martes, 30 de septiembre de 2008

La otra secuela de Ike

Esther González ha pasado sus casi 87 años de existencia mirando a los ojos al mar. Su casa en el poblado costero de Guayabal, al sur de Las Tunas, dista solo unos metros de la orilla. Cuando al atardecer las aguas impredecibles del golfo de Guacanayabo le remojan de espuma el rostro, ella, hija del salitre, siente que la bendicen.
Pero las salpicaduras del 6 de septiembre pasado traían consigo intenciones distintas. Esther lo percibió cuando una ola enorme se suicidó ruidosa y violentamente contra los arrecifes. «Voy a evacuarme» –decidió-. Y se montó en el camión.
Al anochecer, ya en un refugio seguro, sintió afuera como si el mundo se estuviera acabando: viento fortísimo, árboles derribados, tejas pulverizadas, gritos de vecinos, paredes echadas abajo…
«Este ciclón es lo más terrible que he visto en toda mi vida –admite ya de vuelta en su morada, asombrosamente ilesa del trance. Ni siquiera el de 1932 causó tanto daño en el pueblo. ¡Y eso que sopló durooooo...! Pero el de ahora lo dejó chiquitico.»
Es viernes y el mar duerme a pierna suelta la siesta del mediodía. En Guayabal la gente acarrea las excrecencias de Ike: escombros y arena. Sentada en su portal, Esther hurga dentro de una gaveta. Un montón de papeles húmedos emerge como de una chistera.
«Trato de salvar fotos, cartas, documentos y recortes de periódicos que guardaba desde hace muchísimo tiempo –comenta sin levantar la vista-. El mar los empapó y, vea, ahora casi todos están hechos una calamidad. El agua salada no cree en nadie».
Junta los trozos estropeados como quien arma un rompecabezas. Les traen evocaciones de su biografía. «Esta es una factura de la tienda de Montenegro» –dice, y me muestra un papel chorreante de agua-. Tiene más de 60 años. Y esta es la inscripcion de nacimiento de mi primer hijo, con los sellos de timbre que compré en el pueblo. Y mire, un almanaque de 1946. ¡Cuánto ha llovido de allá hasta acá...!
Lo que más lamenta es la pérdida de fotografías con gran valor sentimental. Como las de su boda. «Pude haberlas evacuado conmigo», acota. Solo sobrevivió una en la que aparece ella con su esposo, un árabe radicado en la zona desde el siglo pasado.
Tras el paso del huracán Ike, en Cuba hay millares de personas en el mismo trance existencial de Esther. ¿Qué perdieron, además? Una madre, la única foto del hijo muerto; un profesional, el título colgado de la pared; una abuela, su alcanforado baúl de los recuerdos; una muchacha, la carta de su primer y gran amor; un bibliófilo, su libro predilecto; un soldado, la medalla de Servicios Distinguidos...
Los ciclones no solo destrozan edificios y plantaciones. También lastiman en profundidad los sentimientos. Un inmueble puede erigirse nuevamente. Un campo dará otra vez frutos. Pero el patrimonio espiritual -ese que viaja en imágenes sobre una cartulina o escrito con letra menuda sobre un papel- no se recupera jamás.

 
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