sábado, 10 de agosto de 2019

Historia de una estatua

La estatua en 1930
La escultura monumental cubana tiene en la conocida Estatua de la República a una de sus piezas emblemáticas. Emplazada en el interior del Capitolio Nacional –futura sede permanente de nuestro Parlamento-, encarna, según palabras de Eusebio Leal, Historiador de la Ciudad de La Habana, «un símbolo de la Patria invicta y luchadora», y «de la voluntad continuada del pueblo cubano, que inició sus luchas en el año 1868».
La historia de esta obra comenzó a escribirse en 1927, cuando (des) gobernaba Cuba el tristemente célebre Gerardo Machado. El Capitolio estaba por entonces en fase de construcción, y, en aras de engalanarlo con lo mejor del arte de la época una vez concluido, el Secretario de Obras Públicas del tirano, el Dr. Carlos Miguel de Céspedes, invitó a La Habana al gran escultor italiano Ángelo Zanelli (1879-1942), célebre por haber cincelado en Roma el friso del Altar de la Patria.
Tan pronto se instaló en un hotel capitalino, el artista supo los motivos de la invitación: encargarle siete frisos en bajorrelieve para el pórtico central del nuevo edificio, así como tres estatuas de bronce. Dos de ellas –una masculina y otra femenina- tendrían 6,50 metros de alto y se ubicarían en los flancos de la escalinata central de granito que daría acceso al inmueble. La primera representaría el progreso de la actividad humana, y la segunda la virtud tutelar del pueblo. La restante sería la mayor, y se ubicaría en uno de los salones principales. Se llamaría Estatua de la República.

BIOGRAFÍA DE UNA ESCULTURA

Pero, ¿qué figura y fisonomía humanas debía escoger como paradigma? Zanelli pensó replicar la de Palas Atenea, la diosa griega de la sabiduría y la guerra. Desistió, porque no se parecería a la mujer cubana, de la que él admiraba su belleza. Finalmente, se inspiró en una mulata de voluptuoso cuerpo llamada Lily Valty, y en el semblante de la esposa de su amigo y compatriota Stefano Calcavecchia, de nombre Elena de Cárdenas. Con ambas sintetizó su boceto definitivo.
A los pocos días, Zanelli regresó a su país con los proyectos en mente. Sabía ya lo que iba a hacer y no tardó en poner manos a la obra. Para repujar los frisos en bajorrelieves eligió el mármol boticcino, un material de tono beige y con vetas de color oro, muy abundante en Italia. Las estatuas más pequeñas las fundió en bronce en la Fonderia Laganá, en Nápoles. Y la mayor en la Fonderia G. Chiurazzi, en Roma. Luego las bruñó y doró mediante técnicas electrolíticas.
Dos años después, las esculturas estaban terminadas. Por su considerable tamaño, Zanelli y sus ayudantes dividieron la mayor de todas en tres partes y las embalaron en cajas. Con sumo cuidado las montaron en un vagón especial y las mandaron por ferrocarril al puerto de Nápoles. Llegaron a La Habana el 17 de abril de 1929, en medio de una gran expectación.
En su novela El recurso del método, el escritor cubano Alejo Carpentier reseña con humor criollo cómo fueron saliendo del barco los tres segmentos de la Estatua de la República:
«Una expectante multitud se aglomeró en los muelles para asistir a su aparición. Pero hubo algún desencanto cuando se supo que la escultura no iba a salir así, completa, de pie, ya erguida, como habría de vérsela en el Capitolio,sino que era traída en trozos,para ser armada en el lugar de su erección.(…). En eso sonaron las sirenas de las doce, pararon su trabajo las grúas, y los de la estiba fueron a comer sin que el pueblo se dispersara. Y era que, sin duda, algo grande quedaba todavía en las profundidades del barco. A las 2:00 pm volvieron los hombres al trabajo, y, entre aplausos y exclamaciones, la Teta Desnuda de la Magna Figura salió de las calas, descendiendo a tierra con solemne lentitud».
Las cajas donde se embalaron las piezas la Estatua de la República –conocida también en sus albores como Estatua de La Libertad y Estatua de La Patria- fueron subidas en hombros por la escalinata de granito de 55 peldaños y 36 metros de ancho del Capitolio. La escultura se ensambló sin dificultad y colocada bajo su cúpula, en el Salón de los Pasos Perdidos -llamado así por su excelente acústica- días antes de la inauguración del edificio, el 20 de mayo de 1929, cuando tomó por segunda vez posesión presidencial Gerardo Machado.

UNA OBRA PARA LA POSTERIDAD

Así subieron al Capitolio  las cajas con la Estatua de la República
La Estatua de la República irradia altivez y grandeza. Es hueca y se yergue sobre una plataforma de 2,50 metros de altura, hecha con mármol egipcio antiguo, el mismo con el que se talló el pedestal del monumento al Papa Eduardo VII, en la Iglesia de San Pedro, en Roma. Desde la base hasta lo alto de la lanza mide 18,16 metros, con un peso de 49 toneladas.
Su cabeza está tocada con un gorro frigio, emblema libertario global. Su mano derecha oprime la parte alta de una lanza, mientras la izquierda reposa sobre el escudo de Cuba apoyado en el suelo. La escultura, laminada originalmente con oro de 22 quilates, exhibe gran definición de los planos musculares de un cuerpo apenas cubierto por una túnica. En su interior tiene unos tensores que la mantienen erguida. Y en su parte delantera aparece un barco de remos con los signos zodiacales Escorpión, Capricornio y Géminis grabados en la quilla.
Según asegura el historiador Mario Cremata Ferrán en OPUS Habana, portal adscripto a la Oficina del Historiador de la Ciudad, esta famosa estatua habanera «se consideró la segunda más alta del mundo bajo techo, superada por el Gran Buda de Nara, Japón. En la actualidad es la tercera, después de concluido el mausoleo a Abraham Lincoln, en Washington».

ESTATUA Y RESTAURACIONES

Ni los materiales más tenaces son inmunes al paso del tiempo. Así, la Estatua de la República comenzó a mostrar indicios de deterioro. A juzgar por la enciclopedia Ecured, en 1983 fue reparada «para detener la inclinación que sufría hacia un lado, debido al fallo de unos tensores». En los años 90, el mantenimiento «solo incluyó limpieza mecánica y química». En el 2006, gracias a la Oficina del Historiador de la Ciudad y al Centro Nacional de Conservación y Restauración de Monumentos recobró esplendor con la aplicación de una pátina de terminación. Para entonces había perdido casi todo el oro de 22 quilates de las tres láminas que la recubrían.
La restauración capital que se ejecuta en el Capitolio Nacional tuvo en cuenta -¡cómo no!- a la Estatua de la República. En la compleja tarea, iniciada el 17 de octubre de 2018, laboró un equipo de restauradores rusos, integrado por ocho mujeres y 14 hombres. El trabajo, que incluyó limpieza química y mecánica, reparación de fisuras y laminado con oro de 24 quilates, concluyó el 21 de junio, y la escultura fue reinaugurada el pasado 24 de julio en un acto solemne, en presencia de las principales autoridades cubanas y del Ministro de Relaciones Exteriores ruso, Serguei Lavrov.
Eusebio Leal, artífice de la rehabilitación patrimonial capitalina, agradeció al presidente ruso, Vladimir Putin, el donativo que permitió «la restauración de esta obra magnífica». La empresa restauradora de la Federación de Rusia, CMC-Development Empresa Internacional de Construcción, también mereció su gratitud «por su serio trabajo».
El Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio Nacional de Cuba volverá a trepidar de orgullo por el remozamiento estético de su inquilina más ilustre. Y la piedra preciosa que sustituye al diamante original de 25 quiilates como referente del kilómetro cero de la carretera central, engarzada en sus proximidades, refulgirá con más brillantez e intensidad.
Por lo que significan como símbolos de la solidaridad y la fraternidad, y por la belleza intrínseca de su hechura, las palabras de Eusebio Leal en la referida jornada solemne extractan el sentimiento de gratitud del pueblo cubano por la restauración de la Estatua de la República. Dijo allí:
«De los montes rusos salió el oro para cubrir esta escultura. (…). Oro de 24 quilates, del más alto estado de pureza. Tan pura y tan importante como la eterna amistad entre la Federación Rusa y la nación cubana».

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jueves, 1 de agosto de 2019

Mis hijas Sofía y Beatriz

Sofía es romántica congénita, valiente hasta la temeridad, admiradora de la belleza, apasionada de la lectura, cultora del agradecimiento, original hasta el asombro, fértil de imaginación, amante de los detalle, defensora de lo justo, obsesiva de la red social YouTube, conversadora tenaz, devota del buen humor, generosa con los humildes, ávida del saber, caprichosa para comer, elegante de palabra, renuente a las chancletas, aplicada en el estudio, curiosa incorregible,  adoradora de la sonrisa y guardiana de la naturaleza. BEATRIZ es fan de la música, rápida en las respuestas, precavida ante lo desconocido, cumplidora de promesas, fiel con sus amigas, fanática de los teléfonos celulares, inventora de gangarrias, persistente en sus deseos, sensible ante los regaños, efusiva con sus maestras, carismática de cuna, presumida permanente, voraz de apetito, introvertida de circunstancias, cultivadora de amistades, mimosa como una gatita, callejera a cualquier hora, protestona cuando la mandan, rapidísima de sueño y cariñosa hasta lo inimaginable. SOFI nació el 10 de diciembre de 2004; BETTY, el 3 de abril de 2006. Ambas son traviesas como ardillitas, desordenadas con sus pertenencias, preguntonas de lo humano y lo divino, fantasiosas por excelencia, refunfuñonas si se sienten aludidas, destructoras de lapiceros, líderes naturales, adulonas cuando les conviene, derrochadoras de hojas de papel, pícaras de personalidad, divertidas de anecdotario, fans de las tijeras, adictas a mi computadora, insaciables con el helado, inseparables en la vida, solidarias con cualquiera, conquistadoras de corazones, seguidoras de los youtuber, populares desde que vinieron al mundo, adorables de carácter, idénticas y diferentes… Y-¡oh, qué maravilla!- las dos son buenísimas personas. Todo lo que hago es por su felicidad, porque prefieran lo espiritual sobre lo material y por evitar que se contaminen con malos ejemplos. ¡Dios bendiga y proteja a mis hijas!

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lunes, 27 de mayo de 2019

Los 100 años de mi papá

Hoy, 27 de mayo de 2019, mi padre hubiera cumplido 100 años de existencia. Pero la vida, o el destino, o la Providencia, o Dios, o quien haya sido, no se lo permitió, y solo pudo celebrar 62. Fueron suficientes para dejar en mi corazón y en mi memoria una huella que jamás se borrará. Papi nació en un asentamiento rural llamado San Isidro, próximo al poblado de Gaspar, en la provincia de Ciego de Ávila. Sus padres lo bautizaron con el nada convencional nombre de Juan Evangelio, que luego él y mi madre me endilgaron también cuando vine al mundo en 1955. A Manatí arribó en 1945, de la mano de un amigo instalado previamente en la localidad. Tan pronto desempacó, formó parte de la Guardia Jurada, un cuerpo encargado de la tranquilidad ciudadana y de la protección del antiguo ingenio azucarero. Después de 1959, la Empresa Eléctrica le encargó la tarea de leer todos los metros contadores del municipio y después cobrarles a sus propietarios las correspondientes facturas. Para esa fatigosa dualidad recorría cada mes varios kilómetros, enhorquetado en su bicicleta rusa, a la que le sonaban todos los tornillos, pero que nunca lo dejó botado en el camino. Cierro los ojos y me parece verlo tocado con su sombrero de yarey (tejido expresamente para él por un haitiano amigo) y con sus espejuelos en trances de equilibristas sobre la punta de la nariz, mientras escribía números en un libraco repleto de tarjetas con los nombres de los clientes. En casi todas las casas a donde llegaba le brindaban café, chucherías o echaba un parrafito sobre cualquier asunto. Madrugador incorregible, sobre las seis de la mañana ya estaba en pie, listo para hacer la primera colada del día al socaire de los poetas repentistas -una de sus grandes aficiones-, a quienes escuchaba en un radio VEF que le regalamos un día de su cumpleaños en reemplazo de aquel vetusto RCA Víctor de madera y válvulas. Tampoco se perdía Alegrías de Sobremesa, y se divertía de lo lindo con las ocurrencias de la mulata Estelvina y de Paco Carrasquillo. Mucho menos dejaba de ver San Nicolás del Peladero, con su admirado alcalde Plutarco Tuero, en aquel estresante televisor blanco y negro, marca Westinghouse, siempre lleno de lloviznas y de interrupciones. Lo evoco también haciendo puré de tomate en un equipo que él mismo se inventó, capaz de simplificar enormemente la tarea. O sembrando hortalizas en una pequeña parcela que teniamos al fondo de la casa. Mi padre fue un hombre de un carácter sumamente alegre, siempre con una jarana a flor de labios y gran amigo de los niños. «Morales, los niños no te respetan porque juegas demasiado con ellos», lo recriminaba mi madre cuando lo veía darle un pellizco a uno o esconderle la pelota a otro. Con mi mamá formó una pareja memorable. Por lo menos en mi presencia, nunca los escuché discutir por ningún motivo. Tenía con ella detalles bonitos, aunque también la hacía rabiar cuando le preguntaba la edad delante de terceros, a sabiendas de que -como muchas mujeres- le tenía aversión a ese tema. Mis relaciones con él siempre fueron de excelencia. Muchos consejos me dio y pocos escuché. Cuando uno es joven, siempre que sucede igual pasa lo mismo. Hoy diera la vida por una sola de sus recomendaciones. A pesar de los años transcurridos, aún me remuerde la conciencia por las veces en que le «robé» menuditos de sus bolsillos mientras él echaba un pestañazo al mediodía. Por entonces, con una peseta se le podían comprar dos barquillas de helado casero al que los vendía por las calles con su nevera montada sobre un carretón. No obstante, me consuela pensar que papi se percataba de mis escamoteos y que se hacía el dormido para no interrumpirlos. En mis tiempos de estudiante becado, no solo estaba al tanto de mi situación disciplinaria y académica, sino que, incluso, aceptó ser el presidente del Consejo de Padres cuando cursé estudios de Educación Física y Deportes en el Fajardo. Eran tiempos de limitaciones –cualquier parecido con la realidad actual no es pura coincidencia-, por lo cual llegué a usar, ocasionalmente, parte de su humilde ropero, en especial unos horribles pantalones de gabardina que alguna vez formaron parte de trajes de etiqueta. Hasta el momento en que enfermó, nunca le habían dolido ni los cayos. Incluso, el día anterior a su súbito malestar nos habíamos tomado unos tragos (aunque nunca fue un bebedor) en compañía de unos amigos. Tuvimos que correr con él para Tunas. «Síndrome de Guillain-Barre», diagnosticaron los médicos que lo evaluaron en el recién inaugurado hospital Ernesto Guevara. Tengo entendido que tan rara enfermedad tiene ahora un tratamiento eficaz, pero, en la época, quien la padeciera tenía escasas posibilidades de salvación. Mi padre no pudo salir con vida de su emboscada y, a los tres días de su internamiento, el 10 de septiembre de 1981, falleció.

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miércoles, 1 de agosto de 2018

Alejandro Padilla, el proyeccionista

 A Alejandro Padilla lo conocí desde que yo era un muchacho allá por los años 60 del siglo pasado. Por entonces, en el patio de la actual Casa de la Cultura de Manatí –otrora círculo social- había trazada una cancha de tenis de campo, y él era uno de los pocos en la localidad que practicaba ese deporte. Este hombre bueno, fallecido hace algún tiempo en el terruño, trabajó durante varias décadas como proyeccionista del cine municipal. Recuerdo que las cintas de 35 milímetros venían remitidas por ferrocarril desde Tunas en unos depósitos metálicos en forma de circunferencias. Como la tecnología distaba mucho de ser perfecta, solían partirse en medio de una función y Padilla debia entonces arreglárselas para empatarlas. Cada vez que eso ocurría, se encendían las luces del lunetario, y solamente cuando el contratiempo quedaba resuelto continuaba la proyección. En ocasiones, las imágenes llegaban a la pantalla algo algo desfocadas. Ahí era común que los espectadores gritaran: «¡cuadra Padilla!». Persona sumamente activa, cuando se acogió a la jubilación se dedicó a arreglar todo tipo de enseres domésticos y a resolverles ese tipo de problemas a la gente. También aplicó su inventiva en más de un artefacto, como este de la foto (año 1996), una bicicleta con un asiento lateral en tiempos en que todavía no habían hecho su debut en nuestras calles los populares bicitaxis.

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domingo, 13 de mayo de 2018

Recordando a mi mamá

Este hermoso texto lo escribió la chilena Isabel Allende. Es una joya de sensibilidad desde la primera hasta la última línea.Va dedicado a todas las madres del mundo en general, a las cubanas en particular y a la mía en especial. Hace 22 años que Paquita (foto) partió hacia otra dimensión, pero no hay un solo día en que no la recuerde.
                                            SER MADRE
Por culpa del azar o de un desliz, cualquier mujer puede convertirse en madre. La naturaleza la ha dotado del "instinto maternal" con la finalidad de preservar la especie. Ser madre es considerar que es mucho más noble sonar narices y lavar pañales, que terminar los estudios, triunfar en una carrera o mantenerse delgada. Es ejercer la vocación sin descanso, siempre con la cantaleta de que se laven los dientes, se acuesten temprano, saquen buenas notas, no fumen, organicen sus cosas, seleccionen bien sus amigos... Es preocuparse de las vacunas, la limpieza de las orejas, los estudios, las palabrotas, los noviazgos, sin ofenderse cuando la mandan a callar o le dan un desplante. Es quedarse desvelada esperando que vuelva el hijo de la fiesta y, cuando llega, hacerse la dormida para no fastidiar. Es temblar cuando anda en moto, se afeita, se enamora, presenta exámenes o le sacan las amígdalas. Es sonreír cuando lo ve contento y apretar los dientes cuando lo ve sufriendo. Es servir de niñera, maestra, cocinera, alcahuete, cómplice, lavandera, médico, policía y confesora. Es entregar amor y tiempo sin esperar que se lo agradezcan. Es decir que "son cosas de la edad" cuando intenta justificar un error. Madre es alguien que nos quiere y nos cuida toda la vida y que llora de emoción porque uno se acuerda de ella una vez al año, es decir, el segundo domingo de mayo. Como dijo Balzac, el corazón de una madre es un abismo en cuyo fondo siempre hallarás perdón. Es el único capital que nunca quiebra y con el que se puede contar todo el tiempo. Como dijo Martí, no cree el hombre en la muerte hasta que su madre no se le va de entre los brazos. Precisamente, ese es su peor defecto: que mueren antes de que los hijos les retribuyamos una ínfima parte de lo que hicieron por nosotros. Nos dejan desvalidos, culpables, indefensos, desorientados e irremisiblemente huérfanos. Por suerte hay una sola madre. Porque nadie, ni siquiera el más fuerte, soportaría el dolor de perderla dos veces.

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sábado, 28 de abril de 2018

Murió el caballero de Las Tunas

Un absurdo accidente de tránsito le cercenó la vida el pasado viernes 20 de abril a un auténtico personaje de la capital tunera. En efecto, a pesar del esfuerzo de los médicos que lo atendieron después de ser atropellado por un motociclista, falleció y fue sepultado en el cementerio municipal Alberto Álvarez Jaramillo, el popular Comandante, quien durante más de medio siglo deambuló por nuestras calles y se insertó en ellas como uno de sus símbolos más genuinos.
Resultó una pésima noticia para la gente que tanto lo quiso y respetó. Y eso se reflejó en las múltiples ofrendas florales que fueron depositadas junto a su féretro, el cual, para honra de su criollísima cubanía, fue cubierto por la bandera nacional. Tenía 78 años de edad este hombre taciturno y cavilador.
En lo adelante, la ciudad y el imaginario callejero sentirán su ausencia. Les propongo leer esta crónica que hace algunos años escribí sobre él. Deviene ahora mi homenaje a un ícono que, por propio derecho, ya pertenece a la posteridad. Atención, escritores y artistas locales: ahí tienen un buen tema de inspiración para perpetuar su memoria.

EL CABALLERO DE... LAS TUNAS

Cuando la ciudad de Las Tunas despierta entre las brumas del amanecer, Alberto Álvarez Jaramillo ─popularmente conocido por El Comandante─ se asoma a la calle a reencontrarse con lo cotidiano. Gasta pantalón y camisa verde olivos, charreteras militares y boina carmesí. Deambula sin destino fijo, igual dirigiéndose a un auditorio imaginario que adoptando sofisticada pose de tribuno. Sí, El Comandante es un remedo de Quijote provinciano, una suerte de Caballero de París fantasioso y tranquilo.
Su edad es imposible de establecer, pues parece como detenido en el tiempo. Tampoco se puede calcular la cantidad y naturaleza de los objetos que almacena con hermético celo en los bolsillos a guisa de patrimonio, y que van desde «documentos secretos» hasta pedazos de madera, trocitos de cuerdas, recortes de periódicos, sorullos de cartón y mochos de lápices recogidos en plena vía pública o regalos de transeúntes piadosos.
Presume de su «alta jerarquía» militar y a nadie le admite ambigüedades con respecto los galones que alguien con alma samaritana le colocó sobre los hombros. Si no se le quiere enojar, que no se le trate de capitán o de teniente: ¡Co-man-dan-te! Y cuando escuchen su silbato romper el silencio del mediodía, atiedan porque será el preludio de una de sus chácharas llenas de chiflada sabiduría.
Un familiar de El Comandante me contó cierta vez que nuestro hombre fue, en sus buenos tiempos, un joven dispuesto, trabajador, hacendoso y amigo de hacer el bien. Pero un medicamento mal administrado y peor asimilado le perturbó las entendederas. Desde entonces cada mañana recorre las calles del centro histórico citadino vestido de militar, reminiscencia tal vez de su efímero tránsito por la vida de uniforme.
Sin embargo, y a pesar de su discapacidad mental, El Comandante es capaz de mantener con el interlocutor que lo respete una conversación coherente y fluida. Lo he observado en el parque Vicente García disertar sobre temas del pasado o de la actualidad, ante el asombro de sus contertulios. Y si de dignidad se trata, él la tiene por arrobas. Nunca pide limosnas ni duerme fuera de casa. Tampoco acepta chucherías ni refrigerios de desconocidos.
La ciudadanía lo acepta como a uno más de los suyos. Aunque si alguien osara tomarle el pelo, él lo enfrentaría y lo pondría en su lugar. El Comandante puede montar en cólera ante las burlas de los guasones, y ¡ay si alguno se le aproxima! Más de uno ha tenido que sufrir en su anatomía el precio del agravio por la vía de un merecido y oportuno puñetazo.
Alberto Álvarez Jaramillo, El Comandante, tal vez ignore que él es un auténtico personaje de las calles tuneras. Un símbolo legítimo que improvisa pies forzados, respeta a los niños, detesta a los delincuentes, ofrece los buenos días, socorre a los ancianos, viste de limpio, saluda la bandera y ama a su tierra. ¿Se le puede pedir mayor cordura a un hombre?

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viernes, 29 de septiembre de 2017

El Escudo y el Himno de Las Tunas

Todas las ciudades del planeta cuentan con su escudo. Es la divisa que las identifica, y en su diseño se incluyen, simbólicamente, los principales hechos que les han dado lustre y relieve. El escudo es como la carta de presentación citadina para mostrar a sus visitantes de circunstancias.
La ciudad de Las Tunas tiene con su propio escudo. Es una pintura al óleo sobre tela, polícroma y enmarcada en madera y metal repujado. Su diseño fue obra de Mery Cruz Medina, quien ganó en 1937 un concurso convocado con ese fin por la municipalidad. Desde el 9 de enero de 1939 es el escudo oficial de la capital de esta oriental provincia cubana.
Nuestro escudo consta de cuatro cuarteles o departamentos, los cuales pueden describirse de la siguiente manera:
En la parte superior izquierda aparece la figura de un insecto volador muy conocido por su laboriosidad: la abeja, la cual simboliza el trabajo y la vocación activa que han caracterizado siempre al pueblo tunero. Esta área es de tonalidad azul, como el mar que nos circunda, el cielo que nos protege y tres franjas de nuestra Bandera Nacional a la que tanto han cantado los poetas.
En la parte superior derecha está la imagen de una llave, que representa la posición geográfica que ocupa Las Tunas en el mapa geográfico cubano, entre el legendario Camagüey y el indómito Oriente. El cuartel tiene fondo rojo, como el triángulo de la enseña patria, en recordación a la sangre derramada por los mejores hijos de esta tierra en sus cruentas luchas por la libertad.
La parte inferior izquierda recoge la imagen de una ceiba, el árbol que cobijó a nuestros guerreros del siglo XIX y alrededor del cual se fundó la ciudad. Este símbolo de la flora autóctona se encuentra insertado dentro de un contexto de tonalidades verdes, tan recurrente en el panorama rural del territorio.
En la parte inferior derecha aparecen las ruinas del cuartel de las 28 columnas, antiguo bastión militar del colonialismo español en la ciudad, hoy escuela elemental. Simboliza la derrota de las huestes ibéricas en la zona. También figura la imagen de una mujer, cuya participación en nuestras luchas es reconocida por la historiografía. Además, una hoguera, símbolo de las veces que fue quemada la ciudad en holocausto a la libertad. La planta llamada tuna es una sugerencia acerca de por qué se llama así esta comarca.
Al pie del escudo, con la misma vigencia de cuando fue concebida, aparece una leyenda, que es un fragmento de la frase dicha por el Mayor General Vicente García González el 26 de septiembre de 1976, cuando, al incendiar la ciudad, dijo: «Tunas, con dolor en mi alma te prendo candela, pero prefiero verte quemada antes que esclava.» De ahí la divisa del escudo: quemada antes que esclava.
EL HIMNO DE LAS TUNASLa ciudad también tiene su Himno. Por cierto, Las Tunas se vanagloria de poseer una exuberante y añeja tradición musical. Algunas agrupaciones locales han trascendido los límites geográficos para imponerse en exigentes escenarios habaneros.
El Himno tunero fue compuesto por el laureado compositor José Antonio Miranda Torres (Las Tunas, 1957), un médico devenido autor por obra y gracia del dios Orfeo, quien tiene en su haber importantes resultados, como los del Concurso de Música Popular Adolfo Guzmán, festivales infantiles Cantándole al Sol y la OTI, entre otros.
A continuación transcribo la letra de esta pieza compuesta por Tony especialmente para la ciudad que tiene ya 211 años de fundada.

HIMNO DE LA CIUDAD DE LAS TUNAS
Autor: José A. Miranda.
TUNAS,
Tus hijos se forjan en la llama
Que simboliza un pueblo que prefiere
Arder dos veces todo lo que quiere

Antes que opriman lo que más ama.

Tus mujeres flores de Virama
que guardan la ternura de Guarina
Pero su cabeza nunca inclinan
Cuando el ejemplo de Mercedes lo reclama.

Del Cornito fuiste al universo
Cuando el alma del bardo se inspiró
Para inmortalizarte con sus versos
Que a esta tierra de ensueños le cantó.

Del mambí trazaste tu camino
Que si de nuevo tienes que elegir
Por tu ciudad, tus hijos , su destino
Quemada antes que esclava preferir
Quemada antes que esclava preferir.El Escudo

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jueves, 18 de mayo de 2017

Betty repentista





Mi hija Beatriz Morales Hernández, de 11 años de edad, estudia el tercer año de la especialidad de viola en la Escuela Vocacional de Arte El Cucalambé, de Las Tunas, Cuba. Además de ejecutar ese maravilloso instrumento de cuerdas, ella canta y... ¡es repentista! Pues sí, como lo leen, Betty asiste desde hace algunos meses a un taller de repentismo infantil que auspicia la Casa Iberoamericana de la Décima, donde el escritor y poeta Antonio (Tony) Gutiérrez dicta lecciones teórico-prácticas sobre esa «viajera peninsular» aplatanada en nuestro país y declarada por la UNESCO Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Tanto se ha destacado allí mi niña que fue seleccionada para presentarse en la Jornada Cucalambeanba, prevista para celebrarse a finales de este mes de junio. Además, un par de décimas suyas se incluirán en un plegable que circulará para la ocasión. En este video que les propongo, Betty canta una décima de su autoría. Al regresar de la peña donde la interpretó -la acompañó el Conjunto Original Cucalambé- le comenté a un amigo acerca de las simpatías de mi hija por el repentismo. Luego de escucharme con una sonrisa irónica, me dijo: «Oye, Juan, no te pongas bravo, pero ella tiene talento para cantar otras cosas más modernas. Eso de las tonadas y el punto cubano es de guajiros». Solamente me sonreí. ¿Para qué perder tiempo en replicar semejante desatino? Evidentemente, mi amigo no conoce ni la jota sobre lo que significa la décima para la cultura nacional.

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domingo, 29 de enero de 2017

La hija del general

Por su excelente posicionamiento estratégico, Las Tunas fue siempre una plaza militar a la que España confirió especial atención durante las guerras independentistas del siglo XIX. En consecuencia, la protegió hasta el mínimo detalle con fuertes, fortines, fosos, alambradas y centenares de soldados. 
El Mayor General Calixto García Íñiguez operaba por la zona con sus hombres en 1897. Su servicio de inteligencia lo mantenía al tanto de todo lo concerniente al enemigo. Al amanecer del 28 de agosto, el osado insurrecto resolvió dar un golpe. Sus tropas atacaron la ciudad con ayuda de la joven María Machado, una de sus agentes secretas, hija del general español Emilio March.
A riesgo de su propia vida, María se las arregló para hacerle llegar al alto oficial mambí, acampado en la manigua, los planos diseñados por el joven capitán del Ejército Libertador Mariano Lerma Varona. Allí figuraba  la información necesaria para dirigir una riesgosa operación que se extendió por tres días y dio lugar a encarnizados combates.

UNA HISTORIA DE AMOR

El 11 de diciembre de 1949, la revista Carteles le realizó una extensa entrevista a Modesta Hecheverría, hija de María Machado con un soldado del Ejército Libertador, titulada La hija de un general español trazó el plano para la toma de Victoria de Las Tunas. Sus declaraciones arrojaron luz sobre las circunstancias en que los progenitores de la heroína tunera se conocieron y enamoraron, a pesar de formar parte de bandos contrarios.
Dijo aquella vez la entrevistada:
-Mi abuelo, el general Emilio March, llegó como simple oficial a Puerto Padre durante la Guerra de los 10 Años. Allí conoció a mi abuela Caridad, hija de una ardorosa familia de patriotas. Sus padres se opusieron tenazmente a la relación entre la muchacha y el español. Pero ambos, flechados por el amor, decidieron pasar por encima de la voluntad paterna.
«De aquel amor contrariado nació María, mi madre. Ella no fue motivo bastante para que los padres de mi abuela cejaran en su oposición al matrimonio, pese a que el entonces capitán March quiso realizarlo y trató de convencer al obstinado padre para que colocara su patriotismo sobre el nombre de la familia.
«Terminada la guerra con la paz del Zanjón, y no obstante sus esfuerzos por legalizar la situación con quien era ya la madre de su hija, el capitán March volvió a España. Pero no olvidó a quienes formaban parte de sus afectos. Sin embargo, ellos se habían mudado a Manzanillo para intentar alejarlo.
«Dos años después, March regresó a Cuba con el objetivo de reconocer la paternidad de la hija cubana, y, si era posible, llevársela consigo, pues para entonces había muerto la joven madre, quizás bajo el dolor de aquel amor desgraciado.
«También el empecinado padre había dejado de existir. Mi madre quedó entonces al cuidado de una tía llamada Irene, que, fiel continuadora de la patriótica tozudez de su hermano, se negó a que el ya comandante Emilio March reconociera a su hija y aun la escondió para que no pudiera verla. De nuevo el infortunado padre debió regresar a su patria, solo y defraudado».
Modesta le relató a Carteles que, al comenzar la guerra de 1895, Emilio March retornó a Cuba, según ella, «tal vez imantado por el recuerdo de su hija cubana a la que casi no conocía». En un momento de la entrevista, le mostró al periodista varios documentos escritos por el general, entre ellos una carta dirigida a María, en la que le pregunta si está recibiendo los 40 pesos que le envía todos los meses.
A la sazón ya ostentaba el grado de general, y se le asignó el mando de la Tercera División, con sede cuartelaria en la ciudad de Holguín, con jurisdicción sobre Victoria de Las Tunas. «Mi madre, su hija, ya estaba casada con Orfilio Hecheverría, con quien tenía descendencia. El general Emilio March investigó hasta dar con su paradero. Al poco tiempo contactó con ella y le insistió en su propósito de reconocerla, deseo al cual ella se mostró siempre remisa, influida por su tía, que continuaba ejerciendo, irrevocablemente, su férrea autoridad».
No obstante la negativa de la muchacha a ser reconocida como hija del alto oficial ibérico –incluso, siempre firmó con el apellido Machado, el de su madre- no dejaron de confraternizar. El general, como prueba de cariño, la dotó de un salvoconducto especial para que transitara libremente por las zonas en conflicto. Al unísono, ella disponía de un permiso firmado por el Mayor General Calixto García, que la autorizaba a circular a su albedrío por la región dominada por los insurrectos.
María aprovechó esas facilidades para recopilar información acerca del enemigo -cantidad de soldados y de cañones de la guarnición, emplazamiento de las fortificaciones y otros detalles igualmente valiosos- para entregarla luego en el territorio libre de Cuba. Así se lo había ordenado el Mayor General Calixto García, conocedor de su compromiso con la causa.

LA TOMA DE LAS TUNAS DEL 28 DE AGOSTO DE 1897

En aquella acción del 28 de agosto de 1897, las tropas del Mayor General Calixto García estrenaron un cañón de dinamita. Uno de sus artilleros fue José Francisco Martí Zayas-Bazán, hijo del Apóstol, a quien las explosiones afectaron su audición. Por su valor se ganó un ascenso. Hubo una baja sensible: el coronel Ángel de la Guardia, quien acompañaba a nuestro Héroe Nacional cuando cayó en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895.
El 30 de agosto por la mañana se rindieron los ocupantes del cuartel de infantería. Los españoles tuvieron casi 200 muertos y se les ocuparon mil 200 fusiles, dos cañones, un millón de proyectiles, medio millar de machetes, otras tantas granadas así como ropas, víveres y medicinas.
Los cubanos registraron 25 caídos en combate, entre ellos Custodio Orive, Francisco Sidano y Lorenzo Ortiz. La toma de Las Tunas de agosto d 1897 resultó una de las operaciones artilleras más importantes de la guerra de 1895 y el declive estratégico de la dominación española en Cuba.
El doctor Rolando Rodríguez, investigador del tema, ha dicho en que en aquella acción «los españoles se batieron bravamente y solo cuando les fue imposible continuar la lucha, sin haber obtenido apoyo ninguno del exterior, pactaron la rendición. Calixto García les garantizó la vida a todos y los trató con los honores que los cubanos dispensaban a los vencidos».
La toma de Las Tunas de agosto de 1897 resultó una de las operaciones artilleras más importantes de la Guerra Necesaria y el declive estratégico de la dominación española en Cuba. Tuvo gran impacto en la opinión pública internacional, al punto de que las autoridades coloniales perdieron la confianza en su hombre fuerte de entonces, el tristemente célebre Valeriano Weyler, y lo sustituyeron por el general Ramón Blanco.

UN FINAL SIN COLOFÓN

El general Emilio March regresó a su país al concluir la dominación colonial en Cuba, luego de los Acuerdos de París entre España y Estados Unidos. Dicen que se marchó decepcionado por lo que él llamó «la traición de su hija» y los cubanos «fidelidad a sus ideales». No tengo información sobre cuál fue su destino. Se sabe que matrimonió con una dama holguinera muy patriota, y que tuvo con ella descendencia.
De María Machado la historiografía cubana tampoco recoge elementos complementarios. Solo que tuvo cinco hijos: Orfilio, Caridad, Ángel, Sergio y Modesta. Supongo que sobrevivió a la instauración de la República, ocurrida el 20 de mayo de 1902, y que recibió alguna pensión como colaboradora activa del Ejército Libertador y partícipe de la Toma de Victoria de Las Tunas del 28 de agosto de 1897.
Pocos días después de aquella acción, el comandante Eduardo Vidal Fontaine (Lalo),quien tomó parte en ella y fue luego el primer alcalde de Victoria de Las Tunas, escribió una poesía referida a la batalla. Algunos versos de la pieza están dedicados a la valiente joven: «Menocal planeó el combate / con el croquis que mandara / una dama distinguida / de la sociedad cubana / muy blanca, de ojos azules, / María Machado llamada, / que tiene para la historia / esta nota reservada /».

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