Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de junio de 2010

Cuentos de fútbol

Lamento si el tema del fútbol tiene hasta la coronilla a algunos de mis  fieles lectores . Ocurre que el más universal de los deportes es, con amplia ventaja sobre los demás, mi hobby favorito. Jamás me aburro de ver partidos de ligas ni de actualizarme vía Internet sobre su acontecer. 
Durante los próximos 30 días estaré de pláceme, pues este viernes comienzaren Sudáfrica el Campeonato del Mundo y la TV Cubana transmitirá todos los partidos. Según mis cálculos, si los juegos terminan en el tiempo reglamentario, aguardan por mi 5760 minutos frente a la pantalla chica. Si se producen alargues o hay que  ir a penales,  mi permanencia en el sillón será mayor. 
Pero hoy no hablaré de la historia de las copas ni de pronósticos. Deseo proponerles estos cuentos cortos del uruguayo Eduardo Galeano. Tienen como tema... el fútbol. Y son joyas literarias que valen la pena leer. Vean: 


El jugador
Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina. El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar. Los empresarios lo compran, lo venden, los prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo. En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:- Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.- ¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero. O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.


El arquero
También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped. Es uno solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores. Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace. Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos. Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.  


El ídolo
Y un buen día la diosa del viento besa el pie del hombre, el maltratado, el despreciado pie, y de ese beso nace el ídolo del fútbol. Nace en una cuna de paja y choza de lata y viene al mundo abrazado a una pelota. Desde que aprende a caminar, sabe jugar. En sus años tempranos alegra los potreros, juega que te juega en los andurriales de los suburbios hasta que cae la noche y ya no se ve la pelota, y en sus años mozos vuela y hace volar en los estadios. Sus artes malabares convocan multitudes, domingo tras domingo, de victoria en victoria, de ovación en ovación. La pelota lo busca, lo reconoce, lo necesita. En el pecho de su pie, ella descansa y se hamaca. Él le saca lustre y la hace hablar, y en esa charla de dos conversan millones de mudos. Los nadies, los condenados a ser por siempre nadies, pueden sentirse álguienes por un rato, por obra y gracia de esos pases devueltos al toque, esas gambetas que dibujan zetas en el césped, esos golazos de taquito o de chilena: cuando juega él, el cuadro tiene doce jugadores.- ¿Doce? ¡Quince tiene! ¡Veinte! La pelota ríe, radiante, en el aire. Él baja, la duerme, la piropea, la baila, y viendo esas cosas jamás vistas sus adoradores sienten piedad por sus nietos aún no nacidos, que no las verán. Pero el ídolo es ídolo por un rato nomás, humana eternidad, cosa de nada; y cuando al pie de oro le llega la hora de la mala pata, la estrella ha concluido su viaje desde el fulgor hasta el apagón. Está ese cuerpo con más remiendos que traje de payaso, y ya el acróbata es un paralítico, el artista una bestia:-¡Con la herradura no! La fuente de la felicidad pública se convierte en el pararrayos del público rencor:- ¡Momia! A veces el ídolo no cae entero. Y a veces, cuando se rompe, la gente le devora los pedazos.  


El gol
El gol es el orgasmo del fútbol. Como el orgasmo, el gol es cada vez menos frecuente en la vida moderna. Hace medio siglo, era raro que un partido terminara sin goles: 0 a 0, dos bocas abiertas, dos bostezos. Ahora, los once jugadores se pasan todo el partido colgados del travesaño, dedicados a evitar los goles y sin tiempo para hacerlos. El entusiasmo que se desata cada vez que la bala blanca sacude la red puede parecer misterio o locura, pero hay que tener en cuenta que el milagro se da poco. El gol, aunque sea un golecito, resulta siempre gooooooooooooooooooooooool en la garganta de los relatores de radio, un do de pecho capaz de dejar a Caruso mudo para siempre, y la multitud delira y el estadio se olvida de que es de cemento y se desprende de la tierra y se va al aire. 

Leer más...

jueves, 22 de abril de 2010

Mark Twain In Memoriam

Ayer, 21 de abril de 2010, se cumplieron cien años de la muerte de Mark Twain, seudónimo de Samuel Langhorne Clemens, el gran escritor norteamericano e incansable aventurero que encontró en su existencia la inspiración para  animar con todo tipo de personajes sus obras literarias.
Fue durante mi adolescencia mi autor preferido. Durante  aquella etapa devoré con  voraz apetito cuanto libro publicaron de él  en Cuba, a saber: Las aventuras de Tom Sawyer, Ensayos humorísticos, Huckleberry Finn, Narraciones, Un Yanki de Connecticut en la corte del Rey Arturo, Tom y Huc en dos novelas, El Príncipe y el Mendigo...  Todavía los conservo en mis estantes. Sí, Mark Twain marcó una época lectiva en mi generación.
Su  finísimo humor y su sarcasmo inigualable quedaron reflejados en frases  simpáticas e ingeniosas que han pasado a la historia. Veamos...

ALGUNAS DE SUS FRASES CÉLEBRES

-Al Paraiso lo prefiero por su temperatura y al Infierno por su compañía.
-Dejar de fumar es fácil, yo lo he hecho más de cien veces.
-No existen mujeres feas, sino bellezas raras.
-Prefiero un joven escarabajo a una vieja ave del paraíso.
-Al cumplir los 70 años me he impuesto la siguiente regla de vida: no fumar mientras duermo, no dejar de fumar mientras estoy despierto y no fumar más de un solo tabaco a la vez. 
-El alcohol es malo, pero el agua es aún peor: ¡te mata si no bebes!
-Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar.
-El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir.
-Un hombre con una idea nueva es un loco hasta que la idea triunfa.
-Es mejor tener la boca cerrada y parecer estúpido que abrirla y disipar la duda.
-Cuando era más joven podía recordar todo, hubiera sucedido o no.
-Si dices la verdad, no tendrás que acordarte de nada.
-Todo hombre es como la Luna: con una cara oscura que a nadie enseña.
-Un banquero es un señor que nos presta un paraguas cuando hace sol y nos lo exige cuando empieza a llover.
-El cielo se gana por favores. Si fuera por méritos usted se quedaría afuera y su perro entraría.
-Si la verdad es nuestro más preciado tesoro, bien haremos en economizarla.
-Nunca he permitido que la escuela entorpezca mi educación.
-Fue maravilloso descubrir América, pero hubiera sido más maravilloso no encontrarla.
-El público es el único crítico cuya opinión es digna de tenerse en cuenta.

UNA ANÉCDOTA

Mark Twain visitó a su vecino para pedirle prestado un libro.
-Lo lamento -dijo el hombre-, pero no puedo prestarle ninguno. He perdido tantos  libros que decidí que no salga uno más de mi casa. Sin embargo, lo invito a que venga a leerlos en mi biblioteca.
Mark Twain no dijo nada y se sentó a leer un libro.
Días después, el vecino llegó a visitar a Mark Twain para pedirle prestada su cortadora de hierba:
El escritor sonrió amablemente y le dijo:
-Perdóneme, pero he tomado la firme resolución de que ninguno de mis utensilios salga de mi propiedad. Usted puede, si lo desea, venir a servirse de cualquiera de ellos aquí en mi jardín.

OTRA ANÉCDOTA

Mark Twain era un hombre extraordinariamente despistado. En una ocasión en que viajaba en tren, el inspector se le acercó y le pidió el billete. El escritor buscó en los bolsillos, en la cartera, dentro del libro que  leía, por todas partes, y nada, ¡el billete no aparecía! Entretanto el  inspector lo había reconocido. Y le dijo:
-Sé quién es usted, el autor de Las aventuras de Tom Sawyer. No se moleste en buscar el billete, estoy convencido de que lo extravió.
Y Mark Twain le respondió:
- No es por usted por quien lo busco. Necesito encontrarlo para saber dónde me debo bajar, porque no recuerdo dónde voy.

Leer más...
 
CUBA JUAN © 2010 Realizado por Diseño de Blogs