martes, 5 de febrero de 2008

El indio sin cabeza y el caballo blanco

Las enciclopedias suelen llamar leyendas a las narraciones de corte tradicional relacionadas con hechos imaginarios, pero considerados auténticos. La vida está llena de ejemplos de esa naturaleza, pues no pocas veces los acontecimientos verdaderos y ficticios se mezclan a partir de situaciones históricamente verídicas.
Cada comarca cubana cuenta con su propio repertorio de leyendas. En la zona oriental del país se suele hablar de los güijes, suerte de duendes enanos que, según la creencia popular, emergen de los ríos para asustar a los campesinos con sus extravagantes fisonomías. La referencia mítica se mantiene incólume en la memoria colectiva de muchas personas nacidas en la primera mitad del siglo pasado.
En la zona central es todavía común escuchar relatos espeluznantes acerca de la célebre «llorona», una tétrica mujer de rostro cadavérico y vestida de negro que suele vagar por las montañas del Escambray presa del remordimiento con un niño muerto entre sus brazos. A juzgar por la leyenda, ella pasa las noches entre sollozos, gritos y lágrimas por haber abortado a su criatura, lo cual siembra el terror entre la gente que cree a pies juntillas la historia.
Occidente también tiene sus correspondientes leyendas, como la de la tumba popularmente conocida por La Milagrosa, en el cementerio Cristóbal Colón, en La Habana, a la que se le atribuyen poderes sobrenaturales. Tiene su origen en una mujer llamada Amelia Goire, a quien se le dio sepultura allí el día 3 de mayo del año 1901, casi al término de su embarazo. Según se asegura, al abrir el sepulcro tiempo después, los familiares de la difunta la encontraron fuertemente abrazada a su pequeña hija. Desde entonces el sepulcro se convirtió en sitio de peregrinación, al que acuden cada año millares de personas de toda Cuba a hacer o a pagar promesas y a pedir favores, algunos de ellos milagrosamente concedidos.
En la ciudad de Las Tunas -¡cómo no!- tenemos la nuestra. Y, a pesar de que ya apenas se le menciona, los tuneros de pura cepa recuerdan todavía la antigua historia local del indio sin cabeza y su tenebroso e inseparable caballo blanco. ¡Cuántas tragedias se asociaron en diferentes épocas con aquel jinete y su cabalgadura!
La memoria popular fija la génesis del mito allá por el siglo XVII y lo relaciona con cierto idilio amoroso surgido en tiempos de la colonia entre un joven aborigen de la zona y la hija de un conquistador español. Una madrugada, este descubre el oculto romance y, en venganza, ordena sus sicarios decapitar al indígena.
Los matones cumplieron al pie de la letra la encomienda de su jefe. Sin embargo, y por razones que ni siquiera la propia leyenda esclarece, no pudieron presentarle al «agraviado» padre la testa del pobre indio asesinado. Sencillamente, el cadáver desapareció como por obra de un pasmoso e inexplicable acto de prestidigitación.
A partir de entonces se vio cabalgar por las sabanas de la otrora comarca de Cueybá a un indio sin cabeza que clamaba justicia a lomo de un espléndido caballo blanco. Desde fecha tan distante, cada aparición del singular fantasma se relacionó con cuanta tragedia individual o colectiva aconteció en la zona.
Una de ellas fue el accidente ferroviario que vistió de luto a la ciudad en el año 1945, con saldo de 25 personas fallecidas y numerosos lesionados. Otra, la célebre granizada de 1963 y su secuela de casas destruidas, comunicaciones interrumpidas y postes derribados. Tanto en uno como en otro dramas, los tuneros de entonces «aseguraron» que se había visto cabalgar la víspera por las calles al fatídico indio sin cabeza y a su no menos siniestro caballo blanco.
Todo lo malo que ocurría en la ciudad se lo achacaban: ¿un crimen pasional...? ¡El caballo blanco! ¿Una riña tumultuaria...? ¡El caballo blanco! ¿Un choque entre automóviles...? ¡El caballo blanco! Cualquier sonido de cascos o de relinchos en horas de la noche desbocaba el pánico. Se acostumbraba decir también que quien viera con sus propios ojos aquella suerte de centauro tenía los días contados. De ahí que, para evitar compromisos, nadie dijera «yo lo vi», sino «me dijeron que lo vieron». Vaya, por si acaso...
Con el tiempo, la leyenda fue perdiendo terreno hasta quedar virtualmente sepultada en el olvido. Hoy forma parte del folclor local y de la inspiración de sus artistas. Como por ejemplo la sugerente obra en metal que engalana un ángulo del Hotel Las Tunas, y que lleva la firma del escultor y pintor tunero Rogelio Ricardo.
El nivel cultural del que hoy goza nuestro pueblo hizo posible que creencias oscurantistas como la del indio sin cabeza y su blanca cabalgadura ya no atemoricen absolutamente a nadie.
Un poeta tunero, permeado del significado de la antiquísima leyenda, la interpretó y se inspiró en ella de esta lírica manera: / Y así la imaginación / es fuente de poesía / en esa superstición. / Belleza en la fantasía / belleza en la realidad... / si es ficción o si es verdad / ¿nos importa todavía? /
Aunque de una manera diferente, el caballo blanco y su indio decapitado cabalgan todavía entre nosotros.

 
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