viernes, 22 de febrero de 2008

Cubano jugando dominó

Caballeros, ¡quién supiera jugar dominó! Porque lo que soy yo... A ver, ¿qué ficha pongo ahora, díganme? Por mi madrecita que no sé. Y si perdemos esta data se va a armar la grande. A mí nada más se me ocurre hacer pareja con este tipo que parece un doble nueve ahorcado. No, y los sapos aquí detrás, con sus malos ojos encima de mí. ¡Quién supiera jugar dominó, cará!
Déjame ponerle coco al tablero. A ver, a ver, hummmmm..., así que el duque por esta cabeza... Si le cuelo el tríquiti por aquí, quien te dije mete un cinqueño por allá y levanta al mío al segurete. No, entonces ni pensarlo. El hombrín puede creer que me estoy cogiendo la data. Y el mano es él. Desmaya, desmaya ahora mismo esa jugada y busca otra, sabihondo.
Oye, ¡pero qué malo está estooo! Y lo que tengo para aguantar al de arriba es piltrafa. ¿Quién sería el jodedor que dio agua? Bueno, olvídalo y ponte para el juego. ¡Uff...! Estoy sudando frío. Así que cuartel por aquí y unión de reyes por allá en la tercera vuelta... ¿Y el tres-uno dónde estará? Lo dejo entrar y nos acribillan.
Si por lo menos Bernal estuviera cerca le haría una seña. ¡Ese le sabe un mundo al dominó! Pero lo que soy yo... Me senté por embullo y mira ahora el embarque. Bueno... Así que cuatromilpas... No, mejor doy la puya... Chico, ¿tú estás loco? Con las dos fichas te matan. Aplica la lógica y saca cuentas. ¿Qué juego, señores?
Concéntrate: cuatribilín y sexteto... Ya está, ¡la tengo! Meto un blanquizal por esta punta y después... ¿Pero compadre, tú eres bobo o bailas con la discoteca de Radio Reloj? ¿No estás viendo que la blanca es fresca? ¿O es que no sabes jugar con la mesa? Si metes la pelá te embromas y pasan al tuyo. Piensa, piensa aunque te digan Capablanca...
Hummmmm..., sí, entonces debo ir con el unicornio por allá para que le vayan fácil al mío por acá. Aunque, para ser franco, no sé, no sé... Oye, Bernal viene todos los días al dominó y hoy no llega... Yo lo que no quiero es lucir mal, ¿saben, queridos sapos? Voy con la mía. Esta ficha es dura dura dura... Lo malo es que el de abajo se me agache. Sí se encueva no hay quién lo saque...
También podría doblarme por aquella cabeza o botar esta gorda que me molesta. No siempre es una mala jugada. ¡A veces salva! Déjame analizar... Va y me pongo dichoso y hasta consigo yo solito un reculillo con una capicúa. Anjá, eso es, hummmmmm... No, no, no y mil veces no... ¡Te hacen puré de talco, mi hermano! Tienes que repetir para apretar al contrario...
¡Qué cosa! Y Bernal que no llega... ¿Dónde estará metido? Vaya, lo único que faltaba: me está doliendo la cabeza. Es la pensadera, ¿saben? Entre el trío, la duquesa y dositeo me van a desquiciar. ¡Ya voy, ya voy, ya voy, no me agiten! Lo que tienen que hacer es callarse la boca, eso sí, que el dominó lo inventó un mudo...
Ah, pero, ¡lo mío sí es suerte! Por ahí viene Bernal. ¡Apúrate, hombre! Mi amigo Bernal, mi hermano Bernal, el tipo que levanta un juego con cualquier ficha... Oye, Bernal, ven acá, termíname esta datica, compadre. Acabo de recordar que no he buscado el pan y me pueden cerrar la tienda. Ven, siéntate y dale un recital a este par de muertos que tengo de contrarios. Te toca ahora, así que pon la buena. Este partido tú lo ganas con la zurda, sabelotodo. Y, además, te lo dejo arrina. ¡Pero vamos, Bernal, acaba de sentarte, hombre...!

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lunes, 18 de febrero de 2008

Parques emblemáticos

Las ciudades no fueran las mismas sin la existencia de sus parques, esos sitios a donde concurrimos alguna que otra vez para darle otra dimensión a la cotidianidad. Aquí en Las Tunas tenemos dos cuya historia se integra por derecho propio a lo mejor de nuestros anales.
El parque Maceo es, quizás, uno de los espacios citadinos más acogedores. Se trata de una zona de trasiego cotidiano y de un sitio inmejorable para el diálogo de atardecer. El terreno donde se asienta esta instalación era un solar yermo en el siglo XIX. Por allí levantaron su cuartel las tropas norteamericanas que ocuparon la ciudad en ruinas en 1898, luego del incendio mambí de agosto de 1897.
Terminaba la centuria cuando se construyeron por sus alrededores los primeros inmuebles. Al lugar se le comenzó a llamar entonces Plaza Cristina, en honor a una soberana española de igual nombre. Existen referencias de que el primer partido de béisbol celebrado en la otrora Victoria de Las Tunas se efectuó por la zona que hoy ocupa este parque tan querido. El hecho data del año 1901 y los rivales fueron un equipo del ejército de ocupación de los Estados Unidos acantonado aquí y una novena formada por vecinos de la ciudad.
No se ha podido establecer quién fue el ganador de aquel partido fundacional. Pero sí se sabe que el terreno de juego estaba situado en el área que ocupan hoy el propio parque Maceo y el taller Victoria de Girón, antes llamado Garaje Gascón. Luego la zona comenzó a poblarse con rapidez y a exhibir intensa actividad comercial por intermedio de la venta de productos al detalle, los negocios particulares y el alquiler de terrenos para que los circos levantaran sus carpas repletas de payasos, animales y trapecistas.
En todo aquel florecimiento económico, favoreció mucho a la Plaza Cristina su excelente posición casi en el centro de la villa, algo en lo que solo fue superada por el parque Vicente García. Buena parte de las fuerzas vivas de la época se asentaron por sus inmediaciones. Muchas construyeron por allí sus negocios y aprovecharon el buen momento para desplegar a todo trapo sus campañas de publicidad. En el parque sobreviven aún como constancia de tan singular marketing las inscripciones en muchos de sus bancos, casi todos cortesía de algunas de los más prósperas firmas comerciales de entonces.
El desarrollo de la ciudad en la etapa le debe mucho a los incentivos de este lugar. A finales de la primera década del siglo pasado, la Plaza Cristina tomó el nombre de Parque Maceo, en honor a una de las figuras más recias de nuestra historia. El 28 de agosto de 1947, por iniciativa del doctor Alfredo Guillén Morales, alférez del Ejército Libertador , fue develado en una de sus áreas el busto del Titán de Bronce. Una fotografía de la época recoge para la posteridad el instante. En ella aparecen los veteranos tuneros de las guerras independentistas del siglo XIX que en ese momento estaban vivos.
Junto con el paso de los almanaques, el parque Maceo se fue convirtiendo en un espacio de gran raigambre popular. Los estudiantes de las escuelas cercanas contribuyeron a fomentar su carisma mediante la celebración en su entorno del llamado «Día del árbol», en cuyo contexto plantaban en sus proximidades una postura de laurel. Hoy el parque Maceo forma parte orgánica del centro histórico de la ciudad En sus inmediaciones se agrupan importantes dependencias estatales, como la Dirección Provincial de Educación, la fábrica de tabacos, la sede de los escritores y artistas, el Palacio de los Matrimonios, algunas tiendas y varias oficinas.
EL PARQUE VICENTE GARCÍA
El parque Vicente García es la instalación de su tipo más populosa de la capital tunera. Tal vez por encontrarse situado en el vórtice mismo de su casco histórico, exhibe siempre gran actividad y concurrencia. La gente acude allí para conversar sobre cualquier tema, o, simplemente, para tomar el fresco de la mañana. No existe en la ciudad un sitio de mayor popularidad y carisma.
Este parque tuvo como antecedente la otrora Plaza de Armas, inaugurada en el mismo sitio el 3 de abril de 1858, un decenio antes de que los clamores del ingenio azucarero La Demajagua, cerca de la ciudad oriental de Manzanillo, convocaran a los cubanos a la lucha por la independencia de la isla. Según los investigadores del tema, aquí tuvieron lugar encarnizados combates entre las tropas cubanas y las españolas durante nuestras guerras de liberación del siglo XIX.
La plaza cumplió su función social por espacio de varias décadas. Pero en tiempos de la seudo república, el comandante del Ejército Libertador Eduardo Vidal Fontaine (Lalo), primer alcalde de Victoria de Las Tunas, acogió la idea de construir en el área un parque justamente el día en que asumió su cargo público, en el año 1910.
Las iniciativas para concretar tan noble propósito no se hicieron esperar, y el 11 de enero de 1911 quedó constituido en la ciudad el comité Pro Vicente García, cuyos integrantes recolectaron fondos para erigirle un monumento en la plaza al bien llamado León de Santa Rita. El pueblo y las fuerzas vivas locales halaron de la billetera para consumar aquel homenaje de mármol.
Para entonces el Consejo Provincial de Oriente había aportado ya mil pesos con el mismo propósito. Los tuneros le dieron gran respaldo a la convocatoria y mediante su contribución se logró reunir una bonita suma. Finalmente, el conjunto escultórico fue develado el 10 de octubre de 1915. En la ceremonia hizo uso de la palabra el doctor Alfredo Zayas, quien años después sería Presidente de la República.
Pero nadie vaya a imaginar que el parque Vicente García tenía por entonces la misma apariencia de hoy, con sus bancos de granito pulido, su piso de cemento y su configuración irregular. Cuando aquello sus bancos eran de madera y el piso de losas de barro. Tenía forma cuadrada, la cual perdió por exigencias constructivas al pasar por la ciudad la carretera central. Hubo que rebanarle un ángulo, justamente en el sitio donde se encuentra hoy el busto de José Martí. Pero esa es otra historia. Los interesados pueden leerla en este mismo blog, con el título Hubo que serruchar el parque.
Quien visite Las Tunas no puede prescindir de darse un paseo por sus parques principales. Ellos clasifican entre los sitios más interesantes de esta ciudad heroica, ecléctica y hospitalaria.

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miércoles, 13 de febrero de 2008

Origen del Día de San Valentín

Hoy, 14 de febrero, en una buena parte del planeta se celebra el Día de San Valentín. Infinidad de parejas de todas las procedencias, razas, geografías, edades, ideologías y profesiones entrelazan sus manos, se miran con intensidad y fijeza a los ojos o se juran amarse eternamente. Lo que no logra el más sublime de los sentimientos no lo consigue nada ni nadie. Cupido, dios del amor, lo sabe bien, y el mundo en pleno palpita cada año al calor de esta fecha.
Al diferencia de lo que piensan muchas personas, no se trata de una jornada tomada al azar para rendirle pleitesía a la deidad del carcaj y las flechas. El día tampoco tiene conexiones con el santoral que publican los almanaques y los diarios. En realidad, la conmemoración tiene su propia historia y sus consabidos protagonistas.
En la época del emperador romano Claudio II -allá por el año 270 de la era moderna- el mundo vivía estremecido por las constantes guerras entre los hombres. Para que sus jóvenes soldados rindieran más en las batallas y se concentraran en cuerpo y alma a la idea de derrotar a toda costa al enemigo, el tal Claudio II dictó un edicto absurdo e inhumano: ¡les prohibió a ellos contraer matrimonio!
Un obispo veinteañero de nombre Valentín hizo caso omiso del decreto imperial y se las arregló para desposar en secreto a las parejas que se lo solicitaban. Su templo se convirtió en una suerte de palacio conyugal. Pero el altruismo del sacerdote no duró mucho tiempo. Casi al iniciarse el año de marras fue descubierto, juzgado y condenado a muerte. Lo decapitaron el 14 de febrero.
Cuenta la historia que, mientras estuvo preso en espera de su ejecución, el obispo se enamoró perdidamente de la hija ciega de su carcelero. Con ella obró el milagro de devolverle la vista. Antes de morir, Valentín escribió a su amada un mensaje que terminaba con esta frase: «...de tu Valentín». Y, desde entonces, se adoptó la fecha de su azarosa muerte como el Día de los Enamorados.
Hoy las parejas que se aman en todas las latitudes del globo terráqueo se dan cita en esquinas, cabarets, parques, restaurantes, playas, bosques, plazas, templos, oasis, lagos, montañas… para confirmar juntos que el amor nunca morirá. Tal vez ella preparará un plato especial para comerlo junto a él en casa. O a lo mejor él se agenciará una pucha de margaritas para deshojársela a ella a los pies. Es que el amor es así, impredecible. ¡Ahí radica su encanto!
El mundo es hoy, 14 de febrero, un canto hermoso al amor. Llámese San Valentín o Día de los Enamorados, la gente que se quiere hará de la jornada un nuevo motivo para quererse.

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domingo, 10 de febrero de 2008

La Casa de Piedra

Es tan célebre que un popularísimo reparto de Las Tunas le pidió prestado su nombre y se quedó para siempre con él. Basta con mencionarla para que cualquier despistado llegue por su referencia a su destino. Todos la quieren, aunque no lo demuestren al pasar por su lado...
Durante muchos años fue el edificio más alto de Victoria de Las Tunas. Sus recios muros han desafiado a pie firme los embates del tiempo. Bueno, creo que ya di suficientes elementos. ¿Algún tunero duda que estoy hablando de nuestra conocidísima Casa de Piedra?
Antes de remitirnos a los orígenes de este vetusto inmueble, debo referirme a las compañías citrícolas norteamericanas que operaban por la zona en el siglo XIX. Ellas poseían extensas áreas de terreno fértil para la siembra, las cuales se vendían y compraban entre sí. Según los anales de la época, en 1904, el propietario de uno de estos emporios agrícolas inició la construcción de la casa.
Un año después estaba terminada. Resultó tan imponente y suntuosa que los vecinos de la barriada comenzaron a llamarla El Hotel. Entre otras cosas, tenía pecera, columpios, jardines, áreas de juego... No se había visto jamás cosa igual en la ciudad.
En la residencia no solo vivían los dueños, sino también algunos empleados, como un maestro traído de los Estados Unidos para enseñar en inglés a los niños. El inmueble tenía tres niveles. El más bajo a partir de mortero y cemento, con tres cuartos, sala y escalera. En el segundo estaban el comedor y cinco dormitorios. Y el último era un salón sin divisiones para todo tipo de juegos de mesa.
Su disposición era muy moderna desde el punto de vista arquitectónico. Las puertas y las ventanas simulaban semiarcos. Al fondo, una chimenea hacía las veces de elemento ornamental. Por añadidura, tres de sus costados disponían de corredores adornados con columnas que imitaban la piedra. Ya le digo, ¡una maravilla!
Los entrepisos eran de tablas sujetas con vigas de júcaro y pinotea. Y de madera también los cerramentos, cuyas viguetas se aseguraban con pernos y tornillos. El techo de cuatro pendientes estaba hecho de zinc con buhardillas que permitían la entrada del aire y de la luz.
En 1909, el grupo Las Tunas Fruit Company compró las tierras citrícolas y también la Casa de Piedra. Sus dueños situaron allí para administrar la naranja y la toronja a mister Charles Milligan, un norteamericano residente en la zona. Años después, la compañía vendió en subasta pública todas sus propiedades, que fueron adquiridas por el propio empleado y su familia.
Mister Charles y los suyos fueron los moradores más estables que tuvo la Casa de Piedra. Residieron allí por un buen número de años, vinculados a la actividad que le dio nacimiento. En ese ínterin, el local hizo las veces de almacén, vivienda y oficinas. En los finales de los años 30, el norteamericano se la alquiló a una tal Mercedes Mora, quien, a su vez, la transfirió más a José Acosta. La casa exhibía ya visibles signos de deterioro. Era el principio del fin.
Corrían los años 40 cuando sus últimos dueños la abandonaron definitivamente para marchar a su país. El acto devino auténtico regalo para numerosas familias sin hogar que vivían en la Victoria de Las Tunas de la época en condiciones de indigencia. La casa fue abordada, dividida y trastocada en vivienda múltiple de los pobres.
En 1962, las familias que vivían en la Casa de Piedra recibieron confortables viviendas. Las condiciones constructivas del inmueble ya resultaban pésimas. Con el tiempo solo quedaron en pie sus muros y algunas vigas como testimonio de una etapa vencida para siempre.
Hoy la Casa de Piedra cobija a un establecimiento comercial. Pero su antigua popularidad no ha mermado un ápice. El reparto tunero que la perpetúa no consentiría jamás en olvidar su historia.

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martes, 5 de febrero de 2008

El indio sin cabeza y el caballo blanco

Las enciclopedias suelen llamar leyendas a las narraciones de corte tradicional relacionadas con hechos imaginarios, pero considerados auténticos. La vida está llena de ejemplos de esa naturaleza, pues no pocas veces los acontecimientos verdaderos y ficticios se mezclan a partir de situaciones históricamente verídicas.
Cada comarca cubana cuenta con su propio repertorio de leyendas. En la zona oriental del país se suele hablar de los güijes, suerte de duendes enanos que, según la creencia popular, emergen de los ríos para asustar a los campesinos con sus extravagantes fisonomías. La referencia mítica se mantiene incólume en la memoria colectiva de muchas personas nacidas en la primera mitad del siglo pasado.
En la zona central es todavía común escuchar relatos espeluznantes acerca de la célebre «llorona», una tétrica mujer de rostro cadavérico y vestida de negro que suele vagar por las montañas del Escambray presa del remordimiento con un niño muerto entre sus brazos. A juzgar por la leyenda, ella pasa las noches entre sollozos, gritos y lágrimas por haber abortado a su criatura, lo cual siembra el terror entre la gente que cree a pies juntillas la historia.
Occidente también tiene sus correspondientes leyendas, como la de la tumba popularmente conocida por La Milagrosa, en el cementerio Cristóbal Colón, en La Habana, a la que se le atribuyen poderes sobrenaturales. Tiene su origen en una mujer llamada Amelia Goire, a quien se le dio sepultura allí el día 3 de mayo del año 1901, casi al término de su embarazo. Según se asegura, al abrir el sepulcro tiempo después, los familiares de la difunta la encontraron fuertemente abrazada a su pequeña hija. Desde entonces el sepulcro se convirtió en sitio de peregrinación, al que acuden cada año millares de personas de toda Cuba a hacer o a pagar promesas y a pedir favores, algunos de ellos milagrosamente concedidos.
En la ciudad de Las Tunas -¡cómo no!- tenemos la nuestra. Y, a pesar de que ya apenas se le menciona, los tuneros de pura cepa recuerdan todavía la antigua historia local del indio sin cabeza y su tenebroso e inseparable caballo blanco. ¡Cuántas tragedias se asociaron en diferentes épocas con aquel jinete y su cabalgadura!
La memoria popular fija la génesis del mito allá por el siglo XVII y lo relaciona con cierto idilio amoroso surgido en tiempos de la colonia entre un joven aborigen de la zona y la hija de un conquistador español. Una madrugada, este descubre el oculto romance y, en venganza, ordena sus sicarios decapitar al indígena.
Los matones cumplieron al pie de la letra la encomienda de su jefe. Sin embargo, y por razones que ni siquiera la propia leyenda esclarece, no pudieron presentarle al «agraviado» padre la testa del pobre indio asesinado. Sencillamente, el cadáver desapareció como por obra de un pasmoso e inexplicable acto de prestidigitación.
A partir de entonces se vio cabalgar por las sabanas de la otrora comarca de Cueybá a un indio sin cabeza que clamaba justicia a lomo de un espléndido caballo blanco. Desde fecha tan distante, cada aparición del singular fantasma se relacionó con cuanta tragedia individual o colectiva aconteció en la zona.
Una de ellas fue el accidente ferroviario que vistió de luto a la ciudad en el año 1945, con saldo de 25 personas fallecidas y numerosos lesionados. Otra, la célebre granizada de 1963 y su secuela de casas destruidas, comunicaciones interrumpidas y postes derribados. Tanto en uno como en otro dramas, los tuneros de entonces «aseguraron» que se había visto cabalgar la víspera por las calles al fatídico indio sin cabeza y a su no menos siniestro caballo blanco.
Todo lo malo que ocurría en la ciudad se lo achacaban: ¿un crimen pasional...? ¡El caballo blanco! ¿Una riña tumultuaria...? ¡El caballo blanco! ¿Un choque entre automóviles...? ¡El caballo blanco! Cualquier sonido de cascos o de relinchos en horas de la noche desbocaba el pánico. Se acostumbraba decir también que quien viera con sus propios ojos aquella suerte de centauro tenía los días contados. De ahí que, para evitar compromisos, nadie dijera «yo lo vi», sino «me dijeron que lo vieron». Vaya, por si acaso...
Con el tiempo, la leyenda fue perdiendo terreno hasta quedar virtualmente sepultada en el olvido. Hoy forma parte del folclor local y de la inspiración de sus artistas. Como por ejemplo la sugerente obra en metal que engalana un ángulo del Hotel Las Tunas, y que lleva la firma del escultor y pintor tunero Rogelio Ricardo.
El nivel cultural del que hoy goza nuestro pueblo hizo posible que creencias oscurantistas como la del indio sin cabeza y su blanca cabalgadura ya no atemoricen absolutamente a nadie.
Un poeta tunero, permeado del significado de la antiquísima leyenda, la interpretó y se inspiró en ella de esta lírica manera: / Y así la imaginación / es fuente de poesía / en esa superstición. / Belleza en la fantasía / belleza en la realidad... / si es ficción o si es verdad / ¿nos importa todavía? /
Aunque de una manera diferente, el caballo blanco y su indio decapitado cabalgan todavía entre nosotros.

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jueves, 31 de enero de 2008

Acuse de recibo

Mi fraterna amiga peruana Edda González, con quien trabé amistad hace casi un lustro en una sala de chat de Internet, me ha obsequiado y remitido por la vía postal el libro La cuarta espada, de su compatriota Santiago Roncagliolo, que reseña la tenebrosa historia de Sendero Luminoso y de su líder Abimael Guzmán, un tema tristemente recordado por los hijos de la bella nación sudamericana. Gracias, Edda…Manuel Rodríguez, un tunero radicado desde hace casi 30 años en Inglaterra, me envía mensajes y comentarios llenos de amistad con alusiones a mi página y me propone que escriba en mi blog algo sobre la localidad de Chaparra, la patria chica que lo vio nacer, pues, según él, allí han ocurrido cosas dignas de contarse. Prometo que pronto lo complaceré… Lourdes me escribe desde Mendoza, Argentina, para decirme que entró por casualidad a mi sitio web. «Me pareció muy interesante y muy especial –asegura-, sobre todo esa original costumbre de tu país de ponerles nombres a los años.». La gaucha me envía un abrazo electrónico , me desea éxitos y me augura cosas buenas para el presente año... Tengo dos excelentes amigos cumpliendo misiones médicas de solidaridad en África. Lupe, fisioterapeuta, está en Namibia; y Álvaro, clínico, anda por Gambia. Ambos se han comunicado conmigo vía e-mail. Álvaro: «Tremenda alegría leer tus escritos a más de 10 mil kilómetros de distancia.» Lupe: «No sabes cuánto me ayuda tu sitio a soportar la lejanía de la Patria y la familia.» Un abrazo apretado para los dos… De salto en salto entré hace un par de meses a un blog desconocido y, para mi sorpresa, encontré publicado allí un trabajo mío. Le dejé a su dueña un comentario de agradecimiento y ella, a su vez, me escribió desde Santa Mónica, Estados Unidos, estas frases: «Te felicito por la crónica del escritor de crucigramas y espero que nos podamos seguir comunicando. Mucha suerte y éxitos». Lo propio, Rosa Ileana… El 24 de noviembre pasado, Juan Carlos Cuba Marchán me escribió desde Madrid: «Fíjate las casualidades de la vida: hoy encontré tu blog por casualidad. En tu trabajo titulado Aquella visita de Jorge Negrete, mencionas a mi tía Doña Elia Julia Marchán de Cabrera, persona de gran cultura y memoria, pero de mejor corazón, natural de Las Tunas. Y justo hace unas horas me han llamado para notificarme su fallecimiento»… Desde Norcross, Georgia, Estados Unidos, me escribe Iria Martínez: «Nací en Victoria de Las Tunas en 1962. Salí de mi país en 1970 hacia Nueva York. Tengo pocos recuerdos. Viví en Santa Maria en una casa-escuela en la cual mi madre era maestra. Ella es hija de Filiberto Peiso, hijo de de Charles Peiso e Iria Mayo. Si usted tiene alguna información adicional de mis antepasados, ruego la comparta conmigo.» Iria, pertenece usted a una estirpe gloriosa. Ya le he enviado información sobre sus ilustres parientes… José Alejandro Rodríguez, amigo y colega, uno de los periodistas estrellas del periódico capitalino Juventud Rebelde, me ha dejado en el blog un comentario muy estimulante. Dice Pepe: «Cuando entro en tu página siento la sensación que solo se siente en un inmenso patio trasero, arbolado, de una casa entrañable y querida». Desde La Habana suelo recibir periódicamente mensajes de mi coterráneo Diego Soca Lago. Dice así en su último correo: «He tenido un tiempecito y he leído tus últimos cuatro trabajos. El de La Rueda, como toca el tema de la aviación, al que soy aficionado, me hizo recordar mis años de adolescente en Las Tunas, cuando se me salían las babas mirando las acrobacias de alta escuela que hacía Paco el Chivo en su pequeño Pipper en los cielos de la ciudad». Ricardo Rocha Huerta es un artesano que vive en el Distrito Federal de la capital de México. Anduvo curioseando por mi página, le interesaron algunos de sus materiales y me exhorta a mantenerla. Me envía un mensaje donde expresa su admiracion por el pueblo cubano... GRACIAS A TODOS POR ESCRIBIRME.

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sábado, 26 de enero de 2008

Una comarca singular

La naturaleza parece que eligió a la geografía de Las Tunas para alimentar su vocación de jaranera empedernida. ¡Vaya manera de divertirse la muy pilla a costa de sus criaturas! En tanto nuestra madre común, sus excentricidades no establecen distinciones. Porque lo mismo le toma el pelo al reino animal que al vegetal y al mineral. Basta revisar los archivos locales para confirmarlo.
Comenzaré con ejemplos relacionados con animales. En la zona de Santa María 16, municipio de Jesús Menéndez, obligó a un infeliz gallo a pasar por la vergüenza de poner huevos. ¡Vaya humillación delante de las gallinas! Con otro quiquiriquí del reparto Sosa se explayó de una manera diferente: lo condenó a transitar por la vida con cuatro patas en lugar de dos. No satisfecha con eso, a un tercer individuo de cresta y espuelas del poblado de San Manuel le hizo la jugarreta de dotarlo de un par de patas tan largas y ridículas que más se parecía el desafortunado a un flamenco que a un ave de corral. Francamente, los gallos tuneros tienen razones para quejarse.
Algunos perros han sido también blancos de bromas genéticas de dudoso gusto. De un lote de perritos recién nacidos por la zona de Majibacoa, la madre suprema se burló así: incluyó en la camada a un cachorro tan parecido a un gato que hasta maullaba y todo. Papá perro –suspicaz- debe de haber mirado con ojos torcidos a mamá perra. Imagínese, el pequeño solo tenía de can el rabo y las orejas. En todo lo demás era un auténtico minino. Los veterinarios hablaron luego de malformaciones congénitas y de esas cosas.
Y a propósito de malformaciones, alguien me comunicó que en Manatí un cerdito nació con dos cabezas y un cuerpo. Y de otro que vio la luz con dos cuerpos y una cabeza. Pero, al parecer, la Doña se percató de que estaba yendo demasiado lejos con sus ocurrencias grotescas, y entonces decidió que tanto uno como otro tuvieran solamente unos minutos de vida.
Y eso de que perro y gato han sido enemigos irreconciliables desde que el mundo es mundo, ella lo puso en entredicho. Porque, si así fuera, ¿cómo una perra del suereño municipio de Jobabo permitió –sin mostrar sus amenazadores y afilados dientes- que un gatito huérfano y hambriento se prendiera de sus tetas a darse un atracón de leche fresca? Inexplicable.
Como para demostrar su omnipotencia, se gastó, además, la travesura de inducir a un diminuto, multicolor e intranquilo colibrí a comer y a beber de la mano de una muchacha en el barrio de Becerra.
Al reino vegetal no le va mejor en esta retahíla de tomaduras de pelo. En el poblado de Almendrón, la monarca se encaprichó en que un cocotero tuviera dos troncos, y así, en original y copia, sobrevive el larguirucho. A otro de la misma especie lo convirtió en contorsionista. ¿Cómo? Hizo que su tronco elástico y fibroso se torciera hacia un lado hasta quedar paralelo con la tierra.
Los plátanos tampoco quedaron fuera del retozo contranatura: una mata cultivada en territorio de El Cerro de Caisimú tuvo una parición mitad burros y mitad machos. Y los frutos de una segunda sumaron 179, con un peso total de 80 libras. No satisfecha con estas marcas, una tercera se dio el lujo de alumbrar no uno, sino... ¡tres racimos!
El caso de las guayabas del poblado de Delicias, en Puerto Padre, es antológico. No pecarían de impostoras si se les confundiera con aguacates. ¿Y qué decir del ñame extraído en la zona de Maniabón? Es como para persignarse: ¡215 libras de peso!
Concluyo: una variedad tan humilde como el limón segregó seguramente abundante ácido cítrico con las bufonadas de su creadora natural. Esta decidió que en uno de dichos frutos coexistieran dos al unísono, lo cual elevó su cotización a la hora de la limonada. No se quedó ahí, empero. Y, como en un alarde de mágicos poderes, convirtió en trillizo a un cilíndrico y verde pepino en su misma parcela de germinación, quizás también con las intenciones de potenciarle el rendimiento sobre la fuente de las ensaladas. Hay más: a una mata de fruta bomba, también en Puerto Padre, la empinó hasta los nueve metros de altura. Con semejante tamañón, ¿quién sería capaz de escamotearle una papaya para hacer un batido?
Con las personas no ha sido menos guasona la reina de la vida. Ahí va un ejemplo con reminiscencias de quirófano y de bisturí: en el tunero hospital «Guevara», un cirujano le extrajo del vientre a una mujer un enorme fibroma que pesó... ¡25 libras! Tan inusual suceso no tiene precedentes en los anales de las Ciencias Médicas del territorio.
Y otro caso singularísimo: en el municipio de Manatí, un niño vino al mundo con sus encías pobladas de dientes, listo tal vez para hincarlos en el primer chicharrón que le pusieran delante. En tanto, por la zona de San Antonio de El Cornito, hubo hasta hace poco tiempo un anciano ciego –Rafael- que excavaba pozos derechitos y simétricos sin recibir ayuda ni de arriba ni de abajo de los orificios. ¡Solito se las arreglaba con sus herramientas! Parecía tener ojos en las manos. Y ya que hablamos de huecos para el vital líquido, es muy conocido entre los tuneros el insólito hecho de que en las proximidades del litoral de Puerto Padre existe un pozo cuyas aguas son potables y dulces.
Sí, Las Tunas es tierra de curiosidades. Se trata de un divertimento de la madre naturaleza en este territorio exuberante y pintoresco. Provincia con nombre de planta desértica, región marcada por una toponimia que hace sonreír por su originalidad, comarca de recurrencias escultóricas, permanece ahí, asomada al balcón del oriente cubano, como un libro singular abierto al visitante.

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martes, 22 de enero de 2008

Martí de carne y hueso

A José Martí, el Héroe Nacional de los cubanos, lo tenemos sus compatriotas como a alguien muy cercano y entrañable. Ante las más disímiles circunstancias, una cita suya nos sirve de asidero y de argumento. Su ideario abarca variados temas, y no solamente está recogido en sus copiosas Obras Completas, sino que, además, los medios de difusión lo divulgan periódicamente. El hombre de Dos Ríos se erige, sin dudas, como el más universal de todos los nacidos en esta isla.
Martí sufrió presidio político en las canteras de San Lázaro siendo casi un niño. Tamaña experiencia flageló su organismo y lo hizo padecer. Además, el hierro del grillete le provocó una llaga en un pie cuya cicatriz llevó durante toda su existencia a guisa de estandarte. Los médicos de la época lo intervinieron en más de una ocasión, sin conseguir rehabilitarlo por completo. «Partiendo piedras bajo un sol inclemente- dijo de aquella terrible y cruel etapa el Doctor Ramón Infiesta-, su frágil salud se resintió para siempre».
En realidad, muy poco se ha escrito en Cuba y en el exterior acerca de cómo era José Martí físicamente. La grandeza de su pensamiento aún no le ha dado oportunidad a los estudiosos de incursionar a fondo en ese asunto. Y no se trata, por cierto, de un tema secundario ni baladí. A los hombres hay que bajarlos cada cierto tiempo de sus pedestales y recorrerles simbólicamente la epidermis. Eso los humaniza en tanto los acerca más a sus seguidores.
A juzgar por los testimonios de personas que lo conocieron y trataron, la estatura del Apóstol de la independencia cubana era de unos cinco pies y medio, y su peso corporal de alrededor de 140 libras. Casi siempre llevaba un bigote grueso y una fina mosca en el mentón. Su cabeza no era tan grande y desproporcionada como denota el mundialmente conocido busto del escultor J. A. Sicre.
Su apéndice nasal era recto, como sus ideas. Y sus ojos no eran negros, sino pardos, de los que dijo el pintor Federico Edelman al esbozarlos: «Color que tiene los tonos cambiantes de las olas, desde el oscuro hasta el claro, en una sensación variable de carmelita a verdemar.» Se dice que eran melancólicos y dulces. ¡Pero centelleantes y enérgicos al atacar desde la tribuna!
Enrique Collazo, que lo conoció bien, ha dicho de él: «Era excesivamente irascible, muy nervioso, ¡un hombre ardilla! Quería andar tan de prisa como su pensamiento, lo que no era posible. Subía y bajaba las escaleras como quien no tiene pulmones. Y vivía errante, sin casa, sin baúl, sin ropas, dormía en el hotel más cercano, donde lo sorprendía la noche o el sueño.» Y también: «Era un hombre de gran corazón, que necesitaba querer y ser querido.»
Aunque se ha dicho que ocasionalmente fumaba, personas próximas a él lo niegan. «Y es cosa rara –admite un colega-, ya que la mayoría de sus colaboradores y hermanos de lucha eran consagrados y formidables tabaqueros, como los de Cayo Hueso.» Eso sí, aseguran que era un excelente catador de licores. Su bebida preferida fue siempre el vino de Mariani, muy de moda en aquella época, con el cual cierta vez sus enemigos políticos trataron de envenenarlo.
Era Martí un orador brillante e incansable, capaz de improvisar varios discursos en una jornada. Y, como empleaba la voz sin apenas cuidarse, las afeccciones lo perseguían, principalmente inflamaciones de la garganta y de sus cuerdas vocales. El Doctor Eligio Palma, que solía atenderlo cuando eso ocurría, le recomendaba reposo absoluto y no hablar una palabra. Pero Martí hacía caso omiso a sus indicaciones y siempre respondía: «Cuba no puede esperar.»
Según escribió en un libro Gonzalo de Quesada y Miranda, Martí dormía poco y mal. Su sueño era casi siempre inquieto, y, cuando lo conciliaba, solía hablar incoherencias y agitarse de uno a otro lado del lecho. Una vez le preguntaron: «¿Y usted cuántas horas duerme?» Y contestó con rapidez: «Cinco, mientras mi Patria no sea libre.»
Es muy hermoso y exacto este retrato que hizo de él un periodista cubano a partir de su biografía: «Frágil de cuerpo, precario de salud, con una dolorosa herida inguinal de presidiario que no se le curó nunca, con su endeble estructura física, anduvo a caballo muchas leguas por Santo Domingo, se cayó y se magulló una pierna, aprendió con Gómez a disparar con arma de guerra, a usar el machete, a cortar leña, a cocinar frijoles, y, durante la tormentosa travesía marítima hasta Playitas, se le vio, remo en mano, en aquellas angustiosas horas en que puso su corazón de patriota, de hombre y de poeta a navegar rumbo a la libertad.»

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miércoles, 16 de enero de 2008

Historia sobre ruedas

Aunque la mayoría de los médicos y de los profesores de Educación Física dan por hecho que caminar es un excelente ejercicio para fortalecer la salud física y mental, no es menos cierto que recorrer por necesidad a pie grandes distancias ha representado siempre un fastidio para la gente de cualquier época.
Hace unos cinco mil años nació en la ciudad sumeria de Uruk, en la antigua Mesopotamia y actual Iraq, el invento más trascendental de la historia de la humanidad: la rueda. Su aplicación práctica vino en ayuda de la gente de a pie, porque propició al unísono el surgimiento de los primeros medios de transporte de los que se tengan referencias.
En al año 1903 comenzó a circular en Las Tunas lo que se considera como nuestro primer «vehículo» de pasaje. Se trataba de un carretón tirado por dos mulas, con asientos laterales para diez personas y propiedad de un holguinero llamado Quintilio Cruz Escobar. Cubría el trayecto entre el puente Wood de la calle Vicente García y el paradero del ferrocarril, a un precio de cinco centavos.
El negocio de Quintilio tuvo al instante múltiples seguidores que se dieron a la tarea de habilitar a toda prisa sus propios carromatos. La ciudad era todavía pequeña y solo contaba con unos pocos miles de habitantes. Pero los tuneros de entonces acogieron complacidos esta alternativa de mejoría para sus piernas.
La tracción animal se extendió ipso facto al sector del comercio y los abastecimientos. Los anales citadinos confirman que por entonces convoyes de carretas tiradas por bueyes hacían el viaje de ida y regreso por caminos casi intransitables entre Victoria de las Tunas y el distante puerto de Nuevitas, en la provincia de Camaguey, en marchas que duraban varias jornadas. Por fortuna, tamaño esfuerzo tuvo vida limitada, pues la situación cambió en el propio 1903, con la inauguración del paso por la ciudad del ferrocarril central.
El automóvil hizo acto de presencia entre los tuneros algunos años después, aunque el primero de todos ya circulaba en La Habana desde diciembre del año 1898. El suceso original ha sido reseñado así por sitio especializado que navega en Internet: «Aquel vehículo con motor de bencina, capaz de recorrer apenas unos 10 kilómetros por hora, de apariencia endeble y bastante inseguro, llegaba para hacerle la competencia al coche de caballos, poner a las autoridades a pensar acerca de nuevas regulaciones del tránsito y forzar al mejoramiento de los caminos todavía polvorientos de la capital cubana».
En definitiva, no fue hasta el año 1916 cuando exhibió su rocambolesca y estrepitosa figura por las calles de Victoria de Las Tunas el primer automóvil del que tengamos referencias. Era del tipo conocido por tres patás y -entre bocinazos y traqueteos- al timón iba muy orondo su propietario, un señor de nombre Juan Rosabal, de quien no se conocen detalles complementarios.
Meses más tarde, el coronel del Ejército Libertador Narciso Fonseca rodó en la ciudad el primer camión, que -según documetnos de la época- pesaba alrededor de seis toneladas. Días después de su estreno en la vía pública, y según reseñó jocosamente la prensa local de la época, el vehículo se accidentó mientras cruzaba cargado de ladrillos por el único puente que la ciudad tenía a la sazón.
Casi al unísono con la introducción del automóvil en Cuba, surgieron los servicentros, a los que también se les denominaba por entonces garajes. El pionero de ellos en la isla estuvo ubicado en el número 28 de la habanera calle Zulueta. En Las Tunas ocurrió algo parecido, de ahí que desde 1916 los novísimos vehículos dispusieran de un sitio para habilitarse de combustible: una primitiva bomba de gasolina cerca del paradero y registrada a nombre de un tal Juan Ramírez, quien personalmente le daba manigueta para hacer fluir el líquido desde el aljibe en que se encontraba depositado. Antes de la introducción de semejante novedad tecnológica, el hidrocarburo se distribuía en latas metálicas con capacidad para dos galones.
Lo de las guaguas locales vino luego. Ya la ciudad se había expandido, por lo que sus rutas comenzaron a recorrerla en diferentes direcciones. Aquellos vehículos tenían una singularidad común: todas sus conductoras-cobradoras eran mujeres.
Cuando le correspondió su turno, el ferrocarril tunero pasó veloz a desempeñar un importante papel en materia de transportación pública. El municipio de Manatí resultó el que más hizo por convertirlo en tradición, al implementar todos los días varios viajes regulares entre sus predios y la ciudad de Victoria de Las Tunas, distante 46 kilómetros. Y cosa curiosa: durante decenas de años, los manatienses llevaron sus muertos hasta el cementerio local por el también llamado camino de hierro. Se trata de una costumbre que no tiene precedentes conocidos en todo el territorio nacional.
Manatí atesora en sus anales otra exclusiva en materia transportista: ¡un avión de pasajeros! En efecto, allá por los años 70 y tantos del siglo pasado, una avioneta agrícola realizó vuelos comerciales entre la cabecera municipal y la ciudad de Las Tunas. Bastaba media hora para cubrir el trecho con una tarifa de cinco pesos por viajero. La gente descendía orgullosa del aparato en la estropeada pista del central Argelia Libre, como si hubiera hecho el viaje en una modernísima aeronave de última generación.
Y a propósito, el tema de la aviación tunera no puede tratarse sin mencionar a una mujer de armas tomar: Nelia Rodríguez, la primera fémina de la zona oriental de Cuba en pilotear a solas una nave aérea. Ocurrió en 1952, cuando ella –estudiante de una escuela de aviación existente en la ciudad- trepó sin compañía hasta la cabina de un pequeño Pipper J-3, tomó asiento ante los mandos, arrancó el motor, correteó por la pista del aeródromo, despegó como una consagrada, tomó altura sobre la ciudad, dio varias vueltas sobre ella y luego, sin contratiempos, aterrizó como una paloma.
También el transporte marítimo tiene su historia en Las Tunas. Hace unos cuantos años, antes de sobrevenir el Período Especial en Cuba, hubo una línea de pasajeros que unía a la ciudad granmense de Manzanillo con el puerto tunero de Guayabal, en el municipio de Amancio. El crucero lo realizaba un barco de mediano porte y capacidad sobre las aguas del Golfo de Guacanayabo. Es esa la razón por la que muchos manzanilleros viven hoy en Guayabal y no pocos guayabalenses hayan tomado residencia en Manzanillo.
Hoy el transporte público tunero prosigue coloreando nuestras calles y carreteras, urgido por circunstancias que piden a gritos imaginación y pragmatismo. Ahí están para probarlo los camellos, esos colosos rodantes mitad ómnibus y mitad rastras. Y los inefables bicitaxis, prestos siempre a llevar a sus clientes hasta cualquier punto.

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