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domingo, 20 de junio de 2010

Mi regalo de todos los domingos



SofiBetiSalir con mis hijas a pasear por la ciudad los domingos por las mañanas no constituye para mí una experiencia nueva. En realidad, desde hace tiempo ellas y yo tenemos por costumbre emplear estas jornadas para ir al Teatro Guiñol, al Café Fiñe, al Parque Infantil o a cualquier otro sitio que resulte de su común preferencia. Hoy, sin embargo, tuvo un significado especial: es el Día de los Padres.
Mis niñas despertaron antes de las ocho de la mañana. A pesar de mi  hábito madrugador, yo aún dormitaba. Percibí su presencia a través de mis oídos, cuando ambas comenzaron a cantarme «Felicidades, papá / hoy es tu día de fiesta / la rosa roja está abierta / felicidades papá/». Me dieron -nos dimos- abrazos y besos. Luego las muy bribonzuelas... ¡me pidieron que les preparara la leche! «Si no se apuran llegaremos tarde al teatro», les advertí. Y entonces, con el corre-corre, casi volvieron loca a su mamá.
Una vez bañadas y vestidas, tomamos rápidamente la calle, prestos, como siempre, a pasar  juntos unas horas de felicidad. En el trayecto tuve varios motivos para divertirme con sus ocurrencias. Sofía me preguntó: «Papito, ¿verdad que no tenemos que regalarte nada porque nosotras somos el mayor regalo para ti?» Muerto de la risa le dije que tenía razón. Al poco rato, le recriminé  en buena forma a Beatriz que no agradeciera el gesto de un muchacho que se agachó a recogerle un juguete caído de sus manos. Me respondió: «Está bien, papito, a la próxima persona que me diga bonita le daré las gracias». Tuve que reirme de nuevo. Los tres vamos siempre así por la calle, conversando, preguntando, explicando, discutiendo...
Nuestra primera escala fue el Teatro Guiñol. Pero -¡ay!-, allí supimos que no habría función por  lo escaso de la concurrencia. Apenas habíamos cinco personas. Mis niñas se decepcionaron con la noticia. Recobraron el ánimo cuando las invité a tomar helados. Fuimos a un establecimiento cercano y cada una pidió para sí un pote con sabor a chocolate. Yo pedí una cerveza fría. «Papito, no te la tomes toda para que no te emborraches», me advirtió Sofía.  Los presentes soltaron una sonora carcajada.
Mientras degustábamos helados y cerveza, ellas hablaron hasta por los codos de lo humano y lo divino, cantaron canciones y declamaron poemas. Alguien les dijo: «¡Qué bonitas son las dos...!». Y Beatriz, simpatiquísima, le respondió en el acto: «¡Graciasssss!». Había cumplido su palabra respecto a la gratitud. Al poco rato nos despedimos y volvimos a ganar la calle. Luego hicimos un par de visitas relámpagos a unas amistades cercanas.
Cuando estaba por llegar el mediodía, decidimos marcharnos y tomamos el camino a casa. «¿En qué medio de transporte regresamos, papito?», me preguntó, como cada domingo, Sofía. «En el que tú sabes, en bixitaxi», le respondí. Entonces, también como cada domingo, me «tumbaron»10 pesos por concepto de viaje de retorno. Pasamos una mañana maravillosa. ¿Hay un regalo mayor para un padre que este paseo un Día de los Padres?

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sábado, 3 de abril de 2010

Los cuatro añitos de mi Betica

Hoy, 3 de abril, mi pequeña hija Beatriz cumplió cuatro añitos de vida. Quisimos obsequiarle una jornada feliz. Es, por cierto, lo que intentamos cada día. Porque, si de hacer dichosos a hijos e hijas se trata, las conmemoraciones deben parecerse a la cotidianidad. Antes de las siete de la mañana, su hermanita Sofía y yo le cantamos a dúo y a pie de lecho «Felicidades». Betica se restregó los ojos, se desperezó, nos dio las gracias y, acto seguido, dio buena cuenta de su biberón. Luego todo fue prisa, pues debíamos llegar a tiempo a un espacio citadino del que ambas son fans: el Café Fiñe, cuyo espectáculo para niños frecuenta cada sábado la grey infantil tunera. Cuando estuvieron emperifolladas y listas -incluso con sus carteras en ristre-, cogimos calle y llegamos en 15 minutos al Café... Por fortuna, nos correspondió una de las mesas de la parte delantera. Eso propició que ellas disfrutaran desde un primer plano de la actuación de los payasos que tanto les gustan. Al rato Betica fue invitada a subir al escenario. Y allí la payasita actuante, al tanto de su festividad, hizo que el público le dedicara a viva voz un  «Felicidades» tan bonito y bien entonado que mi niña hasta se emocionó. Cuando terminó la función, partimos a toda carrera para el Teatro Giñol, distante apenas una cuadra de allí. Una excelente titiritera del grupo Los Zahoríes escenificaba  en su retablo El Patito Feo. Sofía y Beatriz tomaron asiento y no perdieron ni un solo detalle de la puesta en escena. La jornada les reservaba una agradable sorpresa: la fortuna las favoreció en una rifa, y regresaron a casa con un libro y una flor. En el horario de la tarde le celebramos su fiesta con amiguitos, cake, refrescos, fotografías y música. Betica se divirtió de lo lindo y ya está pensando en su quinto cumpleaños.¡Felicidades, mi niña!

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jueves, 18 de marzo de 2010

Mis hijas y Chamaquili

Alexis Díaz Pimienta, el conocido repentista cubano,  anduvo hace pocos días de visita por Las Tunas. En  la ciudad  capital ofreció un espectáculo a teatro repleto. No pude llevar a mis niñas, pues coincidió en fecha con el acto provincial en conmemoración del  Día de la Prensa Cubana, al  que, inexcusablemente, debía asistir. 
Cuando Sofía y Beatriz se enteraron, pusieron el grito en el cielo. Y me lo recriminaron. «Papito -me reprochó la primera, enojadísima-, así que el papá de Chamaquili estuvo aquí en el Teatro Tunas y tú no nos dijiste nada. ¡Mi´jito...!»  La segunda me lo censuró con las manos en la cintura: «No nos llevaste, papito», exclamó.
Chamaquili -para quienes no lo saben- es el  título genérico de un libro infantil que ha tenido tremendo éxito entre los chiquitines y sus familias. La Casa Editora Abril publicó ya las cinco primeras partes, con bellísimas y coloridas  ilustraciones del artista Jorge Oliver Medina.
«Se trata de una serie de historias contadas en versos a partir de las conversaciones entre un adulto y su chiquilín -escribió recientemente el tabloide cultural cubano La Jiribilla-. Alexis, sencillamente, llevó a literatura escrita lo que su pequeño Alejandro le decía cuando apenas tenía un año. Son conversaciones entre Mapá o Pamá y su vástago para explicar la sencillez y lo maravilloso del mundo que nos rodea».
El acta de un reciente Jurado, que  distinguió a una de las ediciones de Chamaquili  con el premio La Rosa Blanca, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), agrega que esos libros valen «por la sencillez y respeto, el tono desenfadado y el alto valor que le otorga al niño».
De tantas veces que se los hemos leído, mis niñas pueden recitar de memoria pasajes completos de estos  textos fabulosos donde se habla de sentimientos, educación formal, valores, respeto a los ancianos, tolerancia, amor filial, espiritualidad, aplicación, cuidado a la naturaleza, en fin... 
A pesar de mi convicción de que había obrado correctamente, experimenté una sensación de culpa por no haber llevado a mis pequeñas hijas al espectáculo. ¿Qué hacer?  Se me ocurrió una idea que puse en práctica a la mañana siguiente. Tomé el teléfono y llamé a la carpeta del Hotel Las Tunas. Pregunté si Alexis Díaz Pimienta estaba hospedado allí. La respuesta fue afirmativa.
Me identifiqué como periodista y solicité que, por favor, me comunicaran con su habitación. Lo hicieron y al momento estábamos él y yo al habla. «Alexis -le dije tras el saludo-, mis hijas Sofía y Beatriz están ansiosas por conocerte. Me sacarías de un gran aprieto si les dedicas unos minutos. Vivimos cerca, así que en media hora podemos estar en el lobby».
Me respondió como solo saben hacerlo las personas sensibles. «Tráelas ahora mismo, no hay problemas», dijo. Y así fue como los tres -Sofi, Betica y yo- ganamos enseguida la calle y en un cuarto de hora estábamos frente al autor cubano más querido y admirado por los fiñes.  
Después de las presentaciones de rigor -debo decir que tiempo atrás Alexis y yo habíamos intercambiado algunos mensajes vía Facebook-, me hice a un lado y me limité durante un  buen rato a disfrutar del panorama. Lo primero que hizo el poeta, luego de saludar a mis hijas como a «viejas conocidas»,  fue regalarles un ejemplar de su última entrega, Chamaquili en La Habana. Allí mismo escribió la dedicatoria: «Para Beatriz y Sofía, mis pequeñas amigas de Las Tunas, con muchísimo cariño, esperando que sigan creciendo con Chamaquili. Un beso grande. Pimienta. 14-03-10».  Se lo agradecieron como ellas saben hacerlo: con alegría. 
En el ínterin, un botones del hotel les obsequió un par de globos. Entonces todos  juntos nos pusimos a conversar. Sofía le declamó de un tirón uno de los poemas del primer libro de Chamaquili y un largo fragmento de otro; Betica, para no ser menos, le recitó Palomita, uno de sus textos preferidos.  Alexis las miraba entre divertido y asombrado. 
Le hicieron mil preguntas, algunas difíciles de responder. Alexis capeó el temporal como pudo.  Luego,  sonriente, extrajo su teléfono móvil y les mostró  en la diminuta pantalla fotos del Chamaquili de verdad, su hijo, fuente de inspiración de sus obras.
No satisfecho con eso, y ante el visible entusiasmo de mis niñas por las imágenes, se excusó un momento, subió a su habitación y regresó con una laptop, desde cuyo monitor ellas disfrutaron de varios videos donde padre e hijo aparecen rapeando alegremente algunos de los poemas más populares de los libros. 
Todos disfrutamos del inusual  encuentro una barbaridad y hasta  pude hacer varias fotos, tres de las cuales inserto en este texto.  El tiempo, sin embargo, transcurrió  a toda máquina. Y, como yo estaba al tanto de que el poeta debía partir al mediodía para la ciudad de Puerto Padre, donde ofrecería el último de sus recitales tuneros, propuse la despedida. 
«Tienes unas hijas maravillosas», me dijo el célebre padre de Chamaquili cuando, ya en retirada, nos estrechamos las diestras. Miré en dirección a las niñas y las vi. Corrían, muertas de la risa, por los pasillos del hotel, detrás de sus globos de colores. Y me dije que, en efecto, Sofía y Beatriz son un par de chicas maravillosas. Reconozco que esta certeza  puede ser tildada de nepotista, porque proviene de alguien  muy cercano a ellas. Pero, aunque lo fuera ¿excusarían ustedes a este padre orgulloso de sus hijas?

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martes, 1 de septiembre de 2009

Sofía en prescolar

Mi pequeña Sofía asiste hoy por primera vez a la escuela ¡Qué bonita luce mi princesa mayor con su uniforme de estreno y su sonrisa feliz! Ayer se la pasó hablando -en su hablar- de lo que será para ella esta nueva etapa de su vida: «Papito, ya estoy en preescolar, ¡ahora soy grande…!», me dijo, alborozada. Y yo, incapaz de asimilar dentro de mi pecho ni una onza más de paternal orgullo, la apreté fuerte contra mi corazón.
Cuando al filo de las ocho de la mañana llegó al círculo infantil para participar en el acto de inicio de curso, depositó una flor ante el busto de Martí. Las manos de mi hija -de mis hijas- traen siempre una ofrenda de pétalos para el autor de La Edad de Oro, ese hermoso libro que ella conoce tan bien. Luego Sofía tomó del brazo a Beatriz, su hermanita menor, y ambas partieron a conocer lo desconocido.
En el patio de la guardería se encontró con sus compañeritos de salón, igualmente atildados y eufóricos. Y con sus padres y madres, también henchidos de satisfacción por el acontecimiento. Son los mismos chiquitines que comparten con Sofi la cotidianidad desde que apagaron su primera velita y rasgaron su primera piñata. El círculo infantil Las Tres Casitas resultó desde entonces su segundo hogar; y las educadoras y auxiliares, sus madres de circunstancia.
Acaba de desplegarse ante Sofía una linda etapa cuajada de expectativas. La tía deviene ahora maestra; y el juego, aprendizaje. Dentro de poco establecerá nexos con las letras y los números. Aprenderá a simplificar, a leer y a escribir. Conocerá el mundo y a sus criaturas. Todos los días retornará a casa con un conocimiento nuevo, presta a ejercer su flamante y adorable magisterio. Y yo -padre incorregible y afortunado- volveré a sentirme otra vez discípulo.

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miércoles, 1 de abril de 2009

De vuelta con mis hijas

Aquí están de nuevo mis hijas. Evidentemente, a este par de bribonzuelas les encanta hacerse fotografías. ¿O será acaso papá quien las embulla a posar para su cámara? Sí, la estampa es tan reincidente que se justifican las suspicacias. Como suele aparecer en las películas -y parafraseando la idea como me conviene- cualquier semejanza con la realidad no es pura coincidencia. En fin, que me gustaron estas imágenes donde figuran, primeramente, Sofía y Beatriz en el balcón de nuestro apartamento, listas para un paseo dominical con sus flamantes gafas de sol; y después, tocadas con un par de gorras para ir a corretear a un parquecito cercano. Ahhh, y una sonrisa confirmatoria de que no existe felicidad más intensa y entrañable que la de los niños. Perdón, Sofía, ¡y la de las niñas!

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sábado, 28 de febrero de 2009

Mis hijas hoy

Soñadora
Original
Fina
Inteligente
Adorable


Bondadosa
Efusiva
Alegre
Tremenda
Risueña
Intranquila
Zalamera

Espero que mis lectores no me cuelguen el sambenito de «padre apasionado» y me excusen de la retahíla de adjetivos hermosos que he puesto en el currículo de mis hijas. Les garantizo que no convoqué a ninguno «a la cañona» para resolver las exigencias del acróstico. Los seleccioné porque retratan con exactitud las respectivas personalidades de Sofía y Beatriz. Aclaro que los términos son diferentes entre sí porque sus destinatarias, por fortuna, también lo son. ¡Bien que lo sabré! Pero esos detalles solo pueden calibrarse desde la perspectiva de un padre. ¿Defectos? Sí, me imagino que ellas los tengan (aunque no estoy seguro jajajajaja...). Pero, por favor, no pretendan que sea yo quien asuma ese inventario. Además -y a pesar de lo generalmente aceptado- la perfección suele ser aburrida. Porque, si de niños se trata -y de niñas, como me rectificaría Sofía con su proverbial enfoque de género-, llorar sin ningún motivo, poner patas arriba la casa, fastidiar en momentos inoportunos, pintar con crayolas las paredes, negarse a tomar un medicamento, exigir a gritos la leche en plena madrugada, encapricharse con un juguete inalcanzable para el bolsillo, intruducir trozos de galleta por la ranura del lector de disquetes de la computadora, triturar el material de poliespuma de mi casco de motorista, descolgar durante sus retozos el teléfono, quebrar contra el piso las puntas de los lapiceros y garabatear libretas de notas también tiene sus encantos. Se los puedo jurar por las deliciosas y terribles horas -¡meses!- de estrés, insomnio, malestar, pánico, nerviosismo, desequilibrio, cefalea y alteración que tengo acumuladas en la caja del cuerpo desde que mis hijas me hicieron el fabuloso regalo de venir al mundo. He dicho...

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jueves, 11 de diciembre de 2008

Los cuatro añitos de mi Sofía

Ayer 10 de diciembre mi princesa Sofía sopló cuatro velitas por igual número de años cumplidos. ¡Qué radiante y contenta estuvo durante toda la jornada mi niña mayor! Varios de sus amiguitos del edificio la acompañaron en la celebración. Pero su «invitada de honor» fue, sin dudas, otra princesa: Beatriz, su hermanita menor, que festejará sus tres adorables abriles el próximo 3 de abril. Sofía fue ayer toda sonrisa y toda alegría. Jugó cuanto quiso, cantó canciones infantiles, recitó poemas, tocó piano y repartió golosinas. Ahhhh, y una joven estudiante de violín presente en la fiestecita le dedicó especialmente un número con su instrumento. A cada felicitación recibida, Sofía respondía con un simpático «gracias». Y si el emisor no le replicaba con un «por nada», ella se lo recordaba. En fin, se divirtió de lo lindo y ya pregunta cuándo será su próximo cumpleaños jajajajajaja... Mis hijas son la mayor recompensa que me ha conferido la vida. Parece una perogrullada, un lugar común, una frase hecha, un camino trillado, un enunciado hueco, pero es así, y lo ratifico: ¡Sofía y Beatriz son mis tesoros! Y experimento una satisfacción enorme cuando estoy junto a ellas, atento a su crecimiento físico, a su desarrollo intelectual, presente en cada nuevo aprendizaje, a su lado en cada nuevo conocimiento incorporado... No me he perdido ni un minuto de la evolución de mis niñas. Ayer, cuando contemplaba sus semblantes felices, reafirmé como tantas otras veces algo de lo que tengo absoluta convicción: no hay nada en el mundo -por difícil que sea- que no esté dispuesto a hacer por ellas.

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sábado, 1 de noviembre de 2008

Pintando con mis hijas

Amigos míos, esta es mi primera experiencia en la «crítica de arte». A pesar de mi ineptitud en ese campo, he llegado a la conclusión de que mis pequeñas hijas pintan muuuuuuuuy bien jajajajajajaja... Realmente -y aquí, entre ustedes y yo- debo decirles que las he ayudado un poquito, ¿eh? Los tres pintamos con el programa Paint. Yo, sentado en mi silla frente al display de la computadora, y ellas acomodadas sobre mis piernas, disputándose ora la derecha, ora la izquierda, hasta que consiguen ponerse de acuerdo. Sofía es la que más me arrebata al mouse para hacer lo que le viene en ganas sobre el ciberlienzo; Beatriz solo de vez en cuando, principalmente para seleccionar en la paleta los colores más estrafalarios. Luego, al final, borro algo por aquí, mejoro algo por allá, retoco y... ¡obra concluida! Se trata, entonces, de una galería a tres manos. Aquí están las «pinturas», listas para ser justipreciadas en la subasta del buen criterio. Discúlpenme esta recomendación que viene de muy cerca, pero aprecien qué bien pintan jajajajajajaja...









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viernes, 11 de abril de 2008

Sofía y Beatriz, mis princesas









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lunes, 14 de mayo de 2007

Mis hijas











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domingo, 15 de abril de 2007

Beatriz cumplió un añito





Beatriz, mi hija menor, cumplió su primer añito de edad el pasado martes 3 de abril. Para la ocasión, Iris y yo le organizamos en la casa una pequeña fiestecita a la que asistieron los niños del edificio donde vivimos. ¡Se portó de maravillas nuestra pequeña princesa! Mis colegas Miguel Díaz Nápoles y Pastor Batista Valdés trajeron sus cámaras para dejar constancia gráfica del acontecimiento familiar. Aquí les muestro algunas de sus fotografías.

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domingo, 8 de abril de 2007

Mi familia por dentro

SOFÍA vino al mundo un poco después de la medianoche del viernes 10 de diciembre del año 2004. Pesó en la báscula siete libras con cinco onzas. En el horóscopo es Sagitario, igual que yo. Caminó a los 14 meses de nacida. Desde hace aproximadamente un año asiste al círculo infantil «Las Tres Casitas», no lejos de nuestra casa. Allí, entre otras cosas, ha aprendido a llevar un horario del día, a relacionarse con nuevos amiguitos y a cantar canciones infantiles. En estos momentos Sofía se sabe más de 20 canciones, las cuales interpreta a su manera, ya espontáneamente, ya por petición. También le agrada mucho pintar, para lo cual me escamotea hojas de papel y luego las garabatea con sus crayolas de colores. Con lo que más simpatiza Sofía es con los libros, a pesar de que aún no sabe leer. Tiene alrededor de 15 libros infantiles, y los hojea y ojea a todas horas. Ella suele pararse en medio de la sala con un libro abierto a hacer como si lo leyera en su gerigonza. Además, exige que se les lean «de verdad» en diferentes horarios. De tanta lectura escuchada, Sofía puede recitar de memoria Los zapaticos de Rosa y La rosa blanca, dos textos fundamentales de José Martí. Es aficionada a clásicos como La Edad de Oro, La Cenicienta, El soldadito de plomo, Pinocho, El gallo de bodas, etc. Y a la literatura infantil cubana, especialmente al libro que narra en versos las aventuras de Chamaquili, un niño salido de la imaginación de Alexis Díaz Pimienta, de quien, por cierto, acabamos de recibir un correo electrónico donde asegura sentirse muy emocionado "al saber que la pequeña Sofía disfruta de esos poemas". Pueden ver el contenido de ese mensaje en el comentario adjunto a esta entrada. Otra faceta de Sofía es que es capaz de pasarse horas completas petrificada frente a la pantalla del televisor mientras disfruta de programas infantiles tales como La sombrilla amarilla, Alánimo y La canción infantil. Mientras está así no se permite distracciones de ningún tipo. Su película favorita es Shrek, ¡la ha visto decenas de veces! Todos los domingos la llevo al Teatro Guiñol a ver los títeres y los payasos. Ella disfruta tremendamente esos espectáculos y regresa a casa llena de fantasías. Definitivamente, Sofía está manifestando una marcada preferencia por el arte.
BEATRIZ nació al mediodía del lunes 3 de abril del año 2006, es decir, alrededor de 16 meses después que su hermanita mayor. Su signo zodiacal es Aries. Pesó siete libras exactas en la báscula del hospital «Doctor Ernesto Guevara de la Serna», en Las Tunas, Cuba. Se trata de una diablita intranquila y simpática, que irradia carisma por todas partes. La Betty es capaz de tirarle los brazos a cualquiera, aunque no lo conozca. Siempre está de buen humor y con una sonrisa pícara a flor de labios. Nuestros amigos se desviven por tenerla entre sus brazos, porque Beatriz es la alegría personificada. Exhibe una salud de hierro y un apetito voraz, incluso en los horarios más insospechados. Come lo mismo carne asada que pan viejo. Cuando tiene hambre no entiende de bromas. Tan pronto se llena, es toda risa. Duerme de un tirón toda la noche, aunque antes de irse a la cuna exige su correspondiente biberón con nueve onzas de leche. Se despierta primero que Sofía y rápidamente clama por su desayuno. Es juguetona y le encanta mortificar a su hermana, pues tan pronto se le presenta una oportunidad le quiere quitar sus juguetes, principalmente sus libros. Recientemente le celebramos su primer añito y lo disfrutó mucho. Llora muy poco, pero, cuando lo hace, altera a todo el mundo en la casa por la intensidad de sus gritos. Algunos en la familia aseguran que se da un parecido a mi difunta madre. ¡Cuánto orgullo hubiera sentido mi vieja con esa conmparación!" Beatriz todavía no camina sola, pero ya está dando pasitos con cierta seguridad. Esperamos que dentro de un mes a lo sumo ya lo haga sin dificultades. Yo la saco a pasear cada vez que puedo y en la calle la gente la celebra mucho. La llevo a visitar a mis parientes y a mis amigos. Cuando crezca un poquito más, comenzaré también a llevarla al parque infantil y al guiñol.
IRIS, mi esposa, nació el 15 de enero de 1971. Procede del municipio de Pilón, en la provincia de Granma. Realizó sus estudios secundarios y de pre-universitario en el Instituto Pre-Universitario Vocacional de Ciencias Exactas José Martí, de la ciudad de Holguín. Allí le fue asignada la carrera de Licenciatura en Periodismo, que cursó en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, desde el año 1988 hasta el año 1993, cuando se graduó. Fue en su época universitaria cuando nos conocimos, ya que los dos estábamos en la misma aula. Nos acercaron, principalmente, la afición por la lectura y la afinidad de intereses. Formamos pareja desde el año 1991. Cuando se graduó como licenciada en Periodismo, fue ubicada para su servicio social en su municipio de residencia, en calidad de corresponsal de la emisora provincial Radio Bayamo. Desde Pilón realizó coberturas y reportes diarios para la planta matriz sobre el acontecer socio-económico del territorio, principalmente del polo turístico existente en la zona, con sus hoteles Cuatro Estrellas Farallón del Caribe y Marea del Portillo. Al cumplir sus dos años de servicio social, vino para Las Tunas a reunirse conmigo y comenzó a trabajar en el periódico 26, donde todavía se mantiene, aunque hace dos años que apenas escribe por encontrarse de licencia de materrnidad.. Llevamos casi 15 años de relación matrimonial. Como profesional, ha ganado diversos concursos y sus trabajos de opinión sobre temas de la juventud suelen tener repercusión. Con ella he formado mi pequeña familia.

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jueves, 23 de noviembre de 2006

Memorias de un padre

Esta crónica la escribí con motivo del Día de los Padres del año 2006. Fue publicada en el Semanario 26, de Las Tunas, y en el periódico capitalino Juventud Rebelde. Disfruté muchísimo escribiéndola, porque recrea un tema que tocó con particular intensidad mi fibra más sensible: el nacimiento de Sofía, mi primera hija, y los adorables avatares que me han tocado vivir junto a ella. Para colmar mi satisfacción, la crónica conquistó el Premio en Prensa Escrita en el Concurso Nacional de Crónicas auspiciado por la provincia de Cienfuegos. Este triunfo se lo dedico de todo corazón a mi pequeña Sofía. Y también a mi pequeña Beatriz, que vino detrás y que en cualquier momento me inspirará también. Y a mi esposa Iris, que las llevó a las dos en el vientre. Y a mí, qué caray, que biern me lo merezco.


Mi pequeña Sofía tiene ya un año y medio de nacida. «A ver a ver a ver a ver, chiquitica, de quién es papá, a ver, dilo, uhhh, a ver, uhhh...» Sin apenas darme cuenta, se me está haciendo una mujercita este princesa, esta mariposa, este regalo de la vida. «Papá mío, papá mío, jajajajaja...» No, amigos, imposible. ¿Con qué maravilla comparar la felicidad que me recorre el cuerpo y me trae de cabeza?
La conocí meses antes de que ella -diminuta y temblorosa- debutara en el mundo el 10 de diciembre de 2004. «Estás embarazada», le dijo el doctor a mi esposa aquella tarde, luego de explorarla con el ultrasonido. Obvio: el examen no reveló esa vez su sexo. Pero yo sabia que era hembra. No se burle, ¡lo sabía! A pesar de los horóscopos, de las predicciones y de las computadoras. Por instinto, lo sabía.
A las pocas horas de la buena nueva comencé a hablarle. Pegué mis labios al vientre materno y le musité piel adentro con toda la ternura de que fui capaz: «¡Bienvenida, mi niña!» Desde entonces cada día y cada noche le dije algo cariñoso. Al principio solo obtuve silencio; luego, leves estremecimientos; después, golpecitos que yo interpreté como una respuesta suya a mis mensajes. Mi mujer me reprendía constantemente: «No te empecines en que es hembra porque te decepcionarás si al final resulta varón» Y yo: «Si viene varón lo querré igual. Pero es hembra».
Transcurridas algunas semanas, otro ultrasonido confirmó mi pronóstico de pitoniso: ¡hembra! Y la gente: «Vaya, adivinaste...» Y yo, eufórico: «No se los dije...» Esa noche conversé con ella largo y tendido. Le hablé de los preparativos para su llegada y le describí la cuna pintada de blanco y el sitio exacto donde la colocaríamos junto a nosotros. Desde su piscina de líquido amniótico, Sofía me respondió con un par de pataditas que a mi me parecieron de aprobación.
ENTRADA AL MUNDO
El día del parto lo puedo reproducir con todos sus detalles de análisis, pruebas, exámenes, conteos... Cerca de la medianoche, llevaron a Iris para el salón, mientras yo, exhausto, intentaba descabezar un sueñecito sobre una mesa. Estaba soñando que todo había salido de maravillas cuando alguien me tocó en un hombro: «Ya», me dijo. El monosílabo me devolvió de a la realidad. Y entonces, en el pasillo, distinguí a mi mujer sobre una camilla, pálida y débil, pero con la sonrisa más hermosa que jamás haya engalanado su semblante. «¿Y Sofía?», pregunté. «Paciencia», me pidieron. La tendría entre mis brazos horas después, ya arropadita en el atuendo que su mamá le había escogido con amor para la premiere.
Desde entonces la niña se convirtió en el centro de mi vida. Junto a ella disfruto excelentes malas noches y terribles buenos momentos. Entre las primeras figuran madrugadas completas intentando dormirla con paseos de ida y regreso por toda la casa, sin que Morfeo se digne nunca tirarme un cabo. Entre las segundas, cuando Iris la dejó una mañana a mi cuidado con mil indicaciones y, para mi zozobra, se me hizo caca tan pronto ella puso un pie en la calle.
Me las arreglé como pude con un pañal humedecido. Después le eché mano a otro que había colocado a mi lado para limpiar el puré que mi torpeza derramaba sobre su cuerpecito. Pero, como caca y puré exhibían colores parecidos, hubo un momento en que confundí los paños y, en vez de frotarla con el segundo, elegí el primero. ¡Imagínense! Cuando quise rectificar, ya era tarde: Había embadurnado la cara de mi pequeña con una buena dosis de caquita fresca. Sofía tuvo la infeliz iniciativa de regársela todavía más con una de sus manitas. Luego premió mi azoro con una carcajada inolvidable. Y yo -¿qué iba a hacer?- la secundé. Iris se entera ahora de aquel disparate mío oloroso a heces fecales.
En materia de meteduras de pata mi inexperiencia no quedó ahí. En cierta ocasión mi mujer me pidió que comprara unos jabones. Pero como siempre me aparecía en casa con los jabones equivocados, le dije: «Mira, mejor vas tú, que yo nunca quedo bien». Ella aceptó. Ya en retirada me dio instrucciones: «A Sofía le toca la leche de aquí a media hora. El pomo está sobre la mesa. Antes de dársela lo abres y le quitas la tapita interior que le puse por si acaso te embullabas a sacarla a pasear». Y yo: «No te preocupes que sé cómo hacerlo». Cuando quedé solo, no perdí de vista el reloj. A los 30 minutos tomé en brazos a la niña, cogí el pomo, me senté con ella en un sillón y... ¡vamos, nené, a tomar la lechita! Se prendió, golosa, del biberón. Al rato noté que el contenido estaba intacto. «No quiere», dije para mí. Sofía, sin embargo, chupaba y chupaba sin quitarme los ojos de encima, como implorándome: «por favor, papá, resuelve esto». Entonces recordé la tapita interior: no la había quitado. Tan pronto la retiré, la niña se tomó su leche en tiempo récord.
APRENDIZ DE PADRE
En esta deliciosa etapa de padre he tenido que aprender infinidad de artilugios y hacer ni se sabe cuántas concesiones para entretener a Sofía mientras la madre se ocupa de la batea, la cocina y la limpieza. Por ejemplo, improvisar un títere con una media y un muñeco y meterme luego debajo de la cuna para hacerla reír. También aprenderme los estribillos de las canciones que a ella le gustan y que yo quisiera desaparecer de las discotecas. Una repite machaconamente «pitchea, mami, pitchea», otra «porque yo soy un bandolero» y la tercera «me duele la popola».
Con las lecturas sufro dulcemente. Cuando estoy más ocupado, Sofía se me planta delante con un libro que, de tanto hojearlo y ojearlo, puedo recitar de carretilla, y me “ordena” leérselo. A veces me mira extrañada, pues, al describirle una ilustración, mis versiones libres no suelen coincidir siempre, y ella parece tener buena memoria. Por cierto, sobre su memoria tengo una anécdota. Resulta que a mi niña le agrada el programa Piso 6, y cada vez que sale Caleb, el presentador, ella lo señala y lo menciona por su nombre. Una noche en que estaba particularmente majadera a la hora del Noticiero Nacional de Televisión, la hice mirar para la pantalla:  «Mira, nena, ese es Caleb», le dije. En realidad, era Resíllez, con su comentario semanal. Sofía se volvió hacia mí y exclamó a su manera dos veces, mientras negaba con la cabeza. «Papá, ese no Caé, ese no Caé”» Que me perdone mi colega, pero todavía me estoy riendo.
Cuando cumplió su primer añito y comenzó su vida en el círculo infantil, asumí la tarea de llevarla y traerla en su coche. Durante el trayecto le digo lo que se me ocurre, y ella me responde en su jerigonza que yo entiendo a la perfección. Por la tarde, al recogerla, la sorprendo con alguna golosina para que venga picando por el camino. Ya en casa, llega el gardeo a presión, pues debo seguirla todo el tiempo para distanciarla del peligro de los tomacorrientes, las escaleras, la cocina, el balcón y el multimueble.
Al anochecer pide a gritos la papa, y entonces nos sentamos juntos a la mesa. Inicialmente era yo quien se la daba, y ya sabe: «tata, ahí viene un avioncito, uuuuuuuu...» Pero hace poco aprendió a comer sin ayuda y forma unos regueros que, bueno... Luego del postre la acomodo sobre mis piernas para ver la Calabacita, a la que ella despide con un vehemente hasta mañana. Si está muy agotada, se dueme enseguida. Pero si no, puede llegar a la medianoche despabilada mientras Iris y yo damos cabezazos en los sillones.
Los fines de semana la llevo al teatro guiñol, al parque infantil o a cualquier sitio. Desde la acera se despide de Iris con un «chao, mamá...». Al regreso reseño lo que hicimos y exagero sus hazañas en los columpios y sus progresos en la comunicación.
 FELIZ, MUY FELIZ
Desde que nació Sofía no he vuelto a dormir una siesta ni a escribir los fines de semana. Muchos de mis libros están sin lomo , porque ella se los arranca. Aprendí a hacer muecas para incitarla a comer y a imitar las onomatopeyas de cuanto animal existe para provocarle una sonrisa. Me ocupa tanto tiempo que ya casi no comparto con mis colegas en las tertulias de la UPEC.
He olvidado mi gusto por el pan para reservárselo, aunque ella lo tire al primer mordisco, y me cuido más que nunca cuando conduzco mi moto Babetta para evitar que no me extrañe si tuviera una accidente. Sufro si el termómetro le marca 37 de temperatura o si manifiesta la más leve inapetencia. Le recojo mil veces los juguetes aunque mi columna se resienta...
Pero ahí no termino. Hace poco más de dos meses nos llegó Beatriz, otra niña que promete también ponerme de cabeza. ¿Se imaginan? Dentro de poco volveré a las andadas, pero por partida doble. Y eso cuando acabo de cumplir 50 años. Mis amigos me dicen en broma -¡y en serio!- que tendré que celebrarle los 15 a mis dos tesoros con el dinero de la chequera. Pero, a pesar de lo que me viene encima, me siento el más feliz de los padres. En resumen, y como dijo Benedetti, «estoy jodido y radiante, quizás más lo primero que lo segundo, y también viceversa».

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