Los epitafios son esos textos breves que los parientes de los difuntos -por iniciativa propia o por encargo expreso de ellos- escriben sobre sus lápidas. Los hay de la más variopinta naturaleza: poéticos, abstractos, humorísticos, nostálgicos, refraneros, literarios… Tienen su génesis en el antiguo Egipto, donde primó una cultura eminentemente necrófila. La mayoría rinde honor a sus propietarios.Epitafios que han trascendido más allá de sus mausoleos existen muchos y diversos. Cada camposanto exhibe en sus predios una generosa muestra. Abundan los que se atribuyen a hombres de letras famosos. Como regla, reproducen en síntesis la filosofía que alentó en vida a sus autores. William Skakespeare (1564-1616), el gran dramaturgo inglés, está sepultado en la iglesia de su pueblo natal. Sobre su tumba yace tendida una figura suya en mármol, con una pluma de escritor en la mano derecha. Su epitafio –afirman que dictado por él- es toda una súplica y una advertencia. Dice así: «Buen amigo, por Jesús, abstente de cavar el polvo aquí encerrado. Bendito sea el hombre que respete estas piedras y maldito el que remueva mis huesos». El comediante francés Jean-Baptiste Poquelín (Moliere), muerto en 1673 y enterrado en la necrópolis parisina Pere-Lachaise (donde reposan los restos mortales de muchos ilustres) hace gala en su cripta de un epitafio que alguien rasgueó con refinada ironía para ponderar sus dotes. Lean: «Aquí yace Moliere, el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto y de verdad que lo hace bien». Un texto póstumo memorable está esculpido en el sepulcro del también francés Donatien Alphonse François de Sade, conocido por su título de Marqués de Sade (1740-1814): «Si no viví más, fue porque no me dio tiempo», afirma. Sus novelas, llenas de crueldad, originaron en 1884 el término sadismo, aceptado por la Real Academia de la Lengua. Otros renombrados autores transfirieron a la posteridad su último deseo. Como el español Miguel de Unamuno (1864-1936). Su epitafio es un contrasentido: «Solo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo». El del escritor francés Francoise Rabelais (1994-1553) implora: «Por favor, que bajen el telón, la farsa ha terminado».
En 1823, el poeta inglés Lord Byron (1788-1824) se vio atrapado por una tormenta. Llegó a casa abrasado en fiebre. Las pócimas no obraron y entró en coma. Recobró la lucidez solo para decir: «Me voy a dormir. Buenas noches».Antes de fallecer, Byron lamentó la muerte de su fiel perro Botswain. Afligido, mandó a escribir sobre la losa del animal: «Aquí reposan los restos de un ser que poseyó la belleza sin la vanidad, la fuerza sin la insolencia, el valor sin la ferocidad y todas las virtudes de un hombre sin sus vicios». ¿Cuánta gente merecería un epitafio así? Aquí les propongo esta perla del novelista norteamericano Truman Capote. Expresa así sobre su propia tumba el excelso autor de la famosa novela-reportaje A sangre fría: «Truman Capote lamenta profundamente su desaparición física».CINEASTAS, ARTISTAS, MÚSICOS…
Entre los mitos del cine desaparecidos, los epitafios proliferan. El mármol de la actriz alemana Marlene Dietrich (1901-1992) tiene grabado uno singular: «Estoy aquí, en el último escalón de mi vida». Marylín Monroe (1926-1962), otra diva del celuloide, fue tajante en el suyo: «Mi viaje termina aquí», atestó la glamorosa rubia de la pantalla.El inglés Alfred Hitchcock (1899-1980), rey del suspense, fue leal a su personalidad, y mandó a que escribieran sobre su tumba: «Esto es lo que le pasa a los chicos malos». Y Orson Welles (1915-1985), actor y director norteamericano, hizo gala de una altísima autoestima: «No es que yo fuera superior: los demás eran inferiores». Su colega Buster Keaton (1865-1966) fue más pragmático y seco: «The End». El epitafio del actor cómico mexicano Mario Moreno (1911-1993) no podía redactarse de otra manera sino con una cantinflada de las suyas. «Parece que se ha ido, pero no se ha ido», asegura el texto lapidario encima de su panteón. Entre los músicos, el epitafio en la bóveda del compositor alemán Johann Sebastián Bach (1685-1750) deviene doble sentido: «Desde aquí no se me ocurre ninguna fuga», bromea post morten el artífice de ese procedimiento musical.El cantante norteamericano Frank Sinatra (1915-1998) tiene en su sepulcro, además de un paquete de cigarrillos Camel y una botella de whisky marca Jack Daniels, un epitafio extraído de una canción suya: «Lo mejor está por venir».POLÍTICOS, MILITARES, CIENTÍFICOS… Winston Churchill (1874-1965), ex Primer Ministro inglés, hizo época por la reconocida ingeniosidad de sus frases. Reservó una para que la colocaran como su epitafio encima de su sepultura londinense: «Estoy dispuesto a encontrarme con mi Creador. Ahora, si mi Creador está preparado para la gran prueba de reunirse conmigo, es otra cuestión». Otro grande, Alejandro Magno, rey de Macedonia desde 336 a. C. hasta su muerte en 356 a. C., también quiso perpetuar sobre la losa su último pensamiento. Su voraz apetito de poder quedó tallado en esta frase póstuma: «Una tumba es suficiente para quien el Universo no bastara». Benjamín Franklin (1706-1790) fue un político, científico e inventor norteamericano. Está considerado como uno de los padres fundadores de Estados Unidos. La autoría de su epitafio se le suele endilgar a un amigo, que lo glosó así: «Arrebató el rayo a los cielos y el cetro a los reyes».>ÚLTIMAS PALABRAS
Las grandes personalidades suelen enfrentar su encontronazo con la muerte como cualquier hijo de vecino: expectantes, sarcásticos, temerosos, irascibles, afligidos, resignados… Aquí va una galería, a través de sus últimas palabras.
Emily Bronte (1818-1848), novelista inglesa, murió de tuberculosis. Reacia a ser consultada por los médicos, ante la tenebrosa cercanía de la parca cambió de idea: «Si llamáis al doctor, ahora sí que estoy dispuesta a verle». Otro que enfermó de resfriado fue el filósofo alemán Karl Marx (1818-1883). El mal devino pleuresía. Casi al expirar, una criada le preguntó si tenía algo que decir. Respondió, airado: «¡Vamos, fuera! ¡Las últimas palabras son para estúpidos que todavía no han hablado lo suficiente!».>Como su obra, la frase postrera de Michel de Notre Dame, el célebre Nostradamus (1503-1566), resultó premonitoria. Cuando su mayordomo le preguntó que si se verían al día siguiente, dijo: «Mañana ya no estaré aquí». Y así ocurrió.
Edgar Alan Poe (1809-1849, autor norteamericano de novelas policíacas, padeció de alcoholismo. El 3 de octubre de 1849 lo hallaron en una callejuela de Baltimore en lamentable estado. Lo llevaron a la fuerza al hospital. Sus últimas palabras fueron: «¡Que Dios se apiade de mi pobre alma!».
A Fernando Pessoa (1888-1935), figura emblemática de la lírica portuguesa, lo privó de la capacidad de hablar una crisis hepática derivada de su desenfrenada adicción al alcohol. Así que sus últimas palabras las garrapateó en un trozo de papel: «No sé qué me depara el mañana».
El norteamericano Henry Ford (1863-1947), famoso fabricante de automóviles, expresó poco antes de su deceso: «Esta noche voy a dormir bien». Pablo Picasso (1881-1973), el gran pintor malagueño, quiso darle a su inminente muerte visos de alegría: «Brinden a mi salud», dijo la víspera.
EPITAFIOS DIVERTIDOS
Algunos epitafios célebres toman distancia de la formalidad y recurren al humor. Como asegura un autor, «reír siempre ha sido un antídoto temporal contra la muerte». De manera que abundan los divertidos. En tal cuerda, Enrique Jardiel Poncela (1901-1952), escritor español, ordenó poner sobre su tumba: «Si queréis los mayores elogios, moríos».
Dos íconos norteamericanos del humor, Mark Twain (1835-1910) y Groucho Mark (1890-1977), no podían hacer mutis de la vida sin epitafios que honraran su vis. Encima de la tumba de Twain –empedernido consumidor de tabacos- aparece consignado: «¡Al fin dejé de fumar!». Mientras que Groucho, en la suya, ofrece una «disculpa» a tono con su proverbial caballerosidad: «Señora, perdone que no me levante».
Entre los epitafios jocosos figuran los que se dedican cónyuges mal llevados. Una muestra en un osario mexicano: «A mi marido, fallecido después de un año de matrimonio. Su esposa, con profundo agradecimiento». Y esta otra, grabada en una suntuosa lápida en el camposanto de Salamanca, España, para un padre difunto: «Con el amor de todos tus hijos, menos de Ricardo, que no dio nada». Y el de un yerno a la madre de su esposa peruana: «Aquí descansa mi suegra, si hubiera vivido otro año más, yo ocuparía su lugar».
En un cementerio de Bogotá, Colombia, hay un epitafio que hace sonreír: Consta en la lápida un hombre que, según reseña un sitio web, llegó a pesar 140 kilogramos. Dice la nota mortuoria: «Por fin me quedé en los huesos». Y este en un camposanto de Minnesota, Estados Unidos: «Fallecido por la voluntad de Dios y con la ayuda de un médico inepto».
Los epitafios son como las cartas de presentación de los difuntos. Sus textos ponen el desnudo mundos interiores, aspiraciones frustradas, expectativas satisfechas, amores imposibles, resignaciones de último minuto… En los camposantos tienen ellos su hábitat natural. Porque, como dijo el poeta, «el cementerio es un aeropuerto de almas».
domingo, 13 de febrero de 2022
Epitafios: la lírica de los sepulcros
LAS TUNAS TUVO SU CAÑONAZO DE LAS NUEVE
La otrora Victoria de Las Tunas tuvo también su cañonazo de las nueve. El suyo no tenía el mismo propósito ni la misma connotación de la célebre descarga habanera, que a esa hora de la noche, desde la fortificación de San Carlos de la Cabaña, advertía a sus moradores el cierre de las murallas de la Villa de San Cristóbal de La Habana en tiempos de la colonia y que hoy mantiene viva la añeja tradición. No, el estampido de nuestro cañoncito –porque eso era, ¡un minúsculo cañoncito!- apenas se escuchaba en el centro de la ciudad, no le turbaba el sueño a nadie y sus pretensiones eran mucho más modestas. La diminuta pieza de artillería disparaba cartuchos y era de la marca Winchester Marked WRA Co., fabricada a principios del siglo pasado. Tenía un cañón de hierro de apenas 30 centímetros de longitud y 20 de alto, montado sobre dos ruedas. Estaba emplazada en el vestíbulo del cine-teatro Cucalambé, que desde ¿1914? hasta 1935 exhibió películas y presentó espectáculos en la calle Lucas Ortiz, esquina a Francisco Vega, justamente donde hoy se encuentra la unidad La Cadena. La instalación tenía capacidad para alrededor de 200 espectadores, y su mecenas y propietario era el emigrante asturiano don Tomás Oscoz, de grata recordación en los anales históricos de la ciudad. Cada noche, segundos antes de que los relojes marcaran las nueve, el propio Oscoz cargaba la diminuta pieza y efectuaba un disparo al aire. Su sonido era el aviso de que las puertas del teatro quedaban cerradas hasta tanto no concluyera el primer acto del espectáculo puesto en escena. Percibir la seca y efímera explosión se convirtió en un detalle pintoresco del ambiente nocturno citadino. El recordado actor tunero Alfonso Silvestre (1926-1997), quien durante buena parte de su carrera profesional se mantuvo estrechamente vinculado al panorama cultural de la ciudad, solía referirse en sus tertulias a aquel cañoncito de tantas remembranzas. En 1935, don Tomás Oscoz emprendió un nuevo negocio y dio por concluido el ciclo del cine-teatro Cucalambé. Su local se convirtió en el bar-restaurante del hotel Estrella de Cuba, demolido unos años después. La familia del emprendedor español le regaló el cañoncito a Silvestre, quien lo aceptó de buen grado. Antes de morir, lo donó para su conservación al Museo Provincial, donde todavía se exhibe, para beneplácito de los tuneros.
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Juegos infantiles
Todos los fines de semana, desde bien temprano en la mañana, mi antiguo barrio manatiense se llenaba de alboroto y de niños prestos a enrolarse en los más disímiles juegos. ¡Cuántos recuerdos me traen aquellos años! Sin ánimo de comparar, creo que los muchachos de entonces nos sabíamos divertir mejor que los de ahora. Claro, nada hubiera sido igual si hubiéramos tenido teléfonos móviles y redes sociales. Pero no, por esa fecha eso no era ni siquiera ciencia ficción. Fíjense que en mi cuadra había solamente un teléfono (de aquellos de manigueta), y estaba subutilizado, pues, sencillamente, nadie tenía a quién llamar. En fin, fue lo que nos tocó, y advierto que no me quejo. Les hablaba de los juegos infantiles de mi época, la mayoría de los cuales parece haberse esfumado del repertorio recreativo de los chicos de hoy. Uno de los más populares eran las bolas (¿alguien sabe si todavía se comercializan?). Se jugaban en dos o tres sitios al mismo tiempo, y tenían variantes, como la de los huequitos, en los que algunos eran consumados especialistas. Varios de los «bolistas» de mi barrio estaban «fuera de liga», tanto por su asombrosa puntería como por su fuerza en las uñas. Con sus «mechos» (así se les decía a las bolas ofensivas) podían impactar a los rivales a cuatro o cinco metros de distancia, y en ocasiones hasta hacerlos pedacitos. ¿Ustedes recuerdan eso, Juan Peña (Guámpara), Luis Whitehorne (Güicho Pensá) y Manuel Fernández (Manolo)? Lo criticable de las bolas era cuando alguno de los participantes gritaba a todo pulmón «¡virolla!». Era la puñalada trapera a la que recurrían para recuperar las bolas perdidas en el juego. Tan pronto se dejaba escuchar la palabreja, había que lanzarse de bruces sobre la «olla» (un círculo trazado sobre la tierra, dentro del cual se colocaban las bolas en disputa) a intentar agarrar como fuera todas las que se pusieran al alcance de las manos ¡No pocas veces aquello terminaba en riña tumultuaria! Los trompos tenían también muchos simpatizantes. A la mayoría de nosotros nos los mandaban a hacer nuestros padres en la carpintería del ingenio. Eran de madera dura y los había chiquitos y grandes (trompetas). Todos usaban una punta metálica, con la cual se intentaba, lance tras lance, partir por el medio a los trompos contrarios, puestos a la defensiva en el suelo. Se hacían bailar con ayuda de una pita (un tipo de cordel), y más de una vez fui testigo de cómo algunos se zafaban e iban a estrellarse en la cabeza de un espectador desprevenido. Los buenos bailadores de trompos devenían también artistas, pues eran capaces de elevarlos para luego hacerlos aterrizar sobre la palma de una mano sin que dejaran de girar. Y las cometas..., ¿qué decir de las cometas? En la temporada correspondiente, el cielo de Manatí se engalanaba con su presencia grácil y multicolor. En mi cuadra vivía el negro Rolando (luego célebre limpiabotas), todo un artífice a la hora de fabricarlas. Hacía chivos, coroneles, cajones, secantes... Las empinaba allí mismo, frente a su casa, para beneplácito de los niños. También en el estadio o en el área deportiva del Centro Escolar Orlando Canals. Nunca logré saber de dónde sacaba Rolando tanto papel bonito ni tanta imaginación para armar aquellas maravillas aladas. Algunos «cometeros» traviesos solían colocar cuchillas de afeitar en el extremo de los rabos de sus cometas, a los que hacían evolucionar en las alturas con el propósito de picar el hilo de sus adversarias y se fueran a bolina. ¡Cosas de muchachos! Las cometas (en Manatí nunca las llamamos papalotes), por cierto, tenían un pariente pobre llamado «chiringa», que se fabricaba con un trozo de papel y se empinaba con hilo de coser. Mucha gente todavía la recuerda. Como no necesitaban áreas abiertas, se empinaban en plena calle, y no era raro que se enredaran en los cables eléctricos. ¡Una irresponsabilidad que solo el paso de los años nos hace reconocer! Si algo marca la infancia con caracteres imborrables son los juegos. Algunos podrían recuperarse para el disfrute de los niños de hoy. Me atrevo a asegurar que ellos lo agradecerían. Aunque, pensándolo bien, no estoy tan seguro.
viernes, 20 de agosto de 2021
Nelva Rosario, medio siglo después
El primero de septiembre de 1971 abrió sus puertas en la otrora Victoria de Las Tunas el llamado bachillerato. Previo a ese suceso, los alumnos que vencían la secundaria básica debían matricular en centros de otras provincias para poder continuar estudios. Una precisión: antes de 1959 existían en la ciudad dos colegios privados con franquicias para formar bachilleres. Las clases corrían a cargo de profesores locales. Al finalizar cada ciclo, los muchachos —pocos, y todos provenientes de familias acomodadas— debían viajar a Holguín, en cuya sede académica se les sometía a exámenes. domingo, 31 de enero de 2021
La carretera vieja

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domingo, 24 de enero de 2021
¡Llegó el circo!
Allá
por los años 60 del siglo pasado, los manatienses disfrutábamos cada
año de un acontecimiento lleno de colorido, expectación y carisma: el
circo. ¡Ah, cuánto nos divertían sus presentaciones! Los niños, en
especial, celebrábamos su llegada con desmesuradas muestras de alegría.
¿Cómo no hacerlo en un batey azucarero donde nunca ocurría nada
extraordinario? Por cierto, su arribo jamás nos tomaba por sorpresa. En
efecto, unos días antes, sus representantes recorrían el pueblo para
promocionar sus presentaciones. ¿Cómo? Pues por medio de unos pasquines
de papel que traían impreso el nombre del circo y sus números más
populares. Los pegaban con engrudo en los postes del alumbrado para que
la gente los viera. ¡Conservo uno entre mis papeles de la época! Un par
de días después, el circo hacía efectiva su presencia con un desfile
por las calles del pueblo, en el que participaban tanto los artistas con
sus vestimentas como los animales (debidamente enjaulados, desde
luego). Recuerdo los nombres de algunos de aquellos circos que nos
visitaban: Santos y Artigas, Llerandi, Pubillones, Montalvo... ¿Cuál era
el mejor? No sabría decirlo. Pero todos traían algo especial. Los
circos escogían diferentes lugares para levantar sus carpas de lona,
armadas en récord de tiempo por los popularísimos tarugos. Los más
frecuentes eran el patio del Centro Escolar Orlando Canals y la cancha
del estadio de fútbol. Tan pronto se instalaban, los muchachos íbamos a
merodear por sus inmediaciones con la esperanza de ver de cerca de los
elefantes y a los monos. O, mejor aún, de admirar en ropa ligera a
algunas de las bellísimas modelos que solían acompañarlos. La noche de
la función casi estallábamos de tanto gozo. Nuestros padres sacaban
desde bien temprano las papeletas y allá íbamos temprano a tomar
asiento, lo mismo en las lunetas junto a la pista que en el llamado
gallinero, rebosante de pueblo. Luego todo era comernos con los ojos los
números que incendiaban nuestra fantasía. Los payasos figuraban entre
los artistas más carismáticos, sin menospreciar a los trapecistas, con
aquellos saltos espectaculares que nos hacían temblar de miedo ante una
posible caída. También el traga fuegos, los contorsionistas, los
malabaristas, los magos, los animales amaestrados, en fin... Había
circos que incluían en sus elencos a cantantes de moda, que se ganaban
unos pesos adicionales interpretando canciones, ahora no recuerdo si a
capela o con grabaciones. Recuerdo, en especial, a un cantante casi
olvidado, llamado Kino Morán. ¡Ni siquiera las discotecas del ayer lo
tienen en cuenta! Los circos no solían pasarse mucho tiempo en las
localidades que visitaban. A lo sumo, un par de días. Durante esas dos
jornadas –sus funciones eran de alrededor de una hora y media- no se
revelaba en la localidad suceso de mayor connotación. La última noche
nos llenaba de tristeza, pues, al salir el último espectador de la
carpa, los tarugos desmontaban la enorme lona, la cargaban en sus
camiones, tranquilizaban a los animales, tomaban carretera y... ¡hasta
el próximo año! El sitio quedaba con la huella de su presentación en
forma de cucuruchos de maní vacíos, palitos de algodón de azúcar y
papelitos de caramelos. Y nosotros retornábamos a casa cargados de
tristeza, porque sabíamos que no tendríamos más circo hasta el año
venidero.Leer más...
lunes, 18 de enero de 2021
Las becas en el recuerdo
Las becas fueron para los estudiantes de mi generación una de esas experiencias que jamás se olvidan. Quienes nos acogimos a su severo régimen en aquellos tiempos—finales de los años 60 y toda la década de los 70— no teníamos otra opción al terminar la enseñanza secundaria, pues en Manatí no existían posibilidades de llegar más lejos: carecía de politécnicos y de preuniversitarios y ni hablar de facultades universitarias. En toda la provincia no había EIDE, vocacionales, centros de arte, tecnológicos… ¡ni escuelas-talleres! Entonces, los que estábamos dispuestos a continuar estudios «a como fuera», debíamos emigrar, y unos lo hacían para La Habana (preuniversitarios Carlos Marx, Manuel Bisbé y Arbelio Ramírez), otros para Santiago y los más para Holguín, en especial para el instituto Juan José Fornet. Además de lo que significaron en el orden académico, las becas fueron para nosotros una gran escuela existencial. En sus albergues aprendimos muchas cosas que en predios familiares jamás nos enseñaron, como lavar la ropa. Me enfrenté con esta tarea tan pronto me bequé en septiembre de 1971 nada menos que en Topes de Collantes, en lo alto de la Cordillera del Escambray. Mi amigo y hermano Humberto Vázquez y yo (ambos con solo 15 años de edad) habíamos solicitado plazas para estudiar Educación Física en La Habana. Y, sin previo aviso, nos cambiaron la seña (como se dice en pelota) y, en lugar de la capital, nos enviaron para aquellas montañas donde el frío casi nos calaba los huesos. Allá arriba me enfrenté por primera vez con la ropa sucia. Por entonces, los becados usábamos uniformes de caqui carmelitas (¿los recuerdan?), con una banda color chocolate en los bordes de las mangas. Había que lavarlos cada cierto tiempo, porque allí no teníamos a mamá para que lo hiciera por nosotros. Y los pases eran cada dos meses. De manera que, o lavábamos nosotros mismos, o elegíamos andar churrosos. Y —¡qué remedio!—, optamos por lo primero. Honestamente, el lavado de mis uniformes (entregaban dos) no me quitó jamás el sueño. Yo los empapaba bajo la llave, los enjabonaba un poco, los estregaba no mucho, los enjuagaba y finalmente, mojados y sin exprimir (para que no se estrujaran demasiado), los ponía a secar en perchas en el balcón de mi edificio. Como por entonces nadie llevaba a las becas una plancha eléctrica, la solución para que los pantalones quedaran más o menos estirados y con filo era acomodarlos entre el bastidor de cartón de la litera y la colchoneta. No quedaban perfectos, pero resolvíamos. En materia de porte y aspecto, nos pelábamos entre nosotros mismos, en ocasiones con un singular peine felizmente desaparecido al que llamaban barberito, que utilizaba dos cuchillas de afeitar y que, en manos de un improvisado, era capaz de llenarle la cabeza de cucarachas a cualquiera. Algo a lo que me tuve que adaptar a toda prisa fue a levantarme temprano. Dormilón incorregible en casa, en mi nuevo destino me vi obligado a dejar la cama a las seis de la mañana, tenderla bien para que no me reportaran en la inspección matutina, correr a la formación en la plaza y desayunar a toda velocidad, pues para eso el reglamento había establecido un tiempo brevísimo. Por cierto, la litera que me tocó era de tres pisos (¡jamás había visto una igual!), y la parte que me asignaron fue la más alta, a la que accedía por una escalerita situada en uno de sus laterales. ¡Todo era novedad! En materia gastronómica, los becados melindrosos tuvimos que aprender a comer de todo, so pena de morir de inanición. Recuerdo aquellos famosos Tres Mosqueteros –arroz, chícharo y pan- que signaban el menú cotidiano de las becas durante muchos años. Eso sí, cuando íbamos a la casa, nuestros padres nos pertrechaban de suministros de campaña, como azúcar, limones, turrones de coco, leche condensada hervida, paniqueques y cuanta cosa pudiera aplacarnos el hambre, todo bien guardado dentro de aquellas maletas de madera que se usaban (¡no había otras!) en la época. Las comunicaciones con nuestras familias eran solamente por cartas (demoraban casi un mes en llegarnos) o telegramas (casi siempre se perdían), pues no había teléfonos. Con el paso de los años, las becas se fueron haciendo menos rígidas y más permisivas. Los pases ya no eran tan espaciados ni el rigor tan severo. Francamente, conservo buenos recuerdos de mis años como becado, que no fueron pocos, pues luego de aquel debut lejos de casa en el Escambray, transité por otros escenarios, y de todos extraje enseñanzas. En las becas hice muchos amigos, cometí travesuras, me quitaron pases y adquirí independencia. A estas alturas de mi vida, siento por aquellas etapas un sentimiento de gratitud.sábado, 26 de diciembre de 2020
El parque de Manatí
jueves, 24 de diciembre de 2020
El médico de El Puerto
Cuando se habla del ejercicio de la Medicina en Manatí, el nombre de José A. Benítez Gutiérrez sale a relucir por derecho propio. Los más jóvenes seguramente no lo recuerdan, pero me estoy refiriendo al popularísimo Médico del Puerto, un seguidor de Galeno que hizo época en la localidad y mucho más allá en las décadas de los años 60 y 70 del siglo pasado por sus aciertos a la hora de diagnosticar y tratar los más diversos requiebros de salud. Tenía su consultorio a la orilla del mar, muy próximo a la entrañable y recordada Playita, en un local aledaño a su vivienda, donde vivía con su familia, de la que formaban parte sus hijos Aki y Antolín. Ante la aparición de cualquier malestar en alguno de sus hijos, las madres manatienses tomaban el trencito y viajaban hasta el Puerto (18 kilómetros bien contados) para que Benítez lo examinara. Por cierto, al llegar había que echar rápido pie a tierra y correr a toda velocidad, porque solamente se repartían 20 turnos. Y, en muchas ocasiones, la demanda solía estar muy por encima de la oferta. La consulta tenía el valor de cinco pesos, pero la gente los desembolsillaba con gusto. Porque, en honor a la verdad, no había afección que Benítez no neutralizara con su sapiencia profesional: parasitismo, fiebre alta, dolores de cabeza, inapetencia, molestias óseas, afecciones estomacales... La confianza en él era absoluta, por lo que no era raro que vinieran a verlo personas desde localidades distantes Un viaje hasta la consulta de Benítez exigía dedicarle casi el día completo, pues el trencito (siempre un coche-motor) no hacía el siguiente viaje de retorno a Manatí hasta el atardecer. En consecuencia, los menesterosos tenían por costumbre llevar su almuerzo en vasijas para consumirlo sentados a la orilla de la playa, mientras les llegaba el turno para ser atendidos. Más de una vez mi buena madre me llevó hasta él. Le rogaba a todos los santos que no me prescribiera inyecciones, especialmente las de Extracto Hepático, o unas gotas con sabor horrible, llamadas Venatón. Pero casi nunca lograba salirme con la mía. Benítez me hacía acostar sobre una pequeña camita y allí me auscultaba, me reconocía y me hacía sacar la lengua. Luego se sentaba ante su vieja Remington y escribía las consabida recetas, que traían su nombre impreso en la parte superior. Conservo algunas como reliquias. Varios años después, el Médico del Puerto abandonó la medicina privada y comenzó a trabajar en nuestro hospital. La gente lo siguió prefiriendo como en otros tiempos. Tuve la suerte de hacerme su amigo. Con él solía conversar largo y tendido sobre cualquier tema, pues tenía una cultura enciclopédica. Murió hace poco más de una década. Los manatienses jamás lo olvidaremos.