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domingo, 8 de junio de 2008

La flor nacional de Cuba

Cada país del mundo tiene seleccionada su Flor Nacional. Holanda, por ejemplo, cuenta con el multicolor tulipán, suerte de embajador con pétalos que representa a la tierra de los diques en cualquier latitud del planeta. Los búlgaros, por su parte, manifiestan orgullo por su célebre rosa, insuperable en elegancia y belleza. ¡Hasta los esquimales disponen de la llamada flor de nieve, que germina y crece a bajísimas temperaturas!
En Cuba, la Flor Nacional exhibe nombre de un conocido lepidóptero volador: mariposa. Es tan linda y sencilla que ninguna novia que se respete puede sustraerse a la tentación de colocarse un ramo sobre el pecho el día de su boda. Un par de mariposas dentro de la casa son suficientes para que todo el recinto se mantenga fragante y perfumado durante varios días.
La planta que da origen a esta hermosa, bienoliente y blanca flor, alcanza hasta un metro y medio de altura. Sus hojas verdes y grandes son, a su vez, lanceoladas y envainadas. Es una especie de jazmín, cuyo nombre científico es Hedychium Coronarium Koenig. Pertenece a la familia de las Zingiberaceas, y se le conoce también como caña de ámbar. No es oriunda de Cuba, sino de Viet Nam.
Pero la mariposa cubana es mucho más que presencia y perfume. Durante las guerras independentistas del pasado siglo, las mujeres se la colocaban en el pelo para trasladar en su interior los mensajes dirigidos a los mambises que combatían en la manigua. También solían prendérsela en las blusas a manera de testimonio de rebeldía contra el colonialismo español. Y otro detalle: La forma de sus flores unidas al tallo central simboliza la unión de los cubanos.
La mariposa llegó a alcanzar tal fama, carisma y prestigio entre la población criolla que el 13 de octubre de 1936 una comisión de botánicos y jardineros decidió por unanimidad nombrarla Flor Nacional de Cuba. En esa condición se enviaron rizomas suyos a la República Argentina para que fueran sembrados en el Jardín Internacional de la Paz de Buenos Aires, su capital.
La blancura de la mariposa simboliza la cortesía, el respeto y la generosidad del pueblo que la ama y cultiva. En sus pétalos y corola se ven representadas nuestra bandera, nuestro escudo y nuestra vocación por la amistad, la paz y la solidaridad. La mariposa refleja la delicadeza, gracia y esbeltez de la mujer cubana.
En nuestro país se le puede encontrar por todas partes, principalmente en lugares húmedos, tales como las márgenes de los ríos, lagunas y arroyos. Cuando florece, deviene espléndido regalo para los sentidos, tanto por la exuberante blancura de su composición como por el exquisito aroma que despide.
Como alguien dijo bellamente, «…flor con alas, maravilla vegetal, nuestra mariposa es un testimonio de la cubanía que la Naturaleza también se ha encargado de perpetuar en sus criaturas».

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domingo, 20 de abril de 2008

El Escudo y el Himno de Las Tunas

Todas las ciudades del planeta cuentan con su escudo. Es la divisa que las identifica, y en su diseño se incluyen, simbólicamente, los principales hechos que les han dado lustre y relieve. El escudo es como la carta de presentación citadina para mostrar a sus visitantes de circunstancias.
La ciudad de Las Tunas tiene con su propio escudo. Es una pintura al óleo sobre tela, polícroma y enmarcada en madera y metal repujado. Su diseño fue obra de Mery Cruz Medina, quien ganó en 1937 un concurso convocado con ese fin por la municipalidad. Desde el 9 de enero de 1939 es el escudo oficial de la capital de esta oriental provincia cubana.
Nuestro escudo consta de cuatro cuarteles o departamentos, los cuales pueden describirse de la siguiente manera:
En la parte superior izquierda aparece la figura de un insecto volador muy conocido por su laboriosidad: la abeja, la cual simboliza el trabajo y la vocación activa que han caracterizado siempre al pueblo tunero. Esta área es de tonalidad azul, como el mar que nos circunda, el cielo que nos protege y tres franjas de nuestra Bandera Nacional a la que tanto han cantado los poetas.
En la parte superior derecha está la imagen de una llave, que representa la posición geográfica que ocupa Las Tunas en el mapa geográfico cubano, entre el legendario Camagüey y el indómito Oriente. El cuartel tiene fondo rojo, como el triángulo de la enseña patria, en recordación a la sangre derramada por los mejores hijos de esta tierra en sus cruentas luchas por la libertad.
La parte inferior izquierda recoge la imagen de una ceiba, el árbol que cobijó a nuestros guerreros del siglo XIX y alrededor del cual se fundó la ciudad. Este símbolo de la flora autóctona se encuentra insertado dentro de un contexto de tonalidades verdes, tan recurrente en el panorama rural del territorio.
En la parte inferior derecha aparecen las ruinas del cuartel de las 28 columnas, antiguo bastión militar del colonialismo español en la ciudad, hoy escuela elemental. Simboliza la derrota de las huestes ibéricas en la zona. También figura la imagen de una mujer, cuya participación en nuestras luchas es reconocida por la historiografía. Además, una hoguera, símbolo de las veces que fue quemada la ciudad en holocausto a la libertad. La planta llamada tuna es una sugerencia acerca de por qué se llama así esta comarca.
Al pie del escudo, con la misma vigencia de cuando fue concebida, aparece una leyenda, que es un fragmento de la frase dicha por el Mayor General Vicente García González el 26 de septiembre de 1976, cuando, al incendiar la ciudad, dijo: «Tunas, con dolor en mi alma te prendo candela, pero prefiero verte quemada antes que esclava.» De ahí la divisa del escudo: quemada antes que esclava.
EL HIMNO DE LAS TUNAS
La ciudad también tiene su Himno. Por cierto, Las Tunas se vanagloria de poseer una exuberante y añeja tradición musical. Algunas agrupaciones locales han trascendido los límites geográficos para imponerse en exigentes escenarios habaneros.
El Himno tunero fue compuesto por el laureado compositor José Antonio Miranda Torres (Las Tunas, 1957), un médico devenido autor por obra y gracia del dios Orfeo, quien tiene en su haber importantes resultados, como los del Concurso de Música Popular Adolfo Guzmán, festivales infantiles Cantándole al Sol y la OTI, entre otros.
A continuación transcribo la letra de esta pieza compuesta por Tony especialmente para la ciudad que tiene ya 211 años de fundada.

HIMNO DE LA CIUDAD DE LAS TUNAS

Autor: José A. Miranda.

TUNAS,
Tus hijos se forjan en la llama
Que simboliza un pueblo que prefiere
Arder dos veces todo lo que quiere

Antes que opriman lo que más ama.

Tus mujeres flores de Virama
que guardan la ternura de Guarina
Pero su cabeza nunca inclinan
Cuando el ejemplo de Mercedes lo reclama.

Del Cornito fuiste al universo
Cuando el alma del bardo se inspiró
Para inmortalizarte con sus versos
Que a esta tierra de ensueños le cantó.

Del mambí trazaste tu camino
Que si de nuevo tienes que elegir
Por tu ciudad, tus hijos , su destino
Quemada antes que esclava preferir
Quemada antes que esclava preferir.

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domingo, 23 de marzo de 2008

La abuela vegetal tunera

Los libros de récord dan por sentado que el mayor y más antiguo árbol del planeta pertenece a la especie llamada secuoya, y se localiza en la Sierra Nevada, Estados Unidos. Allí crece y pierde su follaje en las alturas este soberbio ejemplar conocido por General Sherman, que tiene 80 metros de altura, 30 de circunferencia y alrededor de dos mil 700 años de antigüedad.
En nuestra provincia, su homólogo no presenta un currículo de semejantes dimensiones espacio-temporales, aunque, en honor a la verdad, ya tiene edad para usar bastón y lentes sobre la nariz. Me refiero a la ceiba de la calle Villalón, entre Frank País y Lucas Ortíz, considerada la super-abuela de la familia vegetal de la capital tunera.
Nadie en el barrio ha podido calcular con exactitud cuántos años tiene. Ni siquiera los vecinos de más edad y permanencia se aventuran a decir una cifra, seguramente por temor a quedarse cortos. ¿Un siglo? ¿Dos? ¿Tres? Ellos piensan que tal vez más. Y esgrimen como argumento el hecho de que hace 70 almanaques tenía la misma envergadura y frondosidad de hoy.
Su cintura no es nada juncal: ¡cinco metros de circunferencia! En cuanto a altitud, ni el mismo Serguei Bubbka en sus mejores tiempos hubiera podido coronarla con tres saltos unificados. Su copa se desparrama sobre un espacio amplio, que incluye la fábrica de sarcófagos aledaña. Y en cuanto a raíces, reptaron tanto las suyas que algunas impusieron marcas de distancia.
Tiene la corteza arrugada como la piel de una ancianita y casi todo el tronco inferior hueco, lo cual ha propiciado que algunas personas lo hayan adoptado como altar para sus cultos religiosos. Vienen en determinadas fechas y encienden allí velas, colocan estampas de santos, rezan oraciones, hacen promesas... Todo en la más absoluta tranquilidad. También se llevan trozos de corteza para utilizarlos en baños espirituales. Como se sabe, ciertos prácticas sincréticas tienen a la ceiba por un árbol sagrado de muchos poderes.
En la papelería del fallecido investigador tunero Raúl Addine que yace en el Archivo Histórico Provincial se encuentran interesantes referencias acerca de esta reliquia botánica de la ciudad. Por ejemplo, en la segunda década del siglo pasado, durante el gobierno de Mario García Menocal, las reses de la municipalidad se sacrificaban bajo la frondosa ceiba. Una foto del año 1917 deja constancia gráfica de que estaba tal cual se encuentra hoy.
A unos siete metros tronco arriba, un objeto pellizca la curiosidad del visitante. Se trata de un anillo de acero empotrado desde quién sabe cuándo en la piel de esta auténtica patriarca del reino vegetal. Según el testimonio de algunos vecinos, es un trozo del cable que sujetaba un poste del alumbrado de la calle Lucas Ortiz en los tiempos en que llegó la electricidad a la otrora ciudad de Victoria de Las Tunas. Una pieza museable digna de una estantería, sin dudas.
Cada cierto tiempo, el árbol se deshoja y el viento dispersa cedazos de la lanilla conocida por capoc como si fueran tropicales copos de nieve, incluso hasta el distante parque Vicente García. Son sus canas venerables echadas a volar. Pero no todo es nostalgia en torno a su vetusta figura. En los carnavales sus inmediaciones disfrutan con cerveza fría y un área bailable llamada precisamente así: La Ceiba.
Observa uno este añejo ejemplar de clorofila venida a menos y se pregunta entre admirado y perplejo: ¿cómo ha podido sobrevivir tan recio y bien plantado durante tres centurias diferentes? ¿Cuál ha sido su fórmula para imponer a ultranza su longevidad vegetal? La respuesta flamea entre sus ramas con tintes filosóficos: ¡Pues nada, veleidades, caprichos de la madre naturaleza!

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jueves, 28 de febrero de 2008

El río de los nueve puentes

Nuestro río Hórmigo es como un capilar mojado que repta sobre la piel bicentenaria de la ciudad de Las Tunas, balcón del oriente cubano. A juzgar por lo que dice el Diccionario Geográfico, Estadístico e Histórico de la Isla de Cuba, del desaparecido erudito Jacobo de la Pezuela, «nace en el Norte y corre hacia el Sur. Es vadeable, excepto en sus crecidas. Tiene aguas impotables, ni aun útiles para usos interiores. Le tributan caudal los ríos Cornito y Ahogapollos». Toda esta referencia bibliográfica se mantiene sin variación, poco más de un siglo después de ser escrita.
Lo que no se consigna en la breve minuta enciclopédica es que nuestro entrañable río Hórmigo —originalmente llamado Hormiguero— escurre su culebreante y angosto cauce bajo las arcadas de nueve puentes, todos distribuidos a capricho a lo largo de su trayecto citadino, un caso inédito en Cuba. De ahí que los haya periféricos, urbanos, suntuosos, plebeyos, pequeños, grandes, peatonales, automotores, recientes, antiguos, altos, bajos... Nueve puentes sumamente transitados y suficientemente conocidos por la mayoría de los tuneros, con independencia de edades y de épocas.
Voy con la lista completa: el primero de estos puentes se localiza en la zona industrial de la ciudad, y a este les continúan los de las calles René Ramos, Martí, Lucas Ortiz, Vicente García, Colón, Nicolás Heredia, accesos al cementerio municipal y carretera circunvalante. Casi todas estas plataformas permiten el tránsito de vehículos automotores de cualquier tamaño y porte. Solo los puentes ubicados en las calles Nicolás Heredia y Colón —por lo estrechos y pequeños— admiten exclusivamente la circulación de peatones.
El puente de la carretera central -próximo al centro histórico de la ciudad- clasifica tal vez como el más connotado y simbólico de todos. Se construyó en los años 30 del siglo pasado, cuando comenzó a proyectarse la importante vía que atraviesa a Cuba de uno a otro extremo. Vino en reemplazo del llamado puente Wood —apellido de Leonardo, un interventor norteamericano de principios del siglo XX— cuya estructura era de madera y databa de inicios de centuria. Se cuenta que antes de 1959 muchas familias pobres que no disponían de techo alguno donde guarecerse pernoctaron bajo sus arcos.
Resulta un ejercicio interesante recorrer el itinerario citadino del río Hórmigo por entre sus pasarelas de metal y de concreto. De esa manera uno confirma que tres de sus armazones devienen virtuales atajos por donde los lugareños acortan el trayecto que conduce hasta la Feria Agropecuaria de la localidad. Jornada por jornada, y a cualquier hora del día o de la noche, trasiegan a través de ellos cientos de tuneros en una y otra direcciones. Lo mismo ocurre con el resto de las estructuras, independientemente de su ubicación.
Al río Hórmigo y a sus rumores les cantó en versos Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé), un decimista tunero considerado por la crítica como el mayor exponente de la poesía bucólica cubana del siglo XIX. Un poemario suyo, no por casualidad titulado Rumores del Hórmigo, se inspiró en las bellezas que acompañan el curso de la corriente fluvial en tiempos en que su murmullo solía ser cántico de fondo para enamorados de circunstancia.
De entonces acá, por supuesto, mucha agua ha corrido, y hoy el cantarín riachuelo es solo un atributo más de la ciudad que serpentea bajo nueve arcadas su monotonía cotidiana. Nunca un río tan humilde fue coronado por tantos puentes. Los tuneros caminan sobre ellos del brazo de una historia que ya tiene 211 años de existencia.

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domingo, 10 de febrero de 2008

La Casa de Piedra

Es tan célebre que un popularísimo reparto de Las Tunas le pidió prestado su nombre y se quedó para siempre con él. Basta con mencionarla para que cualquier despistado llegue por su referencia a su destino. Todos la quieren, aunque no lo demuestren al pasar por su lado...
Durante muchos años fue el edificio más alto de Victoria de Las Tunas. Sus recios muros han desafiado a pie firme los embates del tiempo. Bueno, creo que ya di suficientes elementos. ¿Algún tunero duda que estoy hablando de nuestra conocidísima Casa de Piedra?
Antes de remitirnos a los orígenes de este vetusto inmueble, debo referirme a las compañías citrícolas norteamericanas que operaban por la zona en el siglo XIX. Ellas poseían extensas áreas de terreno fértil para la siembra, las cuales se vendían y compraban entre sí. Según los anales de la época, en 1904, el propietario de uno de estos emporios agrícolas inició la construcción de la casa.
Un año después estaba terminada. Resultó tan imponente y suntuosa que los vecinos de la barriada comenzaron a llamarla El Hotel. Entre otras cosas, tenía pecera, columpios, jardines, áreas de juego... No se había visto jamás cosa igual en la ciudad.
En la residencia no solo vivían los dueños, sino también algunos empleados, como un maestro traído de los Estados Unidos para enseñar en inglés a los niños. El inmueble tenía tres niveles. El más bajo a partir de mortero y cemento, con tres cuartos, sala y escalera. En el segundo estaban el comedor y cinco dormitorios. Y el último era un salón sin divisiones para todo tipo de juegos de mesa.
Su disposición era muy moderna desde el punto de vista arquitectónico. Las puertas y las ventanas simulaban semiarcos. Al fondo, una chimenea hacía las veces de elemento ornamental. Por añadidura, tres de sus costados disponían de corredores adornados con columnas que imitaban la piedra. Ya le digo, ¡una maravilla!
Los entrepisos eran de tablas sujetas con vigas de júcaro y pinotea. Y de madera también los cerramentos, cuyas viguetas se aseguraban con pernos y tornillos. El techo de cuatro pendientes estaba hecho de zinc con buhardillas que permitían la entrada del aire y de la luz.
En 1909, el grupo Las Tunas Fruit Company compró las tierras citrícolas y también la Casa de Piedra. Sus dueños situaron allí para administrar la naranja y la toronja a mister Charles Milligan, un norteamericano residente en la zona. Años después, la compañía vendió en subasta pública todas sus propiedades, que fueron adquiridas por el propio empleado y su familia.
Mister Charles y los suyos fueron los moradores más estables que tuvo la Casa de Piedra. Residieron allí por un buen número de años, vinculados a la actividad que le dio nacimiento. En ese ínterin, el local hizo las veces de almacén, vivienda y oficinas. En los finales de los años 30, el norteamericano se la alquiló a una tal Mercedes Mora, quien, a su vez, la transfirió más a José Acosta. La casa exhibía ya visibles signos de deterioro. Era el principio del fin.
Corrían los años 40 cuando sus últimos dueños la abandonaron definitivamente para marchar a su país. El acto devino auténtico regalo para numerosas familias sin hogar que vivían en la Victoria de Las Tunas de la época en condiciones de indigencia. La casa fue abordada, dividida y trastocada en vivienda múltiple de los pobres.
En 1962, las familias que vivían en la Casa de Piedra recibieron confortables viviendas. Las condiciones constructivas del inmueble ya resultaban pésimas. Con el tiempo solo quedaron en pie sus muros y algunas vigas como testimonio de una etapa vencida para siempre.
Hoy la Casa de Piedra cobija a un establecimiento comercial. Pero su antigua popularidad no ha mermado un ápice. El reparto tunero que la perpetúa no consentiría jamás en olvidar su historia.

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