sábado, 16 de agosto de 2025

                                                      UNA RECARGA DE FELICIDAD 


 La última semana de julio figura en el archivo de mis recuerdos como una de las más felices de mi etapa reciente. ¿Razones? Durante algunas de sus adorables jornadas tuve a mi hija Sofía casi a tiempo completo bajo mi techo. Hablamos hasta por los codos sobre nuestras cotidianidades, nos divertimos de lo lindo por cualquier bobada, nos llamamos por los mil apodos que nos endilgamos... Ella está de vacaciones luego de concluir el segundo año de Lengua Francesa en la Universidad de La Habana. Desde hace meses me había advertido: «Cuando vaya para Las Tunas quiero cocinarte para que pruebes mi sazón». Y así lo hizo, en efecto. A pesar de carecer de evidencias sobre esa faceta suya —a todas luces adquirida a la fuerza al independizarse— puse mis papilas gustativas a sus órdenes. Tan pronto llegó a casa, y luego de los abrazos que nunca nos faltan, tomó posesión de la cocina como si ese hubiera sido siempre su lugar de operaciones. Los resultados fueron —en comidas sucesivas— los espaguetis más ricos que he probado y un congrí de frijoles negros que quedó como para chuparse los dedos. Ella combinó la elaboración con una clase "magistral" de técnica culinaria, unida a un rosario de regaños que estuvieron a punto de sacarme de paso. «Papi, debes comprar un estropajo metálico, para raspar las vasijas en el fondo», me dijo mientras fregaba un jarro. Al percatarse de que una «cacharra» plástica tenía un salidero, me exigió adquirir una nueva. Con los pomos del agua fue implacable: «¡Mira qué sucios están, papi! ¿Qué esperas para cambiarlos?» Y a seguidas: «Cuando saques un alimento del refrigerador, toma solo la parte que vas a consumir, ¡no lo calientes todo!». Luego criticó los trapos de cocina y me instó a reemplazarlos. Y yo escuchando a pie firme, sin decir «ni esta boca es mía». El momento de preparar los espaguetis devino ejercicio de arte: picó muy finos y simétricos los ajíes, el cebollino y el ajo puerro. Los sofrió por orden en la sartén y me explicó por qué debe hacerse así. Pidió puré y le di uno recién comprado. Cuando lo agregó a la salsa y la probó, otro sermón: «¡Ese puré está ácido, papi, debes tener cuidado a quién se lo compras!» Ante la nueva reprimenda, mi umbral de tolerancia llegó a su tope. Me rebelé. «¡Por favor, Sofía, ni un regaño más, ¿qué te has pensado? Parece que La Habana te ha cambiado mucho…». Ahí nos dijimos tres o cuatro cosas —ninguna hiriente—, pero, pasados unos minutos, nos reconciliamos. Las disputas forman parte de nuestros afectos. Sigo con el tema. Al quedar descartada por «ácida» la salsa del puré, y por expresas instrucciones suyas, salí a la calle a comprar una lata del producto («¡que sea de fábrica!», me exigió), una cabeza de ajo y una cebolla para sustituir al cebollino y al ajo puerro («no me convencen ninguno de los dos», confesó). Con lo que le traje elaboró una nueva salsa, la vertió sobre los espaguetis y minutos después estábamos degustando unas pastas dignas de un restaurante italiano. Sofía y yo somos perro y gato. ¡Nos encanta llevarnos la contraria! Pero dudo que haya padre e hija que se amen más y que compartan tantos caprichos. Siento un orgullo por ella que no tiene límites. Sabe lo que quiere y no da un paso atrás. En La Habana a veces camina cuadras y cuadras para llegar —exhausta— a la Facultad donde estudia y jamás se lamenta. Al contrario, enfrenta con buen talante los agobios y los infortunios. Sofía es un cascabel, una mariposa que transmite alegría donde quiera que llega. Me reconforta saber que sabe alternar los deberes con la recreación. Siempre que puede va a la playa, a una galería, al cine o a un bar con Denis (su novio avileño que estudia Ingeniería Nuclear) a escuchar música o a tomarse una cerveza. Eso sin olvidar su hábito de lectura. Sus profesores y sus amistades la adoran. Hace pocos días se fue para Ciego de Ávila a visitar a su prometido y a sus suegros. Permanecí a su lado hasta que la guagua arrancó y tomó carretera. En el trayecto me fue dando partes desde su inseparable teléfono celular: «Vamos por Camagüey, papi; ahora estamos llegando a Florida…», en fin… A punto de cumplir 21 años, no ha dejado de ser niña. Durante los días que permaneció en nuestra casa, dormimos juntos, ella con sus piernas tiradas por encima de mi cuerpo —como hacía cuando era una chiquilla— u ocupando casi toda la cama sin apenas dejarme espacio. En estos tiempos complicados y estresantes, reencontrarme con Sofía me devolvió la sonrisa y devino oportuna recarga de felicidad. ¡Buena falta que me hacía!

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viernes, 9 de mayo de 2025

Un médico tunero jugó con Capablanca

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jueves, 4 de abril de 2024

MI BEATRIZ, BACHILLER Y ADULTA

 
Este año 2024 continúa reservándome satisfacciones. A las que ya quedaron atrás en el orden profesional, las suplantan ahora estas de orden paternal. El caso es que mi hija Beatriz (o, como yo suelo llamarla, Betty, Tuca, Beta, Betica, Betún...) se tituló hace un par de semanas como Bachiller en Ciencias y Letras en el IPVCE Luis Urquiza Jorge. Y ayer, 3 de abril, arribó a sus 18 años de edad, lo cual convierte a mi niña menor, a mi eterna chiquitina en... ¡adulta! Por favor, sin casi percatarme, el tiempo me escamoteó a la criatura que tanto mimé y consentí para convertírmela en una señorita independiente y moderna, en ocasiones díscola y rebelde, pero siempre con un beso en el directo para «disparárselo» a este padre que la adora. Desde que era pequeña me propuse incendiarle la imaginación. Tengo grabados algunos cuentos fantásticos inventados por ella capaces de hacer desternillar de la risa, como aquel donde matrimonió a una computadora con un ventilador. También pequeños vídeos de cuando improvisábamos obras de teatro en la sala de la casa, detrás de una frazada a guisa de telón, en las que hasta yo debía asumir personajes, casi siempre los peores. O hacíamos festivales de canciones o de declamaciones, o de adivinanzas o trabalenguas, siempre con el teléfono inalámbrico en función de micrófono. En las escuelas por donde pasó, Betty fue siempre la cantante de los actos escolares. De aquel período recuerdo con orgullo el día en que leyó por primera vez. Sí, aprendimos y nos divertimos mucho juntos. Tenía ella solo siete años de edad cuando me encomendó una tarea que aún me divierte: entregarle a sus hijos (cuando los tuviera) una carta escrita de su puño y letra con el siguiente texto: «Hijo o hija, quiero que sepas que cuando era pequeña era muy buena, nunca me fajaba con mis amigas y casi nunca la maestra me regañaba. Firma Beatriz Morales Hernández, 3 de mayo del 2013». Me encantaría vivir lo suficiente como para hacerle llegar a mis nietos su adorable misiva. No sé, cualquier cosa puede suceder en estos tiempos donde la longevidad no es ninguna extravagancia y donde la natalidad suele ser precoz. En el terreno de los amores fui siempre un padre consentidor. «Cosas de niñas», me decía a manera de consuelo, aunque rabiara por dentro cuando ella me decía que le gustaba algún chico. Sobre el asunto tengo una anécdota que no me resisto a contarla. Cierto mediodía me preguntó: «Pa’, ¿Gabi puede venir un rato a nuestra casa?» Le respondí: «Claro que sí, mi amor, ¡puede venir cuantas veces quiera!». Le di un beso y me senté ante la computadora. Al rato, ella me interrumpió: «Pa’, ven para que conozcas a Gabi». Lo de «conozcas» me pareció un despiste de mi hija, pero —¡bahhh!—, lo pasé por alto. Así que me levanté y la acompañé hasta la sala, dispuesto a saludar (¡eso sí!) a Gabriela, su compañera de estudios en la Escuela de Arte, a quien ya conocía y a la que todos llamaban Gabi. Pero, para mi sorpresa, la persona que vino hacia mí no era la carismática chica, estudiante de violín, sino un adolescente alto y bien parecido (no lo niego), que me tendió la mano y se presentó con absoluto desparpajo: «Mucho gusto, suegro, yo soy Gabriel, pero me puede llamar Gabi». ¡Ñooooo...! Desconcertado, miré a mi hija, que, junto a mí, fulguraba de alegría. Le respondí al muchacho con un par de tonterías (de esas que decimos en esas circunstancias los adultos tontos) y, terminado el extraño «protocolo», ellos se fueron para al balcón a conversar. Sí, con el apócope de Gabi llaman lo mismo a las Gabriela que a los Gabriel. Pero Betica debió advertirme de quién se trataba. ¿O lo hizo a propósito? Nunca ha querido esclarecerlo. Al llegar ella a la mayoría de edad, y excusándome a priori por esta catarsis afectiva de padre orgulloso, ofrezco este retrato sicológico de Beatriz: es devota de la música, ágil de respuestas, cautelosa ante lo desconocido, cumplidora de promesas, actualizada en las modas, fiel con sus amigas, fanática de los celulares, inventora de gangarrias, persistente en sus deseos, responsable con las encomiendas, entusiasta de los selfis, sensible ante los regaños, efusiva con sus maestras, carismática de cuna, lideresa natural, presumida permanente, insaciable de apetito, introvertida de circunstancias, discreta con las confidencias, solidaria con cualquiera, conquistadora de corazones, cultivadora de amistades, mimosa como una gatita, callejera a cualquier hora, protestona cuando la mandan, rapidísima de sueño, rebelde ante las injusticias, al día en el acontecer noticioso, feminista hasta lo inimaginable y cariñosa en grado superlativo... En fin, felicidades dobles para esa bachiller de 18 años. Que nunca te falte la esperanza, mi niña. Puedes estar segura de que siempre estaré a tu lado. Nunca te faltará mi apoyo de vejete cascarrabia, no importa hacia dónde remontes vuelo o dónde decidas plantar campamento. Un abrazo desde mi alma-corazón.

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