martes, 28 de agosto de 2012

La huella de los forasteros

No han sido escasos los nacidos en otras latitudes que, en algún minuto de sus vidas, escogieron a Cuba para levantar campamento. La mayoría, seguramente, pasó sin penas ni glorias. Pero otros dejaron una obra, una huella o un recuerdo difíciles de borrar. Propongo echarles un vistazo.


EL PADRE DE NUESTRA PEDAGOGÍA MUSICAL

La enseñanza musical en Cuba tiene su génesis en un maestro holandés de sólida formación académica: Hubert de Blanck. Este ilustre contertulio del dios Orfeo creó nexos con la isla al casarse con Ana García-Menocal, compatriota nuestra radicada a la sazón en Europa. En su compañía, y ya célebre como concertista, visitó La Habana en 1882. Un año después, decidió establecerse definitivamente entre nosotros. 
La capital cubana lo vio ejercer como promotor cultural, profesor de música y pianista acompañante. En el ínterin, amén de organizar la Sociedad de Música de Cámara en 1884, realizó su aporte cardinal: la fundación del Conservatorio de Música (1885), precursor de su tipo en el país. 
«Desde esa institución, Hubert de Blanck desplegó una obra de más de 45 años de enseñanza que contribuyó decisivamente a la formación de varias generaciones de artistas cubanos», afirma el investigador y periodista Leonardo Depestre. 
Amén de la docencia, el holandés se convirtió en partidario confeso de nuestra lucha independentista. Por esa razón las autoridades españolas lo encerraron primero y lo deportaron después. Sobrellevó su destierro en Estados Unidos. 
En Nueva York apeló a su virtuosismo para recaudar fondos destinados a financiar la causa cubana. En una fervorosa velada, estrenó Paráfrasis, una pieza para piano inspirada en nuestro Himno Nacional. Concierne también a su catálogo la ópera Patria, la primera en abordar el tema mambí. 
Concluida la guerra contra España, Hubert de Blanck volvió a la isla y retomó su magisterio. En 1903 se hizo ciudadano cubano. Murió colmado de honores, el 28 de noviembre de 1932. Un teatro habanero se dignifica con su nombre.

UN BELGA IMPRIMIÓ NUESTRO PRIMER LIBRO

No fue un coterráneo nuestro el impresor del primer libro cubano en 1722, sino… ¡un belga! Su nombre: Carlos Habré, matrimoniado con una criolla desde 1720 y dueño de una vetusta imprenta contigua al centro histórico habanero. 
Según anota en un artículo Huib Billiet, investigador y paisano de Habré, la existencia de esa obra fundacional no se conoció hasta el 2010, cuando un curador de una biblioteca norteamericana buscaba información en Internet sobre Francisco José de Paul, el segundo impresor de Cuba.
Mientas husmeaba en la web de la Biblioteca Nacional de Madrid, se dio de narices con un nombre que le resultó asaz conocido: Carlos Habré. Y, asociado a él, con un texto religioso ignorado hasta entonces: Novena en devoción y gloria de N.P. San Agustín, datado en La Habana en 1722. 
Fue un golpe de fortuna, porque, a pesar de su prolongada estancia en los anaqueles, la obra acababa de añadirse al fondo digital de la entidad. El hallazgo descartó la tesis de que el libro cubano más antiguo era Tarifa general de precios de medicinas, impreso en 1723 por el propio Habré. 
Por cierto, el único ejemplar de este título –encontrado en 1910 por el estudioso Manuel Pérez Beato, quien, según escribió Ambrosio Fornet, «lo dio a conocer como la obra inaugural de nuestra bibliografía»- pertenece a los Fondos Raros y Valiosos de la Biblioteca Nacional José Martí. 
De Carlos Habré no se sabe mucho. Ni siquiera cuándo debutó su taller en la calle San Agustín, hoy Amargura. Después de Novena en devoción…, imprimió un breviario. Luego, afirma con cierto desconsuelo un portal en Internet, «desapareció en los pliegues de la historia sin dejar más rastros».

EL FUNDADOR DEL ORQUIDEARIO DE SOROA

Las archifamosas orquídeas de Soroa estrenaron su perfume en 1948. Sin embargo, no fue hasta la llegada a la zona del floricultor japonés Kenji Takeuchi cuando las delicadas y exóticas flores conquistaron allí su legítimo esplendor. 
El capítulo cubano de este emigrante asiático comenzó a escribirse el 14 de enero de 1931, cuando él contaba con 30 años de edad. Aquel día, el barco donde viajaba rumbo a la ciudad norteamericana de Nueva York para estudiar Botánica en la Universidad de Cornell atracó en un muelle habanero. 
Según Rolando Álvarez y Marta Guzmán, autores del libro Japoneses en Cuba, Kenji «decidió no continuar, por un tiempo, hacia el destino previsto para conocer la flora tropical de la mayor de las Antillas». Lo de «por un tiempo» fue una presunción, pues en Cuba echó raíces. Años después lo contrataron para fundar el orquideario de Soroa, donde cultivó más de 700 especies de flores. 
En sus canteros hizo germinar una nueva variedad de margarita japonesa. La llamó Hasagawa Pink, en honor a la novia que dejó en Japón y que no volvió a ver. Pero su obra maestra brotó en 1953: el lirio José Martí, híbrido nipón-cubano. Lo ofrendó al siglo del nacimiento del Apóstol. 
Kenji Takeuchi murió en Cuba, el 30 de agosto de 1977. Había nacido en la ciudad de Hiroshima en 1901. «Fue un sabio que hizo grandes aportes a la horticultura cubana –acota en su memoria el citado libro-. Gracias a sus estudios y experimentos, el paraje de Soroa se convirtió en uno de los más hermosos del país».

UN ITALIANO INVENTÓ EN CUBA EL TELÉFONO

En enero de 1834, el ingeniero italiano Antonio Meucci desembarcó en La Habana en busca de fortuna. Traía como aval su experiencia de tramoyista en el Teatro de La Pérgola, en Roma. Buscó dónde emplearse y le ofertaron una plaza análoga en el Teatro Tacón, en Prado y San Rafael.
Además de diletante contumaz, a Meucci le apasionaba el uso de la electricidad en el tratamiento de ciertas malezas. Un día, al intentar aliviar con electrochoques la cefalea de un amigo, lo escuchó chillar desde un local vecino a través de los cables de cobre que unían a ambas habitaciones. 
Había descubierto que la voz puede transmitirse a distancia por un cable cuando las vibraciones sonoras se convierten en impulsos eléctricos. Meucci recordaría aquel grito como el sonido precursor de lo que sería luego su teléfono. 
Años después, el teatro Tacón fue pasto de las llamas. Ante la contingencia, su empresario resolvió partir para Nueva York. Meucci lo acompañó. En la urbe perfeccionó su invento, al que llamó teletrófono. Pero, como no andaba abundante de dinero, solo pudo pagar dos años de patente. Eso provocó que perdiera sus derechos sobre el aparato. 
Un norteamericano de origen escocés, Alexander Graham Bell, intentó, mediante artimañas legales, adjudicarse la paternidad del invento. Meucci contrató abogados y litigó en los tribunales. Pero fue en vano. Murió en la miseria, el 18 de octubre de 1889. 
El 11 de junio de 2002, por las presiones de la comunidad italo-norteamericana residente en el país, el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Resolución 269, que descartó a Alexander Graham Bell y reconoció a Antonio Meucci como el verdadero inventor del teléfono, cuyos principios básicos estableció en La Habana.

EL CONSTRUCTOR DE NUESTRO FERROCARRIL CENTRAL

El ingeniero norteamericano William Van Horne figura en nuestros anales como la persona que dirigió la construcción del ferrocarril central cubano, a inicios del siglo XIX. 
Todo comenzó -grosso modo- cuando Estados Unidos ocupó la isla, en 1899. La avidez de sus compañías puso los ojos en la red ferroviaria criolla, desarrollada en el occidente del país, pero casi virgen en la parte más oriental. 
Van Horne –en cuyo brillante currículo constaba haber unido por ferrocarril el Océano Pacífico con el Atlántico en Canadá-, llegó a Cuba con la encomienda de tender una via férrea que enlazara a Santa Clara con Santiago de Cuba, un sueño postergado desde el siglo XIX por los españoles. 
Luego de sortear y superar complejos laberintos legales, decidió fijar la línea divisoria de las aguas en el centro del país, para así construir la menor cantidad posible de puentes y alcantarillas a lo largo de todo el trayecto. 
A seguidas, emprendió una intensa campaña de convencimiento entre los campesinos y los terratenientes residentes en las regiones por donde circularía el flamante ferrocarril para que donaran de forma voluntaria la tierra, todo en nombre de la bonanza que tal medio le acarrearía a la nación. 
Las obras constructivas comenzaron a ejecutarse al unísono en las ciudades de Santa Clara y San Luis -los extremos de las paralelas centrales proyectadas- en noviembre de 1900. Más de 6 000 hombres tomaron parte en esas labores. 
El 12 de noviembre de 1902, en una ceremonia oficial, se colocó el último tramo de raíles y traviesas en las cercanías de Sancti Spiritus. Se habían tendido 541 kilómetros de vía férrea. Cosa de un mes después, rodaban en una y otra direcciones los trenes y las locomotoras.

EL PRIMER DIRECTOR DE LA ACADEMIA DE SAN ALEJANDRO

Juan Bautista Vermay nació en Francia, en 1784. Aficionado a la pintura desde niño, hizo carrera por su buena mano con el pincel. Tomó clases del artista neoclásico Louis David y enseñó su arte a Hortensia de Beauharnais, hijastra de Napoleón Bonaparte. En 1713 el propio emperador lo eximió del Servicio Militar para que solo se dedicara a pintar.
Tras la derrota del Gran Corso en Waterloo, Vermay viajó a La Habana en 1815, invitado por el obispo Espada. El 11 de enero de 1818 fundó en un aula del convento de San Agustín la Academia Gratuita de Dibujo y Pintura, que comenzó a llamarse San Alejandro en honor a Alejandro Ramírez, gerente de la Sociedad Económica de Amigos del País. Vermay la dirigió hasta su muerte por cólera morbo en 1833. 
Este artista dejó su impronta en la plástica nacional, como la transformación neoclásica del interior de la catedral habanera, que conservó su notable fachada barroca. También pintó lienzos para El Templete, monumento colindante con la ceiba que el 16 de noviembre de 1519 acogió a la primera misa y cabildo de la villa de San Cristóbal de La Habana. 
Además de pintor, Juan Bautista Vermay fue arquitecto, decorador y escenógrafo. En su tumba en el Cementerio de Colón está grabado un epitafio lírico, escrito por su gran amigo, el poeta José María Heredia. Dicen tres de sus versos: / Ese pintor, sembrado en nuestro suelo / dejó de su arte el germen poderoso / y en todo pecho blando y generoso / amor profundo, turbación y duelo /».

EL PADRE DE LA METEOROLOGÍA CUBANA

El 4 de marzo de 1870 llegó a Cuba un sacerdote jesuita español llamado Benito Viñes Martorell. Traía la encomienda de dirigir el observatorio meteorológico del Real Colegio de Belén, en virtud de sus títulos de catedrático en Física y Ciencias Naturales por la Universidad de Salamanca. 
Tan pronto asumió su flamante cargo, se consagró a la tarea de realizar observaciones meteorológicas a horas fijas, acopiar datos de los eventos de esa naturaleza ocurridos en La Habana e investigar a fondo acerca de las trayectorias y características físicas de los ciclones tropicales. 
Según Habanaradio, «su penetrante poder de observación y su tenacidad como investigador le permitieron elaborar el primer aviso o pronóstico de ciclón tropical reconocido en la historia de las ciencias. Ocurrió el 11 de septiembre de 1875, y es una primicia para la meteorología cubana». Entre 1870 y 1893 vaticinó el paso por Cuba de 33 ciclones. 
Sus biógrafos afirman que el padre Viñes –Socio de Mérito de la Real Academia de Ciencias de Cuba- fundó las bases de nuestra tradición meteorológica y de la ciencia ciclónica aplicable en zonas donde se producen tormentas giratorias tropicales. De él dice la enciclopedia Ecured: «Sus ideas y teorías fueron consideradas por casi todos los meteorólogos del mundo durante la primera mitad del siglo XX». 
En 1893, los organizadores del Congreso Meteorológico de Chicago lo animaron a preparar un informe sobre ciclones. Lo redactó y le incluyó su método de pronóstico a partir de la observación de las nubes. También las conocidas «Leyes de Viñes», cuyos principios fueron trascendentales para entender la dinámica y el comportamiento de los ciclones tropicales en el área geográfica del Océano Atlántico. 
Este documento fue su testamento científico, pues la noche en que lo concluyó -23 de julio de 1893- falleció a causa de un derrame cerebral en el Colegio de Belén, institución donde transcurrieron los últimos 23 años de su vida. 
El periódico La Lucha escribió: «Incansable para el bien, infatigable en el estudio, consagrado por completo a Dios y a la Ciencia, cayó al terminar una obra científica».

UN ANGOLANO MILITÓ EN EL EQUIPO DE FUTBOL DE CUBA

La década de los años 60 del siglo pasado recién gateaba sobre el almanaque cuando un joven angolano llamado Antonio Dos Santos Franca arribó a Cuba con el propósito de estudiar una carrera en la Universidad de La Habana. 
Tan pronto desempacó su equipaje, comenzó a darle cauce a una de sus grandes pasiones: el fútbol. La calidad de su juego fascinó, ipso facto, a sus compañeros. Tanto que, un tiempo después, integró el equipo del alto centro docente y luego el de Industriales, el más potente de la capital.
Pero Dos Santos tenía anhelos aún más elevados. Y fue así como –entre taquitos y goles- llegó a integrar la selección nacional de fútbol de nuestro país –por entonces estaba permitida esa licencia-, en cuya nómina brilló como el mejor jugador foráneo jamás visto en canchas criollas. 
Uno de sus momentos de gloria durante los seis años en que vistió la casaca tricolor se consumó el 7 de febrero de 1965, cuando el once cubano derrotó 2-1 a su similar de Jamaica, en partido eliminatorio con vistas a la Copa del Mundo que se celebraría el año siguiente en terrenos ingleses. Dos Santos anotó los dos goles cubanos. 
Culminado sus estudios, retornó a su país. En 1977, la selección cubana realizó una gira por varias naciones de África: Libia, Mozambique, Zambia, Etiopía y… ¡Angola! En las gradas del estadio de Luanda, en calidad de espectador, disfrutó del encuentro Antonio Dos Santos Franca, quien para entonces era miembro del Comité Central del MPLA, el partido del Presidente de la República, Agostinho Neto. 
Nuestro hombre alcanzó en su patria el grado de General Además, desempeñó el importante cargo de Jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas para la Liberación de Angola (FAPLA), con las cuales combatió a las unidades de la contrarrevolución, siempre bajo el seudónimo de Ndalu
Antonio Dos Santos Franca, el angolano que formó parte de la selección nacional de fútbol de Cuba, nos ha visitado en varias ocasiones. La última el año pasado, en calidad de Diputado a la Asamblea Nacional de la República de Angola.

A UNA DOMINICANA SE LE ATRIBUYE NUESTRO PRIMER SON

Por Internet navegan sitios –tanto cubanos como foráneos- que consideran a la pieza musical Son de la Ma´Teodora, compuesta en Santiago de Cuba en 1562 por la dominicana Teodora Ginés, como el primer son de la historia. 
Según esos portales, la añeja pieza tiene características del cubanísimo género, por ejemplo, el diálogo entre el solista y el coro. Esto puede resultar polémico. Pero advierto que no es mi propósito atizar el debate. 
Entre los que asumen tal tesis está el cubano Laureano Fuentes Matons, quien la defiende en su libro Las artes en Santiago de Cuba (1893). De Teodora Ginés afirma que «es la primera celebridad musical de la Isla de Cuba». El investigador Fernando Ortiz, por su parte, tiene al Son de la Ma´Teodora como «el primero de los sones conocidos». 
Otros la objetan a ultranza, como Alberto Muguercia. La cuestionó así: «En 1562 no existían los instrumentos usados en el son cubano». Va más lejos: alega que las Ginés son hijas de la ficción. Y Danilo Orozco: «El son nació en la zona montañosa de la Sierra Maestra, alrededor de 1880». 
La tal Teodora (a quien llamaban Ma´Teodora), junto a su hermana Micaela, eran negras libertas nacidas en África, establecidas en la dominicana Santiago de los Caballeros y luego radicadas en Santiago de Cuba. Por sus aptitudes para la música, fueron liberadas por sus amos para que se integraran a la orquesta de la catedral oriental. 
En aquel sacro recinto fundaron también la primera orquesta instrumental de la ciudad indómita. Teodora Ginés tocaba la bandola y el bajo; su hermana Micaela, cantaba; la guitarra corría a cargo del sevillano Pascual de Ochoa; el violín era rasgado por el malagueño Pedro Almanza; y el portugués Jacome Viceira ejecutaba a todo viento el clarinete. 
Apócrifa o legítima esta historia -y ahora cito un pasaje del libro de Alejo Carpentier La música en Cuba, publicado en México en 1946-, «la dominicana Teodora Gines (Ma'Teodora) fue un personaje legendario dentro de la historiografía musical cubana». Debemos admitirlo.

UN PERUANO LUCHÓ POR NUESTRA INDEPENDENCIA

En un salón del Palacio de los Capitanes Generales de La Habana existe un retrato de Leoncio Prado (1853-1883), el peruano que combatió por la libertad de Cuba. Era hijo de Mariano Prado, Presidente de la República del Perú. 
Tenía solo 19 años de edad cuando llegó a la isla. Aquí estableció relaciones de colaboración y amistad con líderes independentistas como Francisco Vicente Aguilera y Pío Rosado. Tiempo después, junto a 10 compatriotas nuestros, lideró una de las acciones más espectaculares de la Guerra Grande: el secuestro del vapor español Moctezuma. 
El hecho tuvo lugar el 7 de noviembre de 1876, cuando el buque-correo ibérico navegaba con personal, correspondencia y mercancía entre el quisqueyano Puerto Plata y la costa de Haití. El comando criollo pretendía apoderarse de la nave, artillarla y luego ponerla a guerrear contra España. 
Unas cuatro horas después de subir a bordo como pasajeros simples, y cuando estaba a punto de servirse el almuerzo, tres de sus hombres, armados con revólveres, conminaron a la numerosa tripulación a rendirse. Hubo resistencia y hasta algunos muertos. Pero la situación fue controlada. 
Prado asumió el mando del navío, le cambió el nombre de Moctezuma por el de Céspedes y levantó acta de lo ocurrido, en nombre de la República en Armas. Según Wikipedia, él mismo izó la bandera cubana, «por lo que se le considera el primer buque de la Marina del país en gestación». 
Acto seguido, puso proa al puerto haitiano de Paix, donde hizo bajar a sus prisioneros. Después levó anclas y se refugió en el puerto de Gracias a Dios. Las autoridades españolas, alarmadas por tan audaz suceso, ordenaron zarpar a sus buques de guerra. « ¡Hay que rescatar al Moctezuma y traerlo de vuelta!», exigieron a sus capitanes. 
El 4 de enero de 1877, uno de los acorazados se aproximó en zafarrancho de combate a Gracias a Dios. Leoncio Prado y su gente lograron salvar las armas y los medios. Luego incendiaron la santabárbara e hicieron estallar la nave. Según Ecured, «por esa acción fue ascendido a Coronel». 
Participó luego en la guerra de Filipinas y en la de su país contra Chile. Lo capturaron y condenaron a muerte el 15 de julio de 1883. Él mismo dirigió el pelotón de fusilamiento con tres golpes de cuchara sobre una cazuela.

EL ÚLTIMO MÉDICO DE NAPOLEÓN VIVIÓ Y MURIÓ EN CUBA

Se llamó Francisco Antonmarchí y nació en Córcega, Francia, el 6 de julio de 1789. A los 19 años de edad ya era doctor en Medicina; y, a los 30, uno de los mejores cirujanos de su época. Su brillante currículo le abrió las puertas del ejército imperial francés en calidad de galeno. 
En 1915 estuvo con Napoleón cuando fue derrotado en Waterloo. Junto a él se refugió en la isla de Santa Elena. Allí el cardenal Fesh lo nombró médico de cabecera del Emperador, encargo que cumplió desde septiembre de 1819 hasta la muerte del Gran Corso, el 5 de mayo de 1821. Antonmarchi fue quien cerró sus ojos e hizo su autopsia. 
Viajó por varios países hasta llegar a Cuba el 10 de mayo de 1837. Traía en su equipaje valiosos objetos, entre ellos el molde de la mascarilla mortuoria de Napoleón, cabellos suyos, la mortaja e, incluso, sus memorias. Dice Ecured: «De La Habana partió a Santiago de Cuba al encuentro de su primo Antonio Benjamín Antonmarchi y Chaigneas, dueño de cafetales y radicado en la villa de El Cobre».
En la ciudad oriental, «El médico de Napoleón», como le decían, se ganó el cariño de la gente y realizó la primera operación de catarata. Allí pasó «los momentos más felices de su vida», según solía decir a sus familiares. 
Falleció en Santiago de Cuba, en la casa del brigadier Juan Moya, a quien una vez había salvado la vida, el 3 de abril 1838 (se manejan también otras fechas del mismo año), víctima del vómito negro, nombre con el que se conocía entonces a la fiebre amarilla que tanto él había investigado. Fue sepultado con honores militares. 
Sus restos se encontraron en 1994 dentro de una caja de plomo de en el panteón de la familia Portuondo, en el cementerio de Santa Ifigenia, e identificados por el médico forense santiaguero Antonio Cobo Abreu. Luego de la investigación y certificación legal de rigor, la osamenta se cubrió de barniz, se introdujo en una caja metálica soldada y se depositó nuevamente en la cripta familiar. 
¡Divino país el nuestro! ¡Afortunada Patria donde tanta gente ilustre, venida al mundo allende sus fronteras, llegó cualquier día de cualquier año para regalarle su gloria!

 
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