viernes, 19 de octubre de 2007

Del caballito al caballete

Cuando la caravana de la vuelta ciclística a Cuba cruzaba como una exhalación de colores por la avenida próxima a su casa, la mirada infantil de Marcial Flores dejaba escapar a los pedalistas para fugarse –fascinada- tras las motos patrulleras. «¡Ahhh, cuánto me gustaría montarme en una!», decía para sí el niño santiaguero.
Sus simpatías por estas apuestas máquinas de dos ruedas no eran, por cierto, amor a primera vista. Su hermano mayor, miembro del MININT, tenía amigos entre los populares caballitos. Algunos solían visitarlo en su hogar, y ahí Marcial se daba gusto con las manos y con los ojos delante de aquellos equipos Guzzi de la época que tanto admiraba.
De entonces acá, 30 calendarios agotaron sus hojas. En el ínterin, Marcial se radicó en Nuevitas, matriculó en un curso básico de la Policía Nacional Revolucionaria y, obsesivo con sus preferencias, optó por la especialidad de tránsito. En 1995, la tradición tunera en el motocross lo sedujo. Así, un mañana hizo las maletas, cogió carretera y... «aquí estoy, como uno más entre ustedes», dice.
-Marcial, a quienes ejercen tu profesión se les conoce en la calle con el nombre de caballitos, ¿es así como se les debe llamar?
-Las denominaciones oficiales son ciclista de tránsito y agente motorizado. Sin embargo, no me molesta en lo absoluto que me llamen caballito. No tiene nada de ofensivo ni de irrespetuoso. Algunos nos identifican también como «los caballeros de la vía», quizás por la elegancia de nuestros uniformes y el porte de nuestros vehículos. Pero eso es secundario. Lo principal es garantizar orden y disciplina en la vía, y, en especial, aplicar con rigor los artículos de la Ley 60 o Código de Vialidad de Tránsito. Así contribuimos a educar a los conductores y a prevenir accidentes. Es un trabajo donde la ética, el ejemplo, la autoridad, la decencia, el respeto y la justicia son esenciales. Por eso tiene tanto prestigio nuestra institución.
-¿Alguna vez has tenido que arreglártelas de manera atípica para resolver un caso? Quizás tengas una anécdota...
-Cierto domingo estoy patrullando cerca del municipio de Majibacoa cuando, de pronto, escucho por la radio de la moto que el conductor de un jeep marca Susuki se ha dado a la fuga en un tramo de la carretera Holguín-Las Tunas. Recibo la orden de colaborar para interceptarlo y, al rato, lo ubico a la altura del poblado de Arroyo El Muerto. Salgo en su persecución con las precauciones de rigor. El prófugo, ansioso por escapar, abandona la vía, dobla a toda velocidad por un terraplén y se mete por El Mijial, Piedra Hueca, El Roble y otros asentamientos rurales. Pero con tan mala suerte que el carro se le atasca en un pantano. Entonces, al verse atrapado, se baja y echa a correr hacia un cañaveral. Yo me tiro también de mi Yamaha y me monto en un caballo que andaba por allí. Luego de casi un par de horas de galopar tras él entre los plantones, el fugitivo desiste de la huída y entonces lo detengo. Aquello fue cosa de película. ¡Del caballito al caballo! Así es en ocasiones nuestro trabajo.
-Sí, fuiste del caballito al caballo, aunque me han dicho que también vas del caballito al caballete, porque eres caricaturista...
-Me encantan las artes plásticas. Adquirí la afición en mi niñez, cuando trataba de reproducir sobre un papel los dibujos que hacía mi madre costurera y los diseños de muebles de papá en la carpintería. Cuando en la escuela dejaba de interesarme una clase, sacaba una hoja y me ponía a pintar cualquier cosa. Lo de las caricaturas vino luego. Les hice a casi todas mis maestras, a mis vecinos, a mis parientes y hasta al bodeguero de la esquina. Y se las regalaba para que las tuvieran de recuerdo. Tal vez algunos de ellos las conserven todavía. ¡Era mi hobby, junto con las motos! Al parecer no lo hacía muy mal, porque me alentaban con frecuencia para que estudiara pintura. En aquella época de primaria y secundaria llegué a participar en varios concursos de dibujo a diferentes niveles. Pero fue aquí, en Las Tunas, cuando comencé a tomarme en serio lo de las caricaturas.
-Háblame de esa etapa de tu carrera como diletante, ¿cuáles fueron las motivaciones y en qué temas te inspiraste?
-Yo me había alejado del dibujo. Hasta que una tarde las musas me obsequiaron un filón para el retorno: acababa de establecerse el uso de cascos protectores para los motoristas, y, como aún no se comercializaban en grandes cantidades, aparecieron diversos modelos: de constructor, de pelotero, de ciclista, de bombero y hasta de vikingo. Dije para mí: «Esto merece caricaturizarse». Fue tal la motivación que en una semana dejé listas 10 obras. Cargué con ellas para la galería-taller, se las mostré a los expertos...¡y las aceptaron! Así monté mi primera exposición, titulada Humor de tránsito. Después vino otra sobre la campaña contra el aedes aegypti, en la Oficina del Historiador de la Ciudad. Una tercera en la Casa de la Prensa abordó el cacareado Plan Busch contra Cuba. Y algunas más. La que dediqué al bloqueo fue solicitada por las provincias de Granma y Holguín para mostrarlas en sus instituciones. A todas las considero más reflexivas que humorísticas. Aunque, para ser franco, lo mismo le saco partido a una canción de Fabré que a una telenovela brasileña.
-¿Aprecias algún antagonismo entre tu profesión de policía y tu afición a la caricatura? ¿Qué dicen los conductores de eso?
-Ser caricaturista no le crea conflictos al policía que soy, porque quienes están al tanto de esa faceta mía saben cuánta importancia le doy a mi trabajo. La responsabilidad no excluye las simpatías por el arte. Además, sé cómo proceder en cada circunstancia. Los choferes conocen muy bien mi manera de actuar. A veces, una charla causa mejor efecto que una multa. Por cierto, con varios tengo amistad y algunos hasta asisten a mis exposiciones. En una oportunidad un conductor al que estaba notificando me dijo: «Oiga, agente, ahora sé por qué usted escribe tan rápido las multas. No digo yo..., ¡con la mano que tiene para dibujar!» Tuve que reírme. Otra vez un camionero paró su vehículo y me preguntó desde la ventanilla: «Permítame, ¿usted es el que hace los muñequitos de la galería?». Le dije que sí con la cabeza. Y él: «Ahhh, ya sabía yo...» Y prosiguió la marcha.
-¿Cómo acogen tus compañeros en general y tus jefes en particular esta faceta artística tuya tan inusual en tu profesión?
-Con mucho entusiasmo. Recuerdo un mediodía en el comedor de la Jefatura. El teniente coronel César –amigo de las bromas- vino hasta mí para proponerme en secreto que les hiciera caricaturas a algunos compañeros con motivo de sus cumpleaños. Me pidió guardar absoluta discreción, pues de otro modo no funcionaría la sorpresa. Como la idea me pareció simpática, acepté. Pero el gran compromiso estaba por llegar: En el grupo de los caricaturizables figuraba... ¡el coronel Benítez, segundo jefe del MININT en la provincia! Enseguida pensé, receloso «Bueno, ¿y si no le ve la gracia a la broma y se pone bravo conmigo? Porque la soga revienta siempre por el lado más débil. ¿Y si lo toma como una falta de respeto de mi parte?» Le planteé a César mis preocupaciones. Y él: «No, chico, no, tú verás que no pasa nada, te lo garantizo...» ¿Y qué iba a hacer yo? ¡Jugármela! Me mostró varias fotos del coronel en la pantalla de la computadora. Seleccioné la que más me convenía y, a partir de la imagen, hice con sumo cuidado la caricatura. El día del cumpleaños, atrajeron al coronel con no sé qué pretexto hasta el sitio donde la habían colocado. Para mi tranquilidad, le gustó, se emocionó y hasta me felicitó.
-¿Te encuentras afiliado a alguna organización relacionada con las artes plásticas o trabajas tu obra de manera independiente?
-Debo reconocer que tengo muchísimo que aprender en materia de pintura, pues carezco de formación académica. Así que, a instancias de un artista plástico local, me sumé a un proyecto muy interesante llamado Perspectiva. Lo integran por lo general, campesinos, obreros, profesores, jubilados, amas de casa... También hay algunos profesionales. Nos reunimos periódicamente y lo mismo organizamos una exposición en una cerca de alambres que en un barrio periférico de la ciudad. Se hacen miniaturas, caricaturas, poesía, artesanía... En cada encuentro con el grupo incorporo conocimientos nuevos. Ahora trabajo con cartulina, lápices de colores, lapiceros, centropenes... Pero, sobre todo, con muchos deseos de hacer las cosas bien. Tengo varios planes rondándome en la cabeza. Cuando disponga del tiempo suficiente, quisiera ponerlos en práctica. Son ideas que se me ocurren. A veces, en la vía, apreso algunas en un papelito.
-Para terminar, ¿te ha ocurrido algo curioso que implique tu doble condición de policía y de caricaturista?
-Voy con otra anécdota. Una tarde me presenté vestido de policía en la oficina del Historiador de la Ciudad con el propósito de coordinar allí una exposición de caricaturas. Por entonces no tenía el gusto de conocer en persona al licenciado Víctor Marrero, el historiador. Pregunté por él y me lo fueron a buscar al fondo del local. Le dijeron: «Víctor, allá afuera hay un policía del tránsito que te anda buscando». Cuando lo tuve ante mí, lo saludé y le dije muy serio: «Vengo por lo del casco». Se puso pálido, preocupado tal vez porque yo le recriminara haber manejado en algún momento sin casco el pequeño ciclomotor que tiene asignado. Pero le aclaré enseguida: «No, Víctor, por el casco protector no. Vengo por el asunto del casco histórico de la ciudad. Para que usted, que sabe tanto sobre ese tema, me explique algunas cosas.» Y los dos nos morimos de la risa.

 
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