martes, 22 de enero de 2008

Martí de carne y hueso

A José Martí, el Héroe Nacional de los cubanos, lo tenemos sus compatriotas como a alguien muy cercano y entrañable. Ante las más disímiles circunstancias, una cita suya nos sirve de asidero y de argumento. Su ideario abarca variados temas, y no solamente está recogido en sus copiosas Obras Completas, sino que, además, los medios de difusión lo divulgan periódicamente. El hombre de Dos Ríos se erige, sin dudas, como el más universal de todos los nacidos en esta isla.
Martí sufrió presidio político en las canteras de San Lázaro siendo casi un niño. Tamaña experiencia flageló su organismo y lo hizo padecer. Además, el hierro del grillete le provocó una llaga en un pie cuya cicatriz llevó durante toda su existencia a guisa de estandarte. Los médicos de la época lo intervinieron en más de una ocasión, sin conseguir rehabilitarlo por completo. «Partiendo piedras bajo un sol inclemente- dijo de aquella terrible y cruel etapa el Doctor Ramón Infiesta-, su frágil salud se resintió para siempre».
En realidad, muy poco se ha escrito en Cuba y en el exterior acerca de cómo era José Martí físicamente. La grandeza de su pensamiento aún no le ha dado oportunidad a los estudiosos de incursionar a fondo en ese asunto. Y no se trata, por cierto, de un tema secundario ni baladí. A los hombres hay que bajarlos cada cierto tiempo de sus pedestales y recorrerles simbólicamente la epidermis. Eso los humaniza en tanto los acerca más a sus seguidores.
A juzgar por los testimonios de personas que lo conocieron y trataron, la estatura del Apóstol de la independencia cubana era de unos cinco pies y medio, y su peso corporal de alrededor de 140 libras. Casi siempre llevaba un bigote grueso y una fina mosca en el mentón. Su cabeza no era tan grande y desproporcionada como denota el mundialmente conocido busto del escultor J. A. Sicre.
Su apéndice nasal era recto, como sus ideas. Y sus ojos no eran negros, sino pardos, de los que dijo el pintor Federico Edelman al esbozarlos: «Color que tiene los tonos cambiantes de las olas, desde el oscuro hasta el claro, en una sensación variable de carmelita a verdemar.» Se dice que eran melancólicos y dulces. ¡Pero centelleantes y enérgicos al atacar desde la tribuna!
Enrique Collazo, que lo conoció bien, ha dicho de él: «Era excesivamente irascible, muy nervioso, ¡un hombre ardilla! Quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible. Subía y bajaba las escaleras como quien no tiene pulmones. Y vivía errante, sin casa, sin baúl, sin ropas, dormía en el hotel más cercano, donde lo sorprendía la noche o el sueño.» Y también: «Era un hombre de gran corazón, que necesitaba querer y ser querido.»
Aunque se ha dicho que ocasionalmente fumaba, personas próximas a él lo niegan. «Y es cosa rara –admite un colega-, ya que la mayoría de sus colaboradores y hermanos de lucha eran consagrados y formidables tabaqueros, como los de Cayo Hueso.» Eso sí, aseguran que era un excelente catador de licores. Su bebida preferida fue siempre el vino de Mariani, muy de moda en aquella época, con el cual cierta vez sus enemigos políticos trataron de envenenarlo.
Era Martí un orador brillante e incansable, capaz de improvisar varios discursos en una jornada. Y, como empleaba la voz sin apenas cuidarse, las afeccciones lo perseguían, principalmente inflamaciones de la garganta y de sus cuerdas vocales. El Doctor Eligio Palma, que solía atenderlo cuando eso ocurría, le recomendaba reposo absoluto y no hablar una palabra. Pero Martí hacía caso omiso a sus indicaciones y siempre respondía: «Cuba no puede esperar.»
Según escribió en un libro Gonzalo de Quesada y Miranda, Martí dormía poco y mal. Su sueño era casi siempre inquieto, y, cuando lo conciliaba, solía hablar incoherencias y agitarse de uno a otro lado del lecho. Una vez le preguntaron: «¿Y usted cuántas horas duerme?» Y contestó con rapidez: «Cinco, mientras mi Patria no sea libre.»
Es muy hermoso y exacto este retrato que hizo de él un periodista cubano a partir de su biografía: «Frágil de cuerpo, precario de salud, con una dolorosa herida inguinal de presidiario que no se le curó nunca, con su endeble estructura física, anduvo a caballo muchas leguas por Santo Domingo, se cayó y se magulló una pierna, aprendió con Gómez a disparar con arma de guerra, a usar el machete, a cortar leña, a cocinar frijoles, y, durante la tormentosa travesía marítima hasta Playitas, se le vio, remo en mano, en aquellas angustiosas horas en que puso su corazón de patriota, de hombre y de poeta a navegar rumbo a la libertad.»

 
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