lunes, 23 de febrero de 2009

Emperadores del brillo

Mientras su pensamiento deambula por sabe Dios cuántos sitios y asuntos diferentes, el viejo Ray convierte en arte el antiguo oficio de limpiar zapatos. Lleva tantos años haciendo lo mismo que ya lustra casi por instinto. «Suba al sillón y póngase cómodo», le pide al que cliente que llega. Y entonces comienza la liturgia del brillo.
Primero es el agua para eliminar la suciedad. Después la tinta rápida, siempre cuidando de no manchar las medias ni los bajos del cliente. El betún tiene su maña. En eso el dedo pulgar derecho de Ray merece un Guinness. Viaja entre el calzado y la vasija con la celeridad de un rayo. Y va embadurnando el tacón, la puntera, el talón, el empeine... Donde se posa, irradia la luz.
Luego debuta en el aseo don cepillo. Así, chas chas chas, coordinado con rítmicos movimientos de brazos. El lustre final se le confía al paño. Si es de gamuza, mejor. Ray sabe cómo hacerlo estallar en el aire como si fuera un látigo para que el cliente admire su pericia y pague satisfecho por el trabajo realizado. Es una de sus especialidades. ¡Ahhh, muy bien, refulgen como espejos los zapatos!
El origen de los limpiabotas se despista en la consabida noche de los tiempos. Sin embargo, no creo que se remonte a 15 mil años atrás, cuando los hombres prehistóricos comenzaron a cubrirse los pies con pieles de animales para protegerlos al andar por la fría nieve. Si de precisión se trata, me quedó con la que hace la célebre imagen del francés Louis Daguerre tomada en 1838 desde la ventana de su estudio en París. La instantánea se conoce con el nombre de Boulevard du Temple y en ella aparece la primera persona fotografiada de la historia: ¡un limpiabotas!
Con independencia de las dudas en torno a cuándo comenzó la era de los lustradores, quienes conocen del tema afirman que estos ubicuos y cosmopolitas artífices del brillo gozaron de su minuto dorado a fineales del siglo XIX e inicios del XX, momento del debut comercial de la fórmula moderna del betún, ese producto imprescindible en la gaveta de todo limpiabotas que se respete. Añaden que las guerras mundiales potenciaron su demanda mediante la limpieza del calzado militar utilizado por las tropas.
Muchas personas que en su adultez ganaron notoriedad contribuyeron cuando niños al sustento familiar como limpiadores de calzado. En el ámbito de la política, no se avergüenzan de haberlo sido Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, ni el exmandatario peruano Alejandro Toledo. Limpiabotas fue también Malcom X, el norteamericano luchador por los derechos civiles de los negros, quien practicó el oficio en clubes nocturnos de Nueva York.
Otros que convivieron sin sonrojarse con el cepillo y el betún fueron, en diferentes fechas y lugares, el pelotero dominicano Sammy Sosa, el cantautor venezolano Alí Primera, el cómico azteca Mario Moreno (Cantinflas), el vocalista boricua Daniel Santos, el futbolista brasileño Edson Arantes do Nascimento (Pelé), el actor estadounidense Anthony Quinn y el púgil cubano Eligio Sardiñas (Kid Chocolate). Mucho brillo tuvieron que sacarles a botines ajenos antes de brillar luego ellos mismos en sus respectivas profesiones.
Las artes no les han resultado esquivas a los lustradores de zapatos. Así, un drama fílmico del 1946 del gran Vittorio de Sica lleva ese nombre: El limpiabotas. Y una película mexicana, El bolero de Raquel, asume también ese argumento. Además, sobre el tema hay una canción interpretada por Frank Sinatra y Bing Crosby; una novela de la autoría de Doug Stumpf; y hasta un dibujo animado de televisión en el que un simpático perro oculta su identidad tras el aspecto de un bruñidor de calzado.
TODO LO QUE BRILLA NO ES ORO
«A mí nadie puede hacerme cuentos ni decirme lo que éramos los limpiabotas antes de 1959 –dice mientras cepilla un mocasín caoba Rubén Rodríguez Guerrero, quien, con sus seis décadas en el oficio, presume de ser el lustrador más antiguo de Las Tunas.- Y no solo por el escaso dinero que ganábamos, sino también por los maltratos y las humillaciones que teníamos que aguantarle a la gente que nos menospreciaba. Yo sí puedo hablar de aquello».
Rubén comenzó a limpiar zapatos en la ciudad a los ocho años de edad. De esa época recuerda con rencor a los guardias de la dictadura de Batista. Andaban de ronda por el parque Maceo y cuando lo divisaban con su cajón y su banquito le gritaban: « ¡Oye, tú, ven y limpia!» El niño acudía y les pulía las botas. Pero los esbirros se negaban luego a pagarle los 10 centavos. «Anda, dale por ahí, andrajoso », lo ofendían. Si reclamaba de nuevo, las bestias con uniforme le daban una patada al cajón. Aquella gente llevaba los zapatos limpios, pero los sentimientos muy sucios.
«En el capitalismo ser limpiabotas era la última carta de la baraja –asegura-. No servía ni para malvivir. Lustrar un par de zapatos llegó a valer solo tres centavos. Yo dejaba los pies por las calles en busca de clientes. Me iba con mi cajón por el paradero del ferrocarril, el reparto La Victoria, el centro de la ciudad... Menos alpargatas, limpiaba de todo. Trataba de estar lejos de los guardias, porque si te sorprendían merodeando por esos lugares te decían: “¡piérdete de aquí ahora mismo! ” ¿Y qué iba a hacer uno? ¡Perderse! Aquel desprecio no se me ha olvidado».
Lo que Rubén nunca soñó fue que cuando la Revolución tomó el mando, él comenzaría a limpiar zapatos en un cómodo local junto a varios de sus antiguos compañeros de oficio e infortunio, con un sueldo digno, enaltecido como ser humano y respetado por la gente. Ahí permaneció durante un buen tiempo, hasta que en febrero de 2006 la antigua casona fue convertida en un lujoso salón de limpiabotas –El Brillo- en el céntrico bulevar tunero. Ahora allí lustran con aire acondicionado y mucho confort en 10 sillones que para qué contar. Su hijo Rubén trabaja con él...
UNA HISTORIA INCREIBLE
Se llama igual que su padre: Rubén Rodríguez. Cumplió 44 años de edad y lleva 15 limpiando zapatos. Antes fue metalúrgico, pero renunció a los altos hornos «para estar al lado del viejo». En el salón se especializó en lustrar calzado blanco, algo que, por lo complejo, no todos sus colegas saben hacer. Tiene una clientela grande, y estable que justipreciar la calidad de su servicio. ¿Anécdotas? «Bueno, yo creo que cuando se la cuente no me la va a creer». Y entonces me relata la insólita historia.
«Fue recién inaugurado el salón –recuerda- Era de mañana y todavía no teníamos mucha gente para limpiar. Salí afuera un momento a hacer una gestión. No demoré mucho, quizás unos 10 minutos. Y cuando estuve de regreso, lo vi. Estaba sentado muy campante y todo vestido de blanco en el primer sillón, cerca de la puerta. Yo me paré al lado del mío. Volví a mirarlo. Y me dije: “No, no puede ser él”. Pero sí, ¡era el Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque en persona! Andaba recorriendo el bulevar con Jorge Cuevas, el secretario del Partido en Las Tunas».
Rubén cuenta que después de conversar un rato con los presentes, quienes le hicieron preguntas acerca de su reconocida faceta de compositor musical, Almeida se viró para él y casi le ordenó: «Súbete a ese sillón, que hoy soy yo el que te va a limpiar los zapatos a ti. Voy a recordarme de los tiempos en que fui limpiabotas en el parque de la Fraternidad.» Y con la misma puso manos a la obra.
«Los que estaban allí no lo podían creer –rememora-. Algunos de ellos llegaron a pensar que era una broma y que Almeida no se ensuciaría las manos con el betún. Pero se equivocaron. ¡Se las embarró! Yo le aseguro a usted, le apuesto lo que desee, que ningún dirigente del mundo es capaz de hacer algo parecido. Y con la historia que tiene Almeida, menos que menos. Dio la casualidad que por allá afuera andaba un fotógrafo con su cámara. Alguien lo llamó e hizo la foto para que no digan que fantaseo».
LIMPIABOTAS INTELECTUAL
Jamás le pasó por la cabeza limpiar zapatos. «Los míos sí, pero los de los demás, ¡nunca!», aclara, risueño. Y es que Roberto Acosta Peña, además de cortar caña y labrar el surco en el capitalismo, se hizo contador profesional a base de sacrificios. Luego de 1959 le tomó el gusto al estudio y obtuvo el pergamino de contador planificador. Finalmente, en 1980, se graduó de licenciado en Economía General, después de transitar por unos cuantos almanaques entre nóminas, calculadoras, informes y formularios.
«Cuando llegué a los 60 años de edad, me jubilé –afirma este tunero legítimo-. Pero enseguida me aburrí de no hacer nada y decidí hacerme limpiabotas. Fue una resolución sabia, porque este oficio me ha dado muchas satisfacciones y alegrías. Principalmente conocer a personas importantes, como deportistas, músicos, profesores, dirigentes... Son clientes fijos de mi sillón. Vienen a limpirse los zapatos conmigo porque les agrada mi conversación y porque saben que soy gente responsable, seria y revolucionaria.»
Roberto se considera un profesional en su oficio. Y no compromete la calidad por nada del mundo. «Porque al que le haces un mal trabajo, no regresa», testifica. De ahí que se preocupe tanto porque sus productos sean siempre de primera. Cada vez que puede, realiza una inversión y compra algo en la shoping. Como el relux, un líquido que se mezcla con alcohol y da una tinta excelente para dar brillo.
«Mi clientela es selecta –reitera-. En mi sillón no toma asiento la furrumalla ni la gente grosera. Tampoco acepto a los borrachos ni a los antisociales que hablan mal de la Revolución. A esos les doy camino enseguida. Mientras limpio, me gusta hablar de política y de cultura. Y analizar los temas con gente que sabe. Por eso mis usuarios dicen por ahí que yo soy un intelectual del brillo. Ah, y también hago décimas. Todos los días improviso varias. ¿Quiere una? Ahí va:
/ Me dicen el rey del brillo / amigos amablemente / porque soy, precisamente / en la limpieza un caudillo. / Porque manejo el cepillo / con mucha facilidad / los del campo y la ciudad / cuando hasta mí han llegado / en el brillo del calzado / tienen su felicidad./
Con su sillón de metal montado sobre ruedas y su singular manera de afrontar la vida, el alba y el ocaso lo enaltecen cada jornada. Cuando Roberto agasaja con betún y tinta la epidermis del calzado, hace destellar la ética de las personas decentes y le extrae fulgores a la dignidad de un oficio ultrajado por una época definitivamente vencida.
LA HORA DE LOS LIMPIABOTAS
Alguien me aseguró hace poco que el oficio de limpiabotas anda con el certificado de defunción en el bolsillo. «Está irremediablemente condenado a desaparecer –dijo con absoluta seguridad-. Los viejos que hoy lo ejercen se lo llevarán a la tumba, porque la juventud no quiere saber de cajones ni de cepillos. Además, en el mundo ya casi todos los zapatos se fabrican con material sintético, y la gente se pone con sandalias y calzado deportivo. Ninguno necesita betún ni tinta. ¿Entonces para qué?»
A pesar de sus argumentos, no compartí la ortodoxia de su hipótesis. La vida se nutre también de cierta dosis de subjetividades. Y cuando no esté Ray con su trapito empapado en agua para neutralizar el polvo de la bota; o cuando falte Rubén con su destreza para untar betún con el pulgar derecho; o cuando la historia del otro Rubén con el comandante Juan Almeida Bosque sea apenas un rasero para medir la grandeza de la sencillez –o viceversa-, el recuerdo de los limpiabotas perdurará.
Y mientras les llega la hora definitiva, ellos continúan ahí, en sus sillones, al alcance de la mano. O mejor dicho: del pie. Colmándonos de brilllo la existencia.

 
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