sábado, 28 de mayo de 2011

Querido Manatí...

Sobre el origen del nombre de nuestro pueblo, Manatí, existen diversas opiniones. Como suele ocurrir en estos casos, los investigadores se basan en realidades probadas e irrefutables, y otras veces echan mano a sus sentimientos más íntimos para darle curso a lo que ellos quisieran que fuera, aunque la praxis no lo haya confirmado.
Desde que tengo uso de razón escucho decir que el toponímico Manatí tiene que ver con un mamífero de agua dulce prácticamente extinguido en el territorio nacional, cuya presencia, según se cuenta, era muy abundante en tiempos pasados en la desembocadura de los ríos de nuestra comarca. A mí, en lo personal, me agrada esta explicación, tal vez porque aprecio en ella una lógica de la cual carecen otras teorías tal vez no tan convincentes.
Otra explicación sobre la procedencia del nombre la dan los etnógrafos. Ellos dicen que la voz Manatí está formada por los términos mana –que quiere decir Luna- y ti –cuyo significado es tierra de aguas y ríos-, y descartan que esté inspirada en la teoría del mamífero fluvial porque, dicen, “los indios de Las Antillas no solían proceder así, sino que tomaban de los accidentes del terreno, de los astros celestes o de las plantas circundantes los nombres y las denominaciones de sus asentamientos poblacionales”.
Pero lo del nombre desbordó la época aborigen para tirar anclas en la contemporaneidad. Se lo digo porque, si bien nuestro ingenio se llamó Manatí desde su inauguración en 1913 hasta el año 1960, luego tendría otras dos denominaciones diferentes, una temporal y otra definitiva. En efecto, el 8 de agosto de 1960, al efectuarse su nacionalización, se le propuso provisionalmente llamarse América Libre, tal y como se llama hoy un ingenio de la provincia de Santiago de Cuba. No fue hasta el 17 de febrero de 1961 en que a otrora fábrica manatiense de azúcar pasó a llamarse Argelia Libre, en solidaridad con el país africano, cuyo pueblo luchaba por entonces contra el colonialismo francés.
De manera que lo del nombre de nuestra patria chica tiene de todo: polémica sobre su surgimiento y prolijidad de bautizos.

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jueves, 5 de mayo de 2011

Puerto Padre y el Día de las Madres

Cualquier fecha del almanaque se pinta de maravillas para ofrendarles cariño a las madres. Halagos en enero, flores en noviembre, besos en abril, ternura en agosto, sonrisas en julio… ¿Qué más da minuto, día, semana, mes o año? Sin embargo, en muchos países se ha escogido el segundo domingo de mayo para potenciar en los corazones ese amor sublime por quienes, al decir de un poeta, «son las únicas personas en el mundo que siempre están disponibles».
Las referencias más distantes de esa festividad datan del año 250 AdC, cuando en la antigua Grecia consagraban una jornada de la primavera a honrar a la diosa Gea, esposa de Cronos y madre de Júpiter, Neptuno y Plutón. Después los romanos escogieron tres días del mes de marzo para celebrar un homenaje similar lleno de ofrecimientos a Cybele, diosa de la naturaleza y la fecundación.
Mucho tiempo antes de la llegada de los conquistadores al Nuevo Mundo, las civilizaciones autóctonas rendían su tributo a la maternidad por intermedio de la diosa Coyolxauhqui, madre de Huitzilopochtli, el guerrero emblemático de los aztecas. Como prueba de su adoración, le improvisaban fastuosas liturgias donde abundaban las ofrendas de oro y plata con marcadas alegorías a la luna.
Los celtas cuentan con una bonita historia de agasajos a las progenitoras. Ellos dedicaban un día a la diosa Brígida para gratificarle la primera leche ordeñada en la temporada. Los ingleses del siglo XVII, por su parte, asistían a las parroquias para venerar a la virgen María, madre de Jesús. La tradición se combinó con la de obsequiarles algo a las madres. Los criados que vivían lejos de sus casas eran autorizados con la paga para ir a visitarlas en el cuarto domingo de cuaresma, y todos juntos compartían un pastel.
IRRUMPE EL DÍA DE LAS MADRES
La primera persona en proponer «en serio» la instauración de un día para las madres fue la poetisa norteamericana Julia Ward Howe, autora del llamado Himno de Batalla de la República. «Son ellas las que más sufren la pérdida de sus hijos en las guerras. Debemos apoyarlas y convertirlas en abanderadas por la paz», dijo en el documento de solicitud, fechado en el año 1872 en su natal Massachussets.
Su idea no llegó a cristalizar, pero devino antesala para que una paisana suya, Anna Jarvis, afligida por la muerte de la autora de sus días, diera inicio en 1907 a una campaña nacional por correspondencia para que se declarase una fecha en homenaje a las madres. Persistió tanto en su proyecto que obtuvo el apoyo de muchas personas, entre ellas influyentes ministros, congresistas y empresarios.
El primer Día de las Madres reconocido oficialmente se celebró en la iglesia episcopal de Grafton, Virginia Occidental, el 10 de mayo de 1908, segundo domingo del mes y aniversario de la muerte de la mamá de Anna Jarvis. Como las flores preferidas de la difunta habían sido siempre los claveles, desde entonces se utilizan los rojos para honrar a las madres vivas y los blancos para las fallecidas.
La iniciativa tuvo una acogida tal que en 1910 había prendido en todos los territorios de la Unión. ¡Hasta el Congreso debatió un proyecto de Ley para otorgarle carácter oficial! En 1914, el Presidente Woodrow Wilson firmó el decreto y proclamó el segundo domingo de Mayo como Día de las Madres en los Estados Unidos. Se había creado ya la Asociación del Día Internacional de las Madres, con el fin de extender la festividad a otras naciones. 
SU CELEBRACIÓN EN CUBA
Casi todas las referencias bibliográficas que existen sobre la introducción del Día de las Madres en Cuba, coinciden en señalar a Santiago de las Vegas como la primera localidad donde se festejó la fecha. También identifican a Víctor Muñoz, un conocido periodista de la época, como a su gran promotor, a partir de una crónica suya titulada Mi clavel blanco, que vio la luz en el periódico El Mundo el domingo 9 de mayo de 1920, donde decía: «El día de hoy es el segundo domingo de mayo, que los americanos consagran como el Día de las Madres, y que muchos cubanos quieren destinar al mismo objeto».
Los investigadores aseguran que el mismo día el teatro del Centro de Instrucción y Recreo de Santiago de las Vegas se colmó de público. La convocatoria pretendía homenajear a las madres, y partió de un grupo de intelectuales, cuyos miembros, alentados por Francisco Montoto, patrocinaron un programa donde se recitaron los versos de José Martí a su progenitora y el poema A mi madre, de Diego Vicente Tejera.
Se dice que fue esa la primera celebración pública del Día de las Madres en Cuba. El 22 de abril de 1921, siendo Muñoz concejal del Ayuntamiento capitalino, propuso y logró instituir en toda La Habana ese agasajo. En el año 1928, a propuesta del senador Pastor del Río, la Cámara de Representantes le dio carácter de Ley Nacional, y así el segundo domingo de mayo se oficializó como Día de las Madres. 
PRIMERO FUE EN LA VILLA AZUL
Hay pruebas muy sólidas de que Puerto Padre, en la provincia de Las Tunas, fue la primera localidad cubana en instaurar el Día de las Madres, hecho ocurrido el martes 6 de abril de 1920, es decir, poco más de un mes antes de que Santiago de las Vegas organizara en el teatro de su Centro de Instrucción y Recreo el homenaje citado. Para confirmarlo documentalmente, Sábado, un periódico editado a la sazón en la también llamada Villa Azul, publicó el 19 de abril del año 1952 la siguiente nota:
«El Día de las Madres, tan emocionalmente celebrado siempre en Cuba por iniciativa del laureado periodista Víctor Muñoz, se celebró por primera vez en Cuba en la ciudad de Puerto Padre, por feliz idea del maestro masón Dr. Eduardo Queral Mayo. Con eso no queremos quitarle gloria a quien tiene todo nuestro respeto, pero sería bueno que todo se aclarara (…) Según consta en las actas de la Logia Los Perseverantes, hay un acuerdo que vamos a copiar con certificación del Secretario de aquella venerable Logia y que dice así:
«Atendiendo que es un deber de todo Masón reverenciar a los padres y ayudar al mejoramiento moral e intelectual de la Humanidad, los abajo firmantes proponen:
«QUE sea celebrado el primer domingo de Mayo (el Día de las Madres NdA) en cualquier manera que tienda a demostrar el cariño y el agradecimiento a que es deudor todo hijo.
«Asimismo, proponen que sea designado el primer domingo de Junio a igual fin con relación a los padres.
«(Fdo) Dr. Eduardo Queral Mayo, Enrique Pérez e Ismael Piedra (Aprobado en el Taller, 6 de abril de 1920)»

Como se aprecia, no solo se trata de que Puerto Padre fue el pionero en instituir en Cuba el homenaje a las madres, el 6 de abril de 1920. ¡También fue el primero en celebrarlo en toda la isla! Eso ocurrió el 2 de mayo de 1920, primer domingo de ese mes, es decir, una semana antes del festejo en Santiago de las Vegas. Lo corrobora un editorial publicado en el propio semanario Sábado, con fecha 10 de mayo de 1958, y dirigido al periodista Guillermo Gener, quien escribía por entonces en el rotativo habanero Prensa Libre. Dice:
«Nos hacemos eco en la primera plana de una verdad que no admite en manera alguna polémica de ningún tipo. Guillermo Gener, un periodista que tanto nos agrada leer por su forma llana y sencilla de expresarse, en el colega Prensa Libre, quiere hacer justicia a un grupo de poetas, literatos y periodistas de Santiago de las Vegas y nos habla por tanto de la gloria de haberse instituido en aquella ciudad por primera vez en Cuba en 1920, El Día de las Madres.«Nos da datos, nos refiere asuntos, nos busca documentos. Es decir, que prácticamente nos lleva al convencimiento de que en Santiago de las Vegas se celebró por primera vez ese gran día en nuestra nación. Pero hay un error, sencillamente porque Guillermo Gener no leyó nuestra edición del 19 de abril de 1952, donde publicamos documentos auténticos acreditativos de que en Puerto Padre se celebró el Día de las Madres el Primer Domingo de Mayo de 1920. En Santiago de las Vegas tuvo efecto el Segundo Domingo de Mayo de 1920, es decir, una semana después que en Puerto Padre.
«A nosotros nos luce, por referencias que tenemos de nuestro buen amigo, el profesor Demetrio Rivero Simón, natural de Santiago de las Vegas, que Guillermo Gener es de aquella simpática ciudad. Bien hace entonces Gener en defender su suelo natal, si es que esto es verdad; pero mucho mejor haría Gener, si salvando localismos, se hiciera eco de esta verdad que seguramente él desconocía, y le diera a Puerto Padre la gloria que bien merece».

Un año después de celebrado en Puerto Padre el Día de las Madres, La Habana celebró el suyo con gran esplendor. Por entonces ya residía en la capital el Dr. Eduardo Queral Mayo, quien cursó un telegrama a sus hermanos de la logia Los Perseverantes en los siguientes términos:
Plaza Habana, Mayo 8 de 1921, las 1.20 pm.
Rafael Nadal
Puerto Padre
Celébrase éxito fiestas de las Madres al igual que establecidas por mí hace un año primero en Cuba.
(fdo.) Dr. Queral

¿Se necesitan más pruebas de que, efectivamente, primero fue en Puerto Padre?

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martes, 26 de abril de 2011

El río Venero

La madre naturaleza fue avara con Manatí cuando  repartió corrientes fluviales. Las pocas que tuvo a bien concederle son tan humildes que apenas rebasan la categoría de riachuelos. Ahí está el arroyito de Corpas, seco durante casi todo el año. O el  río Guanábano, también exprimido, en cuyas sucias riberas se le ocurrió a alguien una vez instalar una base de campismo. 
Es cierto que contamos con un par de corrientes de agua dulce de mayores dimensiones, como son el río La Gallina y el río Gramal. Pero ambas están bastante alejadas del perímetro del municipio. Es decir, lo suficientemente distantes como para que nadie en la localidad se interese demasiado por ellas. No ocurre, igual, sin embargo, con nuestro entrañable río Venero. 
Nadie sabe por qué y desde cuándo se le llama así a esta suerte de estero que va a verter sus turbias aguas  en la bahía de Manatí, aunque, según el Diccionario de la Real Academia Española, venero significa «manantial». El caso es que uno relaciona la palabra manantial con líquido puro y cristalino. Y las aguas del Venero no clasifican en esa prístina categoría. 
Durante muchos años, este río recibió con paciente y pasiva resignación cuanta materia contaminante generó el ya desaparecido central azucarero «Argerlia Libre». Tanta que en cuestión de unos pocos años desapareció de sus predios la fauna característica. Jamás se ha vuelto a pescar allí una trucha o una biajaca. ¿Cómo vivir en semejante contaminación? 
Recuerdo cuánto interés me causaba este río cada vez que pasaba por su decrépito puente de madera rumbo a la playa de Sabana. Lo miraba siempre con cierta tristeza, como si  me inspirara compasión por su estado y soledad. Es que siempre he asociado a los ríos con los bañistas. Y en el caso del Venero, ¿a quién se le hubiera ocurrido darse una zambullida allí? 
El río Venero continúa en el mismo lugar de siempre, tucio, triste y melancólico, con su puente metálico igualmente desvencijado sobre su cauce. Su soledad se acrecentó, porque ya son contados los que transitan por allí rumbo a la playa o al colindante poblado de Sabana. 
Sí, nuestro río por antonomasia mereció mejor suerte, ¿verdad?

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jueves, 21 de abril de 2011

Palestina en el corazón

Corría el año 1927 cuando a Abder Rahman Mahmus Shehadek alguien le hizo en su natal Palestina -a la sazón ocupada por los colonialistas ingleses- la siguiente propuesta: «¡vámonos para América!».Trotamundo por naturaleza y bohemio por vocación, la idea de un viaje tan sugerente y atractivo no le resultó extravagante.
Semanas después, en compañía de un grupo de compatriotas, se hizo a la mar desde un punto del litoral mediterráneo. Luego de  difíciles jornadas de navegación su barco lanzó escalerillas sobre un muelle habanero. Había llegado a Cuba, nación que, sin imaginarlo todavía el joven árabe, iba a convertirse en su patria adoptiva.
Pero Abder Rahman Mahmus Shehadek era una retahíla de nombres y apellidos demasiado complicada para la pronunciación de un hispanohablante. Así que, a poco de poner los pies sobre la Perla del Caribe, Abder permutó para el castizo Alberto. Y Shehadek pasó a ser, simplemente, Chejada. Eso explica cómo este palestino venido al mundo en la cisjordana Beil-Nuba, que había paseado sus ínfulas cosmopolitas por Turquía, Egipto, Marruecos, Inglaterra, Francia y Venezuela, se convirtió en Alberto Chejada.
«A La Habana llegué de 22 años de edad –recuerda con cierta dificultad en su domicilio de Las Tunas el hijo del Levante, ahora con 95 almanaques sobre la espalda-. Una ciudad muy bonita y llena de gente. Desde que pisé tierra comencé a moverme por la zona de los grandes almacenes del puerto, pues lo mío fue siempre el comercio y esas cosas. Luego me fui para San Juan y Martínez, en Pinar del Río. Allá me casé y tuve hijos. Me mantuve 20 años por aquella zona, hasta 1947. Pero el palestino es como es. Y cierto día...»
Empacó el equipaje y regresó a Palestina. Según él, «con el propósito de quedarse». Pero su hijo Alberto asegura que, realmente, no estuvo mucho tiempo por allá. «Tal vez fueron unos cuatro o cinco años», dice. Le había picado el bichito del trópico. Se había enamorado de su canícula. Así que no anduvo por las ramas cuando decidió retornar a América.
En un inicio, se estableció en sudamérica, en la morocha Venezuela, donde intentó montar un negocio particular. Pero -¡ay!-, las autoridades migratorias de por allá le negaron la residencia. Optó por volver a la hospitalaria y multiétnica Cuba. Y entonces otra vez se sucedieron los almacenes, el comercio, los recorridos... En 1954 llegó a Victoria de Las Tunas.
«Aquí en Tunas conocí a mi actual esposa –rememora en un arranque de lucidez y todavía arrastrando el rrrrr de los árabes-. Luego de un tiempo de noviazgo, nos casamos. Tuvimos a Fátima y a Alberto, nuestros dos hijos. ¿Lo de Fátima? Es por una virgen que se llama así allá en Palestina. Por cierto, ese tapiz que usted ve ahí en la pared lo traje de mi país. Retrata el nacimiento del niño Jesús. También conservo este turbante blanco que me he puesto para complacerlo a usted. Son recuerdos de la patria, ¿sabe?»
Queda sumido en el silencio. Se sumerge en el mar de sus reflexiones hasta quién sabe qué profundidades. Está absorto, como ensimismado en alguna visión de su heroico pueblo, al que nunca ha olvidado.
Su hijo Alberto hace algunas precisiones: «A lo mejor ahora mismo tiene la mente puesta en Palestina –conjetura-. Papi siempre la tiene presente. Durante muchos años se ha mantenido actualizado de lo que sucede en su tierra . Tanto que, hasta hace poco, no se perdía un noticiero de la onda corta sobre temas del Medio Oriente.Siempre estaba pegado al radio».
Y su hija Fátima: «Sufrió muchísimo la Guerra del Golfo Pérsico y el ensañamiento contra Irak –apunta-. Ah, y su ídolo es el líder de la OLP Yasser Arafat. ¡Siempre lo está mencionando! Desde pequeña fui testigo de su devoción por la causa palestina. Los musulmanes son muy fieles.»
«Sí, yo soy musulmán –confirma enérgicamente el viejo Chejada al tiempo que emerge de sus cavilaciones-. ¡Musulmán de toda la vida! Y mi enemigo es Israel, que nos ha quitado gran parte de nuestro territorio. Pero a los israelíes les vamos a ganar la guerra. ¡Se la vamos a ganar! Los palestinos somos bravos y lucharemos hasta tener nuestra propia patria.»
Durante la jornada conversamos sobre variados temas. Por ejemplo, de su insistencia en conservar sus tradiciones, tales como la de comer quippi -una mezcla de carne de carnero con trigo- y la de consumir muchos vegetales. Hablamos, además, de las visitas que le hacen algunos de los palestinos que pasan por Las Tunas, de cómo crió a sus hijos, de la añoranza por la patria...
«Papi se jubiló a los 80 años –interviene de nuevo su hijo Alberto, mientras distribuye tacitas con café-. Fue dependiente en las tiendas de aquí de la ciudad. Nunca dejó de laborar con el Estado. Le dieron la medalla Fernando Chenard por más de 25 años en el sector del Comercio. Es una persona muy seria y un excelente padre de familia. Le faltan cinco años para llegar a la centena, pero se mantiene físicamente bien. Claro, la mente no es la de antes.»
Desde que abandona el lecho hasta que se retira a descansar, el viejo Chejada maldice y oprobia a los israelíes «que quieren dejarnos sin patria.» Es su Intifada personal contra los agresores de su pueblo.

Nota: Esta entrevista fue realizada el miércoles 6 de junio del año 2001. Dos días después, Alberto Chejada murió como consecuencia de un ataque cardíaco. Sirva este trabajo para rendirle homenaje a todos los que, como él, le han hecho aportes a la nacionalidad cubana a pesar de haber nacido en otras tierras.

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sábado, 16 de abril de 2011

Novelitas vaqueras

Uno de los motivos por los que me siento orgulloso de pertenecer a mi generación manatiense es por el hábito de lectura que adquirimos desde pequeños buena parte de sus miembros. ¡Qué manera de leer! Lo hacíamos con una voracidad desenfrenada, como si en ello nos fuera la vida. Y a toda hora y en cualquier sitio. Que me desmientan Corpas, César y Bernal, si es que consiguen hacerlo. 
Por entonces, las bibliotecas escolares contaban con títulos acordes a nuestra edad de estudiantes de la enseñanza primaria: Simbad el Marino, Leyendas Mexicanas, Corazón, Tom Sawyer, Moby Dick, Colmillo Blanco, El llamado de la selva... Ya en la secundaria básica descubrimos a Julio Verne, Oliverio Twist, Alejandro Dumas, Agatha Crhistie, Edarg Allan Poe y Emilio Salgari, por solo citar algunos. 
No pretendo consignar la relación completa de nuestros favoritismos literarios de la época, en la que debo incluir a Emile Zola, Honoré de Balzac, Víctor Hugo, Frank Kafka, Albert Camus y Fiodor Dostoiewsky. También a García Márquez, Vargas Llosa, Pérez Galdós, Horacio Quiroga, Guy de Maupassant, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Isabel Allende y Mario Benedetti.
Esta vez solo quiero referirme a un tipo singular de lectura, muy popular en aquellos tiempos de pantalones cortos y pelado «a la malanguita»: las novelitas vaqueras. Eran, sí, seudo literatura. Pero nadie me negará que entretenían bastante y que pocos chicos de nuestras edades con inquietudes lectivas se sustraían a la tentación de zambullirse entre sus hojas con olor a pólvora. 
Se trataba de unos volúmenes tan pequeños que cabían en un bolsillo del pantalón.  Tenían portadas a todo color y sus tramas se desarrollaban en el lejano oeste norteamericano. Sus protagonistas solían ser tipos duros, que, por defender a los pobres y a los indios, desafiaban con balaceras de colt y de winchester al sheriff de pueblo y a los dueños de los ranchos. 
En Manatí las novelitas vaqueras usadas circulaban por centenares. Las traía en un gran baúl desde Victoria de Las Tunas un trabajador que llegaba cada año al batey para hacer la zafra azucarera.  Este hombre tenía un cuarto en un barracón, y hasta allá íbamos por las tardes los muchachos para alquilarles un par al precio de 20 centavos per cápita. Luego las intercambiábamos. Así  leíamos más con menos. Antes, las firmábamos en una de sus páginas, para evitar que tiempo después nos las propusiera como «nuevas».
Las novelitas vaqueras las escribían autores de diferentes nacionalidades. entre ellos mexicanos, colombianos, venezolanos y españoles. Los más productivos y carismáticos  de todos eran Marcial Lafuente Estefanía, Silver Kane y Keith Luger. Algunos tenían más vuelo literario que otros. Pero todos, sin excepción, hilvanaban sus argumentos de manera muy similar.
Mi buen padre era enemigo jurado de aquellas «obritas» simplonas, que siempre tenían el mismo final, donde el bueno, inexorablemente, le ganaba la partida al malo, lo mismo en la calle que en el saloom. «Eso no enseña nada, lee otra cosa mejor», me decía. Pero, como los hijos se parecen más a su época que a sus padres, yo no le hacía el menor caso. Entonces él, comprensivo, me alquilaba varias y le decía a mi madre que me las entregara.
Coincido en que las novelitas vaqueras aportaban poco desde el punto de vista cultural. ¡Pero cuánto incendiaron nuestra fantasía de adolescentes!

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jueves, 7 de abril de 2011

Matrimonios de urgencia

Si la juventud de hoy supiera cómo eran el noviazgo y el matrimonio  hace  unas décadas atrás... ¡Se morirían de la risa! No me refiero a los tiempos en que las parejas noviaban cachazudamente durante 10 ó más años –tuve unos tíos que lo hicieron por 17 y, en el ínterin, rompieron dos butacas-, sino de hace relativamente poco tiempo.
Tener novia no era a la sazón miel sobre hojuelas. Lo primero, obviamente, era encontrar a la muchacha deseada y luego buscar la oportunidad ideal para enamorarla.  Y, por cierto, la declaración de amor era eminentemente verbal, no visual, como ahora, cuando un par de miradas cruzadas bastan  para comenzar una relación de un par de horas o de toda la vida.
Lo más difícil venía luego de la conquista: mantener el noviazgo... a pesar de los pesares. Porque los padres de la época eran muy celosos y desconfiados. Por esas razones,  les daban a sus hijas escaso permiso para salir los sábados y los domingos. «A las 10 de la noche te quiero de regreso en la casa», les decían, conminatorios, en caso de que las autorizaran a ir a una fiestecita. ¿Y así quién tiene tiempo para romantiquear e intercambiar unos besos?
Era la etapa en que en las escuelas se prohibían las relaciones amorosas. ¡Pobre de quienes fueran sorprendidos con las manos tomadas! Muchas parejas de novios, desesperadas por tanto contratiempo para verse  a escondidas, decidían entonces dejárselas en la uña a los padres y fugarse juntos para cualquier parte. Luego, consumado el hecho y el escándalo, regresaban «cabizbajos» para que los progenitores de ambos, a regañadientes,  los perdonaran  y  les autorizaran la convivencia en una u otra casa. A eso se le llamaba cuando aquello «llevarse a la novia».
Infinidad de jóvenes de mi generación no pasaron jamás ante un notario para rubricar sobre el inmaculado blanco de un acta matrimonial su compromiso de amarse «hasta que la muerte nos separe».  Sencillamente, escaparon juntos a casa de un amigo o pariente cómplices, vivieron intensamente su Luna de Miel  y., después de tanta agua pasada, ... ¡continúan siendo felices!
Ahora que hay tanta libertad –¿libertinaje?- en las relaciones amorosas, cuando las parejas adolescentes andan solas a cualquier hora del día y de la noche, cuando se comienza el amor carnal a edades tempranas, cuando los padres apenas son consultados en los compromisos, cuando los cambios de parejas sobrevienen a velocidad de vértigo, recuerdo aquellos tiempos en que se pusieron de moda los matrimonios de urgencia.

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viernes, 1 de abril de 2011

Razones de algunos nombres

La ciudad de Las Tunas cuenta (o contó en alguna época) con  unidades de servicios y establecimientos  de diversa índole cuyas denominaciones tal vez pueden aún resultar enigmáticas para parte de sus habitantes, a pesar de los años que llevan tanto unos como otros compartiendo la cotidianidad. Se trata de  nombres «inexplicables», que  lograron imponerse y trascender más allá de su tiempo gracias su prolongada utilización entre la ciudadanía. 
Con toda seguridad, muchas de esas personas están convencidas de que el nombre de nuestro céntrico restaurante-cafetería Reymar tiene relación directa con la especialidad de pescados y mariscos que exhibe su carta. No es así, realmente. Fueron sus antiguos propietarios –Reynaldo Torrent y Mario Patiño- quienes decidieron conformarlo hace más de 50 años a partir de la fusión de las tres primeras letras de sus respectivos nombres. De ahí que Rey se uniera a Mar para que naciera el popularísimoReymar. 
Otras instituciones citadinas ya desaparecidas ostentaron también nombres derivados de combinaciones de letras. En los altos del Teatro Tunas -otrora Teatro Rivera- funcionó durante algunos años un colegio llamado Regil, conjunción de las dos primeras letras de Renán y de las tres primeras de Gilberto, que así se llamaban por entonces sus dueños. 
Donde hoy funciona la unidad Dos Gardenias -calle Francisco Varona, entre Avenida Vicente Garcia y Lucas Ortiz-, casi frente a la Dirección Provincial de Patrimonio, radicó antes de 1959 el departamento mercantil Riper, que comercializaba papelería y artículos de oficina. En ese caso se trataba de la sílaba inicial de Rigoberto y de las tres primeras letras de Pérez, su dueño.
Sí, a veces reparamos en nombres institucionales que logran desconcertarnos. Sin embargo, la mayoría tiene su justificación en la realidad, en tanto constituyen reflejo de una época. Algunos, como el Reymar, todavía exhiben aquellas generales. El pueblo agradece tan extraordinaria sobrevivencia.

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martes, 29 de marzo de 2011

Las fiestas de Quince

Cuando le paso revista a mi adolescencia me vienen  a la memoria las Fiestas de Quince. Tuvieron su esplendor en la década de los 70 del siglo pasado (ufff, ¡qué lejana parece dicho así!) y fueron durante años el primer acontecimiento en la vida de las muchachas del pueblo. 
Era tan importante celebrar aquel festejo que las familias manatienses  implicadas solían prepararse con mucho tiempo de antelación, tanto en el orden gastronómico como en el etílico: un lechoncito cebándose en el corral, 10 de cajas de cerveza, un par de garrafones de vino de arroz, harina para el mandar a hacer el kake, rollitos fotográfucos mandados «de afuera», en fin...
Los días previos a Los Quince eran de corre-corre. Entre las urgencias figuraban conseguir zapatos nuevos para la quinceañera y un vaporoso vestido de vuelos. También contratar los servicios de un fotógrafo. Y, por supuesto, mandar a imprimir las invitaciones y definir las parejas que bailar´kian el vals..., ¡una odisea! Pero nada, todo se hacía con buen semblante y mejor disposición. Porque, como decían madres y padres,  estaban dispuestos a cualquier cosa antes que dejar de celebrarle a la niña sus Quince.
Recuerdo que las familias se enrolaban en una fraternal competencia para ver cuál era capaz de imprimirle mayor fastuosidad al convite. Se llovían las iniciativas: automóviles para trasladar a las parejas del vals, desde sus casas hasta al la sede del festejo,  adornos florales de inédita factura, grupos musicales para tocar en vivo para los bailadores, fotos en colores... 
Tenían algo en común: ¡la colaboración de la gente del barrio! Daba gusto apreciar aquel sentido de la amistad y del compañerismo en vísperas del cumpleaños. Los vecinos asumían las más disímiles tareas, desde armar con pencas de coco el cabaret hasta buscar los panes para los bocaditos.
El momento cumbre de Los Quince era el vals. Las parejas se formaban con amigos de la homenajeada,  casi siempre bajo la dirección del popularísimo Raulito Gordillo, quien montaba su coreografía a partir de los bailes de moda, con ensayos previos en los que no faltaba el traguito ni el entremés. El día de la fiesta las parejas tenían reservado un sitio para el disfrute. Y, 24 horas después, una invitación familiar exclusiva, conocida por El Pique, el último gasto de la parentela, que incluía lechón asado y abundante cerveza y ron.
En las fiestas de Quince estaban previstos hasta los aguaceros. Los de la casa -por si acaso- tenían a mano piezas de lona para cubrir la calle en caso de que San Pedro intentara sabotearlas con un chubasquito. Vi bailar más de un vals pasada la medianoche, cuando la última nube exprimía su última gota. Ningún invitado se marchaba por no hacerle un desaire a la cumpleañera.
Como muchos caraduras sin invitación solían merodear por las proximidades del agasajo para intentar «colarse» en la fiesta y consumir a sus anchas, algunos Quince eran solo para invitados. La familia debía buscar  para esa función un portero a prueba de sobornos y lo suficientemente enérgico como para  impedirle el paso a quien careciera de credencial para acceder al área.
Además de una bien surtida cajita con kake, bocadito, ensalada fría y croqueticas, la casa ofrecía también una cerveza. Luego comenzaba en grande la «tomadera», y se brindaba  abundantemente con bebidas de la época: saoco, menta, anís, crema de vié. Todo hecho con un ron casero con el cual muchos manatienses hicimos buenas migas: la célebre «gualfarina».
La celebración de una fiesta de Quince dejaban en ruinas y exhaustas a las familias. Pero ninguna -¡ninguna!- se permitía dejar de celebrarla, aunque en ello le fuera el último centavo. ¡Cómo le iban hacer eso a la niña!

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miércoles, 23 de marzo de 2011

Cometas, trompos, bolas...

Todos los sábados y domingos, desde bien temprano, mi antiguo barrio manatiense se estremecía con un alboroto singular: los niños, con la alegría a flor de piel, tomábamos la calle prestos a enrolarnos en los más disímiles juegos. ¡Cuánto añoro aquellos años! No quiero comparar, pero creo que los muchachos de la época nos sabíamos divertir mejor. Buena parte de los juegos  de entonces apenas se conocen  en la actualdiad. Y otros ya casi ni se practican.
Uno de los pasatiempos más carismáticos eran las bolas. Tenía varias modalidades: «El Perseguido», «La Olla», «Los Huequitos»... Muchos de los bolistas eran sumamente diestros -los clásicos «fuera de  serie»-, tanto por su aguzada puntería como por su fuerza en los dedos pulgares, los encargados de impulsar las esferitas de vidrio. Durante los lances, podían impactar en el centro de un mecho rival desde cinco metros de distancia. Y hasta hacerlo añicos, como vi más de una vez.
Lo dramático de las bolas era cuando alguien -con aviesas intenciones- gritaba «¡virolla! o ¡«manigüiti!». La expresión significaba el fin de las garantías del juego. Una suerte de sálvese el que pueda. Había que lanzarse entonces al ruedo a recuperar a empellones las circunferencias plantadas y a tratar de agenciarse también las ajenas, pues eso mismo intentarían hacer los otros. No pocas veces aquello terminaba en riña tumultuaria y lesiones corporales.
Los trompos tenían también muchos simpatizantes. A nosotros nos los mandaban a hacer nuestros padres en los tornos del taller de carpintería del ingenio. Los había chiquitos, medianos y grandes. Y hasta unos gordísimos, a los que llamábamos «trompetas». Todos usaban en el centro una punta metálica, con la cual intentaban, lance tras lance, romperle la crisma a los trompos contrarios. Muchas veces presencié cómo algunos se safaban de sus pitas tejidas para estrellarse en la cabeza de un espectador desprevenido.
Y las cometas... ¡Qué decir de las cometas! En la temporada correspondiente -es decir, en cualquier época del año- el cielo se tachonaba con su presencia estilizada y multicolor. Las había variopintas: cuadradas, en forma de rectángulos, triangulares... El sitio ideal para empinarlas eran la cancha del estadio de fútbol y el área trasera del centro escolar «Orlando Canals».
En mi cuadra vivía el negro Rolando, un artista fabricando cometas. Hacía chivos, coroneles, cajones, secantes... Las empinaba allí mismo, frente a su casa, para beneplácito de los niños. Nunca logré saber de dónde sacaba tanto papel bonito ni tanta fantasía para armar sus maravillas  volantes. 
Las cometas tenían un pariente pobre, conocido entre los mataperros con el plebeyo apelativo de chiringa. Sus materiales y su diseño eran muy sencillos: un pedazo de papel periódico doblado y un carretel de hilo de coser. Entre sus «bondades» figuraban que podía empinarse en cualquier espacio, por reducido que fuera.  Y entre sus «defectos», que una leve rachita de viento era capaz de enredarla entre los cables eléctricos. Mucha gente todavía la recuerda.
Los más expertos empinadores de las cometas -los muchachos de Manatí jamás les dijimos papalotes y siempre les adjudicamos el género femenino-  practicaban regularmente una modalidad agresiva y mal vista con la cual no hice nunca buenas migas: atar cuchillas de afeitar en  las colas de sus artefactos volantes. Bastaba un  simple pase de aquellos filosos objetos sobre un tensado y vibrante hilo ajeno para que la cometa atacada se fuera al instante a bolina.
Si algo marca la infancia son los juegos de barrio. Algunos podrían recuperarse y ponerse a disposición de los niños. Ellos lo agradecerían.

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