martes, 26 de abril de 2011

El río Venero

La madre naturaleza fue avara con Manatí cuando  repartió corrientes fluviales. Las pocas que tuvo a bien concederle son tan humildes que apenas rebasan la categoría de riachuelos. Ahí está el arroyito de Corpas, seco durante casi todo el año. O el  río Guanábano, también exprimido, en cuyas sucias riberas se le ocurrió a alguien una vez instalar una base de campismo. 
Es cierto que contamos con un par de corrientes de agua dulce de mayores dimensiones, como son el río La Gallina y el río Gramal. Pero ambas están bastante alejadas del perímetro del municipio. Es decir, lo suficientemente distantes como para que nadie en la localidad se interese demasiado por ellas. No ocurre, igual, sin embargo, con nuestro entrañable río Venero. 
Nadie sabe por qué y desde cuándo se le llama así a esta suerte de estero que va a verter sus turbias aguas  en la bahía de Manatí, aunque, según el Diccionario de la Real Academia Española, venero significa «manantial». El caso es que uno relaciona la palabra manantial con líquido puro y cristalino. Y las aguas del Venero no clasifican en esa prístina categoría. 
Durante muchos años, este río recibió con paciente y pasiva resignación cuanta materia contaminante generó el ya desaparecido central azucarero «Argerlia Libre». Tanta que en cuestión de unos pocos años desapareció de sus predios la fauna característica. Jamás se ha vuelto a pescar allí una trucha o una biajaca. ¿Cómo vivir en semejante contaminación? 
Recuerdo cuánto interés me causaba este río cada vez que pasaba por su decrépito puente de madera rumbo a la playa de Sabana. Lo miraba siempre con cierta tristeza, como si  me inspirara compasión por su estado y soledad. Es que siempre he asociado a los ríos con los bañistas. Y en el caso del Venero, ¿a quién se le hubiera ocurrido darse una zambullida allí? 
El río Venero continúa en el mismo lugar de siempre, tucio, triste y melancólico, con su puente metálico igualmente desvencijado sobre su cauce. Su soledad se acrecentó, porque ya son contados los que transitan por allí rumbo a la playa o al colindante poblado de Sabana. 
Sí, nuestro río por antonomasia mereció mejor suerte, ¿verdad?

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jueves, 21 de abril de 2011

Palestina en el corazón

Corría el año 1927 cuando a Abder Rahman Mahmus Shehadek alguien le hizo en su natal Palestina -a la sazón ocupada por los colonialistas ingleses- la siguiente propuesta: «¡vámonos para América!».Trotamundo por naturaleza y bohemio por vocación, la idea de un viaje tan sugerente y atractivo no le resultó extravagante.
Semanas después, en compañía de un grupo de compatriotas, se hizo a la mar desde un punto del litoral mediterráneo. Luego de  difíciles jornadas de navegación su barco lanzó escalerillas sobre un muelle habanero. Había llegado a Cuba, nación que, sin imaginarlo todavía el joven árabe, iba a convertirse en su patria adoptiva.
Pero Abder Rahman Mahmus Shehadek era una retahíla de nombres y apellidos demasiado complicada para la pronunciación de un hispanohablante. Así que, a poco de poner los pies sobre la Perla del Caribe, Abder permutó para el castizo Alberto. Y Shehadek pasó a ser, simplemente, Chejada. Eso explica cómo este palestino venido al mundo en la cisjordana Beil-Nuba, que había paseado sus ínfulas cosmopolitas por Turquía, Egipto, Marruecos, Inglaterra, Francia y Venezuela, se convirtió en Alberto Chejada.
«A La Habana llegué de 22 años de edad –recuerda con cierta dificultad en su domicilio de Las Tunas el hijo del Levante, ahora con 95 almanaques sobre la espalda-. Una ciudad muy bonita y llena de gente. Desde que pisé tierra comencé a moverme por la zona de los grandes almacenes del puerto, pues lo mío fue siempre el comercio y esas cosas. Luego me fui para San Juan y Martínez, en Pinar del Río. Allá me casé y tuve hijos. Me mantuve 20 años por aquella zona, hasta 1947. Pero el palestino es como es. Y cierto día...»
Empacó el equipaje y regresó a Palestina. Según él, «con el propósito de quedarse». Pero su hijo Alberto asegura que, realmente, no estuvo mucho tiempo por allá. «Tal vez fueron unos cuatro o cinco años», dice. Le había picado el bichito del trópico. Se había enamorado de su canícula. Así que no anduvo por las ramas cuando decidió retornar a América.
En un inicio, se estableció en sudamérica, en la morocha Venezuela, donde intentó montar un negocio particular. Pero -¡ay!-, las autoridades migratorias de por allá le negaron la residencia. Optó por volver a la hospitalaria y multiétnica Cuba. Y entonces otra vez se sucedieron los almacenes, el comercio, los recorridos... En 1954 llegó a Victoria de Las Tunas.
«Aquí en Tunas conocí a mi actual esposa –rememora en un arranque de lucidez y todavía arrastrando el rrrrr de los árabes-. Luego de un tiempo de noviazgo, nos casamos. Tuvimos a Fátima y a Alberto, nuestros dos hijos. ¿Lo de Fátima? Es por una virgen que se llama así allá en Palestina. Por cierto, ese tapiz que usted ve ahí en la pared lo traje de mi país. Retrata el nacimiento del niño Jesús. También conservo este turbante blanco que me he puesto para complacerlo a usted. Son recuerdos de la patria, ¿sabe?»
Queda sumido en el silencio. Se sumerge en el mar de sus reflexiones hasta quién sabe qué profundidades. Está absorto, como ensimismado en alguna visión de su heroico pueblo, al que nunca ha olvidado.
Su hijo Alberto hace algunas precisiones: «A lo mejor ahora mismo tiene la mente puesta en Palestina –conjetura-. Papi siempre la tiene presente. Durante muchos años se ha mantenido actualizado de lo que sucede en su tierra . Tanto que, hasta hace poco, no se perdía un noticiero de la onda corta sobre temas del Medio Oriente.Siempre estaba pegado al radio».
Y su hija Fátima: «Sufrió muchísimo la Guerra del Golfo Pérsico y el ensañamiento contra Irak –apunta-. Ah, y su ídolo es el líder de la OLP Yasser Arafat. ¡Siempre lo está mencionando! Desde pequeña fui testigo de su devoción por la causa palestina. Los musulmanes son muy fieles.»
«Sí, yo soy musulmán –confirma enérgicamente el viejo Chejada al tiempo que emerge de sus cavilaciones-. ¡Musulmán de toda la vida! Y mi enemigo es Israel, que nos ha quitado gran parte de nuestro territorio. Pero a los israelíes les vamos a ganar la guerra. ¡Se la vamos a ganar! Los palestinos somos bravos y lucharemos hasta tener nuestra propia patria.»
Durante la jornada conversamos sobre variados temas. Por ejemplo, de su insistencia en conservar sus tradiciones, tales como la de comer quippi -una mezcla de carne de carnero con trigo- y la de consumir muchos vegetales. Hablamos, además, de las visitas que le hacen algunos de los palestinos que pasan por Las Tunas, de cómo crió a sus hijos, de la añoranza por la patria...
«Papi se jubiló a los 80 años –interviene de nuevo su hijo Alberto, mientras distribuye tacitas con café-. Fue dependiente en las tiendas de aquí de la ciudad. Nunca dejó de laborar con el Estado. Le dieron la medalla Fernando Chenard por más de 25 años en el sector del Comercio. Es una persona muy seria y un excelente padre de familia. Le faltan cinco años para llegar a la centena, pero se mantiene físicamente bien. Claro, la mente no es la de antes.»
Desde que abandona el lecho hasta que se retira a descansar, el viejo Chejada maldice y oprobia a los israelíes «que quieren dejarnos sin patria.» Es su Intifada personal contra los agresores de su pueblo.

Nota: Esta entrevista fue realizada el miércoles 6 de junio del año 2001. Dos días después, Alberto Chejada murió como consecuencia de un ataque cardíaco. Sirva este trabajo para rendirle homenaje a todos los que, como él, le han hecho aportes a la nacionalidad cubana a pesar de haber nacido en otras tierras.

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sábado, 16 de abril de 2011

Novelitas vaqueras

Uno de los motivos por los que me siento orgulloso de pertenecer a mi generación manatiense es por el hábito de lectura que adquirimos desde pequeños buena parte de sus miembros. ¡Qué manera de leer! Lo hacíamos con una voracidad desenfrenada, como si en ello nos fuera la vida. Y a toda hora y en cualquier sitio. Que me desmientan Corpas, César y Bernal, si es que consiguen hacerlo. 
Por entonces, las bibliotecas escolares contaban con títulos acordes a nuestra edad de estudiantes de la enseñanza primaria: Simbad el Marino, Leyendas Mexicanas, Corazón, Tom Sawyer, Moby Dick, Colmillo Blanco, El llamado de la selva... Ya en la secundaria básica descubrimos a Julio Verne, Oliverio Twist, Alejandro Dumas, Agatha Crhistie, Edarg Allan Poe y Emilio Salgari, por solo citar algunos. 
No pretendo consignar la relación completa de nuestros favoritismos literarios de la época, en la que debo incluir a Emile Zola, Honoré de Balzac, Víctor Hugo, Frank Kafka, Albert Camus y Fiodor Dostoiewsky. También a García Márquez, Vargas Llosa, Pérez Galdós, Horacio Quiroga, Guy de Maupassant, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Isabel Allende y Mario Benedetti.
Esta vez solo quiero referirme a un tipo singular de lectura, muy popular en aquellos tiempos de pantalones cortos y pelado «a la malanguita»: las novelitas vaqueras. Eran, sí, seudo literatura. Pero nadie me negará que entretenían bastante y que pocos chicos de nuestras edades con inquietudes lectivas se sustraían a la tentación de zambullirse entre sus hojas con olor a pólvora. 
Se trataba de unos volúmenes tan pequeños que cabían en un bolsillo del pantalón.  Tenían portadas a todo color y sus tramas se desarrollaban en el lejano oeste norteamericano. Sus protagonistas solían ser tipos duros, que, por defender a los pobres y a los indios, desafiaban con balaceras de colt y de winchester al sheriff de pueblo y a los dueños de los ranchos. 
En Manatí las novelitas vaqueras usadas circulaban por centenares. Las traía en un gran baúl desde Victoria de Las Tunas un trabajador que llegaba cada año al batey para hacer la zafra azucarera.  Este hombre tenía un cuarto en un barracón, y hasta allá íbamos por las tardes los muchachos para alquilarles un par al precio de 20 centavos per cápita. Luego las intercambiábamos. Así  leíamos más con menos. Antes, las firmábamos en una de sus páginas, para evitar que tiempo después nos las propusiera como «nuevas».
Las novelitas vaqueras las escribían autores de diferentes nacionalidades. entre ellos mexicanos, colombianos, venezolanos y españoles. Los más productivos y carismáticos  de todos eran Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y Keith Luger. Algunos tenían más vuelo literario que otros. Pero todos, sin excepción, hilvanaban sus argumentos de manera muy similar.
Mi buen padre era enemigo jurado de aquellas «obritas» simplonas, que siempre tenían el mismo final, donde el bueno, inexorablemente, le ganaba la partida al malo, lo mismo en la calle que en el saloom. «Eso no enseña nada, lee otra cosa mejor», me decía. Pero, como los hijos se parecen más a su época que a sus padres, yo no le hacía el menor caso. Entonces él, comprensivo, me alquilaba varias y le decía a mi madre que me las entregara.
Coincido en que las novelitas vaqueras aportaban poco desde el punto de vista cultural. ¡Pero cuánto incendiaron nuestra fantasía de adolescentes!

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jueves, 7 de abril de 2011

Matrimonios de urgencia

Si la juventud de hoy supiera cómo eran el noviazgo y el matrimonio  hace  unas décadas atrás... ¡Se morirían de la risa! No me refiero a los tiempos en que las parejas noviaban cachazudamente durante 10 ó más años –tuve unos tíos que lo hicieron por 17 y, en el ínterin, rompieron dos butacas-, sino de hace relativamente poco tiempo.
Tener novia no era a la sazón miel sobre hojuelas. Lo primero, obviamente, era encontrar a la muchacha deseada y luego buscar la oportunidad ideal para enamorarla.  Y, por cierto, la declaración de amor era eminentemente verbal, no visual, como ahora, cuando un par de miradas cruzadas bastan  para comenzar una relación de un par de horas o de toda la vida.
Lo más difícil venía luego de la conquista: mantener el noviazgo... a pesar de los pesares. Porque los padres de la época eran muy celosos y desconfiados. Por esas razones,  les daban a sus hijas escaso permiso para salir los sábados y los domingos. «A las 10 de la noche te quiero de regreso en la casa», les decían, conminatorios, en caso de que las autorizaran a ir a una fiestecita. ¿Y así quién tiene tiempo para romantiquear e intercambiar unos besos?
Era la etapa en que en las escuelas se prohibían las relaciones amorosas. ¡Pobre de quienes fueran sorprendidos con las manos tomadas! Muchas parejas de novios, desesperadas por tanto contratiempo para verse  a escondidas, decidían entonces dejárselas en la uña a los padres y fugarse juntos para cualquier parte. Luego, consumado el hecho y el escándalo, regresaban «cabizbajos» para que los progenitores de ambos, a regañadientes,  los perdonaran  y  les autorizaran la convivencia en una u otra casa. A eso se le llamaba cuando aquello «llevarse a la novia».
Infinidad de jóvenes de mi generación no pasaron jamás ante un notario para rubricar sobre el inmaculado blanco de un acta matrimonial su compromiso de amarse «hasta que la muerte nos separe».  Sencillamente, escaparon juntos a casa de un amigo o pariente cómplices, vivieron intensamente su Luna de Miel  y., después de tanta agua pasada, ... ¡continúan siendo felices!
Ahora que hay tanta libertad –¿libertinaje?- en las relaciones amorosas, cuando las parejas adolescentes andan solas a cualquier hora del día y de la noche, cuando se comienza el amor carnal a edades tempranas, cuando los padres apenas son consultados en los compromisos, cuando los cambios de parejas sobrevienen a velocidad de vértigo, recuerdo aquellos tiempos en que se pusieron de moda los matrimonios de urgencia.

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viernes, 1 de abril de 2011

Razones de algunos nombres

La ciudad de Las Tunas cuenta (o contó en alguna época) con  unidades de servicios y establecimientos  de diversa índole cuyas denominaciones tal vez pueden aún resultar enigmáticas para parte de sus habitantes, a pesar de los años que llevan tanto unos como otros compartiendo la cotidianidad. Se trata de  nombres «inexplicables», que  lograron imponerse y trascender más allá de su tiempo gracias su prolongada utilización entre la ciudadanía. 
Con toda seguridad, muchas de esas personas están convencidas de que el nombre de nuestro céntrico restaurante-cafetería Reymar tiene relación directa con la especialidad de pescados y mariscos que exhibe su carta. No es así, realmente. Fueron sus antiguos propietarios –Reynaldo Torrent y Mario Patiño- quienes decidieron conformarlo hace más de 50 años a partir de la fusión de las tres primeras letras de sus respectivos nombres. De ahí que Rey se uniera a Mar para que naciera el popularísimoReymar. 
Otras instituciones citadinas ya desaparecidas ostentaron también nombres derivados de combinaciones de letras. En los altos del Teatro Tunas -otrora Teatro Rivera- funcionó durante algunos años un colegio llamado Regil, conjunción de las dos primeras letras de Renán y de las tres primeras de Gilberto, que así se llamaban por entonces sus dueños. 
Donde hoy funciona la unidad Dos Gardenias -calle Francisco Varona, entre Avenida Vicente Garcia y Lucas Ortiz-, casi frente a la Dirección Provincial de Patrimonio, radicó antes de 1959 el departamento mercantil Riper, que comercializaba papelería y artículos de oficina. En ese caso se trataba de la sílaba inicial de Rigoberto y de las tres primeras letras de Pérez, su dueño.
Sí, a veces reparamos en nombres institucionales que logran desconcertarnos. Sin embargo, la mayoría tiene su justificación en la realidad, en tanto constituyen reflejo de una época. Algunos, como el Reymar, todavía exhiben aquellas generales. El pueblo agradece tan extraordinaria sobrevivencia.

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martes, 29 de marzo de 2011

Las fiestas de Quince

Cuando le paso revista a mi adolescencia me vienen  a la memoria las Fiestas de Quince. Tuvieron su esplendor en la década de los 70 del siglo pasado (ufff, ¡qué lejana parece dicho así!) y fueron durante años el primer acontecimiento en la vida de las muchachas del pueblo. 
Era tan importante celebrar aquel festejo que las familias manatienses  implicadas solían prepararse con mucho tiempo de antelación, tanto en el orden gastronómico como en el etílico: un lechoncito cebándose en el corral, 10 de cajas de cerveza, un par de garrafones de vino de arroz, harina para el mandar a hacer el kake, rollitos fotográfucos mandados «de afuera», en fin...
Los días previos a Los Quince eran de corre-corre. Entre las urgencias figuraban conseguir zapatos nuevos para la quinceañera y un vaporoso vestido de vuelos. También contratar los servicios de un fotógrafo. Y, por supuesto, mandar a imprimir las invitaciones y definir las parejas que bailar´kian el vals..., ¡una odisea! Pero nada, todo se hacía con buen semblante y mejor disposición. Porque, como decían madres y padres,  estaban dispuestos a cualquier cosa antes que dejar de celebrarle a la niña sus Quince.
Recuerdo que las familias se enrolaban en una fraternal competencia para ver cuál era capaz de imprimirle mayor fastuosidad al convite. Se llovían las iniciativas: automóviles para trasladar a las parejas del vals, desde sus casas hasta al la sede del festejo,  adornos florales de inédita factura, grupos musicales para tocar en vivo para los bailadores, fotos en colores... 
Tenían algo en común: ¡la colaboración de la gente del barrio! Daba gusto apreciar aquel sentido de la amistad y del compañerismo en vísperas del cumpleaños. Los vecinos asumían las más disímiles tareas, desde armar con pencas de coco el cabaret hasta buscar los panes para los bocaditos.
El momento cumbre de Los Quince era el vals. Las parejas se formaban con amigos de la homenajeada,  casi siempre bajo la dirección del popularísimo Raulito Gordillo, quien montaba su coreografía a partir de los bailes de moda, con ensayos previos en los que no faltaba el traguito ni el entremés. El día de la fiesta las parejas tenían reservado un sitio para el disfrute. Y, 24 horas después, una invitación familiar exclusiva, conocida por El Pique, el último gasto de la parentela, que incluía lechón asado y abundante cerveza y ron.
En las fiestas de Quince estaban previstos hasta los aguaceros. Los de la casa -por si acaso- tenían a mano piezas de lona para cubrir la calle en caso de que San Pedro intentara sabotearlas con un chubasquito. Vi bailar más de un vals pasada la medianoche, cuando la última nube exprimía su última gota. Ningún invitado se marchaba por no hacerle un desaire a la cumpleañera.
Como muchos caraduras sin invitación solían merodear por las proximidades del agasajo para intentar «colarse» en la fiesta y consumir a sus anchas, algunos Quince eran solo para invitados. La familia debía buscar  para esa función un portero a prueba de sobornos y lo suficientemente enérgico como para  impedirle el paso a quien careciera de credencial para acceder al área.
Además de una bien surtida cajita con kake, bocadito, ensalada fría y croqueticas, la casa ofrecía también una cerveza. Luego comenzaba en grande la «tomadera», y se brindaba  abundantemente con bebidas de la época: saoco, menta, anís, crema de vié. Todo hecho con un ron casero con el cual muchos manatienses hicimos buenas migas: la célebre «gualfarina».
La celebración de una fiesta de Quince dejaban en ruinas y exhaustas a las familias. Pero ninguna -¡ninguna!- se permitía dejar de celebrarla, aunque en ello le fuera el último centavo. ¡Cómo le iban hacer eso a la niña!

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miércoles, 23 de marzo de 2011

Cometas, trompos, bolas...

Todos los sábados y domingos, desde bien temprano, mi antiguo barrio manatiense se estremecía con un alboroto singular: los niños, con la alegría a flor de piel, tomábamos la calle prestos a enrolarnos en los más disímiles juegos. ¡Cuánto añoro aquellos años! No quiero comparar, pero creo que los muchachos de la época nos sabíamos divertir mejor. Buena parte de los juegos  de entonces apenas se conocen  en la actualdiad. Y otros ya casi ni se practican.
Uno de los pasatiempos más carismáticos eran las bolas. Tenía varias modalidades: «El Perseguido», «La Olla», «Los Huequitos»... Muchos de los bolistas eran sumamente diestros -los clásicos «fuera de  serie»-, tanto por su aguzada puntería como por su fuerza en los dedos pulgares, los encargados de impulsar las esferitas de vidrio. Durante los lances, podían impactar en el centro de un mecho rival desde cinco metros de distancia. Y hasta hacerlo añicos, como vi más de una vez.
Lo dramático de las bolas era cuando alguien -con aviesas intenciones- gritaba «¡virolla! o ¡«manigüiti!». La expresión significaba el fin de las garantías del juego. Una suerte de sálvese el que pueda. Había que lanzarse entonces al ruedo a recuperar a empellones las circunferencias plantadas y a tratar de agenciarse también las ajenas, pues eso mismo intentarían hacer los otros. No pocas veces aquello terminaba en riña tumultuaria y lesiones corporales.
Los trompos tenían también muchos simpatizantes. A nosotros nos los mandaban a hacer nuestros padres en los tornos del taller de carpintería del ingenio. Los había chiquitos, medianos y grandes. Y hasta unos gordísimos, a los que llamábamos «trompetas». Todos usaban en el centro una punta metálica, con la cual intentaban, lance tras lance, romperle la crisma a los trompos contrarios. Muchas veces presencié cómo algunos se safaban de sus pitas tejidas para estrellarse en la cabeza de un espectador desprevenido.
Y las cometas... ¡Qué decir de las cometas! En la temporada correspondiente -es decir, en cualquier época del año- el cielo se tachonaba con su presencia estilizada y multicolor. Las había variopintas: cuadradas, en forma de rectángulos, triangulares... El sitio ideal para empinarlas eran la cancha del estadio de fútbol y el área trasera del centro escolar «Orlando Canals».
En mi cuadra vivía el negro Rolando, un artista fabricando cometas. Hacía chivos, coroneles, cajones, secantes... Las empinaba allí mismo, frente a su casa, para beneplácito de los niños. Nunca logré saber de dónde sacaba tanto papel bonito ni tanta fantasía para armar sus maravillas  volantes. 
Las cometas tenían un pariente pobre, conocido entre los mataperros con el plebeyo apelativo de chiringa. Sus materiales y su diseño eran muy sencillos: un pedazo de papel periódico doblado y un carretel de hilo de coser. Entre sus «bondades» figuraban que podía empinarse en cualquier espacio, por reducido que fuera.  Y entre sus «defectos», que una leve rachita de viento era capaz de enredarla entre los cables eléctricos. Mucha gente todavía la recuerda.
Los más expertos empinadores de las cometas -los muchachos de Manatí jamás les dijimos papalotes y siempre les adjudicamos el género femenino-  practicaban regularmente una modalidad agresiva y mal vista con la cual no hice nunca buenas migas: atar cuchillas de afeitar en  las colas de sus artefactos volantes. Bastaba un  simple pase de aquellos filosos objetos sobre un tensado y vibrante hilo ajeno para que la cometa atacada se fuera al instante a bolina.
Si algo marca la infancia son los juegos de barrio. Algunos podrían recuperarse y ponerse a disposición de los niños. Ellos lo agradecerían.

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lunes, 21 de marzo de 2011

El pedraplén de Cayo Juan Claro

En el último cuarto del pasado siglo se puso en boga en Cuba la construcción de los pedraplenes para unir a la isla grande con algunos de sus cayos próximos. Se trató de algo inapazable, en virtud del auge que tomaba el turismo. La edificación de hoteles en esos sitios casi vírgenes devino tentación para fomentar allí la llamada industria sin humo. Pero para llegar hasta ellos eran imprescindibles los pedraplenes. 
Este tipo de acceso a través del mar no es un «invento» contemporáneo. La bibliografía habla de un puente construido bajo el Imperio Romano a orillas del río Tajo, en España, en el año 106, cuya estructura aún permanece en pie. En su honor, la Fundación San Benito de Alcántara otorga cada dos años el Premio Puente de Alcántara a obras con categoría y relevancia. Cuba se hizo acreedora de esta distinción en el 2002 con el terraplén de 48 kilómetros, construido un año antes, que une a Caibarién con Cayo Santa María, en el norte villaclareño donde Ernest Hemingway salía a cazar submarinos nazis en su yate El Pilar durante la Segunda Guerra Mundial. 
Sin embargo, poco se conoce en Cuba acerca de la primera obra de ese tipo construida en sus predios, y que no se ejecutó, precisamente, con fines turísticos. Se trata del pedraplén que une al poblado de Delicias con el Cayo Juan Claro ─denominado también Puerto Carúpano─, ambos en el norteño municipio de Puerto Padre. La intención fue habilitar en el cayo un puerto que permitiera el atraque de embarcaciones de gran calado. Por la naturaleza de su concepción, este terraplén figura en la relación de las siete maravillas de la ingeniería civil de todos los tiempos en la provincia de Las Tunas. 
El pedraplén puertopadrense comenzó a construirse en 1910, a instancias del grupo Chaparra Sugar Company, y tenía por finalidad unir por una vía ferroviaria ambas orillas para embarcar por  los espigones  del Cayo el azúcar producida por los centrales Delicias y Chaparra, nombrados luego, ya en la etapa revolucionaria, Antonio Guiteras y Jesús Menéndez, respectivamente. 
Junto con las paralelas ferroviarias se desplegaron también postes para tendidos eléctricos y telefónicos, y se construyeron enormes almacenes, el mayor de ellos llamado popularmente «El Capitolio». Los depósitos de miel eran igualmente descomunales, con facilidades de bombeo hacia los buques cisternas. Hay que precisar que, hasta entonces, las únicas vías de acceso desde Puerto Padre hasta la ínsula las garantizaban dos pequeñas empresas, cuyos dueños se nombraban Juan Mora y Enrique Roque.
El segundo momento de la importante obra de ingeniería civil arrancó en 1960. Para entonces el objetivo  fundamental fue ejecutar una carretera de 6,5 metros de ancho, paralela a la vía férrea tendida anteriormente. Esta ampliación se realizó con el concurso voluntario de cientos de pobladores de Delicias y del propio Cayo. Constituyó un sonado éxito en todos los sentidos. 
Publicaciones de la época certifican que en la primera etapa constructiva del pedraplén se emplearon piedras de diferentes dimensiones, que eran arrojadas al agua y colocadas sobre trípodes de madera dura clavados en el lecho marino. Esas piedras eran transportadas en trenes, que entraban de retroceso a la vía. Por encima de la plataforma conseguida y nivelada con ese método se colocaron luego los raíles ferroviarios fundacionales. 
En la segunda etapa se simplificaron la mayoría de las tareas difíciles. A diferencia del empirismo inicial, los técnicos que la dirigieron poseían ya elevada calificación técnica. Se emplearon los mismos materiales estructurales y se transportaron no solo por la vía ferroviaria, sino también en camiones, carretones, parihuelas y en cuanto medio encontró la gente del cayo Juan Claro. Estudios de la Academia de Ciencias  de Cuba certifican que el diseño del pedraplén no ha afectado en nada el ecosistema de la zona. 
El pedraplén Delicias-Cayo Juan Claro tiene una longitud de mil 600 metros y se conserva en buen estado. La economía tunera le debe mucho, pues comunica esta parte de la isla grande con Puerto Carúpano, una de las terminales de azúcar a granel más importantes y eficientes del país. 

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sábado, 19 de marzo de 2011

Entre verticales y horizontales

Los crucigramas son, quizás, los entretenimientos editoriales más carismáticos y difundidos de la contemporaneidad. Su presencia no solo es recurrente en revistas y periódicos, sino que hasta existen libros dedicados por entero al tema.
Tal y como los conocemos hoy, los primeros vieron la luz en diciembre de 1913, en el suplemento dominical del diario New York World. Tuvieron tanto éxito que la dirección del rotativo optó por convertirlos en sección fija.
En Manatí radicó durante más de 70 años un hombre  que devino referente en el tema: Enrique Cantera Alberdi. Allá por la década de los 80 del siglo pasado, este hispano nacido en Santander rubricaba la autoría de muchos de los crucigramas aparecidos en la prensa nacional.
Tuve la satisfacción de ser su amigo y de conversar muchísimo con él. sobre lo humano y lo divino Un día le propuse hacerle una entrevista acerca de su hobby para que «develara» algunos de sus secretos. Cantera accedió a desgranar su historia crucigramera entre verticales y horizontales.
-Cuénteme, ¿cómo llegó al mundo de los crucigramas?
-Siempre me gustaron los crucigramas. Antes de 1959, perseguía los de la revista Carteles, que eran dificilísimos, y no descansaba hasta resolverlos. Sobre lo que me preguntas, sucedió a mediados de 1980, cuando me atreví a enviar algunos a la revista Bohemia, que cuando aquello era semanal, con más páginas y de mayor tamaño. Un par de meses después, tuve la sorpresa de ver uno publicado, gracias a la confianza depositada en mí por el humorista y amigo Ramón Guerra –conocido popularmente por Mongo P.- quien por entonces atendía en la revista la sección En Pocas Palabras.
«Me motivó la intención de no estar ocioso y de darle actividad a mis neuronas. Te advierto que soy una persona de formación autodidacta y presumo de haber leído mucho durante toda mi vida. Eso me facilitó  la tarea. Y como los desafíos intelectuales me gustan, cierta mañana me senté a la mesa, tomé lápiz, papel y regla, hice una cuadrícula de 15 por 15 sobre una cuartilla, llamé a filas a mi viejo diccionario Larousse Ilustrado, comencé a llenar casillas con palabras diversas y, luego de un montón de horas de tropiezos y aciertos... ¡nació mi primer crucigrama! Así fue el debut.
«A partir de ahí sistematicé mi colaboración con Bohemia, que se extendió por casi 10 años. Todos los meses me publicaban dos y hasta tres crucigramas. Pero mi producción desbordaba la demanda, y entonces les propuse algunos a Verde Olivo, a Opina y a Logros, tres publicaciones de la época, ¡Y me los publicaron! En total soy autor de casi 800 crucigramas. Muchos todavía se encuentran inéditos en sus álbumes originales».
-¿Se proponía algún objetivo específico al concebirlos?
-Jajajajajaja... En algunos de ellos mi propósito era crear dificultades, hacer rabiar al solucionista, enredarlo en mis laberintos de casillas bloqueadas, confundirlo con paronimias diversas, en fin... Deliberadamente le complicaba la perspectiva semántica en la cuadrícula para obligarlo después a consultar un diccionario especializado en busca de un sinónimo, un antónimo o una definición cualquiera que, de no ser así, se hubiera negado de plano a revelarle su significado. Siempre me gustó fastidiar en eso, jajajajaja...
«Pero en otros crucigramas salía en busca del divertimento intelectual, del regodeo idiomático... Algunos de ellos, incluso, podían hasta reflejar mi estado de ánimo en el momento de elaborarlos. De eso pueden dar fe quienes me conocieron y compartieron conmigo aquellos excelentes ejercicios de creación y de esfuerzo mental donde tanto me divertí y aprendí.
«Desde luego, no existen dos crucigramas idénticos. ¡Ni siquiera parecidos! Eso sí, cada uno lleva implícito el sello de su autor, razón por la cual los solucionistas habituales suelen identificarlos al primer golpe de vista. Eso ocurría siempre con los míos, aunque no llevaran mi crédito a pie de página».
-¿Existe alguna técnica especial para estructurar un buen crucigrama?
-La técnica siempre es personal y se aprende sobre la marcha, con muchas horas de paciencia y de persistencia sobre los diccionarios. Se comienza por el modelo de papel cuadriculado con un número determinado de casillas intencionalmente sombreadas, no solo para hacer compleja la posible solución del crucigrama, sino también para dotarlo de un diseño atractivo y ligero, con simetría incluida.
«Acto seguido, se procede a distribuir poco a poco las palabras dentro del cuadro, de manera que las posiciones que ocupen en el papel –horizontales o verticales- no alteren en nada sus respectivos significados como consecuencia del necesario entrecruzamiento. En tales circunstancias, cada casilla vencida le trae nuevos obstáculos al creador, porque se trata de una verdadera tormenta de vocablos aceptados o rechazados, ya por su extensión, ya por su definición. Así es como se llega a la última letra y se le pone punto final a la aventura. Créeme, uno termina con la mente ardiendo.
«En mi caso, siempre procuré evitar, por ejemplo, la ubicación de palabras invertidas, aunque en ocasiones no me quedaba otro remedio que ponerlas. Tampoco solía apelar a siglas inventadas ni a neologismos forzados, aunque sí incluía nombres de países, personalidades, montañas, ciudades, ríos... Algunos eran extrañísimos y apenas conocidos, y eso hacía rabiar a la gente. Es que a mí siempre me ha parecido que lo fácil no enseña tanto como lo difícil. Si usted consigna para una horizontal: 1- Blanco y ovalado, que lo ponen las gallinas, enseguida le escribirán: huevo. Sin embargo, establezca para una vertical: 24- Nombre del padre de Cristóbal Colón, y verá cómo se suda la gota gorda para saber que se llamaba Doménico. Un crucigrama es también una enciclopedia breve, una antología de cultura general en pequeño formato».
-¿Sabía que muchos lectores nunca los completaban con éxito?
-Sí, cómo no, estaba enterado de eso. ¡Y lo disfrutaba de lo lindo! Realmente, cuando terminaba de crear un crucigrama casi siempre tenía la certeza de que alguien no lo podría luego resolver hasta el final, ya fuera por ignorancia o por inexperiencia. Eso provocó más de una catarsis en mi contra a través del correo postal, con gruesos calificativos dirigidos a mi árbol genealógico. Pero nunca me reconocí culpable. Más bien me divertía con esas reacciones.
«Claro, otro grupo más hábil y preparado intelectualmente sí conseguía terminarlos, y también me lo hacía saber epistolarmente, entre triunfante y burlón. Se trataba de personas que preferían «vivir» mis crucigramas con sus incógnitas llenas de situaciones para pensar, discurrir y apelar al Larousse en busca de ayuda. Esos nunca aguardaban por la Bohemia siguiente para comprobar sus aciertos. Se exprimían las neuronas hasta sacarles el jugo en una suerte de masoquismo intelectual. Pero finalmente vencían».
-¿Llegó a tener preferencias por alguno de sus crucigramas?
-Te confieso que sí. Eso siempre ocurre en el campo de la creación. En cierta oportunidad concebir uno de ellos me resultó tan extremadamente difícil y complicado que la obsesión por terminarlo casi me quitó el sueño durante una semana. Tal vez por eso se convirtió luego en mi favorito. Todavía hoy, después de tanto tiempo transcurrido, lo desempolvo alguna que otra vez de su álbum y le paso revista a sus casillas bloqueadas y rellenadas con nombres inauditos y acepciones fuera de uso extraídos de mi vetusto, gastado, exhausto y siempre fiel diccionario Larousse.
«Otra de mis producciones que recuerdo siempre con infinito agrado es la que contiene en su estructura cuadriculada los nombres de las 14 provincias cubanas y del municipio especial de la Isla de la Juventud, combinados con términos de uso popular. Lo significativo de ese crucigrama es que lo diseñé con solo 37 casillas bloqueadas. Mi experiencia me dice que es imposible hacerlo con menos. Si alguien opina lo contrario y quiere probar, pues, arriba..., ¡manos a la obra!»
-¿Alguna anécdota personal relacionada con los crucigramas?
-Una no..., ¡varias! Mira, una vez recibí una carta simpatiquísima procedente del municipio de Ranchuelo, en la zona central de Cuba. Pues bien, en ella el remitente me adjuntaba unas cuartetas muy divertidas acerca de mi costumbre de incluir sinónimos rebuscados en los crucigramas. Los versos me hicieron reír, porque eran ingeniosos y estaban hechos por un cubano auténtico. Decían así: «Cantera, vete a la porra / te digo en esta cuarteta / ¿quién rayos en el planeta / sabe que api es mazamorra? / Hasta el diccionario fui, / de otra forma no podía / saber que la Ley Judía / era tora, y lo aprendí. / Ninguno de por acá / sabe que allá en Filipinas / además de criar gallinas / se produce el abacá. / Expresión de cortesía / quiere decir rendibú. / Me parece que ni tú / ni nadie allá lo sabía. / No sigo porque es humano / no hacer tan larga la lista. / Pero hay que ser un artista / para batearte, mi hermano. / Yo trabajo sin apuro / y así siempre te bateo. / Pero en mi opinión yo creo / que estás pitcheando muy duro».
-¿Qué le proporcionó a su vida el mundo de los crucigramas?
-Mucho. Muchísimo, diría yo. Me posibilitó probarme intelectualmente ante el desafío de las casillas en blanco, incrementó mi cultura general y me granjeó tremenda popularidad tanto positiva como negativa. Sí, porque tuve apologistas, pero también detractores. Además, una vida vertical para exhibirla cuando la horizontalidad me reclame. ¿No le parece que es bastante?

NOTA: Enrique Cantera falleció el 22 de agosto de 2006, a los 98 años de edad.

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