domingo, 20 de junio de 2010

Mi regalo de todos los domingos



SofiBetiSalir con mis hijas a pasear por la ciudad los domingos por las mañanas no constituye para mí una experiencia nueva. En realidad, desde hace tiempo ellas y yo tenemos por costumbre emplear estas jornadas para ir al Teatro Guiñol, al Café Fiñe, al Parque Infantil o a cualquier otro sitio que resulte de su común preferencia. Hoy, sin embargo, tuvo un significado especial: es el Día de los Padres.
Mis niñas despertaron antes de las ocho de la mañana. A pesar de mi  hábito madrugador, yo aún dormitaba. Percibí su presencia a través de mis oídos, cuando ambas comenzaron a cantarme «Felicidades, papá / hoy es tu día de fiesta / la rosa roja está abierta / felicidades papá/». Me dieron -nos dimos- abrazos y besos. Luego las muy bribonzuelas... ¡me pidieron que les preparara la leche! «Si no se apuran llegaremos tarde al teatro», les advertí. Y entonces, con el corre-corre, casi volvieron loca a su mamá.
Una vez bañadas y vestidas, tomamos rápidamente la calle, prestos, como siempre, a pasar  juntos unas horas de felicidad. En el trayecto tuve varios motivos para divertirme con sus ocurrencias. Sofía me preguntó: «Papito, ¿verdad que no tenemos que regalarte nada porque nosotras somos el mayor regalo para ti?» Muerto de la risa le dije que tenía razón. Al poco rato, le recriminé  en buena forma a Beatriz que no agradeciera el gesto de un muchacho que se agachó a recogerle un juguete caído de sus manos. Me respondió: «Está bien, papito, a la próxima persona que me diga bonita le daré las gracias». Tuve que reirme de nuevo. Los tres vamos siempre así por la calle, conversando, preguntando, explicando, discutiendo...
Nuestra primera escala fue el Teatro Guiñol. Pero -¡ay!-, allí supimos que no habría función por  lo escaso de la concurrencia. Apenas habíamos cinco personas. Mis niñas se decepcionaron con la noticia. Recobraron el ánimo cuando las invité a tomar helados. Fuimos a un establecimiento cercano y cada una pidió para sí un pote con sabor a chocolate. Yo pedí una cerveza fría. «Papito, no te la tomes toda para que no te emborraches», me advirtió Sofía.  Los presentes soltaron una sonora carcajada.
Mientras degustábamos helados y cerveza, ellas hablaron hasta por los codos de lo humano y lo divino, cantaron canciones y declamaron poemas. Alguien les dijo: «¡Qué bonitas son las dos...!». Y Beatriz, simpatiquísima, le respondió en el acto: «¡Graciasssss!». Había cumplido su palabra respecto a la gratitud. Al poco rato nos despedimos y volvimos a ganar la calle. Luego hicimos un par de visitas relámpagos a unas amistades cercanas.
Cuando estaba por llegar el mediodía, decidimos marcharnos y tomamos el camino a casa. «¿En qué medio de transporte regresamos, papito?», me preguntó, como cada domingo, Sofía. «En el que tú sabes, en bixitaxi», le respondí. Entonces, también como cada domingo, me «tumbaron»10 pesos por concepto de viaje de retorno. Pasamos una mañana maravillosa. ¿Hay un regalo mayor para un padre que este paseo un Día de los Padres?

 
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