PAZ PARA LOS CREPÚSCULOS QUE VIENEN
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miércoles, 31 de diciembre de 2008
Por un mundo de paz en el 2009
PAZ PARA LOS CREPÚSCULOS QUE VIENENPaz para los crepúsculos que vienen, / paz para el puente, paz para el vino, / paz para las letras que me buscan y que en mi sangre suben enredando el viejo canto con tierra y amores, / paz para la ciudad en la mañana cuando despierta el pan, / paz para el río Mississippi, río de las raíces: / paz para la camisa de mi hermano, / paz en el libro como un sello de aire, / paz para el gran koljós de Kíev, / paz para las cenizas de estos muertos y de estos otros muertos, / paz para el hierro negro de Brooklyn, / paz para el cartero de casa en casa como el dia, / paz para el coreógrafo que grita con un embudo a las enredaderas, / paz para mi mano derecha, que sólo quiere escribir Rosario: / paz para el boliviano secreto como una piedra de estaño, / paz para que tú te cases, / paz para todos los aserraderos de Bío Bío, / paz para el corazón desgarrado de España guerrillera, / paz para el pequeño Museo de Wyoming en donde lo más dulce es una almohada con un corazón bordado, / paz para el panadero y sus amores y paz para la harina: / paz para todo el trigo que debe nacer, para todo el amor que buscará follaje, / paz para todos los que viven, / paz para todas las tierras y las aguas. (Pablo Neruda, poeta chileno, Premio Nobel de Literatura)
martes, 23 de diciembre de 2008
Aprender a pensar
Esta fabulosa anécdota la encontré en Internet. Retrata a aquellos maestros que no se conforman con transmitir conocimientos, sino que aspiran a algo superior: enseñar a pensar. La comparto hoy con mis ciberlectores convencido de que advertirán su gran agudeza.Sir Ernest Rutherford, presidente de
La pregunta de referencias decía así: «Demuestre cómo se puede establecer la altura de un edificio por medio de un barómetro». El alumno había respondido: «Llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Luego lo descuelgo hasta la acera, marco y mido. El largo de la cuerda es igual a la altura del edificio».
La respuesta planteaba un serio problema, porque, a pesar de ser sin dudas correcta, si se le concedía al estudiante la máxima calificación, le certificaría un elevado nivel en Física, lo cual no quedaba confirmado. Pedí que se le diera una nueva oportunidad, esta vez con la advertencia de que debía demostrar sus conocimientos de Física.
Cinco minutos después no había escrito absolutamente nada. Lo animé a comenzar y me contesto que tenía tantas respuestas que su dificultad era elegir cuál era la mejor. Le rogué que se decidiera por una. En el minuto siguiente escribió: «Tomo el barómetro, lo lanzo al suelo desde la azotea y calculo el tiempo de caída con un cronómetro. Después aplico la formula Altura = 0,5 por A por t^2. y así obtengo también la altura».
Optamos por otorgarle la calificación más elevada. Tras abandonar el despacho, me reencontré con el chico en un pasillo y le pedí que me dijera otra de sus respuestas al problema. «Son varias –respondió-. Por ejemplo, tomo el barómetro en un día de sol y mido su altura y la longitud de su sombra. Si mido a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplico una simple proporción, tendré también su altura».
Le rogué otra. «Con gusto-dijo-. Tomo el barómetro y lo sitúo en la escalera baja del edificio. Según subo los peldaños, voy marcando la altura del barómetro y cuento el número de marcas hasta la azotea. Al final multiplico la altura del barómetro por el numero de marcas y ya tengo otra vez la altura.» Luego prosiguió: «Este otro es un método muy directo: Ato el barómetro a una cuerda y la muevo como si fuera un péndulo. Si calculo que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tengo en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podría calcular también el alto del inmueble.»
«En este mismo estilo de sistema –continuó su disertación-, ato el barómetro a una cuerda y lo descuelgo desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedo calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro, golpear con él la puerta de la casa del portero y cuando abra decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo"».
Finalmente, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema: «la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares». «¡Pues claro que la conozco! –dijo. Pero ocurre que durante mis estudios mis profesores han intentado enseñarme a pensar».
Optamos por otorgarle la calificación más elevada. Tras abandonar el despacho, me reencontré con el chico en un pasillo y le pedí que me dijera otra de sus respuestas al problema. «Son varias –respondió-. Por ejemplo, tomo el barómetro en un día de sol y mido su altura y la longitud de su sombra. Si mido a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplico una simple proporción, tendré también su altura».
Le rogué otra. «Con gusto-dijo-. Tomo el barómetro y lo sitúo en la escalera baja del edificio. Según subo los peldaños, voy marcando la altura del barómetro y cuento el número de marcas hasta la azotea. Al final multiplico la altura del barómetro por el numero de marcas y ya tengo otra vez la altura.» Luego prosiguió: «Este otro es un método muy directo: Ato el barómetro a una cuerda y la muevo como si fuera un péndulo. Si calculo que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tengo en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podría calcular también el alto del inmueble.»
«En este mismo estilo de sistema –continuó su disertación-, ato el barómetro a una cuerda y lo descuelgo desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedo calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro, golpear con él la puerta de la casa del portero y cuando abra decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo"».
Finalmente, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema: «la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares». «¡Pues claro que la conozco! –dijo. Pero ocurre que durante mis estudios mis profesores han intentado enseñarme a pensar».
La anécdota es real y el estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, Premio Nobel de Física en 1922, un innovador de la teoría cuántica.
sábado, 15 de noviembre de 2008
Un año sin fumar
Acabo de cumplir trece deliciosos meses sin fumarme un cigarrillo. Antes de conseguir este período de abstinencia nicotínica tan añorado -confío en que sea irreversible- lo intenté ni se sabe en cuántas ocasiones. Siempre recaí por culpa –me justificaba- del cafecito matutino o de la copita del sábado. Al volver a las andadas acudía a mi mente una frase del gran humorista norteamericano Mark Twain, autor de Las aventuras de Tom Sawyer: «Dejar de fumar es muy fácil. Yo dejé de hacerlo como cien veces».El no fumador no imagina lo complejo que resulta desistir del cigarrillo cuando alguien ha pasado más de 30 almanaques entre bocanadas de alquitrán. En tan prolongado período se llega a establecer entre victimario y víctima una dependencia angustiosa, como la del esclavo con su amo. Pero está probado que con voluntad se pueden sacudir los grilletes del sometimiento y declararse libre, aunque sea a costa de convertirse en un cimarrón en un palenque sin adicciones.
En mi caso, el motivo para dejar el tabaquismo me lo propició mi hija Sofía, de tres años de edad. Una mañana, mientras la acomodaba en mi ciclomotor para llevarla al círculo infantil, su cabecita adorable quedó a la altura de la mía. Yo terminaba de fumarme el primer cigarro del día y tenía en los labios el tufo maloliente de la nicotina. Le di un beso en la mejilla. A Sofía le desagradó mi aliento. Y me lo hizo saber: «¡Ay, papá, pesteeeee...!», protestó, al tiempo que se apartaba de mí y se limpiaba el rostro con una manita.
Aquello tuvo el efecto de un porrazo, de un golpe colosal sobre mi corazón de padre. Sentí que el mundo se desplomaba. ¡Imagínense! Lo que no consiguieron las críticas, sermones, campañas, solicitudes, insinuaciones, advertencias, dudas, compromisos y hasta amenazas lo logró con un simple abracadabra una frase de rechazo, un beso censurado de mi princesa mayor. Entonces tomé la decisión aplazada tantas veces, me programé para cumplirla cuanto antes y... ¡no he vuelto a fumar! Algunos dirán: «Bahhh, ya vimos esa película. Veremos si puede mantenerse» Y yo: «¡Pues seguro que podré!»
La primera recompensa por esta determinación es que mi salud se ha fortalecido. La escalera hasta mi apartamento en el tercer piso dejó ya de constituir un desafío y un martirio para mis pulmones. Y no me obsesiona la llegada del amanecer para tirarme a toda prisa de la cama, «colar» café y solazarme luego en el balcón con el cigarro más apetecible del día. Les seré franco: en materia de dinero, no he ahorrado ni un centavo. Pero por lo menos ya no convierto los billetes en humo y ceniza. Ahora le doy un destino más productivo.
Lo otro bueno es que mejoré la autoestima. Cuando alguien se me acerca y me dice: «¿me puede prestar su fosforera?», le respondo, orgulloso y mirándolo a los ojos: «no, yo no fumo». Y eso me reconforta una barbaridad. Mi abdicación trajo otros beneficios no menos trascendentales: ceniceros limpios, ligereza en los bolsillos y ropa sin quemar. Ahhh, y ya mis hijas y mi esposa dejaron de amonestarme por los hedores a nicotina. En fin, ganancia neta. Así que si es usted es fumador empedernido -o fumadora-, vamos, anímese y aplaste definitivamente la colilla. Su salud, su familia, su entorno, su imagen y su economía se lo agradecerán. Y ahora lea:
La nicotina es un alcaloide que produce más dependencia que la heroína o la cocaína... Cada 10 segundos en el mundo muere una persona como consecuencia del consumo de tabaco... El humo de un cigarro tiene más de cuatro mil productos químicos, entre ellos amoníaco y arsénico, ambos sumamente tóxicos... De esa extraordinaria cifra, alrededor de 40 productos pueden causar cáncer... Los estudios demuestran que los fumadores pierden siete minutos de vida casa vez que se fuman un cigarro... Las compañías de tabaco gastan en total en propaganda 13 millones de dólares diarios... El consumo de tabaco origina más muertes que la acción combinada del SIDA, los accidentes de tránsito, las drogas ilegales, los asesinatos y los suicidios... En el mundo fuma el 47 por ciento de los hombres y el 12 por ciento de las mujeres... Desde 1950 hasta el 2000 el tabaco provocó la muerte de 60 millones de personas en los países desarrollados, cifra mayor a las ocurridas en la Segunda Guerra Mundial...
viernes, 7 de noviembre de 2008
El valor de las fotos viejas
Contemplar fotos viejas constituye un deleite que muy escasas personas en el planeta son capaces de negarse. A bordo de esas cartulinas amarillentas y borrosas viajamos al pasado desde el presente y descubrimos sutilezas que la oralidad no es capaz de transmitirnos. Ocurre que la fotografía -para fortuna nuestra- «congela» el tiempo como mismo hace una nevera con los alimentos. Recuerdo que mi entrañable madre guardaba como reliquias alcanforadas una pequeño neceser repleto de fotos de la época de Maricastaña, como denomina el aforismo a lo que comulga con las polillas. Periódicamente las revisaba, y, cada vez que eso ocurría, me parecía descubrir en sus ojos un asomo de nostalgia. Las fotos que les propongo aquí, en la galería de la derecha, son del período en que se comenzó a construir el ingenio Manatí, allá por el año 1912. Ninguno de nosotros -personas de la segunda mitad del siglo pasado- fuimos testigos de aquellos acontecimientos fundacionales. Así que quizas a muchos de mis lectores no les digan absolutamente nada. Sin embargo, lo no vivido también tiene -¡cómo no!- auténtico valor. Y no solo histórico, sino, además, sentimental, testimonial y patrimonial. Amigos míos, los invito a detenerse en estas imágenes antiguas que han sobrevivido al paso de los almanaques. ¡Ahorita tienen un siglo de existencia! Junto a ellas vino al mundo en nuestro pueblo la industria azucarera, que ya pasó a la historia. lunes, 6 de octubre de 2008
La hora del optimismo
Eduardo Galeno, el uruguayo universal, dijo una vez: «Cada día compruebo que la realidad es mucho más rica, más misteriosa, más prodigiosa y más loca de lo que uno supone, y eso me ayuda a vivir. Cuando siento que el alma se me cae al piso y que no hay modo de levantarla, viene la realidad y me dice: 'mírame, soy mucho más grande que todo lo que tus ojos podrían abarcar a lo largo de tu vida entera'. Eso me devuelve la esperanza, me da energía, es el universo en las cosas chiquitas». No sé ustedes, amigos míos, pero creo que es hora de que volteemos la página del huracán Ike y de sus estragos por acá. Ya hemos sufrido suficiente con la tragedia de las fotos, los textos, los mensajes, los vídeos y las llamadas telefónicas, ¿verdad? Propongo pasar al próximo capítulo y franquearle el paso al optimismo. ¡Sabremos comenzar de nuevo! Siempre me ha parecido atinada esta frase que se le atribuye al escritor norteamericano Ernest Hemingway: «El hombre no se mide por las veces que se cae, sino por las veces que se levanta». Mi contribución será colocar próximamente en esta misma página imágenes del renacer de la vida entre los escombros. Y dar aliento para continuar, porque el mundo no se detiene. Así nos lo hace ver el inglés Rudyard Kipling en este hermoso poema: Si piensas que estás vencido, lo estás.
Si piensas que no te atreves, no lo harás.
Si piensas que te gustaría ganar, pero no puedes,
por mucho que lo intentes jamás lo lograrás.
Si piensas que perderás, ya has perdido.
Muchas carreras se pierden antes de correrse.
Muchos cobardes fracasan antes de empezar.
Piensa en grande y tus hechos crecerán.
Piensa en pequeño y te quedarás atrás.
Piensa que puedes y podrás...
Todo está en el estado mental.
La batalla de la vida no la gana
el más fuerte o el más ligero.
Tarde o temprano el hombre que gana
es aquel que cree poder hacerlo.
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martes, 30 de septiembre de 2008
La otra secuela de Ike
Pero las salpicaduras del 6 de septiembre pasado traían consigo intenciones distintas. Esther lo percibió cuando una ola enorme se suicidó ruidosa y violentamente contra los arrecifes. «Voy a evacuarme» –decidió-. Y se montó en el camión.
Al anochecer, ya en un refugio seguro, sintió afuera como si el mundo se estuviera acabando: viento fortísimo, árboles derribados, tejas pulverizadas, gritos de vecinos, paredes echadas abajo…
«Este ciclón es lo más terrible que he visto en toda mi vida –admite ya de vuelta en su morada, asombrosamente ilesa del trance. Ni siquiera el de 1932 causó tanto daño en el pueblo. ¡Y eso que sopló durooooo...! Pero el de ahora lo dejó chiquitico.»
Es viernes y el mar duerme a pierna suelta la siesta del mediodía. En Guayabal la gente acarrea las excrecencias de Ike: escombros y arena. Sentada en su portal, Esther hurga dentro de una gaveta. Un montón de papeles húmedos emerge como de una chistera.
«Trato de salvar fotos, cartas, documentos y recortes de periódicos que guardaba desde hace muchísimo tiempo –comenta sin levantar la vista-. El mar los empapó y, vea, ahora casi todos están hechos una calamidad. El agua salada no cree en nadie».
Junta los trozos estropeados como quien arma un rompecabezas. Les traen evocaciones de su biografía. «Esta es una factura de la tienda de Montenegro» –dice, y me muestra un papel chorreante de agua-. Tiene más de 60 años. Y esta es la inscripcion de nacimiento de mi primer hijo, con los sellos de timbre que compré en el pueblo. Y mire, un almanaque de 1946. ¡Cuánto ha llovido de allá hasta acá...!
Lo que más lamenta es la pérdida de fotografías con gran valor sentimental. Como las de su boda. «Pude haberlas evacuado conmigo», acota. Solo sobrevivió una en la que aparece ella con su esposo, un árabe radicado en la zona desde el siglo pasado.
Tras el paso del huracán Ike, en Cuba hay millares de personas en el mismo trance existencial de Esther. ¿Qué perdieron, además? Una madre, la única foto del hijo muerto; un profesional, el título colgado de la pared; una abuela, su alcanforado baúl de los recuerdos; una muchacha, la carta de su primer y gran amor; un bibliófilo, su libro predilecto; un soldado, la medalla de Servicios Distinguidos...
Los ciclones no solo destrozan edificios y plantaciones. También lastiman en profundidad los sentimientos. Un inmueble puede erigirse nuevamente. Un campo dará otra vez frutos. Pero el patrimonio espiritual -ese que viaja en imágenes sobre una cartulina o escrito con letra menuda sobre un papel- no se recupera jamás.
martes, 11 de marzo de 2008
Un libro por corazón
Presumo de ser uno de los afortunados seres humanos que vinieron al mundo con un libro por almohada. Tan pronto aprendí a buscarle sentido, no tardé en encontrar entre sus páginas mi refugio predilecto. Hoy, buena parte de mi tiempo transcurre todavía a la vera de ese compañero inigualable de quien dijo Settembrini, uno de los personajes de La montaña mágica, de Thomas Mann: «A menudo en tu vida te encontrarás con que un libro es mejor amigo que un hombre». Puedo blasonar, además, de que mi pequeña biblioteca es una suerte de autobiografía, porque conservo en sus estantes un libro para cada momento de mi vida.Los libros son, en sí mismos, maestros insuperables. Ellos nos enseñan a vivir, a soñar y a engrandecer nuestro espíritu. Si no existieran, ¿cómo accederíamos a la historia de la humanidad? ¿Cómo se transmitiría de una generación a otra el acervo cultural del hombre? ¿Cómo conoceríamos su pensamiento? «La lectura -dijo nuestro recurrente y fundamental José Martí- estimula, enciende, aviva, y es como un soplo de aire fresco sobre la hoguera resguardada, que se lleva las cenizas y deja al aire el fuego.»
La ciudad cubana de Las Tunas fue durante los últimos días una ofrenda literaria abierta a la lectura pública, en ocasión de celebrarse en sus predios la Feria Internacional del Libro. Millares de personas de todas las edades desfilaron ante los estanquillos de venta, repletos de títulos de los más disímiles autores y nacionalidades. Pocas veces se ha apreciado por acá un entusiasmo tan mayúsculo por la letra impresa. Ya se sabe, la lectura nos hace contemporáneos de todos los hombres y ciudadanos de todos los países.
Los niños clasificaron entre los mayores favorecidos en este gran convite del saber devenido acontecimiento cultural. Papá y mamá se vieron obligados, seguramente, a ajustar la economía doméstica para hacerles el juego a las exigencias de la grey menor, ávida por adquirir los libros más conocidos de la literatura infantil universal: Había una vez, Oros Viejos, El Principito, Corazón, Cuentos de Perrault... ¡Y qué alegría reflejaban sus semblantes luego de atrapar en los anaqueles tal vez el último ejemplar en oferta!
Para los adolescentes y los adultos la propuesta no fue menos tentadora, tanto en lo clásico como en lo contemporáneo. A pesar de los precios, fueron muchos los que halaron por sus billeteras para regresar a casa en compañía de un volumen con etiqueta de best seller, lo mismo en narrativa que en poesía. Por ahí deben de andar aún, tumbados tal vez en un sillón o acomodados sobre un mullido sofá, con el cuerpo y el alma puestos en el inigualable ejercicio de leer. Luego, consumidas sus páginas, ya se sabe, a buscar una nueva obra y a reiniciar la aventura. Quien lee una vez ya no dejará jamás de hacerlo. Sí, tenía razón el inefable Bécquer: «El recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo».
Así ocurre con la obra literaria cuando es legítima: incendia fantasías y alimenta expectativas. Poco importa el público a quien vaya dirigida ni la edad de quien la evalúe. No en balde diversas personalidades de la historia han encontrado en los libros su principal fuente de conocimientos. Se asegura que el gran poeta argentino Jorge Luis Borges, ya en el ocaso de su vida, se puso a pensar en la muerte no sólo para investigarla como el último acto, sino porque se imaginaba el paraíso como una gran biblioteca repleta de libros.
A juzgar por lo que vi en esta Feria Internacional en Las Tunas, el libro regresó por sus fueros. Ninguna versión electrónica podrá reemplazar, al menos por ahora, a esa relación de intimidad que establece el lector cuando pone ante sus ojos su volumen preferido de tinta y papel. El futuro del libro se vislumbra cada día más brillante, porque el libro del futuro seguirá siendo -¡vaya suerte la nuestra!- almohada premonitoria y referencia temporal para bordarle a la vida sus momentos más trascendentales.
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