en el camino. Aquel grandulón de más de seis pies de estatura y sempiterno tabaco entre los labios jamás dejó de identificarse con su pueblo. Desde la cabina de transmisión extendió un hilo conductor hasta sus oyentes, quienes adoraban su originalísima manera de actuar y de decir. 
Los carnavales tuneros eran la ocasión para que Urbino mostrara las dotes del comunicador y de guasón que siempre fue. Entonces su voz devenía música, alegría, carcajada, incentivo para el esparcimiento... Su proverbial capacidad para crear frases célebres parió aquella «... una buena piba fría en el león pelao» para referirse a una perga llena de cerveza helada adquirida en los termos gigantes que solían emplazarse cerca del parque Maceo. 
Ante el micrófono su actuación rozaba la excelencia, con su voz grave y fuerte, capaz de transmitir sentimientos disímiles así fueran de alegres o trágicos las motivaciones que la convocaran: desde ambientar la producción musical para un festejo hasta radiar un mensaje con el anuncio de un fallecimiento en un humilde barrio. Nadie -ni antes ni después- lo supo hacer como él. 
Diré una perogrullada, pero no encuentro nada mejor para referirme a este hombre poco común: quien pretenda escribir la historia de la radio en Las Tunas no puede obviar el legado de Rafael Urbino Santoya, más que locutor, auténtico referente del micrófono. Tan profunda huella dejó que una cátedra tunera de radio ostenta su nombre y también se premian con él los honores por la Obra de la Vida. ¡Qué gran homenaje, gran hombre!

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domingo, 7 de noviembre de 2010

Fotos de antología

Un gastado aforismo periodístico asegura que «una fotografía vale por mil palabras». La afirmación,  amén de categórica, peca de relativa. Cierto, imágenes hay que, para realizarse como producto comunicativo, no pueden prescindir de un partenaire escrito. Otras, sin embargo, se expresan con absoluta autonomía. Las que siguen integran este último grupo. Las encontré mientras hurgaba en diversos sitios de Internet y figuran, quizás, entre lo mejor de la antología fotográfica contemporánea. Aunque, por la naturaleza de las historias que cuentan, eso de mejor pueda parecer cuestionable y hasta ofensivo. Si las hago acompañar por un breve texto es solo a guisa de brújula. Ellas -estoy seguro- pueden llegar sin su concurso hasta las zonas más intrincadas de nuestra sensibilidad.

LA  NIÑA  DE  LA  FOTO
El 8 de junio de 1972, un avión de Vietnam del Sur que actuaba en coordinación con el ejército norteamericano bombardeó con napalm -una gasolina gelatinosa de combustión lenta y duradera- la aldea norvietnamita de Trang Bang.  Allí vivía con su familia la niña Kim Phuc, de solo nueve años de edad. Al desatarse aquel infierno, la pequeña corrió despavorida  y sin rumbo fijo junto a sus hermanos y primos por una carretera cercana. En unos instantes las llamas consumieron su ropa. Fue ese el instante en que Nick Ut, corresponsal de la agencia de noticias Associated Press (AP), tomó esta desgarradora fotografía en la que aparece Kim completamente desnuda y con el cuerpecito cubierto de quemaduras. Se trata de las imágenes que cambiaron en el mundo la percepción de la guerra de Vietnam. «Muchas veces deseé que esa foto no hubiera existido, pero luego la consideré un regalo para que yo pudiera trabajar por la paz», dijo luego Kim Phuc, quien permaneció hospitalizada 14 meses y fue sometida a 17 operaciones de injertos de piel. Años después, ya recuperada, estudió durante un  tiempo en la Universidad de La Habana. Actualmente ella es Embajadora de Buena Voluntad de la UNESCO y coordinadora de una fundación internacional que brinda tratamientos médico y sicológico a los niños víctimas de las guerras. El autor de la imagen la envió a toda prisa a la redacción central de AP. Al día siguiente fue portada en diarios y revistas de todo el mundo. Ha sido laureada como Foto del Año del World Press Photo (1972) y recibió el importante premio Pulitzer 1973), máximo galardón que entrega el periodismo norteamericano. El negativo original de la foto se conserva en los archivos de la agencia AP. 

EL  BUITRE   DE  LA  POBREZA
Esta dramática imagen fue tomada por el fotógrafo sudafricano Kevin Carter. Se trata de una niña sudanesa, a todas luces moribunda, que trata de llegar a un campamento de la ONU donde reparten alimentos. Detrás de ella, un buitre aguarda  por su caida definitiva para extender sus alas y lanzarse sobre  su cadáver. La terrible foto la publicó The New York Times el 26 de marzo de 1993. Provocó que millones de personas  desataran un debate mundial sobre la ética del fotoperiodista al captar una imagen que intentaba reflejar la hambruna en aquel paupérrimo rincón del planeta. Kevin Carter tuvo que responder miles de veces la misma pregunta: «Y luego, ¿ayudaste a la niña?». Víctima del remordimiento por no haber hecho nada por salvar a la criatura, el fotógrafo se suicidó con dióxido de carbono  en el interior de su automóvil el 27 de julio de 1994, cuatro meses después de recibir el premio Pulitzer de fotografía en la Universidad de Columbia. «Es la foto más importante de mi carrera, pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Aún estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña», había  dicho Carter frente al acecho de la culpa, que, paciente y vengativa, esperó el  instante justo para desplegar sus alas y  abalanzarse sobre él. Pero Carter no pudo tomar esa otra foto. A la niña, si en definitiva falleció -que es lo más probable-, la mataron ambos: el buitre, urgido de saciar su hambre;  y Carter, quien buscaba con la imagen fortuna y prestigio, otro tipo de apetito. La foto, comentó un diario de la época, «es un estremecimiento fugaz que muchos aún perciben como una especie de agresión a una parte íntima de su sensibilidad».

EL  HOMBRE  Y  LOS  TANQUES
El Hombre del Tanque es el apodo que se le endilgó a un ciudadano chino anónimo, proyectado a la fama el dia en que fue fotografiado de pie, con una chaqueta y una bolsa en las manos, encarado a una  fila de  tanques durante un violento incidente con manifestantes en  la céntrica Plaza de Tiananmen,  en la  capital china. El hombre permaneció solo y de pie mientras los tanques se le aproximaban a baja velocidad. El  carro de combate que encabezaba la columna intentó esquivarlo, pero el joven se interpuso una y otra vez en su ruta. Finalmente, los tanques se detuvieron. El individuo se trepó entonces sobre el vehículo y conversó brevemente con el conductor. Luego se bajó y se perdió entre la multitud. La imagen fue tomada el 5 de junio de 1989 desde uno de los balcones del Hotel Beijing, próximo al lugar, por tres fotógrafos: los estadounidenses Jeff Widener, de la agencia Associated Press (AP), y Charlie Cole, de la revista Newsweek; y el británico Stuart Franklin, de la revista Time. La fotografía de Widener es la más elogiada de todas. La consiguió con una cámara Nikon y una lente de 300 milímetros desde un balcón, a unos 200 metros de distancia. Solo disparó tres veces porque tuvo dificultades con la velocidad de obturación y la sensibilidad de la película. Por eso él considera casi un milagro que se vea nítida. La transmitió esa misma noche a la agencia central. A la mañana siguiente apareció publicada en centenares de periódicos y revistas del planeta así como en los titulares de los principales noticiarios. En abril de 1998, la revista estadounidense Time incluyó al Hombre del Tanque en su lista de las cien personas más influyentes del siglo XX. Fue, además, la foto ganadora del World Press Photo de 1989.

FLORES  CONTRA  FUSILES
Esta singular imagen la captó el lente del fotógrafo norteamericano Bernie Boston el día 21 de octubre de 1967 durante  una manifestación pacífica frente al Departamento de Defensa, en Washington, contra la guerra de Vietnam. Tiene un plano ligeramente picado, pues Boston la tomó desde lo alto de un muro, en la entrada del Pentágono. Lo fotografía muestra a varios miembros de la Guardia Nacional encañonando y rodeando a unos manifestantes. La composición -según los especialistas- descolla por su gran capacidad de sugerencia, pues la policía casi monopoliza la imagen, mientras que los manifestantes quedan relegados -asi avasallados- en uno de los laterales. La zona central la ocupa un joven que, con pasmosa serenidad, introduce flores en los cañones de los fusiles, mientras uno de los policías toma con su mano derecha la que le han puesto al suyo, quizás para quitarla. Lo importante de la imagen es el gesto en sí, incluso más que sus protagonistas, cuyos rostros apenas se pueden  distinguir, ya sea por la perspectiva o por los casos que cubren sus cabezas. A partir de esta foto, el  «flower power» se elevó a icono de la cultura contemporánea. Muchos aseguran que esta imagen  hizo un aporte mayor al fin de la guerra que cientos de manifestaciones. Bernie Boston  trabajó para medios como Dayton Daily News, Washington Star y Los Angeles Times. Falleció el 24 de enero de 2008 a los 74 años. «Sabía que tenía una buena foto», dijo cuando la tomó para el Washington Star. Sin embargo, sus editores no imaginaron en ese momento la trascendencia que tendría la imagen, y la colocaron en lo profundo de una sección interior del periódico.

ARROZ  SIN  JUSTICIA
Otra vez el sufrido y olvidado Sudán deviene locación para que la  cámara fotográfica se dé gusto retratando el dolor y la injusticia de este mundo. La guerra civil de 1998 provocó en esa nación africana  una hambruna tal que se llevó a la tumba a casi 100 mil personas. En el campamento de refugiados de Ajiep, más de un centenar llegaron a morir cada día mientras aguardaban pacientemente por una magra ración de arroz para entretener el estómago. A duras penas, y despues de vencer múltiples obstáculos entre tanta miseria, abandono y muerte, la comunidad  internacional consiguió hacer llegar suministros y víveres al país. El fotógrafo inglés Tom Stoddart acompañó a una comitiva de Médicos sin Fronteras hasta el citado campamento humanitario. Allí, en una de las interminables filas para recibir alimentos, captó la dramática imagen de un niño lisiado mirando desconsoladamente a un adulto que lleva una bolsa de cereales en su mano izquierda. La fotografía no cuenta que, cinco segundos antes, ese mismo adulto arrancó la bolsa de las manos del  infeliz minusválido sin que nadie moviera un dedo para evitar tamaño atropello. El fotógrafo fue acusado de pasividad. Stoddart es uno de los grandes del reportaje fotográfico contemporáneo. Ha cubierto acontecimientos históricos, como el sitio de Sarajevo, la caída del muro de Berlin y  las guerras de Iraq y El Libano, entre otros.

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lunes, 16 de agosto de 2010

Un colega ha muerto

Mi colega Alexis Pérez Sánchez recién acaba de hacerle mutis a la vida. Su  resentido y frágil músculo cardíaco no soportó tantos agobios y  le consumó la  fatal jugarreta el pasado viernes, bien temprano, cuando el lucero del alba todavía irradiaba  luz en lo más alto del firmamento.  
Siempre me pareció emisario de trágicos augurios cualquier sombrío timbrazo telefónico en la madrugada. ¡Casi todo lo infausto ocurre en ese horario! Esta vez el ring ring confirmó mis suspicacias. Y la mala nueva despabiló mi somnolencia con la energía de un corrientazo. 
La muerte es -amén de rotunda e inevitable- nuestra única certeza absoluta. Se trata de un estado físico con blindaje a prueba de voluntades. En oportunidades apenas propicia espacio para filosofar. Como en este de ahora, donde sobrevino súbita, fulminante, inclemente y prematura.
Todavía hoy, tres jornadas después de su partida, cuesta aceptar que Alexis ya no está, corpóreamente, entre nosotros. Difícil creer que no volveremos a estrechar su afectuosa diestra, a soportar sus ex abruptos  de ocasión o a escucharle leer «a punta de pistola» su reportaje en ciernes. 
La Casa de la Prensa tunera echará de menos su corpulenta figura; muchos temas de actualidad  clamarán por la osadía de su pluma; los estudiantes de práctica laboral extrañarán, desconcertados, al tutor puntilloso y exigente que les  brindó en cada etapa sabiduría, experiencia y  brújula...
En lo adelante, de Alexis Pérez Sánchez, colega y amigo, no se hablará sino en pasado. Su recuerdo, empero, nos acompañará. Porque la vida de los que mueren no se convierte en polvo en una gaveta de mausoleo. Queda -¡vaya fortuna!- en la memoria de quienes los sobrevivimos.

A UN AMIGO MUERTO 

Para Alexis Pérez Sánchez, In Memoriam

Qué desierto está el mundo, amigo mío,  
desde que te cubrió el polvo postrero; 
cómo al pensarte el viento, lastimero, 
azota mi ventana; cuánto frío. 
Qué vacío dejaste, compañero, 
en nuestras vidas; qué estruendoso vacío. 
¿Con quién hablaremos ahora, en el estío? 
¿Por qué tuviste que partir primero? 
Cuando visitemos tu última morada 
dejaremos en la losa, doloridos, 
una flor y una carga de tristeza; 
luego nos iremos, llevando en la cabeza 
esta triste pregunta, ya gastada: 
¿Cómo asumir que de verdad te has ido? 

(Anónimo)

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domingo, 11 de abril de 2010

Fútbol y periodismo

El periodismo deportivo escrito me ha resultado siempre un sector fascinante. Y no solo desde el punto de vista informativo -obviamente, su razón de existir-, sino también por el colorido, la originalidad y  el gracejo que su singularísima manera de decir puede asimilar cuando cuenta con el respaldo profesional de una  pluma con talento e imaginación.  
El fútbol es, quizás, entre todas las disciplinas, la que mayor creatividad genera en el momento de redactar. Lo he confirmado durante varios años en la prensa deportiva española, cuyas páginas en Internet visito y  disfruto regularmente en mi condición de seguidor del Barcelona, el multicampeón club de Cataluña, hoy en la cima de la exigente Liga ibérica.
 En materia de creación de metáforas, el discurso periodístico del bien llamado «deporte de las multitudes» exhibe un variado surtido. Es difícil  no esbozar una sonrisa ante algunos de sus postulados. Veamos.
-Desaparece la carroza y queda la calabaza (Así tituló el diario El Mundo Deportivo cuando el Real Madrid no pudo superar al club francés Lyon y vio frustrado su sueño de llegar a la siguiente fase de la Champions League. Es una simpática analogía que alude al cuento infantil Cenicienta).
-La Galaxia II acaba en un agujero negro (titular del diario Sport, de Barcelona, también cuando el drama madrileño ante el Lyon. La metáfora funciona, pues esta versión del club merengue, por su cantidad de estrellas, es conocido por Galaxia II. El «agujero negro» fue el equipo galo).
Los cuatro goles que Lionel Messi,  el crack del Barcelona, le encajó al club inglés Arsenal en el partido de vuelta de los cuartos de finales de la Champions League, provocó una avalancha de titulares y criterios originales y simpáticos, reflejo de la calidad de este futbolista fuera de serie. Lean:
-«Messi parece un jugador de Play Station» (afirmó Arsène Wenger, director técnico del club Arsenal, comparando el desempeño del temible goleador argentino con la perfección de un ciberjuego).
-La noche del Messi-as (título del diario colombiano El Espectador, que aprovecha las posibilidades del apellido Messi para sugerir  Mesías, personaje bíblico en el que se ha depositado una gran confianza).
-Im-Messionante y Sublimessi (cibertítulos de 20 Minutos y Marca, respectivamente, que, mediante la formación arbitraria de palabras, insinúan una actuación impresionante y sublime de Messi.
-Para que queremos a un Cristiano si ya tenemos a un Dios (sugerente y original titular del diario catalán As, que toma partido por Lionel Messi (Dios) en la comparación con el portugués Cristiano Ronaldo).
Los cuerpos de las informaciones suelen ser también joyas de creación léxico-semántica.  En este párrafo del diario Marca, el periodista evalúa con sentido figurado el juego del Real Madrid y de sus estrellas:
«Más que un coro, sobresalen los solos de sus futbolistas. El fútbol del Madrid es comida rápida, fast food. Pero por muchas bombillas que reunió el entrenador, el Madrid siguió a oscuras, sin luz. Si acaso algún chispazo de Guti. El equipo acaba metido en un túnel a oscuras en el que sólo Cristiano parece saber dónde está el interruptor de la luz».
Este párrafo es del periódico catalán El Mundo Deportivo. Habla de Lionel Messi y de su juego:  «Messi funciona como si fuera un viejo músico de jazz, siempre reconocible y, sin embargo, distinto cada noche. Improvisa sobre la misma partitura, la banda le sigue y toca con una fidelidad religiosa y la hinchada pide que no pare la música».
Y este otro de As, cuando el Chelsea inglés perdió frente al Barcelona en el estadio Camp Nou, el  día 7 de marzo de 2006. Intenta demostrar metafóricamente que no es el dinero lo que hace poderoso a un equipo de fútbol. Es una indirecta a José Mourinho, por entonces técnico del club, y a Abramovich, el multimillonario ruso, dueño del equipo en el que se gastó  millones para fichar estrellas. Dice la reflexión comparativa:
«Este barco construido a precio de yate de lujo por Mourinho con el dinero de Abramovich, cuando navega más allá del Canal de la Mancha no pasa de ser un petrolero. Muy grande y poderoso, pero al que nadie se subiría para ir de vacaciones».
Estos que siguen son algunos flashazos que guardo celosamente dentro de una carpeta como alhajas de creación periodística: 
-El Barcelona es el equipo con más calidad por centímetro cuadrado (valoración de Marca sobre la calidad colectiva del equipo catalán). 
-Condenado al exilio del banquillo (metáfora de As para referirse a la larga etapa de José María Gutiérrez (Guti) en el banquillo del Real Madrid).
-Un dominio sobre el terreno más estadístico que real (original manera de La Vanguardia de evaluar el juego de un equipo, más allá de las cifras).
-Se ajustó el mono de trabajo en el primer tiempo y luego se vistió de etiqueta en el segundo (evaluación del juego del Getafe por El País). 
-Al Barça le costó 49 minutos abrir la caja fuerte de Sergio Kresic (esta metáfora del diario As reseña las dificultades que enfrentó el Barcelona para anotarle un gol al hermético guardameta del Numancia).
-Guardiola alumbró en su mente el método para que las piezas volvieran a engranarse sin chirriar (El Mundo habla sobre ciertos ajustes en la alineación realizados por Guardiola,  el DT del Barcelona).
-Los de Rijkaard se diluyeron por el desagüe y de allí a la alcantarilla (juicio del periódico madrileño El Mundo por el pésimo juego desarrollado por el Barcelona frente al Real Betis).
Me admira -y me alegra- la voluntad de este periodismo por atenuar el uso de la terminología técnica del deporte para apelar a la seducción mediante otros recursos. Eso los lectores lo agradecen. En la medida en que quienes escriben sobre el tema se expriman las neuronas para buscar opciones más originales y atractivas de presentar sus materiales, el deporte consolidará su protagonismo en los medios de difusión masiva.

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domingo, 8 de noviembre de 2009

Montañismo en Tuxhilá

Cuando el día 25 de febrero de 2002 llegué en menesteres periodísticos al municipio guatemalteco de La Tinta, en el departamento de Alta Verapaz, lo primero que me encantó fue el verdor de su entorno y la hospitalidad de su gente. La visita tuvo una recompensa mayor: compartir por cinco días con la brigada médica cubana destacada allí. Resultó una experiencia inolvidable.
La Tinta tiene una geografía singular, pues está encerrada dentro de un macizo montañoso compuesto por la Sierra de las Minas y la Sierra de Santa Cruz, con sus cumbres de Jucupen, San Francisco, Jolomijix y Chinajá. Existe una cadena montañosa perteneciente a la Sierra de Xucaneb, que atraviesa el municipio de oeste a este.
Uno de nuestros galenos me invitó a escalar una de aquellas regias elevaciones. «Allá arriba vive una comunidad de descendientes mayas –me informó-. Todas las semanas subo a consultar a los enfermos. Así que si desea estar por un rato más cerca de Dios, venga conmigo». La propuesta me resultó muy tentadora y, por supuesto, acepté.
A la mañana siguiente, al filo de las seis, una pequeña camioneta, a la que llaman por allá pickup, nos dejó en 30 minutos junto al firme de la cordillera. El sol se desperezaba aún sobre sus penachos coronados de vegetación. Mi guía me señaló un sendero que nacía a nuestros pies y reptaba loma arriba entre montículos y sinuosidades. Tenía cabida para una persona. «Es por aquí», me dijo. Y emprendimos el ascenso.
Cuando habíamos trepado sin interrupciones durante 10 larguísimos minutos por aquel trillo casi perpendicular –al menos así me lo pareció a mí-, confirmé que no podría derrotar al doctor, tal y como se lo había pronosticado la noche antes. Desoyendo la voz de mi orgullo, decidí pasar por las horcas caudinas y le solicité con humildad un primer respiro. Más que pedirlo, mis fatigados pulmones lo exigieron. Culpé de mi agotamiento al mal de las alturas, a mi hábito de fumar, a mi condición de hombre del llano y a mil justificaciones más.
La recuperación duró solamente unos instantes. Los aproveché para respirar a mis anchas y para atiborrar de aire fresco cuanto alvéolo estuviera disponible. A hurtadillas miré a mi amigo el médico, que aguardaba por mí rehabilitación un poco más arriba, junto a una enorme roca. Nada, ¡fresco como una lechuga! Tal vez fueron prejuicios míos, pero me pareció verle retozar en su semblante una sonrisa burlona.
Reanudamos el ascenso, pero ahora con un poco de pausa, lo cual agradecí. «No hay por qué apurarse tanto», justifiqué para mis adentros el nuevo ritmo de caminata. Mi amigo trepaba con la agilidad de un chivo montés. ¡Y sin mostrar señal alguna de agotamiento! Se lo reconocí. «Es que este viaje lo realizo una vez a la semana, así que estoy entrenado», respondió, tal vez para consolarme un poco.
La subida nos reservaba una tremenda «humillación»: una mujer indígena, septuagenaria y de aspecto débil, nos dio alcance en el sendero. Con la decencia que caracteriza a los de su raza, pidió permiso para que le hiciéramos espacio para pasar. Y, sin reducir la celeridad de sus pies descalzos, nos adelantó como una exhalación. Estábamos a mitad de camino y la anciana apenas se dio por enterada.
Pero el momento más dramático de la jornada –al menos para mí- estaba todavía por acontecer. Sobrevino cuando el médico se me distanció varios metros loma arriba y yo intenté a toda costa no quedarme demasiado rezagado. Quise darle alcance con un par de zancadas y… ¡resbalé! Fue solo un desliz, pero casi me vi en el fondo del abismo. Ufff, qué susto. A dudas penas restablecí el equilibrio.
Al rato, exhaustos por el esfuerzo realizado y luego de haber descansado varias veces en el escabroso trayecto, hicimos entrada en la aldea de Tuxhilá, en la parte más encumbrada de la montaña. Un sitio pródigo en árboles frutales y en animales domésticos. «¿Por qué diablos vive tan alto esta gente?», me pregunté mientras me daba fricciones en los pies, en medio del ladrido de los perros y el canto de los pájaros.
La india Filomena, patrona del villorrio, nos ofreció sendos vasos de un café con sabor a rayos. El doctor se percató de mis escrúpulos para beberme aquel mejunje y me hizo una seña para que esperara. Tan pronto la mujer dio la espalda, aprovechamos para escurrir el líquido precipicio abajo. Hacerlo delante de ella, o rechazárselo, hubiera sido un desaire que los descendientes de mayas casi nunca perdonan.
Mientras el galeno hacía preguntas en dialecto q’eqchì´, auscultaba y repartía pastilllas, jarabes y ungüentos entre los lugareños dentro de una choza devenida consultorio, hice un recorrido por los alrededores Asombro: seis niños de la aldea jugaban fútbol casi en los contorno del abismo. No sé cómo se las arreglaban para que el balón no se les fuera alguna que otra vez montaña abajo. Cuestión de habilidades.
Un poco más allá, al lado de una cabaña de tallos de maíz, una mujer lavaba su ropa en una enorme batea con su recién nacido colgado de su espalda dentro de un jolongo multicolor. Y en un conuco adyacente, saludable y parida, adivine usted qué encontré: ¡pues nada menos que una mata de plátanos burros! Su dueña nos regaló algunos para que hiciéramos tostones. Fueron los primeros que comí en Guatemala.
En Tuxhilá abundan los niños. Las mujeres mayas suelen comenzar a parir muy jóvenes y tener una numerosa prole. «¿Con este cuántos van?», le preguntó el doctor a una embarazada de 32 años. «Ocho», respondió ella humildemente. «Vaya –dijo, ahora en español y en tono de broma el galeno-, te falta uno para completar un equipo de béisbol». Al vernos reír, la muchacha también dejó mostrar su dentadura repleta de casquillos dorados, costumbre bastante arraigada por estas latitudes.
Una muchacha de la aldea nos invitó a comer tortillas de maíz, la reina de la gastronomía chapina, acompañadas con salsa y carne. Aceptamos el menú, pues ya nuestros estómagos comenzaban a protestar. Por cierto, la mujer envió por aceite a uno de chicos a una tienda ubicada en la base de la montaña. Subió y bajo en tres cuartos de hora. ¡Vaya vergüenza! Nosotros la escalamos en casi dos y media.
El doctor terminó de consultar aproximadamente a media tarde. Nos despedimos de la gente y emprendimos el regreso. El descenso no fue menos difícil que el ascenso. Hay que bajar frenado todo el tiempo, y uno se siente el dolor del esfuerzo en los brazos, las piernas, la mente y hasta en el alma. «Se nos queman las pieles de los frenos», exclamó en broma el médico. Pero para abajo todos los santos ayudan.
De vuelta a La Tinta, frescos en mi recuerdo las peripecias de lo vivido, me puse a pensar en un detalle en el que no había reparado: mi subida a Tuxhilá tal vez no volvería a reeditarse jamás. Sin embargo, para los médicos cubanos esos eran hechos cotidiano. Me dije, convencido: «Ellos si que son montañistas auténticos, porque ascienden a lo más alto de la gloria en un ejercicio de alpinismo de la solidaridad».

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miércoles, 23 de septiembre de 2009

De todo y de algo

Ahora que acabamos de celebrar en Las Tunas el Festival Provincial de la Prensa Escrita, acude a mi memoria algo que le escuché a un profesor durante una conferencia, allá por mi época de estudiante en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba: «Los periodistas –dijo con acento enfático- deben saber algo de todo y todo de algo».
El retruécano me agradó tanto por su ingenio como por su mensaje Pero un detalle no me satisfizo: ¿y por qué solo los periodistas? ¿Por qué dejar fuera a quienes son ajenos a la tinta, la cámara y el micrófono? El lector coincidirá en que en materia de saber –de todo o de algo- hay mucha gente en el mundo con deudas por saldar.
Están los estudiantes secundarios, por ejemplo. Abundan los padres y maestros preocupados por la formación cultural de esos chicos aún inexpertos. Y no me refiero a la formación que se realiza en el aula. Aludo a la que solo se conquista trabando amistad con los libros, el cine, los museos... Para ser culto es necesario tener un hambre voraz por conocer algo nuevo. Pero debemos admitir que buena parte de los jóvenes de hoy no dan indicios de tener ese apetito.
La insuficiencia, por cierto, no es exclusiva de la gente joven. He tropezado con profesionales competentes en lo suyo, pero con una ignorancia colosal en temas que desbordan su especialidad. Personas capaces de disertar sobre los cambios climáticos, pero que palidecen cuando le preguntan si leyeron el último libro de José Saramago.
¿A quién culpar? Pues a la propia persona. A la escuela no se le debe tildar de irresponsable por no asumir una función que se le va de las manos. Lo más que se le puede exigir es orientar, sugerir buenas lecturas, recomendar un buen filme... Pero hasta ahí. Porque la cultura general no se adquiere por decreto. Requiere voluntad de quien la necesita. Lo otro corre a cuentas de la avidez de cada quien por procurarse un volumen de conocimientos generales suficientes como para no hacer el ridículo cuando se hable de un asunto difícil.
¿Quién dice que solo los filólogos deben conocer las sutilezas de la lengua materna? ¿Quién insiste en darle la exclusividad a los historiadores para explicar la batalla de Waterloo ¿Quién sostiene que a nadie, sino a los políticos, les corresponde estar al tanto de las relaciones internacionales y de su acontecer noticioso? Se trata de un tema en el que los padres deben incidir como paradigmas. Uno de ellos me dijo hace poco tiempo: «A mi hijo no le gusta leer como a otros chicos». Le pregunté: «¿Y a ti te gusta?» Me confesó que no.
Muchos de los padres actuales nacieron y se criaron en el último medio siglo. Ellos no pueden justificar que no tuvieron ocasiones de adquirir el hábito de leer por imperativos extradocentes. Si en algún momento de sus vidas renegaron de la escuela o no se dejaron cautivar por el encanto de la lectura, no pueden pretender ahora que sus hijos hagan lo contrario. Aunque nunca es tarde para intentarlo si se predica con el ejemplo. Los libros están ahí para apoyarlos.
Estas reflexiones me hicieron recordar aquella observación de mi profesor en la universidad: «Los periodistas debes saber algo de todo y todo de algo». Recuerdo que al terminar la conferencia me le acerqué y le dije: «Profesor, ¿no le parece que la frase quedaría mejor si en lugar de periodistas pusiéramos personas?» Él me miró un momento, meditó y finalmente me dijo: «Estoy de acuerdo».

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martes, 14 de octubre de 2008

Periodismo en tiempos de ciclón

En mis años de ejercicio profesional jamás había realizado la cobertura de un huracán. La mayoría de esos cíclopes del trópico -para suerte de unos y desdicha de otros- prefirió siempre tomar más al sur. Tal vez por esa causa, este Ike forzudo y violento nos pilló a algunos por sorpresa. A pesar de los avisos, muchos no sospechamos que el impacto iba a ser tan demoledor.
Durante años «envidié» en el orden profesional a los colegas del occidente cubano, curtidos en cubrir casi al instante y en entornos de peligro estos desastres naturales. Sin embargo, después de lo que aprecié en mi provincia, cambié de parecer. Nada se compara –quizás solo un golpe nuclear- con la tragedia que genera la arremetida de un huracán. Ninguna expectativa reporteril merece tamaño precio.
Admito que horas antes del ataque de Ike, mi percepción de riesgo era sumamente escasa. Tanto que, a pesar de residir con mi familia en un apartamento en un tercer piso, ni siquiera me preocupé por bajar a un nivel inferior, como recomiendan los expertos. Cuando las rachas de quién sabe cuántos kilómetros amenazaban con arrancar mis ventanas, la conciencia me reprochó esa falta de responsabilidad ante el peligro. Me impuse un mea culpa. Pero las ventanas resistieron.
Al amanecer, y ya con la bestia en retirada, me fui hasta el Consejo de Defensa Provincial. Por allí merodeaban varios de mis colegas, en espera de un recorrido por una ciudad desdibujada por el viento. Tan pronto ganamos la calle chocamos con el drama: postes en el suelo, casas sin techos, árboles derribados, cristales hecho trizas, paredes destruidas, semblantes aterrados... Virtualmente, enmudecimos.
Regresé a mi casa con las vivencias desgarrándome la retina. Allí me aguardaba un escabroso contratiempo: no teníamos electricidad ni comunicación telefónica para llamar o acceder al correo electrónico. Me pregunté: «¿Y ahora dónde escribo la reseña? Y aun en caso de que encuentre un sitio, ¿por qué vía lo transmito a la redacción de Juventud Rebelde?» En ese momento no tuve una respuesta.
Con mi cámara repleta de imágenes y mi grabadora destilando testimonios de damnificados, se me ocurrió ir hasta el telecentro. Fue una decisión providencial, porque allí tenían instalado un grupo electrógeno y la mayoría de los servicios funcionaba. Planteé mi problema y mis colegas me permitieron sentarme a una computadora. Con una condición: que escribiera con la mayor celeridad.
Así, presionado por Cronos, redacté en tiempo récord mi primera información sobre Ike. Me vino a la mente Nicolás Guillén, que llamaba al periodismo «prosa de prisa». Una contingencia de último minuto me impidió cantar victoria: el telecentro afrontaba dificultades con la conexión. Así que... ¡a correr de nuevo en mi Babbeta! Recordé el puesto de mando de la Defensa Civil. ¡Disponía de teléfono y de mensajería electrónica! Logré enviar el material antes del cierre.
Al día siguiente, bien temprano, me fui de nuevo hasta el Consejo de Defensa Provincial con la idea de trasladarme en lo que fuera hasta los municipios del norte, que fueron los más golpeados por Ike. Me dije: «Con el primero que vaya para allá, me voy». Y así fue. Al rato pasó en su auto el delegado provincial del MAC, cuyo titular, junto a su homóloga de Trabajo, iba con rumbo a Puerto Padre y Jesús Menéndez. Me dieron «botella» y una hora después pude evaluar in situ y en detalles las escalofriantes dimensiones de la catástrofe.
Regresamos entrada la tarde. Otra vez aguardaba por mí el conflicto de dónde escribir lo visto en el terreno. Nuevamente en el puesto de mando provincial de la Defensa Civil, atestado de oficiales vestidos de campaña, me tiraron un cabo. «Tiene que ser rápido», me pidieron. Y así, presionado, pero agradecido, redacté mi reportaje.
Con la posterior cobertura a los municipios de Manatí, Colombia, Amancio y Jobabo me ocurrió de manera parecida. Viajé a sus predios «de botella en botella» con Rubén, director provincial de Vivienda, y con Xiomara, directora provincial de BANDEC. En todos los casos, rogando siempre porque mis «patrocinadores» retornaran rápido a la ciudad para que me diera tiempo a redactar y a transmitir.
Para entonces mi estrés había alcanzado tal magnitud que me alteraba por cualquier observación de mi esposa, aun cuando su propósito fuera ayudarme a resolver el trance. Luego, ya enviado el reporte para el periódico, me disculpaba por haber descargado en ella -¡y hasta en mis pequeñas hijas!- buena parte de mi tensión.
Darle cobertura al paso del huracán Ike por mi provincia resultó una experiencia profesional inédita y extraordinaria. Me confirmó algo que ya intuía; en circunstancias así, es preciso prever y tener a mano alternativas de emergencia. Además, no aguardar demasiado por la logística convencional, porque el tiempo –irreversible- nos pisa los talones y los lectores esperan ansiosos por nuestra información. Me pregunto: ¿acaso no es esa la misión del periodista?

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jueves, 3 de julio de 2008

Rápidas sobre Periodismo

El periódico de mayor tirada del mundo es el japonés «Yomiuri Shimbun», que edita 14 millones de ejemplares cada día... El diario en idioma español más antiguo es «El Mercurio», de Valparaíso, Chile, fundado en 1827... La revista más añeja es la popular «National Geographic Magazín», creada hace 116 años y presente en 26 países con 10 millones de ejemplares mensuales... En América, el primer periódico fue «La Hoja de México», aparecido en 1541 para reseñar el terremoto de Guatemala... Las primeras emisiones públicas de televisión las efectuaron la BBC, en Inglaterra, en 1927 y la CBS y la NBC, en Estados Unidos, en 1930... El primer periódico de Australia lo editó en 1803 un recluso que había trabajado en el Times de Londres... El diarismo periodístico hizo su debut en Inglaterra, en el Daily Courrant, en 1702... En el año 1796 debutó el primer periódico dominical: el Weekly Meseger, fundado en 1796 en Londres por Jhon Bell... El primer corresponsal de guerra de la historia fue el ateniense Tucídides, quien cubrió la Guerra del Peloponeso... Los géneros periodísticos más conocidos son el reportaje, la entrevista, la información, la crónica, el artículo y el comentario... Casi todos los grandes escritores han sido también periodistas... Se denominan sitios web a los periódicos digitales que circulan en Internet... Palo periodístico es aquella gran noticia que un reportero da en exclusiva... El periodista cubano Manuel Márquez Sterling fue presidente de Cuba por cinco horas y 50 minutos el día 18 de enero de 1934... La novela de Ernest Hemingway tiulada El viejo y el mar se publicó en la revista cubana Bohemia antes de convertirse en libro... Un semanario español llamado La Luminaria mezclaba tinta con fósforo para que las letras pudieran ser vistas en la oscuridad... Se llama editorial al artículo que expresa la opinión de los editores de un órgano de prensa... El primer periódico conocido se editó en la ciudad belga de Amberes en 1605 y llevaba por nombre Nieuwe Tudingen (Últimas Noticias)... El 14 de marzo es el Día de la Prensa Cubana porque en igual fecha nuestro Héroe Nacional José Martí fundó en el exilio de Nueva York el periódico Patria...

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miércoles, 28 de mayo de 2008

Reliquias de papel

Son tan antiguos que uno teme lastimarlos al emprender un recorrido por sus páginas. El Eco de Tunas, por ejemplo, aún presta servicio a los investigadores, aunque cruje y rezonga cuando el acto lectivo lo convoca. Todos ellos conocen la connotación de su sobrevivencia en tanto alimentan el presente desde el pasado. Sí, los periódicos viejos son en sí mismos la evidencia de que la noticia no es un producto de la posmodernidad. Lo puede confirmar con su existencia Noticiero, editado por acá en 1939. Y El Siglo, que data de fecha tan lejana como 1929.
«En el Museo Provincial Vicente García disponemos de una buena cantidad de periódicos tuneros de otras épocas –apunta Maricela Vázquez Rodríguez, especialista de esa institución cultural-. Me he dado a la tarea de clasificar los publicados en la etapa neocolonil. No tenemos toda la colección, porque se editaron muchos por entonces. Pero conservamos en nuestros anaqueles la mayoría».
Según Maricela, el importante fondo hemerotecario es único en la provincia. Casi todo fue cedido por la señora Catalina Fernández, viuda de Raúl Addine, quien fuera Historiador de la Ciudad. El resto proviene de donaciones de personas que saben cuánto representa para un museo el poseer ejemplares de la prensa escrita de tal naturaleza. Se ha llegado a la conclusión de que en Victoria de Las Tunas existieron durante esa etapa 53 periódicos y revistas.
«Tal vez uno de los periódicos más ilustres de nuestra posesión sea el llamado Ariel, cuyo director fue Manuel Martínez Herrera, también Historiador de la Ciudad –precisa Maricela-. Su valor se potencia cuando conocemos que se editó un solo número. Tenía forma de volante, pues solo estaba impreso por una cara. Pero fue un periódico en todo lo demás. Mire, aquí tiene el ejemplar...»
Y me pone ante mí el exclusivo número de Ariel, longevo y amarillo. Leo en su machón: Boletín Pedagógico Mensual. Tercer domingo de junio. Día 22 de 1930. Trae breves materiales sobre asuntos citadinos diversos, variedad tipográfica y tinta negrísima. Se fue a la quiebra luego de su primera y única salida. A pesar de su efímera existencia, tuvo una buena acogida por la población.
«Otra joya de la lista es el ejemplar del periódico El Hórmigo correspondiente a su segunda etapa –añade la joven museóloga-. ¡Ninguna institución lo tenía en existencia! Este que nos fue donado es el número III y tiene fecha del año 1940, con un epígrafe que expresa: Un nuevo semanario nuevo. También contamos con números de Razón, editado por el poeta y periodista Gilberto Rodríguez».
Reviso un grueso fardo de periódicos que Maricela me trae. «Hojéalos con cuidado», me recomienda. Leo sus nombres: El Liberal, La Democracia, El Imparcial, La Lucha, La Tribuna... Ninguno era realmente liberal, ni demócrata, ni imparcial, ni luchador ni tribuno. Todos despiden un tufillo a politiquería al mejor estilo de San Nicolás del Peladero. Pero retratan a una época.
Maricela anda en trajines de clasificar, catalogar y digitalizar todo el fondo periodístico para que los estudiosos puedan consultarlo cuando lo precisen. «Me encanta este trabajo», admite. Ella tiene en sus manos un tesoro. Ese fondo es parte intrínseca del patrimonio intelectual de la provincia. Los periodistas tuneros lo sabemos.

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viernes, 9 de mayo de 2008

Una joven centenaria

La revista cubana Bohemia -la más antigua de su tipo en el mundo en idioma español- festeja mañana un siglo de vida. Se dice fácil, pero ¿se imaginan qué cantidad de bobinas de papel, rollos fotográficos, tazas de café, temas diversos, estrés de cierre, neuronas exprimidas y una larga cadena de etcéteras tuvo que emplear y sufrir desde que su portada se mostró por primera vez en público, maquillada de tinta, aquel 10 de mayo de 1908? Imposible calcularla. Su dueño y fundador, Miguel Ángel Quevedo, la bautizó así, Bohemia, para que le recordara siempre su refinado gusto por la ópera. De ahí que tradujera al español La Bohème, título de una pieza de Giacomo Puccini, de quien era confeso admirador.
Mi irremediable adicción por las publicaciones periódicas debutó hace alrededor de cuatro décadas en las raídas páginas de un lote de bohemias viejas. Recuerdo que mi padre era suscriptor de la revista y guardaba con celo de coleccionista cada número leído en una repisa sobre el lavadero. Más de una vez estuve a punto de romperme la crisma tratando de alcanzar uno de aquellos ejemplares de la etapa pre-revolucionaria marcados con el feroz hierro de las carcomas y las polillas, pero repletos de materiales audaces e interesantes.
Por entonces solía leerme de una sentada las secciones de mayor renombre, como Firmamento de los deportes, a cargo del irrepetible Eladio Secades. ¡Vaya manera de regodearse allí mi precoz apego por el tema deportivo! También devoraba con avidez no exenta de espanto Dentro del suceso, dos espeluznantes páginas de crónica roja sobre violencia ciudadana y crímenes pasionales. Y frivolidades seudo-artísticas en La farándula pasa, con los dimes, diretes y entretelones de las estrellas de moda redactados por Don Galaor, seudónimo del periodista Germinal Barral.
Tal vez uno de los equipos de más prestigio profesional en Bohemia antes de 1959 fue el de los caricaturistas. Me gustaba especialmente la sección Davidcatura, donde Juan David convertía en arte legítimo la caricatura personal, como la que le hizo a Raúl Roa. Prohías y su segmento de humor negro El hombre siniestro era otro de las buenas ofertas. Por su parte, quienes hacían caricatura política exponían en cada número su talento e imaginación. Lástima que algunos se convirtieran luego en políticos de caricatura al deshonrar sus pinceles más allá de nuestras fronteras geográficas.
Lo que no me gustaba de Bohemia en aquella época eran los llamados «pases» a otras zonas de la revista. Siempre que topaba a pie de texto con un «continúa en la página tal», resultaba que era esa, precisamente, la única página que faltaba en mi ejemplar. Me perdía así pormenores de los magníficos reportajes que rastreaba por todo el país Luis Rolando Cabrera; glosas de actualidad de la popularísima sección En Cuba, con sus sagaces reporteros Enrique de la Osa y Carlos Lechuga; o lúcidas opiniones de los polemistas y colaboradores de la época, algunos de los cuales, por cierto, empacaron a toda prisa su equipaje y orientaron su brújula ideológica hacia el norte cuando triunfó la Revolución.
Después fueron pasando por mis manos cientos de ediciones de Bohemia. Me las traía cada semana mi tío Luis, compradas indefectiblemente en el estanquillo manatiense del negro Chiquito, frente al parque municipal. Y entonces me tocó almacenarlas en una barbacoa que habilité dentro de un cuartito para tarecos. A veces entraba allí por un minuto en busca de cualquier cosa. Pero, si por azar una revista caía en mi campo visual, olvidaba la diligencia y me ponía a leer. Lo mismo le ocurría a mi madre, también idólatra de Bohemia. Solo que ella, tan buena, despotricaba de vez en vez de la revista, acusándola de ser la culpable de mi sempiterna corisa.
En Bohemia me convertí en fans de la sección Correspondencia, que escribía inicialmente Francisco Pita Rodríguez (Pacopé). El segmento era un auténtico reservorio de conocimientos y de cultura general. Con sus materiales conformé pacientemente mi primer «Internet»: varias cajas de zapatos llenas de recortes clasificados por temas que todavía conservo, a pesar de tener acceso desde hace algunos años a la red de redes. ¡Ni se sabe cuántas veces me sacaron de apuros editoriales aquellos sueltos periodísticos!
Unas páginas después –leyendo Bohemia al derecho, no al revés, como lo hacía y lo hace aún mucha gente-, figuraba la sección En Pocas Palabras, a cargo de Mongo P. Allí me zampaba los suculentos Brochazos costumbristas (luego Pinceladas) del propio Mongo y las deliciosas misceláneas de Blanch y de Évora. Luego me autoflagelaba con los crucigramas de Enrique Cantera, admiraba las sensuales líneas de las Criollitas de Wilson, iba a las curiosidades de cine de Rodolfo Santovenia y, por último, aprendía gramática, estilo y ortografía con los Gazapos de José Zacarías Tallet.
Hace un tiempo –y con dolor- regalé a un amigo una maleta atestada de bohemias viejas. Tuve que hacerlo porque desde que nacieron mis dos niñas en mi apartamento ya solo cabe lo imprescindible. Además, una de ellas es alérgica al polvo, y la maleta –empolvada por dentro y por fuera- estaba «guardada» justamente debajo de su cuna. Antes de entregar aquel tesoro me fui al balcón y lo revisé por última vez. Vi de nuevo las secciones ¡Arriba, corazones!, de Guido García Inclán, En Zafarrancho, de Mario Kuchilán, Hechos y Comentarios, de Fulvio Fuentes... Y artículos de Jorge Mañach, de Carlos Rafael Rodríguez, de Paco Ichaso, de Juan Marinello, de Loló de la Torriente... Sí, en Bohemia escribieron las mejores plumas de Cuba.
Le dije a mi eufórico amigo: «Llévatelas antes de que me arrepienta». Y él, ni corto ni perezoso, se evaporó con el paquete. Sin embargo, pronto repondré tan sensible pérdida, porque -¡hombre afortunado!- recibo Bohemia todas las semanas, algo de lo que no pueden blasonar todos los cubanos. Con esta joven centenaria sigo del brazo como la primera vez, recordando siempre lo que dijo de ella Jorge Quintana, al hablar de sus orígenes en ocasión de su 45 aniversario: «...una revista que no solo es orgullo de Cuba sino también orgullo del continente americano».

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sábado, 15 de marzo de 2008

¡Siempre periodistas!

La comunidad periodística tunera estuvo de plácemes durante los últimos días. El reciente otorgamiento a la provincia de las actividades centrales por el 14 de Marzo, Día de la Prensa Cubana, hizo que un sentimiento de orgullo recorriera como en un corrientazo de alta tensión los paralelos y los meridianos de nuestra sensibilidad.
Se trata de un reconocimiento merecido, pues mucho se trabajó durante los últimos 12 meses para que esta «prosa de prisa» nuestra, como decía Nicolás Guillén, se colocara de nuevo a la altura de los esfuerzos. Aunque, desde luego, sin perder de vista que por encima de las distinciones, el periodismo sigue su curso. No deben apagarse las plumas, ni esfumarse las imágenes ni enmudecer las voces.
Les propongo la lectura de un fragmento del un material que encontré en Internet, para que confirmen hasta qué punto nuestra profesión y quienes la ejercemos estamos conminados a continuar la marcha con más bríos, entusiasmo y confianza que nunca:
El periodismo no es un oficio: es una vocación, y se necesitan muchas cualidades para ejercerla.
El periodista no sólo proclama la noticia: la traspasa. No sólo busca las cuerdas de donde procede, sino que enciende el ojo mágico de su linterna para darle luz. No sólo la juzga en el presente, sino que pronostica hasta dónde puede trascender en el futuro.
El periodista no es un novelista que inventa, crea y maneja las cosas con su imaginación. Ni un biógrafo que describe hechos, características, formación y actuación en la vida de los hombres. Ni un poeta que lleva dentro el instrumento de su canto, que pasea el mundo haciendo nacer rosas al sentimiento y que cambia la pupila de la humanidad.
El periodista, cuando capta la noticia, no sólo tiene que asimilarla, sino también someterla a juicio,
desmenuzarla,
dar razones serias, reflexiones objetivas y soluciones libres de ofuscación y de apasionamiento.
El periodista es jinete, guerrero, filósofo, profeta, conductor y maestro.
A un buen periodista no hay manos que le sujeten la conciencia, ni vendajes que le tapen las heridas del mal, ni nada que le cierre la boca a la hora de hablar ni le contenga la voz a la hora de la verdad.
La vida de un buen periodista no se atasca a la hora de la prebenda, ni del miedo, ni del soborno.
Quizás sus ojos no puedan abarcarlo todo, ni su corazón dar la medida exacta de todas las cosas. Pero sí sabe, en conciencia, que defiende lo que cree justo y jerarquizado lo que cree superior.
No se queda en la superficie de los hechos: se nutre dentro y les palpa las raíces.
No se queda flotando en el espacio: se sumerge en profundidades y llega al fondo.
No se queda mirando pasar el mal: toca la llaga y advierte el peligro.
No pierde el paso: conoce la tierra donde pisa.
No anda por las ramas: se afianza en el tronco.
No se escuda en evasivas: pone su fuerza en la justicia y en la verdad.
No pone parches: va al grano.
No divaga: siembra y poda a tiempo.
No se contenta con ser espectador de los sucesos diarios: nada en sus aguas, atrapa sus males y afila su pluma.
El periodista dice a veces cosas que muchos no quieren oír.
El periodista tiene vuelo de águila, puntería de cazador, ojos de cocuyo, mente de profeta, arrestos de guerrero y corazón de pastor.
El periodista afina los sentidos, olfatea las trastiendas y derriba las incógnitas; sube los muros y rompe la sombras para que nada desconcierte el corazón, ni desvíe la inteligencia, ni malogre el
ideal.
El buen periodista debe saber conjugar cerebro, corazón y valentía. Una trilogía que le balancea la vida y lo hace salir airoso de muchas situaciones.
El periodista es un mentor que marca rutas, forma opinión y trabaja con los acontecimientos que lo rodean.
El periodista es un hombre que vive con la brújula en la mano, la pantalla ante los ojos, la tinta en el papel y el valor a flor de piel.
Es una espada afilada contra la corrupción, la mentira y las bajas pasiones. Una flecha que da en el blanco. Y una linterna mágica para descubrir el refugio secreto del mal.
Mientras existan los buenos periodistas, el mundo tendrá defensa, las causas nobles tendrán quien luche por ellas y los seres humanos vivirán con esperanza.
Los buenos periodistas de estos momentos históricos y cruciales de nuestra Patria son los que, al morir, podrán decir: «He trabajado por el mejoramiento de mi pueblo. Por la justicia entre los hombres. Por el bien de mis semejantes. Por un país soberano y feliz. Sin ambiciones personales, sin codicia, sin envidias, sin odio. Todo conforme a mi conciencia».

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domingo, 24 de febrero de 2008

Una foto para la historia

Ocurrió exactamente el 13 de marzo del año 1999, vísperas del advenimiento del Día de la Prensa Cubana. En el habanero Palacio de Convenciones estábamos reunidos más de medio millar de profesionales de todas la provincias del país con motivo de la celebración del histórico VII Congreso de la Unión de Periodistas de Cuba. El trascendental evento había sido planificado por sus organizadores para un par de días, pero, por iniciativa expresa de Fidel, extendió sus sesiones a cinco jornadas. El líder de la Revolución no se perdió ni un solo minuto de aquel alucinante maratón, cuyos debates solían comenzar a las ocho de la mañana y extenderse hasta bien entrado el amanecer del siguiente día. En total, fue casi un centenar de horas de fructíferos diálogos, de revelaciones inéditas y de proyectos profesionales. Cierta madrugada, a petición de un grupo de delegados, Fidel accedió a fotografiarse con los representantes de cada una de las provincias. En la imagen que ilustra esta nota aparecemos los periodistas tuneros que asistimos a aquel memorable cónclave. De izquierda a derecha: Raúl Estrada Zamora (invitado, Semanario 26), Adalys Ray Haynes (invitada, presidenta de la UPEC en Las Tunas), Julián Puig Hernández (delegado, Radio Libertad), Rafael Aparicio Coello (delegado, Radio Maboas), Oscar Herrera García (delegado, Radio Victoria) y Juan Morales Agüero (delegado, Semanario 26). En la instantánea, cortesía del Consejo de Estado de la República de Cuba, falta Pastor Batista Valdés (delegado, periódico Granma), que ese día se encontraba hospitalizado.

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miércoles, 24 de octubre de 2007

En mulo hasta La Estrella Polar

La primera cabalgata en mulo de mi vida la hice a través de las montañas de la intensamente fría región guatemalteca de Nebaj, mientras daba cobertura periodística al trabajo de los médicos cubanos en la hermosa y hospitalaria república centroamericana. Conocía por referencias que los animales de su especie son tercos a más no poder y cascarrabias cual vejetes solterones. Algo sabía también acerca de su linaje híbrido, fruto de los amoríos carnales entre un burro y una yegua. Pero montarlos, lo que se dice ponerme a horcajadas sobre el lomo de uno de ellos y ponerlo luego al galope, jamás. No pienso hacerlo por segunda vez, por cierto.
El mayor trance antes de iniciar la marcha fue treparme a la montura. ¿Motivo? Sencillo: al animal no le dio la gana de permitírmelo. Cuando calculó que iba a poner el pie en el estribo, comenzó a girar y a girar y a girar... Tuvo que acudir un indígena y sujetarlo de la brida para que el muy bellaco interrumpiera su alegoría de rechazo. Solo entonces conseguí subir y acomodarme en lo alto de la silla, no sin antes agarrarme con fuerza de su crin.
Tan pronto don Lulo, alcalde de Nebaj, ordenó ponernos en camino con rumbo a una aldea indígena llamada La Estrella Polar, cometí el error del jinete principiante: le clavé las espuelas en los flancos al animal. ¡Fue el acabóse! Aquella bestia comenzó a patear y a encabritarse como un demonio al punto de que fue a dar casi al borde del abismo. «¡Sujétate, sujétate fuerte...!», me gritó, asustado, don Baudilio, el otro miembro de la comitiva. Por supuesto que lo hice con todas mis energías. Así y todo, faltó poco para que la bestia me lanzara por los aires. Afortunadamente, la cosa no pasó de ahí.
Al restablecerse la calma, todos reímos a mandíbula batiente. Pero, por si acaso, me quité las espuelas y las guardé en la mochila. No tenía intenciones de repetirle el agravio al noble bruto. Además, para evitar casualidades, esta vez mi único «acelerador» fue un leve chasquido bucal: «puch, puch, puch..» Al escucharlo, el cuadrúpedo reemprendió sin objeciones la marcha y olvidó sus malas pulgas. Poco después, la naturaleza chapina se desplegó ante nosotros en toda su exuberancia, belleza y esplendor. Guatemala es una nación sumamente favorecida en ese sentido por la Providencia.
Al rato de andar por entre la selva, me percaté de algo: a los mulos no se les pueden imponer itinerarios. Su tozudez carece de sentido común. El mío ignoraba ofensivamente mis tirones de riendas, y tomaba siempre por donde le dictaban sus caprichos. «Déjalo, que él sabe», me indicó don Lulo. Seguí sus consejos, aunque no sin pasar más de un sofocón. Como el de aquel barranco, cará. Resultó ese uno de los momentos tensos de todo el recorrido. Por instante pensé que nos despeñaríamos. «¡Apóyate fuerte en los estribos!», chilló don Baudilio, al darse cuenta de las intenciones del animal de lanzarse del peñasco. Cuando vine a darme cuenta, ya estábamos en el aire. «Nos matamos», me persigné durante el descenso. Pero no hubo ni siquiera un descalabro. Periodista y cabalgadura aterrizaron sin contratiempos... metro y medio más abajo.
Trotamos un buen rato en fila india por senderos rodeados de precipicios. Don Lulo me contó que los trillos datan de tiempos muy remotos, y que, originalmente, fueron trazados... ¡por mulos! En efecto, los indígenas procedían a soltarlos desde lo alto de las montañas, y los animales, con su congénito instinto para buscar los sitios de más fácil acceso, iban configurando lo que luego devendría derrotero público. A esa altura del diálogo, a mi mulo le dio por defecar. No sé de qué manera su cola se enredó con las heces que iban en caída y, de un abanicazo, envió —irrespetuoso— un fétido pegote hasta el rostro del alcalde de Nebaj, que iba detrás de mí en la columna. Todos reímos a carcajadas... menos don Lulo.
Un par de horas después llegamos a la aldea de Chel, de la etnia ixil. A sus pies se desliza un río de amplio caudal y repleto de piedras enormes, sobre las cuales las mujeres indígenas lavan sus cortes y se bañan semidesnudas. Sorprendimos a don Baudilio mirándolas a hurtadillas. «¡Don Baudiliooooo...!», lo recriminó pícaramente su compadre don Lulo. Y el chapín, sorprendido in fraganti, enrojeció hasta la médula en medio de nuestras risas.
Mientras, por nuestro lado, pasaban cual sombras grupos de ixiles cargados de bultos de leña, canastas de mimbre, bandejas con tortillas y sacos de maíz con destino al mercado. Mis guías propusieron echar pie a tierra por unos minutos, cosa que agradecí sobremanera, pues, de tanto cabalgar, ya comenzaba a dolerme el sitio donde la espalda pierde su noble nombre.
Me desmonté sin problemas junto a una de las tiendas del poblado indígena. «El mulo no se ha portado mal, después de todo», le comenté a mis acompañantes, al tiempo que me disponía a amarrarlo a un poste cercano. Perdí una magnifica oportunidad para haberme quedado callado, porque, casi en ese mismo momento, el muy hijo de yegua —lo es estrictamente, ¿no?— me lanzó un mordisco que por poco me arranca el dedo meñique de la mano derecha. No satisfecho con eso, dio media vuelta y me dedicó una andanada de coces con una y otra patas. Por fortuna, se fue en blanco en su intento de venganza y no pudo hacer diana en mi anatomía. Don Lulo dobló una cuerda y le dio tal paliza al díscolo animal que lo hizo entrar en cintura. Fue una cura de caballo —digo, de mulo—, porque no volvió a fastidiar durante el resto del trayecto.
Me falta espacio para reseñar todas las peripecias de las seis horas de cabalgata. Subimos cuestas, sorteamos laderas, desbrozamos selva, topamos con serpientes y divisamos un puma. Mi bestia continuó tomando por el camino que mejor le pareció. Yo la dejé en paz y le permití sin ofuscarme sus malcriadeces. Al vencer un promontorio, don Lulo me indicó: «mira, aquello que se ve allá es La Estrella Polar». Una hora después me fundía en un abrazo con dos médicos cubanos allí destacados. «¿Cómo te fue en el mulo?», me preguntaron. Y yo, recordando un singular medio de transporte colectivo utilizado en Cuba al que, por su forma exterior, el pueblo lo llama jocosamente así: camello, respondí: «Mal, muy mal. Si tengo que escoger, me quedo con el camello». Y ambos, divertidísimos, rubricaron mi punto de vista.

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viernes, 23 de marzo de 2007

Un instante que no olvidaré




Uno de los momentos más emotivos de mi carrera profesional lo viví el sábado 10 de marzo de 2007, cuando Tubal Páez, presidente nacional de la Unión de Periodistas de Cuba me prendió de la camisa la Orden Félix Elmuza, la máxima condecoración que confiere la UPEC, en sesión solemne celebrada en el Memorial Vicente García de la capital tunera. Fueron mis compañeros de la delegación de base del periódico 26 quienes me propusieron, a pesar de faltarme un año de trabajo para cumplir los 15 que establecen las normas para la asignación del reconocimiento. Sin embargo, y según precisan las propias ordenanzas, la recomendación puede hacerse efectiva excepcionalmente cuando concurran otros factores en favor del candidato, que en mi caso fueron mis años vinculados al periodismo en calidad de corresponsal voluntario. Muchas gracias, colegas, por la nominación.

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