domingo, 17 de febrero de 2013

Aquel tiburón-ballena


El 19 de abril de 1982 un suceso poco común hizo impacto en los apacibles predios del Puerto de Manatí: la captura en la zona de Palancón de un enorme tiburón ballena cuyo peso ascendió a... ¡nueve mil 590 libras!, el mayor de su tipo de los atrapados en Cuba en cualquier época. El ejemplar resultó de tales dimensiones que se hizo necesario recurrir a una grúa para izarlo, de lo cual dejó constancia el Periódico 26 en una gran fotografía de página interior. 
Tenían razones para el asombro los portuarios, acostumbrados a pescar con sus avíos bichos de menor rango. El tiburón ballena, realmente, es el mayor pez de los mares, una colosal criatura que llega a alcanzar 20 toneladas de peso y 18 metros de longitud. Su cola puede medir de lado a lado más de dos metros y su descomunal boca tiene capacidad para tragarse de una vez a una persona nadando de costado. Los pescadores lo conocen también por los nombres de damero y pez dama, y aseguran que su carne es exquisita. Afortunadamente, a este gigante no le interesan los seres humanos, porque se alimenta solamente de plancton y pequeños peces. 
Por cierto, no fue extravagante ni mucho menos la presencia en nuestras latitudes de tan enorme ejemplar, pues abunda en el Océano Atlántico y se le puede encontrar en aguas costeras, tanto tropicales como templadas. Este del que les hablo fue capturado a 20 pies de profundidad a unos 400 metros de la orilla, luego de enredarse en una de las redes pesqueras. La captura de aquel gigante trascendió la geografía portuaria para extenderse por toda la nación. ¡Todos los medios informativos cubanos reportaron aquel inusual suceso! 
El colosal pez fue remolcado desde 24 kilómetros de distancia desde una embarcación tipo Osla por los pescadores Franklin Roque, Celso Rodríguez y Germán Justo luego de permanecer 48 horas en las redes. Se aferraba tanto a la vida que hubo que realizarle ocho disparos de bala para remitirlo al otro mundo. Las mediciones realizadas entonces certificaron que el bicho medía 11 metros de largo, 15,3 pies de diámetro, 5,5 pies de ancho de cabeza y 51 pulgadas de ancho de boca. Además, se le extrajeron cuatro mil 795 libras de excelente carne y su piel fue aprovechada con fines industriales. 
Pero el acontecimiento no quedó solamente en la captura del pez y en la difusión de la noticia. ¡Ni se lo imagine! A los pocos días un compositor fue visitado por las musas y compuso una guaracha relacionada con el tema que las emisoras de radio se encargaron de popularizar, interpretada por el grupo musical Los Caribeños. En fin, que aquel tiburón ballena se hizo celebre en todo el territorio nacional y todavía, más de un cuarto de siglo después, se le recuerda.

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domingo, 27 de enero de 2013

Cafetería Milagritos

Esta foto tiene más de medio siglo de existencia. Se trata de la inauguración de la cafetería Milagritos, propiedad de una de las personas más decentes y queridas que recuerden los anales de Manatí: Joaquín Faura, un malagueño aplatanado en la zona, quien figura a la derecha, acodado sobre el mostrador. El nombre de Milagritos lo tomó Faura de la menor de sus hijas, llamada así, Milagros Faura. La niña también aparece retratada, en brazos de su madre. La cafetería Milagritos estaba situada en el centro del batey azucarero, donde funciona hoy una academia de ajedrez, entre la antigua fonda de los Folgueira (hoy restaurante Argelia) y la casa de René Pereda. Al lado tenía Faura una tienda, que daba acceso a la casa familiar, situada al fondo del establecimiento. En la dependencia no solo se vendía café -hecho en una enorme y eficiente cafetera de vapor-, sino también cigarros, tabacos y confituras. La imagen fue tomada por Mario Gallo, quien, por entonces, era dueño de un estudio fotográfico en Manatí. Joaquín Faura falleció hace ya algunos años en la ciudad de Las Tunas. Su hija Milagritos vive en La Habana. Me la encontré hace poco tiempo, en unión de su hermana Carmita, en la terminal de ómnibus de Las Tunas, después de más de 30 años sin vernos. Gracias a ellas consegui esta foto que hoy comparto con ustedes.

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domingo, 30 de diciembre de 2012

La cólera del profesor Sela

Desconozco si mis antiguos compañeros de aula recuerdan a un profesor de Fotografía que tuvimos en el primer año de la carrera de Periodismo, cursada entre los años 1988 y 1993 allá en la Universidad de Oriente, en la indómita Santiago de Cuba.
Era un vejete hiperquinético y cascarrabias, de apellido Sela. Ninguno de nosotros le hacíamos el menor caso a sus regaños. El pobre, no sabía cómo arreglárselas para controlar aquel grupo repleto de jodedores. 
Un día, como parte del programa de la asignatura, nos llevó a conocer por dentro el laboratorio fotográfico. Se trataba de un local de dimensiones sumamente reducidas, y, como él nos obligó a todos a entrar, quedamos allí apretujados unos contra otros. El profe, a duras penas, nos mandó a hacer silencio y comenzó a explicarnos con voz gangosa que el revelado de los negativos demandaba hacerse en la más completa oscuridad. Y, para demostrarlo, mandó a uno de nosotros a apagar la luz del recinto. 
En ese fugaz, brevísimo momento, una mano «misteriosa» se abrió paso entre las sombras y, con toda la intención, la exactitud y el irrespeto del mundo, le tocó al infeliz docente la zona del cuerpo donde la espalda pierde su noble nombre. El profesor soltó un «¡coñooooo...!» de sorpresa e indignación. Luego hizo lo que no debía hacer. Porque, en lugar de quedarse callado para que nadie se enterara de la broma de la que había sido víctima, armó una algarabía descomunal. 
A tientas, y apartando gente en medio de las tinieblas, llegó hasta el interruptor eléctrico, encendió la iluminación y gritó: «¡Carajo, ahora mismo me van a decir quién fue el falta de respeto que me cogió las nalgas!». La carcajada general que provocó su insólita exigencia impidió escuchar las amenazas y los improperios que vinieron detrás. Por fortuna, la sangre no llegó al río y el incidente no tuvo mayores consecuencias. 
Siempre he pensado que el autor de aquella extravagante jarana  que tanto nos hizo reír entonces fue Carlos Julio Remedios Compti (en foto de la época, sentado, junto a Armando Céspedes, otro chivador del grupo), hoy periodista de la redacción deportiva de Tele Cristal, en Holguín. Sin embargo, y seguramente por razones de seguridad, mi amigo Carlos nunca lo ha reconocido tácitamente, ni en público ni en privado. 
Si en definitiva fue él -como continúo creyendo- ya puede admitirlo sin temor a represalias. No solamente porque el profesor Sela falleció hace ya un buen tiempo y no podrá pedirle cuentas. Sino también porque la mayoría de los «delitos» prescribe a los 20 años... ¡y de eso hace 23!

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lunes, 10 de diciembre de 2012

Una anécdota tragicómica

En fecha venidera celebraremos por acá el siglo de la fundación de Manatí, mi entrañable terruño natal. Aunque su debut territorial y demográfico data de mucho antes -el 20 de octubre de 1868 nuestros insurrectos incendiaron el pueblo y la iglesia de San Miguel-, las autoridades del municipio decidieron adoptar 1912 como referente por ser el año en que se iniciaron las obras constructivas del ingenio, cuya primera zafra se hizo 12 meses después. Se molieron entonces 15 millones 84 mil 788 arrobas de caña, con las fueron producidas 134 mil 757 sacos de azúcar de 320 libras cada uno. 
Pero no voy a hablar ahora de nuestra desaparecida fábrica, sino de sus torres. Esta foto congeló el momento en que -para orgullo de los manatienses en cualquier lugar de Cuba- disponía de cuatro chimeneas. Las primeras en levantarse fueron las metálicas. Se aprecian en color negro. Una aparece al fondo, casi tapada por el follaje de un higuillo que impuso su frondosa presencia en esa zona hasta que el huracán Ike lo convirtió en leña. Luego vienieron las chimeneas de ladrillos, es decir, el par restante. Con el tiempo, y por etapas, se demolieron todas y se erigieron dos más, esta vez por el sistema de paneles de hormigón y acero, todo -¡pa´su escopeta-! fundido allá arriba, en las alturas. En la parte izquierda de la foto se distingue una de esas torres en fase constructiva, con su cúpula todavía por terminar. 
Y aquí viene mi anécdota. Durante el levantamiento de una de ellas, por los años 70 del siglo pasado, la brigada especializada a cargo de su ejecución pasó un susto de anjá. Resulta que una mañana sus integrantes se encontraban en pleno ajetreo, a unos 50 metros de altitud, cuando de pronto -¡zaz!- una ráfaga de viento estuvo a punto de echar abajo el andamio sobre el cual trabajaban. Afortunadamente para ellos, consiguieron aferrarse como pudieron a las estructuras terminadas y no hubo que lamentar víctimas. Dicen que ese día interrumpieron la jornada laboral, bajaron a toda prisa por un cable y, para brindar en grande por su buena suerte, por poco se beben todo el ron del bar de los Folgueiras, que expendía a la sazón donde está hoy el restaurante Argelia.

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viernes, 30 de noviembre de 2012

Un dibujo de mis hijas

Un amigo tunero radicado en España -Juan Carlos Cuba Marchán-, me obsequió ayer algo que, por su naturaleza emotiva, le agradezco desde el fondo mismo de mi corazón. Se trata de este dibujo realizado por él a partir de una fotografía de mis hijas tirada por mí, y que hice pública aquí mismo, en mi muro. Para mi beneplácito, numerosos amigos la comentaron entonces en términos sumamente gratos. Esta réplica artística -evidentemente distinta en cuanto a técnica y textura- la vieron mis chicas en la pantalla de la computadora tan pronto regresaron de la escuela. Se pusieron contentísimas con verse en esa dimensión, para ellas inédita. «Es una obra de arte», dijo la esnobista Sofía (izquierda), sin quitarle la vista. «Me parece algo muy lindo», dijo la pragmática Beatriz, con la certeza dibujada en el rostro. Creo que son los mejores elogios para mi apreciado tocayo allá en la península. Él prometió remitirme, tan pronto le sea posible, una copia del dibujo en formato de papel. Y yo le aseguré que, si se hace efectivo el envío, la colgaré dentro de un cuadro en la parte más visible de la sala, para que los visitantes la celebren y admiren. ¿Qué les parece el trabajo de mi coprovinciano, a todas luces un artista de excelencia?

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domingo, 11 de noviembre de 2012

Querida Guatemala...

Foto: GUATEMALA DE MI CORAZÓN

Por Juan Morales Aguero 

El terremoto que acaba de vestir de luto a la hermana República de Guatemala estremeció también las fibras más íntimas de mi sensibilidad. La naturaleza debería ahorrarles tragedias así, tan despiadadas, a naciones como esta, pobres y desvalidas. 
En el año 2002 recorrí en menesteres periodísticos más de una decena de departamentos de ese bellísimo país. Caminé cientos de kilómetros a través de su geografía, tanto por angostos senderos mayas como por entre la cordillera de los Cuchumatanes. 
Con los pelos de punta, rodé en pickoup, motocicletas y automóviles por terracerías de una sola senda, escamoteadas a la montaña al borde mismo de los precipicios. Quedé fascinado por la hospitalidad de su gente y la exuberancia de su entorno.
El chapín -como le dicen a los guatemaltecos- lleva su estirpe indígena rotulada en el semblante. Compartí con muchos, muchísimos de ellos, en aldeas de Alta Verapaz como La Tinta, Xenahú, Tucurú, Telemán, Panzós, Fray Bartolomé... 
En Huehuetenango comí tortillas de maíz en Nentón, Jacaltenango, San Pedro Nexta, San Juan Ixcoy, Barilla...; en los Petenes me deleité con la hermosura de Sayaxché, Flores, Tikal y Poptúm; en Quiché paseé por Joyabaj, Uspantán y la Zona Reina… 
En Nevaj anduve por Chajul, Cotzal, La Perla, Santa Delfina...; en Totonicapán caminé por San Antonio Sija, San Francisco, Momostenango... Visité, además, Quetzaltenango, Salamá, San Marcos, Chiquimula, Jalapa, Antigua, Nueva Concepción... 
En todas partes, el descendiente maya devino recurrencia, con su secular atuendo, su cocina singularísima, sus casas de tallos de maíz, su gama de dialectos, su gentileza congénita, su asombrosa educación formal, su gratitud hacia los galenos cubanos ... 
En la foto que preside esta nota aparezco junto a una familia indígena, en la aldea de Tuxhilá, en Alta Verapaz. Pasé junto a sus miembros una mañana inolvidable mientras el médico cubano Raúl Fornet -solícito- atendía dolencias y recetaba medicamentos.
No olvido en este momento de tragedia que el Himno Nacional de Guatemala -uno de los más bellos del mundo- lo escribió el cubano José Joaquín Palma. Y que nuestro José Martí dejó allí una huella intelectual y sentimental que honra a ambas naciones. 
En estos instantes de dolor generados por los estragos del sismo, mis recuerdos no se agrietan y permanecen incólumes. Estoy junto a los guatemaltecos en su dolor. Llegue hasta ese pueblo antiquísimo y sufrido no solo mi solidaridad, sino también mi amor.El terremoto que acaba de soltar sus demonios sobre la hermana República de Guatemala estremeció -también violentamente- las fibras más recónditas de mi sensibilidad. La madre naturaleza debería ahorrarles tragedias así, tan despiadadas y terribles, a naciones como esta, pobres y desvalidas.
En el año 2002 recorrí en menesteres periodísticos más de una decena de departamentos de ese bellísimo país centroamericano. Quedé fascinado por la hospitalidad de su gente y la exuberancia de su entorno color esmeralda.
Aproveché al máximo mi estancia por allá. Así, caminé kilómetros y kilómetros a través de su geografía, tanto por angostos senderos como por entre la cordillera de los Cuchumatanes. Divisé peligrosos pumas, quedé exhausto al llegar a la cima de una montaña, tomé guaro con un viejo aborígen, asistí a un rito religioso y eludí serpientes barbiamarillas.
Con los pelos de punta, rodé en motos, camionetas, camiones y automóviles por terracerías de una sola senda, escamoteadas a la montaña al borde mismo de los precipicios. Trepé a lomos de mulos hasta algunos de sus picachos más agrestes. Y hasta escalé una ladera del volcán de Agua, que duerme hoy, afortunadamente, el sueño de los justos.
Los chapines -como les dicen a los guatemaltecos- llevan su genealogía indígena rotulada en el semblante ancho, noble y cobrizo. Compartí con muchos, muchísimos de ellos, en aldeas de Alta Verapaz como La Tinta, Xenahú, Tucurú, Telemán, Panzós, Fray Bartolomé...
En el montañoso Huehuetenango comí tortillas de maíz en Nentón, Jacaltenango, San Pedro Nexta, San Juan Ixcoy, Barilla...; en los Petenes me deleité con la hermosura de Sayaxché, Flores, Tikal, Santa Elena y Poptúm; en Quiché paseé por Joyabaj, Uspantán y la Zona Reina…
Anduve por el llamado Triángulo Ixhil -formado por Chajul, Cotzal y Nevaj-. Y, en la propia zona, por La Perla, Santa Delfina, Pombalsé...; en Totonicapán caminé por San Antonio Sija, San Francisco, Momostenango... Visité Livingston, Puerto Barrios, Quetzaltenango, Salamá, San Marcos, Chiquimula, Jalapa, Antigua, Nueva Concepción...
En todas partes, el descendiente maya devino recurrencia, con su secular manera de vestir, su cocina singularísima, sus casas de tallos de maíz, su heterogénea gama de dialectos, su gentileza congénita, su pasmosa educación formal, su gratitud hacia los galenos cubanos ...
En la foto que preside esta nota aparezco junto a una familia indígena, en el pimpollo de la aldea de Tuxhilá, en Alta Verapaz. Disfruté junto a sus miembros de una mañana inolvidable mientras el médico cubano Raúl Fornet -solícito- atendía dolencias y recetaba medicamentos.
No olvido en este momento de tragedia que el Himno Nacional de Guatemala -uno de los más bellos del mundo, según encuestas- lo escribió el cubano José Joaquín Palma. Y que nuestro José Martí dejó allí una huella intelectual y sentimental que honra a ambas naciones.
En estos instantes de dolor generados por los estragos del demoledor sismo, mi corazón está al lado de los guatemaltecos. Mis recuerdos no se agrietan, permanecen incólumes.  Llegue hasta ese pueblo antiquísimo y sufrido no solo mi solidaridad, sino también mi amor.

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jueves, 4 de octubre de 2012

Las frases de mi Sofía

Tengo dos hijas que le dan sentido a mi existencia. Ustedes lo saben, porque mucho que he escrito aquí sobre ellas. La mayor se llama Sofía (siete años de edad, en la foto), y la menor, Beatriz (seis años). Son dos chicas despiertas y ocurrentes. A menudo, tanto una como otra se gastan unas frases que, vaya... ¡me dejan de una pieza!  Compartiré con ustedes algunas dichas por Sofía. En una próxima entrega irán las de Beatriz, quien también se las trae en cuanto a agudeza. Advierto que Sofía es de personalidad fantasiosa y soñadora; Betica, por su parte, es pragmática y realista. ¡Qué gran fortuna verlas tan diferentes! No existe nada más aburrido que la homogeneidad. Ahí van algunas «perlas» de mi Sofi.

1- «Papito, escucha: si los niños no deben ver telenovelas, porque, según tú, están hechas para adultos, los padres tampoco deben ver muñequitos, porque están hechos para los niños» (así me dijo cuando me sorprendió viendo animados por la tele).

2- «Papito, tengo que hablar bravamente contigo» (esa fue su expresión el día en que no fui puntual al buscarla en el círculo infantil. Estaba indignadísima e inventó ese simpático adverbio).

3- «Papito, ¿es cierto que cuando los dinosaurios existieron yo era solamente una diminuta célula?» (me quedé patitieso, jajajaja).

4- «Papito, yo tuve un noviecito de mentiritas en el círculo que se llama Christian Hernández». Yo le dije, en broma: «Sofía, pero es muy feo» Y ella, indignada: «Papito, para mí todas las personas son lindas».

5- «Papito, ¡cómo hay nubes en el cielo esta noche! Me gustaría agruparlas, convertirlas en algodón y curar con ellas todas les heridas del mundo» (me dejó sin palabras, y ella, como si acabara de decir la frase más común de su repertorio, se fue a otra parte).

6- «Papito, me gustaría saber cocinar para hacerte todos los días almuerzo y comida» (nada, sencillamente..., ¡no sé qué decir!).

7- Beatriz estaba llorando porque quería un pañito que traía Sofía. «Yo lo quiero», sollozaba Betica. Y Sofía: «Bueno, Betica, tú lo podrás querer, pero quererlo no significa que lo tendrás» (jajajajajaja).

8- «Papito, te diré algo: el refresco instantáneo es instantáneamente rico» (sencillamente genial. Y perdonen a este padre adulador).

9- «Papito, en tu librero hay un libro que se llama La paciente impaciencia. Pero a ti hay que llamarte al revés: La impaciente paciencia, porque no tienes paciencia para nada» (respuesta de Sofía ante mi impaciencia por su demora en prepararme un refresco. La paciente impaciencia es un libro del nicaraguense Tomás Borge).

10-  Una mañana, mientras la llevaba de la mano a la escuela, comencé a hacerle preguntas diversas. Sofía se cansó de responder. Y, de pronto, me dijo: «Papito, no me preguntes tanto». Y yo: «Sofi, recuerda que soy periodista, y los periodistas preguntamos mucho». Y ella: «Sí, eres periodista, lo sé, pero tú no me estás haciendo una entrevista».

11- Una noche, intencionadamente y a manera de relato aleccionador, le conté a Sofía algo desagradable que le había ocurrido a otra gente.  Me prestó mucha atención. Finalmente, dijo: «Ay, Papito, ojalá que eso no nos ocurra nunca a nosotros. Déjame tocar madera». Pero, como no había ningún objeto de madera por los alrededores, cambió de idea: «Bueno -se justificó-, no veo  nada de madera por aquí cerca. Pero yo creo que da lo mismo si toco algo de hierro». Y, ni corta ni perezosa, Sofía tocó tres veces con sus nudillos un brazo del sillón metálico en el que ambos estábamos sentados.

12- «Tía, no te pongas brava por lo que te voy a decir, pero, con ese pelo alborotado, te pareces a un científico que le ha explotado un experimento en la cara» (así le dijo a una tía que, acabada de levantar por la mañana, todavía no se había peinado).

13- Tiene muchas inquietudes idiomáticas. Una vez me preguntó: «Papito, las palabras son injustas. ¿Por qué se le dice solamente lunar, y no también solar, a esa manchita que tenemos en el cuerpo? La Luna y el Sol tienen el mismo derecho». Y en otra: «Papito, si tú me dices que te dé un abrazo, es con los brazos. Pero si te paso una pierna por encima cuando estoy durmiento, lo que te estoy dando es un apierno. ¿no te parece?»  (En ambas ocasiones le respondí: «Ahh, no Sofía, por favor, yo de eso no sé nada, no me atormentes»).

14- Una tarde se peleó conmigo porque no quise complacerle uno de sus caprichos. «¡Ya no serás más mi papito!», me hizo saber, llorosa. Al poco rato me necesitó para algo impostergable. Le hacía falta una hoja de papel y yo podía facilitársela. Pero, como me había dicho que ya yo no sería más su papito, quería dirigirse a mí de forma tal que no afectara su «dignidad». Y la encontró. Me dijo muy seria, luego de un receloso e indeciso merodeo en torno mío: «Ex-papito, ¿podrías regalarme una hoja?». Se la busqué, la tomó en sus manos y, después que me dio la espalda sin darme ni siquiera las gracias -y a hurtadillas, para que no me escuchara- por poco me muero de la risa.

15- Mientras ella veía muñequitos en el televisor de la sala, yo tecleaba la PC, ansioso por ponerle punto final a un reportaje. En eso tocaron a la puerta. Por los golpes supe que era Beatriz, quien jugaba fuera de la casa con sus amiguitas y venía en busca de algo de comer. Como la puerta me quedaba algo distante y el sillón donde se había acomodado Sofía estaba casi al lado, le pedí desde el cuarto: «Sofi, abre, que es tu hermana». Y ella, absorta y sin quitar la vista de la pantalla, me replicó, tranquilamente: «Abre tú, que es tu hija» (acabó conmigo jajajajaja...).

16-  Todas las mañanas, camino a la escuela, tomo una flor de un rosal vecino y se la regalo. Hubo una particularmente hermosa. «Mïrala bien, Sofi, qué pétalos tan parejos, qué olor tan delicado, qué color tan bonito... Solo la madre naturaleza puede crear algo así tan perfecto, ¿no te parece?». Calló un momento y luego me replicó: «Bueno, Papito, lo que dices de la flor es verdad. Pero la que no es tan perfecta es la naturaleza, porque si lo fuera  no nos hiciera sufrir con sus ciclones».

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lunes, 1 de octubre de 2012

Caldosa y pentagrama

Desde hace más de 30 años, las fiestas cederistas tuneras no se conciben si entre sus invitados de honor no prevén a un «personaje» de suculenta y tonificante casta: la popularísima caldosa. 
Se trata de un plato de padres desconocidos. Pero, por caprichos de la fortuna, un matrimonio local -José Enrique Pérez (Quique) y Luz Marina Zaldívar (Marina)- lo legitimó ante el paladar público con la ayuda de las musas que merodean la sensibilidad de cierto profesor tunero de Biología, ajeno a los sofritos y las sartenes. 
El «milagro» se produjo cuando Rogelio Díaz Castillo, guitarrero aficionado y vecino de la pareja, compuso una simpática guaracha inspirada en una noche en la que la gente de su barrio aguardaba por el nuevo día para celebrar una importante conmemoración nacional. 
-Fue el 25 de julio de 1979 –evoca Rogelio, hoy Doctor en Ciencias Pedagógicas-. Nos reunimos todos para esperar el 26 aniversario del asalto al cuartel Moncada. Quique y Marina tenían otro motivo para festejar por lo alto: su hijo Pachi acababa de llegar de la URSS, luego de cursar exitosamente sus estudios en aquella nación. 
«Acordamos que nadie se marcharía a casa antes de que llegara la medianoche –prosigue-. Cuando faltaba más o menos una hora, dudamos que el pacto se cumpliera. La parranda había arrancado temprano y ya algunos acusaban los efectos de la fatiga y de las copas». 
Relata el profesor-músico –y también viceversa- que entonces, como salidos de la chistera de un mago, aparecieron en escena Quique y Marina. Cargaban entre ambos un caldero repleto de «algo» que, a juzgar por su sazonado aroma, parecía capaz de revivir un muerto. 
Comenzaron a repartirlo con un cucharón entre los presentes. «Prueben esto y verán cómo se reaniman», repetía una y otra vez Quique, mientras escanciaba caldo en jarros y tazones. Y así fue. Al rato, la fiesta cobró inusitados bríos. Y la gente empezó a bailar, ya no hasta las 12 campanadas, sino hasta… ¡las tres de la mañana!

NACE UNA GUARACHA

-El convite revivido por la caldosa me inspiró a escribir una guaracha –admite Rogelio-. La titulé La caldosa de don Quique y la canté junto a mi vecino, con su hija Lolita a las maracas. Nunca sospeché la gran repercusión que alcanzaría. Y algo inaudito: no se estrenó en una emisora tunera, sino en la televisión nacional. 
Según Rogelio, la pieza comenzó a tejer su historia cuando él conoció a Inocente Iznaga, El Jilguero de Cienfuegos- durante la Jornada Cucalambeana de 1979. Se le acercó y, luego de presentarse, le dijo: «quiero que escuche esta guaracha mía. Tal vez encaje en su estilo». 
El artista escuchó al joven cantautor, que, en la interpretación más importante de su vida, se hacía acompañar por una guitarra. No emitió juicio. Solo le pidió al muchacho que le hiciera llegar la pieza con Ana Navarro, una tunera amiga cuyos padres –Amparo y Joaquín- tenían relaciones con músicos de la época. Rogelio se la llevó. Y la mujer se la entregó a Inocente Iznaga en su primer viaje a la capital. 
-Pero tenía reservada una gran emoción –rememora-. Fue un domingo de enero de 1980. Me avisaron por teléfono que El Jilguero de Cienfuegos estrenaría esa noche La caldosa de don Quique en el programa Palmas y Cañas. Compré un par de botellas de ron e invité a varios amigos a compartir conmigo aquel minuto de gloria frente al televisor. Ellos pensaron que se trataba de una triquiñuela mía para que me ayudaran a cargar ladrillos. Ninguno acudió a la cita. ¡Y se lo perdieron! 
«A punto de comenzar el espacio televisivo, acertó a pasar frente a mi casa el escritor Guillermo Vidal, ya fallecido. Lo puse al tanto de lo que iba a ocurrir. Y, para inmenso honor mío, me hizo compañía, junto a mi esposa y a mi mamá, en aquella singular premiere. 
«El estreno tuvo un preludio jocoso –acota-. El animador era Agustín Roquefuentes, y, en un momento en que El Jilguero se le acercó, le dijo: “oye, tú que vas con frecuencia a Las Tunas, ¿sabes qué es la caldosa?” Y el artista le respondió: “¡Pues claro que lo sé, chico, si hasta traigo para cantar una guaracha de Rogelio Díaz Castillo sobre ese plato tunero”. Y ahí arrancó el acompañamiento musical». 
El número cobró inusitada celebridad. Su auge sobrevino en 1981, cuando Las Tunas organizó las actividades centrales por el 26 de Julio. La emisora Radio Victoria la estrenó en cinta magnetofónica, presentada pro el locutor Rafael Urbino. Resultó un exitazo. Los oyentes la solicitaban y los programas los complacían. Se extendió por toda Cuba y los CDR la acogieron como símbolo de sus festejos.

¡QUÉ BIEN SE CAMINA!

Previo a las actividades por el Día de la Rebeldía Nacional, visitaron Las Tunas personalidades de diversos sectores. Expectantes, casi todas preguntaban a sus anfitriones: «¿Dónde podemos probar un plato de caldosa?». Como ya supondrá el lector, el hogar de Quique y Marina se convirtió -ipso facto- en lugar de recurrencia. El tema y sus protagonistas devinieron, además, enorme suceso mediático.
En unos pocos meses, la fama alcanzada por la chispeante guaracha convirtió a Quique y a Marina en emisarios caldoseros. En tales menesteres, y con el beneplácito del gobierno local, recorrían el país. Aquí, allá y acullá los requerían para que, en sus carnavales, ellos les cocinaran de cuerpo presente el apetitoso plato.
-Hubo un momento en que atendieron áreas de elaboración de caldosa en La Habana (calle G) y Santiago de Cuba (reparto Sueño) –asegura Rogelio-. Viajaban en avión entre las dos ciudades para estar al tanto de cada detalle y que nada fallara. Más de una vez los vi por la televisión, concentrados en su labor y aclamados por la gente.
«En una de esas ocasiones, observé a Quique con una mano vendada. La razón me la contó luego él mismo, muerto de la risa: “Fue por una quemadura –dijo-. Los comensales se impacientaban en espera de la caldosa. Cuando dijimos que estaba lista, un grupo se arremolinó contra el quiosco móvil y tumbó el mostrador. Por instinto, y para que no me arrastraran, me agarré del asa de una olla hirviendo”.
«Participé con ellos en varios recorridos. Fuimos invitados, por ejemplo, a la Revista de la Mañana y al Festival de la Radio de Bauta. Pero Quique y Marina siempre fueron más conocidos que yo. De corazón te lo digo: eso no me molesta en lo absoluto. Ocurre como con los escritores, que crean personajes y luego estos los sobrepasan.
«Hay un refrán que reza: “nadie es profeta en su tierra”. Eso jamás funcionó con Quique y Marina, porque los tuneros los adoraban. Recuerdo un caso insólito. En 1981, en la zona del tanque de Buena Vista, montaron una caldosa gigante en cinco calderos grandísimos que dio cinco mil raciones. Fue en una actividad festiva, cuyo cierre estuvo a cargo de Celina González y El Jilguero de Cienfuegos. La televisión nacional la transmitió para toda Cuba. ¡Una apoteosis!
«Esa noche, cansado de tanta juerga, me acosté temprano. Pero apenas cerré los ojos, ya andaban en mi busca Homero Pérez –por entonces director de Palmas y Cañas-, Fernando Guardado, Figueredo Doncell y otros más. Pretendían seguir la fiesta, pero me escabullí. Al rato se aparecieron Miguel Ángel Céspedes y Sergio Farías a darme el «de pie». Andaban cantando por la ciudad. ¡Tuve que seguir la parranda!

MÁS ALLÁ DEL PLATO

«La caldosa se hizo tan célebre que, incluso, desbordó el contexto cederista. Estoy enterado de que en La Habana algunos estudiantes de la enseñanza media la han adoptado. No como plato, sino como sinónimo de festividad. “Ayer armamos una caldosa”, dicen. Puede que la elaboraran o no. Pero a sus celebraciones las llaman así: caldosa.
«Hay anécdotas cómicas. Una colega y yo –pertenecemos al Consejo Científico de la Ministra de Educación- comenzamos a investigar sobre tradiciones históricas. Me habló de una escuela habanera nombrada «28 de Septiembre». Fuimos allá y entrevistamos a varios alumnos.
«Entre otras cosas, les preguntamos por qué el centro se llamaba «28 de Septiembre». Para mi sorpresa, un estudiante despistado respondió: “porque ese día se inventó la caldosa de Quique y Marina”. Tuve que reírme. Es que algunos asocian la caldosa con esa fecha. El plato es, realmente, un auténtico símbolo de la unidad del barrio.
«Además de la versión de El Jilguero, La Caldosa de don Quique tiene otras. Entre ellas la de un grupo colombiano llamado Latin Brother, que la incluyó en un CD. Otra agrupación llamada Los Pinos la grabó con un sello japonés. La última que conozco –regettoneada- la hizo el grupo tunero El Balcón. El número se ha modernizado musicalmente. Incluso, existen varias versiones en tiempos de rap. Y hasta Aurora Basnuevo la cantó en un viaje que hizo al continente africano.
«He escrito unas 20 piezas. Pero, interpretadas por colectivos musicales, solo hay alrededor de 10. A La Caldosa de don Quique le continuaron en popularidad En 26 Las Tunas y El Sogón, ambos interpretados por El Jilguero de Cienfuegos; El chivo de Caisimú, por la orquesta Caisimú; y El Tiburón Ballena, por Los Caribeños.
«Mis relaciones con el fallecido Jilguero de Cienfuegos siempre fueron excelentes. Cuando iba a La Habana y lo visitaba, celebrábamos en grande. La última vez que lo hice llegué a su casa alrededor de la medianoche. Le solté una serenata junto a varios colegas. Luego armamos tremenda parranda.
«En su cumpleaños, el 28 de diciembre, Día de los Inocentes y San Inocencio, lo llamaba y conversábamos. La Caldosa de don Quique estará eternamente ligada a su currículo. Es un clásico de la cancionística cubana.
Quique y Marina fueron mis vecinos. Luego nos convertimos en una familia. Constituimos un equipo artístico. Él falleció el 15 de enero de 2004. Ella continúa ahí, aunque no como antes. «No, no sé hacer una buena caldosa. Para lo que sí estoy siempre dispuesto es para tomar la guitarra y descargar un rato. ¿Este 28 de septiembre? ¡Claro que hicimos un fiestón en el barrio! Y con caldosa, por supuesto».

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sábado, 8 de septiembre de 2012

Calle Gobernador Guillén

Guillén (centro) y su hijo (izquierda)
El Dr. Alfredo Guillén Morales fue un político y periodista tunero de inicios de la pasada centuria. Gastaba todavía pantalones cortos cuando se incorporó como un soldado más a las filas del Ejército Libertador de Cuba. Combatió en la toma de Las Tunas de 1897, a las órdenes del Mayor General Calixto García. Terminó la guerra con el grado de alférez. 
No eran los únicos méritos de aquel hombre de verbo florido e impetuoso carácter. Al fundarse en la zona el Partido Conservador, él fue su primer correligionario. Luego estudió Odontología y lo eligieron Representante a la Cámara. Desde su curul parlamentario puso en discusión un proyecto de ley para que todos los municipios cubanos dispusieran de servicios dentales. 
En su ejecutoria figuraba, además, el haber ocupado cargos importantes, como Consejero Provincial de Oriente, Gobernador Civil interino y hasta Gobernador titular. Siempre favoreció los intereses de su terruño. Más de una obra de la ciudad obtuvo compostura gracias a su apoyo. 
Con tan rico palmarés a guisa de argumento, y según registra el Libro de Actas del Ayuntamiento de Victoria de Las Tunas, el 21 de julio de 1917 varios concejales de ese concilio propusieron una iniciativa que, a todas luces, marcó el debut de la era de la chicharronería política local. 
La idea sugería que, «en vistas de los méritos adquiridos por el doctor Alfredo Guillén Morales durante el tiempo en que formó parte del Concejo Provincial de Oriente, y considerando que la única recompensa que pueden los pueblos dar a sus favorecedores es la recompensa moral que demuestre, además de gratitud, cuánto se aprecian sus servicios», se rebautizara a la calle Colón con el nuevo nombre de Gobernador Guillén. 
A pesar del entusiasmo que sus patrocinadores le insuflaron, el proyecto fue objetado por sus colegas de la municipalidad. Ellos creyeron injusto cercenarle el celebérrimo nombre del Gran Almirante -exhibido en todas sus esquinas desde 1884- a una de sus vías urbanas más populosas. Por agradecidos que le estuvieran al doctor Guillén, no les pareció correcto. 
Pero los concejales eran tercos. Y, para evitar que su guatacazo terminara en el cesto de los desperdicios, replicaron con una segunda opción: «Bien –alegó uno de ellos- aceptamos que no sea la calle Colón la del cambio de nombre. Pero, ¿y qué tal si se lo quitamos a la calle Canoa?» 
El golpe de timón generó una acalorada discusión en la que la desamparada calle Canoa –bautizada así desde 1868- devino víctima. Así, por mayoría, el Ayuntamiento de Victoria de Las Tunas acordó privarla de su nombre y llamarla en lo adelante Gobernador Guillén. El foro apestaba a chicharrón. 
Sin embargo, la novedad urbanística tendría efímera vigencia. A juzgar por el acta del primero de abril de 1918 del propio cabildo tunero, tan pronto la componenda de los concejales aterrizó sobre la mesa del Ministro de Gobernación, su titular se escandalizó. « ¿Pero han perdido la razón estos señores? –chilló con el documento en la mano- ¿Acaso ignoran que la Constitución de Cuba prohíbe identificar con nombres de personas vivas a los lugares públicos?» Y acto seguido ordenó vetar el acuerdo. 
El rechazo ministerial provocó gran desencanto entre los valedores de la propuesta. ¡Hasta el mismísimo doctor Guillén sintió en su alma la mordida de la desilusión! Pero, como la venganza es un plato que se come frío, se armó de paciencia. Y al cabo de un año le llegó su desquite. 
En efecto, pasados 12 meses del fracasado intento de sus admiradores para eternizar su nombre en una calle de la ciudad, el doctor Guillén tuvo la enorme dicha de convertirse en padre de un hermoso niño. ¿Y saben con qué nombre lo bautizó? ¡Pues con el de Gobernador Guillén! 
A la semana de nacido el párvulo, el eufórico progenitor remitió un telegrama al Ministerio de Gobernación con este lacónico y mordaz texto lleno de ironía: «Señor Ministro, me acaba de nacer un hijo varón. Se llamará Gobernador Guillén. Vea si usted es capaz de vetarme por inconstitucional ese acuerdo. Mis respetos, Dr. Alfredo Guillén Morales». 
Y, desde luego, no se lo vetaron.

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