domingo, 13 de octubre de 2019

Una anécdota beisbolera

Aquella soporífica tarde pueblerina disputaban la corona territorial de pelota el equipo local y el de una comarca vecina. Los fanáticos bullían de interés por ver a un pitcher muy famoso en las peñas beisboleras por la velocidad de espanto que solía imprimirles a sus lanzamientos.
Desde que se dio la voz de play, su «piedra» -como bala de cañón- comenzó a causar estragos entre sus rivales. «Ssssss… ¡strike tres! Ssssss… ¡cantado el tercero!», vociferaba el ampaya. Cuando habían transcurrido sin carreras los cinco primeros capítulos, el rapidísimo lanzador ya acumulaba una considerable cantidad de ponches.
Ante tamaño caos, los bateadores intercambiaban recomendaciones entre sí: «No lo pierdas de vista..., sigue su mano de lanzar..., concéntrate en la pelota..., mira su mano de lanzar...», se decían. Pero, por mucho que lo intentaban, no conseguían hacer contacto con la redonda, que, en oportunidades, parecía alcanzar velocidades supersónicas.
En el octavo capítulo, cuatro bolas malas le regalaron al bateador en turno la primera almohadilla. El juego estaba obstinadamente cerrado, pues a los visitantes tampoco les iba de maravillas a la ofensiva. Por tanto, y ante la posibilidad de un viraje de su pitcher, el inicialista extremó las precauciones en aras de impedir a toda costa que el corredor adelantara demasiado y le llegara impunemente al cojín intermedio.
A esas alturas del desafío, el lanzador permanecía imbateable y más fresco que una lechuga. Sus pelotas surcaban los 60 pies que separan el montículo del home con una lesiva carga de efectividad. Y los bateadores antagonistas –impotentes y vejados- tomaban rumbo al dogaut con la majagua deprimida y la moral en el suelo.
Así se mostraba el panorama cuando vino a consumir su turno ofensivo uno de los hombres de la llamada tanda débil, quien, para su desazón, ya había ingerido un par de amarguísimos ponches. Tomó posición, se frotó las manos, clavo sus spikes en la tierra, apretó la empuñadura del bate y centró toda su atención en la figura del pitcher. En primera base, el corredor comenzó a adelantar unos pasos.
El primer envío impactó en la mascota del receptor con la velocidad de un misil y el sonido de una bofetada. Pasó por la zona buena, pero el bateador apenas lo distinguió. «¡Strike uno!», cantó el árbitro con la voz siniestra y el brazo diestro. El corredor de primera se aventuró a avanzar otro trecho, pero, con un amago de tiro, el serpentinero lo hizo regresar de bruces a la almohadilla.
En el cajón, el hombre se ajustó la gorra, dio unos saltitos, estiró los brazos, hizo un par de swines al aire, se cuadró y aguardó con firmeza por el próximo lanzamiento. De nuevo el bólido blanco y con costuras se le encimó con la rapidez de un cañonazo. No lo vio pasar. «¡Strike dos!», le cantó el segundo el hombre de negro.
Perturbado ante la inminencia de su tercer ponchete, el hombre se llamó a contar en una suerte de monólogo interior. «Tengo que adelantar el swing –pensó-. La bola le está llegando muy rápido. Tengo que tirarle adelantado. Si no lo hago así no lograré sacar a tiempo el bate. Tengo que tirarle adelantado. No hay otra solución. Tirarle adelantado...»
Mientras, plantado sobre el montículo, el lanzador tomó el saquito de pez rubia, se situó de lado y observó las señas de su compañero de batería, todo sin dejar de vigilar de soslayo al corredor que intentaba adelantar un par de metros en primera. Un nuevo vistazo al home. Y el de la inicial ganando más terreno... «Con mi próximo lanzamiento se irá para segunda», pensó el serpentinero.
Al unísono, el bateador se debatía en su obsesión por conectarle. «Tirarle adelantado, tirarle adelantado, tirarle adelantador..», se repetía con el bate enhiesto, al tiempo que ponía todos sus sentidos, anhelos, energías, capacidades, propósitos, sentimientos, voluntades, qué sé yo, en su porfiado empeño de batear.
Fue entonces cuando el lanzador decidió no concederle más ventajas al presunto estafador, quien –confiado en sus piernas- cada vez adelantaba más. Así, miró hacia el home, hizo los movimientos de rigor y, sorpresivamente, sacó el pie y se viró para primera. El corredor retornó a la base y el árbitro lo decretó safe.
Pero, ¿y nuestro hombre en el cajón de bateo? ¿A que no aciertan qué hizo en su empecinamiento por chocar la bola tirándole adelantado? Pues lo que nadie esperaba. Tan pronto el pitcher hizo como si fuera a lanzar, y confiado en que la pelota vendría en busca del tercer strike, realizó el swing más grande de su vida, mientas la Batos descansaba dentro del mascotín del inicialista.
La carcajada fue tan grande que aquel humilde pelotero les suplicó a las mil vírgenes que se lo tragara la tierra. Jamás se le volvió a ver por un terreno de béisbol. La historia quedó ahí, confirmada por unos, negada por otros y disfrutada por todos, pero integrada por propio derecho al anecdotario de nuestro deporte nacional.

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lunes, 19 de agosto de 2019

Travesuras de escuela

El estudiante modelo no abunda. Hablo de aquel cuyo perfil colegial  roza con la perfección: libros y cuadernos forrados, disciplina a prueba de regaños, correcta ortografía, madurez  precoz,  puntualidad inglesa, rendimiento excelente… Sería lo ideal. Pero, así y todo, siempre alguna travesura, alguna chiquillada deben aparecer en su currículo. 
A mi mente suelen acudir de vez en vez las muchachadas de mi etapa escolar. Hace poco tiempo las comenté con un profesor de la época, y, luego de reírnos a mandíbula batiente, me afirmó muy serio: «Nunca olvido a mis mejores alumnos, pero recuerdo también a los traviesos. Contribuían a que la docencia no fuera demasiado aburrida». 
Tuve un compañero de aula capaz de rivalizar con el archifamoso Pepito en el arte de contar chistes simpáticos. Nuestra maestra de quinto grado conseguía -a duras penas- reprimir una carcajada al escucharle narrar alguno. Ella nunca le demostró en persona cuánto le gustaban, quizás para no alimentarle demasiado su ego de humorista. «Mira, muchacho, ¡ve a sentarte y pórtate bien!», le ordenaba con una gravedad a todas luces fingida. Luego nos enterábamos de que, terminada la clase, compartía los cuentos con sus colegas y juntas se desternillaban de la risa. 
Mirtha, mi querida maestra de segundo grado, todavía vive. Disponía de un método infalible para apaciguar a los revoltosos: torcerles las orejas. Siempre que nos topamos rememora, divertida, la travesura que alguien del aula le hizo, quizás para vengarse de sus agresiones contra sus pabellones auditivos: le introdujo un guayabito en su closet. Tan pronto ella lo abrió en busca de algún documento, el animalito le saltó encima. El susto fue tal que, de un brinco, se encaramó sobre uno de los pupitres. Al autor de la cuestionable diablura todavía deben de dolerle los pellizcos. 
En el primer año de la secundaria básica, tuvimos un profesor de Geografía muy circunspecto. Llegaba al aula antes de comenzar su turno y colgaba de un clavo sus planisferios. Al concluir, los enrollaba con cuidado, extraía el clavo y –obsesionado como era en materia organizativa-, lo guardaba en una grieta de la pared, seguramente para prever un posible extravío. ¡Craso error! Tan pronto daba la espalda, alguien del grupo se lo escondía en otro sitio. En la próxima clase, el profesor debía hacer pininos para desplegar sus mapas sin que se cayeran. Ignoro a qué método recurrió para lograrlo. Tampoco si llegó a descubrir al secuestrador de la tachuela. 
A un popular y eminente profesor de Física ya fallecido, célebre entre los estudiantes por sus simpáticas y ocurrentes salidas, le gastaron también una bufonada. En una de sus clases armó sobre su mesa un equipo de laboratorio para demostrar en la práctica cierta teoría de su especialidad. Así, tomó una vasija de cristal, la llenó hasta la mitad de un líquido, la fijó a un soporte universal y, por último, le colocó debajo un mechero. 
Mientras explicaba en la pizarra qué ocurriría en el ensayo, el guasón del primer pupitre, fuera de su campo visual, sopló la llama y la apagó. El profesor le atribuyó al viento el imprevisto y volvió a encenderla. Empero, minutos después se repitió la situación. A la tercera vez (¡ah, la sabiduría de los refranes!) fue la vencida. Comenzó a escribir algo con la tiza, y de pronto, tal y como se viran los pitcher a una base para sorprender a un corredor adelantado, pilló al bromista con los cachetes henchidos, presto a expeler todo el aire de sus pulmones sobre la candela. «Ahora mismo te vas, y hasta que no traigas a tus padres no entras más al aula», le dijo. Y, acto seguido, murmuró para sí: «Graciecitas conmigo…». 
Hay una anécdota muy divertida que, a pesar de los años trascurridos, los alumnos de la época recordamos en nuestros encuentros de ocasión. Ocurrió una tarde en un campamento del plan Mi Escuela al Campo. Aburridos como ostras, decidimos entrar al albergue a jugar un poco de dominó o a cualquier otra cosa que nos entretuviera. Pero los cuarteleros estaban limpiando el local. Y el profesor de guardia, un septuagenario bueno y humilde, oriundo de la isla de Barbados, nos detuvo en seco. 
«No pueden entrar hasta que terminen», nos advirtió, al notar nuestra intención de instalarnos dentro. Aun así, varios lo desobedecieron y se colaron por una puerta lateral. El teacher -así lo llamábamos- se les acercó y, cuaderno y lápiz en mano, los conminó enérgicamente a darles sus nombres para aplicarles el correspondiente reporte disciplinario.
A la sazón, la serie nacional de béisbol estaba en su apogeo. Así que el primer jodedor, al tanto de que el caribeño no seguía sus incidencias, le espetó muy serio: «me llamo Miguel Cuevas». El ingenuo profesor lo anotó sin saber que así se identificaba a uno de los principales toleteros de la época. Acto seguido, y en la propia cuerda, fue asentando en su cuaderno, dictados por los propios infractores, nombres como Manuel Alarcón, Agustín Arias, Ramon Hechavarría, Manuel Hurtado, Silvio Montejo, Antonio Jiménez, Wilfredo Sánchez, Urbano González, Orlando Figueredo y varios otros, todos estrellas beisboleras de por entonces. Al otro día, en el matutino, los dio a conocer públicamente, y comunicó que los indisciplinados recibirían su correspondiente correctivo de forma ejemplarizante. Nuestro teacher jamás logró explicarse la causa de la risa. 
Bueno, sospecho que algún que otro puritano romperá lanzas contra esta crónica, tildándola de apología al irrespeto. Tengo una opinión distinta. Para mí, las mejores relaciones alumno-profesor van más allá del almidonamiento y de la severidad. Se establecen, además, cuando entre uno y otro priman la confianza, la empatía y la aceptación de lo diverso. No existe proceso docente-educativo ajeno a estos sentimientos. Porque no solamente de teoremas y de prontuarios se vive en el aula.

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viernes, 16 de agosto de 2019

Sofía y la mala palabra

Mi hija Beatriz tenía siete años de edad aquella tarde en que vino hacia mí con cara de pocos amigos. «¿Qué te ocurre, mi amor? ¿Por qué estás brava?», le pregunté, cariñoso. «Papito, es que mi hermana Sofía no quiere jugar conmigo», se quejó, llorosa. «Mira, mi chiquitica –intenté consolarla, aunque convencido (por conocerla bien) de que resultaría inútil–, a veces las personas queremos estar solas. Nos ocurre con mucha frecuencia. Tal vez ahora ella no tenga deseos de jugar. Pero dentro de un rato quizás cambie de opinión y te llame. Ten paciencia y verás».
Lejos de convencerla, mis palabras surtieron el efecto contrario: «¡Papito, siempre defiendes a Sofía! Ella prefiere estar leyendo ahí acostada en su cama mientras yo estoy aquí aburrida. Y tú, en vez de regañarla, mira lo que me dices», replicó, indignada. Y por ahí bla bla bla…
Aguanté a pie firme su descarga, suspiré profundo y opté por quedarme callado. La miré tiernamente a los ojos, pero me apartó la vista. Quise animarla con una caricia, pero la esquivó con un manotazo. Luego abandonó la habitación con la cabeza erguida. «Es una tormenta pasajera, ya se le pasará», me dije. Y me acomodé ante mi computadora.
Acababa -¡por fin!- de escribir la primera línea de un trabajo pendiente cuando sentí que «alguien» se situaba con mucho sigilo a mis espaldas. Era Beatriz. «Papito, tengo que decirte algo importante», me susurró bajito y con un halo de misterio en la voz. Por su expresión supuse que había dejado atrás la perreta, vaya usted a saber por qué motivo. Pero pronto lo conocería. «Dime, mi niña», le dije, atrayéndola hacia mí. Entonces, casi al oído, me musitó: «Sofía dijo anoche una mala palabra de las grandes». Volví a suspirar hondo y a mirarla a los ojos. Evidentemente, quería cobrarle a su hermana su negativa a jugar. Ahhh, ¿cómo proceder cuando se es juez entre las dos criaturas que más uno ama? ¿Cómo? Traté de ensayar un sermón: «Betty, eso está mal hecho de parte de Sofía. Las niñas no deben decir malas palabras. Pero, si vuelve a ocurrir, no me lo digas. Porque si tu hermana se entera, en lo adelante no confiará más en ti, ¿entiendes? Para la próxima, la regañas. Aunque espero que eso no se repita. No obstante, hoy vamos a resolver esto. Sofía tendrá que explicarme. Dile que, por favor, venga acá».
Un destello de triunfal regocijo iluminó su rostro adorable. La escuché llamar en alta voz y tono autoritario: «¡¡Sofíaa, dice Papito que vengas acá inmediatamente!!». Lo de «inmediatamente» –ustedes lo notaron– lo puso ella con toda intención. Pero no le di importancia a ese detalle.
Sofía vino al momento, saltando como una ardillita.
Quise salir lo más rápido posible del trance recriminatorio, y le dije muy serio: «Sofía, me acabo de enterar que anoche dijiste una mala palabra grande. Eso no es lo que yo te he enseñado. Quiero que me expliques ahora mismo y bien clarito qué… ». Sus carcajadas dejaron inconclusa mi frase. Y yo, indignado y severo: « ¡Oye, Sofía, eso no me da ninguna gracia!». Y ella, como si tal cosa: «jajajajajajaja…». Y yo: « ¡Pero Sofía...!» Y ella: «jajajajajaja». Al fin se tranquilizó un poco.
«Mira, Papito, eso fue anoche y tú habías salido no sé a dónde –comenzó a contarme-. De pronto hubo un apagón tremendo y todo quedó oscuro. No teníamos velas, ni faroles ni ninguna luz en la casa. Tuvimos que acostarnos. ¿Te imaginas estar en la cama sin sueño? No podíamos ver televisor, ni jugar en la computadora, ni leer… ¡Solo estar en la cama y conversar! Y rato y rato y rato y nada de la corriente… Como a las once de la noche la lámpara del cuarto se encendió. Entonces yo…».
Volvió a partirse de la risa. «¿Entonces qué, Sofía? ¡Acaba de hablar!», le exigí. De nuevo esperé a que terminaran sus carcajadas. «Entonces, Papito, me puse tan contenta, ¡tan contenta!, que se me fue. ¡Te juro que se me fue! Exclamé muy alegre… "¡al fin llegó la luz, cojones!"».
Cuando escuché a Sofía emplear en tono de alegría la denominación vulgar de los órganos reproductores masculinos, quien por poco se parte de la risa soy yo. Ella jamás ha sido malhablada, pero, ¿a quién no se le ha escapado un exabrupto así en situaciones parecidas? ¿Por qué entonces criticárselo a ella con hipócrita puritanismo?
A nuestro lado, indignada, Beatriz me torció los ojos. Y me soltó: «Papito, así que vengo a contarte que Sofía dijo una mala palabra de las grandes y lo que te da es risa. ¡Ni siquiera un regaño! Jamás volveré a decirte nada».
Y, ni corta ni perezosa, me dio la espalda, tiró ruidosamente la puerta y se marchó a jugar con la amiguita del apartamento vecino.

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miércoles, 14 de agosto de 2019

La olimpiada de mi barrio

En mi ya distante etapa de estudiante de la enseñanza secundaria, mis amigos manatienses y yo nos dábamos gusto en cada ocasión en que la televisión transmitía en directo Olimpiadas, Juegos Panamericanos o Centroamericanos. Por entonces no teníamos celulares ni tabletas, pero sí ímpetus y fantasía. Así que, tan pronto concluían los eventos en la tele, organizábamos en el barrio nuestra propia competencia. 
La «sede» principal de aquellos juegos era, comúnmente, el patio de mi casa, muy irregular y sembrado en buena parte de árboles frutales. Como implementos deportivos, apenas contábamos con un baloncito de goma, amén de algún que otro objeto estrafalario útil para nuestros propósitos. Solamente competían tres «países», es decir, dos de mis compinches y yo. Y nos sorteábamos quién sería el representante de CUBA.
Una de las disciplinas en la que más rivalizábamos era el baloncesto. A falta de un aro digno de llamarse así, fijamos un cubo desfondado en lo alto de una mata de anón. Se jugaba al uno contra uno, y, como nuestro humilde baloncito apenas rebotaba entre tantos tubos y raíces reptando por doquier, no se penalizaban faltas como el «doble dribling» o el «caminando». Ganaba quien primero lo encestara (o encubara) 10 veces.
Para el voleibol disponíamos de una «cancha» mejor: el piso de cemento de una casa demolida. Sus límites tenían como referentes algunas de sus muchas rajaduras. A guisa de net utilizábamos la tendedera de alambre donde mi madre ponía a secar la ropa recién lavada. En más de una oportunidad la reventamos con nuestros remates y bloqueos. «¡Váyanse a jugar a otro lado!», nos amonestaba aquella buena mujer. 
Las «pruebas» de atletismo requerían soluciones atípicas. Como en el salto alto carecíamos de soportes verticales que sostuvieran el «listón» (casi siempre el palo de una escoba), dos de nosotros lo tomábamos por sus extremos para que el competidor correspondiente intentara superarlo con el empleo del estilo tijera. Se caía sobre la tierra dura, igual que en el salto largo. Y para medir recurríamos a la cinta métrica que guardada mi vieja en su ajuar de costurera, dentro de una gaveta de su máquina de coser. . 
No estoy muy seguro de que nuestra competencia múltiple incluyera jabalina, bala, disco y martillo (hubiera sido una locura). Sí recuerdo la vez en que Felo Corpas casi se rompe la crisma cuando intentó saltar con garrocha («fuera de programa», dijo) sobre una pared en ruinas, utilizando para ello la vara de la tendedera de la ropa. Se concentró, se impulsó, apoyó la «pértiga», tomó altura y… ¡la vara se partió en dos! Dio con sus huesos en tierra, amén de medio ladrillo encajado en el costillar. 
La carrera de velocidad tenía como pista un tramo de la cuadra. En ocasiones marcábamos con ceniza un metro de cada senda (¡eran solo tres!), y para hacer las veces de estambre en la meta le pedíamos «prestado» a mi madre un carretel de hilo de coser. La resistencia era más sencilla: una vuelta a la manzana. A falta de cronómetro, el tiempo en segundos se llevaba a intervalos de voz: uno, dos, tres, cuatro… 
La gran estrella del evento era el fútbol, el deporte «barrial» por excelencia. Como no tenía sentido alguno patearnos uno contra uno en una explanada grande –nadie resistiría tamaño desgaste-, lo hacíamos en plena calle, en un tramo de unos 20 metros. Bastaba un par de piedras separadas entre sí para establecer la anchura de las porterías. La legitimidad del gol requería que el balón las cruzara por el suelo, jamás por el aire. 
Empero, si nuestros golpeos no tomaban la dirección correcta, nos exponíamos a que el balón aterrizara en el jardín de la viejita María. En esos casos, la anciana solía reaccionar con una rapidez insólita para su edad: se incorporaba como un rayo de su sillón del portal, llegaba antes que nosotros al vergel, le echaba mano al redondo implemento y nos lo secuestraba durante varios días sin derecho a réplica, siempre con el argumento de que «estábamos acabando con sus flores». De nada nos servían las promesas y súplicas para que nos lo devolviera.
El «calendario» del evento incluía también ping pong. A guisa de mesa utilizábamos una vieja puerta que mi padre tenía almacenada en un cuartico. Nos volvimos expertos colocándola en perfecto equilibrio sobre el «burro» (así le decían) que sostenía la tabla de planchar de mi mamá. La net era un trozo de tela metálica, cortada a la medida y estirada con alambres. Nuestras raquetas eran diseñadas por nosotros mismos con pedazos de playwood (pleibo, le decíamos). Las peloticas sí eran auténticas. Aunque, en ocasiones, producto de tantos golpes, se abollaban. En esos casos,  las hacíamos flotar unos segundos dentro de un recipiente con agua hirviendo hasta que recuperaban su forma original.
Los deportes de combate nunca se planificaron. ¿Golpearnos a mano limpia por carecer de guantes de boxeo? Negativo. ¿Abracarnos sobre el duro piso de cemento para aplicar alguna llave de lucha libre? Ni hablar. De haberlo hecho, uno de nosotros hubiera terminado en el hospital. La esgrima sí tuvo alguna aparición, cuando un niño del barrio nos prestó sus espadas y caretas plásticas que recibió por el Día de los Reyes. 
¡Y claro que jugábamos béisbol! Lo hacíamos «al duro» en el mismo patio, con una estropeada pelota «Wilson» forrada de esparadrapo, y siempre uno contra uno a cinco inning. Detrás del cajón de bateo situábamos verticalmente el fondo de un barril. La bola que lo impactara era «estrai». En caso de hit, los corredores ocupaban imaginariamente las bases: la primera en la mata de mango y la segunda en la de coco. 
Para las premiaciones ideamos un podio: tres cajas de madera. Nosotros mismos nos colgábamos las preseas de cartón pintadas de amarillo, gris y carmelita para simular oro, plata y bronce, con una hebra de hilo tomada de donde ya se sabe. Manuel Fernández –a quien hallé en Facebook luego de años sin comunicarnos- era al artífice de aquel acto «protocolar». 
Recién concluidos los Juegos Deportivos Panamericanos y del Caribe en Lima, la capital peruana, se agolpan en mi recuerdo aquellos «juegos» de barrio donde tanto nos divertíamos los adolescentes de mi generación. «¡Papi, mi´jo, eran otros tiempos!», me replica mi hija Sofía cuando, nostálgico, le comento detalles de otrora. Y entonces me conmina a admitir que las personas siempre se parecen más a su época que a sus padres.

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domingo, 11 de agosto de 2019

El último traguito

Por estos días festejo mis primeros 26 años como licenciado en Periodismo. Fue en junio de 1993 cuando defendí mi tesis en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba. Es curioso, pero escribirla no me resultó tan complicado como conformarla. El Período Especial apretaba el cinto, y conseguir hasta un alfiler devenía una odisea. 
Por entonces, el acceso a una computadora o a una impresora era tan difícil como viajar a la Luna. Así, tuve que resignarme a teclear mi texto en una vieja máquina de escribir. Adquirir las hojas fue un ejercicio de persistencia. Y hallar quién me hiciera la carátula, una pesquisa digna de Sherlock Holmes. 
Varios días antes de la presentación, mi tutor revisó por última vez mis folios y dio su conformidad. «¡Listo!», dijo. Empero, yo no lo estaba por completo, pues aún tenía pendiente un detalle extra-académico también importante: garantizar «algo» espirituoso y fuerte para brindar después de la discusión. Porque, ¿alguien concibe finalizar una carrera universitaria sin celebrarlo con un cañangazo? Pero -¡ay!-, en aquel contexto, dar con un litro de ron al alcance de mi billetera era una misión muy peliaguda. 
En busca de un modesto litro de cualquier mejunje que contuviera alcohol, me aparecí en la casa de un amigo la tarde antes de la discusión. Luego del saludo, lo puse al tanto de mi trance y le rogué que, por favor, hiciera algo por mi causa y me gestionara por ahí aunque fuera un «sábado corto» de aguardiente barato. «Quiero tener algo para brindarle a la gente, tú sabes cómo es eso…», argumenté. Y él, sarcástico y pícaro, añadió: «Y para brindarte a ti mismo, que te conozco muy bien». En fin... 
Me invitó a sentarme y le pidió a su mujer que me hiciera café. «Vengo rápido, así que no te impacientes», aseguró. Y con la misma ganó la calle. Al rato regresó con una mochila de cuyo interior sacó... ¡dos botellas de ron Santiago! Madre mía, ¡el más popular de la época y el favorito de los dipsómanos! Nunca supe dónde las obtuvo (no lo pregunté) y –¡vaya alegría!- se negó a cobrármelas. «Especial para los amigos», dijo cuando me las dio. Y la frase me hizo recordar cierta película cubana. 
Después de mi efusiva gratitud, y como él no iba a estar presente en mi discusión, le propuse (quizás por pena) descorchar una botella y celebrar con un traguito –¡uno solo!- el providencial hallazgo etílico. Pensé que mi amigo rehusaría de plano. Pero, para mi sorpresa (y para mi inquietud), aceptó. «Solo uno, ¿eh?, que son para la tesis», remaché. Asintió con la cabeza. Y, acto seguido, buscó dos copas y las llenó hasta los bordes. 
«¡Por los cinco puntos que te darán mañana en la discusión!», brindó, copa en alto. Yo lo secundé. Estaba colocándole el tapón a la botella y me preparaba para marcharme cuando mi amigo, abruptamente, se interesó por conocer el tema de mi tesis. Con mi explicación a medias, advertí que las copas estaban vacías. Me pareció una mezquindad no rellenarlas. «Hermano, un trago más y ya», avisé. Repetimos el ritual del brindis. Y entonces él, conocedor de mi fanatismo por el fútbol, decidió provocarme. 
«¡Qué Messi ni Messi! Maradona es el mejor jugador de la historia», afirmó, tajante, al tiempo que le echaba mano a la indefensa Santiago y vertía de su contenido en las dos copas. No hice nada por evitarlo, pero me alarmé. «Hermano, afloja», reiteré sin mucha convicción y ya con algún mareo. Bebimos. Como discrepaba de su criterio, le refuté: «¡No, el mejor es Messi! Y con mucha ventaja!». Polemizamos un rato y nos servimos dos veces más, ya sin que yo opusiera demasiada resistencia. 
Entre copa y copa, mi amigo me repetía gangosamente: «hermano… hip… ¡mañana vas a sacar 5…! hip… ¿Tú me estás oyendo? hip… No te preocupes… hip… ¡Vas a sacar 5, que yo lo sé, compadre! hip… ¡Te lo digo yo que vas a sacar 5…! hip… Oye, atiende para acá, ¡vas a sacar 5…! hip…». Finalmente, y a pesar de la cantinela de que «ni una copa más», terminamos por bebernos todo el contenido de la botella completa. 
Animado por los tragos, propuse descorchar la segunda botella. Pero, para mi fortuna, la mujer de mi amigo salió de la cocina y me espetó, enérgica: «Usted no va a abrir nada. Arranque ahora mismo para la Universidad, que mañana tiene la discusión de su tesis». Y casi me puso de patitas en la calle. Para entonces a mi amigo se le había enredado tanto la lengua que no entendí ni media palabra de lo que me dijo a guisa de despedida. 
Recuerdo que agarré por el cuello la botella de Santiago sobreviviente, lo introduje en mi mochila y tomé rumbo a la Universidad, no muy distante de allí. Una ducha fría y unas horas de sueño bastaron para que me recuperara y amaneciera «entero». Entré a discutir la tesis sobre las 10 de la mañana. Minutos antes, y no sin recelo, le pedí a un periodista amigo que me cuidara la botella hasta que yo terminara mi exposición. 
«Compadre, cuídala como si fuera de oro. Es la única que tengo y quiero compartirla con ustedes cuando termine», casi le imploré. ¡Craso error el mío! ¿Se le puede encargar a un lobo cuidar gallinas? Tan pronto entré a discutir mi ejercicio académico, la abrió, derramó en el suelo un poco de ron «para los santos» y el resto se lo bebió con mis compañeros de carrera que aguardaban por la calificación final en las inmediaciones. 
Culminada la discusión, me acerqué al grupo. Todos, eufóricos, vinieron hacia mí. «¡Felicidades!», exclamaron a coro. «Bueno, ahora a descorchar la Santiago», propuse, feliz. «Es que ya lo hicimos –admitió con fingida pena mi colega-.Celebramos por anticipado. Pero, para que veas que te tuvimos en cuenta, mira la botella: ¡dejamos para ti el último traguito!».
Y me la mostró con una migaja, una miseria, una vergüenza, un humilde, un miserable traguito de ron en el fondo.

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