miércoles, 23 de marzo de 2011

Cometas, trompos, bolas...

Todos los sábados y domingos, desde bien temprano, mi antiguo barrio manatiense se estremecía con un alboroto singular: los niños, con la alegría a flor de piel, tomábamos la calle prestos a enrolarnos en los más disímiles juegos. ¡Cuánto añoro aquellos años! No quiero comparar, pero creo que los muchachos de la época nos sabíamos divertir mejor. Buena parte de los juegos  de entonces apenas se conocen  en la actualdiad. Y otros ya casi ni se practican.
Uno de los pasatiempos más carismáticos eran las bolas. Tenía varias modalidades: «El Perseguido», «La Olla», «Los Huequitos»... Muchos de los bolistas eran sumamente diestros -los clásicos «fuera de  serie»-, tanto por su aguzada puntería como por su fuerza en los dedos pulgares, los encargados de impulsar las esferitas de vidrio. Durante los lances, podían impactar en el centro de un mecho rival desde cinco metros de distancia. Y hasta hacerlo añicos, como vi más de una vez.
Lo dramático de las bolas era cuando alguien -con aviesas intenciones- gritaba «¡virolla! o ¡«manigüiti!». La expresión significaba el fin de las garantías del juego. Una suerte de sálvese el que pueda. Había que lanzarse entonces al ruedo a recuperar a empellones las circunferencias plantadas y a tratar de agenciarse también las ajenas, pues eso mismo intentarían hacer los otros. No pocas veces aquello terminaba en riña tumultuaria y lesiones corporales.
Los trompos tenían también muchos simpatizantes. A nosotros nos los mandaban a hacer nuestros padres en los tornos del taller de carpintería del ingenio. Los había chiquitos, medianos y grandes. Y hasta unos gordísimos, a los que llamábamos «trompetas». Todos usaban en el centro una punta metálica, con la cual intentaban, lance tras lance, romperle la crisma a los trompos contrarios. Muchas veces presencié cómo algunos se safaban de sus pitas tejidas para estrellarse en la cabeza de un espectador desprevenido.
Y las cometas... ¡Qué decir de las cometas! En la temporada correspondiente -es decir, en cualquier época del año- el cielo se tachonaba con su presencia estilizada y multicolor. Las había variopintas: cuadradas, en forma de rectángulos, triangulares... El sitio ideal para empinarlas eran la cancha del estadio de fútbol y el área trasera del centro escolar «Orlando Canals».
En mi cuadra vivía el negro Rolando, un artista fabricando cometas. Hacía chivos, coroneles, cajones, secantes... Las empinaba allí mismo, frente a su casa, para beneplácito de los niños. Nunca logré saber de dónde sacaba tanto papel bonito ni tanta fantasía para armar sus maravillas  volantes. 
Las cometas tenían un pariente pobre, conocido entre los mataperros con el plebeyo apelativo de chiringa. Sus materiales y su diseño eran muy sencillos: un pedazo de papel periódico doblado y un carretel de hilo de coser. Entre sus «bondades» figuraban que podía empinarse en cualquier espacio, por reducido que fuera.  Y entre sus «defectos», que una leve rachita de viento era capaz de enredarla entre los cables eléctricos. Mucha gente todavía la recuerda.
Los más expertos empinadores de las cometas -los muchachos de Manatí jamás les dijimos papalotes y siempre les adjudicamos el género femenino-  practicaban regularmente una modalidad agresiva y mal vista con la cual no hice nunca buenas migas: atar cuchillas de afeitar en  las colas de sus artefactos volantes. Bastaba un  simple pase de aquellos filosos objetos sobre un tensado y vibrante hilo ajeno para que la cometa atacada se fuera al instante a bolina.
Si algo marca la infancia son los juegos de barrio. Algunos podrían recuperarse y ponerse a disposición de los niños. Ellos lo agradecerían.

 
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