miércoles, 9 de mayo de 2007

¡Primero fue en Puerto Padre!

Cualquier fecha del almanaque se pinta de maravillas para ofrendarles cariño a las madres. Halagos en enero, flores en noviembre, besos en abril, ternura en agosto, sonrisas en julio…, ¿qué más da minuto, día, semana, mes o año? Sin embargo, en muchos países se ha escogido el segundo domingo de mayo para potenciar en los corazones ese amor sublime por quienes, al decir de un poeta, «son las únicas personas en el mundo que siempre están disponibles».
Las referencias más distantes de esa festividad datan del año 250 AdC, cuando en la antigua Grecia consagraban una jornada de la primavera a honrar a la diosa Gea, esposa de Cronos y madre de Júpiter, Neptuno y Plutón. Después los romanos escogieron tres días del mes de marzo para celebrar un homenaje similar lleno de ofrecimientos a Cybele, diosa de la naturaleza y la fecundación.
Mucho tiempo antes de la llegada de los conquistadores al Nuevo Mundo, las civilizaciones autóctonas rendían su propio tributo a la maternidad por intermedio de la diosa Coyolxauhqui, madre de Huitzilopochtli, el guerrero emblemático de los aztecas. Como prueba de su adoración, le improvisaban fastuosas liturgias donde abundaban las ofrendas de oro y plata con marcadas alegorías a la luna.
Los celtas cuentan con una bonita historia de agasajos a las progenitoras. Ellos dedicaban un día a la diosa Brígida para gratificarle la primera leche ordeñada en la temporada. Los ingleses del siglo XVII, por su parte, asistían a las parroquias para venerar a la virgen María, madre de Jesús. La tradición se combinó luego con la de obsequiarles algo a las madres. Los criados que vivían lejos de sus casas, eran autorizados con la paga para ir a visitarlas en el cuarto domingo de cuaresma, y todos juntos compartían un pastel.
IRRUMPE EL DÍA DE LAS MADRES
La primera persona en proponer «en serio» la instauración de un día para las madres fue la poetisa norteamericana Julia Ward Howe, autora del llamado Himno de Batalla de la República. «Son ellas las que más sufren la pérdida de sus hijos en las guerras. Debemos apoyarlas y convertirlas en abanderadas por la paz», dijo en el documento de solicitud, fechado en el año 1872 en su natal Massachussets.
Su idea no llegó a cristalizar, pero devino antesala para que una paisana suya, Anna Jarvis, afligida por la muerte de la autora de sus días, diera inicio en 1907 a una campaña nacional por correspondencia para que se declarase una fecha en homenaje a las madres. Persistió tanto en su proyecto que obtuvo el apoyo de muchas personas, entre ellas influyentes ministros, congresistas y empresarios.
El primer Día de las Madres reconocido oficialmente se celebró en la iglesia episcopal de Grafton, Virginia Occidental, el 10 de mayo de 1908, segundo domingo del mes y aniversario de la muerte de la mamá de Anna Jarvis. Como las flores preferidas de la difunta habían sido siempre los claveles, desde entonces se utilizan los rojos para honrar a las madres vivas y los blancos para las fallecidas.
La iniciativa tuvo una acogida tal que en 1910 había prendido en todos los territorios de la Unión. ¡Hasta el Congreso debió debatir un proyecto de Ley para otorgarle carácter oficial! Por fin, en 1914, el Presidente Woodrow Wilson firmó el decreto y proclamó el segundo domingo de Mayo como Día de las Madres en los Estados Unidos. Se había creado ya la Asociación del Día Internacional de las Madres, con el propósito de extender la festividad a otras naciones.
SU CELEBRACIÓN EN CUBA
Casi todas las referencias bibliográficas que existen sobre la introducción del Día de las Madres en Cuba, coinciden en señalar a Santiago de las Vegas como la primera localidad donde se festejó la fecha. También identifican a Víctor Muñoz, un conocido periodista de la época, como a su gran promotor, a partir de una crónica suya titulada Mi clavel blanco, que vio la luz en el periódico El Mundo el domingo 9 de mayo de 1920, donde decía: «El día de hoy es el segundo domingo de mayo, que los americanos consagran como el Día de las Madres, y que muchos cubanos quieren destinar al mismo objeto».
Los investigadores aseguran que el mismo día el teatro del Centro de Instrucción y Recreo de Santiago de las Vegas se colmó de público. La convocatoria pretendía homenajear a las madres, y partió de un grupo de intelectuales, cuyos miembros, alentados por Francisco Montoto, patrocinaron un programa donde se recitaron los versos de José Martí a su progenitora y el poema A mi madre, de Diego Vicente Tejera.
Se dice que fue esa la primera celebración pública del Día de las Madres en Cuba. El 22 de abril de 1921, siendo Muñoz concejal del Ayuntamiento capitalino, propuso y logró instituir en toda La Habana ese agasajo. En el año 1928, a propuesta del senador Pastor del Río, la Cámara de Representantes le dio carácter de Ley Nacional, y así el segundo domingo de mayo se oficializó como Día de las Madres.
PRIMERO FUE EN LA VILLA AZUL
Hay pruebas muy sólidas de que Puerto Padre, en la provincia de Las Tunas, fue la primera localidad cubana en instaurar el Día de las Madres, hecho ocurrido el martes 6 de abril de 1920, es decir, poco más de un mes antes de que Santiago de las Vegas organizara en el teatro de su Centro de Instrucción y Recreo el homenaje citado. Para confirmarlo documentalmente, Sábado, un periódico editado a la sazón en la también llamada Villa Azul, publicó el 19 de abril del año 1952 la siguiente nota:
«El Día de las Madres, tan emocionalmente celebrado siempre en Cuba por iniciativa del laureado periodista Víctor Muñoz, se celebró por primera vez en Cuba en la ciudad de Puerto Padre, por feliz idea del maestro masón Dr. Eduardo Queral Mayo. Con eso no queremos quitarle gloria a quien tiene todo nuestro respeto, pero sería bueno que todo se aclarara (…) Según consta en las actas de la Logia Los Perseverantes, hay un acuerdo que vamos a copiar con certificación del Secretario de aquella venerable Logia y que dice así:
«Atendiendo que es un deber de todo Masón reverenciar a los padres y ayudar al mejoramiento moral e intelectual de la Humanidad, los abajo firmantes proponen:
«QUE sea celebrado el primer domingo de Mayo (el Día de las Madres NdA) en cualquier manera que tienda a demostrar el cariño y el agradecimiento a que es deudor todo hijo.
«Asimismo, proponen que sea designado el primer domingo de Junio a igual fin con relación a los padres.
«(Fdo) Dr. Eduardo Queral Mayo, Enrique Pérez e Ismael Piedra (Aprobado en el Taller, 6 de abril de 1920)»
Como se aprecia, no solo se trata de que Puerto Padre fue el pionero en instituir en Cuba el homenaje a las madres, el 6 de abril de 1920. ¡También fue el primero en celebrarlo en toda la isla! Eso ocurrió el 2 de mayo de 1920, primer domingo de ese mes, es decir, una semana antes del festejo en Santiago de las Vegas. Lo corrobora un editorial publicado en el propio semanario Sábado, con fecha 10 de mayo de 1958, y dirigido al periodista Guillermo Gener, quien escribía por entonces en el rotativo habanero Prensa Libre. Dice:
«Nos hacemos eco en la primera plana de una verdad que no admite en manera alguna polémica de ningún tipo. Guillermo Gener, un periodista que tanto nos agrada leer por su forma llana y sencilla de expresarse, en el colega Prensa Libre, quiere hacer justicia a un grupo de poetas, literatos y periodistas de Santiago de las Vegas y nos habla por tanto de la gloria de haberse instituido en aquella ciudad por primera vez en Cuba en 1920, El Día de las Madres.
«Nos da datos, nos refiere asuntos, nos busca documentos. Es decir, que prácticamente nos lleva al convencimiento de que en Santiago de las Vegas se celebró por primera vez ese gran día en nuestra nación. Pero hay un error, sencillamente porque Guillermo Gener no leyó nuestra edición del 19 de abril de 1952, donde publicamos documentos auténticos acreditativos de que en Puerto Padre se celebró el Día de las Madres el Primer Domingo de Mayo de 1920. En Santiago de las Vegas tuvo efecto el Segundo Domingo de Mayo de 1920, es decir, una semana después que en Puerto Padre.
«A nosotros nos luce, por referencias que tenemos de nuestro buen amigo, el profesor Demetrio Rivero Simón, natural de Santiago de las Vegas, que Guillermo Gener es de aquella simpática ciudad. Bien hace entonces Gener en defender su suelo natal, si es que esto es verdad; pero mucho mejor haría Gener, si salvando localismos, se hiciera eco de esta verdad que seguramente él desconocía, y le diera a Puerto Padre la gloria que bien merece».
Un año después de celebrado en Puerto Padre el Día de las Madres, La Habana celebró el suyo con gran esplendor. Por entonces ya residía en la capital el Dr. Eduardo Queral Mayo, quien cursó un telegrama a sus hermanos de la logia Los Perseverantes en los siguientes términos:
Plaza Habana, Mayo 8 de 1921, las 1.20 pm.
Rafael Nadal
Puerto Padre
Celébrase éxito fiestas de las Madres al igual que establecidas por mí hace un año primero en Cuba.
(fdo.) Dr. Queral
¿Se necesitan más pruebas de que, efectivamente, primero fue en Puerto Padre?

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domingo, 15 de abril de 2007

Beatriz cumplió un añito





Beatriz, mi hija menor, cumplió su primer añito de edad el pasado martes 3 de abril. Para la ocasión, Iris y yo le organizamos en la casa una pequeña fiestecita a la que asistieron los niños del edificio donde vivimos. ¡Se portó de maravillas nuestra pequeña princesa! Mis colegas Miguel Díaz Nápoles y Pastor Batista Valdés trajeron sus cámaras para dejar constancia gráfica del acontecimiento familiar. Aquí les muestro algunas de sus fotografías.

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domingo, 8 de abril de 2007

Mi familia por dentro

SOFÍA vino al mundo un poco después de la medianoche del viernes 10 de diciembre del año 2004. Pesó en la báscula siete libras con cinco onzas. En el horóscopo es Sagitario, igual que yo. Caminó a los 14 meses de nacida. Desde hace aproximadamente un año asiste al círculo infantil «Las Tres Casitas», no lejos de nuestra casa. Allí, entre otras cosas, ha aprendido a llevar un horario del día, a relacionarse con nuevos amiguitos y a cantar canciones infantiles. En estos momentos Sofía se sabe más de 20 canciones, las cuales interpreta a su manera, ya espontáneamente, ya por petición. También le agrada mucho pintar, para lo cual me escamotea hojas de papel y luego las garabatea con sus crayolas de colores. Con lo que más simpatiza Sofía es con los libros, a pesar de que aún no sabe leer. Tiene alrededor de 15 libros infantiles, y los hojea y ojea a todas horas. Ella suele pararse en medio de la sala con un libro abierto a hacer como si lo leyera en su gerigonza. Además, exige que se les lean «de verdad» en diferentes horarios. De tanta lectura escuchada, Sofía puede recitar de memoria Los zapaticos de Rosa y La rosa blanca, dos textos fundamentales de José Martí. Es aficionada a clásicos como La Edad de Oro, La Cenicienta, El soldadito de plomo, Pinocho, El gallo de bodas, etc. Y a la literatura infantil cubana, especialmente al libro que narra en versos las aventuras de Chamaquili, un niño salido de la imaginación de Alexis Díaz Pimienta, de quien, por cierto, acabamos de recibir un correo electrónico donde asegura sentirse muy emocionado "al saber que la pequeña Sofía disfruta de esos poemas". Pueden ver el contenido de ese mensaje en el comentario adjunto a esta entrada. Otra faceta de Sofía es que es capaz de pasarse horas completas petrificada frente a la pantalla del televisor mientras disfruta de programas infantiles tales como La sombrilla amarilla, Alánimo y La canción infantil. Mientras está así no se permite distracciones de ningún tipo. Su película favorita es Shrek, ¡la ha visto decenas de veces! Todos los domingos la llevo al Teatro Guiñol a ver los títeres y los payasos. Ella disfruta tremendamente esos espectáculos y regresa a casa llena de fantasías. Definitivamente, Sofía está manifestando una marcada preferencia por el arte.
BEATRIZ nació al mediodía del lunes 3 de abril del año 2006, es decir, alrededor de 16 meses después que su hermanita mayor. Su signo zodiacal es Aries. Pesó siete libras exactas en la báscula del hospital «Doctor Ernesto Guevara de la Serna», en Las Tunas, Cuba. Se trata de una diablita intranquila y simpática, que irradia carisma por todas partes. La Betty es capaz de tirarle los brazos a cualquiera, aunque no lo conozca. Siempre está de buen humor y con una sonrisa pícara a flor de labios. Nuestros amigos se desviven por tenerla entre sus brazos, porque Beatriz es la alegría personificada. Exhibe una salud de hierro y un apetito voraz, incluso en los horarios más insospechados. Come lo mismo carne asada que pan viejo. Cuando tiene hambre no entiende de bromas. Tan pronto se llena, es toda risa. Duerme de un tirón toda la noche, aunque antes de irse a la cuna exige su correspondiente biberón con nueve onzas de leche. Se despierta primero que Sofía y rápidamente clama por su desayuno. Es juguetona y le encanta mortificar a su hermana, pues tan pronto se le presenta una oportunidad le quiere quitar sus juguetes, principalmente sus libros. Recientemente le celebramos su primer añito y lo disfrutó mucho. Llora muy poco, pero, cuando lo hace, altera a todo el mundo en la casa por la intensidad de sus gritos. Algunos en la familia aseguran que se da un parecido a mi difunta madre. ¡Cuánto orgullo hubiera sentido mi vieja con esa conmparación!" Beatriz todavía no camina sola, pero ya está dando pasitos con cierta seguridad. Esperamos que dentro de un mes a lo sumo ya lo haga sin dificultades. Yo la saco a pasear cada vez que puedo y en la calle la gente la celebra mucho. La llevo a visitar a mis parientes y a mis amigos. Cuando crezca un poquito más, comenzaré también a llevarla al parque infantil y al guiñol.
IRIS, mi esposa, nació el 15 de enero de 1971. Procede del municipio de Pilón, en la provincia de Granma. Realizó sus estudios secundarios y de pre-universitario en el Instituto Pre-Universitario Vocacional de Ciencias Exactas José Martí, de la ciudad de Holguín. Allí le fue asignada la carrera de Licenciatura en Periodismo, que cursó en la Universidad de Oriente, en Santiago de Cuba, desde el año 1988 hasta el año 1993, cuando se graduó. Fue en su época universitaria cuando nos conocimos, ya que los dos estábamos en la misma aula. Nos acercaron, principalmente, la afición por la lectura y la afinidad de intereses. Formamos pareja desde el año 1991. Cuando se graduó como licenciada en Periodismo, fue ubicada para su servicio social en su municipio de residencia, en calidad de corresponsal de la emisora provincial Radio Bayamo. Desde Pilón realizó coberturas y reportes diarios para la planta matriz sobre el acontecer socio-económico del territorio, principalmente del polo turístico existente en la zona, con sus hoteles Cuatro Estrellas Farallón del Caribe y Marea del Portillo. Al cumplir sus dos años de servicio social, vino para Las Tunas a reunirse conmigo y comenzó a trabajar en el periódico 26, donde todavía se mantiene, aunque hace dos años que apenas escribe por encontrarse de licencia de materrnidad.. Llevamos casi 15 años de relación matrimonial. Como profesional, ha ganado diversos concursos y sus trabajos de opinión sobre temas de la juventud suelen tener repercusión. Con ella he formado mi pequeña familia.

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sábado, 7 de abril de 2007

La tarde en que corrió Cristóbal

Hay hechos que no se olvidan aunque los años les pasen sus almanaques por encima. Yo tengo grabado en la memoria como el primer día aquello que ocurrió en Manatí cierta tarde del mes de mayo de 1968. Ninguno de los testigos ha olvidado un detalle, porque fue una reacción exagerada, absurda y multitudinaria. ¡Ah, las pasiones...! Cuando se desatan y embisten en tromba no hay muro que las pueda controlar. Abstráigase, lector, e imagine…
Es media tarde y dentro de minutos se jugará otra jornada del Campeonato Nacional de fútbol entre el equipo anfitrión y el once de La Habana. No cabe un alma en las decrépitas gradas del estadio Ovidio Torres. La afición local clama a gritos –entre ronazos y blasfemias- un triunfo sobre su enconado y tradicional adversario. ¡Siempre ha sido así!
La rivalidad entre el conjunto oriental y el capitalino hace del encuentro no solo un plato cotizado que todos quieren saborear, sino también una bomba de tiempo, capaz de estallar ante el más intrascendente motivo en cualquiera de los 90 minutos del partido. En efecto, la atmósfera en las graderías parece cargada de alta tensión. Pero, ¿lo habrá percibido en toda su magnitud el árbitro principal Cristóbal Martínez, quien estará a cargo del silbato?
Comienza el juego y la calidad de ambos conjuntos se pone enseguida de manifiesto. De ello dan fe las maniobras llenas de talento e imaginación de los jugadores cuando atacan o defienden. Apenas se han jugado 15 minutos de partido y el público comienza a dar indicios de enojo. ¿Razones? El colegiado se “equivoca” con demasiada frecuencia en favor del cuadro de la capital.
Transcurre e primer tiempo y las pifias legales en perjuicio de los de casa se suceden. “Fuiiiiiii”, suena el silbato, casi siempre para penar una “falta” manatiense. “Fuiiiiiii”, silban las decisiones los inconformes, es decir, la mayoría de los presentes. El bullicio es ensordecedor, homogéneo, amenazante... «Aquí va a pasar algo muy grave hoy», asegura alguien a mi lado. Y así fue.
Segundo tiempo. Cierta jugada de dudosa legitimidad afecta particularmente al once local. ¡Rechifla, insultos, maldiciones, agravios contra el colegiado! Otro fallo discutible y la multitud condena al hombre vestido de negro. Desde las gradas, un imprudente lanza la primera voz. Y entonces cientos de fanáticos se lanzan, se atropellan a toda carrera tras el pobre Cristóbal, quien, luego de un instante de vacilación, toma las de Villadiego, convencido de que su vida depende de la velocidad que sea capaz de imprimirle a sus piernas.
Echa a correr como un bólido hacia un potrero colindante. En la estampida bota silbato, tacos, tarjetas y hasta la sortija del anular de su mano derecha. Pasa ni se sabe cómo por debajo de una cerca y deja un jirón del traje en los alambres de púas. Se refugia en la casa del difunto Yeyo Barroso, desde cuyo patio la turba clama venganza. Tiene que intervenir la fuerza del orden para que no lo linchen. En la noche Cristóbal abandona el pueblo bajo fuerte custodia.
Pasaron muuuchos años, y en Manatí –¡ahh, qué tiempos aquellos...!- se siguió jugando fútbol de nivel. Cristóbal prosiguió también su carrera de árbitro por buena parte de Cuba. Solo que –¿previsión o rencor?- no volvió a pitar jamás un partido que tuviera por sede la popular cancha del “Ovidio Torres”.
Después de varios lustros, alguien reconoció que aquella vez se había ido demasiado lejos con Cristóbal. «¡Se nos fue la mano!”, admitió. Y hete aquí que la Dirección Municipal de Deportes le cursó una invitación especial para que visitara Manatí. Pero no en calidad de colegiado principal para dirigir un encuentro amistoso, sino como huésped distinguido del pueblo. Además, se le ofrecieron garantías absolutas de que el incidente ya estaba olvidado.
Cristóbal aceptó de buen grado el acto de desagravio y durante un par de días confraternizó con sus antiguos inquisidores. Quienes lo acosaron entonces, ahora lo abrazaron. Hubo un minuto de gran emotividad: En ceremonia pública, y para su sorpresa, le fue devuelta la sortija perdida aquella tarde de frenesí. La había conservado a guisa de trofeo un protagonista de los hechos. Cristóbal se emocionó como no se imaginan y hasta ensayó un discurso de gratitud. Y entonces alguien habló por los anfitriones. Y reflexionó sobre el pasado y el presente. Y yo, que aquel día de 1968 también corrí… delante de mi papá, quien trataba de darle alcance a mis 13 años para salvarme de aquella locura, me pregunté cuánto vale un pueblo cuando sabe reconocer sus errores.

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viernes, 23 de marzo de 2007

Un instante que no olvidaré




Uno de los momentos más emotivos de mi carrera profesional lo viví el sábado 10 de marzo de 2007, cuando Tubal Páez, presidente nacional de la Unión de Periodistas de Cuba me prendió de la camisa la Orden Félix Elmuza, la máxima condecoración que confiere la UPEC, en sesión solemne celebrada en el Memorial Vicente García de la capital tunera. Fueron mis compañeros de la delegación de base del periódico 26 quienes me propusieron, a pesar de faltarme un año de trabajo para cumplir los 15 que establecen las normas para la asignación del reconocimiento. Sin embargo, y según precisan las propias ordenanzas, la recomendación puede hacerse efectiva excepcionalmente cuando concurran otros factores en favor del candidato, que en mi caso fueron mis años vinculados al periodismo en calidad de corresponsal voluntario. Muchas gracias, colegas, por la nominación.

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domingo, 11 de marzo de 2007

La reina cubana de la mocha


Desde hace casi 30 zafras –ella no mide el tiempo de otra forma- sus proezas de machetera dejaron de constituir titulares de prensa. Agonizaba la década de los 60 cuando empuñó por primera vez una mocha. A partir de entonces, el cañaveral fue su domicilio y el plantón su recurrencia. Tanta caña tumbó esta mujer menuda como la caña misma, y, como la caña también, dulce y cubanísima, que su nombre exhala todavía la fragancia del guarapo. Petra Almaguer…, ¿alguien la recuerda?
La tengo sentada frente a mi en su casa de Puerto Padre, el retiro que escogió para darle -¡al fin!- unas arrobas de reposo a su vida. Está rodeada de diplomas, medallas, fotografías, recortes, certificados, recuerdos… A pesar de sus 81 años cumplidos, de su pelo marchito, de sus manos agrietadas y de sus arrugas venerables, luce tierna y dispuesta. Y se me ocurre pensar que es por culpa de sus ojos, brillantes como los de una quinceañera cuando su dueña se pone a hablar sobre cañaverales.
-Petra, ¿cuándo y cómo fue que usted comenzó su vida de machetera?
-Ay, mi madre, ¿quién se acuerda? Hace tantos años de eso… Déjeme decirle que lo primero que hice fue lavar y planchar pago en la zona de Velasco. Por allá vivía mi familia antes de la Revolución. Me levantaba oscurito a fajarme con la ropa tiznada que me traían los macheteros. La caña vino después, cuando nos mudamos para San Miguel y me puse a trabajar en una tienda. Un día llega el responsable y me dice: “Petra, creo que te vas a tener que ir de aquí, porque la que era dependienta quiere volver a su puesto. Dice que al marido se lo llevó el Servicio Militar y que está cobrando solo siete pesos. Imagínate, con ese dinero no hay quien mantenga un matrimonio”. ¿Y qué iba a hacer yo? ¡Pues irme! Traté de colocarme en otro lado, pero nada. Lo único que había para ganarse unos reales era la caña. Le dije a mi esposo: “Si tú me dejas me atrevo a cortar”. Y él: “No, va y lo que te cortas es un tendón con la mocha”. Al final lo convencí, aunque en aquella zafra de 1966 solo piqué unas poquitas arrobas, pues estaba acabándose. Así empecé.
-Pero parece que le gustó, porque permaneció mucho tiempo junto al tajo…
-Nada menos que 13 zafras seguidas. La de 1975 fue la mejor, pues terminé con 119 mil arrobas. No sé, pero creo que en Cuba nunca una mujer picó tanta caña. Si me pongo a sacar números, yo debo de haber tumbado varios cañaverales juntos. Y eso que solo pesaba 105 libras. ¡Que si no…! Recuerdo que una vez pusieron al lado mío a cuatro mujeres de la zona y le dieron una carrera a cada una para que las sacaran. Yo cogí cuatro para mí sola y ra ra ra… ¡salí a la guardarraya primero que ellas! Es que yo sabía cortar caña. A veces las tumbaba de una en una. Y en otras abracaba así con un brazo un plantón y con el otro fua fua me lo llevaba completo de dos mochazos. Yo picaba cualquier tipo de caña, pero prefería una que le decían moriolo, que era derechiiiiita. Y aquella, la media luna, también. Lo principal era arrancar temprano. Porque para cortar caña como Dios manda hay que madrugar. Y si es con frío, mejor, para que haya más fresco. Todavía veo a los macheteros y me da envidia. Si fuera más nueva cogía otra vez la guámpara.
-¿Nunca se sintió subestimada por los hombres cuando tomaba la mocha…?
-Bueno, al principio me torcían los ojos. ¡Como si fuera pecado ser machetera! Decían: “Mentira, ella no puede picar tanto como dicen, seguro que el estadístico la ayuda con los reportes”. Hasta que un día mi jefe se incomodó y los llevó al tajo para que me vieran trabajar. Entonces reconocieron: “¡La verdad es que a Petra no hay quién la siga con la guámpara en la mano!”. Y mi jefe les contestó: “¿Ven? Eso es para que no sean tan hablanchines”. Le juro que nunca me acomodaron por ser mujer. A pesar de ser la única en la brigada, si había que ir para un campo de caña quemada, iba igualito que los hombres. Y si el compromiso era tumbar 60 mil arrobas en la zafra, cumplía y sobrecumplía. Llegué a picar hasta 700 diarias. Cuando regresaba a mi casa por la tarde me enredaba con la batea y con la cocina. Y atendía a mi esposo y a mis hijos. Y mire usted, siempre me quedaba un lugarcito para arreglarme un poco y no lucir fea. Y para cantar una canción también.
-Para picar tanta caña usted debe de haber tenido su técnica, ¿cuál era?
-Cogerle el ritmo al corte, descansar solo lo necesario y no tomar demasiada agua. Yo solo paraba de cortar al mediodía para comerme un bocado. Y siempre pedía que me sirvieran poco. Es que la mocha y la barriga llena no ligan. Del comedor regresaba para el campo hasta las dos o las tres de la tarde, aunque en la zafra de 1970 corté también de noche. Si me lo brindaba, me daba mi traguito de ron para reanimarme, porque la caña es de anjá. Y algún tabaco. Pero no en el campo, sino en el camino, rumbo al cañaveral. Lo otro es que siempre fui muy cafetera, así que me llevaba mi pomo con café y lo dejaba en una orilla del tajo para darme un buchito cuando el cuerpo me lo pidiera. Picaba donde fuera, pero me gustaba hacerlo más para normas técnicas, bien arriba y bien abajo, a tres trozos. Y tan al rente que casi me llevaba la tierra ¡Qué bonita se veía la caña con sus tongas parejas y limpias! Por mis carreras se podía correr, porque no dejaba picotillo. Pero no fue solo eso lo que hice en mi vida. En Mayarí sembré tomates y en la Sierra recogí café.
-Dicen que en los plantones hay ratas y culebras, ¿pasó algún susto?
-Yo no le tengo miedo a nada. Me acuerdo que una vez, allá por Cuatro Lugares, estábamos picando ra ra ra y en eso se metió a toda carrera en el cañaveral una vaca fajadora. ¡Aquello era un diablo suelto! Los hombres se mandaron a correr, pero yo seguí en lo mío como si nada y el animal ni me miró. Otra vez me salió un majá prieto y así de grande de entre la paja. Lo maté con la misma mocha. En mi brigada habían hombrones que pataleaban si veían un jubito. A mí no había rana, alacrán ni avispa que me asustaran. ¿Quién ha visto una guajira con miedo a los bichos? En todos estos años me hice solo una herida. Estaba picando caña enyerbada y la mocha se me enredó arriba, en la bejuquera. Me di un guamparazo en un pie. Eché una barbaridad de sangre y me cogieron tres puntos. Pero se me sanó enseguida y a los tres o cuatro días ya estaba de nuevo de pelea.
-Tengo entendido que en aquellos tiempos le hicieron varias entrevistas…
-Uhhh, un montón.¡Los periodistas no me dejaban tranquila! Cuando llegaban al campo en pleno horario de corte me mandaban a buscar y entonces yo les decía: “bueno, si me van a entrevistar que sea rápido, porque no puedo perder tiempo de trabajo”. Y ellos nada, se ponían a hacerme preguntas. Todavía tengo guardada una revista Mujeres donde salí. ¡Y fotos me tiraron que para qué contarle! Siempre les decía a los fotógrafos: “No sean puñeteros, retraten a las artistas, no a mí”. Porque yo era muy penosa. Imagínese, criada en el campo y de familia humilde... Cuando los veía me ponía a temblar. Una vez, en un viaje de estímulo que hice a La Habana, me obligaron a ir a la televisión a no me acuerdo qué programa. Me entrevistó Consuelito Vidal y me relajeó todo lo que quiso. Y quién le dice a usted que me cogieron los nervios y me entró una habladeraaa... Entonces Consuelito dijo: “Caballeros, ¿y esta es la mujer que me habían dicho que era guajira? ¡Pero si casi no me ha dejado poner una a mí...!” La gente se rió cantidad con aquello.
-Usted debe de haber conocido a muchas personalidades, me imagino…
-Conocí a muchos dirigentes y me invitaron a recepciones. Me moría de pena, porque cuando yo entraba era como si hubiera llegado no sé quién de importante... ¡Y solo era una humilde cortadora de caña! Me daban ganas de llorar aquellos recibimientos. A Fidel lo vi de aquí a ahí donde está usted. Él fue quién me puso la medalla de Heroína Nacional de la Zafra. Fui la primera mujer en recibirla en Cuba. Ese día el Comandante me dijo bajito: “Oye, Petra, ¿qué tú haces para cortar tanta caña?”. Yo no sabía qué decir y él se rió al verme así, nerviosa. En el Comité Central me quería cantidad. No sé si algunos por allá se acordarán de mí todavía. Tal vez Jorge Risquet, que me decía en las recepciones: “Coma bastante, Petra, que usted trabaja mucho”. También traté a Jorge Lezcano y a Vilma Espín. Con ellos y con otros macheteros y macheteras fuimos por estímulo durante 15 días a la URSS. Yo nunca había montado en avión y aquel viaje por el aire me entusiasmó. Hubo a quienes se les reventaron los oídos allá arriba y se indigestaron con las comidas rusas. Yo lo que hice fue divertirme. Después fui a otros países socialistas. Y hasta un Congreso del Partido. ¿En qué otro lugar hubiera podido hacer tanto?
-¿Qué otra cosa le hubiera gustado hacer en la vida a Petra Almaguer?
-La vida me dio más de lo que merezco, así que otra cosa no le puedo pedir. Pero, ¿quiere saber algo? Hubiera querido ser mejor madre de lo que fui, y entre las buenas me cuento. Me duele que nunca pude ir a ver a mis hijos a las escuelas donde estaban becados, porque yo cortaba caña hasta los domingos. Tengo la satisfacción de que los ocho me salieron buenos y estudiosos. Me dieron 20 nietos y 13 biznietos que me adoran. Desde hace años estoy jubilada, aunque no dejo de trajinar para que el cuerpo no se me oxide como una mocha vieja. Todavía cocino y lavo. Mire, ese cordel de ropa lo acabo de tender. ¿El último mochazo? Lo di en la zafra de 1979. Estaba cortando en un tajo por la zona de Mesa 3 cuando me avisaron que mi esposo se había enfermado. Desde entonces lo cuido. Tiene ya 92 años de edad. Él no solo ha sido mi compañero en la vida, sino también en los cañaverales, pues picamos mucho tiempo juntos. Yo cumpliré en noviembre 82, pero no tengo pensado morirme pronto. Estoy contenta de vivir en mi país y de haber conocido a Fidel. A lo mejor cuando lea esta entrevista se acuerda de mi. Todos los días le pido a Dios que se ponga bien rápido. Porque, a pesar de que yo soy un poquito más vieja que él, a Fidel lo quiero como si fuera mi padre.

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domingo, 4 de febrero de 2007

Fotos del lanzamiento de mi libro

Estas fotos de la presentación de mi libro POSTALES TUNERAS fueron tomadas por el periodista Miguel Díaz Nápoles, editor jefe de Tiempo 21, la página web de Radio Victoria, emisora provincial. El lanzamento se realizó el día 5 de mayo del año 2005 en el patio interior de la Plaza Martiana, y contó con la asistencia de numerosos colegas y amigos. También con la presencia de mi esposa Iris, a quien se puede apreciar en una de las imágenes con nuestra pequeña Sofía dormida sobre su hombro izquierdo.
Mi libro tuvo una acogida extraordinaria. El día del lanzamiento se vendieron más de 50 ejemplares en menos de una hora. La edición se agotó en cuestión de una semana y muchos interesados se quedaron con las ganas de adquirirlo. Los temas que traté en sus páginas fueron el principal señuelo para los compradores.
El Centro Provincial del Libro me invitó después a realizar presentacions de POSTALES TUNERAS en todos los municipos de la provincia. En algunos de ellos no hubo ni siquiera la posibilidad de comercializar nuevos ejemplares, pues todos se habían agotado.
En aquella primera edición dediqué mi libro a mis inolvidables padres, a mi esposa Iris y a mi primogénita Sofía. Hoy quiero incluir en la dedicatoria a mi adorable Beatriz, mi niña más pequeña, que cuando aquello no era ni siquiera un proyecto en nuestras vidas.




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Presentación de mi libro

«Buenos días, queridos amigos e invitados. El libro que hoy tengo el honor de presentar, Postales Tuneras, es ya, por derecho propio, un texto de referencias para conocer páginas pintorescas y poco divulgadas de la historia de nuestra provincia. Se trata de una antología de crónicas, entrevistas, y reportajes que el conocido periodista tunero Juan Morales Agüero (Manatí, Las Tunas,1955) hizo brotar con el acierto de siempre desde el oficio de su bien entrenada pluma.
Cada uno de los materiales que integran este libro –casi todos publicados en diferentes momentos en el semanario provincial 26 y en el diario nacional Juventud Rebelde- coloca ante nosotros una estampa, un personaje, un sitio o un suceso vinculados a nuestros anales. El autor nos los presenta sin rodeos a través de una óptica costumbrista, en la que se fusionan lo curioso, lo informativo y lo interesante en una suerte de mural decorado con singularidades de la cotidianidad y el sello distintivo que la hace trascender.
En Postales Tuneras encontrará el lector temas tan heterogéneos como la famosa granizada de Las Tunas del año 1963, la separación quirúrgica de las siamesas Maylín y Mayelín, los razonamientos de esa gloria de la cultura local que es el doctor Pedrito Verdecie, la historia del busto de Federico Capdevila en el parque Vicente García y muchos temas más. Los materiales están escritos en un estilo tan desenfadado y refrescante que uno no puede hacer menos que sonreír, satisfecho, cuando el autor comienza a pintar con imaginación el lienzo de sus historias.
Disfruté enormemente este excelente libro de Juan Morales Agüero, recién salido de las prensas de la editorial tunera Sanlope. Solo me queda ahora recomendar su lectura. Les aseguro que no quedarán defraudados».
Lic. Víctor Manuel Marrero
Historiador de la Ciudad
Mayo de 2005

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sábado, 3 de febrero de 2007

Molinos para la Villa

Siempre he simpatizado con la historia que le atribuye el nombre de Puerto Padre a un diálogo entre un marinero y un cura a bordo de una de las carabelas de Cristóbal Colón. “¡Qué puerto, padre!”, aseguran que le dijo el marino al cura, extasiados ambos por la belleza desplegada ante sus ojos. No puedo dar fe de la autenticidad de esta parábola, pero cuentan que Puerto Padre se llama así desde entonces.
Realmente, se trata de una ciudad encantadora. “A pesar de ser pequeña, figura entre las más limpias y bellas de Cuba, con un desarrollo cultural y una fisonomía únicos que reproducen en breve formato a las grandes urbes de anchas avenidas, paseos y malecón”, dice de la localidad y de sus atributos una guía turística que navega en Internet.
A fuer de conocerlos como los conozco, imagino a los portopadrenses hinchados de orgullo por tan elogiosa y merecida apología. Ellos suelen agradecer por toneladas cuanta palabra ensalce los atractivos de su terruño, y blasonan, entre otras cosas, de que la ubicación geográfica de la villa aparece reflejada con la denominación de Portus Patris desde el distante siglo XVI en la cartografía del llamado Nuevo Mundo.
El epíteto de Villa Azul, que también identifica al carismático pueblo, debutó después, motivado quizás por la azulada tonalidad de su mar y de su cielo. El primero en emplearlo públicamente fue el periodista Manuel García Ayala, quien le dio vida en un poema suyo allá por los años 20 del siglo pasado. El apelativo ganó, raudo, el beneplácito de la gente. Tanto que los comerciantes más avispados la adoptaron como eslogan.
En las décadas iniciales de la propia centuria, otro periodista-poeta se encargó de añadirle a la frase lirismo y sugerencia: el canario Manuel Martínez de las Casas, director del semanario El Localista, quien en versos de su autoría se refirió a la localidad como a la Villa Azul de los Molinos, en virtud del gran número de esos aparatos de viento que funcionaban a la sazón en la comarca. Así lo recoge en su interesante libro Crónicas de Puerto Padre el investigador Ernesto Carralero Bosh.
Y es aquí donde pretendo hacer un alto. Cierto: Puerto Padre continúa haciéndole honor al sobrenombre de Villa Azul, pues la coloración persiste no solo en su mar y en su cielo, sino también en buena parte de su fisonomía. Pero, ¿qué hay con lo de Villa de los Molinos? ¿Se corresponde en la práctica el epíteto con el panorama contemporáneo de la ciudad? ¿Cuántos de esos “gigantes” contra los que arremetió El Quijote exhiben todavía por allí sus aspas ? Hay que ver, hay que ver…
SU MAJESTAD LA HISTORIA
La página digital española Interciencia da por establecido que la primera mención conocida a un molino de viento consta en los escritos del historiador árabe Al-Tabari, y datan del año 850 de nuestra era. Los textos certifican la existencia de esos ingenios en la provincia persa de Seistan alrededor de dos centurias atrás. Europa los acogió mucho después, en el período de las cruzadas, entre los años 1096 y 1191, y los primeros países en ponerlos a prueba en el su territorio fueron Holanda (1240) y Alemania (1222). En América debutaron en Brasil (1576) y luego en Estados Unidos (1621). Sudáfrica, por su parte, resultó la pionera en instalarlos en el continente negro cuando ya agonizaba el siglo XVII.
Pero, según consigna el Doctor en Ciencias Técnicas Conrado Moreno Figueredo en el sitio web de CUBASOLAR, el molino de viento que conocemos en la actualidad se desarrolló en los últimos 50 años del siglo XIX en territorio de los Estados Unidos. “La historia de la Cuba de la época y la fuerte influencia de la economía norteamericana en la isla desde finales de ese siglo y principios del XX, hacen presumir que por entonces debió instalarse en nuestro país el primer aparato de ese tipo”, agrega el también destacado especialista en energía eólica.
-A Puerto Padre los molinos de viento llegaron también de la mano del capitalismo –dice Ernesto Carralero, el historiador de la villa -. Eso ocurrió a partir del 30 de enero del año 1902, cuando comenzó a producir azúcar el central Chaparra bajo la regencia de una sociedad norteamericana, la Chaparra Sugar Company. Antes de esa fecha, eran los pozos criollos los que proveían de agua a los lugareños. Después se impusieron los pozos artesianos con sus flamantes molinos de viento.
Carralero precisa que quienes aplaudieron con más frenesí la llegada de los molinos a la villa fueron los vecinos con mayores posibilidades económicas para comprarlos. En la relación figuraban, entre otros, los dueños de tiendas y los altos empleados de la fábrica de azúcar distante solo unos pocos kilómetros. La ciudad llegó a contar con centenares de aparatos dentro del propio perímetro urbano, en casas que conservaban el sello fundacional español, con amplios patios andaluces, techos de tejas francesas, ventanas con rejas y puntales de 14 pies de altura.
-La etapa conocida por La Danza de los Millones propició entre los portopadrenses un aumento significativo de los molinos –acota Carralero-. Fueron tiempos de bonanza económica, pues se había desatado la Primera Guerra Mundial y la industria azucarera criolla aprovechó en su beneficio el alza de los precios en el mercado internacional. Por aquella época ejercía el alto cargo de Presidente de la República Mario García Menocal, quien fue el primer administrador del central Chaparra. Puerto Padre ganó en urbanización, pues se construyeron nuevas calles, lujosas residencias, pequeñas industrias y… ¡se instalaron más molinos!
Con el tiempo sobrevino su decadencia por razones tanto coyunturales como tecnológicas. Lo admite el citado sitio web de CUBASOLAR, cuando dice: ”Esta situación favorable se mantuvo hasta los años 20 –dice-. La gran depresión económica de la década siguiente, los motores de combustión interna y la electrificación posterior a 1945 afectaron fuertemente a la industria de los molinos de viento. Y ya en los años 50 y 60 solo unos pocos fabricantes de esos aparatos permanecían activos”.
VILLA DE LOS MOLINOS
A pesar de que las turbinas les robaron el protagonismo, en Puerto Padre algunos molinos consiguieron permanecer en pie, aunque sin recibir mantenimiento periódico ni ganarle una sonrisa a la indiferencia de sus dueños. Luego el tiempo se encargó de pasarles la cuenta hasta convertirlos en amasijos de metal, en virtuales despojos de una época que se extravió en el olvido como el viento en sus aspas.
-La desaparición de los molinos portopadrenses fue consecuencia del desarrollo de la tecnología de la época –apunta Carralero-. Dejaron de constituir elementos de nuestro paisaje cuando dejaron de ser necesarios. Hubo un tiempo en que tratamos de conservar algunos, y hasta la Asamblea Municipal del Poder Popular aprobó una Resolución para protegerlos, teniendo en cuenta su reconocida connotación en la paisajística y el folclor del territorio. Pero su letra y su espíritu se quedaron en las buenas intenciones, porque la iniciativa apenas tuvo resultados concretos. Conclusión: los molinos sobrevivientes dieron con sus huesos en tierra. Duele admitirlo, pero es un hecho consumado.
Sin embargo, la denominación Villa de los Molinos que alude a Puerto Padre no ha perdido vigor. Aunque solo constituya un soplo de nostalgia entre los muchos que todavía la utilizan. Y miren qué curioso: el epíteto funciona diferente cuando uno llama a Holguín Ciudad de los Parques o a Matanzas Ciudad de los Puentes, porque en ambos casos los parques y los puentes están allí para justificarlo. Algunos de mis lectores dirán : “¿Pero qué propones, periodista? ¿Sembrar de molinos otra vez la geografía de Puerto Padre? Vamos, hombre, que no es para tanto…” Y les respondo: No, propongo rescatar los molinos de una manera… ¡simbólica!
Algo se ha hecho, lo reconozco. La sede de la filial de la UNEAC portopadrense, por ejemplo, instaló un molino en su patio. No lo necesita desde el punto de vista práctico, pero lo ha puesto a convivir con la organización como uno más de sus miembros. Antes, en 1989, los escultores Elvis Báez Morales y Pedro Felipe Escobar erigieron en la avenida Libertad un monumento al que llamaron El Quijote de los Molinos, que es en sí mismo síntesis de la tradición y la hispanidad locales. También existe el Festival de Música Villa de los Molinos, un evento anual de mucho prestigio y hasta el brocal del famoso pocito de agua dulce que se encuentra dentro del mar tiene forma de aspas.
Pero se puede hacer mucho más para que lo de Villa de los Molinos no sea solo alegoría recurrente en poemas, pentagramas, lienzos y pedestales. Y aquí va una propuesta: ¿por qué la filial de la UNEAC de Puerto Padre no adopta al molino como su distinción para entregar a personalidades relevantes? Y una segunda: ¿por qué no diseñar y comercializar pequeños molinos a guisa de souvenir para quienes visiten la tierra natal de Emiliano Salvador? Y una tercera: ¿por qué no colocar molinos decorativos en las principales vías y sitios panorámicos de la ciudad?
-Creo que son propuestas realizables –admite José Ramón Silva, miembro del Buró Ejecutivo del Comité Municipal del Partido-. Agregaría otras, como la organización de competencias deportivas con el nombre de Villa de los Molinos. Copas de tenis de campo y torneos de ajedrez, por ejemplo, donde acumulamos mucha tradición. También situar molinos en patios de casas coloniales emblemáticas. Y hasta la universalización de la enseñanza superior podría explotar el asunto en su provecho.
Para que Puerto Padre armonice su entorno con el seudónimo de Villa de los Molinos no es preciso traer a los molinos de vuelta a sus antiguos emplazamientos. Solo se necesita echar a andar las aspas de la imaginación y romper lanzas contra los convencionalismos. Quijotes y Sanchos existen en la villa para emprender la cabalgata.

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