Estas fotos de la presentación de mi libro POSTALES TUNERAS fueron tomadas por el periodista Miguel Díaz Nápoles, editor jefe de Tiempo 21, la página web de Radio Victoria, emisora provincial. El lanzamento se realizó el día 5 de mayo del año 2005 en el patio interior de la Plaza Martiana, y contó con la asistencia de numerosos colegas y amigos. También con la presencia de mi esposa Iris, a quien se puede apreciar en una de las imágenes con nuestra pequeña Sofía dormida sobre su hombro izquierdo. domingo, 4 de febrero de 2007
Fotos del lanzamiento de mi libro
Estas fotos de la presentación de mi libro POSTALES TUNERAS fueron tomadas por el periodista Miguel Díaz Nápoles, editor jefe de Tiempo 21, la página web de Radio Victoria, emisora provincial. El lanzamento se realizó el día 5 de mayo del año 2005 en el patio interior de la Plaza Martiana, y contó con la asistencia de numerosos colegas y amigos. También con la presencia de mi esposa Iris, a quien se puede apreciar en una de las imágenes con nuestra pequeña Sofía dormida sobre su hombro izquierdo. Presentación de mi libro
«Buenos días, queridos amigos e invitados. El libro que hoy tengo el honor de presentar, Postales Tuneras, es ya, por derecho propio, un texto de referencias para conocer páginas pintorescas y poco divulgadas de la historia de nuestra provincia. Se trata de una antología de crónicas, entrevistas, y reportajes que el conocido periodista tunero Juan Morales Agüero (Manatí, Las Tunas,1955) hizo brotar con el acierto de siempre desde el oficio de su bien entrenada pluma.Cada uno de los materiales que integran este libro –casi todos publicados en diferentes momentos en el semanario provincial 26 y en el diario nacional Juventud Rebelde- coloca ante nosotros una estampa, un personaje, un sitio o un suceso vinculados a nuestros anales. El autor nos los presenta sin rodeos a través de una óptica costumbrista, en la que se fusionan lo curioso, lo informativo y lo interesante en una suerte de mural decorado con singularidades de la cotidianidad y el sello distintivo que la hace trascender.
En Postales Tuneras encontrará el lector temas tan heterogéneos como la famosa granizada de Las Tunas del año 1963, la separación quirúrgica de las siamesas Maylín y Mayelín, los razonamientos de esa gloria de la cultura local que es el doctor Pedrito Verdecie, la historia del busto de Federico Capdevila en el parque Vicente García y muchos temas más. Los materiales están escritos en un estilo tan desenfadado y refrescante que uno no puede hacer menos que sonreír, satisfecho, cuando el autor comienza a pintar con imaginación el lienzo de sus historias.
Disfruté enormemente este excelente libro de Juan Morales Agüero, recién salido de las prensas de la editorial tunera Sanlope. Solo me queda ahora recomendar su lectura. Les aseguro que no quedarán defraudados».
Lic. Víctor Manuel Marrero
Historiador de la Ciudad
sábado, 3 de febrero de 2007
Molinos para la Villa
Siempre he simpatizado con la historia que le atribuye el nombre de Puerto Padre a un diálogo entre un marinero y un cura a bordo de una de las carabelas de Cristóbal Colón. “¡Qué puerto, padre!”, aseguran que le dijo el marino al cura, extasiados ambos por la belleza desplegada ante sus ojos. No puedo dar fe de la autenticidad de esta parábola, pero cuentan que Puerto Padre se llama así desde entonces.A fuer de conocerlos como los conozco, imagino a los portopadrenses hinchados de orgullo por tan elogiosa y merecida apología. Ellos suelen agradecer por toneladas cuanta palabra ensalce los atractivos de su terruño, y blasonan, entre otras cosas, de que la ubicación geográfica de la villa aparece reflejada con la denominación de Portus Patris desde el distante siglo XVI en la cartografía del llamado Nuevo Mundo.
El epíteto de Villa Azul, que también identifica al carismático pueblo, debutó después, motivado quizás por la azulada tonalidad de su mar y de su cielo. El primero en emplearlo públicamente fue el periodista Manuel García Ayala, quien le dio vida en un poema suyo allá por los años 20 del siglo pasado. El apelativo ganó, raudo, el beneplácito de la gente. Tanto que los comerciantes más avispados la adoptaron como eslogan.
En las décadas iniciales de la propia centuria, otro periodista-poeta se encargó de añadirle a la frase lirismo y sugerencia: el canario Manuel Martínez de las Casas, director del semanario El Localista, quien en versos de su autoría se refirió a la localidad como a la Villa Azul de los Molinos, en virtud del gran número de esos aparatos de viento que funcionaban a la sazón en la comarca. Así lo recoge en su interesante libro Crónicas de Puerto Padre el investigador Ernesto Carralero Bosh.
Y es aquí donde pretendo hacer un alto. Cierto: Puerto Padre continúa haciéndole honor al sobrenombre de Villa Azul, pues la coloración persiste no solo en su mar y en su cielo, sino también en buena parte de su fisonomía. Pero, ¿qué hay con lo de Villa de los Molinos? ¿Se corresponde en la práctica el epíteto con el panorama contemporáneo de la ciudad? ¿Cuántos de esos “gigantes” contra los que arremetió El Quijote exhiben todavía por allí sus aspas ? Hay que ver, hay que ver…
SU MAJESTAD LA HISTORIA
La página digital española Interciencia da por establecido que la primera mención conocida a un molino de viento consta en los escritos del historiador árabe Al-Tabari, y datan del año 850 de nuestra era. Los textos certifican la existencia de esos ingenios en la provincia persa de Seistan alrededor de dos centurias atrás. Europa los acogió mucho después, en el período de las cruzadas, entre los años 1096 y 1191, y los primeros países en ponerlos a prueba en el su territorio fueron Holanda (1240) y Alemania (1222). En América debutaron en Brasil (1576) y luego en Estados Unidos (1621). Sudáfrica, por su parte, resultó la pionera en instalarlos en el continente negro cuando ya agonizaba el siglo XVII.
Pero, según consigna el Doctor en Ciencias Técnicas Conrado Moreno Figueredo en el sitio web de CUBASOLAR, el molino de viento que conocemos en la actualidad se desarrolló en los últimos 50 años del siglo XIX en territorio de los Estados Unidos. “La historia de la Cuba de la época y la fuerte influencia de la economía norteamericana en la isla desde finales de ese siglo y principios del XX, hacen presumir que por entonces debió instalarse en nuestro país el primer aparato de ese tipo”, agrega el también destacado especialista en energía eólica.
-A Puerto Padre los molinos de viento llegaron también de la mano del capitalismo –dice Ernesto Carralero, el historiador de la villa -. Eso ocurrió a partir del 30 de enero del año 1902, cuando comenzó a producir azúcar el central Chaparra bajo la regencia de una sociedad norteamericana, la Chaparra Sugar Company. Antes de esa fecha, eran los pozos criollos los que proveían de agua a los lugareños. Después se impusieron los pozos artesianos con sus flamantes molinos de viento.
Carralero precisa que quienes aplaudieron con más frenesí la llegada de los molinos a la villa fueron los vecinos con mayores posibilidades económicas para comprarlos. En la relación figuraban, entre otros, los dueños de tiendas y los altos empleados de la fábrica de azúcar distante solo unos pocos kilómetros. La ciudad llegó a contar con centenares de aparatos dentro del propio perímetro urbano, en casas que conservaban el sello fundacional español, con amplios patios andaluces, techos de tejas francesas, ventanas con rejas y puntales de 14 pies de altura.
-La etapa conocida por La Danza de los Millones propició entre los portopadrenses un aumento significativo de los molinos –acota Carralero-. Fueron tiempos de bonanza económica, pues se había desatado la Primera Guerra Mundial y la industria azucarera criolla aprovechó en su beneficio el alza de los precios en el mercado internacional. Por aquella época ejercía el alto cargo de Presidente de la República Mario García Menocal, quien fue el primer administrador del central Chaparra. Puerto Padre ganó en urbanización, pues se construyeron nuevas calles, lujosas residencias, pequeñas industrias y… ¡se instalaron más molinos!
Con el tiempo sobrevino su decadencia por razones tanto coyunturales como tecnológicas. Lo admite el citado sitio web de CUBASOLAR, cuando dice: ”Esta situación favorable se mantuvo hasta los años 20 –dice-. La gran depresión económica de la década siguiente, los motores de combustión interna y la electrificación posterior a 1945 afectaron fuertemente a la industria de los molinos de viento. Y ya en los años 50 y 60 solo unos pocos fabricantes de esos aparatos permanecían activos”.
VILLA DE LOS MOLINOS
A pesar de que las turbinas les robaron el protagonismo, en Puerto Padre algunos molinos consiguieron permanecer en pie, aunque sin recibir mantenimiento periódico ni ganarle una sonrisa a la indiferencia de sus dueños. Luego el tiempo se encargó de pasarles la cuenta hasta convertirlos en amasijos de metal, en virtuales despojos de una época que se extravió en el olvido como el viento en sus aspas.
-La desaparición de los molinos portopadrenses fue consecuencia del desarrollo de la tecnología de la época –apunta Carralero-. Dejaron de constituir elementos de nuestro paisaje cuando dejaron de ser necesarios. Hubo un tiempo en que tratamos de conservar algunos, y hasta la Asamblea Municipal del Poder Popular aprobó una Resolución para protegerlos, teniendo en cuenta su reconocida connotación en la paisajística y el folclor del territorio. Pero su letra y su espíritu se quedaron en las buenas intenciones, porque la iniciativa apenas tuvo resultados concretos. Conclusión: los molinos sobrevivientes dieron con sus huesos en tierra. Duele admitirlo, pero es un hecho consumado.
Sin embargo, la denominación Villa de los Molinos que alude a Puerto Padre no ha perdido vigor. Aunque solo constituya un soplo de nostalgia entre los muchos que todavía la utilizan. Y miren qué curioso: el epíteto funciona diferente cuando uno llama a Holguín Ciudad de los Parques o a Matanzas Ciudad de los Puentes, porque en ambos casos los parques y los puentes están allí para justificarlo. Algunos de mis lectores dirán : “¿Pero qué propones, periodista? ¿Sembrar de molinos otra vez la geografía de Puerto Padre? Vamos, hombre, que no es para tanto…” Y les respondo: No, propongo rescatar los molinos de una manera… ¡simbólica!
Algo se ha hecho, lo reconozco. La sede de la filial de la UNEAC portopadrense, por ejemplo, instaló un molino en su patio. No lo necesita desde el punto de vista práctico, pero lo ha puesto a convivir con la organización como uno más de sus miembros. Antes, en 1989, los escultores Elvis Báez Morales y Pedro Felipe Escobar erigieron en la avenida Libertad un monumento al que llamaron El Quijote de los Molinos, que es en sí mismo síntesis de la tradición y la hispanidad locales. También existe el Festival de Música Villa de los Molinos, un evento anual de mucho prestigio y hasta el brocal del famoso pocito de agua dulce que se encuentra dentro del mar tiene forma de aspas.
Pero se puede hacer mucho más para que lo de Villa de los Molinos no sea solo alegoría recurrente en poemas, pentagramas, lienzos y pedestales. Y aquí va una propuesta: ¿por qué la filial de la UNEAC de Puerto Padre no adopta al molino como su distinción para entregar a personalidades relevantes? Y una segunda: ¿por qué no diseñar y comercializar pequeños molinos a guisa de souvenir para quienes visiten la tierra natal de Emiliano Salvador? Y una tercera: ¿por qué no colocar molinos decorativos en las principales vías y sitios panorámicos de la ciudad?
-Creo que son propuestas realizables –admite José Ramón Silva, miembro del Buró Ejecutivo del Comité Municipal del Partido-. Agregaría otras, como la organización de competencias deportivas con el nombre de Villa de los Molinos. Copas de tenis de campo y torneos de ajedrez, por ejemplo, donde acumulamos mucha tradición. También situar molinos en patios de casas coloniales emblemáticas. Y hasta la universalización de la enseñanza superior podría explotar el asunto en su provecho.
Para que Puerto Padre armonice su entorno con el seudónimo de Villa de los Molinos no es preciso traer a los molinos de vuelta a sus antiguos emplazamientos. Solo se necesita echar a andar las aspas de la imaginación y romper lanzas contra los convencionalismos. Quijotes y Sanchos existen en la villa para emprender la cabalgata.
jueves, 23 de noviembre de 2006
Memorias de un padre
Esta crónica la escribí con motivo del Día de los Padres del año 2006. Fue publicada en el Semanario 26, de Las Tunas, y en el periódico capitalino Juventud Rebelde. Disfruté muchísimo escribiéndola, porque recrea un tema que tocó con particular intensidad mi fibra más sensible: el nacimiento de Sofía, mi primera hija, y los adorables avatares que me han tocado vivir junto a ella. Para colmar mi satisfacción, la crónica conquistó el Premio en Prensa Escrita en el Concurso Nacional de Crónicas auspiciado por la provincia de Cienfuegos. Este triunfo se lo dedico de todo corazón a mi pequeña Sofía. Y también a mi pequeña Beatriz, que vino detrás y que en cualquier momento me inspirará también. Y a mi esposa Iris, que las llevó a las dos en el vientre. Y a mí, qué caray, que biern me lo merezco.Mi pequeña Sofía tiene ya un año y medio de nacida. «A ver a ver a ver a ver, chiquitica, de quién es papá, a ver, dilo, uhhh, a ver, uhhh...» Sin apenas darme cuenta, se me está haciendo una mujercita este princesa, esta mariposa, este regalo de la vida. «Papá mío, papá mío, jajajajaja...» No, amigos, imposible. ¿Con qué maravilla comparar la felicidad que me recorre el cuerpo y me trae de cabeza?
La conocí meses antes de que ella -diminuta y temblorosa- debutara en el mundo el 10 de diciembre de 2004. «Estás embarazada», le dijo el doctor a mi esposa aquella tarde, luego de explorarla con el ultrasonido. Obvio: el examen no reveló esa vez su sexo. Pero yo sabia que era hembra. No se burle, ¡lo sabía! A pesar de los horóscopos, de las predicciones y de las computadoras. Por instinto, lo sabía.
A las pocas horas de la buena nueva comencé a hablarle. Pegué mis labios al vientre materno y le musité piel adentro con toda la ternura de que fui capaz: «¡Bienvenida, mi niña!» Desde entonces cada día y cada noche le dije algo cariñoso. Al principio solo obtuve silencio; luego, leves estremecimientos; después, golpecitos que yo interpreté como una respuesta suya a mis mensajes. Mi mujer me reprendía constantemente: «No te empecines en que es hembra porque te decepcionarás si al final resulta varón» Y yo: «Si viene varón lo querré igual. Pero es hembra».
Transcurridas algunas semanas, otro ultrasonido confirmó mi pronóstico de pitoniso: ¡hembra! Y la gente: «Vaya, adivinaste...» Y yo, eufórico: «No se los dije...» Esa noche conversé con ella largo y tendido. Le hablé de los preparativos para su llegada y le describí la cuna pintada de blanco y el sitio exacto donde la colocaríamos junto a nosotros. Desde su piscina de líquido amniótico, Sofía me respondió con un par de pataditas que a mi me parecieron de aprobación.
ENTRADA AL MUNDO
El día del parto lo puedo reproducir con todos sus detalles de análisis, pruebas, exámenes, conteos... Cerca de la medianoche, llevaron a Iris para el salón, mientras yo, exhausto, intentaba descabezar un sueñecito sobre una mesa. Estaba soñando que todo había salido de maravillas cuando alguien me tocó en un hombro: «Ya», me dijo. El monosílabo me devolvió de a la realidad. Y entonces, en el pasillo, distinguí a mi mujer sobre una camilla, pálida y débil, pero con la sonrisa más hermosa que jamás haya engalanado su semblante. «¿Y Sofía?», pregunté. «Paciencia», me pidieron. La tendría entre mis brazos horas después, ya arropadita en el atuendo que su mamá le había escogido con amor para la premiere.
Desde entonces la niña se convirtió en el centro de mi vida. Junto a ella disfruto excelentes malas noches y terribles buenos momentos. Entre las primeras figuran madrugadas completas intentando dormirla con paseos de ida y regreso por toda la casa, sin que Morfeo se digne nunca tirarme un cabo. Entre las segundas, cuando Iris la dejó una mañana a mi cuidado con mil indicaciones y, para mi zozobra, se me hizo caca tan pronto ella puso un pie en la calle.
Me las arreglé como pude con un pañal humedecido. Después le eché mano a otro que había colocado a mi lado para limpiar el puré que mi torpeza derramaba sobre su cuerpecito. Pero, como caca y puré exhibían colores parecidos, hubo un momento en que confundí los paños y, en vez de frotarla con el segundo, elegí el primero. ¡Imagínense! Cuando quise rectificar, ya era tarde: Había embadurnado la cara de mi pequeña con una buena dosis de caquita fresca. Sofía tuvo la infeliz iniciativa de regársela todavía más con una de sus manitas. Luego premió mi azoro con una carcajada inolvidable. Y yo -¿qué iba a hacer?- la secundé. Iris se entera ahora de aquel disparate mío oloroso a heces fecales.
En materia de meteduras de pata mi inexperiencia no quedó ahí. En cierta ocasión mi mujer me pidió que comprara unos jabones. Pero como siempre me aparecía en casa con los jabones equivocados, le dije: «Mira, mejor vas tú, que yo nunca quedo bien». Ella aceptó. Ya en retirada me dio instrucciones: «A Sofía le toca la leche de aquí a media hora. El pomo está sobre la mesa. Antes de dársela lo abres y le quitas la tapita interior que le puse por si acaso te embullabas a sacarla a pasear». Y yo: «No te preocupes que sé cómo hacerlo». Cuando quedé solo, no perdí de vista el reloj. A los 30 minutos tomé en brazos a la niña, cogí el pomo, me senté con ella en un sillón y... ¡vamos, nené, a tomar la lechita! Se prendió, golosa, del biberón. Al rato noté que el contenido estaba intacto. «No quiere», dije para mí. Sofía, sin embargo, chupaba y chupaba sin quitarme los ojos de encima, como implorándome: «por favor, papá, resuelve esto». Entonces recordé la tapita interior: no la había quitado. Tan pronto la retiré, la niña se tomó su leche en tiempo récord.En esta deliciosa etapa de padre he tenido que aprender infinidad de artilugios y hacer ni se sabe cuántas concesiones para entretener a Sofía mientras la madre se ocupa de la batea, la cocina y la limpieza. Por ejemplo, improvisar un títere con una media y un muñeco y meterme luego debajo de la cuna para hacerla reír. También aprenderme los estribillos de las canciones que a ella le gustan y que yo quisiera desaparecer de las discotecas. Una repite machaconamente «pitchea, mami, pitchea», otra «porque yo soy un bandolero» y la tercera «me duele la popola».
Con las lecturas sufro dulcemente. Cuando estoy más ocupado, Sofía se me planta delante con un libro que, de tanto hojearlo y ojearlo, puedo recitar de carretilla, y me “ordena” leérselo. A veces me mira extrañada, pues, al describirle una ilustración, mis versiones libres no suelen coincidir siempre, y ella parece tener buena memoria. Por cierto, sobre su memoria tengo una anécdota. Resulta que a mi niña le agrada el programa Piso 6, y cada vez que sale Caleb, el presentador, ella lo señala y lo menciona por su nombre. Una noche en que estaba particularmente majadera a la hora del Noticiero Nacional de Televisión, la hice mirar para la pantalla: «Mira, nena, ese es Caleb», le dije. En realidad, era Resíllez, con su comentario semanal. Sofía se volvió hacia mí y exclamó a su manera dos veces, mientras negaba con la cabeza. «Papá, ese no Caé, ese no Caé”» Que me perdone mi colega, pero todavía me estoy riendo.
Cuando cumplió su primer añito y comenzó su vida en el círculo infantil, asumí la tarea de llevarla y traerla en su coche. Durante el trayecto le digo lo que se me ocurre, y ella me responde en su jerigonza que yo entiendo a la perfección. Por la tarde, al recogerla, la sorprendo con alguna golosina para que venga picando por el camino. Ya en casa, llega el gardeo a presión, pues debo seguirla todo el tiempo para distanciarla del peligro de los tomacorrientes, las escaleras, la cocina, el balcón y el multimueble.
Al anochecer pide a gritos la papa, y entonces nos sentamos juntos a la mesa. Inicialmente era yo quien se la daba, y ya sabe: «tata, ahí viene un avioncito, uuuuuuuu...» Pero hace poco aprendió a comer sin ayuda y forma unos regueros que, bueno... Luego del postre la acomodo sobre mis piernas para ver la Calabacita, a la que ella despide con un vehemente hasta mañana. Si está muy agotada, se dueme enseguida. Pero si no, puede llegar a la medianoche despabilada mientras Iris y yo damos cabezazos en los sillones.
Los fines de semana la llevo al teatro guiñol, al parque infantil o a cualquier sitio. Desde la acera se despide de Iris con un «chao, mamá...». Al regreso reseño lo que hicimos y exagero sus hazañas en los columpios y sus progresos en la comunicación.
FELIZ, MUY FELIZDesde que nació Sofía no he vuelto a dormir una siesta ni a escribir los fines de semana. Muchos de mis libros están sin lomo , porque ella se los arranca. Aprendí a hacer muecas para incitarla a comer y a imitar las onomatopeyas de cuanto animal existe para provocarle una sonrisa. Me ocupa tanto tiempo que ya casi no comparto con mis colegas en las tertulias de la UPEC.
He olvidado mi gusto por el pan para reservárselo, aunque ella lo tire al primer mordisco, y me cuido más que nunca cuando conduzco mi moto Babetta para evitar que no me extrañe si tuviera una accidente. Sufro si el termómetro le marca 37 de temperatura o si manifiesta la más leve inapetencia. Le recojo mil veces los juguetes aunque mi columna se resienta...
Pero ahí no termino. Hace poco más de dos meses nos llegó Beatriz, otra niña que promete también ponerme de cabeza. ¿Se imaginan? Dentro de poco volveré a las andadas, pero por partida doble. Y eso cuando acabo de cumplir 50 años. Mis amigos me dicen en broma -¡y en serio!- que tendré que celebrarle los 15 a mis dos tesoros con el dinero de la chequera. Pero, a pesar de lo que me viene encima, me siento el más feliz de los padres. En resumen, y como dijo Benedetti, «estoy jodido y radiante, quizás más lo primero que lo segundo, y también viceversa».
martes, 21 de noviembre de 2006
Cosas del barrio
La mayoría de los tuneros de pura cepa presume de conocer como la palma de su mano la geografía de la ciudad que recién acaba de cumplir 210 almanaques de fundada. Para muchos de ellos no existe aquí vericueto o callejuela que no sean capaces de localizar –es un decir- incluso con los ojos cerrados. Pero, ¿dirían lo mismo acerca del origen de los nombres de algunos de sus repartos y barrios?Otro nombrecito de anjá es Cantarrana. Dicen sus pobladores más antiguos que el apelativo data de cuando se estaban edificando por la zona las casas fundacionales. Las lluvias solían anegar los huecos de las cimentaciones, con el consabido beneplácito de las ranas, que encontraron en la contingencia un verdadero paraíso. El croar de los batracios llegó a ser tan recurrente que el sector terminó llamándose Cantarrana.
Un bloque urbano cuyo mote suele desconcertar a los visitantes es el conocido por Las 40. ¿Por qué lo identifican así? Realmente, el nombre oficial del reparto es Fernando Betancourt, en honor a un mártir local que murió en Guantánamo mientras cumplía con su deber. Surgió luego del paso por aquí del ciclón Flora, en 1963, cuando construyeron en la zona 40 viviendas para los damnificados. La población se dio entonces en nombrarlo Las 40. Con el tiempo el reparto desbordó sus límites para formar en su parte norte la llamada Comunidad Militar “2 de Noviembre”, a la que casi nadie conoce por esas generales, sino por Reparto Militar.
¿Y qué me dicen del muy conocido barrio Marabú? Otrora sus habitantes gozaron de la poca edificante fama de camorristas y conflictivos. Esa imagen, por cierto, cambió con el proceso revolucionario. Pero su denominación oficial no ha conseguido todavía imponerse. Según los investigadores del tema, el reparto está asentado en lo que fue en otra época una finca propiedad de Rafael Suárez Cruz. A solicitud de este señor, en 1915 la demarcación resultó aprobada por el Ayuntamiento con el nombre de Santo Domingo. Como por entonces su parte norte estaba plagada de marabú, muchas personas se acostumbraron a llamarlo así, Marabú.
En la ciudad abundan también los asentamientos con denominaciones concebidas a partir de los nombres o los apellidos de sus propietarios originales. El reparto Santos, por ejemplo, se localiza en una zona que perteneció al señor José Santos Vargas, quien parceló y vendió el terreno donde más tarde se construyeron casas de viviendas. A partir de 1959, se le cambió el nombre por el de Israel Santos, un hijo del antiguo dueño caído en combate a las órdenes del Che durante la toma de Santa Clara en diciembre de 1958. Cuando se accede a este asentamiento desde la zona del ferrocarril por la avenida Camilo Cienfuegos, las primeras manzanas son conocidas con el apelativo de Bonachea, apellido de la familia que fundó allí un conocido servicentro que todavía presta servicios.
Existe otro reparto que sigue esa línea onomástica. Se trata del Aurora, cuyas áreas pertenecieron en los años 50 del siglo pasado a la señora Aurora Pérez. Se localiza con rumbo noreste, a partir del ángulo formado por las calles General Menocal y Francisco Varona. Curiosamente, el Aurora incluye a otro reparto con linaje propio. Me refiero a dos manzanas a las que la gente identifica como Reparto Médico, una pequeña comunidad residencial construida por trabajadores de la salud en los tiempos de la inauguración del hospital Guevara, en el año 1980.
Por el apellido de su antiguo dueño se conoce también el reparto Sosa, próximo a la terminal ferroviaria, que se levantó inicialmente en predios de una finca propiedad de Bautista Sosa. Y a propósito, durante la última etapa de la lucha revolucionaria cayó en combate Carlos Sosa Ballester, nieto de Bautista. En su memoria una calle del reparto fue bautizada con su nombre. Al Sosa pertenece además el barrio llamado La Canoa. Sus vecinos dicen a quien quiera oírlos que recibió tal bautismo porque cuando llovía la zona parecía una canoa rodeada de agua.
El reparto Pena tiene su historia. Pertenecía en un inicio a la señora Esperanza León, casada a la sazón con Generoso Pena, conocido fotógrafo de la ciudad. El reparto Velázquez, por su parte, surgió de una propiedad cuyo dueño era José Velázquez. Al aprobarse su existencia por el ayuntamiento en 1950, su dueño cedió una manzana para construir un estadio que se llamó Estadio Municipal Velázquez. Luego del triunfo de la Revolución, adoptó el nombre de estadio Julio Antonio Mella.
Algunas personas suelen referirse a dos sectores del centro histórico de la ciudad con los nombres de reparto Primero y reparto Segundo. Pero, ¿son realmente correctas estas denominaciones? Según los investigadores, en 1951 el término municipal de Victoria de Las Tunas constaba de 16 barrios. Dos de ellos estaban asentados en su zona urbana, y eran los llamados Primero y Segundo. Solo que esta clasificación se concibió exclusivamente con fines electorales. A pesar de eso, no son pocos los que persisten en denominarlos todavía así: Primero y Segundo.
Podría hablar de otros repartos que le ponen calor y color a la onomástica de nuestra ciudad, como son Casa Piedra, Aguilera, Buena Vista, La Loma, La Victoria, Aeropuerto..., pero la muestra es suficiente. Todos conforman el terruño donde vivimos, y reflejan también, como legítima patria chica, la identidad de sus hijos.
sábado, 22 de julio de 2006
Madre en tiempos de muñecas
Lina Medina no había cumplido aún cinco años de edad cuando los brujos del villorrio donde vivía –Antacancha, 450 kilómetros al este de Lima, la capital de Perú-, comenzaron a alarmarse. ¿Qué le estaba ocurriendo a aquella niña cuyo vientre no dejaba de crecer? Mientras la pequeña le hacía mimos a su raída muñeca de trapo, uno de los shamanes fijó su mirada en el cielo, “estableció” comunicación con el más allá y, minutos después, hablaron por su boca los inefables dioses de Los Andes: “Lina tiene una culebra dentro de la barriga -masculló-. Hay que sacársela”.Al llegar al hospital de la ciudad de Pisco, distante 70 kilómetros de Antacancha, el doctor Gerardo Lozada se hizo cargo de los exámenes preliminares de Lina. La dimensión de su vientre fue lo que más le llamó la atención. “Puede que sea un fibroma”, especuló, suspicaz. Pero, luego de evaluar una, dos, tres, diez..., ¡cien veces! las pruebas clínicas de la cincoañera con el rigor exigido por las circunstancias, llegó a una conclusión que lo anonadó como médico y como persona. “¡¡¡No es un tumor, es un bebé de ocho meses lo que la niña lleva en su vientre!!!”, le gritó al padre. Y acto seguido telefoneó a toda prisa a la Policía.
Los agentes encerraron a Tiburcio en un calabozo bajo estrictas medidas de seguridad. Las evidencias lo señalaban como el principal sospechoso de la violación y embarazo de su pequeña hija de solo cinco primaveras de nacida. Pero pasados unos días se vieron forzados a liberarlo por falta de pruebas. En su lugar dio con sus huesos en la celda uno de sus nueve hijos, aquejado, por cierto, de desequilibrios mentales, a quien tampoco lograron los investigadores vincular con tan repugnante asunto.
En el ínterin, el doctor Lozada se dirigió a Lima junto a la pequeña grávida, quien, por obvias razones de edad, no se había hecho cargo de su estado. Luego de instalarla en una clínica, envió un emisario hasta Antacancha para que recopilara información acerca de la niña. Consiguió investigar que, antes de cumplir los cuatro años de vida, a Lina se le habían desarrollado visiblemente los caracteres sexuales, tales como pechos erguidos, vello púbico y... ¡menstruaba! “Su madre la mandaba a lavarse en el río cuando esto sucedía”, le dijeron unos parientes.
Poco quedaba por hacer a tal altura de la gestación. Así fue que el doctor Lozada lo organizó todo en la clínica y llevó a Lina al quirófano para sometarla a una operación de cesárea, tarea en la que participaron también el cirujano Busalleu y el anestesiólogo Colretta. Finalmente, el 14 de mayo de 1939 –Día de las Madres, por más señas- hizo su entrada al mundo un bebé saludable y fuerte, que pesó en la báscula dos mil 700 gramos y midió 48 centímetros de estatura.
Le pusieron por nombre Gerardo en honor al doctor Lozada, el médico que asistió a la niña-madre tan pronto le diagnosticó el embarazo. El diario limeño El Comercio reseñó así el raro suceso: “Con tan sólo cinco años, siete meses y 21 días de edad, Lina Medina acababa de convertirse en la madre más joven reconocida por los anales mundiales de la Medicina. Y así quedó registrado el récord en los libros de la Academia Americana de Obstetricia y Ginecología”.
UN HECHO ESPECTACULAR
La noticia del parto de la parvulita peruana de solo cinco años de edad se convirtió ipso facto en un acontecimiento de trascendencia planetaria. Sus detalles más conmovedores, incluso, les restaron por varios días protagonismo a los preparativos de la Segunda Guerra Mundial, cuya feroz virulencia desgarraría poco tiempo después a buena parte de Europa.

Entretanto, los niños –madre e hijo- eran mimados en la clínica donde se acogieron a internamiento durante 11 meses. Funcionarios, artistas, diplomáticos, comerciantes y hasta políticos los visitaban y los colmaban de regalos. Allí, en la Maternidad de Lima, la pequeña Lina aprendió a leer y a escribir. Diarios de la época cuentan que la niña –tan niña como su hijito- le disputaba al pequeñuelo la posesión de los juguetes.
Muchos años después, el doctor Juan Falen, endocrinólogo adscripto al Instituto de Salud del Niño, explicó este hecho a la agencia inglesa Reuter de la siguiente manera: “La pubertad precoz de Lina le desarrolló antes de tiempo los caracteres sexuales y la capacidad de reproducción, pero mental y cronológicamente continuó teniendo la misma edad. Por eso es que chicos como ella son a menudo víctimas de abusos sexuales”.
El parto de la pequeña Lina Medina desbordó en poco tiempo el ámbito peruano para activar las apetencias de gente sin escrúpulos más allá de las fronteras andinas. Así, su familia rechazó jugosas oferta de dinero provenientes de varios países interesados en sacarle partido económico al triste suceso, entre ellas una de cuatro mil dólares mensuales y gastos pagados para que la niña y su niño viajaran a Nueva York por un año para ser exhibidos allí como bichos raros en la Feria Mundial.
Hubo proposiciones serias. Como esta que incluye en su página de Internet el sitio Dracoo!: “Los cirujanos que le practicaron la cesárea habían comprobado mediante una biopsia que Lina tenía órganos genitales maduros. Cuando ya la familia había firmado un acuerdo de mil dólares semanales con la compañía estadounidense Seltzer por estudiar el caso, el presidente del Perú, Oscar Benavides, lo impidió y dictó una ley para alzarse con la tutela de la madre y de su hijo bajo la promesa de otorgar a ambos una pensión vitalicia. Jamás recibieron un centavo”.
UNA DEUDA POR SALDAR
El 3 de septiembre de 2002, el diario digital colombiano El País publicó la siguiente nota en la red: “Seis décadas después, el Gobierno peruano busca ayudar a Lina, como para resarcir la letra muerta de una Ley de 1939 que le prometió una pensión vitalicia para ella y para su hijo. ´Aún estamos a tiempo de reparar el daño que le hizo el Estado condenándola a la miseria´, dijo el ginecólogo José Sandoval, quien fue a Antacancha, desempolvó la historia de Lina, la escribió en un libro y hasta acudió al Palacio de Gobierno para recordarles la deuda pendiente”.
Lina, quien se casó a la edad de 33 años y tuvo otro hijo en 1972, reside actualmente junto a su esposo Raúl Jurado en un miserable suburbio de Lima conocido por su alta peligrosidad como Pequeña Chicago. En la década de los años 80 del pasado siglo las autoridades locales derribaron con buldózeres su casa para construir por allí una autopista. No le pagaron ni un solo centavo de indemnización.
Su primogénito Gerardo, por su parte, creció creyendo que Lina era su hermana. Hasta que, al cumplir 10 años, descubrió la verdad. Falleció de una rara enfermedad en la médula ósea en 1979. Pero no se ha establecido que su mal guarde relación con las extraordinarias circunstancias de su nacimiento en 1939.
Acosada por los periodistas, Lina, según su marido, “creció prudente e introvertida”. Su ostracismo de niña devenida madre fue consecuencia de una época en la que la virginidad era un contenido importante de la moral. “Llegaron a decir que Lina era otra Virgen María que concibió sin cometer pecado original por obra y gracia del Espíritu Santo. Todavía hoy en el pueblo de Antacancha creen que Gerardo fue hijo del Sol.
Así, Lina vivió desgarrada entre dos extremos, porque su caso pasó de ser un milagro a un tema prohibido. En otro siglo, seguro la hubieran quemado o convertido en santa a la fuerza, pues en su época por poco y la lucen en un circo", refirió en un libro el neuropsicólogo Artidoro Cáceres, quien descubrió que la historia clínica de la niña y una tesis universitaria elaborada en 1942 sobre su excepcional caso habían desaparecido.
Han transcurrido 70 años del parto de la madre más joven de la historia y todavía se desconoce quién fue la persona que la violó. "Para mí eso no es lo más importante -le dijo recientemente a un reportero del periódico nicaragüense El Nuevo Diario el ginecólogo José Sandoval-. Se trata, simplemente, de un accidente estadístico que hace extremadamente raro su caso de pubertad precoz. Y a eso súmele el hecho de una violación que la embarazó justo cuando la pequeña estaba ovulando".
En fin, hasta que alguien no haga trizas su récord de maternidad precoz a los cinco años, siete meses y 21 días –en lo personal dudo que algún día se consiga-, la peruana Lina Medina continuará siendo la madre más joven del mundo. Ella cumplirá 75 años el próximo 23 de septiembre con su única ambición: que le paguen la casa que le demolieron. “No es un favor, me la deben”, le dijo al periódico El País. Y volvió a guardar silencio.
miércoles, 19 de julio de 2006
¡Cuidado con las erratas!
Los anales de la prensa escrita en el mundo recogen infinidad de curiosidades editoriales de la más heterogénea naturaleza. Algunas de ellas constituyen piezas antológicas que hablan a las claras de la congénita vocación del hombre por trascender su época, unas veces con toda intención, otras no tanto.El 4 de julio de 1856, por ejemplo, el periódico neoyorquino Illuminated Quadruple Constellation lanzó a la venta una edición especial con motivo del Día de la Independencia de los Estados Unidos. El número correspondiente a esa fecha está considerado como el de mayor tamaño de cualquier época. Como tal aparece registrado en el famoso libro Guinness de los Récords y, en verdad, alcanzó dimensiones francamente descomunales.Cada hoja de aquel gigantesco periódico medía 2,44 metros de alto por 1,83 de ancho, “es decir –comparó uno de sus editores- el tamaño aproximado de una mesa de billar”. Según asegura una revista especializada de la época, “aquel coloso de la letra de molde no contenía anuncios, algo verdaderamente extraordinaria tratándose de una publicación norteamericana, y el texto equivalía en extensión al de 30 novelas de las dimensiones corrientes”. Otro caso digno de aparecer en la más exigente antología de publicaciones curiosas lo es el periódico La Luminaria, que se editaba en España en el siglo XIX. Se asegura que sus patrocinadores utilizaban para su impresión una tinta especial combinada con fósforo, lo cual permitía leer sus materiales incluso en la más completa oscuridad. Se desconoce su algún ejemplar de tan extravagante publicación ha llegado hasta nuestros días. Si de erratas se trata, ningún periódico en el mundo puede vanagloriarse de haber estado al margen de sus influjos. Sobre el asunto se podría conformar toda una colección, tanto de casos dramáticos como de hechos divertidos. Alfonso Reyes, el mexicano ilustre, las definió como "especie de viciosa flora microbiana siempre tan reacia a todos los tratamientos de la desinfección”. Él mismo se vio afectado por esta plaga en uno de sus libros de poesía, el cual tenía tantas erratas que suscitó el siguiente comentario de un crítico literario: "Nuestro amigo Reyes acaba de publicar un libro de erratas acompañado de algunos versos". Sí, la errata ha hecho rabiar a mucha gente de la letra impresa. En no pocas ocasiones, una errata le ha costado el empleo a su responsable. Cuenta el novelista argentino Manuel Ugarte el caso de un periodista que, al dedicar una crónica social a la hija del dueño del rotativo, quiso escribir: "Basta escribir su nombre, Mercedes, para que se sienta orgullosa la tinta". Solo que en lugar de escribir tinta escribió tonta. ¡Lo pusieron de patitas en la calle! También fue embarazosa la situación de un crítico que dedicó su último libro a una condesa. Para ella escribió en la presentación de la obra: "señora, está de más decirle que su exquisito busto conocemos muy bien todos sus amigos". Pero ocurre que donde dice busto debió ponerse gusto. Imagínese...Algo parecido le sucedió al académico francés Flavigny en 1648, al escribir en una crítica teológica la conocida frase del Evangelio de San Mateo: “¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no echas a ver la viga que está en tu propio ojo?” Esto, en latín, reza: “¿Quid vides festucam in oculo fratis tuis et trabem in oculo tuo non vides?” Un lector burlón lo reseñó así: “En la palabra oculo el duende escamoteó misteriosamente la o inicial, pasando en la frase el papel del ojo a otra parte del cuerpo humano con la que el hombre no ve y que solo en determinadas circunstancias y lugares puede ella misma ver la luz del día”. A pesar de lo involuntario del hecho, el escándalo fue colosal. La comunidad académica no perdonó jamás aquel desliz que estuvo a punto de desacreditar para siempre a uno de sus miembros entre sus colegas de oficio.
domingo, 16 de julio de 2006
Genios de la fantasía

Por Juan Morales Agüero
Los niños son fabricantes de utopía por excelencia. ¿Usted lo duda? Si desea comprobarlo, entrégueles una caja de lápices de colores y déjelos, ¡déjelos hacer! Verá cómo en sus dibujos son capaces de proponernos panoramas inéditos donde el cielo puede ser no solo azul, sino también violeta y hasta carmelita; entornos donde a las plantas no les nacen hojas, sino caramelos y mariposas; y hasta comarcas donde los conejos tienen alas y los peces brazos.
Es que la imaginación de los niños no se rige por lógicas ni por racionalismos. Ellos viven zambullidos en una suerte de libro de cuentos junto a Pinocho, Gulliver, Meñique, Cenicienta, Eutelia, Blancanieves, Palmiche y Caperucita. Ellos mismos son personajes y a la vez autores de historias que nada tienen que envidiarles a los clásicos de la literatura infantil. Son, por naturaleza, inmensos e imprevisibles. Son niños, y eso es más que suficiente.
Es propio de la niñez reinventar la existencia de acuerdo con sus interpretaciones de la realidad. Por eso suele atribuirles vuelo al corazón, a los sueños y a la fantasía. ¿Habrá pintor capaz de llevar fielmente al lienzo la imagen de un niño frente al televisor disfrutando de las peripecias de Elpidio Valdés? Honestamente, creo que no. ¿Y saben por qué? Pues porque el mundo interior de los niños es etéreo e inaprensible como el del colibrí.
Al enfrentarse con lo desconocido, los pequeñines ponen muchas veces al descubierto nuestro universo de "personas mayores". Divertidos, sacan a la luz nuestras mentirillas piadosas y hasta nuestras inconsecuencias. Así ha sucedido siempre. Cuando uno se ve en tales "aprietos" se convence de que la esperanza existe y de que debemos crear para ellos un mundo a su medida, donde tengan cien, mil veces más valor un hula-hula y una piñata que todos los mísiles atómicos y todos los escudos nucleares del mundo.
No hay maestros mejores y más capaces que los niños. En su magisterio peculiar dominan como nadie la ortografía de la vida: nos admiran, nos interrogan, nos ponen puntos suspensivos y no pocas veces nos dan el punto final. De ellos dijo Martí en La Edad de Oro: "Saben más de lo que parecen, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas escribirían."
Si nuestros esfuerzos por consolidarnos como un pueblo digno quieren tener resultados, debemos cimentarlos a partir de los niños. Solo una sociedad que los valore como su principal riqueza tiene derecho a mirar a los ojos al futuro. Solo imbuidos de amor hacia ellos encontraremos la sabiduría necesaria para hacernos niños de nuevo y para siempre.
Hoy, tercer domingo de julio, celebramos en nuestro país el Día de los Niño. Debemos propiciarle a esa criatura mágica, ahora y todos los días, un derrotero de felicidad hacia el porvenir. Estamos comprometidos a hacerlo por esas personitas adorables a quienes, como define magistralmente un texto en Internet, "usted puede cerrarles la puerta del cuarto donde guarda las herramienta, pero no puede cerrarles jamás la puerta del corazón."
viernes, 9 de diciembre de 2005
Este ajeno corazón mío...
La mañana del jueves 10 de octubre de 1967 trascurre, monótona, en la sala de cirugía cardiovascular del hospital Groote Schurr, en la sudafricana Ciudad de El Cabo. Tumbado bocarriba sobre su lecho de enfermo, Louis Washkansky le pasa revista a su existencia. “¡Dios mío, voy a morir!”, musita para sí, y un rictus se le dibuja en la mirada . Los médicos casi han desahuciado a este cardiópata de 54 años de edad que ya va por tres infartos y a quien diagnostican “una enfermedad coronaria con aneurisma ventricular izquierdo”.-Doctor, en mi situación no tengo nada que perder –admite el enfermo-. Le digo más: me interesa su propuesta. ¡Póngame un corazón nuevo!
Transcurren 23 días y el quirófano del sur de África es un hervidero. Sala, camilla, anestésicos, bisturí, incisiones, tijeras... Pasan volando cinco horas. “¡Jesús, esto va a funcionar!”, exclama el hombre que maneja el escalpelo. La frase estremece la quietud del salón con resonancias de triunfo. Un diario de la época reseña así el suceso: “Inclinado sobre el tórax abierto de su paciente, el doctor Bernard observa el palpitar del corazón recién implantado. Hasta hace pocas horas, pertenecía a una joven herida de muerte por un chofer borracho. Son las cinco y 52 minutos de la mañana del 3 de diciembre de 1967. El primer trasplante cardíaco en un ser humano en la historia ha resultado un éxito”.
DESPAIGNE, EL DECANO
En 1986, casi 20 años después de esta trascendental referencia de la Medicina, el tunero Héctor Despaigne Guillén ingresó en un salón de operaciones habanero para someterse a un trasplante de similares características, el cuarto que se haría en el país. Aquel joven quinceañero es hoy un fornido mocetón de 1,80 de estatura y alrededor de 200 libras de peso que narra a Juventud Rebelde detalles de su vida.
“Tengo un recuerdo triste de mi infancia y de mi adolescencia. ¿Te imaginas un niño que no pueda jugar a las bolas, ni a los trompos ni a la pelota? Pues así era yo, con aquella falta de aire permanente. Me parecía un castigo, porque cuando no estaba ingresado, tenía que hacer reposo en la casa. ¡Una tragedia! Desde los siete años de edad los especialistas me detectaron una cardiopatía reumática. Comenzaron a tratarme, pero a partir de los 11 mis males se agudizaron. Iba de mal en peor.
Primero me atenderon en el pediátrico ´Mártires de Las Tunas´. Luego, con casi 15 años, me pasaron el tratamiento para el hospital “Ernesto Guevara”. Mis médicos allí fueron los doctores Ernesto y Rabel. Ellos gestionaron y consiguieron mi traslado para La Habana. Antes me habían hablado sobre la posibilidad de trasplantarme allá un corazón. ´Hay 75 para ganar y 25 para perder –dijeron-. A tu favor tienes que eres joven y no estás desgastado. Además, no vas a ser el primero, porque en el mundo se han hecho ya otras operaciones de ese tipo. Puedes salvarte´.
Quedé aterrorizado y me eché a llorar. ¿Qué otra reacción iba a tener con solo 15 años en el cuerpo? Hoy tal vez eso no impresione tanto. Pero recuerda que te hablo del año 1986. Pensé mucho en mi mamá y en la gente que me quería. Me preguntaba todo el tiempo si lograría salir vivo de aquello. Al final tomé conciencia y me convencí, porque se trataba de elegir entre la vida y la muerte. Y –pummmm-, ¡para la capital!
Me llevaron en una ambulancia. Detrás, por ómnibus, viajó mi familia. El hospital “Ameijeiras” me lo conozco ahora de memoria. Pero verlo por primera vez tan grande, tan imponente, me impresionó una barbaridad. No se me olvida que entramos por el sótano. El piso brillaba y lo estaban puliendo con aserrín. ´Ten cuidado no resbales´, me dijo el médico que iba conmigo desde Las Tunas. Y quien por poco se cae fue él.
Fui directo al piso 7, a un cubículo de cuatro personas, junto a tres adultos. Mi cama quedaba al lado de una ventana desde la que podía ver parte de La Habana, la gente, los edificios, los tejados, los carros... Eso me relajó y me tranquilizó bastante. Pasé allí 26 día y conocí al doctor Noel González, jefe del equipo que después me trasplantó. También a la doctora Elba Dolores Garzón, a quien quiero y respeto como a mi segunda madre. A mi hija de cinco años le puse Elba Daniela por ella.
Tengo grabado en la mente el momento de entrar al salón. Fue el 29 de marzo de 1986. ¡No se me olvida! Besé a la vieja y me despedí de mi papá y de mi abuelo, que fueron hasta la entrada con el camillero. Les dije: ´bueno, a jugarme la última carta´. Rogué suerte, porque la cuestión no era solo de técnica, sino también de que mi organismo respondiera. Estuvieron cuatro horas y media dándome cuchilla. Y funcionó.
Nunca supe quien fue el propietario del corazón que me pusieron. Otros operados lo conocen porque se poen a averiguar y eso. Pero yo no. Sé que era un hombre que murió en un accidente de tránsito. Cuando aquello él tenía 26 años y yo solamente 15. Así que ahora mi corazón tiene 46 y yo 35. Le agradezco a su familia el haber accedido a dármelo para que me salvara. Gracias a su generosidad estoy aquí hablando contigo.
De entonces acá pasaron casi 20 años. Losa médicos me dicen que nadie en América Latina ha vivido tanto tiempo con un corazón ajeno. De los trasplantados cubanos, soy uno de los que menos rechazo inmunológico muestra. Aunque esa posibilidad siempre está ahí, latente, lleves de operado el tiempo que lleves y a pesar de los medicamentos.
Antes no iba muy seguido a La Habana, pero ahora voy cada tres meses. Mira, para que comprendas: No es igual mantener un carro con 20 años de explotación que uno nuevo, ¿verdad? Debo verificar los rodamientos en el taller con más frecuencia. Y no es que me sienta mal, pero, si pretendo continuar viaje por la vida, mi motor exige ese cuidado.
Cuando estoy en el Ameijeiras me aíslo para que nadie me hable de enfermedades! ¿Y sabes por qué? Pues porque si le oyes a alguien decir ´me duele aquí´, puedes estar seguro de que a los 10 minutos a ti te duele en el mismo lugar. A mis amistades operadas les digo: ´Háganme caso, ustedes son trasplantados de nueva generación y yo soy un robot viejo. No hablen de síntomas. Luchen por vivir y por seguirnos viendo´.
No le temo a las emociones fuertes porque confío en la resistencia de mi corazón. Cuando voy al estadio a ver los juegos de pelota me mortifico por las malas jugadas. Mis amigos temen que un día me vaya a dar un infarto. Pero yo les digo que mis luchas son benignas, porque llevan alegría, y eso el corazón lo agradece. ¿Mi equipo favorito? Cáete para atrás: Industriales. Cuando el Juego de las Estrellas aquí en Las Tunas, invité a Rey Vicente Anglada a mi casa y hasta nos comimos un lechoncito. No, yo no bebo ni fumo, pero sé divertirme a mi manera.
Una vez pensé escribir un libro. No por vanidad, sino para contar mi odisea. Tenía previsto hasta el título: Dos corazones para una vida. Llegué a hacer anotaciones en una libreta. Pero necesitaba un asesor y me daba vergüenza pedir ayuda. Por aquí por mi casa pasaba el difunto Guillermo Vidal, el escritor. Más de una vez estuve por llamarlo. Nunca me atreví porque él siempre andaba medio alocado y como escribiendo cosas sobre la marcha. Quizás si se lo llego a decir me hubiera ayudado.
Desde que tengo otro corazón soy más sensible. Hasta distinto, creo yo. A pesar de considerarme un hombre fuerte, hay situaciones que me hacen llorar: la generosidad de una persona, cualquier buena acción, una respuesta cariñosa... Me desagrada que algunos culpen al corazón de la maldad humana. Frases como qué corazón más malo tiene Fulano, o Mengano tiene un corazón negro, no van en nada conmigo. ¿Cómo voy a aceptar que califiquen así a algo tan importante en mi vida? Echarle la culpa al corazón de las perversidades del mundo es una injusticia.
Mi corazón me lo toco a cada rato. LO mismo con la mano que con un esteto. Me gusta palparlo y sentirlo latir. Así me recuerda la gratitud que le debo a la Medicina de mi país por haberme salvado sin costarme un centavo. En cualquier otra nación eso hubiera sido imposible, porque una operación como la mía vale una fortuna. Por lo demás, me siento fuerte y decidido a seguir adelante. La vida exige carácter. Yo lo tengo.”
LOS LATIDOS DEL ALTRUISMO
En Cuba se trasplantó por primera vez un corazón el 9 de diciembre de 1985, en el propio hospital “Ameijeiras”. Su beneficiario fue Jorge Hernández Ocaña, de 38 años de edad, quien falleció 24 meses después. Hasta hoy se han hecho más de un centenar, con índices de supervivencia similares a los de los países desarrollados.
Se trata de un costoso y sofisticado proceder quirúrgico que demanda ulterior y regular seguimiento con fármacos también caros. Por ejemplo, la ciclosporina, un inmunosupresor para atenuar la posibilidad de rechazo, se cotiza en el mercado internacional al precio de 250 dólares el frasco. Los trasplantados consumen, aproximadamente, uno por mes y lo reciben gratis. Saque usted cuentas.
El palpitar de nuestro altruismo entra en taquicardia cuando peligra la vida de un hijo de esta tierra. Despaigne, negro y humilde, lo sabe. Nuestros médicos también. En Cuba no se darán nunca historias como esta, con la que cierro este reportaje:“En el año 2001, poco antes de morir, el doctor Bernard, pionero de los trasplantes de corazón, le confesó a un periodista: ´En aquella operación participó un segundo cirujano y era mejor que yo´. ¿Por qué lo ocultó? Pues porque el otro era un negro carente de calificación. En efecto, Hamilton Naki trabajaba de jardinero en la Universidad de Ciudad del Cabo cuando lo enviaron al laboratorio de Medicina Experimental a limpiar las jaulas de los animales. Lo hizo tan bien que pronto le encargaron pesarlos, rasurarlos e inyectarlos. Con el tiempo fue auxiliar de anestesia, después de cirugía y finalmente participó en los trasplantes de corazón en perros. Sus novedosas técnicas lograron que el 3 de diciembre de 1967 fuese el número dos en el histórico implante. Lo mantuvieron en secreto porque, de hacerse público, todos hubieran ido a la cárcel. Era ilegal que un negro operara a un blanco”.
Nota: Despaigne falleció el 6 de agosto del año 2006, víctima de un shock séptico.






