sábado, 4 de julio de 2015

Chinos en MANATÍ

¿Cuándo llegaron a Manatí los primeros emigrantes chinos? La lógica hace suponer que debe de haber sido a inicios del siglo pasado. Ya por entonces, millares de hijos de ese enorme país asiático –en su abrumadora mayoría solteros- habían arribado por vía marítima a Cuba tras el espejismo de conseguir aquí mejorías económicas. Muy pronto sus ilusiones y sueños se convirtieron en desencanto. Decepcionados, optaron entonces por incorporarse a ese heterogéneo crisol que es nuestra nacionalidad. Por cierto, el humor criollo se cebó en ellos durante muchísimos años. Huérfanos de la picardía insular, los asiáticos resultaron blanco fácil de las bromas de sus anfitriones cubanos. Tal vez no existan en Cuba muchos refranes tan populares como este, cuando ya no hay nada que hacer: «¡A ese no lo salva ni el médico chino!». Recuerdo también a las maestras exasperaban ante los garabatos de sus alumnos: «Ay, chico, tú pareces que escribes en chino», decían. Otro aforismo que no pierde vigor se relaciona con quienes andan de tropiezo en tropiezo en materia de mala fortuna. «Oye, despójate, mi´jo, que traes un chino atrás». Ante preguntas demasiado difíciles, se solía decir: «Oiga, compadre, usted me la ha puesto en China», Y «me quedé en China» cuando no se lograba entender nada sobre algo. En fin... Desde su arribo a Manatí, los chinos manifestaron una particular devoción por la horticultura. En efecto, una buena parte de ellos hizo su huerta en la periferia de la localidad, la sembró, la regó, la cultivó y luego salió a la calle con sus carretillas repletas de vegetales. Evidencias de esta vocación asiática por la agricultura urbana la encontramos en el aljibe subterráneo descubierto hace unos años en el patio de una casa próxima a la funeraria. No caben dudas: se trata de un antiguo depósito de agua para regadío de alguna huerta de por allí, aunque los vecinos actuales del lugar le hayan dado al hallazgo diferente connotación. De su país trajeron sus costumbres y sus tradiciones. Como, por ejemplo, el arte de fumar en narguile, especie de pipa formada por un largo tubo flexible, un recipiente para quemar el tabaco y una vasija rebosante de agua perfumada, a través de la cual aspiraban el humo. Era todo un espectáculo -¡un ritual!- contemplar al anciano padre de Pablito Chiong en aquella suerte de ceremonia oriental, mientras lanzaba volutas de humo al viento. Yo me quedaba embelesado mirándolo cuando visitaba esa casa en busca de Frank, su nieto y gran amigo mío, quien reside todavía en Manatí en una casa que improvisó con los restos de materiales que dejó de ella el huracán Ike en el año 2008. Otro sector que polarizó el interés de los asiáticos por acá fue el de la lavandería. Pues sí, en Manatí existieron varios trenes de lavado regenteados por chinos, los cuales no solo lavaban, sino que también estiraban ropa con planchas calentadas con carbón. Recuerdo con particular cariño uno que estaba cerca de mi casa, cuyos dueños eran Paula y José, cubana ella, cantonés él. Hicieron época por su honradez y por lo blanca y bien planchada que dejaban la ropa. Tenían un par de nietos que fueron mis compañeros de juegos en la niñez: Angelito y Chichi. Si no me equivoco, Chichi era hijo de Orlando Canals, un mártir local. Y claro, descendiente de chino por parte de madre. La pequeña empresa privada siempre fue consustancial a los emigrantes asiáticos. En Manatí existieron tiendas cuyos propietarios eran de ojos rasgados, como La Gran China, de Rogelio Jam, ubicada cerca de la zapatería, detrás del cine. Junto a la tienda había una quincalla, cuya dependienta era Gloria, una hija de Rogelio, residente hoy en La Habana.  De esa familia -creo- no queda ningún miembro en Manatí. Existía, además, el llamado Shangai, un coinjunto de casas de madera con un  patio interior común. Otros chinos tenían negocios menores, en los que vendían coquitos quemados, caramelos, pasticas de maní, dulces de coco, casabe... Si, evoco en esas labores a chinos entrañables y recordados, como Julián y Luis, por solo citar dos, que residían al lado de la barbería de Sevilla. Y a Rafael y a su esposa Conchita, que tenían una tienda cerca de donde hoy está la funeraria municipal.  Por obvias razones de edad, de aquellos emigrantes que formaron la primera colonia china en Manatí no quedó ninguno para contar su odisea. Eso sí, perduran su recuerdo, sus tradiciones y una descendencia apellidada Wong, Chiong, Jam, Hung y vaya usted a saber cuántos apelativos más que vive su época orgullosa de su linaje, aunque ninguno de sus miembros coma ya arroz con palitos..

 
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