jueves, 7 de abril de 2011

Matrimonios de urgencia

Si la juventud de hoy supiera cómo eran el noviazgo y el matrimonio  hace  unas décadas atrás... ¡Se morirían de la risa! No me refiero a los tiempos en que las parejas noviaban cachazudamente durante 10 ó más años –tuve unos tíos que lo hicieron por 17 y, en el ínterin, rompieron dos butacas-, sino de hace relativamente poco tiempo.
Tener novia no era a la sazón miel sobre hojuelas. Lo primero, obviamente, era encontrar a la muchacha deseada y luego buscar la oportunidad ideal para enamorarla.  Y, por cierto, la declaración de amor era eminentemente verbal, no visual, como ahora, cuando un par de miradas cruzadas bastan  para comenzar una relación de un par de horas o de toda la vida.
Lo más difícil venía luego de la conquista: mantener el noviazgo... a pesar de los pesares. Porque los padres de la época eran muy celosos y desconfiados. Por esas razones,  les daban a sus hijas escaso permiso para salir los sábados y los domingos. «A las 10 de la noche te quiero de regreso en la casa», les decían, conminatorios, en caso de que las autorizaran a ir a una fiestecita. ¿Y así quién tiene tiempo para romantiquear e intercambiar unos besos?
Era la etapa en que en las escuelas se prohibían las relaciones amorosas. ¡Pobre de quienes fueran sorprendidos con las manos tomadas! Muchas parejas de novios, desesperadas por tanto contratiempo para verse  a escondidas, decidían entonces dejárselas en la uña a los padres y fugarse juntos para cualquier parte. Luego, consumado el hecho y el escándalo, regresaban «cabizbajos» para que los progenitores de ambos, a regañadientes,  los perdonaran  y  les autorizaran la convivencia en una u otra casa. A eso se le llamaba cuando aquello «llevarse a la novia».
Infinidad de jóvenes de mi generación no pasaron jamás ante un notario para rubricar sobre el inmaculado blanco de un acta matrimonial su compromiso de amarse «hasta que la muerte nos separe».  Sencillamente, escaparon juntos a casa de un amigo o pariente cómplices, vivieron intensamente su Luna de Miel  y., después de tanta agua pasada, ... ¡continúan siendo felices!
Ahora que hay tanta libertad –¿libertinaje?- en las relaciones amorosas, cuando las parejas adolescentes andan solas a cualquier hora del día y de la noche, cuando se comienza el amor carnal a edades tempranas, cuando los padres apenas son consultados en los compromisos, cuando los cambios de parejas sobrevienen a velocidad de vértigo, recuerdo aquellos tiempos en que se pusieron de moda los matrimonios de urgencia.

 
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