jueves, 26 de marzo de 2009

Memorias del cine Manatí

Los anales manatienses testimonian que fue en 1911 cuando el español Miguel Diez de Ulzurrún, Marqués de Aguayo y arquitecto de profesión, desembarcó por la playa de Sabanalamar para construir en una zona próxima una factoría azucarera. Poco tiempo después, el incipiente batey exhibió cien casas fundacionales para los empleados y una decena de barracones para alojar a braceros caribeños. Tres años más tarde hizo su debut el primer cine, el cual fue durante un tiempo el inmueble más alto de la comarca.
Tenía un solo piso y lo construyeron en una cancha de tenis en las cercanías del actual centro nocturno Minas Blancas (antigua La Piragua). Pero solo tuvo 14 años de vida, pues en 1928 fue reducido a cenizas por tres jóvenes que jugaban en sus cercanías con fósforos y papeles encendidos. Una de sus paredes perduró en el tiempo. Le sirvió de fondo a la tarima de los músicos en La Piragua.
Aquel cine lucía un portal rectangular sostenido por cuatro columnas torneadas. Se accedía a su interior por una puerta que daba a un lobby con taquilla y mostrador donde el español David Ferreiro vendía cigarros, golosinas y bebidas. Sus palcos se elevaban un metro sobre el nivel del piso y, junto con el lunetario de sillas de madera, podían acoger a unas 700 personas. Contaba con un gran escenario, donde actuaban varias compañías teatrales de la época, como la de Enrique Arredondo, y artistas como Radeunda Lima y Esther Borja.
Las películas silentes de entonces las proyectaba sobre una pantalla blanca un albañil de origen canario cuyo nombre nadie recuerda. Las tandas fílmicas mudas tenían de fondo música de piano o de acordeón ejecutada por un holandés radicado en el poblado. Este cine gozó de extraordinaria notoriedad y simpatía entre los manatienses, en tanto representó una magnífica alternativa para la recreación.
Todos los días programaba dos cintas, cuyas bobinas embaladas en cajas metálicas llegaban al pueblo por carretera y ferrocarril desde la distante ciudad de Holguín. Su proyección se divulgaba mediante bocinas y vallas colocadas en lugares estratégicos Este cine fundacional le fue arrendado para su explotación al dentista Alberto Pereda y a José Santa Eulalia, empleado de la compañía azucarera.
El terruño dispuso luego de otra instalación cinematográfica de alrededor de 300 butacas nombrada San Miguel en honor al santo patrono del pueblo. Según me contó el difunto Antulio Moreno, dicho local se edificó en la zona donde radican hoy las oficinas de la Dirección Municipal de Estadísticas y la otrora vivienda de Modesto Cortés. Otros manatienses replican que no fue allí, sino donde está actualmente la Casa de la Cultura. Disponía de un timbre eléctrico para anunciar el inicio de las tandas y de un solo proyector. Durante la obligada espera para cambiar de rollo, el citado pianista holandés le regalaba al público una pieza musical.
Ante el incremento de la población y de su gusto por el arte teatral y por la imagen en movimiento, la Manatí Sugar Company concedió en 1943 un préstamo de casi 14 mil pesos para construir el tercer y último cine del pueblo. Pocos sitios de la localidad pueden blasonar de una historia tan interesante como esa institución nuestra que levanta su original estructura frente al parque José Martí.
Su inauguración data de noviembre de 1944, de lo cual da fe la foto nocturna insertada en la parte superior derecha de este post. El año 1942 que le aparece grabado en un costado alude a la fecha en que se le colocó su primera piedra por parte de don Salvador Rionda, a la sazón Administrador General de la Manatí Sugar Company. No era tal cual es hoy, pues entonces su portal era abierto y permitía ver las carteleras de los filmes de la semana traídos por el negro Pedro en su bicicleta comercial desde la estación de ferrocarril.
Recuerdo perfectamente las fotos de Cantinflas, Claudia Cardinale, Jean Marais, Alain Delon y Sofía Loren colgadas de las paredes, mientras los cinéfilos leían las sinopsis para confirmar si valía la pena entrar a una de las dos tantas nocturnas. Las entradas, por cierto, no se adquirían por fuera, sino en una taquilla rodante que se situaba en el portal poco antes de iniciar la proyección.
Cuando se ofertaba una buena película, la multitud se agolpaba desde temprano dentro del portal para obtener las papeletas de entrada. Entonces el artefacto con su taquillera dentro rodaba de aquí para allá, de allá para acá, chocaba contra la pared, perdía el equilibrio... Al concluir la función lo volvían a guardar hasta el otro día.
En la primera fila se sentaban los niños. Desde las butacas de madera podían distinguir mejor la figura de Charlot o la máscara de Fantomas. Si la cinta era prohibida para sus edades, les quedaba la posibilidad de verla furtivamente a través de los canales exteriores de ventilación, cuya posesión se disputaban a empellones. Un poco más atrás se sentaban a besarse las parejitas de novios adolescentes, a quienes les interesaba un bledo la película y sí el recorrido de la acomodadora de turno, quien los acosaba constantemente con la luz de su linterna. Para combatir el asfixiante calor, la sala contaba con unos enormes extractores a ambos lados del proscenio y de un par de viejos ventiladores de pie que metían un ruido infernal.
La técnica de proyección fallaba a menudo, por lo cual era frecuente escuchar exclamaciones de ¡cuadra, Padilla! cuando las imágenes se negaban a alinearse correctamente sobre la pantalla. Alejandro Padilla, como seguramente recuerdan mis contemporáneos, era el proyeccionista del cine. Falleció recientemente. Otra estampa común durante los rodajes de los filmes era la de los «graciosos» que se prestaban para vociferar apodos o para hacer públicos adulterios y secretos de alcoba. ¡De cuántas cosas se enteraban los espectadores por aquella original vía! Y si era cuando se rompía la cinta de celuloide y encendían las luces... Bueno, ¡la rechifla era descomunal!
Sí, sobre nuestro viejo cine -remozado varias veces, desmantelado por ciclones otras y vuelto a enderezar siempre- existen historias para contar. A más de 40 años de distancia, conservo intacto su recuerdo en un sitio especial de mi corazón.

 
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