domingo, 20 de febrero de 2011

Chinos en Manatí

Nadie en Manatí tiene idea de cuándo llegaron al municipio los primeros emigrantes chinos. La lógica hace suponer que debe de haber sido a inicios del siglo pasado. Ya por entonces, millares de hijos de ese enorme país asiático –en su mayoría solteros y sin acompañamiento de familiares- habían arribado por vía marítima a Cuba tras el espejismo de conseguir aquí mejorías económicas. Pronto sus ilusiones y sueños se trocaron en decepción. Optaron entonces por incorporarse a ese heterogéneo crisol que es nuestra nacionalidad. 
Desde su arribo al batey azucarero, los chinos manifestaron particular devoción por la horticultura. En efecto, buena parte de su comunidad preparó  a toda prisa su huerta en la periferia de la localidad, la sembró, la regó, la cultivó y luego salió a la calle con sus pregones en son de venta con sus carretillas repletas de vegetales frescos tales como lechuga, col, perejil, berenjena, tomate, rábano y zanahoria, entre otros de los más aceptados. 
Evidencias de esta vocación asiática por la agricultura urbana la encontramos en el enigmático aljibe subterráneo descubierto hace unos años en el patio de en una vivienda próxima a la funeraria.  Al parecer, se trata de un antiguo depósito de agua para regadío de alguna huerta de por allí, aunque algunos vecinos actuales del lugar le hayan dado al hallazgo diferente connotación. 
Los chinos trajeron a Manatí sus costumbres y tradiciones. Como, por ejemplo, el arte de fumar en narguile, especie de pipa formada por un largo tubo flexible, un recipiente para quemar el tabaco y una vasija  con agua perfumada a través de la cual aspiraban el humo. Era un espectáculo -¡un ritual!- contemplar al anciano padre de Pablito Chiong en aquella suerte de ceremonia oriental, mientras lanzaba volutas de humo al viento. 
Otro sector que polarizó el interés de los asiáticos fue el de la lavandería. Pues sí, en Manatí existieron varios trenes de lavado regenteados por chinos, los cuales no solo lavaban, sino que también estiraban ropa con planchas calentadas con carbón. Recuerdo con particular cariño uno que estaba cerca de mi casa, cuyos dueños eran Paula y José, cubana ella, cantonés él. Hicieron época por su honradez y por lo blanca y bien planchada que dejaban la ropa. 
La pequeña empresa privada siempre fue consustancial a los emigrantes asiáticos. En Manatí hubo tiendas cuyos dueños eran de ojos rasgados, como La Gran China, de Rogelio Jam, ubicada donde está hoy la tienda La Era. Otros tenían negocios menores, en los que vendían coquitos quemados, caramelos, pasticas de maní, dulces de coco... Si, evoco en esas labores a chinos entrañables y recordados, como Julián y Luis, por solo citar dos. 
Por comprensibles razones de edad, de aquellos emigrantes chinos que formaron la primera colonia en Manatí ya no queda ninguno entre nosotros. Perdura solamente su imperecedero recuerdo, algunas de sus tradiciones y una descendencia que vive su época orgullosa de su linaje.

 
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