viernes, 19 de febrero de 2010

Nostalgias tuneras


Francisco Barahona (Paco el Chivo) fue un comerciante tunero de la etapa prerrevolucionaria. En aquella época era propietario de numerosos negocios, tales como la gasolinera situada frente al atual cine Luanda; una tienda de venta de piezas de automóviles; y el popularísimo AEROBAR.
De él se cuentan mil anécdotas, casi todas relacionadas con sus buenos tiempos como aviador. Según el investigador Edelman Téllez, experimentado controlador de vuelos del aeropuerto tunero «Hermanos Ameijeiras», Paco se elevó cierto día con su pequeño avión Pipper J3 Cub y, luego de realizar algunas arriesgadas acrobacias, lo lanzó en «barrrena» en dirección a la tierra. Cuando parecía que se estrellaba, el hábil piloto recuperó con aplomo y sangre fría la horizontalidad, pero tan cerca del suelo que la panza del aparato rozó el penacho verde de una palma real. ¡Y no se hizo ni un rasguño!
Se dice que desde el avión de Paco se produjo en 1951 el primer salto en paracaídas de la historia tunera. Y que su protagonista fue... ¡un cura! El célebre despegue se realizó desde la zona donde está hoy el edificio de 12 plantas, junto a la carretera central, y contó con gran asistencia de público. Testigos del hecho primigenio aseguran que el intrépido religioso se lanzó al vacío en sotana y que «aterrizó» sin contratiempos.
En esta foto de 1951, Paco el Chivo (izquierda) recibe un trofeo por su pericia como piloto de manos de José Hernández Cruz (Pepillo), por entonces alcalde de Victoria de las Tunas.

INOLVIDABLE HOTEL PLAZA

En el área que hoy ocupa la Plaza Martiana y parte de la cafetería La Holguinera existió hasta la primera mitad de la década de los años 60 del siglo pasado un inmueble de grata recordación para los tuneros: el Hotel Plaza (FOTO).
Tenía su fachada principal frente al parque Vicente García, y lo flanqueaban las calles Francisco Varona y Lorenzo Ortiz (por entonces se conectaba con el propio parque), y la calle Joaquín de Agüero por el fondo.
Según parece, lo construyeron a inicios de la citada centuria, pues la revista Tunas de ayer y de hoy inserta en sus páginas una fotografía de la instalación fechada en 1916.
El Hotel Plaza fue uno de los edificios emblemáticos de la ciudad y orgullo de sus hijos. Para su demolición, que comenzó el 3 de junio de 1968 e indignó a los tuneros, resultó necesario utilizar una grúa con una pesada bola de hierro colgada de un cable, que, a guisa de péndulo-ariete, derribó a colosales golpes la mampostería de sus dos niveles.
Tiempo después, se pretendió animar el área con un espacio juvenil de pésimo gusto que el pueblo se dio en llamar El Fantomas, por su parecido con los laberintos de las películas de acción del mismo nombre, populares por entonces.
Por sus características constructivas y su escaso valor de uso, este casi olvidado sitio nunca disfrutó de la simpatía pública. La mayoría de los tuneros que conocieron y admiraron al Hotel Plaza cuestionan todavía las razones por las cuales fue echado abajo.

NUESTRO PRIMER SEMÁFORO


El primer semáforo de la historia de la ciudad de Las Tunas fue instalado en la intersección de las calles Ángel Guardia y Francisco Varona, frente a la galería de arte Fayad Jamis. Las autoridades de Tránsito lo colocaron allí el 7 de junio de 1977 (FOTO) y comenzó a funcionar al día siguiente en medio de la curiosidad de peatones y choferes.
La ciudad contó después con aparatos similares en varios puntos. Fueron estos: en el cruce de las avenidas 30 de Noviembre y 2 de Diciembre, cerca de la Sala Polivalente «Leonardo McKenzie Grant»; en la Avenida Camilo Cienfuegos, un poco más allá del servicentro de Bonachea; en la zona donde está hoy la rotonda del reparto Aguilera, cerca del antiguo Bar Marilú; en la esquina de las calles Francisco Varona y Lucas Ortíz, frente a la Iglesia Bautista; en la esquina de las calles Gonzalo de Quesada y Lucas Ortíz, casi frente a la peluquería Ilusión; y en la esquina de la propia Gonzalo de Quesada y la calle Frank País, en el mismo sitio donde recién se ha instalado un moderno semáforo-cronómetro digital de procedencia china.
El inventor del semáforo fue el inglés J. P. Knight, quien ubicó el primero de todos en Londres, al lado del Parlamento, el 10 de diciembre de 1868. Cuba instaló su primer semáforo en 1914 en La Habana, en la esquina de las calles Prado y Neptuno. Era un aparato marca Tagle de fabricación norteamericana.

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miércoles, 17 de febrero de 2010

Dos sitios fundacionales

EL PRIMER HOSPITAL

Este edificio que se aprecia en la foto es el antiguo hospital de Manatí. Según una escueta nota publicada en el siempre bien recordado bisemanario El Eco de Tunas, se inauguró el 17 de marzo de 1916 con un servicio religioso oficiado por el padre Inocencio Piteira, párroco de la localidad.
La madrina y patrocinadora de esta institución fue la señora Hortensia del Monte de Diez de Ulzurrún, marquesa de San Miguel de Aguayo y esposa del fundador del ingenio azucarero. En honor a la caritativa mujer, uno de los pabellones de ingreso-financiado y gestionado por ella- recibió el nombre de Santa Hortensia.
El hospital se localizaba entonces en las áreas cercanas al antiguo taller del INRA, junto a una bomba de gasolina que aún existe por allí. Algunos indicios suyos, como un pequeño tramo del muro perimetral exterior, han desafiado el paso del tiempo y sobreviven.
Este hospital contó durante muchos años con un equipo médico muy competente, entre quienes figuraban los doctores Moya, Radelat, Canalejos y Ross, así como la comadrona y enfermera de origen lituano Ursula Kurchakova, de grata recordación entre los manatienses de la vieja guardia. Fue demolido en 1967, cuando se construyeron sus nuevas instalaciones en la zona oeste de la localidad.

INAUGURACIÓN DEL CINE

Esta es la fotografía nocturna del cine de Manatí el día de su inauguración oficial, el 9 de noviembre de 1944. Las personas observadoras se habrán percatado de que en la parte inferior de la pared delantera derecha -en la imagen no se ve, desde luego- está grabado en bajorrelieve el número 1942. No se trata del año de su construcción, sino de cuando se le colocó la primera piedra. Ese honor recayó en don Salvador Rionda, a la sazón administrador general de la Manatí Sugar Company, entidad que facilitó un préstamo de casi 14 mil pesos para ejecutar la obra civil.
La fecha de inauguración del cine -que por entonces se llamó Teatro Manatí, y así lo consignan las iniciales en la parte superior del inmueble- es, como ya dije, el 9 de noviembre de 1944. En aquella época las entradas se adquirían en una taquilla rodante que se situaba dentro del portal -no tenía cristales exteriores entonces- poco antes de comenzar el rodaje planificado. Si el filme atraía mucho público, aquel artefacto con ruedas, con su imperturbable taquillera dentro, era zarandeado en todas direcciones -impactos contra las paredes incluidos- por los cinéfilos que se disputaban ser los primeros en comprar la papeleta de entrada.
Recuerdo que las bobinas con sus rollos de películas las transportaba desde la estación de ferrocarril en su bicicleta comercial el negro Marcelino. Las cintas de celuloide se partían frecuentemente durante la proyección, motivo por el cual abundaban las interrupciones con sus correspondientes rechiflas del público. El primer administrador de nuestro cine fue un tal Ambrosio Robles.

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sábado, 9 de enero de 2010

En Manatí se jugó cricket

Los inmigrantes de cualquier parte del mundo suelen trasladar su cultura e idiosincrasia a los países que los acogen. Así, son famosos en todas las latitudes los ritos africanos, la cocina española y los brebajes asiáticos. Es que los seres humano, por difíciles que sean las circunstancias en que se encuentren, se niegan a desarraigar de su personalidad el acervo adquirido por herencia en la tierra que los vio nacer.
Algo parecido ocurre con los deportes. Y no hago referencias al cosmopolita fútbol, con carta de ciudadanía en todo el globo terráqueo, sino a ciertas disciplinas típicas de determinadas zonas geográficas. Pongo por ejemplo al béisbol. Fueron inmigrantes y marineros cubanos quienes lo introdujeron y popularizaron en Europa. Luego su práctica se extendió por numerosas naciones del llamado Viejo Continente.
Con el cricket sucede otro tanto. Se trata de un deporte de origen inglés en el que, a semejanza de nuestro castizo béisbol, se utilizan un bate y una pelota, aunque su mecánica de juego es completamente distinta. Participan once jugadores por bando -todos vestidos de blanco- en un terreno ovalado cubierto de hierba y con dimensiones aproximadas al de una cancha de fútbol. En dependencia de su nivel y categoría, la duración de un partido puede extenderse por varias jornadas.
Aunque por obvias razones de tradición jamás llegó a disfrutar del protagonismo del fútbol y el béisbol, se reconoce que el cricket gozó de extraordinario carisma en Manatí durante la etapa prerrevolucionaria. Allí lo practicó organizadamente a lo largo de varios decenios la nutrida y heterogénea comunidad anglófona radicada en la comarca, integrada en su inmensa mayoría por inmigrantes granadinos, trinitarios, barbadenses, jamaicanos y de otras islas del Mar Caribe.
Sus equipos viajaban con regularidad hasta los bateyes de los ingenios azucareros San Germán, Elia, Baraguá y Miranda -también con gran presencia de inmigrantes caribeños angloparlantes- a celebrar topes amistosos con sus representantes. Transcurridos los extensos partidos, ganadores y derrotados confraternizaban juntos durante un día completo entre tragos de ron y abundante comida mientras recordaban con nostálgica añoranza al terruño distante, pero nunca olvidado.
Fue tal el nivel que alcanzaron los jugadores manatienses de cricket (y digo manatienses porque por tales se tuvieron ellos siempre) que en 1955 el club del municipio (FOTO) fue invitado a tomar parte en un torneo en la ciudad de Montego Bay, en la vecina isla de Jamaica. La invitación se repitió en 1960, en esta oportunidad en compañía de los equipos de fútbol y softbol locales. Sus resultados por allá no fueron relevantes, pero el hecho merece anotarse para la posteridad.
En Manatí el cricket se practicó en un terreno localizado en el área donde años después se construyó el taller del INRA, en los accesos al pueblo. Tengo entendido que hubo jugadores de excelencia. Sus nombres -de clara prosapia inglesa- seguramente no le dirán nada a los más jóvenes, pero ahí van algunos: Hilary Pendas (Brinkí), Rafael Bood, Eladio Pérez (Man Picadillo), Carol Mechel, Cutbert Springe (Periquín) y Lawrence Payne, entre otros. Ellos, por legítimo derecho, integran también la nómina de nuestros deportistas estrellas.

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sábado, 5 de diciembre de 2009

Manatí: fútbol y estrellas

A pesar de su levedad en la geografía nacional, Manatí le ha tributado al fútbol cubano más de una figura ilustre. Desde que se introdujo su práctica en la localidad allá por el primer cuarto del pasado siglo –dicen que fue obra de los tripulantes de un barco noruego fondeado en el vecino puerto- el bien llamado deporte de las multitudes conquistó las simpatías de sus habitantes. Eso explica por qué los goles son allí más populares que los jonrones.
Futbolistas manatienses hubo que llegaron a ostentar la gloria de integrar la selección nacional. Los pioneros en tener semejante honor fueron dos primos de grata recordación: José (Pepito) Verdecia, centro delantero de gran talento goleador; y Brígido Ochoa, legendario guardameta a quien apodaron El hombre goma por su descomunal saltabilidad. Ambos jugaron a fines de los años 60 e inicios de los 70. Juntos asistieron a los Juegos Deportivos Panamericanos celebrados en la ciudad de Winnipeg, Canadá, en 1967.
De Pepito se cuenta que anotaba goles insólitos desde cualquier posición en la cancha, lo mismo con las piernas que con la cabeza. Desarrollaba una velocidad asombrosa, de la que ya había hecho gala en sus tiempos de pelotero, deporte en el que también descolló jugando en los jardines. En su etapa como miembro del equipo grande cubano nadie le hizo sombra en su posición de centrodelantero titular. Siempre fue un auténtico ídolo para los manatienses que se iniciaban en el fútbol.
Brígido no queda a la zaga en cuanto a la leyenda. Lo vi jugar muchas veces y todavía conservo en mi retina imágenes de algunas de sus asombrosas atajadas bajo los tres palos. Se cuenta que cierta mañana, en La Habana, fue a cruzar una calle muy transitada y no advirtió la cercanía de un automóvil que venía hacia él a toda velocidad. Alguien lo alertó con un grito. Brígido despegó hacia arriba como un muelle, puso una mano sobre el capó del vehículo, rodó por encima del techo e impidió así que lo atropellara. Se lesionó, pero salvó la vida.
Otro arquero nacido y criado en el terruño que también formó parte del CUBA en los años 70 fue William Bennet (Batalla). Entre sus atributos técnicos figuraban su seguridad para detener balones por alto y para anular contrataques rivales. El azar quiso que coincidiera en la selección con muy buenos guardametas, como Lázaro Pedroso y José Francisco Reynoso, por lo cual fue siempre jugador de cambio. Aun así, Batalla se mantuvo al más alto nivel durante varias temporadas. Hizo luego carrera como técnico de equipos juveniles y del cuadro nacional.
El trágicamente desaparecido Pedro Fenton Herrera (Puyuyo) resultó un fuera de serie en la media cancha durante su efímero paso por la selección cubana de fútbol. Le imprimía a sus piernas una velocidad de vértigo, con o sin balón. Y cuando se iba al ataque por sobre las líneas laterales de cal no había defensa que lo neutralizara. Recuerdo bien cuánto deslumbró a los expertos por su espectacularidad en los Juegos Deportivos Panamericanos celebrados en San Juan, Puerto Rico, en 1979, donde Cuba conquistó nada menos que la presea de plata al perder 4-1 en la final frente a Brasil.
Y claro, Ramón Núñez Armas… Tal vez algún coterráneo discrepe, pero opino que, hasta hoy, ha sido el más grande futbolista en la pródiga historia manatiense de ese deporte y uno de los más relevantes a escala nacional en cualquier época. Vistió la casaca del equipo cubano por espacio de toda una década. Monguín, sobrenombre por el que se le conoce en la patria chica, fue agraciado por la providencia con un refinado olfato para marcar goles, atributo este que le propició anotar más de 300 durante su brillante carrera dentro de la cancha.
Ramón Núñez Armas nació en Manatí, el 19 de abril de 1953. Desde pequeño comenzó a exhibir habilidades y a provocar admiración cuando jugaba en plena calle con sus amigos del barrio. El chiquillo realizaba fintas, túneles y regates por instinto natural y con una facilidad pasmosa. Cierto día un entrenador de la localidad lo descubrió y le mejoró la técnica. Al poco tiempo el nombre del muchacho circulaba de boca en boca como sinónimo de excelencia deportiva.
Después vinieron las competencias infantiles y su ingreso como estudiante-atleta en la Escuela de Iniciación Deportiva Escolar (EIDE) «Capitán Orestes Acosta», en la ciudad de Santiago de Cuba. Allí tomó parte en juegos nacionales como miembro, indistintamente, de los célebres equipos Oriente y Mineros. Ya se percibía en su desempeño sobre la cancha al gran centro delantero que sería después.
Luego de transitar con inusitado éxito por las categorías juveniles, Monguín irrumpió en el equipo CUBA de mayores en 1974. Fue tal su empuje en cada oportunidad recibida que en unos meses abandonó el banquillo de la reserva y se convirtió en jugador titular. En esa condición llegó a los Juegos Olímpicos de Montreal, en 1976. Allí Cuba fue eliminada en la primera ronda sin anotar ni una sola vez, luego de empatar a cero goles con Polonia y caer 1-0 frente a Irán.
No fue su única experiencia olímpica, por cierto. En 1980 asistió con la selección cubana a la cita de Moscú. En el partido inaugural derrotaron 1-0 a la africana Zambia. Un par de jornadas después doblegaron 2-1 a Venezuela, saldo que los envió a cuartos de finales. El segundo gol de este partido salió del botín de Núñez Armas. El sueño llegó hasta ahí, pues luego perdieron un par de veces sin anotar: los soviéticos los golearon 8-0 y los checoslovacos –a la postre campeones- 3-0.
Soy del criterio de que el momento de más brillo en la carrera de Monguín fue el torneo hexagonal celebrado en Honduras en 1981. Allí lidiaron por dos plazas para el Campeonato Mundial de España´82 la selección local junto a las de Cuba, Canadá, Haití, México y El Salvador. Para sorpresa de los especialistas, los favoritos aztecas fueron eliminados. Los boletos los lograron salvadoreños y hondureños. Cuba quedó en la quinta plaza, con un partido ganado (vs. Haití), dos empates, un par de fracasos, cuatro goles a favor y ocho en contra.
Núñez Armas rubricó la mitad de las anotaciones cubanas y jugó a tal nivel que los scout de dos equipos de Costa Rica –Liga Deportiva Alajuelense y Deportivo Saprissa- se le acercaron para proponerle jugosos contratos, que él rechazó. Al final integró el Todos Estrellas del torneo como el mejor centro delantero, por delante de Hugo Sánchez, el mexicano que jugó luego en el Real Madrid de la liga española, donde conquistó varios premios Pichichi como máximo goleador.
La prensa hondureña de la época destacó en grandes titulares el rendimiento futbolístico de Monguín. Por cierto, el diario El Heraldo, editado en Tegucigalpa, capital del país, divulgó en sus páginas una información que, por lo absurda, no recibió el menor crédito. La publicación aseguró que Núñez –de piel blanca y ojos azules- era, realmente, un infiltrado ruso dentro del equipo cubano, compuesto abrumadoramente entonces por jugadores de la raza negra.
Además de las citas olímpicas y de las eliminatorias mundialistas mencionadas, Ramón Núñez Armas tomó parte en varios juegos deportivos panamericanos y centroamericanos durante su destacada carrera futbolística. También participó en infinidad de encuentros amistosos y giras de preparación por diversos países de Europa, Asia, África y América, siempre con la camiseta con el número 10 en la espalda. En todos los casos exhibió calidad y sencillez.
Jamás dejó de jugar con su equipo, Las Tunas, en los campeonatos nacionales de primera categoría, en uno de los cuales -1977- terminó como líder goleador, con 7 anotaciones a su cuenta. Su retiro (VER FOTOS) devino uno de los sucesos deportivos más extraordinarios ocurridos en el estadio Ovidio Torres. Centenares de manatienses lo ovacionaron cerradamente desde las gradas durante varios minutos.
A los 55 años de edad, Ramón Núñez Armas –Monguín-, continúa amando con particular intensidad al fútbol, a Manatí y a su gente. He visto a pocos deportistas de su nivel profesar tamaño cariño por su patria chica. Eso lo ennoblece y lo hace todavía más grande.

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domingo, 8 de noviembre de 2009

Montañismo en Tuxhilá

Cuando el día 25 de febrero de 2002 llegué en menesteres periodísticos al municipio guatemalteco de La Tinta, en el departamento de Alta Verapaz, lo primero que me encantó fue el verdor de su entorno y la hospitalidad de su gente. La visita tuvo una recompensa mayor: compartir por cinco días con la brigada médica cubana destacada allí. Resultó una experiencia inolvidable.
La Tinta tiene una geografía singular, pues está encerrada dentro de un macizo montañoso compuesto por la Sierra de las Minas y la Sierra de Santa Cruz, con sus cumbres de Jucupen, San Francisco, Jolomijix y Chinajá. Existe una cadena montañosa perteneciente a la Sierra de Xucaneb, que atraviesa el municipio de oeste a este.
Uno de nuestros galenos me invitó a escalar una de aquellas regias elevaciones. «Allá arriba vive una comunidad de descendientes mayas –me informó-. Todas las semanas subo a consultar a los enfermos. Así que si desea estar por un rato más cerca de Dios, venga conmigo». La propuesta me resultó muy tentadora y, por supuesto, acepté.
A la mañana siguiente, al filo de las seis, una pequeña camioneta, a la que llaman por allá pickup, nos dejó en 30 minutos junto al firme de la cordillera. El sol se desperezaba aún sobre sus penachos coronados de vegetación. Mi guía me señaló un sendero que nacía a nuestros pies y reptaba loma arriba entre montículos y sinuosidades. Tenía cabida para una persona. «Es por aquí», me dijo. Y emprendimos el ascenso.
Cuando habíamos trepado sin interrupciones durante 10 larguísimos minutos por aquel trillo casi perpendicular –al menos así me lo pareció a mí-, confirmé que no podría derrotar al doctor, tal y como se lo había pronosticado la noche antes. Desoyendo la voz de mi orgullo, decidí pasar por las horcas caudinas y le solicité con humildad un primer respiro. Más que pedirlo, mis fatigados pulmones lo exigieron. Culpé de mi agotamiento al mal de las alturas, a mi hábito de fumar, a mi condición de hombre del llano y a mil justificaciones más.
La recuperación duró solamente unos instantes. Los aproveché para respirar a mis anchas y para atiborrar de aire fresco cuanto alvéolo estuviera disponible. A hurtadillas miré a mi amigo el médico, que aguardaba por mí rehabilitación un poco más arriba, junto a una enorme roca. Nada, ¡fresco como una lechuga! Tal vez fueron prejuicios míos, pero me pareció verle retozar en su semblante una sonrisa burlona.
Reanudamos el ascenso, pero ahora con un poco de pausa, lo cual agradecí. «No hay por qué apurarse tanto», justifiqué para mis adentros el nuevo ritmo de caminata. Mi amigo trepaba con la agilidad de un chivo montés. ¡Y sin mostrar señal alguna de agotamiento! Se lo reconocí. «Es que este viaje lo realizo una vez a la semana, así que estoy entrenado», respondió, tal vez para consolarme un poco.
La subida nos reservaba una tremenda «humillación»: una mujer indígena, septuagenaria y de aspecto débil, nos dio alcance en el sendero. Con la decencia que caracteriza a los de su raza, pidió permiso para que le hiciéramos espacio para pasar. Y, sin reducir la celeridad de sus pies descalzos, nos adelantó como una exhalación. Estábamos a mitad de camino y la anciana apenas se dio por enterada.
Pero el momento más dramático de la jornada –al menos para mí- estaba todavía por acontecer. Sobrevino cuando el médico se me distanció varios metros loma arriba y yo intenté a toda costa no quedarme demasiado rezagado. Quise darle alcance con un par de zancadas y… ¡resbalé! Fue solo un desliz, pero casi me vi en el fondo del abismo. Ufff, qué susto. A dudas penas restablecí el equilibrio.
Al rato, exhaustos por el esfuerzo realizado y luego de haber descansado varias veces en el escabroso trayecto, hicimos entrada en la aldea de Tuxhilá, en la parte más encumbrada de la montaña. Un sitio pródigo en árboles frutales y en animales domésticos. «¿Por qué diablos vive tan alto esta gente?», me pregunté mientras me daba fricciones en los pies, en medio del ladrido de los perros y el canto de los pájaros.
La india Filomena, patrona del villorrio, nos ofreció sendos vasos de un café con sabor a rayos. El doctor se percató de mis escrúpulos para beberme aquel mejunje y me hizo una seña para que esperara. Tan pronto la mujer dio la espalda, aprovechamos para escurrir el líquido precipicio abajo. Hacerlo delante de ella, o rechazárselo, hubiera sido un desaire que los descendientes de mayas casi nunca perdonan.
Mientras el galeno hacía preguntas en dialecto q’eqchì´, auscultaba y repartía pastilllas, jarabes y ungüentos entre los lugareños dentro de una choza devenida consultorio, hice un recorrido por los alrededores Asombro: seis niños de la aldea jugaban fútbol casi en los contorno del abismo. No sé cómo se las arreglaban para que el balón no se les fuera alguna que otra vez montaña abajo. Cuestión de habilidades.
Un poco más allá, al lado de una cabaña de tallos de maíz, una mujer lavaba su ropa en una enorme batea con su recién nacido colgado de su espalda dentro de un jolongo multicolor. Y en un conuco adyacente, saludable y parida, adivine usted qué encontré: ¡pues nada menos que una mata de plátanos burros! Su dueña nos regaló algunos para que hiciéramos tostones. Fueron los primeros que comí en Guatemala.
En Tuxhilá abundan los niños. Las mujeres mayas suelen comenzar a parir muy jóvenes y tener una numerosa prole. «¿Con este cuántos van?», le preguntó el doctor a una embarazada de 32 años. «Ocho», respondió ella humildemente. «Vaya –dijo, ahora en español y en tono de broma el galeno-, te falta uno para completar un equipo de béisbol». Al vernos reír, la muchacha también dejó mostrar su dentadura repleta de casquillos dorados, costumbre bastante arraigada por estas latitudes.
Una muchacha de la aldea nos invitó a comer tortillas de maíz, la reina de la gastronomía chapina, acompañadas con salsa y carne. Aceptamos el menú, pues ya nuestros estómagos comenzaban a protestar. Por cierto, la mujer envió por aceite a uno de chicos a una tienda ubicada en la base de la montaña. Subió y bajo en tres cuartos de hora. ¡Vaya vergüenza! Nosotros la escalamos en casi dos y media.
El doctor terminó de consultar aproximadamente a media tarde. Nos despedimos de la gente y emprendimos el regreso. El descenso no fue menos difícil que el ascenso. Hay que bajar frenado todo el tiempo, y uno se siente el dolor del esfuerzo en los brazos, las piernas, la mente y hasta en el alma. «Se nos queman las pieles de los frenos», exclamó en broma el médico. Pero para abajo todos los santos ayudan.
De vuelta a La Tinta, frescos en mi recuerdo las peripecias de lo vivido, me puse a pensar en un detalle en el que no había reparado: mi subida a Tuxhilá tal vez no volvería a reeditarse jamás. Sin embargo, para los médicos cubanos esos eran hechos cotidiano. Me dije, convencido: «Ellos si que son montañistas auténticos, porque ascienden a lo más alto de la gloria en un ejercicio de alpinismo de la solidaridad».

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martes, 3 de noviembre de 2009

Réquiem por Sapi-Sapi


No existe pueblo o ciudad cuyas calles no registren los pasos de los deambulantes, esos seres perturbados que caminan sin destino fijo, ajenos a lo que ocurre a su alrededor. Por su manera indiferente, pacífica y silenciosa de comportarse, algunos pasan casi inadvertidos. Pero otros trascienden su estado para convertirse en personajes.
Allá por la primera mitad de la década de los años 60 del siglo pasado exhibió sus miserias y desventuras por la otrora Victoria de Las Tunas un deambulante cincuentón al que todos llamaban Sapi-Sapi. A pesar de mis pesquisas entre quienes lo conocieron de cerca, no he conseguido dar con una explicación convincente acerca del origen de semejante mote. Casi todos lo atribuyen a los sonidos ininteligibles que caracterizaban su forma de hablar. En efecto, al tal Sapi-Sapi muy pocos lograban entenderlo.
Se ignora cómo llegó a la ciudad aquel individuo de complexión fuerte, barba larga y enmarañada, rasgos duros, hedor insoportable y mediano tamaño. También cuál era su verdadero nombre o si tenía familiares. Lo cierto es que Sapi- Sapi estuvo recorriendo las calles durante varios años vestido de andrajos, con un saco a cuestas y viviendo de la caridad pública. No pocos tuneros lo recuerdan en aquella deplorable situación.
Cierto día desapareció y la gente comenzó a hacer mil conjeturas. Cobró fuerza una versión que alcanzó gran popularidad. Tanta que llega hasta nuestros días. Sostiene que Sapi-Sapi era, en realidad, un oficial alemán prófugo sobre quien pesaban delitos cometidos durante la Segunda Guerra Mundial, cuando era oficial nazi, y que había sido reconocido e identificado por unos militares soviéticos destacados aquí en tiempos de la Crisis de Octubre de 1962, llamada también la Crisis de los Misiles. Agrega, además, que los soviéticos le habían echado el guante para solicitarle a Cuba su inmediata extradición y entregarlo luego a la justicia de su país para que lo juzgara por crímenes de guerra.
En lo personal, nunca la he tomado muy en serio, pues deja sin responder algunas preguntas: ¿A dónde fue a parar Sapi Sapi? ¿Tenía en realidad las facultades mentales perturbadas? ¿O solo se trataba de un simulador evadido de la justicia de su país? ¿Lo entregaron sus captores a los tribunales militares o lo dejaron en libertad? ¿Pudieron haberse equivocado quienes aseguraron reconocerlo? ¿O acaso la historia no pasó de ser una pincelada más en nuestro imaginario, tan inclinado a las fantasías?
Lo único irrefutable es que Sapi-Sapi se esfumó un día sin dejar rastros del pueblo por donde deambuló durante quién sabe cuánto tiempo.

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sábado, 31 de octubre de 2009

El cementerio de Las Tunas

La historia de los cementerios viaja asociada a la propia historia del hombre. Estos sitios imperturbables -«lo más penoso de la muerte es el silencio»-, escribió el escritor francés Romain Rolland─ llegaron hasta hoy no solo para filosofar en torno al último día, sino también para pasarle revista a la vida.
El término cementerio proviene del griego koimetérion, que significa dormitorio. Según la creencia de la religión cristiana, allí los cuerpos duermen hasta el día de la resurrección. Los católicos lo denominan también camposanto. Se dice que cuando las autoridades sanitarias ordenaron clausurar el cementerio de Pisa -construido dentro de la ciudad en el siglo XIII-, el terreno que ocupaba fue cubierto con tierra traída por las galeras pisanas de los lugares santos de Jerusalén.
Las Tunas cuenta en sus anales con interesantes referencias en materia de camposantos. La génesis de los servicios necrológicos aquí se remonta a siglos atrás, cuando era tradición universal entre los cristianos sepultur a los difuntos en los patios de las iglesias.
En Cuba esta práctica debutó en La Habana, al erigir los españoles la Parroquial Mayor, pionera de las iglesias capitalinas y primera donde se inhumaron personas fallecidas. Como por entonces no existían los libros parroquiales que registraban las defunciones desde 1519 -los piratas los habían incinerado-, se adoptó como enterramiento primigenio en el país el de María Magdalena Comadre, ocurrido el 24 de enero de 1613.
Nuestros aborígenes procedían diferente a la hora de otorgarles destino final a sus muertos. Un estudio del licenciado José A. López, del Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas, asegura al respecto:
«Antes del arribo de los europeos a Cuba, el problema social que significaba separar los muertos de los vivos se resolvía por los indios siboneyes mediante la disección de los cadáveres hasta dejarlos como momias. Para la conservación de los huesos utilizaban estatuas de madera hueca, que adquirían el nombre de las personas a las que pertenecían. Entre los taínos eran más comunes los enterramientos en lugares apartados, aunque también practicaban la cremación.»
España, por Real Cédula, puso fin a esta costumbre en el siglo XVIII. Cuba le siguió, pues, «el crecimiento de su población incrementó también las defunciones, con la consiguiente escasez de espacio para las inhumaciones. A ello se agregó la infestación. Era tan insoportable el hedor que despedían los cadáveres en descomposición que resultaba imposible permanecer mucho tiempo dentro de las iglesias. Tal situación, además de conspirar contra el culto religioso, llegó a constituir una amenaza para la salud pública. De ahí que, con el tiempo, los templos dejaran de ser sede de los enterramientos.»
Durante la etapa en que gobernó Don Salvador de Muro y Salazar, Marqués de Someruelos, se construyeron en el país los primeros camposantos fuera de los templos. El primero fue el Cementerio General de La Habana, conocido luego por Cementerio de Espada.
Aunque la comarca tunero tuvo ermita católica desde 1690, esta no alcanzó rango de iglesia hasta 1752. Años antes, el Obispo don Jerónimo Valdés autorizó erigirla al heredero del hato de Las Tunas, Diego Clemente del Rivero. Por entonces la población se encontraba muy dispersa, por lo que no hubo enterramientos allí hasta 1790.
Aquella parroquia fundacional estaba en el mismo sitio donde radica hoy la iglesia principal de la ciudad. Su patio incluía la zona actual del parque Vicente García y de la tienda Casa Azul. En esta área funcionó el primer cementerio que tuvo la ciudad. Anónimos y seculares, reposan allí desde entonces los restos mortales de quién sabe cuántos tuneros.
En 1847, el camposanto se mudó para la zona donde se encuentra hoy. En aquella etapa se llamaba Cementerio de Colón, como su homólogo habanero. No fue hasta el siglo XX que pasó a identificarse como Cementerio Municipal Mayor General Vicente García.
Cuando se construyó sus dimensiones eran de 45 varas de fondo por 44 de frente, con fachada de mampostería y tapias de tablas de jiquí. En la Guerra Grande los españoles lo utilizaron como área de defensa y fue escenario de feroces combates. En 1945 se creó el Patronato pro-reconstrucción, aumento y mejoramiento del cementerio, que, presidido por el Dr. Rafael Arenas, recaudó mil 177 pesos para las obras.
Su estado constructivo mejoró, pero causó que muchas tumbas de la parte delantera se perdieran. De los sepulcros que se conservan, el más antiguo es el de la francesa Victoria Martinell, fallecida en 1860. Era la madre de Iria Mayo, la compañera de Charles Peiso, el colaborador de los mambises que tomó parte en la Comuna de París.
El cementerio tiene un área de cuatro mil metros cuadrados y está dividido en 12 patios, con unas 500 tumbas cada uno. Su estilo es ecléctico. Casi todas las esculturas funerarias son obra del español Nicasio Menza, quien radicó por acá durante varios años, y la mayoría de los panteones abovedados, del marmolista cubano José Domínguez.
Algunas de las más relevantes figuras tuneras de los dos últimos siglos están sepultadas aquí. El mausoleo del Mayor General Vicente García clasifica como uno de los más visitados. Está hecho de mármol de Carrara y es la ofrenda de Las Tunas a su hijo más ilustre.

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jueves, 29 de octubre de 2009

El último interlocutor de Camilo

Este 28 de octubre se cumplieron 50 años de la desaparición física del comandante Camilo Cienfuegos. Aquel hecho con visos de tragedia sumió en el dolor al pueblo cubano. Y se vincula de alguna manera con Las Tunas, pues la última persona que habló desde tierra con el Héroe de Yaguajay fue un tunero: Eusebio González Rodríguez, quien desde los meses iniciales de 1959 trabajaba a sus órdenes como miembro de un grupo especial coordinado por el también desaparecido y gratamente recordado comandante Cristino Naranjo.
Todo comenzó días antes del drama, en la madrugada del 21 de octubre, cuando poco más de una veintena de personas, junto a Camilo y a Cristino, despegaron del aeropuerto de Ciudad Libertad rumbo a la ciudad de Camagüey. El grupo y su carismático líder volaban a la tierra de los tinajones para enfrentar y poner coto a los intentos de sedición del comandante Huber Matos, jefe militar de la provincia, cuya conducta divisionista había provocado profundo rechazo entre la población agramontina. Camilo tenía órdenes expresas de arrestarlo.
La situación se solventó sin disparar un tiro aquella misma mañana en el Regimiento Ignacio Agramonte. Camilo regresó por aire a La Habana el 25 de octubre. Al día siguiente pronunció desde la terraza norte del Palacio Presidencial su discurso donde los conocidos versos del poeta Bonifacio Byrne alcanzaron inusitadas dimensiones: «Si deshecha en menudos pedazos / se llega a ver mi bandera algún día / nuestros muertos alzando los brazos / la sabrán defender todavía». No sospechaba el guerrillero de la sonrisa y el sombrero alón que la encendida arenga iba a ser su testamento político.
La noche siguiente cenó en el restaurante Rancho Luna con Jorge Enrique Mendoza, entonces delegado provincial del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) en Camagüey. Le dijo: «Mañana vuelvo a tu zona para resolver de una vez y por todas la confusión que dejó allá la maniobra de Huber Matos. Me voy temprano y pienso estar de regreso al atardecer.» Así lo hizo, y a las cinco de la tarde en punto estaba listo para subir al Cessna para el retorno habanero.
Según dijeron a la prensa de la época varios testigos, durante su fugaz estancia en la terminal aérea camagüeyana Camilo se bebió una malta y compró varios tabacos. Un trabajador del aeropuerto declaró años después: «En la pista estaba estacionado un avión del tipo DC-3 y Camilo fue hasta allí a saludar a su tripulación. El capitán de la aeronave lo invitó para que hiciera el viaje con él, pero Camilo se negó. Fariñas, el piloto del Cessna, aseguró que el combustible que tenía en el tanque alcanzaba para llegar sin problemas a La Habana.»
El pequeño avión bimotor despegó a las seis y un minuto de la tarde. Sus únicos pasajeros eran el comandante Camilo Cienfuegos, el piloto Luciano Fariñas y el soldado rebelde Félix Rodríguez. Algunos detalles de aquella infausta jornada se los explicó años más tarde al periódico Juventud Rebelde el tunero Eusebio González, quien había llegado ese mismo día a Camagüey después de trasladar por tierra a Isla de Pinos a un grupo de oficiales comprometidos en el caso de Hubert Matos.
«Eran alrededor de las cuatro de la tarde cuando Camilo me mandó a buscar a una oficina y me encargó llevar para La Habana a un sujeto que había estado alzado y cometido varios crímenes –declaró-. Me ordenó que lo dejara en la prisión de Torrens. Luego me entregó las llaves de dos carros. "Te espero mañana temprano en el Estado Mayor", me dijo en la despedida. Mi gente y yo arrancamos hora y media después.
«Al anochecer, una de los autos hizo un cortocircuito y tuvimos que detenernos Llamé por microonda a la torre de control de Camagüey, porque pensé que debía informar a Camilo que no llegaríamos a la capital a la hora prevista. Unos 40 minutos después, el avión suyo hizo contacto con nosotros, que íbamos ya por territorio villareño. Félix preguntó si habíamos resuelto el problema y le dije que sí. Entonces oigo a Fariñas, el piloto, que dice: "nos tenemos que desviar".
«Al oír eso exigí que me pusieran al habla con Camilo, quien parecía que estaba leyendo o algo así. Me dijo: "No, no hay problemas, Eusebio, no te preocupes. Dice el piloto que nos desviamos porque hay una tormenta..., que nos tenemos que desviar o no sé qué... Nos desviamos...» Y ahí se cortó la comunicación. Insistí una y otra vez, pero la torre de control de Camagüey no pudo restablecerla».
Durante el resto del viaje hasta La Habana, Eusebio intentó conocer si Camilo había llegado sin contratiempos. Pero sus interlocutores le decían que todavía no. Cuando cumplió la misión de llevar y entregar al detenido en la cárcel de Torrens, se fue hasta el Estado Mayor. Allí lo aguardaba una sorpresa: ¡todos los oficiales confiaban en que Camilo viajaba con él en los automóviles! Al comprobar que eso no era cierto, Eusebio fue testigo de sentidas expresiones de dolor.
Lo que vino después, por lo trágico, resulta conocido. Como diría la edición de Juventud Rebelde, «cada pedazo de agua y tierra entre La Habana y Camagüey fue minuciosamente inspeccionado. En el rastreo participaron aviones y avionetas, helicópteros, lanchas y miles de personas que exploraron en el mar, los cayos, los pantanos y las zonas cenagosas de la costa. Pero en vano: la certidumbre de la pérdida crecía inexorablemente». Y así fue reconocida luego.
A pesar del tiempo transcurrido, Eusebio González Rodríguez –ahora con 77 años de edad- recuerda a su malogrado jefe con el mismo aprecio y respeto de los años en que fue su subordinado. Piensa que la fortuna estuvo de parte suya aquel 28 de octubre de 1959, cuando quiso que fuera él la última persona en tierra en hablar con Camilo.
«Yo cierro los ojos y me parece verlo con su uniforme verdeolivo, jaraneando con la gente o dando órdenes precisas –asegura-. Sabía comunicarse lo mismo con un campesino analfabeto que con un graduado universitario. Tenía ese don. Nunca olvidaré la vez en que me echó en el bolsillo unas novelitas vaqueras de aquellas que se publicaban antes. “Eso es para que leas”, me dijo. Y se batió de la risa».
Eusebio evoca que hace algunos años atrás, durante una entrevista periodística, el reportero le preguntó: «¿A quién le gustaría que se parecieran sus hijos?» Y le respondió, resuelto: «Quisiera que fueran como Camilo». Porque para este hombre lleno de condecoraciones y de reminiscencias, el Señor de la Vanguardia será siempre paradigma y referente para quienes aspiren a ser revolucionarios cabales.
«Camilo fue un cubano de pura cepa –acota-. De esos que inventan una broma en el aire, juegan pelota en cualquier solar o ayudan a los necesitados con sus propios recursos. Pero también de los que saben vestirse de héroes y apretar filas cuando la Patria los convoca».
La desaparición del Señor de la Vanguardia devino extraordinaria pérdida. ¡Ni siquiera sus restos mortales se encontraron! Pero, como acotó en sentidas imágenes el citado diario, «el pueblo encontró la manera de darle un homenaje en esas mismas aguas donde duerme, y millares de flores van a parar al mar cada año en busca de Camilo. Y le llegan, no importa donde esté».

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jueves, 22 de octubre de 2009

Van 50 mil visitantes

El pasado 20 de octubre CUBA JUAN arribó a la cifra de 50 mil visitantes. ¡Cuánto ha llovido desde aquel 9 de diciembre de 2005 en que la página se asomó con la timidez del principiante al enigma de Internet! El post del debut fue una entrevista periodística que le realicé al tunero Héctor Despaigne, el latinoamericano que sobrevivió más tiempo -¡20 años!- con un corazón ajeno. Falleció ocho meses después del diálogo.
Esta breve reseña quiere agradecerles a todos los que estuvieron por aquí en algún momento la gentileza de haberle dedicado un instante o una hora de su tiempo a mi blog. Muchos -la mayoría, seguramente- solo fueron aves de paso que se posaron y remontaron enseguida vuelo. Otros franquearon la puerta de entrada y husmearon en cada recoveco. Apuesto a que hubo también quienes hicieron escala por azar, curiosidad o simple despiste. A esos también les extiendo mi gratitud.
Dentro de ese conglomerado de 50 mil visitantes conocí virtualmente a personas de los más variados rasgos sicológicos. Desde el emigrante nostálgico que sueña con retornar un día a la Patria que lo vio nacer, hasta el resentido que destila bilis con solo escuchar el nombre de Cuba; desde el fiel amigo que mantiene incólumes sus sentimientos por encima de las ideologías, hasta el que alguna vez lo fue y ahora lo reniega solo porque cree haber llegado a la Tierra Prometida.
Algunos dejaron plasmadas sus opiniones -a favor o en contra de mi proyecto comunicativo- en comentarios a pie de post o en las páginas de mi Libro de Visitas. Es una pena que varios prefirieran no identificarse. Nunca sabré a quién perteneció la mano que escribió el elogio o el insulto. Los anónimos son así, hijos de padres desconocidos. Creo que quien recurre a esa práctica tiene siempre algo que ocultar.
Lo que más me satisface de esta etapa -y de esta cifra- es el aliento recibido de muchísimas personas radicadas en las más insospechadas partes del mundo. Los manatienses, en particular, acogieron a CUBA JUAN con inmenso entusiasmo. Para no pocos de los oriundos de mi pueblo la página devino sitio para el diálogo y opción para el reencuentro. También conducto para mantenerse al día de las buenas y las malas noticias generadas por una localidad perdida en el mapa de Cuba, pero a la que no pueden -ni quieren- apartar de sus corazones.
En fin, CUBA JUAN continúa su camino. Proseguiremos interactuando desde sus páginas. Un abrazo fraternal desde la Patria.

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