jueves, 6 de septiembre de 2007

Historia de un faro

Los faros son estructuras desde las que se proyecta luz durante la noche o que sirven como referencia durante el día para guiar a los navíos en aguas cercanas a la costa. Su importancia está probada en la historia de la navegación, pues ni se sabe cuántos buques de todos los calados y épocas han podido sortear con éxito peligros marítimos de todo tipo gracias a su oportuna intervención
Estos aparatos suelen construirse en puntos costeros importantes, así como en rocas aisladas o hundidas, en aguas poco profundas y en las entradas de los puertos. Tienen su origen en las fogatas que hacían en las playas los marineros antes de zarpar para tener después iluminado el sitio exacto del retorno.
El faro más célebre de la historia fue el de la ciudad egipcia de Alejandría, considerado una de las Siete Maravillas del mundo antiguo. Se erigió en una isla llamada precisamente así, Faro, en época tan remota como el año 279 antes de Cristo. Tenía forma octogonal sobre una plataforma cuadrada, con una altura de 134 metros. Un colosal terremoto lo derribó en el siglo XIV.
Hoy los especialistas calculan que un faro de un metro de elevación puede divisarse a 15 kilómetros de distancia mar adentro, y uno de 100 metros a 48 kilómetros. En sus señales luminosas, estos aparatos utilizan por lo común luces de color blanco, porque la verde y la roja tiene menos intensidad.
El faro del Puerto de Manatí entró en servicios el día 5 de septiembre de 1923, y sus primeros destellos fueron vistos exactamente a las 5 y 30 de la tarde de ese día. Un libro de bitácora guardado celosamente por Isauro García Pérez, un habitante de este poblado marítimo, registra que la primera persona en desempeñar el oficio de farero allí se llamó Manuel Gómez Flores.
También consigna que aquel día se hallaba atracado en el muelle manatiense el vapor norteamericano Santa Isabel, cuyo capitán, en unión del práctico del puerto, se hizo a la mar en la embarcación La joven Pastora para comprobar con sus propios ojos el alcance de los destellos, lo cual corroboró desde la zona conocida por Punta Brava, a nueve millas y media del espigón.
Gracias a su posición en el litoral manatiense, muchos barcos pudieron rectificar rumbo en épocas en que la navegación no estaba todavía suficientemente desarrollada. Hoy la tecnología ha desplegado medios más avanzados que proyectan rayos luminosos desde lámparas incandescentes. Así, las luces modernas son eléctricas y están equipadas con varios tipos de señales para la niebla y sistemas auxiliares de navegación por radio. Sin embargo, los faros clásicos continúan ahí, como si tal cosa.

Leer más...

martes, 10 de julio de 2007

Riquísimo lechón asado

Vamos a ver, ¿a quién no le gusta el lechón asado? Oiga, se necesita ser un melindroso de talla extra o un huérfano de paladar para no inclinar la glándula pituitaria y las papilas gustativas ante ese olor y sabor exclusivos e irrepetibles que despide un marrano desde la vara cuando ya está a punto de ser bajado para el convite. Y si es el pellejito así bien ampollado, crujiente y brillante de grasa... Bueno, ¡por favor!
El puerco asado es, no me caben dudas, nuestro plato nacional por excelencia. Nos viene desde quién sabe cuánto tiempo, ¡tal vez siglos! Qué congrí ni congrí… El congrí nació para hacerle compañía a la carne asada, junto con la yuca con mojo y la ensalada de tomates y de lechugas. Bien que los sabemos los cubanos, lo mismo un 26 de julio que un 31 de diciembre. O cuando sea, qué caramba. Porque –usted lo sabe- cualquier día es bueno para pasarle la cuenta a un puerquito, ¿verdad?
Como mismo la mayoría de los criollos de ley nos consideramos expertos en temas beisboleros, también alardeamos de nuestra sapiencia para asar un puerco en púa. ¡Qué difícil es ponerse de acuerdo en este asunto! Mil veces lo viví en carne propia allá en mi entrañable Manatí. Cada vez que los socios acordábamos pacer una ponina y comernos un bichito, al instante aparecían los sabihondos con sus teorías de que si se asa así o se asa asao. ¡Y qué discusiones se armaban, madre mía!
Los matices eran variados. Unos sugerían que el combustible a utilizar no fuera leña, sino carbón, aduciendo que quemaba mejor y más parejo. Otros recomendaban echar de vez en vez en la candela hojas de guayaba para darle buen sabor a la carne. Había también quienes insistían en arrimar más las brasas para la zona de la cabeza del animal, en contraposición a los que argumentaban que era en los perniles donde se debía incrementar el calor. Y así todo el tiempo, desde el comienzo hasta el final.
Una porfía frecuente giraba en torno a la velocidad de rotación de la vara. “¡Dale vueltas más rápido!”, decía Fulano, recién llegado. “¡No señor, dale más despacio!”, decía Mengano, con dos rones encima. O también: “¡Sacude para que vote la grasa!”, decía Zutano, adoptando pose de entendido. “¡Ya se puede sacar!”, decía Perencejo, conminatorio y seguro. “¿Tú estás loco? ¡Si todavía le falta por lo menos media hora!”, decía Melgarejo, listo para polemizar. ¿Y a quién obedecer?
Toda este ciclo de “conferencias” , por cierto, se desarrollaba entre ronazos, por lo cual abundaba la vehemencia en los criterios y la autosuficiencia al exponerlos. ¡Aunque nadie los hubiera solicitado! Sí, definitivamente, para asar un puerco hay que hacer como mi vecino Cucú aquel fin de año: colocó junto al hueco donde se disponía a asar su lechoncito un cartel con letras bien grandes que decían: “Amigo, sé cómo asar un puerco, así que guárdese sus opiniones”. Y resultó. En fin, amigo mío, asar un puerco no es solo cuestión de dinero, sino también de sapiencia. Al menos es lo que aseguran los “expertos” en el asunto, que nunca faltan en los convites. Pero lo simpático es que a la hora de sentarse a la mesa todos –duchos y profanos- olvidan agravios y dicen a una voz: “¡Qué bueno quedó!” Aunque el pellejo se hubiera chamuscado y la carne quedara semicruda. Es que, como le dije, ¿qué cubano puede hacer mutis ante un lechoncito asado? ¡Ninguno!

Leer más...

martes, 3 de julio de 2007

Heroínas de la retaguradia

De las amas de casas a tiempo completo no suele hablarse. Sin embargo, ¡cuánto merecen ellas que se les reconozca y estimule! Por razones de pragmatismo, el lente público apenas las tiene en cuenta en sus primeros planos. El pedestal rara vez les reserva sitio en los agasajos y en las distinciones. Por su parte, el almanaque está todavía por ofrendar 24 horas en su honor. Y es lamentable semejante anonimato. Porque, si de trajinar en grande se trata, ¿quién les saca ventaja a estas mujeres guardianas del orden y el equilibrio domésticos?
Conozco a muchas que bien podrían ser declaradas heroínas del trabajo. Sus jornadas comienzan con el alba y culminan con el ocaso. Planchan, lavan, van al punto de leche, cocinan, friegan, barren, atienden visitas, sacuden, acomodan, organizan, regatean en el mercado, cuidan niños, cosen, contestan el teléfono... En los viajes a la playa se encargan del fogón mientras los demás se divierten. Carecen de domingos libres, de sábados cortos, de vacaciones, de sindicato y de salarios. Pero -¡ay!- sus nombres nunca figuran en los murales ni las eligen obreras destacadas. Sucede que una torcida filosofía ha llevado a pensar que solo se laborea cuando se dejan atrás los predios domésticos. Olvidamos de buena fe que las amas de casas trabajan para que otros puedan trabajar. Sin ellas todo sería más difícil.
La ANIR debería tenerlas entre sus innovadores más capaces y originales. ¡El ingenio es uno de sus fuertes! Ellas lo mismo reparan la junta de una olla de presión que adaptan una receta de cocina a las disponibilidades del momento. Saben también arreglárselas para que el detergente rinda un lavado más y para que el arbolito ornamental no se marchite. Y si de "inventar" con los calderos se trata... Bueno, en los momentos más apretados del Período Especial escuché a más de una musitar con rostro contrariado: "hoy no sé que haré de comida." Empero, jamás ninguno de los suyos se fue a la cama con el estómago vacío.
Por mucho que se intente, no logra uno explicarse cómo casi todas consiguen hacer tan buenas migas con el reloj para que sus múltiples y variadas tareas estén en hora: el almuerzo de Fulano para las once, el uniforme de Mengana para la una, el equipaje de Zutano para las siete... Y hay más: cuando los que trabajan en la calle irrumpen en casa al mediodía o al atardecer, encuentran el piso limpio, la mesa lista y las habitaciones ordenadas. Por tamaña laboriosidad es raro que el ama de casa reciba un "caramba, mujer, qué bien todo, te la comiste." Eso casi nunca la apesadumbra. ¡Ya está acostumbrada! Mientras su gente echa una siestecita post-almuerzo, ella aprovecha para cogerle el falso a un pantalón o tal vez para lustrar los cristales de la vitrina con un método acabado de aprender.
Tener un ama de casa en la retaguardia es un tesoro que algunos todavía no han justipreciado en toda su dimensión. Ella es capaz de echarse el hogar a cuestas para que su hijo marche lejos a estudiar. O de cuidar al nené toda la noche para que mamá y papá tiren una canita al aire en el carnaval. ¿Incentivos? Saberse útil, aunque explícitamente no se lo reconozcan. Compartir la tacita de café con la vecina de al lado. Contribuir a la felicidad familiar con su presencia feliz. Y hasta, quizás, conmoverse con cierta novela que Radio Progreso transmite especialmente para su consumo en el horario en que la soledad y el silencio se abalanzan sobre el inmueble en que ella es reina.
En fin, las amas de casas merecen nuestra reverencia. Tal vez en algún momento se creen condecoraciones al mérito para prendérselas al delantal, que es la pieza paradigmática en su indumentaria doméstica. ¿Y por qué no designar un día en su honor? Una decisión así tendría muy buena acogida. ¿Cuál día? Cualquiera. ¿Acaso ellas hacen distingos entre los 365 del calendario? Es una propuesta llamada a generar simpatías. Por favor, los que estén de acuerdo, que levanten simbólicamente las manos...

Leer más...

miércoles, 27 de junio de 2007

El cura manatiense y Juan Pablo II

Un sacerdote ya desaparecido, el cura Juan Armando Marrero Barroso, clasifica como el primer tunero -¡y el único manatiense!-que se fotografió junto al finado Papa Juan Pablo II, cuyo nombre verdadero era Karol Wojtyla, nacido en Polonia en 1920. El singular hecho ocurrió en el año 1983, cuando el padre Marrero, natural del municipio de Manatí, cursaba estudios superiores de Teología en Ciudad del Vaticano, sede de la Iglesia Católica Apostólica Romana Mundial y el país independiente más pequeño del planeta, situado dentro de Roma, la capital italiana.
En la foto que acompaña este texto se aprecia al Sumo Pontífice hablándole a Marrero en presencia de dos sacerdotes de la Santa Sede. Fue tomada durante una audiencia fraternal que el líder religioso mundial le concedió a nuestro coterráneo al culminar este su programa docente en una universidad católica romana. La instantánea es guardada como una reliquia por la familia del occiso, pues se trata de una imagen de extraordinario valor histórico y sentimental.
«Cuando regresó a Manatí, recuerdo que le pregunté cómo se había sentido en aquel memorable instante frente al Papa, estrechando su mano y escuchando su voz –rememora su hermana Adela Marrero Barroso, quien reside en aún en el norteño municipio tunero-. Me respondió más o menos así: «Es imposible ser coherente en el momento de estar frente a una personalidad de semejante talla”. Y acto seguido me ofreció un retrato de su mundo interior».
El padre Marrero Barroso –Armandito, como le decían sus íntimos- fue muy querido en su Manatí natal. Y no solo por los feligreses de la parroquia, sino también por el pueblo en general, en virtud de sus proverbiales cualidades profesionales y humanas. Descolló también por sus reconocidas dotes musicales, que lo llevaron a cantar a dúo y a grabar números con artistas cubanas tan notables como Esther Borjas, Rosita Fornés y Lucy Poveda.
El sacerdote manatiense falleció el 20 de junio del año 2003 a causa de un infarto cardíaco, a los 66 años de edad, luego de ejercer durante 31 inmaculados almanaques su ministerio religioso en parroquias de Guantánamo, Puerto Padre y Holguín. Sus restos mortales yacen en el cementerio de su terruño. Sus familiares y sus amigos se sienten orgullosos de su memoria, por la honradez y la honestidad que signaron su paso por la vida.

Leer más...

martes, 12 de junio de 2007

La boina tunera del Che

Del legendario guerrillero argentino-cubano Ernesto Guevara de la Serna existen cientos de fotografías que han recorrido de un confín a otro nuestro sufrido planeta. No es de extrañar tamaña universalidad, tratándose de una de las figuras más recias de la segunda mitad del siglo pasado.
La más famosa de esas instantáneas la hizo el desaparecido foto-reportero Alberto Korda, un maestro cubano del lente. En ella se observa al comandante Guevara con la indignación retratada en el semblante. Fue tomada durante el masivo acto de repudio al sabotaje contra el vapor La Coubre en un muelle habanero, que causó decenas de víctimas inocentes.
Pero no voy a hablar de la iconografía del desaparecido Che, harto conocida tanto dentro como fuera de Cuba y sobre la que se han escrito quién sabe cuántas cuartillas. Solo pretendo referirme a una pieza clave de su indumentaria devenida símbolo de su personalidad: su boina. Sí, la boina con la que aparece en la mayoría de las imágenes, incluida la muy conocida del artista plástico de referencias; la boina con la que hizo casi toda la campaña invasora hacia el occidente del país al mando de un grupo de valientes forjados a imagen y semejanza de su líder.
Pues bien, resulta que cuando llevaba a cabo su cruzada libertadora rumbo el oeste de la isla, el Che llegó a territorio tunero tocado con una gorra de orejeras y visera que alguien le había regalado en la Sierra Maestra. Se trataba, a todas luces, de una gorra militar, cuya procedencia no se ha conseguido establecer todavía. Con ella figura en numerosas instantáneas de la época, como, por ejemplo, la que un fotógrafo anónimo le tomó mientras operaba los equipos transmisores de Radio Rebelde, la voz de los barbudos liderados por Fidel, en plena espesura de la cordillera oriental.
No tuvo aquella gorra profusa existencia, empero. Andaba el Che de recorrido por los asentamientos de Sumacará y San Miguel del Junco, en el actual municipio tunero de Amancio, cuando hubo de perderla durante una maniobra en el terreno. Habituado a ella por la fuerza de la costumbre, le encomendó expresamente su búsqueda a varios de sus subalternos, quienes peinaron la zona una y ora vez, pero sin resultado alguno. Rabel Arias, un lugareño que le sirvió de práctico por aquellos días, dio fe en una entrevista con la prensa provincial de la veracidad del hecho.
En tales circunstancias, y según han logrado establecer mediante entrevistas con testigos de los hechos varios especialistas del Museo Municipal de Amancio, alguien de la tropa le ofreció al argentino una boina procedente de un lote de 10 piezas idénticas enviado por un simpatizante del Ejército Rebelde desde la lejana España. El jefe de la columna la tomó en sus manos, se la probó y, al comprobar que le venía bien, se quedó con ella y no se la quitó más. A partir de ese momento, siempre apareció con boina, incluso después del triunfo rebelde, cuando fue nombrado Ministro de Industrias y recorría toda Cuba vestido de campaña.
Algo quieren dejar suficientemente claro los museólogos tuneros: no les consta que sea la boina amanciera la que inmortalizó Korda sobre la testa legendaria en su mil veces famosa fotografía. Tampoco si fue la misma que llevó en la selva congolesa o en las quebradas bolivianas. Ellos saben que el Che tuvo, desde que lo adoptó, predilección por ese tipo de atuendo de cabeza. Tanto, que llegó a tener varias boinas de diferentes modelos y colores. Pero, ¿acaso no es posible también que fuera ella la agraciada? Una rigurosa investigación que se lleva actualmente a cabo arrojará la necesaria luz sobre el asunto una vez concluidas sus pesquisas.
En un reciente intercambio de experiencias entre Plazas de la Revolución de todo el país, efectuado en esta provincia cubana, el asunto de la boina guevariana fue objeto de debate. Los visitantes de Santa Clara informaron tener entre sus piezas museables más de una de ellas. Se sabe también que Aleida, su hija, tiene en su poder otra del mismo modelo. Pero los investigadores del Balcón del Oriente Cubano no encontraron objeción en algo al parecer irrebatible: donde primero el Guerrillero Heroico usó boina fue en Las Tunas. Y eso es un motivo de orgullo para todos los hijos de esta comarca.

Leer más...

martes, 5 de junio de 2007

¡Coreanos a estribor!

La tarde holgazaneaba entre la espuma de las olas cuando el vapor Tamaulipas comenzó a recortar su metálica figura sobre la línea del horizonte. «Yo creo que es el mismo barco mexicano de la otra vez –conjeturó recién bajado de su bote un curtido hombre de mar-. Debe de venir más o menos por frente a la playa de Chapaleta.»
Un penacho de humo espeso y negrísimo recién salido de su chimenea embadurnó –insolente- el tapiz azulado del cielo. Un cuarto de hora después, chirriante y exhausto, el buque arrimó su costillar al espigón del puerto de Manatí.
Desde la playa, los curiosos comenzaron a formularse la misma pregunta: «¿Traerá de nuevo la misma carga de la otra vez este navío de matrícula y bandera yucatecas?» Al levantarse la cuarentena se develó definitivamente la incertidumbre. En fila india, por la escalerilla de estribor, comenzaron a bajar a tierra 300 personas de inconfundibles rasgos asiáticos.
«Son coreanos que vienen de México», dijo uno de los miembros de la tripulación. A guisa de bienvenida, un alcatraz chilló por sotavento. Luego se dejó caer cuan largo era sobre una juguetona mancha de sardinas. ¿Fecha? Martes 25 de marzo de 1921.
UN POCO DE HISTORIA
Una matancera de ojos rasgados -Martha Lim Kim- lleva años estudiando a fondo los entretelones de tan extraño desembarco. Tiene sus razones: su padre fue uno de los que echaron pie a tierra en el litoral tunero aquel atardecer. Por él se enteró la investigadora de que el citado contingente asiático emigró desde su país de origen primero a México, en 1911, un año después que las tropas japonesas ocuparan Corea. También conoció que, luego de una década de aprietos y de privaciones en territorio azteca, el grupo determinó hacerse nuevamente a la mar, esta vez para probar suerte en la mayor isla de Las Antillas.
Todo esto la Lim y su esposo -el historiador yumurino Raúl Ruiz, ya fallecido- lo expusieron al detalle en un libro excelente que vio la luz hace solo unos años: Coreanos en Cuba. En él los autores aseguran que nunca como aquella vez del Tamaulipas ingresaron al territorio cubano tantos hijos de Corea juntos. También que en el municipio de Manatí existe la mayor comunidad del ascendiente del país, con alrededor de una veintena de miembros.
Pero el memorable atraque de marzo de 1921 en el muelle manatiense había tenido un intento anterior. Solo que en aquella ocasión, como la mayoría de los pasajeros carecía de documentos oficiales, no se les autorizó a bajar la escalerilla. La nave puso entonces proa a Mariel, en el norte de Pinar del Río. Allí los pasajeros del Tamaulipas permanecieron en cuarentena y realizaron gestiones a bordo para legalizar su situación migratoria. Logrado el objetivo, regresaron a Manatí, donde por fin desembarcaron.
Una vez en tierra, los recién llegados se instalaron en torno al batey del ingenio y comenzaron a buscarse la vida en dependencias fabriles y agrícolas. A pesar de su aparente «dulzura», la caña no consiguió seducirlos y mucho menos retenerlos en la zona. Así, después de 12 meses de estancia oriental, casi todos decidieron establecerse más al oeste, en dirección a la yumurina comarca de Cárdenas. Sabían que por allá los aguardaba un cuate conocido: el henequén, menos severo que la verde, estilizada y edulcorante gramínea tropical.
A pesar del mayoritario desencanto por tanta expectativa deshecha, dos familias decidieron permanecer en Manatí. La última de sus representantes murió hace unos años años, cuando estaba por cumplir los 80 almanaques. Tenía generales semi-latinas: Inés Kim Ramón, pero allá la conocían por el criollísimo sobrenombre de Chicha. Conseguí conversar con Nancy, la menor de sus hijas, quien domina muy bien el tema.
HABLA UNA DESCENDIENTE
«Realmente, el coreano legítimo era mi abuelo –precisa-. Cuando él llegó a México en 1911 se casó con una nativa, y de ahí nació mamá, que vino en el Tamaulipas de dos años de edad. Abuelo nunca se quiso ir de aquí. Pero abuela no resistió y retornó a México años más tarde con varios de sus hijos cubanos, con los que suelo comunicarme.»
Nancy me reseña una historia tragicómica relacionada con los móviles del desplazamiento marítimo de sus antepasados asiáticos a la isla: «Los engañaron –asegura-. Les dijeron cosas como que aquí se trabajaba de cuello y corbata, y que no se tomaba agua, sino leche. En fin, les hicieron creer que en un par de años podrían retornar a Corea podridos en dinero. El impacto con la realidad, desde luego, fue dramático.»
El conocido escritor Miguel Barnet abunda sobre el particular en sus Palabras Iniciales del citado libro: «Silenciosos y desafiando un camino lleno de incertidumbre, entraron en Cuba desde México por las puertas de Manatí contratados por un truhán desconocido que les ofreció la Tierra Prometida.» Y dice más: «Pero la fatalidad los persiguió desde que tomaron el vapor en el yucateco puerto de Campeche, y cuando llegaron a Cuba en 1921, ya las Vacas Gordas se habían convertido en Vacas Flacas al desplomarse los precios del azúcar hasta llegar a solo tres centavos desde veintidós puntos pagados unos meses antes.»
De los tres centenares de inmigrantes asiáticos que hicieron aquel viaje en el Tamaulipas, la pareja de investigadores matanceros consiguió reconstruir el listado nominal de 245 de ellos. Y asegura: «...al menos, 119 eran adultos; 158 hombres y 87 mujeres. Estas cifras respaldan el criterio de que, acorde con los cánones de edad y sexo, la mayoría eran personas aptas para el trabajo, tal y como lo exigían los contratistas.»
MONUMENTO Y RECUERDO
Durante años, la llegada a Cuba de aquel grupo de coreanos permaneció en el más absoluto anonimato. No fue hasta el 23 de julio de 1950 –casi un mes después de iniciada la guerra de Corea-, cuando la revista Bohemia publicó un reportaje, firmado por Mario García del Cueto. El periodista daba a conocer aquel hecho casi ignorado. «Si no fuera porque el actual conflicto bélico ha popularizado tanto la existencia geográfica de Corea, para la inmensa mayoría de los cubanos hubiera pasado inadvertida la presencia de sus hijos en nuestra isla», dijo García del Cueto en tal ocasión.
Hoy solo quedan en nuestro archipiélago unos pocos sobrevivientes del desembarco de 1921. «Aquí reposan los restos de casi todos –apuntan Lim y Ruiz en su bien documentada obra-. En la isla queda su huella; en esta tierra viven hoy más de 600 de sus vástagos, de pura sangre coreana o entremezclados con los temperamentos latinos o africanos.»
En su honor, en la playa manatiense se develó un sencillo monumento, en cuya tarja se puede leer lo siguiente: «Por este puerto de Manatí llegaron a Cuba 300 inmigrantes coreanos procedentes de México, el 25 de marzo de 1921, en el vapor Tamaulipas. Sus descendientes, integrados a la sociedad cubana, viven hoy en distintas provincias del país con el recuerdo imperecedero de sus raíces ancestrales».

Leer más...

martes, 29 de mayo de 2007

Las siamesas de Las Tunas

Martes 18 de diciembre del año 1973. Hospital Lenin, en la ciudad cubana de Holguín. Despunta el atardecer.
-Riiiiiing, riiiiiing, riiiiiing... –suena con insistencia el timbre de un teléfono.
-Dígame –responde el cirujano Rafael Vázquez Fernández al levantar el auricular.
-¿El doctor Vázquez Fernández? –pregunta alguien desde el otro extremo del hilo-. ¿Sí? Mire, por aquí el doctor Hernández Ojito, del hospital materno de Victoria de Las Tunas. Nos acaban de nacer un par de siamesas. ¿Podría ayudarnos a evaluarlas?
El médico siente que la noticia le corta el aliento:
-¡Siamesas! –profiere por lo bajo el también profesor de Cirugía de la Universidad de Oriente-. Eso es una rareza en cualquier parte.
Y recuerda haber leído que la mayor proporción de este tipo de parto ocurre en las tribus yorubas de Nigeria, donde aproximadamente uno de cada 22 alumbramientos suele ser gemelar. Los expertos atribuyen el fenómeno a la abundancia de cierto tubérculo en la dieta de las mujeres aborígenes, capaz de aumentarles los niveles de estrógeno y de conferirles gran vitalidad a los óvulos maduros liberados.
Ante lo excepcional del hecho, el doctor Vázquez no lo piensa dos veces:
-Voy para allá enseguida –dice, enfático, antes de colgar el aparato.
Minutos más tarde, aborda un auto, toma la carretera, devora los 70 y tantos kilómetros que lo separan de Victoria de Las Tunas y en hora y media echa pie a tierra frente a la institución de la vecina provincia. Ni por asomo sospecha el especialista holguinero que días después protagonizará un acontecimiento de enorme trascendencia en la historia de la medicina cubana.
EXAMENES PRELIMINARES
No hay tiempo que perder. Junto a su colega Hernández Ojito -quien había asistido el parto múltiple junto a la pediatra Clara Bisquet-, Vázquez se encamina hasta la sala donde las siamesas Maylín y Mayelín Téllez Pupo, de seis libras de peso cada una, descabezan su primera siesta terrenal unidas por el abdomen. La evaluación deviene catarsis de optimismo: ¡se puede intentar la separación de las pequeñas! Solicitan una ambulancia. Destino: Hospital Lenin, en Holguín. «¡Cuánto han cambiado los tiempos!», reflexiona el doctor Vázquez. Y su pensamiento se remonta a la época de los hindúes del siglo XVI, quienes, por considerarlos demoníacos y monstruosos, solían incinerar a los siameses acabados de nacer.
Ya en la Ciudad de los Parques, se constituye un equipo multidisciplinario. Hay que estudiar a fondo a Maylín y a Mayelín para confirmar la factibilidad de separarlas en el quirófano. La anestesióloga Pura Avilés, el pediatra Félix Álvarez, el hematólogo Norberto Rodríguez y el propio Vázquez Fernández se dan a la tarea de realizarles pruebas de todo tipo: radiológicas, genéticas, cardiovasculares, hematológicas, de gases en sangre... Los resultados alientan aún más las esperanzas. Solo falta consultar a los padres. «El éxito es posible, pero también puede fallar –les advierten-¿Autorizan la operación?» Y ellos, resueltamente, dicen que sí.
ALGUNOS ANTECEDENTESSe trata de una intervención sin precedentes en Latinoamérica. Eso sí, la bibliografía especializada recoge otros casos en el mundo, aunque no exactamente iguales. Dice, por ejemplo, que la primera separación de gemelos unidos se llevó a cabo en Francia en 1689, en los cuales el sitio de unión era el ombligo. Y si de siamesas conocidas se trata, que las más antiguas fueron Mary y Eliza Chulkhurst, nacidas en el año 1100 en Inglaterra, quienes vivieron 34 almanaques con un solo par de extremidades superiores e inferiores, un solo recto y una sola vagina.
También reseñan los propios libros que los gemelos unidos más famosos tuvieron por nombres Chang y Eng Bunker, y vinieron al mundo en 1811 en Siam, hoy Tailandia. Ellos pasaron la mayor parte de su existencia en los Estados Unidos, donde vivieron intensamente hasta los 63 años de edad. Los galenos de su tiempo rechazaron operarlos por tener... ¡un hígado común! Ambos se casaron y procrearon 10 y 12 hijos, respectivamente. Chang fue quien primero murió. A las pocas horas lo hizo Eng. Desde entonces el término siameses designa a este tipo de gemelos.
EL MOMENTO DE LA VERDADPero sigamos con Maylín y Mayelín. A medianoche del 25 de diciembre comienza el acto quirúrgico, que se extiende por casi dos horas. Por las salas aledañas al quirófano se respira una atmósfera de gran expectación. La revista Bohemia lo reseña así en un reportaje memorable: «Por primera vez en la historia de la Medicina en Cuba se acometía la compleja tarea de intervenir a dos personas al mismo tiempo en un mismo salón, y, en este caso, a dos pequeñas criaturas de solo nueve días de nacidas, ¡y unidas estrechamente por la región abdominal...!»
Se forman dos grupos especializados para atender diferenciadamente a las siamesas dentro del salón de operaciones. En el primero, los doctores Vázquez, Ojito y Viamonte asumen la parte más delicada de la intervención. En el segundo, en una mesa paralela, los también doctores Cabrera, Velásquez y Abadía se responsabilizan con otra tarea no menos difícil: reconstruir la pared abdominal de las niñas, una vez separadas.
-Operamos con un bisturí eléctrico –dijo luego el doctor Vázquez Fernández a las publicaciones de entonces-. Ese tipo de escalpelo corta y evita el sangramiento. Enfrentamos tres momentos muy tensos: la apertura de la cavidad abdominal, el corte del apéndice xifoides y el seccionamiento en dos partes iguales del hígado común. Este órgano, por cierto, tenía sistemas independientes para cada niña. De no haber sido así, la operación hubiera sido fatal para una de ellas.
Sobre aquella jornada existe el testimonio de otra protagonista:
-Recuerdo que lidiamos con otra dificultad técnica sumamente molesta: la entubación endotraqueal de las criaturas –reconoció a los propios órganos la doctora Pura Avilés, una autoridad en materia de anestesiología-. Ocurrió porque las caras de las niñas estaban muy próximas una de la otra. Eso conllevó a que las cabezas quedaran en posiciones poco manejables. Afortunadamente, el equipo consiguió salir bien del trance.
¡ÉXITO TOTAL!Resultó un triunfo espectacular. El periódico holguinero ¡Ahora!, en la edición del 5 de enero de 1974, desplegó en un gran titular de su primera página el inusitado suceso: GRAN ÉXITO DE LA MEDICINA CUBANA. Era la intervención quirúrgica a siamesas número 132 en la historia de la humanidad. Las nuestras, como se ha dicho, nacieron por parto natural, pero unidas desde el apéndice xifoides hasta la región umbilical. Fueron las primeras en Latinoamérica en sobrevivir a una separación quirúrgica. Menos de un año después, en septiembre de 1974, conseguirían igual suerte las pequeñas siamesas dominicanas de 11 meses de edad Clara y Altagracia Rodríguez, operadas en el Hospital de Niños de Filadelfia, quienes compartían el hígado y parte del colon.
EL PASO DEL TIEMPO
Hoy Maylín y Mayelín son dos jóvenes normales y llenas de vida. Ambas residen sin traumas ni secuelas, en su natal Las Tunas. Además de concederles salud de hierro y notoriedad ginecobstétrica, la vida les ofreció también la dicha de ser madres.
-Solo faltan unos meses para que cumplamos 34 años -dice sonriente Mayelín, mientras acaricia, cariñosa, a su pequeña Elisa Marlén, de cuatro años de nacida-. ¡Cómo pasa el tiempo! El primero fue varón y tiene 13 años. Se llama Ariel Reidel. Mi hermana y yo siempre le estaremos infinitamente agradecidas a la medicina cubana. Gracias a ella estamos vivas.
-Sí señor, 34 años de aquello -acota Maylín, al tiempo que abraza a sus pequeños con devoción de paloma-. ¿Quién lo iba a decir? Yo también tengo dos niños: Aylín, de 12 añitos, y Sergio, de siete. Los dos me llenan de felicidad todos los días. Sinceramente, la maternidad es un privilegio que nos da a las mujeres la naturaleza.
Hace poco tiempo, el mármol perpetuó aquel suceso en una escultura erigida en la Facultad de Ciencias Médicas de Holguín. Hasta allá fueron ese día Maylín y Mayelín. Se trata del homenaje público a una hazaña cien por ciento cubana. Una proeza médica cuyo perfil comenzó a revelarse el 18 de diciembre de 1973, cuando el teléfono del doctor Vázquez Fernández comenzó a sonar y a sonar con una estridencia que auguraba algo cuya grandeza todavía hoy nos colma de asombro.

Leer más...

domingo, 27 de mayo de 2007

Construcciones tuneras insignias

La mayoría de las ciudades del mundo tienen lugares, edificios y obras que las distinguen. Muchas suelen aparecer desplegadas a todo color en tarjetas postales, promociones de televisión y guías turísticas. Las Tunas cuenta también -¡cómo no!- con sus propias construcciones insignias, y las muestra al visitante con el mismo orgullo de París por su torre Eiffel, Roma por su Coliseo o Nueva York por su Estatua de la Libertad.
Buena parte de los tuneros coincide en admitir que el edificio distintivo de su terruño es el Museo Provincial Mayor General Vicente García, una obra por la que todos sentimos entrañable cariño. Este inmueble comenzó a erigirse en tiempos en que ocupaba la alcaldía municipal el gran periodista Rafael Zayas González, fundador y director del bisemanario El Eco de Tunas.
Desde el instante mismo en que fue concebido, los patrocinadores del edificio insistieron en dotarlo de un sello particular, por lo cual le confiaron su proyecto y dirección a un profesional de reconocido currículo: el ingeniero Carlos Sagarra Fernández, un hijo de Santiago de Cuba a cuyo talento le debe el inmueble buena parte de su fastuosidad.
Luego del consabido tiempo de construcción, el local abrió oficialmente sus puertas en el año 1921 con el pomposo nombre de Palacio Municipal. Pero, curiosamente, tal denominación nunca consiguió imponerse por completo, porque, como allí radicaban las oficinas y las dependencias del gobierno territorial, el pueblo lo llamó casi siempre el Ayuntamiento.
Sus líneas arquitectónica lindan con el eclecticismo, aunque exhiben también influencia neoclásica en sus frontoncillos y columnas. Sus amplios espacios, elevados puntales, privilegiada ubicación y diseño de carpintería le otorgan personalidad distintiva y gran nivel de confort. Todo esto ha permitido que durante años el edificio haya tenido diferentes usos, como el de Biblioteca Pública Municipal a partir de 1951 y el de Instituto Preuniversitario más tarde. En 1984 se le sometió a una reparación capital y se convirtió en Museo Provincial.
SALA POLIVALENTE
Nadie duda que la instalación deportiva tunera más popular y concurrida es el estadio Julio Antonio Mella, cuartel general de nuestro equipo grande de béisbol. Sin embargo, la Sala Polivalente Leonardo Mackenzie Grant no le va a la zaga en cuanto a simpatías.
Cuando se comenzó a edificar en 1982 no había en el país otra sala deportiva con iguales características. Por tal motivo, la Mackenzie Grant disfrutó de la exclusividad hasta que pocos años después cobraron vida las de La Habana, Sancti Spíritus y Santiago de Cuba. En su etapa constructiva final fue todo un suceso el izaje de la estereocelosía que conforma el techo de seis mil 253 metros cuadrados y 814 toneladas de peso. Esta operación se realizó mediante 268 gatos hidráulicos, ante la mirada de asombro de cientos de tuneros que no le perdieron detalles. Por cierto, la estereocelosía descansa sobre 52 columnas a una altura de 14 metros.
El área principal de nuestra Polivalente mide 54 metros de largo por 30 de ancho. Deportes tales como el baloncesto, la gimnasia, el boxeo, la esgrima, el judo, el balonmano, la lucha y el voleibol han celebrado allí eventos nacionales e internacionales de primerísima calidad.
También dispone de una zona de entrenamiento con tabloncillo y cuadrilátero. Y si de público se trata, sus graderías pueden asimilar holgadamente más de tres mil 500 aficionados. Debajo radican las cátedras deportivas, una cafetería, varias oficinas y salones de prensa y de reuniones. La escultura que engalana la entrada principal es obra del artista plástico tunero Rafael Ferrero y data de 1988. Con su base incluida, mide 12 metros de altura. Fue tallada en un material llamado poliuretano y fundida con resina poliéster y fibra de vidrio. Como toque final, Ferrero la bañó con un producto sintético que imita el color del bronce.
CASA NATAL DEL GENERAL VICENTE
El Memorial Vicente García es otro sitio de la ciudad que nos dignifica. Según datos del Archivo Nacional de Cuba, en esta vivienda residió con su familia hasta el año 1868 el bien llamado León de Santa Rita.
El inmueble data del año 1800, y en sus primeros tiempos era apenas un caserón de ladrillos y tejas ubicado en la que por entonces se conocía por Calle Real. En el año 1876, el Mayor General Vicente García comenzó ejemplarmente el incendio de la ciudad por esta, su residencia familiar. La reconstruyeron al terminar la guerra, pero el Mayor General Calixto García le volvió a prender fuego en el año 1897. La casona estuvo en ruinas hasta 1919, cuando edificaron su parte frontal para dedicarla al comercio.
Por fortuna, la reconstrucción de 1919 le conservó su planta colonial en forma de U, su amplio patio interior, sus colgadizos sostenidos por columnas y sus ventanas con guardapolvo. En cambio, la fachada principal permutó para el eclecticismo, con sus columnas de fuste estriado, su capitel corintio y sus grandes balaustradas. Aunque el Memorial tiene valor arquitectónico, su principal mérito es el histórico. En 1985 fue restaurada por Patrimonio Cultural y en 1996 se le declaró Monumento Nacional.
EL TANQUE MAYOR
El tanque de Buena Vista es algo más que una obra de ingeniería engarzada dentro un populoso reparto de la ciudad. Se trata, además, de una referencia de la que no podemos prescindir. Obreros que participaron en su construcción aseguran que comenzó a ejecutarse con una sola concretera a inicios de los años 60 del siglo pasado y que se concluyó a mediados de 1967. Agregan que en sus etapas constructivas utilizaron el método tradicional, es decir, fundición en el propio sitio de la obra.
La ejecución de este tanque con capacidad para 500 mil galones de agua comenzó con la cimentación corrida, sobre la que se anclaron debidamente las columnas hasta la altura de lo que los expertos llaman arriostre. Encima de esa estructura encofraron con piezas de madera y luego fundieron el plato. Acto seguido se levantaron las paredes de hormigón armado. En esta fase los albañiles solo utilizaron winches y carretillas y su trabajo se extendió por espacio de 76 horas consecutivas. El remate de la obra resultó la tapa del tanque, colocada a 31 metros del suelo.
LA PLAZA DE LA REVOLUCIÓN
La última pieza en incorporarse a la colección de construcciones insignes en Las Tunas fue la Plaza de la Revolución Mayor General Vicente García González, un proyecto donde se integra orgánicamente el arte con la arquitectura. En su consumación tomaron parte activa artistas plásticos, constructores, arquitectos y especialistas variados.
Nuestra plaza cuenta con un área de concentración de corte ecológico-ambiental donde el hormigón teñido se mezcla con el verdor de la vegetación, con los bancos y con la fuente. También se integra a la tribuna que sugiere una fortaleza por los materiales empleados, tales como piedra jaimanita y mármol rojo, y por sus desniveles y laberintos de acceso.
Un gran mural de hormigón armado de 52 metros de longitud y constituido por elementos de entre 10 y 16 toneladas de peso, muestra momentos decisivos de la historia local y nacional. Se trata de un verdadero compendio de nuestras tradiciones de lucha en el que la plástica con sus bondades le aportan su singular manera de manifestarse.
Esta auténtica obra de arte cumple además la función de cubrir una nave de 48 metros de largo por 15 de ancho. Dispone de sala de conferencias, salón de protocolo, oficinas y la sala de los Generales, donde se exhiben bustos de los mambises tuneros que ostentaron ese alto grado militar en las guerras del siglo XIX. Todos los locales tienen un diseño sobrio tanto en forma como en textura y color lo que da una sensación de confort que invita a la meditación y a la honra de los próceres.
Las Tunas cuenta con sitios emblemáticos que vale la pena recorrer y admirar. Ellos también forman parte de nuestro patrimonio.

Leer más...

domingo, 20 de mayo de 2007

Encuentro entre las nubes


Nunca le he prestado demasiada atención a los horóscopos. Con el perdón de quienes los siguen y los persiguen, me parecen frivolidades diseñadas para gente tonta y aburrida. Admito estar al corriente de que mi signo es Sagitario porque nací un 18 de diciembre. Pero mis luces sobre el tema solo llegan hasta ahí. Sin embargo, el 7 de mayo del año 2002 me ocurrió algo sumamente curioso mientras cumplía misión periodística en la República de Guatemala: la columna zodiacal del diario local Prensa Libre me predijo, entre otras cosas, lo siguiente: “Hoy va a recibir una sorpresa increíble que lo hará emocionar”. Oiga, ¡y acertó!.
Pues bien, aquel día, después del desayuno, me fui con uno de nuestros médicos hasta una aldea extraviada entre las montañas del Quiché. “Aquí con los indígena vive un hombre que asegura ser cubano”, me comentó el galeno al llegar al villorrio. “Repite eso”, casi le exigí, incrédulo. Lo hizo, y a partir de ese momento no tuve cabeza para otra cosa.
Lo acribillé a preguntas: “¿quién es? ¿dónde vive? ¿hay posibilidad de verlo? ¿cómo se va a su casa? ¿podemos ir ahora mismo?” Un lugareño que escuchaba mi fuego artillero se ofreció para conducirme. Inmediatamente le tomé la palabra. Caminamos un centenar de metros y me mostró una casa humilde y de paredes de barro.
-Llegamos –dijo-. Ese que está en la puerta es Cipriano.
Ante mí tenía a un hombre de unos 75 años, relativamente alto y escuálido, pero todavía bien plantado. Vestía camisa de mangas largas dobladas hasta los codos. El rostro curtido por el sol mostraba una barba escasa y descuidada. Sus ojos penetrantes denotaban un cansancio colosal. Se tocaba con un sombrero blanco ceñido por una banda oscura. De su hombro izquierdo colgaba un morral indígena. Me miró con extrañeza cuando me le aproximé. Le tendí la mano y me la estrechó. Las primeras frases intercambiadas fueron más o menos de este tenor:
-Buenos días. Buenos días. ¿Cómo está? Yo estoy bien, ¿y usted? Bastante bien, gracias. No hay de qué. Me han dicho que usted es cubano. Sí, nací en Cuba. Ah, pues entonces somos compatriotas, porque yo también soy de allá. ¿No me diga? Sí, soy periodista y ando de recorrido por Guatemala. Pues sea bienvenido. ¿Y de que parte de la isla es usted? De Oriente, de la zona de Victoria de Las Tunas...
El corazón me dio una voltereta dentro del pecho. Me sentí sacudido por una emoción inédita y difícil de describir. ¿Había escuchado bien o me traicionaban mis oídos? ¿Coterráneo mío aquel hombre? No, demasiada casualidad. ¿Cómo explicar su presencia en una cordillera guatemalteca, a más de dos mil metros de altura? ¿Desde cuándo había abandonado el terruño? ¿Qué hacía viviendo en una aldea indígena? Sencillamente desconcertante. El viejo se dio cuenta de mi confusión y acudió en mi ayuda. Me sorprendieron la lucidez y la coherencia con que esclareció las circunstancias en que llegó a tierras chapinas.
-Me llamo Cipriano Almaguer Peña –dijo con ronca voz-. Nací en 1925, en un lugar llamado Dumañuecos, cerquita del ingenio Manatí. Dice usted bien, al lado de la loma, cómo no. ¡Todavía me acuerdo de ella! Bueno, pues por allá mi familia tenía un lote de tierra y se dedicaba a sembrar y a esas cosas. Eran tiempos malos. No había dinero, ni ropa, ni comida... A la escuela nunca fui. Tenía que ayudar a papá en los sembrados. Cuando tuve 18 años me fugué de la casa y...
Cipriano tomó rumbo a La Habana junto a un amigo del barrio. En la capital cubana se las vieron negras y cada cual cogió su camino. El guajirito comenzó a merodear por los muelles del puerto y a relacionarse con los marineros. Un día un contramaestre le propuso viajar de polizón en un barco que iba a Honduras. Aceptó. En Centroamérica la United Fruit Company necesitaba mano de obra y le ofreció contrato como estibador. Estuvo cargando racimos de bananas durante un montón de años. Luego viajó a Nicaragua y a El Salvador. Hasta que cierta mañana un accidente en una grúa lo dejó lisiado. Lo despidieron del trabajo. Intentó retornar a Cuba, pero no tenía un céntimo.
-Vine para Guatemala en los años 1956 ó 1957, ahora no recuerdo bien la fecha –agregó-. Aquí hice de todo para ganarme la vida. Desde trabajar en las milpas hasta atender plantaciones de cardamomo. Formé familia. Me arrimé a una indígena que me dio siete hijos varones. Andan regados por todo el país, cada uno en lo suyo. En eso de ir de un sitio a otro se parecen al padre. ¿Mi mujer? Murió hace siete años. ¿Dumañuecos? Jamás volví a saber de allá. Nunca fui muy apegado a mi gente.
Me invita a pasar. Como la mayoría de las casas indígenas, la suya tampoco tiene divisiones ni ventanas. El piso es de tierra. En un rincón, un camastro destartalado da fe de la pobreza de su inquilino. Un fogón de leña humea tímidamente en el fondo. Hay algunas vasijas estropeadas por el uso. Además, un bulto de madera, una tinaja, un amasijo de ropa, una bandeja para hacer tortillas de maíz, un calendario de la cerveza Gallo y un pequeño baúl de metal. Cipriano va renqueando hasta él, lo abre, registra, husmea, revuelve, saca un papel hecho jirones y me lo muestra con la felicidad danzándole en las pupilas.
-Mire este pedazo de un periódico de Victoria de Las Tunas de aquellos años –dice, triunfante-. Se llamaba El Liberal. Ahí hablan de Lalo Fontaine, el mambí, que era mi padrino. Ese recorte lo llevé de Cuba cuando me fui para Honduras. Siempre ha andado conmigo en todas mis andanzas. Además, es el único recuerdo que tengo de allá. ¿Ciudadanía? Ya soy guatemalteco. Fíjese que hasta hablo quetchi. Son muchos los años que llevo viviendo en esta tierra y hay que ser agradecido. Dumañuecos es algo borroso en mi recuerdo. Sí, es una lástima, pero la vida es como es. Paisano, usted perdone, ahora tengo que salir...
Queda parado frente a mí. No hay expresión en su mirada. Lo abrazo y apenas me corresponde el gesto. Se safa con suavidad. Va hasta un ángulo de la casa y le echa mano a un bastón. Yo siento nublarse mis ojos. ¡Todavía no lo creo! Afuera alguien lo llama por su nombre. Sorprendido y emocionado le doy gracias al horóscopo. Me despido.
-Bueno, Cipriano, yo también me retiro... Que le vaya bien. Contento de haberlo encontrado. Y yo, señor, mucho gusto. Nunca pensé toparme a un tunero tan lejos de la tierra. Hasta yo estoy sorprendido... Mire, le regalo este almanaque cubano. Se le agradece. ¿Me permite hacerle una foto? Pero solo una, no me gustan... Bueno, venga para acá. No, aquí mismo como estoy. ¿Nos volveremos a ver algún día? Yo creo que sí, allá arriba...
Y, con el brazo extendido, me señala hacia el cielo.

Leer más...
 
CUBA JUAN © 2010 Realizado por Diseño de Blogs