domingo, 23 de marzo de 2008

La abuela vegetal tunera

Los libros de récord dan por sentado que el mayor y más antiguo árbol del planeta pertenece a la especie llamada secuoya, y se localiza en la Sierra Nevada, Estados Unidos. Allí crece y pierde su follaje en las alturas este soberbio ejemplar conocido por General Sherman, que tiene 80 metros de altura, 30 de circunferencia y alrededor de dos mil 700 años de antigüedad.
En nuestra provincia, su homólogo no presenta un currículo de semejantes dimensiones espacio-temporales, aunque, en honor a la verdad, ya tiene edad para usar bastón y lentes sobre la nariz. Me refiero a la ceiba de la calle Villalón, entre Frank País y Lucas Ortíz, considerada la super-abuela de la familia vegetal de la capital tunera.
Nadie en el barrio ha podido calcular con exactitud cuántos años tiene. Ni siquiera los vecinos de más edad y permanencia se aventuran a decir una cifra, seguramente por temor a quedarse cortos. ¿Un siglo? ¿Dos? ¿Tres? Ellos piensan que tal vez más. Y esgrimen como argumento el hecho de que hace 70 almanaques tenía la misma envergadura y frondosidad de hoy.
Su cintura no es nada juncal: ¡cinco metros de circunferencia! En cuanto a altitud, ni el mismo Serguei Bubbka en sus mejores tiempos hubiera podido coronarla con tres saltos unificados. Su copa se desparrama sobre un espacio amplio, que incluye la fábrica de sarcófagos aledaña. Y en cuanto a raíces, reptaron tanto las suyas que algunas impusieron marcas de distancia.
Tiene la corteza arrugada como la piel de una ancianita y casi todo el tronco inferior hueco, lo cual ha propiciado que algunas personas lo hayan adoptado como altar para sus cultos religiosos. Vienen en determinadas fechas y encienden allí velas, colocan estampas de santos, rezan oraciones, hacen promesas... Todo en la más absoluta tranquilidad. También se llevan trozos de corteza para utilizarlos en baños espirituales. Como se sabe, ciertos prácticas sincréticas tienen a la ceiba por un árbol sagrado de muchos poderes.
En la papelería del fallecido investigador tunero Raúl Addine que yace en el Archivo Histórico Provincial se encuentran interesantes referencias acerca de esta reliquia botánica de la ciudad. Por ejemplo, en la segunda década del siglo pasado, durante el gobierno de Mario García Menocal, las reses de la municipalidad se sacrificaban bajo la frondosa ceiba. Una foto del año 1917 deja constancia gráfica de que estaba tal cual se encuentra hoy.
A unos siete metros tronco arriba, un objeto pellizca la curiosidad del visitante. Se trata de un anillo de acero empotrado desde quién sabe cuándo en la piel de esta auténtica patriarca del reino vegetal. Según el testimonio de algunos vecinos, es un trozo del cable que sujetaba un poste del alumbrado de la calle Lucas Ortiz en los tiempos en que llegó la electricidad a la otrora ciudad de Victoria de Las Tunas. Una pieza museable digna de una estantería, sin dudas.
Cada cierto tiempo, el árbol se deshoja y el viento dispersa cedazos de la lanilla conocida por capoc como si fueran tropicales copos de nieve, incluso hasta el distante parque Vicente García. Son sus canas venerables echadas a volar. Pero no todo es nostalgia en torno a su vetusta figura. En los carnavales sus inmediaciones disfrutan con cerveza fría y un área bailable llamada precisamente así: La Ceiba.
Observa uno este añejo ejemplar de clorofila venida a menos y se pregunta entre admirado y perplejo: ¿cómo ha podido sobrevivir tan recio y bien plantado durante tres centurias diferentes? ¿Cuál ha sido su fórmula para imponer a ultranza su longevidad vegetal? La respuesta flamea entre sus ramas con tintes filosóficos: ¡Pues nada, veleidades, caprichos de la madre naturaleza!

3 comentarios:

DianNa_ dijo...

Buen post , me ha encantado leerte, es muy interesante, saludos^^

Anónimo dijo...

Que tiempo tiene la dictadura castrista, un siglo, dos, tres?

Lidia dijo...

Hola Juan
Aunque he aprendo espanol solo 10 meses , me encanto mucho leer tus textos. Tienes el tipo escritorio muy bonito gracias

 
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