Soñadora
Original
Fina
Inteligente
Adorable
Bondadosa
Efusiva
Alegre
Tremenda
Risueña
Intranquila
Zalamera
sábado, 28 de febrero de 2009
Mis hijas hoy
Espero que mis lectores no me cuelguen el sambenito de «padre apasionado» y me excusen de la retahíla de adjetivos hermosos que he puesto en el currículo de mis hijas. Les garantizo que no convoqué a ninguno «a la cañona» para resolver las exigencias del acróstico. Los seleccioné porque retratan con exactitud las respectivas personalidades de Sofía y Beatriz. Aclaro que los términos son diferentes entre sí porque sus destinatarias, por fortuna, también lo son. ¡Bien que lo sabré! Pero esos detalles solo pueden calibrarse desde la perspectiva de un padre. ¿Defectos? Sí, me imagino que ellas los tengan (aunque no estoy seguro jajajajaja...). Pero, por favor, no pretendan que sea yo quien asuma ese inventario. Además -y a pesar de lo generalmente aceptado- la perfección suele ser aburrida. Porque, si de niños se trata -y de niñas, como me rectificaría Sofía con su proverbial enfoque de género-, llorar sin ningún motivo, poner patas arriba la casa, fastidiar en momentos inoportunos, pintar con crayolas las paredes, negarse a tomar un medicamento, exigir a gritos la leche en plena madrugada, encapricharse con un juguete inalcanzable para el bolsillo, intruducir trozos de galleta por la ranura del lector de disquetes de la computadora, triturar el material de poliespuma de mi casco de motorista, descolgar durante sus retozos el teléfono, quebrar contra el piso las puntas de los lapiceros y garabatear libretas de notas también tiene sus encantos. Se los puedo jurar por las deliciosas y terribles horas -¡meses!- de estrés, insomnio, malestar, pánico, nerviosismo, desequilibrio, cefalea y alteración que tengo acumuladas en la caja del cuerpo desde que mis hijas me hicieron el fabuloso regalo de venir al mundo. He dicho...
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miércoles, 25 de febrero de 2009
Llegó el visitante 30 mil
Hace cuestión de unos minutos husmeó un rato por CUBA JUAN el visitante número 30 mil. Desconozco su procedencia y mucho menos su identidad. ¿Sería un taiwanés? ¿O quizás un chileno? ¿Acaso un marroquí? ¿Pudiera ser un español? ¿A lo mejor un compatriota? Nunca lo sabré, pero es algo que no me quita el sueño. De cualquiera de esas latitudes -y de muchas otras -me han honrado con su cibervisita 30 millares de veces desde aquel diciembre del 2005, cuando esta página salió a navegar por la red con la misma zozobra del grumete que se enrola en su viaje inaugural. ¡Qué gran alegría me causaron los primeros comentarios! ¡Cuánto agradecí las primeras firmas en mi Libro de Visitas! Recuerdo con especial cariño a Esthercita Fernández, manatiense de ley y una de las personas que más entusiasmo demostró con mi proyecto. Sus mensajes llenos de aliento me compulsaron a mantener el rumbo. Y, como ella, ni se sabe cuántos coterráneos más que andan dispersos por todo el mundo sin perder de vista sus raíces. Con ellos intento mantener una comunicación que nos permita interactuar. Ustedes no se imaginan lo útil que me sentí cuando hice públicas aquí en mi retablo personal, las fotos de los estragos causados por el huracán Ike en Manatí en septiembre pasado. Y cuando les reseñé con los ojos húmedos y un nudo en la garganta la magnitud aterradora del desastre. Para eso sirven también -¡y muchísimo!- estas páginas que viajan con la mejor de las intenciones. Para aproximarnos, independientemente de las distancias; para entendernos, independientemente de las ideologías; para querernos, independientemente de los parentescos. Esas son algunas de sus conquistas. Sería una torpeza dejarlas pasar de largo. Hay que aprovecharlas en beneficio común. Desconozco la nacionalidad y el nombre de mi visitante número 30 mil. El mismo que ahorita se paseó por algún post de CUBA JUAN sabe Dios con qué motivaciones en su display. Chino, salvadoreño, egipcio, canadiense, iraní, neozelandés, namibio, griego, israelí o de la mismísima Conchinchina, le agradezco -aunque nunca se entere- la gentileza de su visita. Y les ofrezco garantías a él y a las personas decentes de la red de que en mi espacio tienen las puertas abiertas.lunes, 23 de febrero de 2009
Otra foto del recuerdo
Emperadores del brillo
Primero es el agua para eliminar la suciedad. Después la tinta rápida, siempre cuidando de no manchar las medias ni los bajos del cliente. El betún tiene su maña. En eso el dedo pulgar derecho de Ray merece un Guinness. Viaja entre el calzado y la vasija con la celeridad de un rayo. Y va embadurnando el tacón, la puntera, el talón, el empeine... Donde se posa, irradia la luz.
Luego debuta en el aseo don cepillo. Así, chas chas chas, coordinado con rítmicos movimientos de brazos. El lustre final se le confía al paño. Si es de gamuza, mejor. Ray sabe cómo hacerlo estallar en el aire como si fuera un látigo para que el cliente admire su pericia y pague satisfecho por el trabajo realizado. Es una de sus especialidades. ¡Ahhh, muy bien, refulgen como espejos los zapatos!
El origen de los limpiabotas se despista en la consabida noche de los tiempos. Sin embargo, no creo que se remonte a 15 mil años atrás, cuando los hombres prehistóricos comenzaron a cubrirse los pies con pieles de animales para protegerlos al andar por la fría nieve. Si de precisión se trata, me quedó con la que hace la célebre imagen del francés Louis Daguerre tomada en 1838 desde la ventana de su estudio en París. La instantánea se conoce con el nombre de Boulevard du Temple y en ella aparece la primera persona fotografiada de la historia: ¡un limpiabotas!
Con independencia de las dudas en torno a cuándo comenzó la era de los lustradores, quienes conocen del tema afirman que estos ubicuos y cosmopolitas artífices del brillo gozaron de su minuto dorado a fineales del siglo XIX e inicios del XX, momento del debut comercial de la fórmula moderna del betún, ese producto imprescindible en la gaveta de todo limpiabotas que se respete. Añaden que las guerras mundiales potenciaron su demanda mediante la limpieza del calzado militar utilizado por las tropas.
Muchas personas que en su adultez ganaron notoriedad contribuyeron cuando niños al sustento familiar como limpiadores de calzado. En el ámbito de la política, no se avergüenzan de haberlo sido Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, ni el exmandatario peruano Alejandro Toledo. Limpiabotas fue también Malcom X, el norteamericano luchador por los derechos civiles de los negros, quien practicó el oficio en clubes nocturnos de Nueva York.
Otros que convivieron sin sonrojarse con el cepillo y el betún fueron, en diferentes fechas y lugares, el pelotero dominicano Sammy Sosa, el cantautor venezolano Alí Primera, el cómico azteca Mario Moreno (Cantinflas), el vocalista boricua Daniel Santos, el futbolista brasileño Edson Arantes do Nascimento (Pelé), el actor estadounidense Anthony Quinn y el púgil cubano Eligio Sardiñas (Kid Chocolate). Mucho brillo tuvieron que sacarles a botines ajenos antes de brillar luego ellos mismos en sus respectivas profesiones.
Las artes no les han resultado esquivas a los lustradores de zapatos. Así, un drama fílmico del 1946 del gran Vittorio de Sica lleva ese nombre: El limpiabotas. Y una película mexicana, El bolero de Raquel, asume también ese argumento. Además, sobre el tema hay una canción interpretada por Frank Sinatra y Bing Crosby; una novela de la autoría de Doug Stumpf; y hasta un dibujo animado de televisión en el que un simpático perro oculta su identidad tras el aspecto de un bruñidor de calzado.
TODO LO QUE BRILLA NO ES ORO
«A mí nadie puede hacerme cuentos ni decirme lo que éramos los limpiabotas antes de 1959 –dice mientras cepilla un mocasín caoba Rubén Rodríguez Guerrero, quien, con sus seis décadas en el oficio, presume de ser el lustrador más antiguo de Las Tunas.- Y no solo por el escaso dinero que ganábamos, sino también por los maltratos y las humillaciones que teníamos que aguantarle a la gente que nos menospreciaba. Yo sí puedo hablar de aquello».
Rubén comenzó a limpiar zapatos en la ciudad a los ocho años de edad. De esa época recuerda con rencor a los guardias de la dictadura de Batista. Andaban de ronda por el parque Maceo y cuando lo divisaban con su cajón y su banquito le gritaban: « ¡Oye, tú, ven y limpia!» El niño acudía y les pulía las botas. Pero los esbirros se negaban luego a pagarle los 10 centavos. «Anda, dale por ahí, andrajoso », lo ofendían. Si reclamaba de nuevo, las bestias con uniforme le daban una patada al cajón. Aquella gente llevaba los zapatos limpios, pero los sentimientos muy sucios.
«En el capitalismo ser limpiabotas era la última carta de la baraja –asegura-. No servía ni para malvivir. Lustrar un par de zapatos llegó a valer solo tres centavos. Yo dejaba los pies por las calles en busca de clientes. Me iba con mi cajón por el paradero del ferrocarril, el repartoLa Victoria , el centro de la ciudad... Menos alpargatas, limpiaba de todo. Trataba de estar lejos de los guardias, porque si te sorprendían merodeando por esos lugares te decían: “¡piérdete de aquí ahora mismo! ” ¿Y qué iba a hacer uno? ¡Perderse! Aquel desprecio no se me ha olvidado».
Lo que Rubén nunca soñó fue que cuandola Revolución tomó el mando, él comenzaría a limpiar zapatos en un cómodo local junto a varios de sus antiguos compañeros de oficio e infortunio, con un sueldo digno, enaltecido como ser humano y respetado por la gente. Ahí permaneció durante un buen tiempo, hasta que en febrero de 2006 la antigua casona fue convertida en un lujoso salón de limpiabotas –El Brillo- en el céntrico bulevar tunero. Ahora allí lustran con aire acondicionado y mucho confort en 10 sillones que para qué contar. Su hijo Rubén trabaja con él...
UNA HISTORIA INCREIBLE
Se llama igual que su padre: Rubén Rodríguez. Cumplió 44 años de edad y lleva 15 limpiando zapatos. Antes fue metalúrgico, pero renunció a los altos hornos «para estar al lado del viejo». En el salón se especializó en lustrar calzado blanco, algo que, por lo complejo, no todos sus colegas saben hacer. Tiene una clientela grande, y estable que justipreciar la calidad de su servicio. ¿Anécdotas? «Bueno, yo creo que cuando se la cuente no me la va a creer». Y entonces me relata la insólita historia.
«Fue recién inaugurado el salón –recuerda- Era de mañana y todavía no teníamos mucha gente para limpiar. Salí afuera un momento a hacer una gestión. No demoré mucho, quizás unos 10 minutos. Y cuando estuve de regreso, lo vi. Estaba sentado muy campante y todo vestido de blanco en el primer sillón, cerca de la puerta. Yo me paré al lado del mío. Volví a mirarlo. Y me dije: “No, no puede ser él”. Pero sí, ¡era el Comandante dela Revolución Juan Almeida Bosque en persona! Andaba recorriendo el bulevar con Jorge Cuevas, el secretario del Partido en Las Tunas».
Rubén cuenta que después de conversar un rato con los presentes, quienes le hicieron preguntas acerca de su reconocida faceta de compositor musical, Almeida se viró para él y casi le ordenó: «Súbete a ese sillón, que hoy soy yo el que te va a limpiar los zapatos a ti. Voy a recordarme de los tiempos en que fui limpiabotas en el parque dela Fraternidad.» Y con la misma puso manos a la obra.
«Los que estaban allí no lo podían creer –rememora-. Algunos de ellos llegaron a pensar que era una broma y que Almeida no se ensuciaría las manos con el betún. Pero se equivocaron. ¡Se las embarró! Yo le aseguro a usted, le apuesto lo que desee, que ningún dirigente del mundo es capaz de hacer algo parecido. Y con la historia que tiene Almeida, menos que menos. Dio la casualidad que por allá afuera andaba un fotógrafo con su cámara. Alguien lo llamó e hizo la foto para que no digan que fantaseo».
LIMPIABOTAS INTELECTUAL
Jamás le pasó por la cabeza limpiar zapatos. «Los míos sí, pero los de los demás, ¡nunca!», aclara, risueño. Y es que Roberto Acosta Peña, además de cortar caña y labrar el surco en el capitalismo, se hizo contador profesional a base de sacrificios. Luego de 1959 le tomó el gusto al estudio y obtuvo el pergamino de contador planificador. Finalmente, en 1980, se graduó de licenciado en Economía General, después de transitar por unos cuantos almanaques entre nóminas, calculadoras, informes y formularios.
«Cuando llegué a los 60 años de edad, me jubilé –afirma este tunero legítimo-. Pero enseguida me aburrí de no hacer nada y decidí hacerme limpiabotas. Fue una resolución sabia, porque este oficio me ha dado muchas satisfacciones y alegrías. Principalmente conocer a personas importantes, como deportistas, músicos, profesores, dirigentes... Son clientes fijos de mi sillón. Vienen a limpirse los zapatos conmigo porque les agrada mi conversación y porque saben que soy gente responsable, seria y revolucionaria.»
Roberto se considera un profesional en su oficio. Y no compromete la calidad por nada del mundo. «Porque al que le haces un mal trabajo, no regresa», testifica. De ahí que se preocupe tanto porque sus productos sean siempre de primera. Cada vez que puede, realiza una inversión y compra algo en la shoping. Como el relux, un líquido que se mezcla con alcohol y da una tinta excelente para dar brillo.
«Mi clientela es selecta –reitera-. En mi sillón no toma asiento la furrumalla ni la gente grosera. Tampoco acepto a los borrachos ni a los antisociales que hablan mal dela Revolución. A esos les doy camino enseguida. Mientras limpio, me gusta hablar de política y de cultura. Y analizar los temas con gente que sabe. Por eso mis usuarios dicen por ahí que yo soy un intelectual del brillo. Ah, y también hago décimas. Todos los días improviso varias. ¿Quiere una? Ahí va:
/ Me dicen el rey del brillo / amigos amablemente / porque soy, precisamente / en la limpieza un caudillo. / Porque manejo el cepillo / con mucha facilidad / los del campo y la ciudad / cuando hasta mí han llegado / en el brillo del calzado / tienen su felicidad./
Con su sillón de metal montado sobre ruedas y su singular manera de afrontar la vida, el alba y el ocaso lo enaltecen cada jornada. Cuando Roberto agasaja con betún y tinta la epidermis del calzado, hace destellar la ética de las personas decentes y le extrae fulgores a la dignidad de un oficio ultrajado por una época definitivamente vencida.
LA HORA DE LOS LIMPIABOTAS
Alguien me aseguró hace poco que el oficio de limpiabotas anda con el certificado de defunción en el bolsillo. «Está irremediablemente condenado a desaparecer –dijo con absoluta seguridad-. Los viejos que hoy lo ejercen se lo llevarán a la tumba, porque la juventud no quiere saber de cajones ni de cepillos. Además, en el mundo ya casi todos los zapatos se fabrican con material sintético, y la gente se pone con sandalias y calzado deportivo. Ninguno necesita betún ni tinta. ¿Entonces para qué?»
A pesar de sus argumentos, no compartí la ortodoxia de su hipótesis. La vida se nutre también de cierta dosis de subjetividades. Y cuando no esté Ray con su trapito empapado en agua para neutralizar el polvo de la bota; o cuando falte Rubén con su destreza para untar betún con el pulgar derecho; o cuando la historia del otro Rubén con el comandante Juan Almeida Bosque sea apenas un rasero para medir la grandeza de la sencillez –o viceversa-, el recuerdo de los limpiabotas perdurará.
Y mientras les llega la hora definitiva, ellos continúan ahí, en sus sillones, al alcance de la mano. O mejor dicho: del pie. Colmándonos de brilllo la existencia.
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Luego debuta en el aseo don cepillo. Así, chas chas chas, coordinado con rítmicos movimientos de brazos. El lustre final se le confía al paño. Si es de gamuza, mejor. Ray sabe cómo hacerlo estallar en el aire como si fuera un látigo para que el cliente admire su pericia y pague satisfecho por el trabajo realizado. Es una de sus especialidades. ¡Ahhh, muy bien, refulgen como espejos los zapatos!
El origen de los limpiabotas se despista en la consabida noche de los tiempos. Sin embargo, no creo que se remonte a 15 mil años atrás, cuando los hombres prehistóricos comenzaron a cubrirse los pies con pieles de animales para protegerlos al andar por la fría nieve. Si de precisión se trata, me quedó con la que hace la célebre imagen del francés Louis Daguerre tomada en 1838 desde la ventana de su estudio en París. La instantánea se conoce con el nombre de Boulevard du Temple y en ella aparece la primera persona fotografiada de la historia: ¡un limpiabotas!
Con independencia de las dudas en torno a cuándo comenzó la era de los lustradores, quienes conocen del tema afirman que estos ubicuos y cosmopolitas artífices del brillo gozaron de su minuto dorado a fineales del siglo XIX e inicios del XX, momento del debut comercial de la fórmula moderna del betún, ese producto imprescindible en la gaveta de todo limpiabotas que se respete. Añaden que las guerras mundiales potenciaron su demanda mediante la limpieza del calzado militar utilizado por las tropas.
Muchas personas que en su adultez ganaron notoriedad contribuyeron cuando niños al sustento familiar como limpiadores de calzado. En el ámbito de la política, no se avergüenzan de haberlo sido Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, ni el exmandatario peruano Alejandro Toledo. Limpiabotas fue también Malcom X, el norteamericano luchador por los derechos civiles de los negros, quien practicó el oficio en clubes nocturnos de Nueva York.
Otros que convivieron sin sonrojarse con el cepillo y el betún fueron, en diferentes fechas y lugares, el pelotero dominicano Sammy Sosa, el cantautor venezolano Alí Primera, el cómico azteca Mario Moreno (Cantinflas), el vocalista boricua Daniel Santos, el futbolista brasileño Edson Arantes do Nascimento (Pelé), el actor estadounidense Anthony Quinn y el púgil cubano Eligio Sardiñas (Kid Chocolate). Mucho brillo tuvieron que sacarles a botines ajenos antes de brillar luego ellos mismos en sus respectivas profesiones.
Las artes no les han resultado esquivas a los lustradores de zapatos. Así, un drama fílmico del 1946 del gran Vittorio de Sica lleva ese nombre: El limpiabotas. Y una película mexicana, El bolero de Raquel, asume también ese argumento. Además, sobre el tema hay una canción interpretada por Frank Sinatra y Bing Crosby; una novela de la autoría de Doug Stumpf; y hasta un dibujo animado de televisión en el que un simpático perro oculta su identidad tras el aspecto de un bruñidor de calzado.
TODO LO QUE BRILLA NO ES ORO
Rubén comenzó a limpiar zapatos en la ciudad a los ocho años de edad. De esa época recuerda con rencor a los guardias de la dictadura de Batista. Andaban de ronda por el parque Maceo y cuando lo divisaban con su cajón y su banquito le gritaban: « ¡Oye, tú, ven y limpia!» El niño acudía y les pulía las botas. Pero los esbirros se negaban luego a pagarle los 10 centavos. «Anda, dale por ahí, andrajoso », lo ofendían. Si reclamaba de nuevo, las bestias con uniforme le daban una patada al cajón. Aquella gente llevaba los zapatos limpios, pero los sentimientos muy sucios.
«En el capitalismo ser limpiabotas era la última carta de la baraja –asegura-. No servía ni para malvivir. Lustrar un par de zapatos llegó a valer solo tres centavos. Yo dejaba los pies por las calles en busca de clientes. Me iba con mi cajón por el paradero del ferrocarril, el reparto
Lo que Rubén nunca soñó fue que cuando
UNA HISTORIA INCREIBLE
Se llama igual que su padre: Rubén Rodríguez. Cumplió 44 años de edad y lleva 15 limpiando zapatos. Antes fue metalúrgico, pero renunció a los altos hornos «para estar al lado del viejo». En el salón se especializó en lustrar calzado blanco, algo que, por lo complejo, no todos sus colegas saben hacer. Tiene una clientela grande, y estable que justipreciar la calidad de su servicio. ¿Anécdotas? «Bueno, yo creo que cuando se la cuente no me la va a creer». Y entonces me relata la insólita historia.
«Fue recién inaugurado el salón –recuerda- Era de mañana y todavía no teníamos mucha gente para limpiar. Salí afuera un momento a hacer una gestión. No demoré mucho, quizás unos 10 minutos. Y cuando estuve de regreso, lo vi. Estaba sentado muy campante y todo vestido de blanco en el primer sillón, cerca de la puerta. Yo me paré al lado del mío. Volví a mirarlo. Y me dije: “No, no puede ser él”. Pero sí, ¡era el Comandante de
Rubén cuenta que después de conversar un rato con los presentes, quienes le hicieron preguntas acerca de su reconocida faceta de compositor musical, Almeida se viró para él y casi le ordenó: «Súbete a ese sillón, que hoy soy yo el que te va a limpiar los zapatos a ti. Voy a recordarme de los tiempos en que fui limpiabotas en el parque de
«Los que estaban allí no lo podían creer –rememora-. Algunos de ellos llegaron a pensar que era una broma y que Almeida no se ensuciaría las manos con el betún. Pero se equivocaron. ¡Se las embarró! Yo le aseguro a usted, le apuesto lo que desee, que ningún dirigente del mundo es capaz de hacer algo parecido. Y con la historia que tiene Almeida, menos que menos. Dio la casualidad que por allá afuera andaba un fotógrafo con su cámara. Alguien lo llamó e hizo la foto para que no digan que fantaseo».
LIMPIABOTAS INTELECTUAL
Jamás le pasó por la cabeza limpiar zapatos. «Los míos sí, pero los de los demás, ¡nunca!», aclara, risueño. Y es que Roberto Acosta Peña, además de cortar caña y labrar el surco en el capitalismo, se hizo contador profesional a base de sacrificios. Luego de 1959 le tomó el gusto al estudio y obtuvo el pergamino de contador planificador. Finalmente, en 1980, se graduó de licenciado en Economía General, después de transitar por unos cuantos almanaques entre nóminas, calculadoras, informes y formularios.
«Cuando llegué a los 60 años de edad, me jubilé –afirma este tunero legítimo-. Pero enseguida me aburrí de no hacer nada y decidí hacerme limpiabotas. Fue una resolución sabia, porque este oficio me ha dado muchas satisfacciones y alegrías. Principalmente conocer a personas importantes, como deportistas, músicos, profesores, dirigentes... Son clientes fijos de mi sillón. Vienen a limpirse los zapatos conmigo porque les agrada mi conversación y porque saben que soy gente responsable, seria y revolucionaria.»
Roberto se considera un profesional en su oficio. Y no compromete la calidad por nada del mundo. «Porque al que le haces un mal trabajo, no regresa», testifica. De ahí que se preocupe tanto porque sus productos sean siempre de primera. Cada vez que puede, realiza una inversión y compra algo en la shoping. Como el relux, un líquido que se mezcla con alcohol y da una tinta excelente para dar brillo.
«Mi clientela es selecta –reitera-. En mi sillón no toma asiento la furrumalla ni la gente grosera. Tampoco acepto a los borrachos ni a los antisociales que hablan mal de
/ Me dicen el rey del brillo / amigos amablemente / porque soy, precisamente / en la limpieza un caudillo. / Porque manejo el cepillo / con mucha facilidad / los del campo y la ciudad / cuando hasta mí han llegado / en el brillo del calzado / tienen su felicidad./
Con su sillón de metal montado sobre ruedas y su singular manera de afrontar la vida, el alba y el ocaso lo enaltecen cada jornada. Cuando Roberto agasaja con betún y tinta la epidermis del calzado, hace destellar la ética de las personas decentes y le extrae fulgores a la dignidad de un oficio ultrajado por una época definitivamente vencida.
Alguien me aseguró hace poco que el oficio de limpiabotas anda con el certificado de defunción en el bolsillo. «Está irremediablemente condenado a desaparecer –dijo con absoluta seguridad-. Los viejos que hoy lo ejercen se lo llevarán a la tumba, porque la juventud no quiere saber de cajones ni de cepillos. Además, en el mundo ya casi todos los zapatos se fabrican con material sintético, y la gente se pone con sandalias y calzado deportivo. Ninguno necesita betún ni tinta. ¿Entonces para qué?»
A pesar de sus argumentos, no compartí la ortodoxia de su hipótesis. La vida se nutre también de cierta dosis de subjetividades. Y cuando no esté Ray con su trapito empapado en agua para neutralizar el polvo de la bota; o cuando falte Rubén con su destreza para untar betún con el pulgar derecho; o cuando la historia del otro Rubén con el comandante Juan Almeida Bosque sea apenas un rasero para medir la grandeza de la sencillez –o viceversa-, el recuerdo de los limpiabotas perdurará.
Y mientras les llega la hora definitiva, ellos continúan ahí, en sus sillones, al alcance de la mano. O mejor dicho: del pie. Colmándonos de brilllo la existencia.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
Por un mundo de paz en el 2009
PAZ PARA LOS CREPÚSCULOS QUE VIENENPaz para los crepúsculos que vienen, / paz para el puente, paz para el vino, / paz para las letras que me buscan y que en mi sangre suben enredando el viejo canto con tierra y amores, / paz para la ciudad en la mañana cuando despierta el pan, / paz para el río Mississippi, río de las raíces: / paz para la camisa de mi hermano, / paz en el libro como un sello de aire, / paz para el gran koljós de Kíev, / paz para las cenizas de estos muertos y de estos otros muertos, / paz para el hierro negro de Brooklyn, / paz para el cartero de casa en casa como el dia, / paz para el coreógrafo que grita con un embudo a las enredaderas, / paz para mi mano derecha, que sólo quiere escribir Rosario: / paz para el boliviano secreto como una piedra de estaño, / paz para que tú te cases, / paz para todos los aserraderos de Bío Bío, / paz para el corazón desgarrado de España guerrillera, / paz para el pequeño Museo de Wyoming en donde lo más dulce es una almohada con un corazón bordado, / paz para el panadero y sus amores y paz para la harina: / paz para todo el trigo que debe nacer, para todo el amor que buscará follaje, / paz para todos los que viven, / paz para todas las tierras y las aguas. (Pablo Neruda, poeta chileno, Premio Nobel de Literatura)
jueves, 25 de diciembre de 2008
La primera construcción europea en América
La primera construcción occidental en el continente americano acaba de cumplir 516 años de erigida. Aunque, obviamente, de su arcaica y rústica estructura no quedó para la posteridad ni siquiera un clavo, resulta interesante conocer las circunstancias de su debut. El hecho ocurrió el 25 de diciembre de 1492, y establece nexos con la primera travesía de Cristóbal Colón al llamado Nuevo Mundo. A juzgar por las crónicas de la época, a inicios del citado mes de diciembre el Gran Almirante arribó con sus tres carabelas al litoral de
Por un descuido del propio Cristóbal Colón, días después encalló entre los arrecifes de la costa
Los aborígenes taínos, con Guacanagarí al frente, ayudaron a los recién llegados en las labores de salvamento, tanto de los hombres como de la carga que la nave transportaba a bordo. Al concluir esta tarea, el genovés decidió que con los restos de la nave se construyera un fuerte al que dio por nombre Navidad, en honor al 25 de diciembre, día de la zozobra. Así quedó fundada la primera construcción occidental en América, localizada entre la desembocadura del río Guarico y
Tras la edificación del fuerte, Colón decidió regresar a España con
Luego de dos meses a través del Atlántico alcanzó Lisboa y después Palos de
Así fue como el Gran Almirante reunió una gran flota compuesta por 17 navíos con mil 500 hombres y se hizo otra vez a la mar rumbo al Nuevo Mundo el 25 de septiembre de 1493. Llevaba la instrucción expresa de Isabel y Fernando, los soberanos españoles, de colonizar, convertir y explotar económicamente las tierras descubiertas. La nave capitana fue nombrada
El 27 de noviembre, luego de enfrentar peligros y avatares sobre el océano, la flota tiró anclas a la altura del fuerte Navidad. Para su sorpresa, Colón lo encontró completamente destruido y comprobó -aterrado- que toda la guarnición había sido aniquilada. Luego el cacique Guacanagarí le explicó que, debido a las violaciones, abusos y atropellos cometidos por los españoles contra las indígenas de la comarca, el cacique caribe Canoabo, junto a sus hombres y a su mujer Anacaona, los eliminaron.
Ese fue el origen y el final del primer asentamiento europeo en América.
martes, 23 de diciembre de 2008
Aprender a pensar
Esta fabulosa anécdota la encontré en Internet. Retrata a aquellos maestros que no se conforman con transmitir conocimientos, sino que aspiran a algo superior: enseñar a pensar. La comparto hoy con mis ciberlectores convencido de que advertirán su gran agudeza.Sir Ernest Rutherford, presidente de
La pregunta de referencias decía así: «Demuestre cómo se puede establecer la altura de un edificio por medio de un barómetro». El alumno había respondido: «Llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Luego lo descuelgo hasta la acera, marco y mido. El largo de la cuerda es igual a la altura del edificio».
La respuesta planteaba un serio problema, porque, a pesar de ser sin dudas correcta, si se le concedía al estudiante la máxima calificación, le certificaría un elevado nivel en Física, lo cual no quedaba confirmado. Pedí que se le diera una nueva oportunidad, esta vez con la advertencia de que debía demostrar sus conocimientos de Física.
Cinco minutos después no había escrito absolutamente nada. Lo animé a comenzar y me contesto que tenía tantas respuestas que su dificultad era elegir cuál era la mejor. Le rogué que se decidiera por una. En el minuto siguiente escribió: «Tomo el barómetro, lo lanzo al suelo desde la azotea y calculo el tiempo de caída con un cronómetro. Después aplico la formula Altura = 0,5 por A por t^2. y así obtengo también la altura».
Optamos por otorgarle la calificación más elevada. Tras abandonar el despacho, me reencontré con el chico en un pasillo y le pedí que me dijera otra de sus respuestas al problema. «Son varias –respondió-. Por ejemplo, tomo el barómetro en un día de sol y mido su altura y la longitud de su sombra. Si mido a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplico una simple proporción, tendré también su altura».
Le rogué otra. «Con gusto-dijo-. Tomo el barómetro y lo sitúo en la escalera baja del edificio. Según subo los peldaños, voy marcando la altura del barómetro y cuento el número de marcas hasta la azotea. Al final multiplico la altura del barómetro por el numero de marcas y ya tengo otra vez la altura.» Luego prosiguió: «Este otro es un método muy directo: Ato el barómetro a una cuerda y la muevo como si fuera un péndulo. Si calculo que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tengo en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podría calcular también el alto del inmueble.»
«En este mismo estilo de sistema –continuó su disertación-, ato el barómetro a una cuerda y lo descuelgo desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedo calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro, golpear con él la puerta de la casa del portero y cuando abra decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo"».
Finalmente, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema: «la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares». «¡Pues claro que la conozco! –dijo. Pero ocurre que durante mis estudios mis profesores han intentado enseñarme a pensar».
Optamos por otorgarle la calificación más elevada. Tras abandonar el despacho, me reencontré con el chico en un pasillo y le pedí que me dijera otra de sus respuestas al problema. «Son varias –respondió-. Por ejemplo, tomo el barómetro en un día de sol y mido su altura y la longitud de su sombra. Si mido a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplico una simple proporción, tendré también su altura».
Le rogué otra. «Con gusto-dijo-. Tomo el barómetro y lo sitúo en la escalera baja del edificio. Según subo los peldaños, voy marcando la altura del barómetro y cuento el número de marcas hasta la azotea. Al final multiplico la altura del barómetro por el numero de marcas y ya tengo otra vez la altura.» Luego prosiguió: «Este otro es un método muy directo: Ato el barómetro a una cuerda y la muevo como si fuera un péndulo. Si calculo que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tengo en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podría calcular también el alto del inmueble.»
«En este mismo estilo de sistema –continuó su disertación-, ato el barómetro a una cuerda y lo descuelgo desde la azotea a la calle. Usándolo como un péndulo puedo calcular la altura midiendo su período de precesión. En fin, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro, golpear con él la puerta de la casa del portero y cuando abra decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo"».
Finalmente, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema: «la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares». «¡Pues claro que la conozco! –dijo. Pero ocurre que durante mis estudios mis profesores han intentado enseñarme a pensar».
La anécdota es real y el estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, Premio Nobel de Física en 1922, un innovador de la teoría cuántica.
sábado, 13 de diciembre de 2008
Mis maestros de Manatí
Cuba celebra en cada diciembre El recuerdo de los muchos maestros que tuve en Manatí durante mi infancia y mi adolescencia constituye parte del patrimonio sentimental que atesoro en mi corazón. Casi todos ya murieron, pero eso no me impide evocar su memoria con el mismo cariño y respeto que les profesé cuando estaban junto al pizarrón. Es que un buen maestro no se olvida, aunque el inexorable paso del tiempo se empecino en conseguir lo contrario.
Cuando rememoro a aquellos docentes evoco enseguida a Ana Nayda Carballo... ¡Qué recia personalidad la suya! Al mencionarla, los manatienses de mi generación sentimos como si nos recorriera el cuerpo un
corrientazo de admiración. Ella nos formó y forjó en el amor a la familia, a la Patria , a sus símbolos y a sus héroes. Mujer enérgica, nos inculcó también disciplina y carácter a partir del suyo lleno de matices.
Y Beba Yagüe... ¿Cómo borrar del recuerdo a la maestra cariñosa que dedicó toda su existencia al trabajo con los niños de preescolar? No había un diablillo que no le ofrendara una flor o un beso al llegar a la escuela por la mañana. Beba les cantaba y les acompañaba al piano como nadie, con un ternura que solamente personas de su elevadísima sensibilidad pueden exhibir. Dejó una profunda huella en el magisterio local, porque lo ejerció desde lo profundo de su ser.
A Joyce Pérez la admiraré siempre por su perseverancia en la enseñanza de la Historia de Cuba. Con ella nació mi inveterado interés por esa especialidad Nunca le fue ajeno ningún hecho cubano, desde la misma llegada de los conquistadores. Y fue una luchadora incansable porque sus alumnos conocieran también a fondo la historia de la localidad, la biografía de sus mártires y el legado de su ejemplo.
Y así podría mencionar a varios maestros más: Ricardo Murado, Mirtha Rodríguez, Nélida Rueda, Martha Long, Rodolfo Medina, Mirtha Borges, Alba Vega, Vivian Yearwood, Clara Lozano, Elio Ávila, Elena Albear, Josefita López, Zoila Rodríguez, Nidia Riera, las hermanas Vega... A algunos les perdí el rastro y hoy ni siquiera sé si se encuentran en este mundo o en el otro. Pero a todos les guardo eterna gratitud por lo que me enseñaron, tanto en el orden académico como en el espiritual.
Mis maestros manatienses fueron mis progenitores intelectuales. Junto a ellos viví con intensidad la aventura del aula, el pupitre y el cuaderno. Me prepararon a conciencia para mirar a los ojos al porvenir, siempre con la perspectiva de convertirme no solo en un buen estudiante, sino también -y eso es lo más importante- en una buena persona.
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corrientazo de admiración. Ella nos formó y forjó en el amor a la familia, a
Y así podría mencionar a varios maestros más: Ricardo Murado, Mirtha Rodríguez, Nélida Rueda, Martha Long, Rodolfo Medina, Mirtha Borges, Alba Vega, Vivian Yearwood, Clara Lozano, Elio Ávila, Elena Albear, Josefita López, Zoila Rodríguez, Nidia Riera, las hermanas Vega... A algunos les perdí el rastro y hoy ni siquiera sé si se encuentran en este mundo o en el otro. Pero a todos les guardo eterna gratitud por lo que me enseñaron, tanto en el orden académico como en el espiritual.
Mis maestros manatienses fueron mis progenitores intelectuales. Junto a ellos viví con intensidad la aventura del aula, el pupitre y el cuaderno. Me prepararon a conciencia para mirar a los ojos al porvenir, siempre con la perspectiva de convertirme no solo en un buen estudiante, sino también -y eso es lo más importante- en una buena persona. jueves, 11 de diciembre de 2008
Los cuatro añitos de mi Sofía
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