sábado, 15 de diciembre de 2007

Caprichos de gallinas

Las gallinas de Las Tunas andan últimamente con la autoestima por las nubes. En lugar de preocuparse por cacarear y por constituir familia, les ha dado ahora por aspirar a vedettes. Sus congéneres de corral están escandalizadas con las fatuas excentricidades de estas paranoicas con ínfulas de recordistas planetarias. ¡Vaya manera de violentar la lógica y los convencionalismos las muy pícaras!
Pues sí, hace unas semanas atrás, una polluela negra, con gallinero sito en las afueras de esta ciudad del oriente de Cuba, coqueteó con la gloria y fue durante varias jornadas titular en buena parte de los medios de información del planeta. Les ofrezco las razones para tamaño desafuero: en su primera vez al bate -digo, en su primera vez al nido- la novata puso un huevo de 90 milímetros de largo y 60 de ancho que pesó... ¡148 gramos! El archifamoso libro Guinness de los Récords jamás había registrado algo parecido.
La flamante plusmarquista, sin embargo, no se contentó con echar fuera tan desproporcionada postura, sino que la concibió al estilo de las cajas chinas, es decir, con otra en su interior, lo cual acrecentó su notoriedad. Y no es para menos, porque los expertos –valga decirlo- le confieren a los huevos de 45 gramos de peso la condición de chiquitos, a los de 65 la de normales y a los que llegan a 75 el rango de grandes. En consecuencia, el huevo tunero se incluye por derecho propio en la división superpesada. Solo falta calcular cuántas personas podrían haber comido revoltillo en caso de que el dueño del ave hubiera pasado yema y clara por una sartén caliente.
Enterado del acontecimiento por la magia de Internet, Nelson Carneiro, especialista brasileño en la materia, escribió en su página personal de la web el siguiente comentario: «Este huevo gigante significa una aberración de la naturaleza, pues eso solamente sería posible en aves seleccionadas, con pesos corporales próximos a los 3,5 kilogramos». Los parámetros del experto carioca, desde luego, no armonizan con nuestra criollísima y plebeya polluelita, carente de pedigrí, lo cual multiplica su récord fuera de linaje.
Pero la proeza de la joven ponedora duró lo que el clásico merengue en la puerta de un colegio. En efecto, poco tiempo después la Agencia de Información Nacional de Cuba circuló la noticia de lo ocurrido en una granja avícola de la provincia de Pinar del Río, en el extremo occidental de la isla, la cual transcribo parcialmente:
LOS PALACIOS, Pinar del Río (AIN).- Un huevo de 168 gramos de peso, reportado en esta localidad, reúne las condiciones para romper el récord Guinness en poder de una gallina de la provincia de Las Tunas. La postura de ave, con 120 milímetros de largo y 80 de circunferencia, si bien no es de oro, produce asombro en quienes la han visto. El hecho ocurrió en el área de autoabastecimiento para obreros y familiares de la unidad empresarial de base cosechadora de arroz en Los Palacios, a partir de la repentina muerte de una de sus aves de corral. Ante el suceso, el veterinario patólogo del centro decidió intervenirla quirúrgicamente para determinar las causas y en esos menesteres le fue detectado y extraído el descomunal huevo, a la postre fatal para su progenitora, una gallina de la especie llamada montañés, híbrido de criolla y canadiense.
A juzgar por la información de los colegas, esta unidad ovoide podría aspirar con toda potestad al certificado de nueva recordista universal. Lástima que, si se lo reconocen finalmente los editores ingleses, el lauro deba ser adjudicado con carácter póstumo, pues la protagonista falleció en el intento de soltarlo fuera. La polluelita negra de Las Tunas, sin embargo, continúa viva y en juego, picando de lo que pican los pollos en el patio de su dueño, el ornitólogo Humberto Cao. Y por cierto, sería legítimo de su parte interponer recurso legal para que se le respete la primacía obtenida en buena lid, pues su huevo «nació» por las rutas convencionales y no por la vía de la cesárea, como le sucedió al de la plumada pinareña.
Y ahora esta otra, también envuelta en plumas: Desde que el mundo es mundo, las gallinas han puesto siempre sus huevos a ras de suelo, ¿no es cierto? Lo mismo dentro de un cajón que debajo de un matorral. Pero resulta que una joven polluela -¡ahhh, los jóvenes siempre rompiendo patrones!- del tunero poblado de Calixto, cerca de la capital provincial, se ha encaprichado en hacerlo encima de un tamarindo. ¡Despega y aterriza a la manera de una paloma! Allá arriba, entre los troncos del árbol, construyó la muy extravagante su nido, y, según todo parece indicar, le va de lo mejor.
Se trata, como en el caso de los huevos gigantes, de algo inusual, porque las gallinas, hablando en términos de béisbol, se trasladan de un sitio a otro de roling, no de flai. Un sitio digital lo deja claro al decir que «ciertas aves, como las gallinas, los pavos y los avestruces, no pueden volar o realizan un vuelo bajo y corto, más bien parecido a un salto prolongado». Y agrega: «Eso se debe a que sus alas son débiles y poco desarrolladas y a que carecen de poderosos músculos pectorales capaces de permitirles emprender vuelo estable y sostenido, como en el caso de las golondrinas, los vencejos, las águilas, las palomas y otras especies.» Añade que el vuelo estable depende también del tamaño de los huesos, la alta temperatura, la fuerza del corazón e, incluso, de las plumas. «El esqueleto de un ave voladora es siempre muy ligero y de huesos delgados, en cuyo interior hay aire en lugar de médula», refiere el cibersitio.
Ahora, independientemente del tamaño de sus alas, de las proporciones de su pechuga, del temple de su miocardio y de su estado febril, lo que trae en ascuas a la gente en Las Tunas es saber cómo se las arreglará para bajar a sus polluelos del tamarindo cuando salgan del cascarón. Sí, ella, por libérrima elección, construyó su nido en las alturas y puso los huevos allá arriba. Pero, ¿y ahora qué? La pregunta se las trae. ¿Alguien tiene una respuesta?

 
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