viernes, 24 de julio de 2015

De Las Tunas a Washington

Escribo esto para todo tunero que resida hoy en cualquier parte del planeta; o que se haya ido del terruño en cualquier época; o que siga cualquier ideología política; o que pertenezca a cualquier grupo generacional; o que le importe un carajo cualquier arreglo Cuba-USA... Pero, en especial, escribo esto para aquellos tuneros que conservan en la parte izquierda del pecho el recuerdo de su Patria (de la Grande y de la Chica). Unos y otros deben sentir orgullo de lo ocurrido el pasado 20 de julio en la Embajada de Cuba en Washington. Fíjense, a mí no me parece tan crucial su antecedente de 1961 como su referente de 2015. En materia de vínculos intergubernamentales, siempre será más importante izar una bandera que arriarla. Ojalá este simbolismo traiga tiempos mejores en las relaciones de dos países que están al alcance de un abrazo. Porque, como dijo la gran Indira Ghandi, «con el puño cerrado no se puede intercambiar un apretón de manos». ¡Basta de hostilidad! ¡Bienvenida la concordia! Todos los cubanos -¡todos!- nos lo merecemos. 

AHORA LEAN LO QUE INVESTIGUÉ SOBRE EL TEMA: 

Las primeras palabras del Canciller Bruno Rodríguez en la reapertura de la Embajada de Cuba en Estados Unidos revelaron la participación tunera en un suceso a todas luces trascendental. Expresó: «Amigas y amigos: La bandera que honramos a la entrada de esta sala es la misma que aquí fue arriada hace 54 años, conservada celosamente en la Florida por una familia de libertadores y luego por el museo de nuestra ciudad oriental de Las Tunas, como anticipación de que este día tendría que llegar».
Pocos cubanos conocían de este singular hecho, que hoy cobra relevancia en tanto se da a conocer en un contexto de inusitada significación. Uno de ellos es el máster Víctor Marrero Zaldívar, Historiador de la Ciudad de Las Tunas, quien ofreció detalles en torno a la historia de una enseña que permeneció durante años oculta al público dentro de un cilindro plástico.
-La bandera la trajo a la ciudad de Las Tunas Héctor García Soto, bisnieto del Mayor General Vicente García González, el héroe tunero por excelencia. Como se sabe, este valeroso oficial mambí, entre otros muchos méritos, llegó a ocupar la presidencia de la República en Armas y fue, además, General en Jefe del glorioso Ejército Libertador de Cuba.
«A inicios de 1960, Héctor fue designado por el Ministerio de Relaciones Exteriores para trabajar como diplomático en la Embajada de Cuba en Washington. Un año después, el 3 de enero de 1961, las autoridades norteamericanas rompieron unilateralmente relaciones con nuestro país. En medio del ajetreo que tal decisión entrañaba para el personal cubano destacado allí, Héctor procedió a arriar la bandera tricolor que ondeaba en un asta en el exterior de la misión y a ponerla a buen recaudo.
«En 1992 -continúa Víctor Marrero- una editorial habanera publicó mi libro "Vicente García: leyenda y realidad". Héctor, ya establecido en Miami, recibió un ejemplar que le envió Ileana, una de sus hermanas, ya fallecida. Una vez que lo leyó, me remitió su opinión por correo postal. Hicimos tan buenas migas que un año después lo invité a visitar la tierra de sus ancestros.
«En 1993 lo acogimos por primera vez. Tan bien se sintió que comenzó a venir todos los años, principalmente para los aniversarios del ataque y toma de Las Tunas. Aquella acción de la Guerra Grande fue ejecutada por las tropas al mando de su bisabuelo, el 26 de septiembre de 1876.
«En 1996 regresó con motivo del bicentenario de la ciudad. Una mañana, mientras conversábamos en torno a las relaciones cubano-norteamericanas a través de la historia, me confió que él tenía en su poder la bandera que presidió nuestra embajada allá hasta el momento de la ruptura.
«Le dije algo que, obviamente, él sabía: "Héctor, tienes en tu poder una pieza de incalculable valor. En tu casa carece de utilidad, porque nadie conoce de su existencia. ¿Por qué no la donas a alguna institución?". Me miró y me dijo: "Ya lo había pensado". Un año después la trajo junto a su equipaje. La acogió el Museo Provincial de Las Tunas, que lleva el nombre de su ilustre pariente.
«Héctor continuó visitándonos. En cada viaje se aparecía con alguna donación. Recuerdo que trajo, entre otros objetos, la brújula con la que el Mayor General Vicente García se orientaba en el teatro de operaciones y una buena cantidad de fotos familiares desconocidas para nosotros.
«En una de sus visitas expresó su interés por transferir la bandera a la Plaza de la Revolución Mayor General Vicente García. No hubo inconvenientes, y así, el 26 de septiembre de 2001, el estandarte quedó bajo la custodia de la institución, que cuenta con una sala donde figuran los bustos de todos los generales tuneros que pelearon en las guerras del siglo XIX.
«El tema emerge del anonimato por una entrevista que me realizó para el canal Cubavisión Internacional la periodista tunera residente en La Habana Norka Meisozo, con motivo de un documental en ciernes sobre el Mayor General Vicente García, tema de su Maestría en Ciencias de la Comunicación. Entre otras cosas, le comenté de la existencia de la bandera. Ella, a su vez, se lo hizo saber luego a Eusebio Leal, Historiador de Ciudad de La Habana, también testimoniante del referido audiovisual en construcción.
«Con su proverbial "luz larga", Eusebio vio en la enseña un símbolo digno de utilizarse en el acto de 
reapertura de nuestra embajada en Washington. Así, coordinó con el Consejo Nacional de Patrimonio, y este, a su vez, con las entidades tuneras correspondientes. En definitiva, la bandera se llevó a la capital y luego a Washington. Su historia de los últimos días ya es conocida».

OTROS DETALLES

La ahora famosa bandera cubana fue hecha de una pieza de paño que exhibe los embates del tiempo, en particular, por sus manchas de color amarillo. Mide 3,10 metros de largo por 1,50 de alto.  Tiene adosada una pequeña etiqueta con el nombre del lugar de su confección: La Habana. En uno de sus ángulos aparece la firma de Héctor y la fecha de entrega. Según el donante, en los más de 30 años en que permaneció en su poder, solamente fue desplegada en una oportunidad, y fue cuando un grupo de deportistas cubanos lo visitó en su casa de Miami.
Héctor ha hecho otros donativos a la Plaza de la Revolución Mayor General Vicente García, como los pies de exponentes para los bustos de los generales tuneros, con sus nombres y datos biográficos fundamentales. Ya apenas viene a Las Tunas, pues tiene más de 90 años de edad y problemas en la vista.

CITA CON LA HISTORIA

El 20 de julio pasado, en medio de una ceremonia solemne, la bandera que con tanto celo salvaguardó Héctor García Soto, bisnieto del León de Santa Rita y de su legendaria esposa Brígida Zaldívar, salió del ostracismo para exhibir los colores patrios en medio de las expectativas por un tiempo mejor.
En diálogo con los periodistas que viajaron a Estados Unidos, Eusebio Leal echó mano a los matices de la poesía, que tan bien le vienen a su discurso. Dijo la víspera del izamiento:
«Quizás por caminos extraviados en determinado momento, y luego encontrando finalmente la estrella solitaria de Cuba, Héctor guardó la bandera y ella lo ha guiado hasta hoy. Sé que va a ser una gran satisfacción para él, para su familia y para Las Tunas, que sea esa bandera la que mañana esté, si no en el asta, porque no me atrevería como hombre de Museos y de Patrimonio proponer que ondee y se deshaga la bandera en el aire, sino que va a estar en el salón principal de la planta superior de la hermosa sede de la Embajada de Cuba».

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sábado, 4 de julio de 2015

Chinos en MANATÍ

¿Cuándo llegaron a Manatí los primeros emigrantes chinos? La lógica hace suponer que debe de haber sido a inicios del siglo pasado. Ya por entonces, millares de hijos de ese enorme país asiático –en su abrumadora mayoría solteros- habían arribado por vía marítima a Cuba tras el espejismo de conseguir aquí mejorías económicas. Muy pronto sus ilusiones y sueños se convirtieron en desencanto. Decepcionados, optaron entonces por incorporarse a ese heterogéneo crisol que es nuestra nacionalidad. Por cierto, el humor criollo se cebó en ellos durante muchísimos años. Huérfanos de la picardía insular, los asiáticos resultaron blanco fácil de las bromas de sus anfitriones cubanos. Tal vez no existan en Cuba muchos refranes tan populares como este, cuando ya no hay nada que hacer: «¡A ese no lo salva ni el médico chino!». Recuerdo también a las maestras exasperaban ante los garabatos de sus alumnos: «Ay, chico, tú pareces que escribes en chino», decían. Otro aforismo que no pierde vigor se relaciona con quienes andan de tropiezo en tropiezo en materia de mala fortuna. «Oye, despójate, mi´jo, que traes un chino atrás». Ante preguntas demasiado difíciles, se solía decir: «Oiga, compadre, usted me la ha puesto en China», Y «me quedé en China» cuando no se lograba entender nada sobre algo. En fin... Desde su arribo a Manatí, los chinos manifestaron una particular devoción por la horticultura. En efecto, una buena parte de ellos hizo su huerta en la periferia de la localidad, la sembró, la regó, la cultivó y luego salió a la calle con sus carretillas repletas de vegetales. Evidencias de esta vocación asiática por la agricultura urbana la encontramos en el aljibe subterráneo descubierto hace unos años en el patio de una casa próxima a la funeraria. No caben dudas: se trata de un antiguo depósito de agua para regadío de alguna huerta de por allí, aunque los vecinos actuales del lugar le hayan dado al hallazgo diferente connotación. De su país trajeron sus costumbres y sus tradiciones. Como, por ejemplo, el arte de fumar en narguile, especie de pipa formada por un largo tubo flexible, un recipiente para quemar el tabaco y una vasija rebosante de agua perfumada, a través de la cual aspiraban el humo. Era todo un espectáculo -¡un ritual!- contemplar al anciano padre de Pablito Chiong en aquella suerte de ceremonia oriental, mientras lanzaba volutas de humo al viento. Yo me quedaba embelesado mirándolo cuando visitaba esa casa en busca de Frank, su nieto y gran amigo mío, quien reside todavía en Manatí en una casa que improvisó con los restos de materiales que dejó de ella el huracán Ike en el año 2008. Otro sector que polarizó el interés de los asiáticos por acá fue el de la lavandería. Pues sí, en Manatí existieron varios trenes de lavado regenteados por chinos, los cuales no solo lavaban, sino que también estiraban ropa con planchas calentadas con carbón. Recuerdo con particular cariño uno que estaba cerca de mi casa, cuyos dueños eran Paula y José, cubana ella, cantonés él. Hicieron época por su honradez y por lo blanca y bien planchada que dejaban la ropa. Tenían un par de nietos que fueron mis compañeros de juegos en la niñez: Angelito y Chichi. Si no me equivoco, Chichi era hijo de Orlando Canals, un mártir local. Y claro, descendiente de chino por parte de madre. La pequeña empresa privada siempre fue consustancial a los emigrantes asiáticos. En Manatí existieron tiendas cuyos propietarios eran de ojos rasgados, como La Gran China, de Rogelio Jam, ubicada cerca de la zapatería, detrás del cine. Junto a la tienda había una quincalla, cuya dependienta era Gloria, una hija de Rogelio, residente hoy en La Habana.  De esa familia -creo- no queda ningún miembro en Manatí. Existía, además, el llamado Shangai, un coinjunto de casas de madera con un  patio interior común. Otros chinos tenían negocios menores, en los que vendían coquitos quemados, caramelos, pasticas de maní, dulces de coco, casabe... Si, evoco en esas labores a chinos entrañables y recordados, como Julián y Luis, por solo citar dos, que residían al lado de la barbería de Sevilla. Y a Rafael y a su esposa Conchita, que tenían una tienda cerca de donde hoy está la funeraria municipal.  Por obvias razones de edad, de aquellos emigrantes que formaron la primera colonia china en Manatí no quedó ninguno para contar su odisea. Eso sí, perduran su recuerdo, sus tradiciones y una descendencia apellidada Wong, Chiong, Jam, Hung y vaya usted a saber cuántos apelativos más que vive su época orgullosa de su linaje, aunque ninguno de sus miembros coma ya arroz con palitos..

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lunes, 13 de abril de 2015

Galeano en la memoria

Desde hace muchos años soy apasionado de la literatura de Eduardo Galeano. Recuerdo claramente cómo durante mis años universitarios devoré en un rato «Las venas abiertas de América Latina», un texto que develó ante mis ojos ojos la historia y el devenir de nuestro subcontinente. Luego cayó en mis manos «Memorias del fuego», viñetas extraordinarias sobre los más variopintos temas, cuyo primer tomo, por cierto, logró eludir mi persecusión, al punto de que nunca pude dar con su rastro. El periodismo de este hombre extraordinario también fue ecuador de mi devoción. Sus colaboraciones en periódicos y revistas son paradigmas de estilo y arquetipos de hondura. Hoy, al conocer la noticia de la muerte de este uruguayo ilustre, sentí como si se hubiera esfumado el último patriarca literario latinoamericano. A continuación transcribo algunos textos breves suyos que conservo como alhajas en mi computadora.
HISTORIA CLÍNICA
Informó que sufría taquicardia cada vez que la veía, aunque fuera de lejos. Declaró que se le trababa la lengua y no lograba articular sonidos cuando ella lo miraba, aunque fuera de refilón. Admitió una hipersecreción de la glándula sudorípara cada vez que ella le hablaba, aunque fuera para contestarle el saludo. Reconoció que padecía intensos desequilibrios en la presión sanguínea cuando ella lo tocaba, aunque fuera por error. Confesó que por ella padecía mareos, que se le nublaba la visión, que se le aflojaban las rodillas, que lo desvelaba el insomnio... «Fue hace mucho tiempo, doctor –dijo-. Nunca más he vuelto a sentir nada de eso». El médico arqueó las cejas. «¿Nunca mas sintió nada de eso?, repitió el doctor. Y diagnosticó: «Su caso es grave».
EL ARQUERO
También lo llaman portero, guardameta, golero, cancerbero o guardavallas, pero bien podría ser llamado mártir, paganini, penitente o payaso de las bofetadas. Dicen que donde él pisa, nunca más crece el césped. Es uno solo. Está condenado a mirar el partido de lejos. Sin moverse de la meta aguarda a solas, entre los tres palos, su fusilamiento. Antes vestía de negro, como el árbitro. Ahora el árbitro ya no está disfrazado de cuervo y el arquero consuela su soledad con fantasías de colores. Él no hace goles. Está allí para impedir que se hagan. El gol, fiesta del fútbol: el goleador hace alegrías y el guardameta, el aguafiestas, las deshace. Lleva a la espalda el número uno. ¿Primero en cobrar? Primero en pagar. El portero siempre tiene la culpa. Y si no la tiene, paga lo mismo. Cuando un jugador cualquiera comete un penal, el castigado es él: allí lo dejan, abandonado ante su verdugo, en la inmensidad de la valla vacía. Y cuando el equipo tiene una mala tarde, es él quien paga el pato, bajo una lluvia de pelotazos, expiando los pecados ajenos. Los demás jugadores pueden equivocarse feo una vez o muchas veces, pero se redimen mediante una finta espectacular, un pase magistral, un disparo certero: él no. La multitud no perdona al arquero. ¿Salió en falso? ¿Hizo el sapo? ¿Se le resbaló la pelota? ¿Fueron de seda los dedos de acero? Con una sola pifia, el guardameta arruina un partido o pierde un campeonato, y entonces el público olvida súbitamente todas sus hazañas y lo condena a la desgracia eterna. Hasta el fin de sus días lo perseguirá la maldición.

FRASES NOTABLES

Hay un único lugar donde el ayer y el hoy se reconocen y se abrazan, ese lugar es el mañana.

Quien no está preso de la necesidad, está preso del miedo: unos no duermen por la ansiedad de tener las cosas que no tienen, y otros no duermen por el pánico de perder las cosas que tienen.

Actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable.

La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para que sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar.

Yo no vendo recetas de la felicidad, ni creo en los bandidos que las venden. Tampoco creo en los dogmáticos religiosos o políticos que venden certezas. Para mí, las únicas certezas dignas de fe son las que desayunan dudas cada mañana.

Los libros están tan caros que de aquí a poco se venderán en las joyerías.

Estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios. 

Al Norte y al Sur, al Este y al Oeste, el hombre serrucha, con delirante entusiasmo, la rama donde está sentado.

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viernes, 6 de marzo de 2015

Sinsabores de la corrección periodística

Durante más de ocho años escribí cada viernes en el semanario provincial tunero 26 una sección fija llamada Variedades que, por la naturaleza de su contenido, contó desde su primera salida con la simpatía de los lectores. Así lo confirmaban a través de llamadas, cartas y correos. 
Cierto día, en busca de segmentos nuevos, se me ocurrió publicar breves referencias acerca de lugares célebres del mundo. Así, fueron apareciendo cada semana, entre otros, las Pirámides de Egipto, la Torre de Pisa, el Big Ben de Londres, el Eurotúnel bajo el Canal de la Mancha y... el famoso Carillón del Kremlin. 
El viernes en que salió a la calle la reseña sobre el carillón —así, con una sola r—, los teléfonos del semanario sonaron con insistencia desde bien temprano. ¿Motivos? Algunos lectores, al tanto del célebre reloj moscovita y de la ortografía de su nombre, me impugnaban haberlo escrito con dos r. 
Busqué a toda prisa un ejemplar del periódico. Y —¡madre mía!— allí estaba la nota que les daba toda la razón a mis inquisidores. Como una bofetada, aparecía carillón impreso con doble r no una vez, sino... ¡tres veces! He leído que ese reloj tiene un peso de 25 toneladas. Bueno, a mí me pareció que toda esa descomunal mole me había caído encima. 
Mi primera reacción fue buscar los originales. Di con ellos y comprobé que lo había escrito bien, así, carillón, con una sola r. Entonces me dije «ahh, no, esto es cosa de los correctores». Y ni corto ni perezoso entré como un bólido en la oficina de Pancho Valdés, el corrector a cargo de la página. 
«Oye, Pancho —le espeté tan pronto lo tuve frente a mí— ¿De dónde rayos sacaste tú que la palabra carillón se escribe carrillón, así, con doble r? Acabo de confrontar los originales y resulta que allí aparece correctamente. El disparate no lo puede haber cometido otro que tú. Así que libérame de responsabilidades y admite tu libretazo, compadre...» 
Con su flema característica, y sin dignarse a mirarme, Pancho tomó el periódico, lo desp´legó y paseó su mirada por la sección. «Pues sí, es como tú dices —dijo transcurridos unos segundos— el error fue mío. La palabra me pareció mal escrita y le agregué otra r. Ahora ya sé que se escribe con una. NO fue con mala intención. Yo solo quise corregirla...» 
Y ahí fue cuando Elmer Almaguer (en esta foto de ayer aparece junto a mi, picando un pequeño kake, con motivo de su 71 cumpleaños), formatista del semanario que se encontraba presente, notorio por su agilidad mental y cuerda humorística, le soltó a Valdés aquella coletilla, acerca de la cual pido excusas si acaso hiere alguna sensibilidad. Le dijo Elmer: 
«O sea, Valdés, que si no te entiendo mal, tú quisiste corregirla, pero en realidad lo que hiciste fue cagarla...» 
Y, ante la sinonimia plebeya y venida al caso, el edificio donde radica el periódico casi se desploma de tanta carcajada.

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martes, 14 de octubre de 2014

Barberos de mi pueblo


De izquierda a derecha, René, Sevilla y Yule.
Las barberías públicas cubanas no transitan por su mejor época. Los sillones privados son los que hoy abundan por todas partes, emplazados por sus dueños lo mismo bajo un árbol que en un portal. Las tarifas también se dispararon como misiles. Si antes un pelado «a la malanguita» frisaba los 80 centavos, ahora los fígaros exigen 10 pesos. Uno de los salones de barberías más populares en la época de mi niñez manatiense fue la de Ochoa. Prestaba servicios donde radica hoy la Galería de Arte, frente al parque municipal. Disponía de tres sillones, y allí la gente no solo acudía a pelarse o a afeitarse, sino a conversar sobre cualquier asunto. El local era como una tribuna en la que todos tenían voz, incluso quienes se acercaban por allí no a despoblarse el cuero cabelludo, sino, simplemente, a echar un parrafito. La barbería de Sevilla, próxima al antiguo sindicato azucarero, era otra de las concurridas. Allí trabajaban con la tijera, la maquinita y la navaja el diminuto Pablito y aquel Pablo gordo y grande, conocido popularmente por el mote de Sevilla, llamado así por la famosa ópera «El barbero de Sevilla», del gran Rossini. Este fígaro era amigo de las jaranas y de los favores. Tanto Pablito como él sentaban a sus clientes en sendos sillones de la firma Koken. Los muchachos de la época los hacíamos girar y girar como si fueran carruseles. Con Sevilla trabajó luego René Pereda, todo un personaje en mi Manatí natal. Los dos aparecen en esta foto de los años 80, junto al no menos carismático Yule Torres a la guitarra. René todavía vive, y es una verdadera enciclopedia de la historia territorial, la cual conoce con pekis y señales. Por cierto, el Vate, como le decimos, fue un gran jugador de ajedrez, algo común a varios de sus colegas manatienses. Sevilla y Pablito ya fallecieron. En la calle Orlando Canals, dentro de un pequeño cuartucho aledaño a su casa, cortaba cabellos Rufino Molina. Este hombre de sempiterno cigarro Veguero colgádondole de los labios, tenía siempre en el disparador un tema de cháchara. ¡Qué manera de hablar! Nada más hacía tirar el paño por encima del cliente y ya estaba disertando sin parar sobre tal o más cuál tema, ya fuera humano o divino. Rufino murió hace varios años. Sus hijos Carlitos -peluquero de categoría internacional- y Celia lo sobreviven, el primero en La habana y la segunda en Las Tunas. Las barberías de entonces tenían otro detalle: sus colecciones de periódicos y de revistas. Yacían tiradas sobre una mesita para cualquiera que le interesara leerlas. Quienes aguardaban por su turno en el sillón aprovechaban así el tiempo de espera. Y no se trataba de ejemplares atrasados, sino de los números del día. Esa oferta era como una inversión, un señuelo para retener al cliente y animarlo a regresar. Existían también los barberos de domicilio, como el caso del viejo Morell –rara avis entre sus colegas por su silenciosa manera de trabajar-, quien recibía a su clientela en su buhardilla de la cuartería que estaba entonces al lado de la oficina de la ECIL. Otros llegaron a ejercer el oficio de forma ambulante, como aquel negro viejo cuyo nombre no recuerdo. Tomaba terraplén en su destartalada motocicleta y se iba hasta las colonias rurales con su maletín lleno de tijeras, navajas, peines, jabones, lociones y la insustituible maquinita manual, presto a llenar de cucarachas la testa del osado que se pusiera en sus manos.

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miércoles, 1 de octubre de 2014

Un poco de comprensión


En el barrio donde vive desde que nació, los vecinos lamentan que Nicolás no se haya reservado para la ancianidad una buena tajada de su antiguo buen carácter. ¿Lo dirán porque ahora, con sus 83 almanaques a cuestas, es un vejete huraño y cascarrabias que rezonga entre dientes y mira de soslayo? Algunos murmuran que es su propia familia —con sus regaños habituales y sus prohibiciones absurdas— quien lo ha puesto así de intratable. ¡Pobre viejo! 
«¡Mira lo que acabas de hacer por ser tan descuidado, chico!», lo reprenden por cualquier nadería los hijos, las hijas, los yernos, las nueras... ¡los nietos! Cuando las amonestaciones se tornan intolerables, Nicolás masculla bajito un improperio y se va por ahí a deambular y a rumiar su tristeza. Su mente es un maremagno de incertidumbres y de confusiones. «Para ellos soy un trasto inservible», dice para sí, mientras camina despacio calle abajo. 
Nicolás no tiene idea de hasta cuándo se va a extender ese absurdo conflicto generacional donde él lleva siempre la peor parte. Si al menos viviera su esposa... ¡Ella sí que sabía entenderlo con solo mirarlo! En 60 años de matrimonio aprendieron hasta a adivinarse el pensamiento. ¿Cómo entonces no iba a ser él divertido y chivador? Pero —¡ay!—, Matilde falleció entre sus brazos hace una década y Nicolás quedó solo de espíritu, aunque no de compañía. 
Ahora ¿vive? bajo el mismo techo con sus hijos e hijas, todos casados y con profusa descendencia. Cierto: no carece de nada material. Los suyos se esmeran hasta el detalle para que se alimente bien y a su hora, se tome las medicinas para la diabetes y la hipertensión, ande limpio y afeitado, cobre su chequera el día que le corresponde y duerma como un bendito toda la noche. En honor a la verdad, sería un ingrato si no reconociera esas cosas. 
Sin embargo, se le constriñe la autoestima cuando sus hijas lo acribillan con las advertencias que tanto le fastidian, ridículas y humillantes para una persona de su edad: «que si no te quiero ver más hablando con ese viejo borrachín..., no te demores mucho en el dichoso dominó, ¿por qué no te has cortado las uñas de los pies? ..., enjabónate bien la espalda cuando te bañes..., no camines por el medio de la calle..., no olvides pedir el vuelto cuando compres en la bodegas, …». Y así hoy, mañana, siempre. 
En más de una ocasión, Nicolás ha montado en cólera. «¡Al diablo todo el mundo, carajo, déjenme en paz, que ya no soy un niño!», estalla cuando la parentela comienza con la cantaleta y la regañina acostumbradas. Entonces, enojadísimo e impulsado, toma las de Villadiego y no se detiene hasta su banco favorito en el parque municipal. «¡Ahhh, qué papá este, Dios mío, ya no hay quien pueda con él...!», escucha decir a una hija a sus espaldas. 
En el parque refresca la perreta junto a sus amigos de la tercera edad. Hablan de pelota y de cuanto se les ocurre. Nicolás se siente allí otra persona, y desahoga las penas que lo traen en ascuas. Y algo curioso: a los otros les ocurre casi lo mismo: en casa se sienten queridos y cuidados..., ¡pero sin comprensión! Jubilados B, como dice uno: «ve al mercado, ve a la bodega, ve al estanquillo..., ¡llegar a viejo es lo último!» Y ríen. 
Al rato, culmina la tertulia en el parque. Es casi mediodía, la hora de almorzar. Nicolás se despide hasta mañana de sus amigos y emprende lentamente el regreso al ¿hogar? Llovizna levemente. Cruza una calle y, a pesar de su cuidado, se enfanga un zapato. En la sala de su casa lo aguarda su hija mayor con una reprimenda por haber salido sin el paraguas y por entrar sin limpiarse previamente los pies. «¡Ay, papá, chicoooo…!, le grita. 
Va hasta su lecho y se acuesta. Ahora el rapapolvo es por no haber quitado la sobrecama. Pide autorización -¡pedir autorización él!- para llegarse hasta la esquina a comprar unos cigarros y no se lo permiten. «¡No fumes másssssss...!», vociferan todos a la vez. Tampoco lo facultan a buscar a su nietecita a la escuela. «Y dale para el baño, que se te enfría el agua tibia», le ordenan. 
Nicolás suspira, se pone las chancletas, toma la toalla y emprende la marcha. Vuelve sobre sus pasos, se sienta en el borde de la cama y se abraza a la melancolía. En medio de su soledad interior, mira con fijeza un vetusto retrato de mujer. Y lagrimea. «¿Pero ahora qué quieres, papá?», le pregunta, airada, su hija menor. 
Y él, a toda voz: «¡Comprensión, carajo, comprensión!».

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miércoles, 17 de septiembre de 2014

Una «conductora» de TV en ciernes

Sofía manifiesta una marcada proclividad por la conducción de programas. Desde hace más o menos un año, tiene uno de corte infantil a su cargo en la emisora provincial Radio Victoria. Allí, frente al micrófono, mi niña mayor lee noticias, recita poermas, hace chistes y conversa con sus ayentes con la naturalidad y la gracia de una veterana. Aquí la vemos haciendo gala de sus «dotes» como presentadora de televisión, en predios de la base de Campismo Popular en Guayabal, municipio de Amancio Rodríguez. El «camarógrafo» es nada menos que Yaciel Peña de la Peña, foto reportero de la Agencia Cubana de Noticias en Las Tunas.

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viernes, 29 de agosto de 2014

La vuelta de mis hijas

Mañana harán 28 días que no veo a mis hijas Sofía y Beatriz. Andan de vacaciones por allá por Pilón, provincia de Granma, donde viven sus abuelos maternos. Por suerte, mañana también regresan. A pesar de que hablo por teléfono con ellas todos los días -en esos diálogos me hacen una relatoría pormenorizada de su cotidianidad-, me parece que no las veo desde hace uhhhhhh..., ¡ni se sabe cuánto tiempo! «Papito, cuando llegue te voy a dar un abrazo tan fuerte que vas a quedar apachurrado como un tubo de pasta», me aseguró Sofía. «Y yo quiero que me recibas haciéndome cosquillas por la barriga», me pidió Beatriz. ¡Pues sí que añoro reencontrarme con mis princesas! Demasiada paz, demasiado silencio últimamente en mi entorno. En su ausencia, me han ocurrido cosas desconcertantes. ¿Serán «casualidades»? Todo está muy raro. Presten atención: En las últimas cuatro semanas no se me extravió ningún lapicero; mi reserva de hojas de papel, siempre a punto de agotarse, no disminuyó; para mi sorpresa, me alcanzó y hasta me sobró el tiempo para trabajar en la computadora; la tijera, casi siempre con paradero desconocido, permaneció localizable en su sitio; encontré el cortauñas grande cada vez que lo busqué; dejé de tirarme de bruces sobre el piso para poder alcanzar debajo de la cama varios pares de chancletas y de zapatos de tallas pequeñas; durante 28 jornadas no «sufrí» reiterados pedidos de dinero para comprar paleticas, pastelitos o empanadillas; no volví a reclamar mi almohada a la hora de dormir; vi lo que quise en el televisor sin que me lo cambiaran de canal para ver muñequitos en otro; y ni una sola personita se me acercó a darme quejas de su tremebundo aburrimiento con el deliberado propósito de que la llevara a pasear en medio de mi atareo. Demasiadas «coincidencias», ¿no les parece? En fin, mañana ya tengo aquí de nuevo a Sofía y a Beatriz. Y el lunes -¡bummm!-, para la escuela, a iniciar un nuevo curso escolar. Mi statu quo de estos días se pondrá patas arriba. Y algo que seguramente ocurrirá: todas esas «coincidencias» desaparecerán como por encanto. ¡Bien que lo sé!

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sábado, 10 de mayo de 2014

Madre Paquita...

Dice uno madre y lo entrañable del término cala profundo en el cariño. Repite uno madre, o lo musita, o lo vocifera, y la poesía de la evocación adquiere forma de universo. Sucede como si el simple hecho de nombrarla trocase en mejor lo bueno y en perfecto lo mejor.
Para apreciar tu grandeza, mami, no basta el devenir del segundo domingo de mayo. Si de homenaje se trata, habría que ofrecértelo cada amanecer; si de auténtico regalo, habría que ofrendarte el monopolio del calendario.
La huella de tu presencia se esculpe en el recuerdo. Desde aquella etapa del andar vacilante y el incipiente balbuceo; de la travesura precoz y el consecuente correctivo; del debut escolar y la paráfrasis salgariana…
Cierro los ojos: «Levántate, que se te hace tarde para la escuela… Cepíllate bien los dientes… Ven para que desayunes… Arréglate la camisa… ¿Ya cogiste las libretas?... No te ensucies la ropa… Ahí está la merienda… No te entretengas por el camino… ¿Hoy tienes clases por la tarde?... ¡Pero dale, muchacho, que te van a regañar!...»
Ningún consejo como el tuyo, con categoría de premonición. En los instantes más difíciles, supiste extraer, desde el fondo de la tristeza, el resplandor de una sonrisa. Y, durante el tiempo en que te tuve, no hubo regalo de más valor que el destello feliz de tu mirada.
Mi recuerdo remonta vuelo de nuevo hacia al pasado: «No te conviene esa amistad… Ya te lavé la ropa que querías… ¡Se te enfría el almuerzoooo!... ¿Vas por fin a la fiesta esta noche?... No tomes mucho y ven temprano… Tu pase se termina mañana… ¡No dejes la ropa regada, chico!... Hoy voy a cocinar de lo que a ti te gusta… Escríbeme o mándame un telegrama tan pronto llegues…»
Te sorprendió la senectud, y el entusiasmo, lejos de mermar, se multiplicó. ¡Qué resistencia la tuya, mami! Seguiste madrugando la mañana, presta siempre a servir. Así fue cada día, cada hora, cada instante, atenta a esto, a aquello… ¡Qué entereza! ¡Cuántos detalles enormes sublimizaron tu existencia! Y tú ahí, inmutable…
«Recuerda la guardia esta noche… Por la ropa en perchas en el escaparate… ¡No tienes que regalarme nada, mi´jo!... No me gusta ni la pechuga del pollo, así que cómetelos… ¿Cuándo me vas a limpiar el patio?... Aquí están los periódicos de hoy… ¿Por qué te pusiste las mismas medias de ayer?... Tómate ahora esta aspirina…»
Este domingo es Día de las Madres. Y, aunque no estés físicamente a mi lado, mami, para mí continúas al alcance de un beso. Te lo haré llegar hasta ese lugar especial en que seguramente estás. Ese sitio que el ocaso de la vida le reserva a las personas buenas y entrañables. Dios te guarde siempre, madre querida…

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