lunes, 20 de abril de 2009

El manatiense del Valbanera

Los desastres marítimos son como suertes de referencias siniestras adheridas al pasado. Lo digo porque hasta la primera mitad del siglo XX era frecuente que un navío zarpara de un puerto cualquiera y naufragara días después con su consabida cuota de víctimas mortales. De nada valía ser el último grito tecnológico en materia naval. Barcos con semejante currículo también se fueron a pique.
Así le ocurrió al trasatlántico Titanic en su viaje inaugural de Inglaterra a Estados Unidos. En la noche del 14 de abril de 1912, cuatro días después de zarpar del puerto de Southampton, aquella joya de la ingeniería considerada insumergible por sus vanidosos armadores impactó por la banda de babor contra un enorme iceberg a 153 kilómetros al sur de Terranova, se partió en dos y se hundió en el mar. Se salvaron solo unos 700 pasajeros de los más de mil 300 que llevaba a bordo.
Otra catástrofe célebre fue la del Morro Castle, un lujoso barco de pasaje que cubría la ruta La Habana-Nueva York. El 8 de septiembre de 1934 se desató un fuego en su biblioteca. Las llamas se hicieron incontrolables y se extendieron rápidamente por salones, camarotes y cubierta. Ante la amenaza real de morir carbonizados en aquel infierno flotante, muchos pasajeros intentaron salvarse lanzándose a las frías aguas del mar. De las 558 personas que transportaba, 134 murieron en el intento. Era el Día de la Caridad del Cobre.
Hoy la ciencia y la técnica aplicadas al transporte marítimo han neutralizado casi por completo la posibilidad de un naufragio. Los navíos modernos cuentan en su equipamiento con instrumentos de navegación altamente precisos. Esas herramientas propician no solo maniobrar sobre el mar con extraordinarios niveles de seguridad. También garantizan las comunicaciones para que, en caso de peligro, se solicite auxilio con la certeza de recibirlo en breve tiempo.
José María López, un español ya fallecido que durante muchos años residió en el municipio tunero de Manatí, se salvó en tablitas de perecer ahogado en una de las tragedias navales más famosas de la historia: la del Valbanera, el vapor de bandera española que naufragó frente por los embates de un ciclón tropical con saldo de 488 fallecidos. La historia la escuché en 1994 de labios del propio José María tiempo antes de que le dijera adiós al mundo de los vivos.
El Valbanera era un buque de casco de acero de seis mil toneladas de peso bruto, 131,90 metros de eslora y 12 nudos de velocidad crucero. Había sido construido en 1906 en Glasgow, Escocia, y podía transportar más de 1200 personas. De hecho, cuando zarpó del último puerto antes de cruzar el Atlántico, llevaba a bordo 1230, entre pasajeros y tripulantes. Se había hecho a la mar en Barcelona el 10 de agosto de 1919 para tomar rumbo a América con escalas en Cádiz, Las Palmas, Santa Cruz de Tenerife, Santa Cruz de La Palma, San Juan, Santiago de Cuba, La Habana, Galveston y Nueva Orleans.
«Monté junto a mi familia en Cádiz –me contó José María, quien nació en La Mancha, Albacete, el 19 de marzo de 1904-. Viajábamos de regreso a Cuba mis padres, cinco hermanos míos y yo, que había estado en mi país de origen durante un año. Aguardamos 10 días por el barco, más otros 17 de travesía sobre el Atlántico. Nos aburrimos como ostras en medio del mar hasta que llegamos a San Juan, Puerto Rico. Recuerdo que en el muelle donde atracamos nos entreteníamos lanzando monedas al agua para que los chicos de por allí las bucearan. Uno de ellos abordó la nave y viajó con nosotros de polizón».
Luego de su estancia boricua, el Valbanera se hizo de nuevo a la mar y el 5 de septiembre tiró anclas en el bello puerto de Santiago de Cuba. Ahí comenzó el enigma que rodea su naufragio, pues, a pesar de que la mayor parte de sus 1152 pasajeros había sacado billete hasta La Habana, 742 de ellos desembarcaron en la ciudad oriental cubana. Varios alegaron que sus lugares de destino quedaban más cerca de Santiago que de la capital de la isla. Eso les salvó la vida.
«Cuando llegamos a Santiago, un paisano que venía en el barco como sobrecargo nos recomendó que bajáramos a tierra y nos fuéramos por ferrocarril hasta Las Villas, donde residíamos por entonces -relató José María, quien tenía a la sazón 15 años de edad.- Nos aseguró que así ganaríamos tiempo, pues llegaríamos a casa cuando el Valbanera aún no habría entrado a La Habana. Aceptamos su recomendación y, en efecto, realizamos un viaje magnífico en tren hasta Santa Clara».
Mientras tanto, el vapor español desatracó del muelle y enfiló la proa hacia la capital de Cuba con 488 personas a bordo. Un diario habanero escribió después de la cruel tragedia: «¿Conocía el capitán Martín Cordero la formación de un gran ciclón en el Golfo? Es una pregunta que probablemente quedará para siempre sin respuesta. Desde la Punta de Maisí fue avistado el buque por penúltima vez, navegando a toda máquina en un mar extrañamente en calma y, como telón de fondo, un cielo que comenzaba a llenarse de amenazadoras nubes».
En la noche del 9 de septiembre, algunos marineros de buques atracados en el puerto habanero escucharon entre el tronar del viento el desesperado aullido de una sirena pidiendo práctico. Los marinos contaron después que llegaron a distinguir las luces de un vapor que capeaba el temporal frente al Castillo del Morro mientras hacía insistentes señales en Morse con una lámpara. Desde la Capitanía del puerto le comunicaron por esa misma vía que, por las peligrosas condiciones del tiempo, eran imposible enviarle un práctico.
Dicen las crónicas de la época que el capitán del Valbanera entendió perfectamente el mensaje e informó a su vez que intentaría escapar del huracán mar afuera o en una rada de la Florida. El buque viró lentamente hacia el norte entre las crestas de las gigantescas olas que se estrellaban contra los acantilados. En pocos minutos sus luces se perdieron entre la lluvia y las cortinas de agua salada. No sospechaba el marino que el huracán llevaba la misma dirección.
«Del drama nos enteramos días más tarde por los periódicos -recordó José María-. Supimos horrorizados que el Valbanera nunca llegó a La Habana y que naufragó sin que nadie sobreviviera. En nuestro pueblo de España repicaron las campanas de la iglesia en memoria de la familia López, porque nos creían muertos. Después que pasó el ciclón, estuvieron buscando el barco por la zona durante 10 días hasta que un cazasubmarinos norteamericano lo encontró a 40 pies de profundidad frente a la Isla Tortuga. Nosotros nos salvamos por un golpe de fortuna. ¡Un milagro! Y por el consejo de aquel paisano que quedó a bordo y bajó para siempre con el Valbanera al fondo del océano».

 
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